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Izuku un corazón dividido en 2 - Capítulo 43

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Capítulo 43: Izuku, Bakugo, Nejire, momo.

AUTOR : tenemos de regreso a bakugo después 10 capítulos sin que tuviera relevancia . No se olviden de apoyarme con piedras de poder.

La tensión en el pasillo bajó unos cuantos grados de inmediato, volviéndose pesada y asfixiante. Izuku tragó saliva, sintiendo que el aura de su amigo de la infancia era incluso más explosiva de lo habitual.

Bakugo lo miró de arriba abajo, chasqueó la lengua y soltó un gruñido gutural.

-¿Kacchan? -preguntó Izuku, dando un paso cauteloso hacia atrás-. ¿Te pasa algo? Te ves… muy molesto.

La pregunta fue el detonante perfecto. En un abrir y cerrar de ojos, Bakugo acortó la distancia, agarró a Izuku por la tela de su elegante suéter rojo y le gritó directamente a la cara, con pequeñas explosiones chisporroteando en sus palmas.

-¡Claro que me pasa algo, maldito nerd! -bramó Bakugo, sus ojos carmesí inyectados en pura rabia-. ¡¿Acaso te olvidaste por completo de que teníamos que lavar las malditas colchonetas del gimnasio de la agencia los dos, por el estúpido día libre que pedimos para tu cita?!

Izuku se encogió, recordando de golpe la aterradora negociación con Endeavor en su oficina. El castigo por ausentarse era limpiar el sudor de los sidekicks cada noche por una semana.

-Yo, por ayudarte en tu absurda cita con la hermana del mitad y mitad, me tragué mi orgullo y acepté esa estupidez -continuó Bakugo, apretando los dientes-. ¡Pero ahora tú estás con “días libres médicos” por tus estúpidas heridas, y YO tengo que lavar SOLO todas esas malditas colchonetas llenas de sudor rancio de esos extras de mierda! ¡¿Cómo crees que me siento, pedazo de inútil?!

Al ver la genuina y muy justificada furia de Bakugo, la culpa golpeó a Izuku con fuerza. Su amigo de la infancia realmente estaba pagando los platos rotos de su vida amorosa mientras él se la pasaba de cita en cita.

Izuku levantó las manos rápidamente, en un gesto apaciguador, intentando calmar a la bestia antes de que lo hiciera explotar en medio del pasillo.

-¡L-Lo siento mucho, Kacchan! ¡De verdad, se me había olvidado por completo con todo lo que ha pasado! -se disculpó Izuku frenéticamente-. ¡Tranquilízate, está bien! Ya es la hora de cenar… ¿qué tal si te invito algo en la cafetería para compensártelo? ¡Puedes pedir lo que quieras!

Bakugo aflojó lentamente su agarre sobre el suéter rojo, pero no dejó de fulminarlo con la mirada. Su ceño seguía fruncido, respirando pesadamente por la nariz. Se quedó unos segundos evaluando la oferta, sabiendo que su estómago también exigía combustible después de haber frotado colchonetas durante una hora.

-Está bien… vamos, nerd -gruñó finalmente, dándose la vuelta y caminando hacia los ascensores con las manos en los bolsillos-. Y más te vale que tu billetera esté lista para llorar, porque voy a pedir el menú más caro.

Izuku y Bakugo bajaron a la cafetería de la agencia. A esa hora, el lugar estaba relativamente tranquilo, con solo algunos héroes del turno nocturno cenando dispersos por las mesas.

Se acercaron a la barra de comida. Fiel a su nuevo e inagotable apetito, Izuku pidió varios platos inmensos: tazones de arroz, pescado asado y una montaña de fideos. Bakugo, aprovechando que el peliverde iba a pagar la cuenta, también pidió varios platos costosos de carne picante y curry, aunque en cantidad era menos que la monstruosa ración que Izuku había apilado en su propia bandeja.

Al momento de pagar, Izuku vio cómo los últimos billetes de sus ahorros desaparecían, dejando su billetera en estado crítico. Lloró internamente, pero sabía que se lo debía a su amigo.

Con las bandejas llenas, los dos buscaron un rincón apartado en la cafetería, lejos de cualquier oído indiscreto, para poder comer y hablar con tranquilidad. Se sentaron frente a frente y, sin decir una palabra, comenzaron a devorar sus respectivas cenas.

Pasaron varios minutos de un silencio absoluto, roto únicamente por el choque de los palillos contra la cerámica de los platos. Estaban tan concentrados en la comida que Izuku casi olvidó el estrés de su día.

Sin embargo, cuando llevaban ya la mitad de la comida consumida, el silencio comenzó a sentirse pesado. Izuku levantó la vista de su tazón de arroz y se percató de que Bakugo había dejado de comer. El rubio ceniza tenía los palillos apoyados en el borde de su plato y lo estaba mirando fijamente. Era una mirada escrutadora, analítica, como si estuviera intentando descifrar un código muy complejo.

Izuku pasó saliva, deteniendo su masticación. -¿K-Kacchan? ¿Pasa algo con la comida?

Bakugo se recostó en su silla, cruzó los brazos sobre su pecho y fue directo al grano, sin filtros ni rodeos.

-¿Qué demonios has estado haciendo estos últimos dos días, Deku? -preguntó Bakugo, su voz baja pero cargada de una severidad que exigía respuestas.

-¿E-Eh? ¿A qué te refieres? -balbuceó Izuku, su ritmo cardíaco acelerándose de inmediato.

-No te hagas el idiota conmigo -replicó Bakugo, entrecerrando los ojos-. Te he estado observando. Estás hecho un puto desastre de emociones. Te veo caminar por los pasillos con una sonrisa de imbécil feliz, y literalmente cinco segundos después pones una cara de culpa como si hubieras matado a alguien. Luego pones cara de estar completamente confundido, y de repente, vuelves a sonreír como un tonto enamorado.

Izuku se encogió en su asiento, sintiéndose expuesto. Bakugo era demasiado observador.

-Además, estos dos días te la has pasado saliendo de la agencia -continuó Bakugo implacable-. Ya no te quedas en tu cuarto murmurando estupideces, ni te veo analizando los dones de los héroes de la agencia en tus libretas de nerd. Estás distraído. Y para rematar…

Bakugo se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa, y lanzó la bomba final.

-Y luego está el pequeño incidente que tuviste con la pelo de caballo hoy al medio día en la agencia -dijo Bakugo, refiriéndose a Momo Yaoyorozu, con una sonrisa torcida-. Dime, Deku, ¿también piensas agregarla a tu maldito harem junto a la loca de Hado y la hermana del mitad y mitad?

La palabra “harem” hizo que el cerebro de Izuku sufriera un cortocircuito monumental. Dejó caer sus palillos sobre la mesa con un ruido sordo. Comenzó a ponerse extremadamente nervioso y tímido, y un rubor carmesí subió por su cuello hasta teñirle las orejas.

Izuku abrió la boca para defenderse, pero las palabras se atascaron en su garganta. ¿Cómo se suponía que le explicara a Bakugo todo el caos que era su vida en ese instante?

Su mente comenzó a reproducir a toda velocidad los eventos de las últimas 48 horas. ¿Cómo iba a decirle a Bakugo que, en el poco tiempo que no se habían visto, se había escabullido a la cocina para prepararle un bento a Nejire y a Fuyumi? ¿Cómo le explicaba que le había confesado sus sentimientos a Fuyumi anoche bajo una farola, y que se le había declarado a Nejire hoy en su habitación? ¡Y que ninguna de las dos lo había rechazado! Al contrario, ambas parecían muchísimo más determinadas a quedarse con él, declarándose una guerra silenciosa.

Y lo peor, lo más vergonzoso e íntimo de todo… ¿Cómo le decía a su explosivo amigo de la infancia que se había estado besando apasionadamente tanto con Fuyumi como con Nejire en menos de un 24 horas?

A eso tenía que sumarle que ahora tenía una cita oficial y formal con Nejire programada para el miércoles, y el absurdamente íntimo accidente que había tenido con Momo en el tren, sintiendo el corazón de la vicepresidenta latir contra su pecho.

En tan solo dos días, su vida, que solía resumirse en entrenar, romperse los huesos y escribir notas de héroes, había tomado un giro de 180 grados, convirtiéndose en un torbellino romántico y emocional que apenas podía procesar.

Izuku y Bakugo se quedaron en un profundo silencio. El rubio esperaba pacientemente la respuesta, leyendo el pánico y la vergüenza extrema en los ojos de su amigo.

Izuku apretó los puños sobre su regazo. No sabía por dónde empezar a contar semejante locura. Pero, al mirar a Bakugo a los ojos, supo una cosa: tenía que decirle la verdad. A pesar de sus gritos, sus insultos y su terrible temperamento, Bakugo había sido el único que lo había apoyado. Había mentido por él, le había conseguido la ropa, lo había forzado a pedir consejos a su madre e incluso estaba lavando las colchonetas como castigo por él. Bakugo tenía todo el derecho de saber en qué se había metido.

Tomando una respiración profunda, Izuku levantó la mirada, intentando armarse del mismo valor que usaba para enfrentar a la Liga de Villanos.

-Kacchan… -empezó Izuku, su voz temblando ligeramente-. Vas a tener que escucharme con mucha calma, porque… creo que mi vida se salió completamente de control.

Bakugo no dijo nada. Simplemente mantuvo los brazos cruzados y asintió una sola vez, dándole a entender que tenía toda su atención.

Y entonces, Izuku comenzó a hablar. Al principio, las palabras salían a tropezones, pero a medida que avanzaba, el torrente de información comenzó a fluir a una velocidad vertiginosa.

Le relató cómo la salida casual al supermercado con Fuyumi se había transformado en una caminata nocturna llena de intimidad. Le contó cómo, bajo la luz de una farola, no aguantó más la culpa y le confesó a la joven profesora que ella le gustaba muchísimo, pero que su corazón estaba dividido porque también sentía cosas por Nejire.

—¡¿Le dijiste en su cara que te gustaba otra tipa en medio de una confesión?! —lo interrumpió Bakugo, abriendo los ojos de par en par, genuinamente asombrado por la audacia casi suicida de su amigo.

—¡Era lo correcto! ¡No quería mentirle! —se defendió Izuku, agitando las manos—. Pero lo más loco es que… a ella no le importó. Me dijo que lo agradecía, que sabía que no era la única, y luego… luego me besó, Kacchan. Y hoy en la mañana, cuando fui a dejarle el bento a su casa, nos volvimos a besar en su sala.

La mandíbula de Bakugo comenzó a descolgarse, pero Izuku no le dio tiempo a procesarlo porque saltó directamente a la segunda parte de su odisea.

Le explicó cómo fue a la agencia de Ryukyu. Cómo Nejire lo llevó a la cafetería y cómo, de la nada, se lo llevó arrastrado a su habitación personal.

—Ella se me declaró allí mismo, Kacchan —continuó Izuku, su rostro ardiendo de solo recordarlo—. Y yo… yo le dije la verdad. Le dije que la amaba a ella, pero que también sentía algo por Fuyumi. ¡Me besó para callarme! Y las cosas se salieron un poco de control… terminamos en su cama, y si Ryukyu-san no hubiera tocado la puerta en ese preciso segundo para atraparnos con las manos en la masa, yo… nosotros…

Izuku se cubrió la cara con ambas manos, emitiendo un sonido agudo de pura vergüenza.

—Y lo de Yaoyorozu… te lo juro, Kacchan, eso fue un accidente —añadió rápidamente desde detrás de sus manos—. La caída fue accidental iba concentrado en mis pensamientos y cuando me di cuenta ya me había chocado con yaoyorozu y lo único que logré hacer es protegerla para que no se golpeara la cabeza . No siento absolutamente nada romántico por ella, ni la estoy metiendo en ningún harem. Todo fue un desastre logístico. Y para rematar… tengo una cita oficial con Nejire este miércoles, porque pasado mañana tiene el día libre.

El silencio volvió a caer sobre la mesa de la cafetería. Izuku, aún con las manos en la cara, espió a través de sus dedos para ver la reacción de su amigo.

Katsuki Bakugo, el chico que siempre tenía algo que gritar, estaba completamente petrificado. Sus ojos carmesí miraban un punto fijo en la pared detrás de Izuku. Su cerebro táctico estaba intentando procesar cómo el mayor perdedor y nerd llorón que había conocido en toda su vida había logrado semejante hazaña.

—¡Mierda… puta madre… joder! —fueron las primeras palabras que salieron de la boca de Bakugo. Fueron susurros roncos, cargados de una incredulidad absoluta.

Bakugo se pasó una mano por el cabello puntiagudo, negando con la cabeza. Miró a Izuku como si estuviera viendo a un extraterrestre.

—Deku… maldito bastardo infeliz —murmuró Bakugo, y para terror de Izuku, una sonrisa salvaje y casi impresionada se formó en el rostro del rubio—. Tienes unos huevos del tamaño de Júpiter. ¡Te confesaste a las dos, les dijiste en su puta cara que estabas enamorado de su rival, y en lugar de darte una patada en los testículos y mandarte al infierno, ambas decidieron besarte para marcar territorio!

—¡N-No creo que fuera para marcar territorio! —chilló Izuku.

—¡Cállate, claro que fue para eso, idiota! ¡Están compitiendo! —le espetó Bakugo, golpeando la mesa con un dedo—. Pero me sorprende que sigas vivo. Hado casi te coge en la habitación de la agencia de una heroína profesional del Top 10. Eres un puto desastre andante, pero uno muy suertudo.

Bakugo se masajeó el puente de la nariz y las sienes, intentando asimilar que ahora era el consejero amoroso de un chico con dos mujeres increíbles peleando por él. Suspiró profundamente, volviendo a su modo de estratega.

—Bueno… ya tienes la maldita cita con Hado para el miércoles —dijo Bakugo, mirándolo fijamente—. ¿Qué planeas hacer en la cita? ¿Cuál es la ruta, el objetivo, la logística?

Izuku bajó las manos, su rostro volviendo a palidecer. Se rascó la nuca, riendo nerviosamente, y desvió la mirada hacia su tazón de arroz vacío.

—Bueno… la verdad es que… no sé, Kacchan —admitió Izuku en un susurro miserable—. Nunca he planificado una cita en mi vida. Solo le dije que la recogería a las 11:00 AM en su agencia.

Plaf.

Bakugo se dio una palmada en la frente con tanta fuerza que el sonido resonó en su rincón de la cafetería. Arrastró la mano por su rostro con profunda exasperación, cerrando los ojos.

—Eres un inútil —sentenció Bakugo con voz cansada—. Eres el posible héroe más fuerte de nuestra generación y no puedes planear una caminata por el parque. Bien. Terminemos de tragar esta mierda y hablémoslo en tu habitación. Aquí hay demasiados oídos de extras.

Izuku asintió rápidamente, aliviado de no haber sido explotado en mil pedazos. Ambos retomaron sus palillos y siguieron comiendo en silencio hasta dejar sus bandejas completamente limpias.

Se levantaron, dejaron los platos en la zona de limpieza y caminaron juntos por los pasillos hasta llegar al área residencial. Una vez dentro de la habitación de Izuku, el peliverde cerró la puerta con seguro y se dejó caer pesadamente sobre el borde de su cama.

Bakugo no perdió el tiempo. Agarró la única silla del cuarto, le dio la vuelta y se sentó a horcajadas sobre ella, apoyando los brazos en el respaldo, asumiendo su clásica postura de interrogador dictatorial.

—Muy bien, nerd, hablemos de logística seria —comenzó Bakugo, sus ojos afilados como cuchillos—. Dime, exactamente, a dónde vas a invitar a salir a una de las Tres Grandes de la U.A., a una chica que prácticamente es una heroína de élite, si no tienes ni un puto yen a tu nombre.

Izuku se congeló. Un sudor frío comenzó a formarse en su nuca. —¿Q-Qué?

—No te hagas el estúpido —atacó Bakugo de inmediato, señalándolo con un dedo acusador—. Cuando pagaste la cena de los dos hace un rato en la caja, vi tu billetera. Estaba más vacía que el cráneo de Kaminari. Apenas tenías dinero para pagar esos fideos. Gastaste todos tus ahorros y el sueldo de tu pasantía en la ropa de diseñador y el maldito perfume que te obligué a comprar ayer.

Izuku tragó saliva. Bakugo, como siempre, no dejaba pasar ni el más mínimo detalle.

La habitación se sumió en un silencio incómodo. Bakugo entrecerró los ojos, analizando la expresión de pánico de su amigo, hasta que llegó a una conclusión que hizo que una vena comenzara a palpitar peligrosamente en su frente.

—No me digas… —gruñó Bakugo, su voz bajando a un tono peligrosamente amenazador—. No me jodas, Deku. No habrás pensado en que YO te preste dinero para financiar tu maldita cita romántica, ¿verdad?

Izuku se quedó completamente callado. No movió ni un músculo. Sus ojos esmeraldas miraron fijamente el patrón de las sábanas de su cama, evitando a toda costa el contacto visual con los iracundos ojos carmesí frente a él.

La verdad era innegable: no solo no tenía ni idea de a dónde llevar a Nejire o qué actividades hacer para que ella se divirtiera, sino que su plan de contingencia financiero número uno, dos y tres, era precisamente rogarle a Bakugo por un préstamo de emergencia, y de paso, pedirle por algunos consejos sobre qué lugares eran buenos para una cita.

El silencio culpable de Izuku fue toda la respuesta que Bakugo necesitaba.

El silencio culpable de Izuku fue toda la respuesta que Bakugo necesitaba. Izuku apretó los ojos y encogió los hombros, preparándose mentalmente para la inevitable explosión de ira de su amigo, los gritos sobre ser un parásito financiero.

Pero la explosión nunca llegó.

En lugar de eso, un sonido extraño y perturbador llenó la habitación. Era una risa. Bakugo Katsuki, el chico con el temperamento más corto del planeta, estaba sonriendo con una sorna absoluta y riéndose por lo bajo.

Izuku abrió un ojo, completamente desconcertado, sintiendo que un escalofrío le recorría la espalda. Esa risa era mil veces más aterradora que sus gritos.

—Estás jodido, nerd —dijo Bakugo, con una sonrisa ladeada y oscura—. Porque yo tampoco tengo ni un puto yen, así que estás completa y absolutamente jodido.

El cerebro de Izuku se quedó en blanco. Procesó las palabras lentamente. Kacchan siempre era cuidadoso con su dinero, ahorraba casi todo lo que ganaba en sus pasantías y nunca compraba cosas innecesarias (a diferencia de la mercancía de All Might que Izuku solía coleccionar).

—¿Q-Qué? —balbuceó Izuku—. ¿Por qué no tienes dinero, Kacchan?

A Bakugo se le borró la sonrisa de inmediato. Una sombra oscura le cubrió los ojos y unas prominentes rayas negras de pura frustración y amargura se le marcaron en la frente. Suspiró con pesadez, como si recordar el evento le causara dolor físico.



—Bueno… perdí todo mi maldito dinero en el casino —confesó Bakugo, cruzándose de brazos y mirando hacia otro lado con fastidio—. Le aposté todo al rojo y perdí. La ruleta me jodió.

Los ojos de Izuku casi se salen de sus órbitas. Su mandíbula cayó al suelo con un golpe sordo e imaginario.

—¡¿KACCHAN, CÓMO QUE PERDISTE TODO TU DINERO EN UN CASINO?! —chilló Izuku, poniéndose de pie de un salto, agitando los brazos en pánico absoluto—. ¡Espera un momento! ¡¿Cómo demonios entraste a un casino si los dos somos menores de edad?! ¡Es ilegal! ¡Te pueden revocar tu licencia provisional de héroe!

—¡¿Y a ti qué te importa, idiota?! —le gritó Bakugo, mostrando los dientes en una mueca feroz—. ¡Conocí a un tipo hace poco, un amigo que me hizo entrar, eso es todo! Tal vez algún día te lleve para que dejes de ser tan mojigato. Pero el punto aquí no es mi vida privada, el punto es que no tengo dinero para prestarte. Así que deberás pedirle a alguien más.

Izuku se dejó caer de rodillas frente a su cama, llevándose ambas manos a la cabeza y comenzando a despeinarse los rizos verdes con desesperación. ¡Estaba arruinado! Iba a tener que cancelar su cita con Nejire Hado por falta de fondos. Qué humillación tan grande.

—Piensa, maldita sea, piensa —lo presionó Bakugo, golpeando el suelo con el pie—. ¿A quién le puedes sacar dinero? ¿Qué tal al jefe? Pídele un adelanto a Endeavor.

—¡De ninguna manera! —se negó Izuku rotundamente—. ¡Apenas esta mañana me dio un sermón sobre usar la cocina y si se entera de que quiero un adelanto para salir en una cita, me va a incinerar vivo!

—Tch. Bien, entonces pídele al mitad y mitad. Shoto tiene la tarjeta de crédito negra de su viejo, el dinero le sobra.

Izuku detuvo sus movimientos frenéticos. Levantó la cabeza lentamente y miró a Bakugo con una expresión que mezclaba incredulidad, horror y un juicio severo. Lo miró como si Bakugo fuera la persona más retorcida y sádica del universo.

—¿Me estás diciendo en serio… —comenzó Izuku, con la voz temblando— que vaya con Shoto, el hermano menor de Fuyumi, la chica a la que acabo de besar y confesarme ayer, para pedirle dinero prestado y así poder llevar a una cita a Nejire Hado, la chica con la que acabo de besarme en una cama esta mañana?

Izuku lo siguió mirando con esa expresión de estar viendo a un monstruo sin escrúpulos.

Bakugo captó la mirada de su amigo y su paciencia se agotó.

—¡¿Por qué me miras así, pedazo de mierda?! ¡SI EL BASTARDO AQUÍ ERES TÚ! —le rugió Bakugo a todo pulmón.

Izuku se encogió y se sonrojó furiosamente. Tenía toda la razón. Él era el bastardo de la historia. Bakugo solo estaba intentando buscar soluciones logísticas al infierno moral en el que él solito se había metido.

—Bueno —suspiró Bakugo, recuperando un poco la calma y esbozando una sonrisa burlona—. Si no quieres pedirle a los Todoroki, no nos queda otra opción. Te tocará ponerte en una esquina del distrito rojo esta noche y venderte. Seguro que con tu nueva carita te pagan bien.

—¡Kacchan, por favor, esto es serio! —hablo Izuku, sintiendo que iba a tener un ataque de pánico.

—Ya, ya, dejando las bromas a un lado… —Bakugo chasqueó la lengua y se cruzó de brazos, adoptando una postura pensativa—. Creo que ya sé quién te puede prestar el dinero sin hacer demasiadas preguntas, y con la seguridad de que le vas a pagar.

Izuku se emocionó al instante, sus ojos brillando con pura esperanza. Se levantó del suelo y lo miró suplicante. —¿Quién? ¿Quién es, Kacchan?

—Pues la chica rica de nuestra clase —respondió Bakugo con total obviedad—. Yaoyorozu. Su familia es podrida en dinero y tú le caes bien al parecer.

Apenas Izuku escuchó el nombre de “Yaoyorozu”, la esperanza en sus ojos fue reemplazada por pánico. El recuerdo del mediodía lo golpeó con la fuerza de un tren bala. Se acordó de cómo el vagón se había llenado, cómo la multitud los había empujado, y cómo sus cuerpos habían estado tan increíblemente pegados contra la pared. Podía recordar la suavidad del pecho de la vicepresidenta chocando levemente contra el de él, el aliento cálido de la chica acariciándole el rostro, y la fragancia de su cabello.

El rostro de Izuku se transformó en un tomate humano en menos de un segundo. Comenzó a sudar frío, apartando la mirada y jugando nerviosamente con sus dedos.

—Y-Yo… n-no creo que sea b-buena idea p-pedirle dinero a Yaoyorozu-san ahora mismo… —tartamudeó Izuku, su voz aguda por la vergüenza.

Bakugo, que tenía los instintos de un depredador, notó inmediatamente la reacción de su amigo. Vio cómo Izuku comenzaba a dudar y se percató del rojo escarlata de sus mejillas. El rubio entrecerró los ojos, uniendo los puntos rápidamente.

—Déjame adivinar, nerd —dijo Bakugo, arrastrando las palabras con fastidio—. Algo más pasó entre tú y la cola de caballo , ¿verdad? Por eso no quieres contactarla.

Izuku, sintiéndose acorralado y sin querer dar detalles ,simplemente asintió lentamente con la cabeza, manteniendo la vista fija en el suelo.

Bakugo cerró los ojos y se frotó la sien derecha, sintiendo que una migraña se avecinaba. ¿Cuándo demonios Izuku se había convertido en un imán de situaciones románticas comprometedoras? Pero, al final del día, Bakugo era un hombre de acción y de resultados. No iba a dejar que su operación táctica fracasara por la estupidez hormonal de su amigo.

—Está bien —suspiró Bakugo con resignación—. Yo le pediré el dinero a la cola de caballo. Lo haré a mi propio nombre para que no tengas que hablar con ella. Pero que te quede una cosa muy clara, Deku: tú eres el que va a pagar cada puto yen de esa deuda cuando nos depositen el sueldo de la pasantía. ¿Entendido?

Los ojos de Izuku se llenaron de lágrimas cómicas de gratitud. Se acercó a Bakugo como si estuviera viendo a su propio héroe salvador.

—¡Sí, por supuesto que lo pagaré yo! —exclamó Izuku—. ¡Muchas gracias, Kacchan! ¡Me salvaste la vida!

—Sí, sí, cállate antes de que me arrepienta —gruñó Bakugo, apartándolo con una mano—. Ahora, la pregunta importante: ¿cuánto dinero le pedimos a la chica rica?

Izuku se rascó la barbilla, con duda. —Buena pregunta…

—Primero hay que planificar dónde demonios vas a llevar a Hado —dictaminó Bakugo, asumiendo su rol de estratega—. Así que dime, Deku. Tú que la conoces más, háblame de la loca azul. ¿Cómo es ella? ¿Cómo es su personalidad? Tenemos que analizar a la usuaria para ver qué lugares son los más óptimos para la misión.

Izuku asintió, su mente cambiando al modo analítico que normalmente usaba para escribir en sus libretas.

—Nejire es… increíblemente curiosa —comenzó a describir Izuku, sus ojos iluminándose al pensar en ella—. Tiene una energía casi inagotable. Le fascina descubrir cosas nuevas, hacer preguntas sobre cómo funciona el mundo, observar detalles que los demás pasan por alto. No es el tipo de chica a la que le gustaría una cita aburrida en un lugar silencioso o simplemente sentarse en un café elegante por horas. Ella necesita estímulos. Necesita moverse, sorprenderse y desatar toda esa energía que lleva dentro. Le encanta volar y sentir la libertad.

Bakugo escuchó atentamente la descripción. Cuando Izuku terminó de hablar, con una sonrisa suave y boba en el rostro, Bakugo soltó una carcajada sarcástica.

—Vaya, vaya… la conoces tan bien —bromeó Bakugo, con un tono burlón que hizo que Izuku volviera a sonrojarse—. Pareces un puto fanboy hablando de su ídolo. Bien, suficiente de cursilerías. A trabajar.

Bakugo sacó su propio teléfono y obligó a Izuku a sacar el suyo. Los dos se sentaron en la cama, hombro con hombro, como dos comandantes militares planificando una invasión. Comenzaron a buscar lugares y sitios de interés en internet que se adaptaran al perfil psicológico de Nejire Hado.

Vieron muchísimas opciones: museos interactivos, operas, conciertos, exposiciones de tecnología, jardines botánicos. Pero tras varios minutos de debate táctico y descarte de opciones aburridas o peligrosamente caras, llegaron a un itinerario perfecto.

—Aquí está —dijo Bakugo, señalando la pantalla de su celular—. Primera parada en la mañana: el Gran Acuario de Shinagawa.

—¡Es perfecto! —coincidió Izuku emocionado—. Nejire es curiosa, y en el acuario hay cientos de peces exóticos y cosas extrañas que ella nunca ha visto. Podría pasarse horas haciendo preguntas sobre las criaturas marinas.

—Exacto. Luego, la llevas a almorzar a un lugar decente cerca del acuario, nada de puestos callejeros baratos. Tienes que impresionar —continuó Bakugo, marcando el itinerario—. Y para la tarde-noche, el asalto final: el Parque de Diversiones Tokyo Dome City.

Izuku asintió vigorosamente. —Las montañas rusas y las atracciones extremas son ideales. Allí podrá gritar, emocionarse y desatar toda esa energía que tiene sin problemas. ¡Y la vista desde la rueda de la fortuna en la noche debe ser increíble!

—Bien. El plan táctico de la cita está aprobado —concluyó Bakugo. Sacó la aplicación de la calculadora en su teléfono—. Ahora, sumemos. Entradas al acuario para dos: unos seis mil yenes. Comida decente en un restaurante para ambos: pongámosle otros seis mil o siete mil yenes. Entradas y pases libres para el parque de diversiones: otros diez mil. Transporte, bocadillos extra o si a la loca se le antoja comprar una maldita langosta de peluche…

Los dos se quedaron en silencio mientras Bakugo ingresaba los números, agregando un amplio margen para emergencias tácticas (y el nuevo apetito voraz de Izuku). Tardaron varios minutos en cuadrar todo.

Finalmente, Bakugo presionó el botón de igual. Miró la cifra final en la pantalla y asintió.

—Necesitamos treinta mil yenes para cubrir toda la operación con seguridad —dijo Bakugo, mirándolo fijamente—. Le pediré a Yaoyorozu esa cantidad esta misma noche.

Izuku asintió, sintiendo una mezcla de alivio y profundo nerviosismo. El dinero estaba solucionado, el itinerario estaba fijado. Ahora, la verdadera prueba de fuego se acercaba: sobrevivir a su primera cita oficial con nejire con la increíble y deslumbrante heroína de los Tres Grandes.

Sin perder un segundo más. Abrió la aplicación de mensajería y se metió directamente al caótico grupo de chat de la Clase 1-A. Comenzó a desplazar el dedo por la larga lista de contactos, ya que, fiel a su estilo antisocial, no tenía el número de casi nadie guardado en su agenda personal.

Tras unos segundos de búsqueda, encontró el contacto: Momo Yaoyorozu. Pulsó el botón de llamar, activó el altavoz para que Izuku también pudiera escuchar, y dejó el teléfono sobre el escritorio de la habitación.

El tono de llamada comenzó a sonar: Tuuu… tuuu…

Mientras tanto, en la enorme y lujosa residencia de la familia Yaoyorozu, Momo acababa de salir de la ducha. Estaba sentada frente al tocador de su habitación, vestida con una elegante bata de seda, cepillando su largo cabello negro azabache. Su mente todavía divagaba hacia los eventos de esa misma tarde: el viaje en tren, el calor del pecho de Izuku Midoriya y esa sonrisa tan deslumbrante que él le había dedicado en el vestíbulo de la agencia.



De repente, la vibración y el tono de llamada de su teléfono la sacaron de sus pensamientos. Momo dejó el cepillo y tomó el aparato.

Al ver el nombre en la pantalla, sus ojos se abrieron de par en par.

«¿Katsuki Bakugo? ¿Llamándome a mí?», pensó Momo, completamente desconcertada. Nunca en su vida había cruzado más de dos palabras seguidas con el explosivo chico fuera de los entrenamientos.

Una punzada de pánico atravesó su pecho. Si Bakugo, que estaba en la misma agencia que Izuku, la estaba llamando directamente… ¿Acaso había sucedido algo malo? ¿Habría habido un ataque de villanos? ¿Le habría pasado algo a Izuku?

Con el corazón latiéndole un poco más rápido por el susto, Momo deslizó el dedo por la pantalla y contestó la llamada.

—¿H-Hola? ¿Bakugo-san? ¿Qué pasó? ¿Está todo bien? —preguntó Momo, su voz revelando una clara preocupación.

En la habitación de Izuku, Bakugo y el peliverde intercambiaron una mirada. Bakugo rodó los ojos y fue directo al grano, usando su tono más neutral (que para cualquier otra persona seguía sonando como un gruñido).

—Escucha, cola de caballo. Todo está bien. Nadie se está muriendo —dijo Bakugo—. Te llamo por algo rápido. Necesito dinero.

Hubo un silencio sepulcral al otro lado de la línea.

Momo se quedó con el teléfono pegado a la oreja, parpadeando varias veces. De todas las emergencias que había imaginado, que el orgulloso y explosivo Katsuki Bakugo la llamara para pedirle dinero prestado era, literalmente, la última de la lista.

—¿Dinero? —repitió Momo, intentando tantear el terreno con cautela—. ¿Para qué necesitas dinero, Bakugo-san?

Bakugo ya tenía la estrategia perfectamente armada. Y, recordando cómo había visto a Momo y a la heroína Uwabami mirando la espalda de Izuku con la boca entreabierta en la recepción, supo exactamente qué botón presionar para que la chica rica aflojara la billetera sin dudarlo.

—Es para el nerd —mintió Bakugo con una fluidez asombrosa—. El cumpleaños de Deku se acerca. Es en veinte días. Le pienso regalar una figura de All Might edición limitada y extremadamente rara que vi en una tienda en Akihabara hoy. Pero gasté todos mis ahorros de la pasantía en equipo de soporte y no tengo efectivo ahora mismo. Si no la compro ya, un maldito revendedor se la va a llevar. ¿Me vas a prestar el dinero o no?

Momo se llevó una mano a la boca, genuinamente sorprendida y conmovida. Para nadie en toda la Clase 1-A era un secreto la complicadísima, áspera y casi agresiva relación que estos dos chicos tenían. Pero escuchar a Bakugo pedir dinero prestado, tragándose su enorme orgullo, solo para comprarle un regalo de cumpleaños de edición limitada a Izuku… hablaba de un compañerismo profundo que pocos lograban ver.

Sin embargo, ese noble gesto pasó a un segundo plano en la mente de Momo cuando otra información se instaló en su cerebro.

«¡El cumpleaños de Midoriya-san! ¡En veinte días! ¡Eso sería el 15 de julio!», pensó Momo, y una ola de emoción la invadió por completo.

Esta era la oportunidad perfecta. Izuku la había protegido hoy en el tren, y aunque él le había dicho con esa hermosa sonrisa que no necesitaba agradecerle, ella sentía la profunda necesidad de hacerlo. ¡Y qué mejor excusa para darle un detalle especial que su propio cumpleaños!

—¡El cumpleaños de Midoriya-san en veinte días! —exclamó Momo, su voz vibrando de emoción al otro lado de la línea—. Bakugo-san, eso es un gesto muy noble de tu parte. Y dime… ¿qué otras cosas le gustan a Midoriya-san además de All Might?

En la habitación, Bakugo puso los ojos en blanco con tanta fuerza que casi se asoma a su cerebro. Efectivamente, el maldito nerd se había convertido en un imán de mujeres. Miró a Izuku, que estaba sentado en la cama, pálido y sudando frío por la monumental mentira que su amigo estaba tejiendo a costa de su cumpleaños el cual se acercaba.

—Cualquier basura heroica que le regales, el nerd la atesorará con su vida —respondió Bakugo, chasqueando la lengua—. Ahora, ve al grano. ¿Me vas a prestar el puto dinero o tengo que ir a buscar a otro lado?

—¡S-Sí, por supuesto, Bakugo-san! —se apresuró a decir Momo, sin querer ofenderlo—. ¿Cuánto dinero necesitas para la figura?

Bakugo no dudó ni un microsegundo.

—60.000 yenes.

Al escuchar esa cifra, los ojos de Izuku casi se salen de sus órbitas. ¡El presupuesto que habían calculado para la cita con Nejire era de treinta mil yenes! ¡Bakugo acababa de pedir el doble exacto!

Izuku abrió la boca, listo para preguntar en voz alta por qué estaba pidiendo tanto dinero y arruinar la farsa, pero Bakugo, con los reflejos de un tigre, levantó la mano derecha y le lanzó una mirada tan asesina y amenazadora que Izuku cerró la boca de golpe, tragándose sus palabras.

—60.000 yenes… entendido —dijo Momo, su tono calmado, como si esa cantidad de dinero fuera el cambio que te dan al comprar un pan—. Te haré la transferencia a tu cuenta bancaria en este mismo instante, Bakugo-san.

—Bien. Te lo pagaré cuando nos depositen lo de la agencia. Nos vemos, cola de caballo —dijo Bakugo, y cortó la llamada.

En su habitación, Momo dejó el teléfono sobre el tocador. Una pequeña y tierna sonrisa se dibujó en sus labios. Midoriya Izuku cumpliría años pronto. Tenía veinte días exactos para planificar el regalo perfecto, algo que estuviera a la altura de la amabilidad de su compañero. Comenzó a teclear rápidamente en su computadora, buscando ideas.

Mientras tanto, en la agencia de Endeavor, el ambiente era muy diferente. Apenas la llamada terminó y el bip resonó en el cuarto, Izuku saltó de la cama.

—¡Kacchan! —chilló Izuku, agitando los brazos en puro pánico—. ¡¿Por qué le pediste 60.000 yenes?! ¡Sacamos la cuenta hace cinco minutos y dijimos que treinta mil eran más que suficientes para todo el día con Nejire! ¡La estamos estafando!

Bakugo guardó su teléfono en el bolsillo con una calma absoluta, se cruzó de brazos y lo miró con una sonrisa cargada de avaricia y seguridad.

—Porque yo también necesito dinero, idiota —respondió Bakugo, como si fuera la cosa más lógica del mundo—. La mitad de ese dinero es para tu estúpida cita romántica, y la otra mitad es para mí. Yo pagaré mi parte de la deuda a la chica rica, y tú pagarás la tuya. Es un trato justo.

Izuku se quedó parpadeando, procesando la información. —¿Para ti? Pero… ¿para qué necesitas treinta mil yenes ahora mismo?

La sonrisa de Bakugo se ensanchó, mostrando los dientes, y sus ojos brillaron con el fuego de un ludópata empedernido que acababa de conseguir una segunda oportunidad.

—Te lo dije, nerd. Perdí todo en el casino —declaró Bakugo con una seguridad inquebrantable—. Pero esta vez será diferente. Voy a regresar esta misma noche. Usaré esos treinta mil yenes como capital inicial, lo recuperaré todo, ¡lo duplicaré, no, lo quintuplicaré en la ruleta!

Izuku lo miró, horrorizado. —¿V-Vas a volver a apostar?

—¡Es pura estadística matemática, Deku! —se justificó Bakugo, alzando un puño al aire, totalmente cegado por la fiebre del juego—. ¡Esta vez le apostaré todo al rojo de nuevo! ¡La puta bolita tiene que caer en el rojo tarde o temprano! ¡Ya verás cómo me hago asquerosamente rico mientras tú gastas tu parte en llevar a la loca azul a ver pececitos!

Una gigantesca y pesada gota de sudor resbaló por la nuca de Izuku.

Miró a su amigo de la infancia, el gran Katsuki Bakugo, el chico que aspiraba a ser el Héroe Número Uno, completamente dominado por la falacia del apostador. El sentido común y analítico de Izuku le decía a gritos una sola y triste verdad: Kacchan iba a perder esos treinta mil yenes en menos de diez minutos, iba a salir del casino más pobre de lo que entró, y terminaría con una deuda gigantesca con Momo Yaoyorozu.

—Kacchan… de verdad creo que eso es una pésima idea… —intentó advertirle Izuku con voz débil.

—¡CÁLLATE Y PREPÁRATE PARA TU CITA, NERD! ¡YO SÉ LO QUE HAGO! —le gritó Bakugo, girando sobre sus talones y saliendo de la habitación con paso decidido, listo para conquistar el casino clandestino.

Izuku se quedó solo en su cuarto, suspirando pesadamente y dejándose caer de espaldas en la cama.

Tenía el dinero para la cita. Tenía el itinerario perfecto. Ahora solo quedaba sobrevivir a un día entero a solas con la deslumbrante Nejire Hado, lidiar con sus propios sentimientos confusos y rezar, con todas sus fuerzas, para que Bakugo no terminara empeñando sus guanteletes de héroe en la mesa de ruleta.

AUTOR : no se que decir con este capitulo creo que lo pude haber hecho mejor pero me quede sin mas ideas por el momento .

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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