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JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 12

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12: Juegos 12: Juegos En la penumbra del baño de mármol negro, el tiempo parecía haberse detenido.

El agua, antes fresca por el hielo, ahora estaba tibia, habiendo absorbido el calor febril de Maximilian.

Zamir seguía sentado en la tina, con el cuerpo del anciano apoyado contra su pecho, sosteniéndolo con un brazo alrededor de su torso para que no resbalara.

El esfuerzo inicial, el pánico, había dado paso a una calma extraña y vigilante.

Zamir podía sentirlo: el calor infernal que emanaba de Maximilian estaba cediendo, lento pero seguro.

La respiración agitada y superficial se había vuelto más profunda y regular contra su espalda.

El cuerpo, antes tenso y delirante, ahora se relajaba en su soporte, completamente entregado al agotamiento y al alivio del agua.

En esa intimidad forzada, en el silencio solo roto por el goteo de un grifo y la respiración de ambos, Zamir no pudo evitar notar los detalles.

A través del agua, bajo sus manos, sentía la piel de Maximilian.

Era suave, sorprendentemente suave para un hombre de su edad.

No áspera, ni curtida, sino casi delicada, como la de alguien que la ha cuidado meticulosamente con costosas cremas y tratamientos durante décadas.

Seguro cuida su piel, pensó Zamir, con un atisbo de la ironía más absurda: el hombre que despreciaba todo lo que pareciera vanidad, preservando su propia envoltura con esmero.

Su mirada, sin querer, se dirigió al rostro de Maximilian, que descansaba ladeado contra su hombro.

En el sueño o el estupor inducido por la fiebre que cedía, las líneas de expresión parecían más profundas: las patas de gallo, los surcos entre las cejas, las marcas alrededor de la boca, todas contaban la historia de setenta y cinco años de decisiones duras, concentración feroz y, quizás, de sonrisas demasiado escasas.

Era un rostro marcado, sí, pero no destruido.

Había una estructura ósea poderosa, una dignidad en la línea de la mandíbula y en el arco de las cejas que la edad no había podido erosionar.

En ese momento de vulnerabilidad absoluta, desprovisto de su armadura de trajes y miradas gélidas, era… guapo.

De una manera austera, severa, pero innegable.

La conciencia de ese pensamiento golpeó a Zamir como un balde de agua fría.

Se sorprendió a sí mismo.

¿Guapo?

¿Estaba pensando eso del hombre que había hecho de su vida un infierno sutil, que lo despreciaba por su origen y su profesión?

Un rubor repentino y ardiente le subió por el cuello, le quemó las mejillas y le llegó hasta las orejas, que debían estar tan rojas como los chiles que picaba en el ‘Sawasdee’.

La vergüenza fue instantánea y profunda.

Desvió la mirada rápidamente, clavándola en el mosaico negro de la pared frente a él, como si pudiera encontrar respuestas en las vetas blancas del mármol.

Su corazón, que se había calmado, dio un vuelco extraño.

No era atracción lo que sentía, desde luego que no.

Era… reconocimiento.

El reconocimiento perturbador de la humanidad desnuda del otro, de su fragilidad y, sí, de una belleza melancólica y arrugada que surgía cuando todas las defensas caían.

Siguió sosteniéndolo, más consciente que nunca del contacto de sus cuerpos a través del agua tibia, esperando a que la fiebre bajara lo suficiente como para sacarlo de allí y ponerlo a salvo en la cama, deseando que la noche terminara y que este insólito momento de intimidad y descubrimiento incómodo pudiera ser enterrado para siempre en el olvido.

Pero sabía, en algún lugar profundo, que no lo sería.

Las horas se habían arrastrado en la quietud acuosa.

La fiebre de Maximilian había cedido notablemente, dejándolo en un estado de agotamiento profundo pero consciente.

Sus párpados se movieron, luego se abrieron lentamente.

La confusión reinó por unos segundos mientras sus ojos, ya no vidriosos, escanearon el techo de mármol negro que no era el de su cama.

Su cuerpo registró la sensación extraña primero: el agua tibia, el soporte sólido a su espalda…

y luego la falta de ropa.

Bajó la mirada.

Vio sus propias piernas pálidas, la seda negra del boxer de su pijama empapada y pegada a su piel.

Y luego, comprendió la posición: estaba semi-recostado contra el pecho desnudo de Zamir, cuyo brazo aún lo rodeaba con firmeza protectora.

El shock fue instantáneo y eléctrico.

Se levantó de un salto, saliendo del agua con una fuerza renovada por la adrenalina del horror, salpicando agua por todas partes.

Maximilian: (Su voz era un gruñido ronco, cargado de vergüenza e ira) ¿Qué…

qué demonios haces aquí?

¿Dónde está mi ropa?

¿Qué es este…

este circo?

Zamir, sorprendido por el movimiento repentino, también se puso de pie dentro de la tina, el agua escurriendo por su cuerpo.

“Señor Beauvoir, calmese.

Usted tenía fiebre muy alta.

Se cayó.

Lo metí en el agua para bajársela.

No había nadie más, y no podía levantarlo solo, así que…” Maximilian: (Lo interrumpió, temblando ahora no de fiebre sino de rabia y humillación) ¿Te metiste conmigo en la bañera?

¿Tienes idea de lo que es el espacio personal?

¡Fuera!

¡Sal de aquí ahora mismo!

Dio un paso brusco hacia fuera de la tina, pero sus pies, débiles por la enfermedad y mojados, resbalaron en el suelo de mármol pulido.

Perdió el equilibrio con un jadeo, su cuerpo inclinándose peligrosamente hacia atrás.

Zamir actuó por puro instinto.

Saltó fuera de la tina y, en un movimiento fluido, agarró la mano que Maximilian extendió instintivamente y deslizó su otro brazo alrededor de su cintura, deteniendo la caída con un tirón firme.

El impulso los acercó brutalmente.

Por un instante que se sintió eterno, quedaron congelados.

El cuerpo de Maximilian, todavía débil y tembloroso, estaba apoyado contra el de Zamir, que lo sostenía con fuerza.

Estaban cara a cara, separados por apenas centímetros.

Sus narices casi se tocaban.

El aliento de uno se mezclaba con el del otro.

Y sus ojos se encontraron, fijándose con una intensidad abrasadora.

En los de Maximilian había pánico, furia, pero también un destello de algo más: el reconocimiento impactante de la fuerza y la proximidad del hombre al que despreciaba.

En los de Zamir, preocupación, determinación y el eco de su propio sonrojo anterior, magnificado por esta nueva y forzada intimidad.

Fue Maximilian quien rompió el hechizo.

Se enderezó con una sacudida, liberándose de las manos de Zamir como si lo hubiera quemado.

Maximilian: (Con voz ahora fría y cortante, evitando su mirada) Suéltame.

Zamir retiró las manos de inmediato, retrocediendo un paso.

Maximilian, sin decir otra palabra, agarró una toalla de lino y se la envolvió alrededor de la cintura con movimientos bruscos.

Luego, tomó la parte de arriba de su pijama de seda negra, que estaba colgada en un calentador, y se la puso, abrochando los botones con dedos que aún temblaban levemente.

Sin mirar a Zamir, caminó directamente hacia la puerta del baño.

Maximilian: (Desde el umbral, sin volverse) Salga de mi habitación.

Ahora.

Y no vuelva a poner un pie en ella.

La puerta del baño se cerró con un golpe seco, dejando a Zamir solo, empapado y jadeando en medio del vapor y el agua derramada, con el fantasma del contacto y esa mirada fija grabada a fuego en su memoria.

La línea que habían cruzado, tanto física como emocionalmente, era ahora un abismo imposible de ignorar.

En el Hospital Horizonte, el reloj marcaba las doce de la noche.

El día había dado paso a la madrugada, pero el ritmo en urgencias pediátricas no conocía de horarios.

Eliana acababa de terminar las instrucciones finales para el alta de Joshua, el niño de la mordedura de gato.

Los padres, ahora más calmados y con un plan claro, salían de la sala con su hijo, llevando consigo una receta de antibióticos y una lista de alimentos prohibidos para Mochi.

Eliana se recostó contra la pared del pasillo por un momento, cerrando los ojos.

La fatiga era un peso físico, pero la lista en la tablet de Clara no daba tregua.

Se masajeó las sienes, respiró hondo y se enderezó.

Eliana: (Dirigiéndose a Clara, que esperaba con la tablet, también con signos de cansancio pero imperturbable) Bueno.

Ahí toca al siguiente paciente.

¿Quién sigue?

Clara: (Deslizó el dedo por la pantalla, su voz manteniendo su tono profesional pese a la hora) El siguiente es el caso de dolor abdominal crónico en el preescolar de 4 años, Leo.

Sus padres están en la sala de espera de consultas, muy ansiosos.

El equipo de gastroenterología hizo una ecografía abdominal rápida que no mostró nada evidente, y los análisis de sangre son normales.

El dolor parece real, pero no hay un origen orgánico claro.

Sospechan un componente funcional importante, quizás relacionado con ansiedad.

Eliana: (Asintió, sintiendo el familiar desafío de los casos sin una respuesta fácil).

Los casos funcionales son los más difíciles para las familias.

Vamos a verlo.

Necesitamos descartar lo orgánico con calma, pero también escuchar lo que ese dolor está tratando de decir.

(Hizo una pausa y miró a Clara).

¿Y los otros?

¿Alguna novedad del lactante intubado?

Clara: Estable.

Los gases mejoraron.

Sigue en el ventilador, pero el pronóstico es bueno.

La niña con la cojera tiene una sinovitis transitoria de cadera, ya está con antiinflamatorios y reposo.

El exantema sigue sin diagnóstico, pero no es grave.

Y el caso de tuberculosis está en aislamiento, esperando tus órdenes para iniciar tratamiento.

Eliana: (Exhaló, abarcando mentalmente el panorama de su guardia).

Una cosa a la vez.

Empecemos con Leo y su tripita misteriosa.

(Se ajustó el batín, que empezaba a sentirse pesado después de tantas horas).

¿Tiene preparada la sala de juegos?

A veces, si los dejamos jugar un rato antes de la revisión, se relajan y podemos observar cosas que en la camilla no vemos.

Clara: (Sonrió levemente) Siempre lista, doctora.

Ya les dije a los padres que los llevaríamos allí primero.

Con eso, Eliana se encaminó hacia la sala de juegos, su mente cambiando de engranaje una vez más.

La angustia respiratoria, la infección bacteriana, y ahora el dolor psicosomático o funcional.

Cada niño un universo, cada familia una historia.

Fuera, la noche era profunda.

En algún lugar de la ciudad, en una mansión silenciosa, dramas paralelos se desarrollaban sin que ella lo supiera.

Pero aquí, bajo las luces fluorescentes, su mundo se reducía al siguiente pequeño paciente que necesitaba que sus ojos expertos y su corazón compasivo encontraran la clave para aliviar su dolor, aunque esa clave no estuviera en una radiografía, sino en la compleja madeja de las emociones infantiles.

La guardia continuaba.

Eliana empujó la puerta de la sala de juegos, ese oasis de colores suaves y formas redondeadas en medio del ambiente clínico.

La luz era tenue, cálida, proveniente de lámparas de diseños divertidos.

Inmediatamente, su mirada clínica evaluó la escena.

En el centro de la alfombra, sentado con las piernas cruzadas pero con una postura encorvada, estaba Leo, un niño de cuatro años con ojos grandes y un poco apagados por el cansancio y el malestar.

Tenía una mano apoyada en su abdomen bajo, un gesto protector inconsciente.

No jugaba.

Solo miraba con desinterés un cubo de bloques de madera que tenía al lado.

En un sofá bajo junto a la pared, estaban sus padres.

La madre, una mujer joven con el rostro demarcado por la preocupación, se mordía el labio inferior y retorcía las manos sin parar.

Su mirada iba de Leo a la puerta, esperando ansiosamente la llegada de la doctora.

El padre, sentado rígidamente a su lado, tenía los brazos cruzados.

Su expresión era de frustración contenida.

No parecía enfadado con el personal, sino con la situación, con la impotencia de no poder ayudar a su hijo.

El cansancio también se veía en ellos; era el cansancio de noches sin dormir, de visitas a otros médicos, de respuestas inconclusas.

Cuando Eliana entró, los tres pares de ojos se clavaron en ella.

Los padres se pusieron de pie de inmediato, como si un general hubiera llegado al campo de batalla.

Leo apenas movió la cabeza.

Madre: (Con voz temblorosa y rápida) Doctora, gracias por verlo tan tarde…

Es Leo.

Le duele la pancita otra vez.

Desde hace meses.

Ya no sabemos qué hacer.

Le han hecho de todo…

Padre: (Interrumpiendo, su tono era áspero, lleno de impotencia) Exámenes, estudios, dietas…

Nada.

Nada muestra nada.

Y él sigue con dolor.

(Su mirada se posó en Leo, y por un instante, la frustración se quebró, mostrando un dolor profundo).

No puede ir al jardín, no juega…

solo se queja.

Eliana: (No se acercó a los padres primero.

Se dirigió directamente a Leo, bajándose a su altura, pero manteniendo una distancia respetuosa.

Su voz fue suave, como la de la sala).

Hola, Leo.

Soy la doctora Eliana.

Veo que tienes un amigo que no te deja tranquilo en la tripita, ¿verdad?

Leo la miró, desconfiado, y asintió levemente, apretando más la mano contra su abdomen.

Eliana: (Señaló los bloques) Esos bloques son geniales para construir torres altísimas.

¿Me muestras cómo lo haces?

A mí las torres siempre se me caen.

Ofreció un puente, un desvío de la presión médica.

No preguntó sobre el dolor de inmediato.

Buscaba observar, conectar, crear un espacio seguro donde Leo, y quizás a través de él, el origen de su dolor (físico o emocional), pudiera mostrarse.

Los padres, desde el sofá, contenían la respiración, esperando que esta doctora, a altas horas de la madrugada, pudiera encontrar la clave que todos los demás habían pasado por alto.

La sala de juegos, diseñada para calmar, ahora era el escenario de una de las batallas más sutiles y complejas de la noche.

El gesto de Eliana funcionó como una llave suave.

Al ofrecerle un juego en lugar de un interrogatorio, desactivó la primera barrera de miedo.

Leo la miró por un momento, sus grandes ojos evaluando la sinceridad en el rostro de la doctora.

Un leve sonrojo le tiñó las mejillas, un signo de timidez, pero también de un interés incipiente.

No era la reacción de un niño que se cierra por completo.

Con movimientos lentos y cautelosos, como un animalito asustado, se acercó a Eliana.

No se sentó a su lado de inmediato, sino que se quedó de pie frente a los bloques, observándolos, luego a ella.

Eliana no apresuró las cosas.

Permaneció en cuclillas, sonriendo levemente, observando.

Tomó un bloque rectangular azul y lo colocó con torpeza deliberada sobre uno rojo cuadrado, dejando que la torre se inclinara de manera ridícula.

“Uy, ya ves.

Yo necesito un maestro constructor.” Eso fue lo que faltaba.

Un destello, tenue pero real, cruzó los ojos de Leo.

Comenzó a soltarse poco a poco.

Primero, se agachó.

Luego, con una mano (la que no estaba en su abdomen), tomó un bloque amarillo y lo colocó con mucha más precisión al lado del azul, corrigiendo el equilibrio de la torre ficticia de Eliana.

No dijo nada, pero su acción era elocuente.

Eliana: (En un susurro, como compartiendo un secreto) Ah, claro.

El amarillo da más estabilidad.

Tú sabes.

Leo asintió, casi imperceptiblemente.

Su postura seguía un poco encorvada, la mano izquierda aún presionando su vientre bajo, pero su atención ahora estaba dividida entre el dolor y el desafío de la construcción.

Poco a poco, con Eliana como su asistente torpe pero entusiasta, Leo comenzó a construir.

No una torre alta, sino una estructura baja y ancha, como una base o un muro.

Cada bloque era colocado con cuidado, como si fuera una pieza de un rompecabezas muy importante.

A medida que sus manos se ocupaban, su expresión se suavizó.

La mueca de dolor no desapareció por completo, pero se mezcló con un ceño de concentración.

Los padres, desde el sofá, observaban la escena con los ojos muy abiertos.

Era la primera vez en semanas que veían a Leo absorto en algo que no fuera su propio malestar.

La madre se llevó una mano a la boca, conteniendo la emoción.

El padre desplegó lentamente sus brazos cruzados, su rigidez dando paso a una perplejidad esperanzada.

Eliana no hizo preguntas sobre el dolor.

Solo comentaba la construcción.

“Esta parte parece muy fuerte, Leo.

¿Protege algo ahí dentro?” Leo alzó la vista hacia ella, y por un segundo, sus ojos parecieron oscurecerse con algo más que timidez.

Fue un vistazo rápido, pero Eliana lo captó.

Era un indicio.

El dolor, o la causa de él, estaba protegido detrás de un muro, igual que la estructura de bloques.

El juego no era solo un distractor; era un lenguaje.

El niño volvió a bajar la mirada, añadiendo otro bloque a su muro.

El proceso de soltarse había comenzado.

No con palabras, sino con bloques de colores y la presencia tranquila de una doctora que sabía que, a veces, para sanar un dolor, primero hay que construir un puente hacia la confianza, ladrillo a ladrillo, en el silencio de una sala de juegos a medianoche.

El momento fue crucial.

Después de varios minutos de construcción silenciosa, el muro de bloques de Leo estaba completo, una barrera colorida y ordenada sobre la alfombra.

Parecía haber encontrado cierta paz en el acto de crear algo tangible, de tener control sobre algo, aunque solo fueran cubos de madera.

Fue entonces cuando, sin que Eliana lo pidiera, Leo se acercó a ella.

No con palabras, sino con su cuerpo.

Se sentó en el suelo a su lado, más cerca de lo que había estado antes, y miró hacia arriba, sus ojos grandes ya sin la desconfianza inicial, reemplazada por una curiosidad cansada y un pedido silencioso.

Su mano ya no presionaba su vientre con tanta fuerza; ahora descansaba sobre su regazo.

Fue un permiso tácito.

Una rendición de la fortaleza que había levantado, tanto con los bloques como con su silencio.

Eliana lo entendió al instante.

Sonrió, una sonrisa cálida y de agradecimiento.

“¿Me permites echarle un vistazo a tu amigo de la tripita, Leo?

A ver si entre los dos podemos averiguar por qué está haciendo tantas travesuras.” Leo asintió lentamente, un gesto solemne.

Eliana se movió con una calma deliberada.

Primero, sacó un pequeño estetoscopio de juguete que tenía en el bolsillo de su batín (una herramienta útil para estos casos) y se lo ofreció.

“Tú puedes escuchar primero, si quieres.” Leo, intrigado, tomó el estetoscopio y se lo puso en los oídos, colocando el diafragma sobre su propio pecho con una expresión de asombro concentrado.

Luego, con suavidad infinita, Eliana procedió con el examen real.

Con sus manos expertas, palpó su abdomen con una presión suave pero firme, buscando zonas de tensión, masas, o áreas de especial sensibilidad.

Le pidió que respirara hondo y lo soltara, observando el movimiento de su diafragma.

Mientras lo hacía, hablaba en voz baja, explicando cada paso como si fuera un explorador en una misión.

“Aquí suena todo tranquilo…

por aquí parece que todo está en su lugar…” Durante todo el examen, Leo se mantuvo sorprendentemente quieto y cooperativo.

No se retrajo.

Incluso señaló con su propio dedo el punto exacto, bajo y ligeramente a la izquierda de su ombligo, donde el dolor era más constante.

“Aquí es,” murmuró, su voz tan baja que casi era un suspiro.

Esa precisión fue clave.

No era un dolor vago o generalizado.

Era localizado.

Eliana anotó mentalmente cada detalle: la naturaleza del dolor (no cólico, sino sordo y constante), la localización, la ausencia de signos de alarma en la exploración física (no fiebre, no vómitos, no sangre en heces según los padres), y el componente emocional evidente en la postura inicial del niño y la ansiedad de los padres.

El examen físico, combinado con la observación del juego y la interacción, le daba piezas del rompecabezas.

No parecía apendicitis, ni una obstrucción, ni una infección urinaria típica.

El dolor abdominal funcional, muchas veces exacerbado o desencadenado por ansiedad o estrés, cobraba fuerza como hipótesis principal, pero Eliana no descartaba nada.

Eliana: (Terminando el examen, le dio a Leo una calcomanía de un superhéroe del estetoscopio) Eres un paciente de diez, Leo.

Muy valiente.

(Se dirigió entonces a los padres, que se habían acercado).

La exploración física es tranquilizadora por ahora.

No encuentro signos de alarma que requieran una intervención urgente.

El dolor es real, lo sé.

Pero creo que su origen puede ser complejo.

Necesito que me cuenten más.

No solo de sus comidas o sus hábitos, sino de cómo ha estado Leo estos últimos meses.

En el jardín, en casa…

si ha habido cambios, miedos, preocupaciones.

Los padres se miraron, y por primera vez esa noche, la madre comenzó a hablar no solo de síntomas, sino de la tristeza de Leo porque su mejor amigo se había cambiado de salón, de su miedo a los ruidos fuertes desde un incidente con una alarma, de las discusiones que ellos, los padres, habían tenido recientemente por problemas de trabajo.

Cada palabra era una pieza más que encajaba en el cuadro.

El examen físico había abierto la puerta, pero era la conversación que siguió la que comenzaba a iluminar el camino hacia la verdadera causa del dolor de Leo.

La noche era larga, pero por fin, después de meses de incertidumbre, esta familia tenía una dirección hacia la que caminar, guiada por una doctora que sabía que escuchar, a veces, era el instrumento de diagnóstico más poderoso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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