Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 13

  1. Inicio
  2. JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS
  3. Capítulo 13 - 13 Pauta
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

13: Pauta 13: Pauta En la suite del ala este, la quietud era absoluta.

Zamir había regresado de la turbulenta escena en el baño de Maximilian sintiéndose como si hubiera atravesado una tormenta.

Se había secado, se había puesto ropa limpia, pero una sensación persistente se aferraba a él, más tangible que el agua fría.

Era el fantasma del contacto.

En la palma de su mano, donde había agarrado la de Maximilian para evitar su caída, y en el hueco de su brazo, donde había rodeado su cintura, aún sentía el calor residual de la piel del anciano.

No el calor febril de antes, sino el calor vital, sorprendentemente suave contra su propia piel áspera de trabajo.

Era una sensación incongruente, íntima e invasiva.

Se sentó al borde de su cama, mirando sus manos.

Un sonrojo tonto y vergonzoso le subió a las mejillas otra vez, recordando la proximidad brutal, el choque de sus narices, la intensidad de esa mirada fija que había intercambiado con el hombre que lo despreciaba.

Se sacudió la cabeza, como si pudiera desalojar la memoria.

“Esto es ridículo,” murmuró para sí mismo, su voz sonando extrañamente alta en el silencio.

“Es un viejo terco y malhumorado.

Y yo…

yo solo estaba ayudando.” Pero la racionalización no borraba la sensación.

Había visto a Maximilian despojado de todo: de su imperio, de su orgullo, de su ropa, de su fuerza.

Y en esa vulnerabilidad, había habido algo…

humano.

Demasiado humano.

Y Zamir, en contra de toda lógica y de todo antecedente, había sido el testigo único de esa rendición.

Con un suspiro profundo que venía de los huesos, se obligó a calmare.

Respiró hondo varias veces, el mismo ejercicio que a veces hacía antes de un servicio complicado en el restaurante.

La imagen de Maximilian enfurecido, ordenándole que saliera, ayudó a dispersar la neblina de la incomodidad.

El desprecio final había sido un balde de agua fría sobre cualquier pensamiento absurdo.

Finalmente, exhausto física y emocionalmente por la noche de vigilia, la tensión y la sucesión de eventos surrealistas, se acostó en su cama.

Las sábanas frescas le dieron la bienvenida.

Su cuerpo, pesado como el plomo, se hundió en el colchón.

Esta vez, el sueño no llegó como un apagón instantáneo.

Fue un lento hundimiento.

En el borde de la inconsciencia, la última sensación en desvanecerse no fue el recuerdo de los gritos ni la imagen de la ira, sino ese calor suave y fantasmal en la palma de su mano, el mudo testimonio de un contacto que nunca debió haber ocurrido y que, sin embargo, había cambiado irrevocablemente algo en el paisaje invisible entre ellos.

Luego, la oscuridad lo reclamó por completo, otorgándole un descanso temporal de los complicados lazos que se estaban tejiendo, contra todo pronóstico, en el corazón de la Mansión Beauvoir.

La madrugada había avanzado en el Horizonte.

Tras la larga conversación con los padres de Leo y una revisión más detallada de su historial, una duda persistía en la mente de Eliana.

El dolor localizado, la historia de posibles desencadenantes emocionales, cuadraban con un dolor abdominal funcional, pero su instinto clínico, pulido por años de experiencia, le decía que había que descartar todo lo orgánico con una última mirada profunda.

Reunió todos los estudios previos que los padres trajeron —ecografías, análisis de sangre, de heces— y los comparó con los nuevos que había ordenado: una radiografía de abdomen simple y un ultrasonido abdominal detallado que había conseguido que hicieran a pesar de la hora.

Estaba en su oficina, la luz de la lámpara del escritorio iluminando las imágenes digitales en su pantalla.

Los análisis de sangre seguían sin mostrar infección o inflamación significativa.

Pero cuando sus ojos se posaron en las imágenes del ultrasonido, deteniéndose en el área que Leo había señalado, algo llamó su atención.

Era sutil, fácilmente pasable por alto en una revisión rápida o en un niño inquieto.

Una pequeña anomalía en la pared del intestino delgado, en el íleon terminal, cerca de la válvula ileocecal.

No era una obstrucción clara, ni un tumor evidente.

Parecía una pequeña invaginación intermitente o una anomalía congénita leve, como un divertículo de Meckel inflamado, que podía causar dolor crónico e intermitente, especialmente exacerbado por el estrés, y que a menudo escapaba a los estudios menos detallados.

“Ahí estás,” susurró Eliana para sus adentros, una mezcla de alivio por haber encontrado una causa física y preocupación por el niño.

El problema había estado muy escondido, camuflado entre los pliegues intestinales y enmascarado por el componente emocional que, sin duda, lo exacerbaba.

Pero ahora estaba claro: Leo necesitaba una intervención.

Salió rápidamente de su oficina y se dirigió a la sala de espera donde los padres, exhaustos y con la esperanza a flor de piel, aguardaban.

Eliana: (Con un tono calmado pero directo, sosteniendo la tablet con las imágenes) Lo encontré.

No es solo estrés.

Hay una pequeña anomalía en su intestino, muy sutil, que está causando el dolor.

Es algo con lo que probablemente nació, y ahora se está manifestando.

Para solucionarlo y que el dolor desaparezca de verdad, necesita una pequeña operación.

Una laparoscopia.

Es mínimamente invasiva, y los cirujanos podrán corregirlo.

La madre se cubrió la boca con las manos, las lágrimas brotando de nuevo, pero ahora de una emoción diferente.

El padre palideció, pero asintió con determinación.

“Hagan lo que haya que hacer, doctora.” En cuestión de minutos, se activó el protocolo.

El caso se pasó al equipo de cirugía pediátrica de guardia.

Leo, ya sedado suavemente para el procedimiento diagnóstico, fue preparado para el quirófano.

Eliana habló personalmente con el cirujano jefe, explicándole los hallazgos y mostrándole las imágenes.

Poco después, en los pasillos silenciosos de la madrugada, se vio pasar la camilla con Leo, ya dormido profundamente por la anestesia, rumbo a la sala de operaciones.

Los padres lo siguieron hasta las puertas dobles, donde una enfermera los guio a una sala de espera.

Eliana se quedó un momento observando cómo las puertas del quirófano se cerraban.

Su parte, la de detective médica, había terminado.

Ahora, eran los doctores de operación quienes se encargaban.

Su habilidad con el bisturí laparoscópico resolvería lo que su estetoscopio y su intuición habían logrado descubrir en la profundidad de la noche.

Se sintió exhausta, pero satisfecha.

Había llegado hasta el fondo del misterio de Leo.

Ahora, solo quedaba esperar y confiar en que la pequeña anomalía, una vez removida, le devolviera a ese niño la posibilidad de una infancia sin dolor.

Con un último vistazo a las puertas cerradas del quirófano, donde el destino de Leo ahora estaba en las expertas manos del equipo de cirugía, Eliana dio un giro mental completo.

No había espacio para la espera ansiosa en su trabajo.

Cada minuto era otro niño, otra familia.

Se dirigió a Clara, quien, como un centinela incansable, ya estaba consultando la lista actualizada en su tablet.

Eliana: (Frotándose la nuca, pero con la voz recuperando su tono de mando) Bueno.

Debemos comenzar con el siguiente paciente.

No podemos detenernos.

¿Quién sigue?

Clara: (Deslizó el dedo, pasando el nombre de Leo a “en cirugía”) El siguiente es el caso del exantema infradiagnosticado en el niño de 3 años, Mateo.

Está en la sala de aislamiento de dermatología pediátrica, con su mamá.

El rash es generalizado, maculopapular, sin fiebre actual, pero no responde a los antihistamínicos comunes.

Los cultivos virales iniciales son negativos.

El dermatólogo de guardia ya lo vio y está perplejo; pide tu opinión por la complejidad del historial de alergias del niño.

Eliana: (Asintió, sintiendo el familiar cosquilleo del desafío diagnóstico).

Un rompecabezas cutáneo.

Perfecto.

(Hizo una pausa breve).

¿Y el caso de tuberculosis infantil referido?

Necesito verlo también para iniciar el tratamiento.

Clara: Está estable, en aislamiento respiratorio estricto.

Con mascarilla N95 lista para ti.

Y la adolescente con incontinencia urinaria está en la sala de consultas psicológica, hablando con la terapeuta, pero quiere que la veas después para el enfoque médico.

Eliana: (Exhaló, abarcando mentalmente el resto de su noche: piel, pulmón, vejiga.

Una tríada de especialidades distintas).

Vamos primero con el exantema.

Luego la tuberculosis.

Lo de la incontinencia puede esperar un poco más si está con la psicóloga.

(Se ajustó el batín, que empezaba a sentirse como una segunda piel cansada).

¿Alguna novedad del lactante intubado?

Clara: Estable.

Sin cambios.

Sigue en ventilación mecánica, pero estable.

“Bien,” dijo Eliana, y comenzó a caminar con paso rápido hacia la sala de aislamiento dermatológico.

Su mente, como un procesador de alta velocidad, cambiaba de archivo: de los pliegues intestinales de Leo a los misterios de la piel de Mateo.

La fatiga era un ruido de fondo, pero la adrenalina del diagnóstico y la urgencia de ayudar la mantenían en marcha.

Mientras se lavaba las manos y se ponía una nueva bata sobre la suya antes de entrar al aislamiento, por un segundo fugaz, una imagen cruzó su mente: Zamir, durmiendo (esperaba) plácidamente en la mansión.

La normalidad de ese pensamiento fue un bálsamo extraño en medio del torbellino médico.

Pero no había tiempo para detenerse.

El siguiente paciente, con su piel pintada de un enigma, la esperaba.

La guardia, implacable, continuaba.

Eliana empujó la puerta de la sala de aislamiento dermatológico, un espacio pequeño pero bien equipado con luz especial para observar la piel.

El protocolo era estricto: bata de aislamiento sobre su batín, gorro, mascarilla N95 y guantes nuevos.

Al entrar, la atmósfera era de una preocupación silenciosa pero intensa.

En una camilla pediátrica, sentado en el regazo de su madre, estaba Mateo, el niño de tres años.

Su piel, de pies a cabeza, estaba cubierta por un exantema maculopapular generalizado: manchas rojas y pequeños bultos que le daban a su piel una textura irregular y le pintaban el cuerpo de un rosa enfermizo.

No parecía estar rascándose con desesperación, lo cual era una buena señal, pero su expresión era de incomodidad y cansancio.

Su madre, una mujer joven con ojeras profundas, lo sostenía con una mezcla de amor y desesperación.

“Doctora, gracias por venir,” dijo la madre, su voz cargada de alivio y ansiedad.

“Ya no sabemos qué más hacer.

Le salió esto hace cuatro días.

No tiene fiebre ahora, pero al principio sí.

Le dieron esto en la otra clínica…” Mostró una caja de antihistamínicos, “pero no le hace nada.

Y le han hecho tantas pruebas…” Eliana se acercó, manteniendo una distancia profesional pero con una sonrisa cálida que podía notarse en sus ojos por encima de la mascarilla.

“Hola, Mateo.

Soy la doctora Eliana.

Veo que tu piel está haciendo un dibujo muy especial hoy.

¿Puedo verlo de cerca?

Te prometo que no dolerá.” Mateo la miró con recelo, pero asintió lentamente, aferrándose al cuello de su madre.

Eliana comenzó su examen con la meticulosidad de un detective.

Primero, una inspección visual general: el patrón de la erupción (simétrico, generalizado), el tipo de lesiones (máculas y pápulas, no vesículas ni pústulas), su distribución (incluía palmas de las manos y plantas de los pies, un dato importante).

Usó una lupa dermatológica para observar detalles.

Luego, la palpación: las lesiones no eran dolorosas a la presión, no había descamación.

“¿Alguna vez ha tenido algo así antes, aunque más leve?” preguntó Eliana, mientras examinaba detrás de sus orejas y en el cuero cabelludo.

“No, nunca.

Es la primera vez.

Y somos muy cuidadosos con lo que come, por sus alergias al huevo y a la soya.” Eso encendió una luz.

Alergias alimentarias conocidas.

El exantema no pruriginoso (que no causaba picor intenso), la fiebre inicial que había cedido, la falta de respuesta a antihistamínicos…

y las palmas y plantas afectadas.

Empezaba a tomar forma un posible culpable, menos común que un virus típico.

“Necesito ver los resultados de los análisis que le hicieron,” dijo Eliana, dirigiendo su mirada a la pantalla de la computadora de la sala donde ya estaban cargados.

Revisó los cultivos virales (negativos), el hemograma (mostraba un ligero aumento de eosinófilos, un tipo de glóbulo blanco asociado a alergias o parásitos), y la proteína C reactiva (normal, sin infección bacteriana activa).

La combinación de datos pintaba un cuadro.

No era una virosis común, ni una infección bacteriana.

La afectación de palmas y plantas, la historia de alergias, el exantema persistente…

apuntaba hacia una reacción de hipersensibilidad más compleja, posiblemente una erupción medicamentosa (pero la madre negaba nuevos medicamentos) o, más probable dada la presentación, una enfermedad de Kawasaki atípica o incompleta, que puede presentarse sin fiebre persistente pero con manifestaciones cutáneas y riesgo cardíaco, o una reacción a una infección viral previa que había activado su sistema inmune de forma exagerada.

“Voy a solicitar unos análisis de sangre más específicos, Mateo,” explicó Eliana con calma, “para ver cómo está tu sistema de defensas.

Y un ecocardiograma, solo para asegurarnos de que tu corazoncito está perfecto, porque a veces la piel nos habla de otras cosas.

Mientras tanto, vamos a probar un medicamento diferente, no un antihistamínico, sino algo que ayude a calmar la inflamación desde dentro.” Su mente ya trabajaba en el siguiente paso: coordinar con cardiología pediátrica para el ecocardiograma urgente, solicitar niveles de inmunoglobulinas y otros autoanticuerpos.

El caso de Mateo no era una simple alergia; era un rompecabezas inmunológico que había que resolver rápido para descartar complicaciones graves y darle al niño, y a su madre, el alivio que tanto necesitaban.

Otro misterio médico en medio de la noche, otra vida que dependía de su agudeza clínica.

(Intensidad cerebral y urgente.

Los nuevos análisis de sangre de Mateo llegan a la pantalla de Eliana en su oficina.

Los números saltan a la vista: niveles marcadamente elevados de IgE (inmunoglobulina E, clave en reacciones alérgicas), y unos anticuerpos específicos contra un antígeno viral reciente (Parvovirus B19, el causante de la “enfermedad de la bofetada”) que no se había detectado en los cultivos estándar.

La combinación de una infección viral reciente (Parvovirus) en un niño con un terreno alérgico importante (altos niveles de IgE) había desencadenado una reacción de hipersensibilidad tipo III atípica y extensa, causando el exantema persistente.

El ecocardiograma, afortunadamente, era normal, descartando Kawasaki.) Pero el tratamiento estándar para algo así no está en un protocolo sencillo.

Eliana necesita precisión.

Corre hacia la estantería de su oficina y saca un volumen grueso y pesado: “Inmunología Clínica Pediátrica de Ziegler”.

Hojea páginas frenéticamente, sus dedos siguiendo índices.

Encuentra un capítulo sobre “Reacciones de hipersensibilidad post-virales en pacientes atópicos”.

Allí está: la descripción coincide.

El antígeno viral forma complejos inmunes que se depositan en los pequeños vasos de la piel, causando la inflamación.

Eso explica el QUÉ, pero no el CÓMO tratarlo de la manera más segura y rápida.

Necesita el protocolo exacto de dosificación.

Deja el primer libro abierto y agarra otro, más específico: “Terapéutica Dermatológica en Urgencias Pediátricas”.

Busca en el índice: “Exantemas post-infecciosos persistentes / Tratamiento inmunomodulador”.

Allí está.

Una pauta concreta: un ciclo corto y descendente de corticoides orales combinado con un antihistamínico de segunda generación de mayor potencia, específico para casos con componente alérgico e inflamatorio vascular marcado.

La dosis se calcula por peso y por la severidad de las lesiones.

Eliana respira aliviada.

Tiene el mapa.

No es una cura mágica, pero es el camino para “apagar” la reacción desbocada del sistema inmune de Mateo.

Sale de su oficina casi a la carrera, dirigiéndose a la estación de enfermeras donde Clara y otra enfermera preparan medicamentos.

Eliana: (Su voz es rápida, clara, autoritaria) ¡Clara!

Cambio de plan para Mateo, el niño del exantema.

Diagnóstico confirmado: reacción de hipersensibilidad tipo III post-Parvovirus, sobre terreno atópico.

Necesitamos iniciar el protocolo de inmunomodulación ya.

Clara: (Deja lo que está haciendo al instante, su expresión se vuelve de concentración absoluta) ¿Qué necesita, doctora?

Eliana: (Dicta mientras escribe rápidamente en la orden médica digital) Prednisolona oral, dosis calculada: 2 mg por kilo, una dosis ahora mismo.

Luego, pauta descendente por seis días.

Y Levocetirizina, 2.5 mg, también ahora y luego cada 24 horas.

(Mira a Clara directamente).

Ordeno que comiencen con el procedimiento de administración de inmediato.

Que la mamá firme el consentimiento informado rápido, explíquenle que es para calmar la inflamación de la piel desde la raíz.

Y que preparen una dosis de ibuprofeno por si hay molestias por el corticoide.

Clara: (Asiente, ya tecleando las órdenes en el sistema y moviéndose hacia la farmacia interna de urgencias) Entendido, doctora.

Prednisolona y Levocetirizina, ya.

Procedemos.

(En cuestión de minutos, el medicamento está en la sala de Mateo.

La madre, con ojos llenos de esperanza tras la explicación clara de Clara, da su consentimiento.

La primera dosis es administrada.

No es un efecto inmediato, pero es el inicio del camino correcto.

Eliana observa desde la puerta, satisfecha de haber conectado los puntos entre los análisis, los libros y la clínica.

Ha usado su conocimiento como un cirujano usa un bisturí: con precisión, para intervenir en el desorden invisible del sistema inmune.

La guardia sigue, pero una pequeña victoria, fruto del estudio y la deducción rápida, ha sido conseguida.

El siguiente paciente ya espera.) Con la primera dosis del protocolo inmunomodulador ya administrada a Mateo y su madre recibiendo instrucciones claras, Eliana sintió el cierre de otro capítulo.

No había tiempo para esperar a ver la mejoría; la evidencia clínica y los análisis respaldaban su decisión, y ahora el tratamiento estaba en marcha.

Salía de la sala de aislamiento, desechando la bata y los guantes con un movimiento eficiente, cuando se encontró con Clara en el pasillo, que parecía ser su sombra infatigable en esta noche interminable.

Eliana: (Frotándose los ojos un segundo antes de enderezarse con decisión) Bueno.

Pasemos al siguiente paciente.

(Su voz sonaba a papel de lija, pero su tono era implacable).

¿Cuántos son los que quedan en la lista de espera activa?

Clara: (Consultó su tablet, haciendo un rápido recuento mental.

La lista había ido cambiando: algunos dados de alta, otros admitidos, otros transferidos a especialidades).

En espera activa para evaluación por ti en este momento, doctora, quedan: el caso de tuberculosis infantil en aislamiento; la adolescente con incontinencia urinaria (ya salió de la sesión psicológica y te espera); y el lactante con sospecha de tos ferina que necesita confirmación clínica definitiva y manejo de aislamiento.

El de dolor abdominal ya está en cirugía, y el exantema ya tiene su protocolo iniciado.

(Tres pacientes.

Tres mundos completamente distintos: una enfermedad infecciosa grave y antigua, un problema funcional urológico con impacto psicológico, y una infección respiratoria bacteriana potencialmente mortal en un bebé).

Eliana: (Asintió, priorizando al instante).

Vamos primero con la tuberculosis.

Es el que mayor riesgo de contagio tiene y necesita que inicie el tratamiento hoy mismo, sin esperar al día.

Luego, la adolescente.

Y finalmente el lactante con la tos, para definir si es ferina y aislarlo correctamente.

(Miró a Clara, una chispa de camaradería en la fatiga).

Parece que la luz del amanecer nos va a pillar aún aquí, Clara.

Clara: (Esbozó una sonrisa cansada pero genuina) Como siempre, doctora.

La sala de aislamiento respiratorio para la tuberculosis está lista.

Mascarilla N95 nueva y bata desechable en la entrada.

Eliana: (Empezó a caminar hacia la zona de aislamiento de alto nivel, su paso aún rápido a pesar del cansancio).

Perfecto.

Avísale a la familia de la adolescente que en aproximadamente…

cuarenta minutos la veré.

Y que preparen la sala para el lactante, con oxígeno y equipo de aspiración a mano, por si acaso.

Con eso, se adentró en la zona restringida, pasando por la esclusa de aire y vistiendo el equipo de protección personal con la rutina de quien lo ha hecho miles de veces.

El siguiente rostro que vería sería el de un niño luchando contra una bacteria mucho más antigua y socialmente estigmatizante que cualquier virus moderno.

Su guardia, una mezcla de detective, general y ángel de la guardia, continuaba.

La lista se acortaba, pero la responsabilidad sobre cada vida que quedaba en ella no disminuía en lo más mínimo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo