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JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 23

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  3. Capítulo 23 - 23 Las Cinco Preguntas
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23: Las Cinco Preguntas 23: Las Cinco Preguntas La sala VIP del aeropuerto seguía siendo un oasis de silencio y lujo.

Maximilian y Nelson estaban instalados en los mismos sillones, dos whiskies de malta sobre la mesa baja entre ellos.

El sol ya había salido por completo, bañando la estancia con una luz dorada que contrastaba con la penumbra artificial de las lámparas.

Nelson acababa de cerrar su laptop después de enviar los últimos correos que sellaban el destino legal de Gabriel López.

Se estiró con la elegancia felina que lo caracterizaba, su abrigo camel cayendo perfectamente sobre sus hombros.

Fue entonces cuando su teléfono vibró.

Sacó el dispositivo, leyó el mensaje, y una sonrisa lenta y divertida se extendió por su rostro.

Nelson: (Soltando una carcajada genuina) “Max, mira esto.” Maximilian alzó una ceja, su expresión impasible.

Nelson: “Mi secretario me informa que alguien estuvo investigando mi vida esta madrugada.

Mis contactos, mis negocios, mis movimientos…

y mis preferencias personales.” Hizo una pausa teatral, sus ojos brillando con malicia.

“Parece que tu princesa se tomó muy en serio lo de conocerme mejor.” Maximilian no cambió su expresión, pero un destello fugaz cruzó sus ojos grises.

Nelson: (Riendo de nuevo) “¡Oh, hubiese querido ver su cara cuando leyeron el informe!

‘Nelson, empresario exitoso, heredero, contactos impecables…

y playboy’.

Y luego, el remate: ‘homosexual’.

¡Debe haber sido todo un shock para la pequeña Eliana!” Tomó su whisky, dando un sorbo mientras seguía riendo entre dientes.

Nelson: “Seguro que ahora mismo está en tu casa, dando vueltas por el salón, haciendo preguntas, cuestionando todo.

‘¿Papá sale con hombres?

¿Papá es como Nelson?

¿Qué significa todo esto?'” Maximilian levantó lentamente su vaso, tomó un sorbo, y lo dejó con un golpe seco sobre la mesa.

Su voz, cuando habló, era la calma de un lago helado.

Maximilian: “Ella es inteligente.

Sabe perfectamente cómo soy.

No me preocupa.” Nelson inclinó la cabeza, estudiando a su amigo con una mezcla de diversión y curiosidad.

Sus ojos, agudos y calculadores bajo su fachada de sofisticación despreocupada, brillaron con picardía.

Nelson: “¿Estás seguro, Max?” Dejó el vaso y se inclinó ligeramente hacia adelante.

“Porque hasta ahora, en todos los años que llevamos de amistad, nunca te he visto salir con una mujer.

Ni una cita, ni un affair, ni siquiera una acompañante a eventos.

Solo conmigo.” Hizo una pausa, dejando que las palabras flotaran en el aire.

“Y yo, querido amigo, no tengo precisamente una reputación que ayude a tu causa.” El silencio se instaló entre ellos, denso y cargado.

Maximilian lo miró fijamente, sus ojos grises impenetrables.

Nelson sostuvo la mirada, su sonrisa divertida aún en su lugar, pero con un dejo de genuina curiosidad detrás.

Maximilian: (Finalmente, su voz baja y medida) “Lo que yo haga o deje de hacer con mi vida personal no es asunto de nadie.

Ni de mi hija, ni de tus secretarios, ni de tus bromas.” Tomó otro sorbo de whisky, más largo.

“Si ella tiene preguntas, las responderé.

O no.

Según lo que considere oportuno.” Nelson: Se recostó en su sillón, levantando las manos en un gesto de rendición burlona.

“Por supuesto, por supuesto.

Solo digo que, si algún día decides salir del armario, contarás con mi apoyo incondicional.” Su sonrisa se ensanchó.

“Y con mi asesoría de moda, porque con ese abrigo blanco que usaste esta madrugada…

necesitas ayuda, amigo.” Por primera vez en horas, algo parecido a un atisbo de…

¿diversión?

¿Tolerancia?

cruzó el rostro de Maximilian.

Fue apenas un destello, una ligera relajación de la mandíbula.

Maximilian: “Mi abrigo es perfectamente adecuado.” Nelson: “Es adecuado para un funeral victoriano, tal vez.

Para un hombre de mundo como tú, necesitas color.

Textura.

Algo que diga ‘poder y sensualidad’, no ‘poder y luto perpetuo’.” Maximilian negó con la cabeza, un gesto casi imperceptible.

“Eres imposible.” Nelson: “Lo sé.

Por eso me quieres.” Bebió el resto de su whisky y se puso de pie, ajustando su impecable abrigo camel.

“Bueno, creo que ya es hora de que vayas a enfrentar a tu inquisidora personal.

Dile que Nelson manda saludos.

Y que, si quiere hacer más preguntas, puede invitarme a cenar.

Prometo portarme bien.” Maximilian se levantó también, dejando un billete sobre la mesa.

“Si cenas con ella, te hará preguntas clínicas y forenses.

No es una cita romántica.” Nelson: (Riendo mientras caminaban hacia la salida) “¡Peor para ella!

Yo soy experto en esquivar preguntas incómodas.

Y en dar respuestas que generan más preguntas.

Será divertido.” Salieron de la sala VIP, dos figuras imponentes: una blanca y negra, severa como un juez; otra camel y negra, fluida como un gato.

Detrás de ellos, el aeropuerto despertaba a su bullicio habitual, ajeno a las conspiraciones, las investigaciones y las risas que habían llenado esa madrugada.

En la mansión, Eliana esperaba.

Y Maximilian, por primera vez en mucho tiempo, se preguntaba qué preguntas tendría que responder.

El sonido de la puerta principal abriéndose resonó en la mansión como un anuncio.

Eliana y Zamir, que habían permanecido en el salón durante toda la espera, se enderezaron al unísono.

El café se había enfriado hace horas.

Las cortinas estaban abiertas, dejando entrar la luz plena del mediodía.

Maximilian entró con paso firme pero cansado, su figura imponente envuelta aún en el abrigo blanco que tanto había llamado la atención de Nelson.

Se detuvo en el umbral del salón, sus ojos grises recorriendo la escena: su hija sentada en el sofá, con las manos entrelazadas sobre el regazo; Zamir a su lado, en silencio, presente pero sin invadir.

No hubo saludos.

No hubo “buenos días” ni explicaciones inmediatas.

Maximilian se desabrochó el abrigo con movimientos precisos, lo dejó caer sobre el respaldo de una silla, y se sentó frente a ellos, en el sillón individual que siempre ocupaba.

Cruzó una pierna sobre la otra, entrelazó los dedos sobre su rodilla, y clavó su mirada en Eliana.

Maximilian: (Su voz era grave, sin rodeos) “Bien.

Has investigado.

Has esperado.

Tienes preguntas.

Te doy cinco oportunidades.

Solo cinco.

Piensa bien lo que vas a preguntar.

Después de eso, se acaba el tema.

Queda claro.” Eliana sintió el peso de sus palabras.

Cinco preguntas.

No más.

Cada una debía contar.

Asintió, con la mandíbula tensa.

A su lado, Zamir no dijo nada, pero su mano encontró la de ella y la apretó con suavidad.

Un gesto silencioso: estoy aquí, pase lo que pase.

Los minutos pasaron.

Eliana cerró los ojos, ordenando sus pensamientos.

La noche anterior, el aeropuerto, el archivo de James, la revelación sobre Nelson, las palabras de Zamir…

todo daba vueltas en su cabeza.

Pero ahora, frente a su padre, tenía que ser precisa.

No podía desperdiciar ninguna pregunta en emociones desbordadas.

Finalmente, abrió los ojos.

Su mirada era clara, directa.

Eliana: (Voz firme) “Primera pregunta.

¿Saliste esta madrugada a hacer algo ilegal o peligroso relacionado con Miguel López?” Maximilian mantuvo su expresión impasible.

Respondió sin titubear.

Maximilian: “No.

Salí a reunirme con Nelson para asegurar que el proceso legal contra López fuera…

irreversible.

Todo dentro de los límites de la ley.

Presión, no crimen.

Gestión, no violencia.” Eliana asintió.

Una preocupación menos.

Eliana: “Segunda pregunta.

El archivo que pedí sobre Nelson dice que es homosexual y tiene una vida…

disoluta.

¿Tú sabías eso cuando empezaron su amistad?” Esta vez, hubo una pausa.

Maximilian la miró con una intensidad que parecía querer atravesarla.

Maximilian: “Lo supe desde el primer día.

Nunca fue un secreto para mí.

Y nunca fue relevante para nuestra amistad o nuestros negocios.

Nelson es un hombre capaz, leal y con un criterio impecable.

Su vida privada es suya.” Eliana: “¿Y no te importó?” Maximilian: (Con una ceja alzada) “Esa sería una tercera pregunta, Eliana.

Pero te la respondo: no.

No me importó entonces ni me importa ahora.

La gente es lo que hace, no lo que desea en la intimidad de su alcoba.” Eliana mordió el labio.

Le quedaban tres preguntas.

Podía sentirlas ardiendo en su lengua: la pregunta sobre si él también sentía atracción por hombres, la pregunta sobre por qué nunca había tenido pareja, la pregunta sobre si ella había sido suficiente para llenar su vida…

Pero Zamir había dicho algo que resonaba en su cabeza: “Tu padre es frío, de carácter fuerte…

nadie lo soporta.” Y también: “Si algo así fuera cierto, sería su decisión, su vida, su verdad.” Tomó una decisión.

Eliana: “Tercera pregunta.

¿Estás solo porque quieres estarlo, o porque nunca encontraste a alguien que valiera la pena?” La pregunta pareció tomar a Maximilian desprevenido.

Por un instante, algo parpadeó en sus ojos.

No era incomodidad, sino algo más profundo.

Reconocimiento, quizás.

Maximilian: (Su voz bajó un tono, perdiendo algo de su filo) “Estoy solo porque elegí estarlo.

Tu madre fue la única mujer que me hizo querer compartir mi vida.

Cuando murió, comprendí que ese tipo de vínculo no se replica.

No por falta de opciones, sino por falta de interés en buscar sustitutos.” Eliana sintió un nudo en la garganta.

Nunca hablaban de su madre.

Eliana: “Cuarta pregunta.

¿Nelson es tu amigo o algo más?

Porque la gente lo interpreta, y yo necesito saberlo.

No para juzgarte, papá.

Para entenderte.” El silencio se extendió.

Zamir contuvo el aliento.

Maximilian la miró largamente, y por primera vez en años, Eliana vio algo que no esperaba: una pequeña grieta en la armadura, una vulnerabilidad que él mostraba solo cuando la situación lo exigía.

Maximilian: (Con calma) “Nelson es mi amigo.

Mi único amigo, probablemente.

Es homosexual, y yo no lo soy.

Punto.

Si la gente interpreta otra cosa, es problema de ellos, no mío.

No vivo para satisfacer las expectativas ajenas sobre mi vida privada.

Y espero lo mismo de ti.” Eliana exhaló.

No era la respuesta que había temido, ni la que había imaginado.

Era la verdad, dicha con la brutal honestidad que caracterizaba a su padre.

Le quedaba una pregunta.

Podía preguntar por qué nunca la llevó a conocer a Nelson.

Podía preguntar si alguna vez se sintió atraído por alguien después de su madre.

Podía preguntar por qué era tan difícil acercarse a él.

Pero todas esas eran quejas, no preguntas.

Todas eran formas de decir “me has herido” sin decirlo.

En lugar de eso, Eliana hizo algo inesperado.

Se levantó del sofá, caminó hacia su padre, y se sentó en el brazo del sillón junto a él.

No era un gesto que soliera hacer.

La distancia entre ellos siempre había sido física y emocional.

Eliana: (Con voz más suave) “Quinta pregunta.

¿Puedo conocerlo?

A Nelson, digo.

No para investigarlo más.

Para entender qué clase de persona es tan importante para ti.” Maximilian la miró.

Esta vez, no había defensas.

Solo el asombro de que su hija, después de todo, no quisiera juzgarlo ni enfrentarlo, sino acercarse.

Maximilian: (Después de un largo momento) “Si quieres.

Organizaré una cena.

Pero te advierto: habla demasiado, se viste como un pavo real, y probablemente intentará darte consejos de moda.” Eliana sonrió.

Una sonrisa pequeña, pero real.

Eliana: “Eso ya me lo imaginaba.” A su lado, Zamir soltó una risa baja, rompiendo la tensión final.

Maximilian lo miró con una mezcla de resignación y algo que casi parecía aprobación.

Maximilian: (Levantándose, recuperando su abrigo) “Cinco preguntas.

Hecho.

El tema se cierra aquí.” Tomó el abrigo blanco, pero antes de salir del salón, se detuvo.

No se volvió del todo.

Maximilian: “Eliana.” Eliana: “¿Sí?” Maximilian: “La ropa.

La mía.

¿De verdad es tan…

severa?” Eliana y Zamir intercambiaron una mirada de incredulidad.

Zamir fue el que habló, sin poder contenerse.

Zamir: “¿Quiere la verdad o la versión de cortesía?” Maximilian giró la cabeza apenas lo suficiente para lanzarle una mirada gélida.

Pero había algo detrás de ese hielo: una pizca de humor seco.

Maximilian: “Usted es un cocinero.

¿Qué sabe de moda?” Zamir: “Sé que el blanco con negro es para funerales, bodas y espías rusos.

Para un hombre como usted, un azul marino profundo le sentaría mejor.

Y tal vez un poco de textura.

Como Nelson, pero con más…

sobriedad.” El silencio fue eterno.

Eliana contuvo la respiración.

Maximilian lo miró como si acabara de proponerle vender su empresa.

Maximilian: “Azul marino.” Repitió la palabra como si fuera un insulto.

“Veremos.” Y salió del salón, dejando a Eliana y Zamir en un silencio que pronto se rompió con la risa de ambos.

Eliana: (Apoyando la cabeza en el hombro de Zamir) “Le ofreciste consejo de moda.

A mi padre.

El hombre que intimida a jueces y fiscales.” Zamir: (Abrazándola) “Alguien tenía que hacerlo.

Nelson tiene razón en eso: necesita ayuda.” Ella rio, esta vez sin reservas.

Las preguntas habían sido respondidas.

Los miedos, calmados.

Y quizás, por primera vez, la distancia entre ella y su padre se había acortado un poco.

No con grandes gestos ni declaraciones.

Sino con cinco preguntas, y una respuesta inesperada sobre un abrigo azul marino.

La suite de Maximilian estaba sumida en la penumbra cálida de las lámparas de pared.

El vapor del agua caliente aún se elevaba desde el baño de mármol, empañando ligeramente los espejos.

Maximilian salió de la ducha envuelto en una bata de felpa blanca, el cabello aún húmedo peinado hacia atrás, goteando gotas que se deslizaban por su cuello.

Caminó hacia el vestidor.

El espacio era enorme, más grande que muchos apartamentos, con estantes de madera oscura y barras de acero cromado donde colgaban las prendas en perfecto orden.

Maximilian abrió las puertas correderas y recorrió con la mirada su colección.

Trajes negros.

Trajes grises.

Trajes carbón.

Camisas blancas.

Camisas negras.

Camigas en un gris tan oscuro que parecían negras.

Un par de sacos en verde botella, el único color que se permitía.

Abrigos largos negros, abrigos cortos negros, gabardinas negras.

Zapatos negros pulidos, alineados como soldados.

Nada más.

Maximilian frunció el ceño.

Por primera vez en décadas, su vestuario le pareció…

monótono.

Cerró las puertas con un golpe seco y caminó hacia la mesita de noche, donde su teléfono descansaba sobre la superficie de mármol.

Lo tomó, buscó un contacto, y presionó llamar.

— En la otra punta de la ciudad, en un apartamento de lujo no muy diferente a este…

René, el secretario personal de Maximilian, dormía profundamente.

Era un hombre de treinta y cinco años, eficiente, puntual, acostumbrado a las exigencias de su jefe, pero también acostumbrado a que, entre las dos y las seis de la mañana, Maximilian respetara el sueño ajeno.

El teléfono vibró sobre la mesita de noche.

Un zumbido insistente que rompió el silencio de la habitación.

René no se movió.

El teléfono dejó de sonar.

Silencio.

Luego, otra vibración.

Insistente.

Implacable.

René se revolvió entre las sábanas, un gruñido gutural escapando de sus labios.

Su mano buscó a ciegas el teléfono, lo encontró, y lo acercó a su rostro sin abrir los ojos.

René: (Con la voz ronca por el sueño, cargada de una ira contenida) “Por el amor de Dios…

¿quién carajo llama a las…?” Entrecerró los ojos para ver la pantalla, su tono volviéndose más agresivo con cada palabra.

“¿No duerme la gente?

¿Qué clase de desgraciado molesta a esta hora?

¡Hay horarios, carajo!” La pantalla se enfocó.

El nombre apareció claro: MAXIMILIAN.

René sintió cómo la sangre se le helaba en las venas.

Sus ojos se abrieron de par en par, el color abandonando su rostro.

Tragó saliva con tanta fuerza que se oyó en la habitación vacía.

Su tono cambió en una fracción de segundo, de la furia a la sumisión más absoluta.

René: (Con voz temblorosa, pero esforzándose por sonar profesional) “J-Jefe…

lo siento muchísimo.

No vi…

no quise…

disculpe, por favor.

Dígame qué necesita, ahora mismo, lo que sea.” — Maximilian, al otro lado de la línea, había escuchado cada palabra.

La perla de “desgraciado” resonaba aún en sus oídos.

Pero decidió, esta vez, no hacer ningún comentario.

El día había sido largo.

Su hija había hecho preguntas.

Zamir le había criticado la ropa.

Estaba demasiado cansado para ejecutar a su secretario.

Maximilian: (Voz fría, pero sin el filo habitual) “Necesito un conjunto.

Elegante, pero casual.

Algo que no sea negro, blanco, gris o verde oscuro.” René parpadeó, confundido.

¿Ropa?

¿Maximilian llamando a las…

miró el reloj…

cuatro y media de la mañana…

por ropa?

René: “¿Quiere que…

que le prepare algo de su vestuario, jefe?” Maximilian: “No.

No tengo nada adecuado.

Quiero algo nuevo.

Algo…

con textura.

Azul marino, quizás.

O algo que no parezca un uniforme de entierro.” René se quedó en silencio por un segundo, procesando.

Luego, su mente de secretario eficiente se puso en marcha.

René: “En cuanto abran las tiendas, jefe.

Las mejores casas de moda masculina.

¿Alguna preferencia de diseñador?

¿Algún presupuesto?” Maximilian: “No me importa el diseñador.

Que sea de calidad.

Y que no parezca que voy a una reunión de accionistas ni a un funeral.

Algo…

distinto.” René: “Entendido, jefe.

Lo tendré antes del mediodía.” Maximilian: “Bien.” Hizo una pausa.

“René.” René: (Aún temblando) “¿Sí, jefe?” Maximilian: “Lo del ‘desgraciado’…

lo discutiremos otro día.” La llamada se cortó.

René se quedó mirando la pantalla oscura, el sudor frío perlándole la frente.

Lentamente, dejó el teléfono sobre la mesita, se dejó caer de espaldas sobre la cama, y soltó un suspiro largo y tembloroso.

“Azul marino”, murmuró para sí mismo, ya haciendo una lista mental de las tiendas que abrirían más temprano.

“Con textura.

No negro.

No blanco.

No gris.

No funeral.” Miró el techo, preguntándose qué demonios le había pasado a su jefe en las últimas veinticuatro horas.

Pero como buen secretario, no preguntó.

Solo se levantó, comenzó a vestirse, y envió mensajes a sus contactos en las casas de moda.

A las cuatro y media de la mañana, mientras el resto de la ciudad dormía, el imperio Maximilian se movilizaba para encontrar un traje azul marino.

— En la mansión, Maximilian dejó el teléfono, se pasó una mano por el cabello aún húmedo, y miró su reflejo en el espejo del vestidor.

Bata blanca.

Piel pálida.

Ojos grises.

Un hombre hecho de sombras y ausencias de color.

Azul marino, había dicho el cocinero.

Quizás, pensó mientras apagaba la luz, era hora de que las sombras aprendieran a tener un poco de matiz.

La luz del mediodía se filtraba suavemente a través de los grandes ventanales del comedor menor, aquel que la familia usaba para las comidas cotidianas, lejos de la ostentación del salón principal.

El mantel de lino blanco estaba impecable, la vajilla de porcelana dispuesta con la precisión de siempre, y los cubiertos de plata relucían bajo los rayos del sol.

Zamir bajó las escaleras primero, sus pasos silenciosos sobre la alfombra.

Llevaba puesto un conjunto que, en cualquier otra casa, habría llamado la atención por su estilo cuidado.

La camisa crema, de manga larga y cuello suave, asomaba por debajo del chaleco de punto granate, de esos que parecen tejidos a mano con paciencia de artesano.

El cuello en V dejaba ver un lazo de seda azul grisáceo, anudado con la informalidad de quien sabe que los detalles importan pero no quiere parecer esforzado.

Los pantalones de pana marrón claro caían amplios sobre unas zapatillas blancas con detalles en tonos tierra, creando una silueta que mezclaba lo vintage con lo cómodo.

Era un hombre que entendía la ropa como entendía la cocina: cada ingrediente en su lugar, cada textura pensada.

Se detuvo al pie de la escalera, justo cuando Eliana comenzaba a descender.

Y se quedó mirando.

Ella llevaba un conjunto que parecía sacado de una pasarela otoñal, pero con la naturalidad de quien simplemente se ha vestido para un día cualquiera.

El vestido corto beige, ceñido pero no apretado, de cuello alto que abrazaba su garganta con elegancia, era la base perfecta.

Sobre él, el abrigo largo del mismo tono caía recto, con una doble botonadura que marcaba su silueta sin esfuerzo.

Pero era el detalle lo que lo hacía único: en la manga derecha, una borla de pelo en tono arena colgaba con un movimiento suave, añadiendo un punto de sofisticación inesperada.

Sus piernas se perdían en unas botas altas hasta la rodilla, blancas con un matiz beige, de punta fina que alargaba su figura.

En la mano, un bolso trenzado marrón con asa dorada completaba el conjunto.

Zamir la observó bajar, y cuando ella llegó al último escalón, él todavía no había recuperado el aliento.

Zamir: (Con una sonrisa que delataba admiración) “Vas a matar de envidia a todo el personal de la casa.

Y a mí me vas a dejar sin palabras.” Eliana: (Acomodándose una manga, con una ligera sonrisa) “Después de la noche que tuvimos, necesitaba sentir que tengo el control de algo.

Aunque sea de mi vestuario.” Zamir: Le ofreció el brazo para acompañarla a la mesa.

“El control te sienta bien.

Aunque creo que el vestuario te sienta mejor.” Ella enganchó su brazo en el de él, y caminaron juntos hacia la mesa dispuesta en el comedor menor, donde dos sillas esperaban frente a frente, con el sol dibujando cuadros de luz sobre el mantel.

Se sentaron.

El silencio no era incómodo, sino de espera.

El café humeaba en las cafeteras de plata, los jugos recién exprimidos esperaban en jarras de cristal, los panes y mermeladas descansaban en sus cestas.

Todo estaba listo.

Pero faltaba el desayuno caliente.

Eliana: (Mirando hacia la puerta de servicio) “¿Dónde está Martina?

Normalmente ya habría traído los huevos hace diez minutos.” Zamir: (Sirviéndole un café) “Tal vez se retrasó.

Ha sido una noche larga para todos.” Pasaron cinco minutos.

Luego diez.

El café se estaba enfriando en las tazas.

Zamir: (Con una ceja alzada) “¿Quieres que vaya a ver qué pasa?” Eliana: Negó con la cabeza, aunque la impaciencia comenzaba a asomar en sus dedos que tamborileaban sobre la mesa.

“No, ya bajará.

Seguro está terminando de preparar algo.” Pero en la cocina, el panorama era otro.

— Martina, la jefa de cocina interna, una mujer de cincuenta años con más de veinte en la mansión, estaba de pie frente a la estufa con una concentración de relojero.

Delante de ella, sobre la enorme isla de piedra oscura, había seis platos pequeños con porciones diminutas de los mismos ingredientes: una loncha de jamón ibérico, un trozo de queso curado, un bocado de tortilla española, una cucharada de tomate aliñado, una rebanada de pan con aceite, y una pequeña copa de zumo de naranja recién exprimido.

A su alrededor, los fogones estaban apagados.

El desayuno preparado para Eliana y Zamir reposaba bajo campanas de plata, conservando el calor.

Pero Martina no los servía.

Con la solemnidad de un ritual ancestral, tomó una pequeña porción del jamón con la punta de los dedos, la llevó a su boca, y masticó lentamente.

Cerró los ojos.

Asintió.

Pasó al queso.

Luego a la tortilla.

Luego al tomate.

Cada bocado era pequeño, casi ceremonial.

Y entre uno y otro, hacía una pausa, como esperando que algún síntoma se manifestara.

Martina: (Para sí misma, en voz baja) “Jamón…

correcto.

Queso…

en su punto.

Tortilla…

nada raro.

Tomate…

fresco.” Movió la cabeza, insatisfecha con su propia lentitud, pero continuó.

No podía arriesgarse.

No después de lo que había sucedido con Gabriel López, con las amenazas, con todo aquello que ella solo conocía por los rumores que volaban entre el servicio.

Había leído en algún sitio, hacía años, que los cataores de veneno en las cortes antiguas probaban cada bocado antes de que el rey comiera.

Ella no era una catadora oficial, pero desde aquella noche en que Maximilian salió a las cuatro de la mañana y los guardias se alinearon en el salón, había decidido que nadie en esa casa comería nada sin que ella lo probara primero.

Martina: (Suspirando mientras tomaba el pan con aceite) “El señor va a enojarse si se enfría el desayuno.

Pero prefiero un enojo a una desgracia.” Mordió el pan, masticó, esperó.

Nada.

En el comedor, Eliana miró su reloj de pulsera—un regalo de Zamir, con correa de cuero marrón que hacía juego con su bolso—y suspiró.

Eliana: “Voy a bajar.

Algo pasa.” Zamir: Se levantó con ella.

“Voy contigo.” Bajaron juntos las escaleras de servicio, atravesaron el pasillo de las cocinas, y al doblar la esquina, se encontraron con la escena: Martina, de pie frente a seis platitos con restos de comida, una libreta abierta junto a ella donde anotaba algo, y el desayuno caliente aún bajo las campanas de plata.

Martina: (Al verlos, dio un respingo) “Señorita Eliana…

señor Zamir…

yo…

estaba…” Eliana: (Mirando los platitos, luego a Martina, con una mezcla de incredulidad y ternura) “Martina, ¿estás probando la comida?” La mujer se puso roja, sus manos retorciendo el delantal blanco.

Martina: “Es que…

con lo de ese hombre, y las amenazas, y el señor Maximilian saliendo de madrugada…

yo pensé…

no sabía si alguien podía haber entrado en la cocina, o si alguien había dejado algo, y…

no podía arriesgarme a que ustedes…” No terminó la frase.

Pero no hacía falta.

Eliana sintió cómo se le ablandaba el pecho.

Caminó hacia Martina, puso una mano sobre su hombro, y la miró con una suavidad que la mujer no recordaba haberle visto desde que era niña.

Eliana: “Martina.

Llevas veinte años cuidándonos.

Cuidándome desde que era una niña.

Nadie va a envenenarnos en nuestra propia cocina.” Martina: (Con los ojos brillando) “Pero no se sabe, señorita.

En estos tiempos…

y ese hombre tan malo que arrestaron…

yo no quiero que les pase nada.

No a usted, ni al señor Maximilian, ni al señor Zamir.

Prefiero hacer el ridículo antes que…

antes que…” Zamir: Se acercó también, su tono cálido.

“Martina, ¿sabe qué hizo con ese ritual de probar la comida?” Ella lo miró, confundida.

Zamir: “Me recordó que esta casa no es solo mármol y oro.

Que hay personas aquí que nos cuidan con el corazón.

Y eso…

eso vale más que cualquier medida de seguridad.” La mujer parpadeó, y una lágrima se escapó por su mejilla.

La secó rápidamente con el delantal.

Martina: “Entonces…

¿les sirvo el desayuno?

Ya debe estar frío…” Eliana: (Sonriendo) “Sí, por favor.

Y Martina…” Martina: “¿Señorita?” Eliana: “A partir de ahora, si te preocupa algo, me lo dices a mí.

No te quedes sola en la cocina a medianoche probando jamón.

¿De acuerdo?” Martina asintió, con una sonrisa temblorosa.

Martina: “De acuerdo, señorita.

Ahora mismo les llevo el desayuno caliente.

Y no estará frío, que para eso tengo las campanas de plata que compró el señor Maximilian en Milán.” Mientras Martina se daba la vuelta para servir, Zamir tomó la mano de Eliana y la apretó suavemente.

Zamir: (En voz baja) “Tu padre tiene una legión de personas dispuestas a dar la vida por él.

Y por ti.

Eso también es poder, Eliana.

Tal vez el único que importa.” Ella lo miró, y por primera vez en muchas horas, sonrió con calma.

Eliana: “Vamos a desayunar.

Luego, subo a ver si mi padre ya decidió qué traje va a usar para su debut en el mundo del color.” Zamir: (Riendo mientras la guiaba de regreso al comedor) “Azul marino.

Confía en mí.” Eliana: “Si sale con un traje rosa, te echo la culpa a ti.” Zamir: “Trato hecho.” Y mientras subían las escaleras, el aroma del desayuno recién servido comenzaba a inundar los pasillos, mezclándose con la luz del mediodía y la promesa de un día que, después de todo, podía ser tranquilo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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