JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 24
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24: El Sobre y el Sonrojo 24: El Sobre y el Sonrojo El humo del tonkatsu recién frito se elevaba en espirales doradas, mezclándose con el aroma del caldo de wontons y el café especiado.
Eliana había dado su primer bocado —la carne crujiente por fuera, tierna por dentro, la salsa espesa cubriendo el arroz esponjoso— cuando Zamir, frente a ella, probaba el caldo claro de su sopa, asintiendo con satisfacción.
—La cocina de Martina no tiene rival —dijo Zamir, dejando el cuenco de salsa verde a un lado—.
Este caldo tiene horas de cocción.
—El tonkatsu está perfecto —respondió Eliana, partiendo otro trozo con sus palillos—.
Crujiente pero jugoso.
No es fácil.
Sonrieron, y por un momento, todo fue normal.
La luz del mediodía, la comida humeante, la promesa de una tarde tranquila.
Pero entonces, los pasos resonaron en el pasillo.
No eran los pasos firmes y autoritarios de siempre, esos que precedían a Maximilian como un trueno antes de la tormenta.
Eran pasos más… ligeros.
Menos militares.
Zamir alzó la vista primero, por instinto.
Eliana, concentrada en su plato, tardó un segundo más.
Y cuando lo vio, su mano soltó la cuchara.
CLANK.
El metal golpeó el borde del plato con un sonido agudo que nadie escuchó, porque ambos estaban congelados, mirando la figura que acababa de entrar en el comedor.
Maximilian se detuvo en el umbral.
Llevaba una camisa azul oscuro, de un tono que no era el azul marino que Zamir había sugerido, sino algo más vivo, casi añil, con un corte holgado que le daba un aire relajado que nadie le había visto jamás.
Las mangas estaban subidas hasta los codos con una informalidad que parecía sacrílega, revelando antebrazos que, por primera vez, no estaban ocultos bajo capas de lana y seda negra.
En el pecho, un bolsillo cuadrado añadía un detalle utilitario que rompía con la rigidez de sus trajes a medida.
Debajo, asomaba un top blanco ajustado, con un pequeño gráfico oscuro —apenas una línea, un símbolo— visible por el escote abierto de la camisa.
Era el tipo de capa que usaba la gente joven, la gente que no pasaba de los sesenta, la gente que no era Maximilian.
Los pantalones negros, de talle alto y corte ancho, caían con un vuelo inesperado, plisados en la cintura, moviéndose con un balanceo que hacía que caminar pareciera un gesto nuevo en él.
Y abajo, completando el imposible, zapatillas blancas, de esas de suela crema que Zamir tenía en su propio armario, pero que jamás imaginó ver en los pies del hombre que calzaba mocasines de cocodrilo.
Maximilian estaba de pie, con las manos en los bolsillos de sus pantalones anchos, mirando a su hija y a su futuro yerno con una expresión que oscilaba entre la incomodidad y una dignidad herida.
Maximilian: (Con un tono que pretendía ser casual y salía apenas contenido) “¿Qué?
¿No se come?” Zamir tragó la sopa que tenía en la boca.
O al menos lo intentó.
El líquido decidió tomar un camino diferente, y lo que salió de él fue un gorgoteo ahogado, seguido de un acceso de tos que lo obligó a llevarse la servilleta a la boca.
Sus ojos, rojos por el esfuerzo, no se apartaban de Maximilian, como si temiera que la visión desapareciera si parpadeaba.
Eliana, por su parte, había dejado la cuchara en el plato y no la recuperaba.
Su mano seguía extendida, suspendida en el aire, mientras sus ojos recorrían cada detalle del conjunto con la misma intensidad con que examinaba una quemadura de segundo grado.
Eliana: (Su voz salió en un hilo) “Papá…” Maximilian: (Enderezando los hombros, como si enfrentara una junta directiva) “René trajo esto.
Dijo que era ‘casual moderno’.” Pronunció las palabras como si fueran un idioma extranjero que acababa de aprender.
Zamir, aún tosiendo, alcanzó a decir entre arcadas: —Es… es… (tos)… es muy… No pudo terminar.
No sabía si decir “atrevido”, “sorprendente” o “¿quién es usted y qué ha hecho con Maximilian?”.
Eliana se levantó de la mesa, tan despacio como si se acercara a un animal herido.
Dio la vuelta, se situó frente a su padre, y lo miró de arriba abajo con una precisión clínica.
—Las zapatillas —dijo, como si estuviera haciendo una autopsia—.
Son iguales a las que tiene Zamir.
Maximilian miró hacia abajo, como si acabara de notarlas.
—René dijo que eran… ‘versátiles’.
—El pantalón tiene vuelo —continuó Eliana, dando otra vuelta a su alrededor—.
Nunca has usado algo con vuelo.
—Es cómodo —dijo Maximilian, con un deje de defensa.
—¿Cómodo?
—Zamir, ya recuperado, repitió la palabra como si fuera la más absurda del diccionario—.
¿Usted sabe lo que es cómodo?
Maximilian le lanzó una mirada que, en circunstancias normales, habría fulminado a un subordinado.
Pero la camisa azul y las zapatillas blancas le restaban autoridad.
Parecía, por primera vez, un hombre al que se le podía discutir.
Maximilian: (Apretando la mandíbula) “Sé perfectamente lo que es cómodo.
Esto… esto es cómodo.” Eliana: (Incrédula) “¿Y la camisa por dentro?
¿El top blanco?
¿Eso también fue idea de René?” Maximilian hizo una pausa.
Por un instante, algo cruzó sus ojos.
Algo que podría haber sido… ¿vergüenza?
Maximilian: (Más bajo) “Eso… no.
Eso lo vi en una revista.
En el estudio de Nelson.
Había un chico… un modelo… vestido así.
Parecía… bien.” El silencio que siguió fue de esos que se pueden cortar con un cuchillo de cocina.
Zamir y Eliana intercambiaron una mirada que contenía tantas capas como el café con crema de Eliana.
Zamir: (Con una voz extrañamente suave) “¿Usted… fue a una revista de moda?” Maximilian: (Endureciéndose) “Estaba en el estudio de Nelson.
No fui a buscar una revista.
Estaba allí.
La vi.
Eso es todo.” Eliana: (De repente, una sonrisa comenzó a formarse en sus labios) “Papá… ¿te gustó cómo se veía el modelo?” Maximilian: La fulminó con la mirada.
Pero no dijo nada.
Y ese silencio fue más elocuente que cualquier negativa.
Zamir, que ya había recuperado el aliento, dejó la servilleta sobre la mesa y se recostó en su silla, cruzando los brazos con una sonrisa que no podía disimular.
Zamir: “Señor Maximilian.
¿Puedo decirle algo?” Maximilian: (Suspicaz) “Depende de qué sea.” Zamir: “Se ve bien.
De verdad.
No es una crítica, no es una broma.
Ese conjunto… le queda.
Parece…” Buscó la palabra, y cuando la encontró, su sonrisa se volvió genuina.
Zamir: “Parece que está listo para tomarse un café en una terraza, no para cerrar un trato millonario.
Y eso… eso es nuevo.
Pero no es malo.” Maximilian lo miró, sus ojos grises buscando la burla.
No la encontró.
Solo encontró una honestidad simple, de esas que Zamir manejaba con la misma naturalidad con que manejaba un cuchillo de chef.
Eliana: Se acercó y, con un gesto que no recordaba haber hecho desde niña, le ajustó el cuello de la camisa, que estaba ligeramente levantado.
Eliana: (Suavemente) “Te ves bien, papá.
Diferente, pero bien.
Y si te gusta… eso es lo único que importa.” Maximilian bajó la vista hacia ella, y por un momento, fue solo un padre frente a su hija.
Sin armaduras.
Sin trajes negros ni abrigos blancos.
Maximilian: (Con voz ronca) “No sé si me gusta.
Pero… no me disgusta.” Zamir: (Levantando su vaso de Coca-Cola) “Eso, señor, es el primer paso.
Dentro de una semana, estará pidiéndole a René que le traiga algo en verde lima.” Maximilian le lanzó una mirada que, esta vez, tenía algo de amenaza teatral.
Maximilian: “No me haga promesas que no pienso cumplir, cocinero.” Zamir: (Riendo) “Nunca se sabe.” Eliana tomó a su padre del brazo, como si fuera a sentarlo en la mesa.
Eliana: “¿Has desayunado?
Martina preparó suficiente para tres.” Maximilian dejó que lo guiara, y por primera vez en décadas, se sentó a la mesa con su hija sin un traje que le pesara en los hombros.
La camisa azul era ligera.
El pantalón ancho no le apretaba en la cintura.
Y las zapatillas, contra todo pronóstico, eran ridículamente cómodas.
Mientras Martina traía otro plato, Zamir levantó su vaso hacia Maximilian.
Zamir: “Por los cambios.
Que no sean eternos, pero que lleguen cuando hacen falta.” Maximilian lo miró, y con una lentitud que parecía pesar cada gesto, tomó su propia taza de café —negra, sin azúcar, la única constante— y la alzó.
Maximilian: “Por los cambios.
Que no sean… insoportables.” Chocaron los vasos en un gesto que no era de celebración, pero tampoco de tregua.
Era algo más simple, más humano: tres personas, una mesa, comida humeante, y un hombre de azul que, por una vez, no parecía estar esperando una guerra.
Eliana sonrió, tomó su café con crema, y pensó que, tal vez, las cinco preguntas habían servido para más de lo que imaginaba.
El ambiente en la mesa era tan distendido como Eliana lo recordaba en años.
El tonkatsu había quedado reducido a unas pocas migas crujientes en el plato de Eliana, la sopa de wontons de Zamir casi vacía, y Maximilian había terminado su pescado con la calma metódica de siempre, pero con algo diferente en la postura.
Menos rígido.
Más humano.
Zamir dejó sus palillos sobre el borde del cuenco, limpió sus labios con la servilleta, y giró la cabeza hacia Eliana.
Una sonrisa amplia, pícara, iluminó su rostro.
Zamir: “Yo gané la apuesta.
Así que me debes un chocolate.” Eliana soltó una risa, ligera y genuina, mientras recogía su bolso trenzado de la silla contigua.
Eliana: “De acuerdo.
Bueno, ya me voy al trabajo.
Los veo más tarde.” Se levantó, se ajustó el abrigo beige sobre los hombros, y lanzó una última mirada a los dos hombres sentados a la mesa.
Su padre, imponente incluso con la camisa azul de mangas arremangadas.
Zamir, radiante con su chaleco granate y su sonrisa de triunfador.
Por un instante, sintió que el mundo podía ser exactamente así siempre: sencillo, cálido, en calma.
Salió del comedor, dejando tras de sí el eco de sus pasos sobre el mármol.
Zamir se estiró, dispuesto a levantarse también.
Tenía que ir al restaurante, revisar los pedidos del día, asegurarse de que todo estuviera en orden.
Ya se había tomado demasiadas horas libres.
Pero justo cuando iba a incorporarse, la voz grave de Maximilian lo detuvo.
Maximilian: “Zamir.” No era un grito.
Era una llamada seca, directa, la misma que usaba para cerrar negocios o dar órdenes irrevocables.
Zamir se quedó inmóvil, a medio camino entre la silla y el suelo.
Maximilian no se había levantado aún.
Estaba con los codos apoyados en los brazos del sillón, los dedos entrelazados sobre el mantel, la mirada fija en un punto impreciso de la mesa.
Cuando habló, su voz era más baja de lo habitual, como si las palabras pesaran más que las que solía pronunciar.
Maximilian: “Gracias.” La palabra cayó en el silencio del comedor como una piedra en un estanque.
Zamir parpadeó, sin estar seguro de haber escuchado bien.
Maximilian: (Aclarando su voz, sin mirarlo aún) “Por ayudarme.
Con lo de…
la ropa.
Y lo de anoche.
Y por estar ahí cuando ella…
cuando no podía estar yo.” La pausa que siguió fue breve, pero para Zamir se extendió como un siglo.
Maximilian finalmente alzó la vista, y sus ojos grises —tan parecidos a los de Eliana, pero siempre tan distintos— se encontraron con los suyos.
Maximilian: “Pero no creas que te voy a tratar diferente.” Dicho así, con esa brusquedad seca, debería haber sonado como un insulto.
Pero no lo fue.
Fue un límite, sí, pero también un reconocimiento.
Como si Maximilian estuviera diciendo: esto no cambia las reglas, pero cambia algo dentro de mí, y necesito que lo sepas, aunque no sepa decirlo de otra manera.
Se levantó de la silla con un movimiento fluido, se ajustó las mangas de la camisa azul —ese azul que Zamir le había sugerido— y caminó hacia la salida del comedor sin mirar atrás.
En el umbral, se detuvo apenas un segundo.
Maximilian: “Que tengas buen día.” Y se fue.
Sus pasos resonaron en el pasillo, luego en la escalera, luego en el vestíbulo.
La puerta principal se abrió y se cerró.
El silencio regresó.
Zamir no se había movido.
Sus manos, apoyadas en el respaldo de la silla, temblaban.
Sintió un calor subirle por el cuello, extenderse a sus mejillas, a sus orejas.
Su corazón latía con una fuerza inusitada, como si hubiera corrido una maratón en lugar de recibir tres palabras de Maximilian.
Se agarró al respaldo de la silla con más fuerza.
Las palmas de las manos estaban húmedas.
Sudor frío, pero también calor.
Una mezcla de nervios, sorpresa y algo que no sabía nombrar.
Zamir: (Para sí mismo, en un susurro) “Dios mío…” Maximilian le había dado las gracias.
Maximilian le había dicho “que tengas buen día”.
Maximilian llevaba la camisa azul que él había sugerido.
Zamir soltó una risa temblorosa, casi nerviosa, mientras se dejaba caer de nuevo en la silla.
Su pecho subía y bajaba con una respiración que no lograba estabilizar.
El comedor, de repente, le parecía enorme y vacío.
Las servilletas arrugadas, los platos con restos, el vaso de Coca-Cola con el hielo ya derretido…
todo parecía irreal.
Zamir: (Llevándose una mano al pecho, sintiendo los latidos) “Solo dijo gracias.
Solo dijo gracias.
Cálmate.” Pero no podía.
Porque no era solo “gracias”.
Era Maximilian.
El hombre que no pedía disculpas, que no reconocía favores, que no bajaba la guardia ni siquiera frente a su propia hija.
Ese hombre, vestido con el azul que Zamir había elegido, le había dado las gracias.
Y le había dicho que no lo trataría diferente, lo que significaba exactamente lo contrario: que ya lo trataba diferente, que algo había cambiado, que quizás, en algún rincón helado de ese corazón de acero, Zamir había logrado hacer una pequeña grieta.
Se pasó las manos temblorosas por el rostro, escondiendo la sonrisa que no podía contener.
Luego se levantó, esta sí, con determinación.
Miró la mesa vacía, el lugar donde Maximilian había estado sentado, y respiró hondo.
Zamir: (En voz alta, como para convencerse) “Bueno.
Al trabajo.” Salió del comedor con paso firme, pero sus manos aún temblaban ligeramente cuando cruzó la puerta principal.
En el umbral, se detuvo un momento, mirando el coche de Maximilian que se alejaba por la avenida.
Sonrió.
Y caminó hacia su propio auto con el corazón aún acelerado, repitiéndose a sí mismo: no va a tratarme diferente, no va a tratarme diferente, sabiendo que, de alguna manera, ya lo estaba haciendo.
El sol de la tarde caía sobre el parabrisas del coche de Zamir mientras avanzaba por la avenida, todavía con el eco de las palabras de Maximilian resonando en su cabeza.
Gracias.
Pero no creas que te voy a tratar diferente.
Cada vez que las recordaba, una mezcla de calor y nervios le recorría la nuca.
Sus manos aún conservaban un ligero temblor en los dedos, aunque ya había logrado controlar la respiración.
El semáforo en la intersección de la Avenida Central se puso en rojo.
Zamir detuvo el coche, apoyó la cabeza contra el reposacabezas y exhaló.
Necesitaba concentrarse.
El restaurante, los pedidos, el personal.
No podía llegar con la cabeza en las nubes por un par de palabras amables de su suegro.
Fue entonces cuando el teléfono, apoyado en el soporte del salpicadero, vibró con una llamada entrante.
El nombre en la pantalla lo sacó de su ensimismamiento: René.
Zamir parpadeó.
El secretario de Maximilian.
¿Qué podía querer?
Deslizó el dedo para contestar.
Zamir: “¿René?
Dime.” René: (Al otro lado, con la voz baja y rápida de quien está en un lugar público pero necesita resolver algo urgente) “Zamir, necesito un favor.
Un favor grande.
Estoy en un café en el centro, con una cita, y no puedo moverme de aquí sin parecer un desconsiderado.
Pero tengo unos documentos que Maximilian necesita en su oficina en menos de una hora.
¿Podrías recogerlos y llevarlos tú?
Por favor, te lo ruego.
Es la tercera cita que me da esta chica y no puedo fallar otra vez.” Zamir sintió cómo el calor le subía de golpe a las mejillas.
Maximilian.
De nuevo.
Verlo tan pronto después de lo de la mañana.
Después del gracias.
Después del corazón acelerado y las manos sudorosas.
Zamir: (Con la voz un poco más aguda de lo normal) “¿Yo?
¿Llevarle los documentos a Maximilian?” René: “Por favor.
Ya le dije que los enviaría con alguien.
Es solo un sobre, está en la mesa donde estoy sentado.
No te llevará más de quince minutos.
Te paso la dirección ahora mismo.
¡Eres un salvavidas, Zamir!” La llamada se cortó antes de que Zamir pudiera inventar una excusa.
El semáforo cambió a verde, pero él apenas lo notó.
Un mensaje de texto apareció en la pantalla con la dirección del café.
Respiró hondo.
Zamir: (Para sí mismo, mientras ponía el coche en marcha) “Solo es dejar un sobre.
No tienes ni que verlo.
Entras, lo dejas en recepción, te vas.” Pero sus manos, otra vez, empezaban a sudar.
— El café era un local pequeño pero elegante, con mesas de mármol blanco y sillas de ratán, ubicado en una calle arbolada del barrio financiero.
Zamir aparcó en doble fila, confiando en que serían solo unos segundos, y entró con paso rápido.
Lo primero que vio fue a René sentado en una mesa junto a la ventana, con una sonrisa amplia y nerviosa, las manos entrelazadas sobre el mantel.
Frente a él, una mujer.
Y Zamir se detuvo.
Ella era, sencillamente, hermosa.
Pelo oscuro recogido en un moño desordenado, pendientes de aro grandes, una chaqueta de tweed gris sobre un vestido negro que le quedaba como si lo hubieran cosido sobre ella.
Reía con una naturalidad que iluminaba todo el rincón, moviendo las manos al hablar con una vitalidad que contrastaba con la rigidez de René.
Era el tipo de belleza que no necesita esforzarse, que llena un espacio sin pedir permiso.
Zamir parpadeó, apartó la mirada, y se acercó a la mesa con la determinación de quien tiene una misión que cumplir.
René: (Al verlo, se levantó de inmediato, aliviado) “Zamir, gracias por venir.
Aquí está.” Tomó un sobre de cuero color tabaco que descansaba en la silla vacía y se lo entregó.
“Es para Maximilian.
En su oficina.
Dile que es lo que pidió para esta tarde.” Zamir: (Tomando el sobre, evitando mirar a la chica) “De acuerdo.
Me voy ahora mismo.” Chica: (Con una voz cálida y curiosa) “¿Eres amigo de René?” Zamir la miró.
Sus ojos eran avellana, brillaban con una luz natural que parecía encontrar interés en todo.
Sonreía con la cabeza ladeada, como si realmente quisiera saber la respuesta.
Zamir: (Un poco más seco de lo que pretendía) “No.
Solo un conocido.” Asintió con la cabeza, dio media vuelta y salió del café antes de que pudieran decir nada más.
El aire fresco de la calle le golpeó el rostro, y respiró hondo.
Sus mejillas estaban ardiendo.
No era por la chica, se dijo a sí mismo.
Era por Maximilian.
Solo por Maximilian.
Se subió al coche, dejó el sobre en el asiento del copiloto, y arrancó con más brío del necesario.
Las ruedas chirriaron ligeramente al incorporarse al tráfico.
Zamir: (En voz alta, apretando el volante) “Solo es un sobre.
Solo es un sobre.
No tienes que verlo.
Entregas y te vas.” Pero mientras conducía hacia el edificio de Maximilian, el calor no disminuía.
Y en el fondo de su mente, una pequeña voz repetía: va a estar allí.
Con su camisa azul.
Y te va a mirar.
Y quizás vuelva a decir gracias.
Zamir tragó saliva y aceleró.
El edificio corporativo de Maximilian se alzaba imponente en el corazón financiero de la ciudad, una torre de cristal y acero que reflejaba el sol de la tarde en destellos cegadores.
Zamir entró por la puerta principal con el sobre de René apretado bajo el brazo, esperando encontrar al menos un conserje, un guardia, alguien que pudiera recibir el documento y ahorrarle el encuentro.
Pero el vestíbulo estaba vacío.
La recepción, desierta.
Un cartel de “en reunión” colgaba del mostrador.
Zamir dudó un momento, mirando el ascensor privado que llevaba directamente a la oficina de Maximilian.
Podía dejar el sobre en recepción, sobre el mostrador.
Eso sería lo sensato.
Lo profesional.
Pero cualquier persona podría tomarlo, o perderlo, y René había dicho que era urgente.
Respiró hondo.
Presionó el botón del ascensor.
Las puertas se cerraron con un silbido suave, y el ascensor comenzó a subir.
Zamir se miró en el espejo interior: el chaleco granate, la camisa crema, el lazo azul grisáceo.
De repente, su atuendo le pareció demasiado informal.
Demasiado…
él.
Apretó el sobre contra su pecho y deseó haberse puesto algo más serio.
O haberse quedado en el coche.
O haberse inventado una excusa.
El ascensor se detuvo con un ding que le heló la sangre.
Las puertas se deslizaron abiertas hacia la antesala de la oficina de Maximilian, esa antesala que Zamir conocía bien pero que siempre le parecía un campo minado.
El pasillo de mármol, las puertas de roble, el silencio denso del poder concentrado.
Avanzó con pasos que intentaban ser seguros, el sobre bajo el brazo.
Las puertas de la oficina estaban entreabiertas.
Alcanzó a oír voces en el interior.
La de Maximilian, grave y pausada.
Y otra, más melódica, más fluida, que reconoció de inmediato.
Nelson.
Zamir se detuvo un instante, indeciso.
Podía dejar el sobre en la mesa de la antesala, tocar el timbre y retirarse.
Era lo correcto.
Pero antes de que pudiera moverse, la voz de Nelson se elevó con un tono juguetón que filtró a través de la puerta entreabierta.
Nelson: (Desde dentro) “Así que Eliana hizo sus cinco preguntas, ¿eh?
¿Y no preguntó por lo importante?
¿No te cuestionó sobre por qué nunca has vuelto a mirar a nadie después de su madre?” La voz de Maximilian respondió, pero Zamir no pudo distinguir las palabras.
Solo el tono grave, cortante, que ponía fin a conversaciones.
Pero Nelson no era de los que se detenían ante un tono cortante.
Nelson: (Con una risa baja, sedosa) “Max, ¿sabes qué me encanta de este nuevo atuendo?
Te hace ver…
joven.
Y sexy.
La verdad es que verte así…” Una pausa, un suspiro exagerado.
“Hace que se me ponga duro.” Zamir se quedó paralizado.
Sus pies se clavaron en el suelo de mármol como si las raíces de un árbol milenario hubieran brotado bajo ellos.
El sobre resbaló peligrosamente bajo su brazo, y lo atrapó con un movimiento brusco que hizo crujir el papel.
Su corazón, que había empezado a calmarse después del susto del semáforo, ahora latía con una furia que le pareció audible.
La sangre le subió a las mejillas, a las orejas, al cuello.
Todo su rostro ardía.
¿Había oído bien?
¿Se le estaba poniendo…?
No.
No podía ser.
Era una broma.
Nelson era así, decía esas cosas, era un provocador.
Lo había dicho cien veces.
Pero en el contexto de la oficina roja, con Maximilian vestido de azul por primera vez en décadas, la palabra había sonado diferente.
Más cargada.
Más real.
Zamir intentó dar un paso atrás.
Huir.
Dejar el sobre en la puerta y desaparecer.
Pero sus piernas no respondían.
Estaba atrapado en ese pasillo silencioso, con la puerta entreabierta y las palabras de Nelson aún vibrando en el aire.
Fue entonces cuando escuchó el crujido de una silla.
Pasos.
La puerta se abrió del todo.
Nelson apareció en el umbral, y Zamir olvidó por un momento su propia vergüenza porque lo que vio lo dejó sin aliento.
Nelson llevaba una prenda que desafiaba cualquier clasificación.
Desde el frente, parecía una camisa blanca, casi casta, de manga larga y cuello alto con delicados volantes que enmarcaban su rostro.
Pero cuando se movió, cuando giró ligeramente para ver quién estaba en el pasillo, Zamir pudo ver la espalda.
O más bien, lo que debería haber sido espalda era un despliegue de piel descubierta y cadenas metálicas.
La tela desaparecía por completo, dejando al descubierto la espalda de Nelson, surcada por múltiples cadenas plateadas que se entrelazaban en un diseño complejo, algunas con pequeñas gotas de cristal que brillaban bajo la luz.
Los bordes de la abertura estaban rematados con volantes que enmarcaban el vacío de tela como un cuadro a su propia piel.
Era una prenda que exigía ser mirada, que convertía cada movimiento en una declaración.
Nelson sonrió al ver a Zamir, y en sus ojos avellana había una chispa de diversión pura.
Nelson: “Oh.
El cocinero.” Su sonrisa se ensanchó.
“¿Vienas a entregar algo o solo a escuchar?” Zamir tragó saliva, sintiendo el peso del sobre en sus manos sudorosas.
Detrás de Nelson, en el interior de la oficina roja, pudo ver a Maximilian de pie junto a su escritorio.
La camisa azul.
Los pantalones anchos.
Las zapatillas blancas.
Y en su rostro, una expresión que Zamir no supo leer: ¿irritación?
¿fatalismo?
¿algo más?
Zamir: (Con la voz más firme de lo que se sentía) “René me pidió que trajera esto.
Es urgente.
Lo dejo aquí y me voy.” Nelson alargó una mano, pero no para tomar el sobre.
Para posarla en el hombro de Zamir con una familiaridad que hizo que el cocinero diera un paso atrás.
Nelson: “Tan nervioso.
¿Por qué?
¿Es la primera vez que escuchas a un hombre decirle a otro que se ve sexy?
¿O es que te gustó la imagen?” Zamir sintió cómo el rubor le bajaba por el cuello, extendiéndose hasta donde el chaleco ocultaba.
Sus dedos temblaban visiblemente ahora.
Zamir: “Solo vine a dejar esto.” Maximilian apareció entonces, desplazando a Nelson con un movimiento seco, casi irritado.
Tomó el sobre de las manos de Zamir sin rozarle los dedos, pero Zamir sintió la cercanía como una descarga.
El aroma de Maximilian —cedro, jabón caro, algo más que no sabía identificar— llenó sus sentidos.
Maximilian: (Con la voz que usaba para cerrar tratos, pero dirigida a Nelson) “¿Puedes dejar de acosar a mi personal?” Nelson: (Riendo, dándose la vuelta para que su espalda de cadenas brillara bajo la luz) “No es personal.
Es el cocinero de tu hija.
Prácticamente familia.” Lanzó una última mirada a Zamir, sus ojos recorriéndolo de pies a cabeza con un interés que hizo que el cocinero deseara desaparecer.
“Aunque debo decir, Zamir, que tu atuendo hoy también es…
interesante.
Ese lazo.
Muy vintage.
Muy…
tierno.” Zamir no respondió.
Dio un paso atrás, luego otro, y cuando sintió el pasillo detrás de él, se giró y caminó hacia el ascensor con la rapidez de quien huye de un incendio.
No miró atrás.
Pero escuchó la risa de Nelson, y luego la voz de Maximilian, más baja, cortando la risa con un “ya basta” que sonó más cansado que enfadado.
Las puertas del ascensor se cerraron.
Zamir se apoyó contra la pared de espejos, el corazón galopando, las manos apoyadas en las rodillas, respirando con dificultad.
Su rostro estaba encendido, las orejas le ardían, y una mezcla de vergüenza, confusión y algo que no se atrevía a nombrar le revolvía el estómago.
Zamir: (Para sí mismo, en un susurro) “Se va a poner duro.
Dijo que se le pone duro.” La frase se repitió en su cabeza como un disco rayado.
Cerró los ojos y se golpeó suavemente la frente contra el espejo.
Zamir: “Eres un adulto.
Eres un adulto.
Esto no significa nada.
Es Nelson.
Nelson es así.” Pero cuando el ascensor llegó a la planta baja y las puertas se abrieron, Zamir salió tambaleándose, todavía sonrojado, todavía tembloroso.
En el vestíbulo, la recepcionista había regresado a su puesto y lo miró con curiosidad al verlo pasar con las mejillas encendidas y la respiración agitada.
Él no la vio.
Salió a la calle, se metió en su coche, y se quedó un largo rato con las manos en el volante, mirando el horizonte sin verlo, repitiéndose una y otra vez que había sido nada.
Una broma.
Una provocación.
Nada más.
Pero el rubor no se iba.
Y en el fondo de su pecho, su corazón seguía latiendo con un ritmo que no lograba reconocer.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com