JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 25
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Capítulo 25: El Jardín Secreto
Zamir no había logrado moverse.
El coche seguía estacionado en la misma curva, el motor apagado, sus manos todavía aferradas al volante como si fuera lo único que lo mantuviera anclado a la realidad. La recepcionista había salido a fumarse un cigarrillo en la puerta y le había lanzado una mirada extraña al verlo allí, inmóvil, los ojos fijos en el vacío. Pero él no la había visto. No había visto nada desde que salió del ascensor con las mejillas ardiendo y la cabeza hecha un torbellino de palabras que no podía dejar de repetir.
“Hace que se me ponga duro.”
La frase le vibraba en la nuca, en las sienes, en el pecho. Cada vez que intentaba despejarla, regresaba con más fuerza, acompañada de la imagen de Nelson girándose en el umbral, su espalda descubierta cubierta de cadenas plateadas, su sonrisa afilada como un cuchillo. Y detrás de él, Maximilian. Con su camisa azul. Con las mangas arremangadas. Con los ojos grises que esta vez no habían sido hielo, sino algo más cálido, algo que Zamir no supo nombrar y que por eso mismo le aterraba.
Debía irse. Debía arrancar el coche y volver a su restaurante, a sus fogones, a un mundo donde las cosas tenían nombre y temperatura y se podían arreglar con las manos. Pero no podía. Algo lo mantenía allí, pegado al asiento, mirando la puerta acristalada del edificio como si esperara algo. Como si supiera que algo iba a pasar.
Y entonces pasó.
Las puertas del vestíbulo se abrieron y Maximilian salió primero, con ese paso firme que parecía medir el mundo a su medida. La camisa azul, los pantalones anchos, las zapatillas blancas. Todo en él era nuevo y a la vez profundamente él. Zamir sintió un tirón en el pecho solo de verlo.
Pero detrás de él venía Nelson.
Y la forma en que caminaba detrás de Maximilian era la de un depredador que ha elegido a su presa. Su camisa blanca de espalda descubierta dejaba ver las cadenas brillando bajo el sol de la tarde, y cada movimiento suyo era una coreografía de piel y metal. Se acercó a Maximilian por detrás con una fluidez que parecía ensayada, y antes de que el otro pudiera reaccionar, sus brazos rodearon su cintura.
Un abrazo por la espalda. Íntimo. Dueño.
Zamir vio cómo Maximilian se tensó, cómo su espalda se enderezó en un gesto automático de rechazo. Pero no se apartó. No en el primer segundo.
Nelson inclinó la cabeza y besó su cuello. Fue un beso lento, deliberado, los labios rozando la piel justo donde terminaba el cuello de la camisa azul. Sus manos se deslizaron desde la cintura hacia el abdomen, aferrándose con una posesión que hizo que Zamir contuviera el aliento.
Maximilian se alejó entonces. Un movimiento seco, casi irritado. Pero cuando lo hizo, algo cambió. Zamir lo vio a través del parabrisas, a través de la distancia, a través del cristal empañado por su propia respiración agitada. Maximilian no se fue. Dio medio paso, giró sobre sus talones, y extendió la mano.
Agarró a Nelson por la muñeca. Lo jaló hacia él.
Y entonces lo besó.
El beso fue salvaje, desordenado, un choque de labios que pareció doblar el espacio entre ellos. La mano de Maximilian se enredó en la nuca de Nelson, la otra se aferró a su cintura con una fuerza que dejaba ver los nudillos blancos. Nelson respondió con la misma intensidad, arqueando su espalda descubierta bajo las cadenas, sus dedos enterrándose en la tela de la camisa azul como si quisiera rasgarla.
Zamir no podía apartar la vista.
El espejo retrovisor le devolvía su propio reflejo: el rostro pálido, los ojos abiertos como platos, los labios entreabiertos. Pero no se miraba a sí mismo. Miraba a ellos. Miraba a Maximilian besando a otro hombre con una pasión que nunca había imaginado en él, que nunca había creído posible en alguien tan contenido, tan frío, tan hecho de ángulos rectos y palabras medidas.
Maximilian mordió el labio inferior de Nelson, un mordisco que no fue un juego sino una declaración. Nelson dejó escapar un gemido ahogado que llegó hasta el coche de Zamir como un eco lejano. Luego, Maximilian se apartó. Su pecho subía y bajaba con una respiración contenida, su rostro —ese rostro que Zamir creía conocer— tenía ahora una expresión que no supo leer. Triunfo. Posesión. Hambre.
Nelson se llevó la mano a los labios, los recorrió con la punta de los dedos, y sonrió. Una sonrisa lenta, satisfecha, que parecía decir esto no ha terminado. Lamió sus labios con deliberación, saboreando lo que quedaba del beso, y sin apartar sus ojos de Maximilian, rodeó el coche y se deslizó en el asiento del copiloto.
Maximilian se subió al volante. El motor rugió. Y el coche se alejó, dejando tras de sí solo el eco de su escape y el vacío en el lugar donde habían estado.
Zamir no se movió.
El coche de Maximilian desapareció al final de la avenida, y él seguía allí, con las manos agarrotadas en el volante, la mirada fija en el punto donde los habían visto por última vez. Su respiración era corta, irregular, como si el aire se hubiera vuelto más denso de repente.
El dolor en el pecho llegó después.
No era físico. Era un peso, una presión, una sensación de vacío que se expandía desde el centro de su esternón hacia todo su cuerpo. Cerró los ojos y apoyó la frente contra el volante. La bocina sonó un segundo, un pitido ahogado que nadie escuchó.
Zamir: (En un susurro que apenas escuchaba él mismo) “Dios mío.”
Sus manos temblaban. No como antes, cuando Maximilian le dio las gracias y sintió que el corazón le estallaba de orgullo y nervios. Este era otro temblor. Uno que venía de un lugar más oscuro, más confuso, que no sabía nombrar.
Vio de nuevo la escena. La mano de Maximilian en la cintura de Nelson. La forma en que lo había jalado hacia él. La mordida en el labio. La manera en que Nelson se había lamido los labios después, como si acabara de probar algo que llevaba tiempo deseando.
Y entonces, como un latigazo, entendió por qué le dolía el pecho.
No era sorpresa. No era escándalo.
Era envidia.
Quería ser él. Quería ser Nelson, con sus cadenas plateadas y su espalda desnuda, con su risa segura y sus manos atrevidas. Quería que Maximilian lo agarrara así, que lo besara así, que lo mordiera así.
Quería que Maximilian lo mirara como había mirado a Nelson en ese instante antes del beso: con hambre.
Zamir levantó la cabeza del volante y se miró en el espejo retrovisor. Sus ojos estaban vidriosos. Sus mejillas, encendidas. Sus labios, secos. Parecía un hombre que acababa de descubrir algo sobre sí mismo que llevaba años escondiendo.
O quizás no años. Quizás desde aquella primera vez que vio a Maximilian en su oficina roja, imponente y distante, y sintió un escalofrío que atribuyó al miedo. O desde aquella cena en que Maximilian le dijo que su restaurante era una “cocina de pobres” y él sintió más rabia de la que debía. O desde aquella madrugada en que lo vio salir de la ducha con la bata abierta y desvió la mirada mientras tragaba saliva.
Zamir: (En voz alta, como para despertarse) “No. No. Esto no es… yo no…”
Pero no pudo terminar la frase. Porque era mentira. Y lo sabía.
El coche seguía allí, en el mismo lugar, mientras el sol comenzaba a inclinarse hacia el horizonte y las sombras se alargaban sobre el asfalto. Zamir seguía con las manos en el volante, mirando el punto donde el coche de Maximilian había desaparecido, sintiendo cómo el dolor en el pecho se mezclaba con algo más cálido, algo más peligroso.
Algo que no debería sentir.
Algo que no podía dejar de sentir.
Finalmente, con un movimiento brusco, giró la llave en el encendido. El motor rugió, y él metió la marcha con más fuerza de la necesaria. El coche salió disparado hacia la calle, alejándose del edificio, alejándose de la imagen que se le había grabado en la retina.
Pero la imagen viajaba con él. Las cadenas plateadas. La mano en la cintura. El beso salvaje. La mordida en el labio. Y detrás de todo, la pregunta que empezaba a formarse en su mente, insistente, imparable:
¿Por qué me duele tanto si nunca fue mío?
La mansión estaba en penumbra cuando Zamir atravesó la puerta principal. No encendió las luces del salón, no subió a cambiarse, no buscó a James ni a Martina. Caminó hasta la cocina con paso mecánico, dejó las llaves sobre la isla central, y se apoyó con ambas manos en el borde frío de la piedra. La cabeza inclinada, los hombros hundidos, la respiración aún irregular después de horas de dar vueltas sin rumbo por la ciudad.
La imagen no lo había dejado en todo el camino. El abrazo por la espalda. El beso en el cuello. La forma en que Maximilian había agarrado a Nelson, lo había besado con esa ferocidad contenida que nunca imaginó que existiera en él. Y la mordida en el labio. Esa mordida que había visto repetirse cada vez que cerraba los ojos.
Se quedó así, inmóvil, hasta que el silencio de la casa se volvió insoportable.
Nadie había vuelto aún. La mansión estaba vacía. Maximilian seguía con Nelson, probablemente en algún sitio que Zamir no quería imaginar. Eliana estaba en el hospital. Y él estaba allí, solo, con un peso en el pecho que no sabía cómo nombrar.
Fue entonces cuando el teléfono vibró en su bolsillo.
Sacó el dispositivo con dedos torpes, y el nombre en la pantalla le trajo un alivio inmediato mezclado con culpa. Deslizó el dedo para contestar.
Zamir: (Su voz salió más ronca de lo que esperaba, y carraspeó para disimular) “¿Eliana?”
Eliana: (Al otro lado, su voz era un susurro cálido, cansada pero presente) “Hola, amor. No voy a llegar a casa. Tengo turno nocturno.”
Hubo un ruido de fondo, un monitor cardíaco pitando a intervalos regulares, y luego el llanto tenue de un bebé, amortiguado por la distancia.
Eliana: “Llegó un bebé hace unas horas. Dificultad respiratoria neonatal. Lo estamos estabilizando, pero no quiero dejarlo solo. Sus padres están aquí, pero el pequeño está muy frágil. Clara y yo nos turnamos para vigilarlo.”
Zamir cerró los ojos, apoyando la frente contra el filo de la isla. Escuchó su voz, y por un momento, el nudo en su pecho se aflojó.
Zamir: (Con una ternura que le brotaba de algún lugar profundo) “Eres la persona más increíble que conozco, ¿lo sabes? Mientras otros duermen, tú estás ahí, cuidando a quien más te necesita.”
Eliana: (Riendo suavemente, el cansancio en su voz haciéndola más dulce) “Es mi trabajo, amor. Y también lo que me llena.”
Zamir: “No es solo trabajo. Es quien eres. Y ese bebé tiene la suerte de tenerte a su lado esta noche.”
Hubo una pausa. Zamir pudo imaginarla en el pasillo de neonatología, con su batín blanco sobre los scrubs púrpura, el cabello recogido, los ojos brillando con esa mezcla de concentración y ternura que lo había enamorado desde el primer día.
Eliana: (En voz baja, como si compartiera un secreto) “¿Estás bien, Zamir? Te escucho… no sé. Diferente.”
Él tragó saliva. Podía decirle. Podía contarle lo que había visto, lo que sentía, la confusión que le ardía en el pecho. Pero no eran preguntas para hacer por teléfono, con un bebé enfermo al fondo y ella a punto de volver a una sala de cuidados intensivos.
Zamir: (Enderezando la voz) “Estoy bien. Solo cansado. Fue un día largo.”
Eliana: “Lo sé. Para los dos. Pero mañana será mejor. Desayunamos juntos, ¿sí? Los tres. Aunque a mi papá le dé vergüenza admitir que le gustó lo que le recomendaste.”
Zamir sonrió, a pesar de todo. Una sonrisa pequeña, frágil, pero real.
Zamir: “Le quedaba bien el azul.”
Eliana: “Más que bien. No le digas que te lo dije, pero creo que por primera vez en años le importó cómo se veía. Así que gracias.”
Al fondo de la llamada, una voz se acercó. Clara.
Clara: (Apagada, pero reconocible) “Eliana, traje mantas térmicas y algo de comer. Ve a descansar un rato, yo me quedo con él.”
Eliana: (Apartando el teléfono un momento, hacia Clara) “Dame cinco minutos más.” Luego, de vuelta a Zamir, con un suspiro. “Tengo que irme. El pequeño necesita su revisión de la hora.”
Zamir: “Ve. Cuida a ese bebé. Yo te espero aquí cuando vuelvas.”
Eliana: “Te amo, Zamir. Más de lo que puedo decir ahora.”
Zamir: (Con la voz quebrada por la emoción contenida) “Yo te amo más. Siempre. Descansa cuando puedas.”
Eliana: “Lo haré. Buenas noches, amor.”
Zamir: “Buenas noches, Eliana.”
La llamada se cortó. El pitido del monitor cardíaco desapareció, la voz de Clara se apagó, y la casa volvió a quedar en silencio.
Zamir se quedó con el teléfono en la mano, mirando la pantalla oscura. Las palabras de Eliana aún le vibraban en el pecho, mezclándose con la imagen que no podía borrar. Amor y culpa. Certeza y confusión. Todo enmarañado en un nudo que no sabía cómo deshacer.
Apoyó el teléfono sobre la isla, junto a las llaves, y se pasó las manos por el rostro. El chaleco granate, la camisa crema, el lazo azul grisáceo… todo le pesaba de repente, como si la ropa de la mañana, que había elegido con tanto cuidado, ahora fuera una coraza que no quería seguir llevando.
Subió lentamente las escaleras hacia la habitación que compartía con Eliana. No encendió las luces. Se desvistió en la penumbra, dejó la ropa doblada sobre una silla, y se metió en la cama con el peso del día aplastándole los hombros.
En la oscuridad, con la almohada aún oliendo al perfume suave de Eliana, cerró los ojos y dejó que las imágenes volvieran. El abrazo. El beso. La mordida. Y detrás de todo, la pregunta que seguía martilleándole las sienes.
¿Por qué duele tanto si nunca fue mío?
No hubo respuesta. Solo el silencio de la mansión vacía, el latido de su propio corazón confundido, y la espera de un amanecer que traería consigo las respuestas que no se atrevía a buscar.
La habitación estaba a oscuras, el silencio apenas roto por el suave zumbido del climatizador. Zamir estaba acostado de lado, la almohada de Eliana aún conservando su perfume, sus ojos cerrados pero su mente imposible de aquietar. Las imágenes de la tarde se repetían en un bucle que no podía detener: el abrazo por la espalda, el beso en el cuello, la forma en que Maximilian había agarrado a Nelson y lo había besado como si el mundo se acabara.
Y entonces, el teléfono vibró sobre la mesita de noche.
Un destello de luz azul iluminó el techo. Zamir no se movió. Probablemente era Eliana, avisando que ya había logrado dormir al bebé, o tal vez algún mensaje del restaurante sobre los pedidos del día siguiente. Cerró los ojos, decidido a ignorarlo.
Volvió a vibrar. Y otra vez.
Zamir soltó un suspiro, estiró el brazo y tomó el teléfono. La pantalla mostraba tres mensajes de un número que no tenía registrado. Frunció el ceño y abrió la conversación.
Número desconocido: ¿Eres Zamir?
Número desconocido: El cocinero, ¿verdad?
Número desconocido: Necesito hablar contigo.
Zamir se incorporó en la cama, la espalda apoyada en el cabecero. Alguien tenía su número personal, alguien que sabía quién era. Escribió con dedos temblorosos.
Zamir: ¿Quién eres?
La respuesta llegó en segundos.
Número desconocido: Nelson.
Zamir sintió cómo la sangre se le helaba y luego se incendiaba al mismo tiempo. Nelson. El hombre de las cadenas plateadas, el de la espalda descubierta, el que había besado a Maximilian como si fuera suyo. El que se había lamido los labios después, saboreando lo que Zamir no podía dejar de imaginar.
Sus manos temblaban al escribir.
Zamir: ¿Cómo conseguiste mi número?
Número desconocido: Lo saqué del celular de Maximilian.
Zamir se quedó mirando la pantalla, el corazón latiéndole con una fuerza que parecía querer salirse de su pecho. Maximilian tenía su número guardado. Maximilian, el hombre frío, el hombre de las distancias medidas y los gestos calculados, tenía su número en el teléfono. ¿Desde cuándo? ¿Por qué? ¿Para qué?
El rubor le subió por el cuello, por las mejillas, hasta las orejas. Apretó el teléfono con fuerza, como si pudiera extraer más información de él solo con la presión.
Zamir: ¿Qué quieres?
Nelson: Que nos veamos. Necesito hablar contigo. Es importante.
Zamir dudó. Todo en él le decía que ignorara el mensaje, que bloqueara el número, que se hiciera el desentendido. Pero había algo en la palabra “importante” que le impedía soltar el teléfono. Importante. Relacionado con Maximilian. Todo lo que envolvía a Maximilian en las últimas horas parecía estar tirando de él hacia un territorio que no conocía, que le aterraba, y al que no podía dejar de querer acercarse.
Zamir: No. No voy a verte.
Nelson: Es sobre Maximilian.
Zamir sintió cómo la frase le apretaba el estómago. Quería seguir diciendo que no. Quería apagar el teléfono, enterrar la cabeza bajo la almohada y fingir que nada de esto estaba pasando. Pero sus dedos, traicioneros, escribieron antes de que su cerebro pudiera detenerlos.
Zamir: ¿Dónde?
Nelson: Hay un café en el barrio antiguo, se llama El Jardín Secreto. ¿Lo conoces?
Zamir: Lo conozco.
Nelson: Mañana a las 8:00 PM. Ven solo.
Zamir miró la pantalla un largo rato. Las palabras “Ven solo” brillaban en la oscuridad como una advertencia. O una invitación. No sabía distinguir.
Zamir: Estaré allí.
Nelson: Perfecto. Y no le digas nada a Maximilian. Es una sorpresa.
El mensaje final quedó allí, flotando en la pantalla, mientras Zamir dejaba el teléfono sobre la mesita de noche con la mano aún temblorosa. Se dejó caer de espaldas sobre la cama, los ojos abiertos en la oscuridad, el corazón galopando.
Maximilian tenía su número en el teléfono. Nelson lo había sacado de allí. Y ahora, Nelson quería verse con él. A solas. Para hablar de Maximilian.
Dio la vuelta, enterró el rostro en la almohada de Eliana, y dejó que el perfume de ella lo envolviera mientras intentaba calmar los latidos que no cesaban.
Zamir: (En un susurro ahogado contra la tela) “¿Qué estás haciendo, Zamir? ¿Qué estás haciendo?”
Pero la pregunta no tenía respuesta. O quizás la tenía, y era una que no se atrevía a pronunciar en voz alta.
Al otro lado de la ciudad, en algún lugar que Zamir no quería imaginar, Nelson guardaba su teléfono con una sonrisa lenta, mientras Maximilian, junto a él, hojeaba unos documentos sin levantar la vista, ajeno a la red que su amigo acababa de tender.
La noche se extendía, oscura y densa, y en la cama vacía de la mansión, Zamir no podía dormir. Mañana a las ocho. El Jardín Secreto. Y una conversación que, estaba seguro, cambiaría algo en su interior para siempre.
La mañana había sido un ejercicio de contención. Zamir se había levantado antes del amanecer, había preparado café que apenas probó, y se había sumergido en un baño caliente intentando relajar los músculos que llevaban horas tensos. Pero el agua no pudo calmar lo que le ardía por dentro.
Cuando salió del baño, el vapor empañaba los espejos de la amplia suite. Se secó el cabello con lentitud, evitando mirar su propio reflejo. No quería enfrentar sus propios ojos antes de lo que iba a hacer.
Abrir el armario fue otra batalla. Sus manos recorrieron las opciones con una indecisión que no le era propia. Normalmente, vestirse era un acto mecánico, casi instintivo. Pero hoy, cada prenda que tocaba le parecía una declaración. Demasiado informal. Demasiado elegante. Demasiado… como si se estuviera preparando para algo que no se atrevía a nombrar.
Finalmente, eligió el suéter de punto grueso en crema, de cuello alto, con esos botones dorados asimétricos en un hombro que siempre le habían parecido un poco pretenciosos pero que hoy sintió necesarios. El pequeño detalle dorado en la muñeca de la manga izquierda brillaba cada vez que movía la mano. Se colocó el collar plateado sobre el suéter, el colgante frío contra su esternón, como un talismán.
Los pantalones holgados en beige claro cayeron sobre las zapatillas blancas con rayas oscuras, y el cinturón delgado con hebilla plateada le dio a todo el conjunto una línea que no sabía si buscaba. Se miró al final, a regañadientes, en el espejo del vestidor.
Estaba bien. Demasiado bien, quizás. Como si hubiera pasado horas preparándose para una cita.
Apretó los labios, tomó las llaves, y bajó las escaleras sin hacer ruido. La mansión seguía vacía. James estaría en sus asuntos, Martina en la cocina preparando algo que él no iba a probar. Maximilian no había vuelto. Eliana seguía en el hospital con su pequeño paciente.
Salió sin despedirse, el aire fresco de la mañana golpeándole el rostro mientras caminaba hacia su coche.
—
El Jardín Secreto era uno de esos lugares que parecían diseñados para conversaciones que no querían ser escuchadas. Escondido en una calle adoquinada del barrio antiguo, con una fachada de hiedra y ventanales empañados, tenía la atmósfera de un confesionario laico. Zamir había estado allí alguna vez con Eliana, en los primeros meses de su relación, cuando aún exploraban los rincones ocultos de la ciudad.
Ahora volvía solo, con el corazón golpeándole las costillas.
Llegó puntual. Las 8:00 PM marcaban el reloj de la torre cercana cuando empujó la puerta de madera envejecida. El interior era una penumbra cálida, velas sobre las mesas, susurros de otras conversaciones que se disolvían en el aire.
Y allí, en el rincón más apartado, junto a la ventana que daba a un pequeño patio interior, estaba Nelson.
Zamir se detuvo en la entrada, y por un instante, el mundo se redujo a la silueta que tenía frente a él.
Nelson estaba de espaldas, pero esa espalda era una declaración por sí misma. Vestía un vestido largo negro que desde el frente debía ser sobrio, pero desde atrás era pura provocación. La espalda estaba completamente descubierta, una extensión de piel morena que se perdía en la curva de la cintura, enmarcada por una chaqueta con hombreras que se unía en la parte baja con una tira delgada, apenas un hilo que sugería más de lo que ocultaba. La falda ajustada caía con una abertura que dejaba adivinar la línea de sus piernas. Sus uñas, apoyadas sobre la mesa junto a una taza de café humeante, estaban pintadas de un color tan oscuro que parecía absorbers la luz.
Zamir tragó saliva. Respiró hondo. Y caminó hacia la mesa.
Nelson giró la cabeza cuando sintió su aproximación, y esa sonrisa —esa sonrisa que Zamir ya conocía, afilada y segura— se extendió por sus labios. No se levantó para saludarlo. Solo lo miró mientras se sentaba enfrente, sus ojos avellana recorriéndolo de pies a cabeza con una lentitud deliberada.
Nelson: (Con voz baja, íntima, como si compartieran un secreto) “No creí que ibas a venir.”
La mesera apareció entonces, dejando dos tazas de café humeante sobre la mesa, y se retiró con la discreción de quien sabe cuándo su presencia es superflua. Zamir envolvió sus manos alrededor de la taza, buscando en el calor algo que anclara sus nervios.
Nelson: (Inclinándose ligeramente hacia adelante, la espalda desnuda capturando la luz tenue de las velas) “Pero parece que tienes muchas preguntas. Y quieres saber de Maximilian, ¿verdad? Por eso estás aquí.”
Zamir levantó la vista, encontrándose con esos ojos que parecían leerlo con una facilidad aterradora. Quiso negarlo. Quiso decir que había venido por cortesía, por curiosidad, por cualquier otra razón que no fuera la verdad que le ardía en el pecho.
Pero no pudo.
Zamir: (Su voz salió más ronca de lo que pretendía) “Dijiste que era importante. Que era sobre él.”
Nelson sonrió, más ancha esta vez, y tomó su taza de café con la elegancia de quien tiene todo el tiempo del mundo. Sus uñas oscuras contrastaban con la porcelana blanca.
Nelson: “Lo es. Más de lo que imaginas.”
Hizo una pausa, bebió un sorbo, y dejó la taza con un clic suave sobre el platillo.
Nelson: “Te vi ayer, Zamir. En el coche. Cuando salimos del edificio.”
El mundo se detuvo.
Zamir sintió cómo el suelo se abría bajo sus pies, cómo el calor de la taza se volvía insignificante frente al incendio que le recorría las venas. Su rostro se encendió, sus manos temblaron sobre la porcelana, y supo que Nelson lo había visto todo. Su mirada fija en ellos. Su inmovilidad. La forma en que se había quedado allí, paralizado, devorando con los ojos cada segundo de ese beso.
Nelson: (Con una suavidad que resultaba aún más cruel) “Viste cómo lo besé. Y viste cómo me besó él. Y no pudiste apartar la vista.”
Zamir quiso levantarse. Quiso salir de allí, correr, esconderse en algún lugar donde Nelson no pudiera seguir desnudándolo con esas palabras. Pero sus piernas no respondían. Estaba clavado a la silla, atrapado en la mirada avellana que ya sabía demasiado.
Nelson: (Inclinándose más, la voz apenas un susurro) “No vine a burlarme de ti, Zamir. Vine a decirte algo que necesitas escuchar.”
Dejó la taza, entrelazó sus dedos sobre la mesa, y sus ojos se volvieron, por un instante, casi serios.
Nelson: “Maximilian no ha estado con nadie desde que murió su esposa. Con nadie. ¿Sabes lo que eso significa? Años. Décadas. De vacío. De no dejar que nadie lo toque, que nadie lo mire, que nadie lo quiera. Y yo… yo he sido su sombra durante todo ese tiempo. Su amigo. Su cómplice. El único que podía acercarse sin que él pusiera distancia.”
Hizo una pausa, y en sus ojos brilló algo que Zamir no esperaba: honestidad cruda.
Nelson: “Lo besé ayer porque llevaba meses queriendo hacerlo. Porque lo vi con esa camisa azul que tú elegiste, y por primera vez en años lo vi… diferente. Más suave. Más… humano. Y me dejó besarlo. ¿Sabes lo que eso significa?”
Zamir negó con la cabeza, sin voz.
Nelson: (Con una sonrisa triste) “Significa que algo en él está cambiando. Y ese algo tiene tu nombre, Zamir. No el mío. El tuyo.”
El silencio se extendió entre ellos, denso como la niebla que empezaba a empañar los ventanales del café. Zamir sentía el corazón latiéndole en la garganta, las manos sudando sobre la taza de café que ya se enfriaba.
Nelson: (Recogiendo su bolso, preparándose para irse, pero con una última mirada) “No sé qué vas a hacer con esto. No sé si Eliana sabe lo que está pasando. Pero pensé que merecías saberlo. Porque si no lo supieras… sería injusto.”
Se levantó, y la espalda desnuda de su vestido se ofreció por un instante a la luz de las velas, un último destello de piel morena y elegancia. Antes de irse, se volvió.
Nelson: “Y Zamir… esa camisa azul. No fue casualidad que la eligiera. Fue porque tú la sugeriste. Y Maximilian no hace nada que no quiera hacer. Recuérdalo.”
Y se fue, dejando tras de sí el eco de sus tacones sobre el piso de madera, y a Zamir solo, frente a dos tazas de café frío, con las palabras ardiéndole en el pecho como brasas.
Esa camisa azul la elegiste tú.
No ha estado con nadie en décadas.
Algo en él está cambiando.
Y ese algo tiene tu nombre.
Zamir cerró los ojos, apoyó la frente contra sus manos, y dejó que el peso de todo lo que no había querido ver, todo lo que no había querido sentir, cayera sobre él como un derrumbe.
Afuera, la noche comenzaba a caer sobre la ciudad, y en el café vacío, un hombre que creía saber quién era descubría que llevaba mucho tiempo esperando una camisa azul.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com