JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 26
- Inicio
- JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS
- Capítulo 26 - Capítulo 26: La Puerta Entreabierta
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 26: La Puerta Entreabierta
El teléfono vibró sobre la mesa de madera, sacando a Zamir del abismo en el que se había hundido. El nombre en la pantalla fue un latigazo de realidad: Eliana. Contestó con la voz que pudo recomponer en el segundo que tuvo, la misma que usaba para calmar a los comensales nerviosos o para explicar una receta complicada. Una voz estable. Normal.
Zamir: “Hola, amor.”
Eliana: (Al otro lado, con ese cansancio dulce de quien ha pasado la noche velando a un pequeño paciente) “Buenos días. ¿Cómo amaneciste? ¿Comiste algo? ¿Dormiste bien?”
Las preguntas, tan cotidianas, tan llenas de cuidado, le atravesaron el pecho como agujas. Él había pasado la noche dando vueltas en la cama vacía, imaginando besos que no eran suyos, y ella estaba preguntándole si había desayunado.
Zamir: (Aclarándose la garganta, forzando una ligereza que no sentía) “Amanecí bien. Tomé café. Un poco de pan. Nada del otro mundo.”
Mentira. No había probado bocado desde la tarde anterior. El café que tenía frente a él, el que Nelson había dejado, se había enfriado hace horas junto al suyo. Pero ella no necesitaba saber eso.
Eliana: “Bien. Oye, amor, ¿puedes hacerme un favor? Necesito que me alistes ropa. Un conjunto cómodo para el hospital, pero que no sea tan informal. Tengo una reunión con los padres del bebé más tarde y quiero verme presentable.”
Zamir asintió, aunque ella no podía verlo. “Claro. ¿Qué quieres que te prepare?”
Eliana: “Lo que tú creas. Algo cálido. Y dile a mi papá, si ya despertó, que me lo traiga por favor. Así puedes ir al restaurante, no te quiero quitar tiempo. Sé que tienes mucho trabajo.”
Zamir sintió un escalofrío. Maximilian. Llevarle la ropa a Eliana. Verlo. Después de todo. Después de lo que Nelson le había dicho. Después de la camisa azul. Después de descubrir que su número estaba guardado en su teléfono.
Zamir: (Con la voz extrañamente estable) “Sí, claro. Se la daré para que te la lleve.”
Eliana: “¿Estás en casa? Te escucho raro. ¿Saliste?”
La pregunta fue casual, pero para Zamir sonó como un disparo. Miró a su alrededor: el café vacío, las dos tazas frías, la penumbra íntima de El Jardín Secreto. No. No podía decirle la verdad. No todavía. No cuando él mismo no entendía lo que estaba pasando.
Zamir: (Enderezando la espalda, usando su voz más tranquila) “No, no. Estoy en la mansión. Me acabo de despertar hace un rato, bajé a la cocina a tomar café y me quedé viendo el teléfono.”
La mentira salió con una fluidez que lo asustó. La mansión. La cocina. La normalidad. El mundo donde todo seguía igual.
Eliana: “Ah, qué bueno. Descansaste entonces. Bueno, amor, alístame la ropa y dile a mi papá que me la mande. ¿Tú vas al restaurante más tarde?”
Zamir: “Sí, voy más tarde. Primero organizo unas cosas aquí.”
Eliana: “Perfecto. Te veo en casa esta noche, entonces. Te amo.”
Zamir: (Las palabras le salieron más cargadas de lo que pretendía, como si estuviera tratando de compensar algo) “Te amo también. Cuídate. Y ese bebé, que mejore pronto.”
Eliana: “Lo hará. Conmigo vigilando, no tiene opción.”
Colgó. La pantalla se quedó en negro, reflejando el rostro de Zamir contra el techo iluminado del café. Un rostro que ya no reconocía del todo.
Se quedó allí un largo rato, con el teléfono en la mano, mirando la taza vacía de Nelson, el lugar donde había estado sentado. Las palabras aún le vibraban en los huesos. Esa camisa azul la elegiste tú. Algo en él está cambiando. Y ese algo tiene tu nombre.
Cerró los ojos. Respiró hondo. Y cuando los abrió, se levantó con una determinación que no sabía de dónde sacaba.
Salió del café, el aire fresco de la calle golpeándole el rostro. Caminó hacia su coche con paso firme, pero en su cabeza todo era un torbellino. Tenía que volver a la mansión. Tenía que alistar la ropa de Eliana. Tenía que enfrentarse a Maximilian.
Tenía que mirarlo a los ojos sabiendo lo que ahora sabía.
Arrancó el coche con las manos aún temblorosas, y mientras el motor rugía, se repitió una y otra vez lo que debía hacer: entrar, subir, preparar la ropa, bajarla, entregarla, y salir. Nada más. No había nada que hablar. No había nada que preguntar.
Pero en el fondo de su pecho, en ese lugar oscuro donde había estado escondiendo la verdad durante meses, una voz pequeña y peligrosa susurraba: ¿Y si él también lo sabe? ¿Y si por eso guardó tu número? ¿Y si por eso se puso la camisa azul?
Zamir apretó el volante con más fuerza, aceleró, y se perdió entre el tráfico de la ciudad que ya despertaba, llevando consigo el peso de un secreto que no era solo suyo, y una cita con la que no sabía cómo iba a encontrarse.
Zamir subió las escaleras con la maleta en la mano, sus pasos resonando en el mármol con una urgencia que no lograba disimular. En su cabeza solo había una misión: entrar al vestidor, preparar la ropa de Eliana, bajar, entregarle la maleta a Maximilian si ya había despertado, y salir. Un plan sencillo. Rápido. Seguro.
Entró a la suite que compartía con Eliana, abrió el amplio armario de paredes blancas y muebles de madera clara, y dejó la maleta abierta sobre la cama. Sus manos se movían con una eficiencia automática mientras seleccionaba cada prenda, pero su mente estaba en otro lugar. En el café. En las palabras de Nelson. En la camisa azul.
La blusa blanca de manga larga, con esos hombros caídos que a Eliana le encantaban porque la hacían sentir elegante sin esfuerzo. La dobló con cuidado y la colocó en la maleta. Luego, el top bustier fruncido en azul claro, esa pieza que ella había comprado en un viaje a Madrid y que siempre usaba cuando quería sentirse segura. La aplicación floral en el pecho, del mismo tono, parecía una nube pequeña.
Los pantalones vaqueros anchos de tiro alto eran los favoritos de Eliana para los días largos: cómodos pero con personalidad, con esos lazos atados a lo largo de las piernas que hacían que cualquier conjunto pareciera pensado hasta el último detalle. Los dobló con cuidado, colocándolos junto al resto.
Luego fueron los accesorios: el bolso baguette azul claro de Prada, los tacones de aguja a juego, las gafas de sol de cristales azules con montura blanca, el lazo de tela para el cabello, la pinza en forma de flor translúcida. Cada pieza fue encontrando su lugar en la maleta con una precisión que Zamir ni siquiera notaba. Su cuerpo trabajaba solo mientras su cabeza seguía atrapada en la tarde anterior.
Cerró la maleta, pasó los dedos por la cremallera, y respiró hondo.
Ahora venía la parte difícil.
Salió de la suite, la maleta colgando de su mano, y caminó por el pasillo alfombrado hacia el ala de Maximilian. El corazón le latía con una fuerza que intentaba ignorar. Solo entregar la maleta. Nada más.
Pero cuando llegó a la puerta de Maximilian, esta estaba entreabierta. Un haz de luz se filtraba por la rendija, y del interior provenía el sonido de agua corriendo en la distancia, el eco de una ducha que acababa de cerrarse. Zamir levantó la mano para tocar la madera, para anunciar su presencia, para dejar la maleta en el umbral y huir.
Pero algo lo detuvo.
No pudo decir si fue curiosidad, si fue ese magnetismo que no se atrevía a nombrar, o si fue el destino jugando con él de la manera más cruel. La puerta crujió levemente, abriéndose unos centímetros más, y Zamir, sin querer, sin poder evitarlo, miró.
Maximilian estaba de espaldas junto a la cama.
Acababa de salir de la ducha; el vapor aún se elevaba de su piel pálida, y las gotas de agua resbalaban por sus hombros, por la curva de su espalda, por la columna que bajaba hasta perderse en la toalla anudada a su cadera. Su cabello, todavía húmedo, goteaba sobre sus hombros. Y entonces, con un movimiento lento, casi distraído, dejó caer la bata que sostenía en la mano.
La tela blanca se deslizó al suelo.
Y Maximilian quedó desnudo frente a la cama, de espaldas a la puerta, sin saber que había ojos que lo observaban.
Zamir sintió cómo el aire se le escapaba de los pulmones. Sus ojos, traicioneros, se agrandaron hasta doler, recorriendo cada línea de ese cuerpo que nunca había imaginado ver. Los hombros anchos que se estrechaban hacia una cintura delgada, la curva de los glúteos firmes bajo la piel húmeda, la piernas largas que sostenían la estructura de un hombre que había pasado décadas construyendo imperios en lugar de cultivar su físico, pero que aun así tenía una elegancia natural, una proporción que parecía esculpida.
Y entonces, sin darse cuenta, Zamir se lamió los labios.
El gesto fue instintivo, animal, un reflejo de la boca seca y el cuerpo encendido. Su mirada descendió por la espalda de Maximilian, por la curva de sus costillas, por la línea de su columna, por el borde de la toalla que aún no se había quitado pero que ya había comenzado a desatar. Cuando Maximilian se giró apenas para tomar algo de la mesita de noche, Zamir alcanzó a ver el perfil de su torso, la piel clara salpicada de algunas manchas de la edad, el vello gris que se extendía por su pecho, la suavidad de un hombre que no necesitaba músculos marcados para imponer respeto.
El calor subió por el cuello de Zamir, le incendió las mejillas, las orejas, hasta los párpados. Su mano apretó la maleta con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Maximilian, ajeno a todo, comenzó a vestirse.
Primero, una prenda interior de cuello alto, negra, que se ajustó con la parsimonia de quien no tiene prisa. Luego, unos pantalones largos de gris claro, que le quedaban con una elegancia sencilla. Sobre ellos, el abrigo largo de color azul claro que parecía hecho de lana suave, con un diseño asimétrico que le caía sobre el hombro como una capa moderna. Un botón plateado lo cerraba apenas, dejando ver el cuello negro debajo. En el bolsillo izquierdo, asomaba un pequeño libro o cuaderno, y Zamir alcanzó a leer las palabras impresas en la portada: “I MISS YOU”.
Maximilian se ajustó el cuello del abrigo, se colocó un collar fino que brilló bajo la luz de la lámpara, y finalmente se calzó unos zapatos de cuero negro brillante, clásicos, con cordones perfectamente atados.
Vestido, era otra vez el Maximilian que todos conocían. Elegante. Distante. Inalcanzable.
Pero Zamir había visto lo que había debajo. Y no podía dejar de verlo.
Dio un paso atrás, alejándose de la puerta con un movimiento brusco que hizo crujir la madera bajo sus pies. La maleta golpeó suavemente contra el marco. Contuvo la respiración, esperando que Maximilian hubiera escuchado, esperando que la puerta se abriera del todo y lo encontrara allí, sonrojado, temblando, con los ojos todavía llenos de la imagen de su cuerpo desnudo.
Pero no pasó nada. Adentro, Maximilian continuó arreglándose, ajeno al mundo exterior.
Zamir no esperó más. Se alejó de la puerta con pasos largos, casi de huida, la maleta pegada a su costado como un escudo. Cruzó el pasillo, bajó las escaleras sin mirar atrás, y cuando llegó a la habitación que compartía con Eliana, entró, cerró la puerta con un golpe seco, y se dejó caer contra ella, el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido un maratón.
La maleta cayó al suelo con un golpe sordo.
Zamir se tapó el rostro con ambas manos, sintiendo el ardor de sus mejillas bajo las palmas. Todo su cuerpo temblaba, un temblor fino e incontrolable que le recorría desde la nuca hasta las rodillas. Cerró los ojos, y la imagen volvió: la espalda desnuda de Maximilian, las gotas de agua deslizándose por su piel, el movimiento de sus manos quitándose la bata, la curva de su cintura, la toalla que aún no caía…
Zamir: (En un susurro ahogado contra sus manos) “Dios mío, Zamir. ¿Qué estás haciendo? ¿Qué estás haciendo?”
Pero sabía lo que estaba haciendo. Había estado haciendo desde que conoció a Maximilian. Desde la primera vez que entró en su oficina roja y sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Desde aquella cena en que Maximilian le dijo que su restaurante era una cocina de pobres y él sintió más rabia de la que debería. Desde aquella madrugada en que lo vio salir de la ducha con la bata abierta y desvió la mirada mientras tragaba saliva.
Se había estado mintiendo durante meses. Y ahora, después de la camisa azul, después de Nelson, después de verlo desnudo, no podía seguir mintiendo.
Bajó las manos y se miró en el espejo del vestidor. Su rostro estaba encendido, sus ojos brillaban con una intensidad que no reconocía, sus labios aún conservaban el rastro de aquel lametazo involuntario. Parecía un hombre que acababa de descubrir algo que llevaba mucho tiempo sabiendo.
Zamir: (En voz alta, para sí mismo, para vaciar lo que le ardía dentro) “Me gusta. Me gusta Maximilian.”
La frase sonó en el silencio de la habitación como una condena. O una liberación. No supo distinguir.
Se pasó las manos por el cabello, lo revuelto, intentando calmar los latidos que no cesaban. En la maleta, la ropa de Eliana esperaba. Eliana. Su novia. La mujer que lo amaba, que confiaba en él, que estaba en un hospital cuidando a un bebé enfermo mientras él estaba allí, en su casa, temblando por su padre.
El peso de la culpa cayó sobre él como un mazazo.
Zamir: (Apoyando la frente contra el espejo, sintiendo el frío del vidrio) “Eres un monstruo. Un malnacido. Ella te ama y tú estás aquí pensando en su padre.”
Pero el corazón no escuchaba a la razón. Seguía latiendo con ese ritmo frenético, y cada latido decía el mismo nombre.
Se enderezó, tomó la maleta del suelo, y con un esfuerzo sobrehumano, recompuso su rostro. Las mejillas aún rosadas, los ojos demasiado brillantes, pero era lo mejor que podía hacer. Salió de la habitación y bajó las escaleras con paso firme, decidido a encontrar a Maximilian, entregarle la maleta, y salir de allí antes de que su máscara se rompiera.
Pero en el vestíbulo, Maximilian ya estaba allí, de pie junto a la puerta principal, con su abrigo azul claro, su cuaderno “I MISS YOU” asomando del bolsillo, y su perfil de hombre que espera.
Zamir se detuvo en el último escalón, la maleta colgando de su mano, y el mundo se redujo al espacio entre ellos.
Maximilian se volvió al sentir su presencia. Sus ojos grises recorrieron la maleta, luego a Zamir, y por un instante, algo brilló en ellos. Algo que Zamir no supo nombrar. Pregunta, quizás. O reconocimiento. O algo más peligroso.
Maximilian: (Con su voz grave, medida) “¿Es para Eliana?”
Zamir asintió, incapaz de hablar. Dio un paso adelante y le tendió la maleta. Sus dedos rozaron los de Maximilian al entregarla, y ese pequeño contacto fue como una descarga eléctrica que le recorrió el brazo, el hombro, el pecho.
Maximilian tomó la maleta sin prisa, sus dedos envolviendo el asa con esa elegancia que tenía para todo. Y entonces, sin soltarla del todo, sus ojos se encontraron.
Maximilian: (En voz baja, como si estuviera pensando en voz alta) “Estás sonrojado.”
Zamir sintió cómo las mejillas le ardían más, si eso era posible. Abrió la boca para decir algo, cualquier cosa, una mentira, una excusa, pero las palabras no salían. Solo podía mirar esos ojos grises, esa camisa azul que él había sugerido, ese abrigo que le quedaba como hecho a medida, ese libro que decía “I MISS YOU” como si el universo estuviera burlándose de él.
Maximilian: (Sin esperar respuesta, tomó la maleta con firmeza) “Gracias. Se la llevaré.”
Y sin otra palabra, abrió la puerta principal y salió, dejando tras de sí el eco de sus pasos en el mármol y el aroma de su colonia de cedro flotando en el aire.
Zamir se quedó en el último escalón, viéndolo alejarse por la avenida, la maleta en una mano, el otro brazo balanceándose con un ritmo que parecía burlarse de su corazón desbocado. Cuando el coche arrancó y desapareció en la curva, Zamir sintió que las piernas le flaqueaban.
Se dejó caer en el escalón de mármol, apoyó los codos en las rodillas, y escondió el rostro entre las manos.
Zamir: (En un susurro que solo él escuchó) “Estoy perdido. Completamente perdido.”
Y en lo alto, en la habitación que acababa de dejar, el espejo del vestidor aún conservaba el calor de su frente, y en el aire flotaba la confesión que había hecho a solas, la que ahora tenía que aprender a vivir.
Zamir no fue al restaurante.
Se quedó en el escalón de mármol un largo rato, viendo el lugar donde el coche de Maximilian había desaparecido. El sol de la mañana ya calentaba las piedras de la entrada, pero él seguía frío. Temblando. Con las manos vacías y el pecho lleno de algo que no sabía cómo vaciar.
Podía levantarse. Podía irse. Podía cruzar la ciudad, llegar a su restaurante, perderse entre los fogones y el ruido de las sartenes, fingir que nada había pasado. Pero sus piernas no se movían hacia la calle. Sus pies, traicioneros, giraban hacia adentro, hacia el interior de la mansión.
Se levantó. Caminó. Pero no hacia la puerta. Hacia adentro.
El vestíbulo estaba vacío, la luz del mediodía dibujando cuadros de sol en el mármol pulido. Sus pasos resonaban con un eco que le pareció acusador. Subió las escaleras sin decidirlo, como si su cuerpo hubiera tomado el control y su mente solo pudiera observar, impotente, hacia dónde lo llevaba.
Y lo llevaban a la puerta de Maximilian.
Estaba cerrada. Zamir se detuvo frente a ella, la mano levantada, los nudillos a punto de tocar la madera. ¿Qué iba a decir? ¿Qué excusa podía inventar si Maximilian abría y lo encontraba allí, con las mejillas encendidas y los ojos demasiado brillantes? Pero Maximilian no estaba. Se había ido a llevar la ropa a Eliana. La mansión estaba vacía. Y la puerta, cuando Zamir apoyó la palma contra ella, cedió sin resistencia.
Entró.
La habitación de Maximilian olía a él. Cedro, jabón caro, algo más profundo que Zamir no sabía nombrar pero que reconocía como suyo. El aire era denso, íntimo, como si la ausencia del dueño hubiera dejado un vacío que succionaba todo lo demás. Zamir cerró la puerta detrás de sí con un movimiento suave, casi culpable, y se quedó un momento en medio de la penumbra, dejando que ese olor lo envolviera.
El vestidor estaba al fondo. Un espacio amplio, ordenado con la precisión militar de Maximilian. Zamir caminó hacia él con pasos que apenas rozaban la alfombra, y cuando abrió las puertas correderas, sintió que le faltaba el aire.
Trajes. Camisas. Abrigos. Todo colgado en perfecta simetría, los colores oscuros que siempre había usado, y ahora, en medio de ellos, el azul. La camisa que él había sugerido. El abrigo claro que había visto puesto hoy. Zamir levantó la mano y rozó la tela de la camisa con la yema de los dedos. Era suave. Suave como no había imaginado.
Sus dedos recorrieron la manga, el cuello, los botones. Tocó cada prenda como si pudiera aprender algo de ellas, como si la tela pudiera decirle quién era realmente el hombre que las vestía. Tomó una chaqueta negra, la acercó a su rostro, inhaló. Cedro. Siempre cedro. Y algo más, algo que reconoció como la piel misma de Maximilian, su calor, su presencia.
Dejó la chaqueta, caminó hacia la cama.
La cama era enorme, de dos plazas, con sábanas de un gris oscuro y almohadas alineadas con una precisión que delataba la mano del servicio. Pero sobre ella, doblado al pie, estaba el pijama que Maximilian había usado la noche anterior. Zamir lo reconoció. Lo había visto colgado en el baño cuando pasó por el pasillo, antes de que todo se rompiera.
Sin pensar, lo tomó.
La tela era suave, de algodón oscuro, y aún conservaba el calor residual del cuerpo que la había vestido. Zamir la llevó a su rostro y cerró los ojos. Inhaló. El olor era más intenso aquí, más puro. Cedro, piel, el jabón caro, y debajo de todo, algo que era solo Maximilian. Algo que ningún perfume podía imitar.
Sus piernas cedieron.
Se dejó caer sobre la cama, sobre las sábanas que aún olían a él, y abrazó el pijama contra su pecho como si fuera un amarre. La tela se arrugó bajo sus brazos, y él la apretó más, hundiendo el rostro en ella, respirando una y otra vez como si ese olor pudiera llenar el vacío que le había crecido en el pecho.
Zamir: (Murmuró contra la tela, con la voz rota, casi inaudible) “Maximilian.”
El nombre salió de sus labios como un secreto que llevaba demasiado tiempo guardado. Pronunciarlo en voz alta, en esa habitación vacía, sobre esa cama que no era suya, fue como romper un dique. Las palabras brotaron detrás, más bajas, más desesperadas.
Zamir: “Maximilian… ¿qué me has hecho? ¿Qué me has hecho?”
Cerró los ojos. La imagen de él desnudo, saliendo de la ducha, volvió con una nitidez cruel. Las gotas resbalando por su espalda. La curva de sus hombros. La toalla cayendo al suelo. La forma en que se había vestido después, con esa calma que Zamir había observado desde la penumbra, sin poder apartar la vista.
El pijama se humedeció contra sus mejillas. No sabía si eran lágrimas. No sabía si estaba llorando. Solo sabía que no podía soltarlo.
Se giró sobre la cama, acurrucándose sobre el costado donde Maximilian dormía, y llevó el pijama a su pecho, abrazándolo con ambos brazos como si fuera el hombre mismo. Su corazón latía con una fuerza que le dolía, cada latido repitiendo el nombre que nunca debió pronunciar.
Zamir: (En un susurro, contra la almohada que aún conservaba su olor) “Perdóname. Perdóname, por favor. No quiero sentir esto. No quiero.”
Pero lo sentía. Y mientras el sol subía en el cielo y la mansión seguía vacía, Zamir yacía en la cama de Maximilian, abrazando su pijama, respirando su olor, dejando que el peso de lo que no podía controlar lo hundiera en un abismo del que no sabía si podría salir.
El teléfono vibró en su bolsillo. No lo escuchó. El mundo exterior había desaparecido. Solo existía ese olor, esa tela, ese nombre que seguía repitiendo en silencio, como una oración que no debía pronunciarse.
Afuera, el día seguía su curso. El tráfico, los semáforos, la gente yendo a sus trabajos, a sus vidas. Pero dentro de la mansión, en una habitación que no le pertenecía, Zamir había dejado de ser quien creía ser. Y cuando finalmente se levantó, horas después, con el rostro marcado por las arrugas de la almohada y los ojos aún vidriosos, supo que ya no podía seguir mintiendo.
No a Eliana. No a Maximilian. Y sobre todo, no a sí mismo.
El ascensor del hospital se deslizó hasta el tercer piso con un zumbido apenas perceptible. Maximilian salió al pasillo de neonatología con la maleta en la mano, su abrigo azul claro destacando contra las paredes blancas y la luz fluorescente del corredor. Varias enfermeras lo miraron al pasar, algunas con curiosidad, otras con ese respeto instintivo que su sola presencia imponía. No era común ver a Maximilian en un hospital fuera de una emergencia, y menos aún con un aspecto tan… distinto.
Llamó a la puerta de la pequeña oficina que Eliana usaba cuando tenía turnos prolongados. No hubo respuesta, pero la puerta estaba entreabierta. La empujó suavemente.
Eliana estaba de espaldas a la entrada, inclinada sobre un escritorio lleno de historiales, con una bata blanca sobre sus scrubs púrpura. Su cabello oscuro estaba recogido en un moño desordenado, y en la pantalla de la computadora se veía el gráfico de los signos vitales de un bebé. Al escuchar el crujido de la puerta, se giró.
Eliana: (Con una sonrisa cansada pero genuina) “Papá. Gracias por traerla.”
Se levantó, estirando la espalda después de horas encorvada sobre los papeles, y caminó hacia él para tomar la maleta. Maximilian se la entregó sin comentarios, pero sus ojos recorrieron el rostro de su hija con esa atención silenciosa que él reservaba solo para ella. Las ojeras, la piel pálida, el cabello desordenado.
Maximilian: “¿Cómo está el bebé?”
Eliana: (Abríendo la maleta para revisar que estuviera todo) “Estable. Aún necesita oxígeno, pero la respiración mejoró durante la madrugada. Los padres están descansando en la sala de espera. Creo que por hoy se salva.”
Hubo un orgullo contenido en su voz, el de quien ha peleado una batalla y ha ganado. Maximilian asintió, y por un instante, algo que casi parecía una sonrisa titiló en el borde de sus labios.
Eliana: (Cerró la maleta y lo miró con ese tono que solo las hijas pueden usar con sus padres, ese que mezcla autoridad y preocupación) “¿Ya desayunaste?”
Maximilian arqueó una ceja. La pregunta era tan doméstica, tan lejos de las reuniones de juntas y los acuerdos millonarios, que por un segundo no supo cómo responder.
Maximilian: “No. Pero tomaré algo en la empresa.”
Eliana: Frunció el ceño, cruzando los brazos sobre la maleta. “Sabes que no puedes empezar el día sin comer. Sobre todo si vas a pasar horas en la oficina.”
Maximilian: (Con ese tono seco que usaba para cerrar conversaciones incómodas) “Sobreviviré.”
Pero Eliana no era fácil de desarmar. Lo miró con los mismos ojos grises que él tenía, pero en ella la expresión era más cálida, más humana.
Eliana: “Zamir preparó algo en la cocina antes de que saliera. Había unos panecillos recién horneados. Deberías haberte llevado uno.”
El nombre de Zamir, pronunciado por ella con esa naturalidad cotidiana, hizo que Maximilian desviara la mirada apenas un instante. Pensó en el cocinero en el vestíbulo, con el rostro encendido, las mejillas sonrojadas, la forma en que había entregado la maleta con las manos temblorosas. Pensó en la camisa azul que llevaba puesta. La que él había sugerido.
Maximilian: (Recuperando su compostura) “Ya comeré. No te preocupes por mí. Preocúpate por tu bebé.”
Dio media vuelta hacia la puerta, pero Eliana lo detuvo con la voz.
Eliana: “Papá.”
Él se giró.
Eliana: (Con una sonrisa que iluminó todo su rostro cansado) “Te queda bien ese abrigo. El azul. Deberías usarlo más seguido.”
Maximilian no respondió. Pero algo en su mandíbula se relajó, y cuando salió al pasillo, sus pasos sonaron diferentes. Más ligeros, quizás. O eso quiso creer Eliana.
Se quedó un momento mirando la puerta cerrada, la maleta en la mano, y por un instante, el cansancio del turno nocturno se disipó. Su padre estaba cambiando. Y aunque no supiera por qué ni cómo, le gustaba lo que veía.
Se metió en el pequeño baño contiguo a su oficina, cerró la puerta, y comenzó a despojarse de los scrubs que había usado toda la noche. La blusa blanca de manga larga, los hombros caídos, la tela suave contra su piel cansada. Luego, el top bustier azul claro, ajustándose los cordones en la parte inferior, sintiendo cómo la prenda le devolvía algo de estructura después de horas de urgencias y monitores. Los pantalones vaqueros anchos deslizándose sobre sus piernas, los lazos en los costados colgando con ese movimiento que tanto le gustaba. Los tacones de aguja azules, las gafas de sol blancas que se colocaría más tarde, el lazo de tela que recogió su cabello en un moño más elegante.
Cuando salió del baño, era otra mujer. No la médica agotada que había pasado la noche velando a un bebé, sino la Eliana que podía enfrentar una reunión con padres angustiados, que podía dar explicaciones claras, que podía sostener la mano de una madre mientras le decía que su hijo estaría bien.
Tomó su bolso baguette azul, se ajustó las gafas de sol en la cabeza, y antes de salir, miró su reflejo en el espejo. El azul claro de su atuendo hacía juego con el abrigo de su padre. Pensó en eso un momento, y sonrió.
“Manzana que no cae lejos del árbol”, murmuró para sí misma, y salió al pasillo con paso firme, dispuesta a terminar su turno y volver a casa.
En la sala de neonatología, el bebé respiraba mejor. En la mansión, Zamir aún estaba en la cama de Maximilian, abrazando su pijama, sin saber cómo salir del abismo en el que se había hundido. Y en algún lugar entre el hospital y su oficina, Maximilian conducía con una mano en el volante y la otra en el cuaderno que decía “I MISS YOU”, sin saber que en su habitación, en su cama, un hombre que no debía quererlo estaba aprendiendo a aceptar que lo hacía.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com