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JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 27

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Capítulo 27: El Agua y la Mirada

La sala de conferencias ocupaba toda la esquina norte del piso ejecutivo, una caja de cristal suspendida sobre la ciudad que ofrecía vistas panorámicas de los rascacielos y el río serpenteando entre ellos. Las paredes de vidrio templado permitían que la luz natural inundara el espacio, pero hoy las persianas estaban entreabiertas, filtrando la luz en rayos paralelos que caían sobre la enorme mesa de roble oscuro.

Maximilian entró con su abrigo azul claro aún puesto, el cuaderno “I MISS YOU” asomando del bolsillo exterior, un detalle que varios de los directivos notaron pero que ninguno se atrevió a comentar. Su presencia llenó la sala antes de que pronunciara una palabra. Los murmullos cesaron. Las pantallas de las laptops se cerraron. Once pares de ojos se clavaron en él con esa mezcla de respeto y tensión que su sola presencia generaba.

Se sentó en la cabecera, dejando la maleta de Eliana—vacía ahora, pero aún en su poder porque no había tenido tiempo de devolverla a la mansión—apoyada contra la pata de su silla. Un gesto menor, casi doméstico, que contrastaba con la solemnidad habitual de esas reuniones.

Maximilian: (Desabrochándose el primer botón del abrigo, sin quitárselo del todo) “Comencemos.”

—

Sofía Durán, directora financiera, una mujer de cuarenta y cinco años con gafas de carey y una reputación de no sonreír nunca en una reunión, deslizó un informe hacia el centro de la mesa. La pantalla tras ella se iluminó con gráficos de barras y líneas ascendentes.

Sofía: “Los resultados del tercer trimestre están por encima de las proyecciones. La gira de Lucía Méndez por América Latina cerró con un treinta por ciento más de recaudación que la anterior. Los contratos de patrocinio con las marcas de bebidas y telecomunicaciones se han renovado por dos años más.”

Maximilian asintió, sin apartar la vista de los números que desfilaban por la pantalla. Su dedo índice golpeaba suavemente el brazo de la silla, un ritmo lento, medido.

Maximilian: “¿Y la expansión al mercado asiático? La firma con la agencia coreana debía estar cerrada este mes.”

Sofía: (Ajustándose las gafas) “Las negociaciones están en la fase final. Ellos quieren un porcentaje mayor en las ganancias de los conciertos en Japón y Corea. Nosotros mantenemos la posición del setenta por ciento. La abogada que enviamos a Seúl cree que cerraremos en dos semanas.”

Maximilian: “Dos semanas es un lujo que no tenemos. Dígale que baje al sesenta y cinco si es necesario. El mercado asiático es prioritario. Necesitamos a nuestros artistas allí antes de que termine el año.”

Sofía anotó en su tablet, y Maximilian giró la cabeza hacia el otro extremo de la mesa, donde Marcos Herrera, director de A&R (Artistas y Repertorio), un hombre de barba cuidada y modales inquietos, esperaba su turno con las manos sudorosas.

Maximilian: “Marcos. Nuevos talentos. ¿Qué tenemos?”

Marcos carraspeó y tocó un botón en su laptop. La pantalla principal cambió a una serie de fotografías: rostros jóvenes, estudios de grabación, estadios llenos.

Marcos: “Tenemos tres proyectos en desarrollo. El primero es Valentina Rey, veintidós años, voz de soprano con formación clásica pero que está explorando fusión con música electrónica. El demo que nos envió es… prometedor. Los productores con los que la contactamos creen que puede tener el perfil para cruzar a mercados internacionales.”

La imagen de Valentina Rey apareció en pantalla: una chica de cabello oscuro, microfono en mano, los ojos cerrados mientras cantaba en un escenario pequeño. Maximilian la estudió sin expresión.

Marcos: “El segundo es un grupo urbano, Los del Barrio. Tres chicos, veinte a veintitrés años, hacen trap con influencias de reggae y hip hop. Tienen una base de seguidores enorme en redes sociales, más de dos millones en Instagram. Ya llenaron el Teatro Metropólitan dos veces.”

Maximilian movió la cabeza apenas, un gesto que podía ser aprobación o simple reconocimiento.

Marcos: “Y el tercero…” Hizo una pausa, como si no estuviera seguro de cómo presentarlo. “Es un cantante de ópera. Carlos Miranda. Tenor. Treinta años. Ha estado en compañías europeas, pero quiere volver a México para hacer un proyecto más… accesible. Algo que cruce la ópera con la música popular. Es arriesgado, pero su voz es excepcional.”

Maximilian: “¿Arriesgado cómo?”

Marcos: “La ópera no vende estadios. Pero si logramos posicionarlo bien, puede ser un proyecto de prestigio. Premios, críticas, festivales internacionales. Y de ahí, quizás, cruzar a otros mercados.”

Maximilian se reclinó en su silla, los dedos entrelazados sobre el abrigo azul. Por un momento, sus ojos se posaron en la maleta apoyada junto a su pierna. La que Zamir le había entregado con las manos temblorosas. La que Eliana había usado para cambiarse en el hospital. Pensó en su hija, en el cansancio de su rostro, en la forma en que le había dicho que el azul le quedaba bien.

Luego, volvió a la sala.

Maximilian: “Los del Barrio. ¿Ya firmaron?”

Marcos: “No. Están en conversaciones con otra disquera. Pero si les ofrecemos una mejor distribución y mayor libertad creativa, creo que podemos ganarlos.”

Maximilian: “Hábleles. Que se sientan escuchados. No les impongamos productores de inmediato, déjalos trabajar con quien ellos confían. Si funcionan, luego ajustamos. Si no funcionan, los ajustamos nosotros.” Hizo una pausa. “Valentina Rey me interesa. Quiero escuchar el demo completo antes de fin de semana. El tenor… pongamoslo en espera. No es el momento para proyectos de prestigio, necesitamos números.”

Marcos asintió, escribiendo frenéticamente.

Maximilian: (Levantándose, un movimiento que hizo que todos en la mesa se enderezaran instintivamente) “Eso es todo por hoy. Sofía, quiero el reporte de la negociación coreana mañana a primera hora. Marcos, los demos de Valentina Rey. El resto, sigan con sus áreas.”

Tomó la maleta del suelo, ese gesto tan cotidiano que por un momento nadie supo cómo procesarlo. Maximilian, el hombre que no llevaba nada que no fuera un traje a medida, caminando con una maleta de ropa como si fuera un empleado cualquiera.

Salió de la sala de conferencias sin mirar atrás, dejando tras de sí el murmullo contenido de los directivos que comenzaban a recoger sus cosas. En el pasillo, el sol de la tarde se filtraba por los ventanales, y él caminó hacia su oficina con la maleta en una mano y el cuaderno “I MISS YOU” rozando su costado.

No sabía que en su habitación, en su cama, un hombre que no debía estar allí aún abrazaba su pijama. No sabía que su hija, en el hospital, se había vestido de azul para parecerse un poco a él. No sabía que la vida, con la paciencia de los cambios lentos, estaba moviendo piezas que él nunca había querido mover.

Entró a su oficina roja, dejó la maleta junto a su escritorio, y por un momento, antes de sentarse, se detuvo frente al ventanal que daba al estacionamiento. Su reflejo en el vidrio le devolvió la imagen de un hombre con un abrigo que no era negro, con un cuaderno que decía palabras que nunca pronunciaba, con una camisa que alguien había elegido para él.

Alguien que no era su hija.

Maximilian: (En voz baja, para nadie más que para el vidrio) “Zamir.”

Pronunció el nombre en el vacío de su oficina, y el sonido se perdió entre el rojo de las paredes y el brillo del candelabro de cristal. No supo por qué lo había dicho. O quizás sí. Pero como todo lo que sentía, lo guardó en el lugar donde guardaba todo, en el fondo helado de su pecho, y se sentó frente a su computadora para seguir construyendo imperios mientras afuera, la ciudad seguía su curso indiferente.

El pasillo de los vestidores del hospital estaba más silencioso de lo habitual. El turno de la mañana había terminado, el de la tarde aún no alcanzaba su punto álgido, y en ese intermedio, Eliana caminaba con la maleta vacía en una mano y la toalla al hombro, buscando una ducha que funcionara. Llevaba puesta la ropa que Zamir le había preparado —la blusa blanca, el top bustier azul, los pantalones vaqueros con lazos— pero después de dieciséis horas de turno, el cuerpo le pedía agua caliente y un cambio de piel.

Entró al baño general del personal, un espacio amplio con azulejos blancos y ocho duchas individuales con cortinas de vinilo color turquesa. El vapor del agua caliente empañaba los espejos del fondo, y de una de las duchas salía el sonido familiar del agua golpeando los azulejos.

Clara estaba frente a los lockers, con su uniforme ya desabrochado, una toalla en la mano y expresión de frustración en el rostro.

Eliana: “¿Ocurre algo?”

Clara: (Se volvió, aliviada de verla) “Las duchas. Solo funciona la del fondo. Las otras no salen calientes, y la que sí, tiene la cortina rota y el agua sale con poca presión. Llevo diez minutos esperando a que se desocupe, pero la doctora Vargas entró hace media hora y no sale.”

Eliana dejó la maleta en un banco y se asomó al pasillo de duchas. Efectivamente, solo una cortina estaba corrida, con el sonido del agua corriendo detrás. Las demás, abiertas, mostraban los cabezales mudos y las paredes frías.

Eliana: (Suspiró, pasándose una mano por el cabello ya desordenado) “No puedo esperar media hora más. Tengo que volver a casa, y el tráfico estará horrible si salgo tarde.”

Clara la miró, y algo en su expresión cambió. Una chispa. Un atrevimiento que no era habitual en ella.

Clara: “Podemos compartir la que funciona.”

Eliana parpadeó. La propuesta era práctica, lógica incluso. En el hospital, compartir recursos era moneda corriente cuando las circunstancias lo exigían. Pero algo en el tono de Clara, en la forma en que había dicho esas palabras, hizo que Eliana dudara un segundo.

Eliana: (Finalmente, encogiéndose de hombros) “Claro. No tiene sentido que esperemos las dos. Tú entraste primero, deberías pasar tú primero.”

Clara: (Negando con la cabeza, una sonrisa pequeña en los labios) “No. Vamos juntas. Así las dos salimos más rápido.”

—

La ducha era pequeña, apenas el espacio suficiente para dos personas si se colocaban de costado. El agua caliente golpeaba los azulejos con fuerza, levantando una nube de vapor que envolvía todo. Clara entró primero, quitándose la camiseta que usaba debajo del uniforme con un movimiento rápido, dejando al descubierto su espalda delgada, los omóplatos marcados, la columna que se perdía en la curva de la cintura. Eliana la siguió, desabrochándose el top bustier con dedos cansados, dejando caer las prendas en el banco exterior antes de cruzar la cortina de vinilo turquesa.

El agua caliente cayó sobre sus hombros, y Eliana cerró los ojos, dejando que el vapor le aflojara los músculos contracturados. Dieciséis horas de pie, de correr a la sala de neonatología, de explicarle a los padres que su bebé estaba mejorando, de firmar papeles, de sostener una mano pequeña que no pesaba más que un suspiro.

Abrir los ojos fue un error.

Clara estaba frente a ella, apenas a un brazo de distancia, el agua corriendo sobre sus hombros, su pecho, su vientre. Y sus ojos, esos ojos negros que Eliana conocía desde la residencia, que habían compartido guardias y cafés a las tres de la mañana y secretos de hospital, ahora recorrían su cuerpo con una lentitud que Eliana nunca había visto en ellos.

De arriba a abajo.

Desde los hombros, donde el agua formaba charcos en las clavículas, hasta el pecho, los brazos, la cintura, las caderas, los muslos. Clara la miraba como si estuviera viendo algo que llevaba tiempo queriendo ver, como si el vapor no fuera suficiente para ocultar la intensidad de su mirada.

Eliana sintió un escalofrío que no era por el agua. Algo en el ambiente había cambiado, algo que no sabía nombrar pero que le erizó la piel. Cruzó los brazos sobre el pecho, un gesto instintivo, de protección.

Eliana: (Con una voz que intentó ser normal) “Clara…”

Clara: Parpadeó, y por un instante, algo se recompuso en su rostro. La mirada se suavizó, la intensidad se disolvió en una sonrisa pequeña, casi de disculpa. “Perdón. No quería… Es que no te había visto así. Sin el uniforme. Sin la coraza de doctora.”

El agua seguía cayendo entre ellas, formando un río que se perdía en el desagüe. Eliana no supo qué decir. Clara tomó el jabón líquido de la repisa y extendió la mano hacia ella.

Clara: “Déjame. Estás agotada. Te ves como si fueras a caerte de pie.”

Eliana dudó un segundo, pero el cansancio pudo más. Cerró los ojos, dejó caer los brazos, y sintió las manos de Clara en sus hombros, el jabón resbalando por su piel, los dedos recorriendo sus músculos tensos con una suavidad que no esperaba.

Las manos de Clara subieron por su cuello, bajaron por sus brazos, rodearon sus muñecas con una delicadeza que hacía juego con la firmeza con que suturaba heridas en urgencias. Eliana dejó que el agua y el jabón y esas manos la desarmaran, sintiendo cómo la tensión de dieciséis horas se disolvía bajo la presión de esos dedos.

Clara: (En voz baja, tan baja que casi se perdió bajo el ruido del agua) “Tienes una piel muy suave.”

Eliana abrió los ojos. Clara estaba más cerca de lo que recordaba, su rostro iluminado por el vapor, sus labios entreabiertos, sus ojos negros fijos en los suyos con una intensidad que ya no intentaba ocultar.

El corazón de Eliana dio un vuelco. No era miedo lo que sintió. Era algo más antiguo, algo que había estado durmiendo en algún rincón de ella desde antes de Zamir, desde antes del hospital, desde antes de ser quien era. Algo que Clara, con su mirada y sus manos, había despertado sin pedir permiso.

Eliana: (Su voz sonó más ronca de lo que quería) “Clara… esto…”

Clara: Retiró las manos con suavidad, como si despertara de un sueño. Tomó la esponja de la repisa y se la tendió, una sonrisa torcida en los labios. “Toma. Termina tú. Yo ya casi estoy.”

Eliana tomó la esponja, y Clara se giró, dándole la espalda. El agua cayó sobre su espalda desnuda, sobre la columna que Eliana había visto cien veces en los vestidores, pero que ahora miraba de otra manera. Como si por primera vez viera a Clara no como su colega, no como su amiga, sino como una mujer. Una mujer que la acababa de mirar con unos ojos que decían más que todas las palabras que habían compartido en años de amistad.

Ninguna de las dos habló mientras terminaban de bañarse. El agua caliente empezaba a enfriarse, y el vapor se disipaba lentamente, dejando al descubierto la realidad de lo que acababa de pasar. Clara salió primera, enrollándose en su toalla con un movimiento rápido. Eliana la siguió, sintiendo el peso del silencio entre ellas.

En el banco de los lockers, mientras se secaban, Clara habló sin mirarla.

Clara: “Lo siento. No debí… No quería hacerte sentir incómoda.”

Eliana, con la toalla envuelta alrededor del cuerpo, se detuvo. Miró a Clara, que se había puesto la camiseta y ahora forcejeaba con el dobladillo, sin encontrar la forma de que quedara derecho.

Eliana: (Suave, muy suave) “Clara.”

Clara levantó la vista. Sus ojos estaban húmedos, aunque no sabría decir si por el vapor o por otra cosa.

Eliana: “No tienes que disculparte. Yo… no fue incómodo. Fue… inesperado. Pero no incómodo.”

Clara abrió la boca, pero Eliana la interrumpió con un gesto. No estaba lista para esa conversación. No en el baño del hospital, con el turno de tarde empezando afuera, con Zamir esperándola en casa, con el peso de todo lo que no entendía sobre sí misma presionándole el pecho.

Eliana: “Terminemos de vestirnos. Mañana… hablamos. ¿Sí?”

Clara asintió, y en sus ojos negros brilló algo que podía ser esperanza o resignación. Eliana no supo distinguir.

Se vistieron en silencio, cada una en su locker, cada una con sus pensamientos. Eliana se colocó la ropa que Zamir había elegido para ella —la blusa blanca, el top azul, los pantalones con lazos— y sintió un nudo en el estómago. Zamir. El hombre que la esperaba en casa, que le preparaba la ropa, que la amaba con una devoción que ella nunca había cuestionado.

Pero ahora, mientras se ajustaba el lazo en el cabello, no pudo evitar mirar a Clara de reojo. Su amiga se había puesto su uniforme azul marino, y ahora alisaba las arrugas de la camisa con un gesto que le resultaba familiar, cotidiano. Nada había cambiado. Y sin embargo, todo había cambiado.

Clara: (Con la mochila ya al hombro, en la puerta del vestidor) “¿Te veo mañana?”

Eliana: “Sí. Turno de tarde. Nos vemos.”

Clara sonrió, una sonrisa pequeña, y salió. El sonido de sus pasos se perdió en el pasillo, y Eliana se quedó sola frente a su locker, con el espejo devolviéndole su reflejo: el rostro cansado, las mejillas aún sonrojadas por el vapor, los ojos brillando con algo que no reconocía.

Se llevó la mano al pecho, donde el top bustier azul le apretaba suavemente el corazón. Y sintió que latía más rápido de lo que debería. Más rápido que cuando vio a Zamir la primera vez. Más rápido que cuando su padre le dijo que el azul le quedaba bien. Más rápido que cualquier cosa que recordara.

Eliana: (En un susurro, al espejo) “¿Qué te pasa, Eliana? ¿Qué te está pasando?”

El espejo no respondió. Solo devolvió su imagen: una mujer que creía saber quién era, y que acababa de descubrir que no estaba tan segura.

La cocina del restaurante era un territorio que Zamir conocía como la palma de su mano. Cada sartén tenía su lugar, cada cuchillo su peso exacto, cada fuego su temperatura precisa. Era el único lugar del mundo donde solía sentirse en control, donde el caos se ordenaba bajo sus dedos y el ruido de las órdenes se transformaba en platos que hacían cerrar los ojos a los comensales.

Pero ese día, el control no existía.

Llegó tarde, mucho más tarde de lo que nunca llegaba. Los ayudantes de cocina ya habían empezado la mise en place cuando él entró por la puerta trasera, todavía con el suéter crema que había usado por la mañana, las mangas aún arremangadas, el collar plateado frío contra su pecho. Nadie dijo nada, pero los cuchicheos se escucharon. Zamir no solía faltar. Zamir no solía llegar con el pelo desordenado y los ojos vidriosos. Zamir no solía ser quien era hoy.

Se ató el delantal con un nudo más apretado de lo necesario, se lavó las manos con agua más caliente de la que soportaba, y se paró frente a su estación. El primer pedido llegó: un risotto de hongos, una entrada, dos platos fuertes. Movimientos automáticos. Mantequilla en la sartén, cebolla picada fina, arroz arborio tostándose hasta volverse traslúcido. Vino blanco. Caldo. Revolver. Siempre revolver.

Pero su mente no estaba en el risotto.

Estaba en una habitación que no era la suya, en una cama que no era la suya, abrazando un pijama que olía a cedro y a piel. En la curva de una espalda desnuda, gotas de agua resbalando por una columna que nunca debió ver. En unos ojos grises que lo habían mirado desde lo alto de una escalera, preguntándose por qué estaba sonrojado.

El risotto se estaba pegando.

Zamir: (En voz baja, para sí mismo) “Mierda.”

Añadió más caldo, revolvió con más fuerza, corrigió el punto. Lo sirvió en el plato hondo, lo decoró con hongos salteados y un poco de perejil, y lo empujó hacia el pasaplatos sin mirarlo siquiera. No era su mejor trabajo. Era apenas comestible.

El segundo pedido llegó. Y el tercero. Y el cuarto. El ritmo de la cena se impuso, como siempre se imponía, pero Zamir cocinaba como un autómata. Sus manos recordaban lo que su mente había olvidado: los puntos de cocción, los tiempos de reposo, las temperaturas exactas. Pero no había pasión en lo que salía de su estación. No había el cuidado que ponía en cada plato, esa obsesión por el detalle que hacía que sus clientes volvieran una y otra vez.

Había algo más. Algo que ocupaba cada rincón de su cabeza, cada latido de su corazón.

Maximilian.

El nombre le resonaba en la nuca mientras fileteaba un salmón. En los nudillos mientras amasaba la masa de los ñoquis. En la punta de la lengua mientras probaba una salsa y la encontraba insípida porque todo le sabía a nada desde esa mañana.

Recordó la forma en que Maximilian había tomado la maleta de sus manos, con esa elegancia que tenía para todo, como si incluso los gestos más pequeños fueran ejecutados con la precisión de un director de orquesta. Recordó cómo sus dedos habían rozado los suyos al pasar, y cómo ese roce le había ardido hasta el hombro, hasta el pecho, hasta algún lugar más profundo que no sabía nombrar.

Recordó la camisa azul. La que él había sugerido. La que Maximilian había usado como si nada, como si no supiera que cada vez que Zamir la veía sentía que el suelo se movía bajo sus pies.

“Jefe, la orden doce lleva veinte minutos esperando.”

Zamir parpadeó. Uno de los ayudantes lo miraba con preocupación, señalando el plato que llevaba demasiado tiempo en el pasaplatos. Zamir miró el reloj, luego el plato, luego el rostro del chico que llevaba tres meses aprendiendo de él y que ahora lo miraba como si no lo reconociera.

Zamir: (Enderezando la espalda, forzando una voz que no sentía) “Sírvela. Ahora mismo.”

El ayudante obedeció, pero antes de irse, se detuvo un segundo.

Ayudante: “Jefe, ¿está bien? Hoy lo veo… raro.”

Zamir quiso decir que sí, que estaba bien, que solo era cansancio, que la noche anterior no había dormido bien. Pero las palabras se atascaron en su garganta. No estaba bien. No había estado bien desde que vio a Maximilian salir de la ducha. No había estado bien desde que Nelson le dijo que esa camisa azul la había elegido él. No había estado bien desde que entendió, en la cama de Maximilian, abrazando su pijama, que llevaba meses queriendo algo que no debía querer.

Zamir: (Con una sonrisa que no llegó a sus ojos) “Solo es cansancio. Vuelve al trabajo.”

El ayudante se fue, y Zamir se quedó solo frente a su estación, con los fogones encendidos y las ollas humeando a su alrededor. Tomó un cuchillo, lo apoyó sobre la tabla, y cerró los ojos.

La imagen volvió, como volvía cada vez que bajaba la guardia. Maximilian de espaldas, la bata cayendo al suelo, el agua resbalando por su piel. Pero ahora la imagen se mezclaba con otra: la misma espalda, pero con las manos de Zamir recorriéndola, los dedos hundiéndose en esa piel pálida, los labios siguiendo el camino de las gotas de agua.

Abrió los ojos con violencia, apoyó las manos en la encimera, y respiró hondo. Su corazón latía con una fuerza que le dolía, y el sonido de la cocina —el chisporroteo de las sartenes, el golpeteo de los cuchillos, las voces de los ayudantes— se le antojó de repente insoportable.

Zamir: (A un ayudante que pasaba cerca) “Toma la estación. Necesito cinco minutos.”

Salió por la puerta trasera, al callejón donde se vaciaban las cajas y se fumaban los cigarrillos que nadie debía fumar en horario laboral. El aire frío de la noche le golpeó el rostro, y se apoyó contra la pared de ladrillos, la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados.

Zamir: (En un susurro, al cielo oscuro) “¿Qué hago? ¿Qué hago con esto?”

No había respuesta. Solo el ruido lejano de la ciudad, el zumbido de los extractores, y el latido de su corazón repitiendo ese nombre que no debía pronunciar. Maximilian. Maximilian. Maximilian.

Se quedó allí un largo rato, hasta que el frío le caló los huesos y los dedos le empezaron a temblar. Entonces volvió a entrar, se lavó las manos, se ató el delantal otra vez, y regresó a su estación.

Cocinó el resto del servicio en silencio. No probó lo que salía de sus manos. No corrigió los puntos de sal. No hizo las preguntas que siempre hacía sobre los platos que salían de su cocina. Y cuando el último comensal se fue y los ayudantes comenzaron a limpiar, Zamir se quitó el delantal, lo colgó en su gancho, y se sentó en una silla de metal junto a la estación, con la cabeza entre las manos.

No quería volver a la mansión. No quería ver a Maximilian. No quería ver a Eliana. No quería ver a nadie que pudiera leer en sus ojos lo que estaba pasando.

Pero no tenía otro lugar a donde ir.

Zamir: (Para sí mismo, mientras apagaba las luces de la cocina) “Mañana será otro día. Mañana estaré mejor.”

Pero mientras caminaba hacia su coche, mientras el motor arrancaba y las luces de la ciudad pasaban como destellos tras el parabrisas, supo que no iba a estar mejor. Porque la imagen de Maximilian desnudo seguía grabada en su retina, y el olor de su pijama aún le quemaba las fosas nasales, y el nombre seguía latiendo en su pecho con cada kilómetro que lo acercaba a la mansión.

Y cuando llegó, cuando subió las escaleras con paso pesado y abrió la puerta de la habitación que compartía con Eliana, cuando se acostó en su lado de la cama y cerró los ojos, el único pensamiento que cruzó su mente antes de dormirse fue el mismo que lo había perseguido todo el día.

¿Cómo se deja de querer a alguien que ni siquiera sabías que querías?

No había respuesta. Solo la noche, y el eco de un nombre que nunca debió pronunciar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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