JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 28
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Capítulo 28: El Tacto en la Oscuridad
El bar se llamaba “El Último Faro”, un nombre que prometía soledad y la cumplía. Estaba en una calle secundaria del barrio antiguo, lejos del bullicio de los antros de moda y las terrazas iluminadas con luces de neón. Adentro, las mesas de madera oscura estaban ocupadas por hombres de traje que aún llevaban puesta la corbata aflojada, mujeres de mirada cansada que bebían vino tinto mientras revisaban el teléfono, y algún que otro solitario que no buscaba compañía.
Maximilian entró sin que la campanilla de la puerta anunciara su llegada. Se quitó el abrigo azul claro —ese que todos habían notado, que todos habían comentado en silencio— y lo colgó en el perchero junto a la barra. La cantinera, una mujer de unos cuarenta años con el cabello recogido en un moño desordenado y una serpiente tatuada en el antebrazo, lo miró con la familiaridad de quien lo veía por primera vez y ya sabía lo que iba a pedir.
Cantinera: “¿Lo de siempre, señor?”
Maximilian: “Sí. Gracias.”
El whisky apareció frente a él en una copa de cristal grueso, con un solo cubo de hielo que tintineó al girar. Lo tomó, lo acercó a sus labios, y bebió un sorbo lento, sintiendo cómo el alcohol le quemaba la garganta y le aflojaba algo en el pecho. Algo que llevaba apretado desde la mañana.
Fue entonces cuando lo vio.
En el rincón más oscuro del bar, junto a la ventana que daba a un patio interior lleno de macetas descuidadas, estaba Nelson. Llevaba una chaqueta de cuero negra sobre una camisa blanca desabrochada, dejando ver un collar de plata que le caía sobre el pecho. Su cabello, siempre perfecto, hoy estaba ligeramente desordenado, como si se hubiera pasado los dedos varias veces. Tenía una copa de vino tinto en la mano y una expresión que Maximilian conocía bien: la de quien está esperando algo. O alguien.
Maximilian dejó su whisky en la barra y caminó hacia él. Sus pasos eran lentos, seguros, pero había algo en su mandíbula que delataba una tensión que no lograba disimular.
Maximilian: (Deteniéndose frente a la mesa, sin sentarse) “No sabía que venías a estos lugares.”
Nelson: Alzó la vista, y una sonrisa lenta, traviesa, se extendió por sus labios. “¿Crees que por ser homosexual debería estar en bares gay?” Su risa fue baja, cálida, como el vino que giraba en su copa. “Me encanta cómo piensas, Max. Pero no. También me gustan estos lugares. Los bares donde nadie te mira dos veces, donde el whisky es bueno y el silencio es una opción, no una obligación.”
Maximilian no respondió. Solo lo miró, y Nelson sostuvo esa mirada con la facilidad de quien lleva años aprendiendo a leer detrás de las máscaras.
Nelson: (Señalando la silla frente a él) “Siéntate. No voy a morderte. A menos que quieras.”
Maximilian no sonrió, pero se sentó. Colocó su copa de whisky sobre la mesa, entre los dos, y por un momento no dijo nada. Nelson lo observó, los dedos tamborileando suavemente sobre el mantel.
Nelson: “Dime qué haces en estos lugares. Porque tú, Maximilian, después del trabajo vas a tu casa. No a bares. No a nada. Vas a tu casa, te encierras en esa oficina roja que tienes en casa, y te quedas ahí hasta el día siguiente. ¿Qué cambió?”
Maximilian bebió otro sorbo de whisky antes de responder. El hielo había empezado a derretirse, diluyendo el alcohol, y el sabor era más suave, más fácil de tragar.
Maximilian: (Con voz grave, como si cada palabra le costara) “Solo quise relajarme un poco. ¿Es pecado?”
Nelson inclinó la cabeza, y en sus ojos avellana brilló algo que Maximilian conocía bien. No era burla, no era provocación. Era curiosidad. Y quizás, en el fondo, un atisbo de preocupación.
Nelson: “No es pecado. Pero no es propio de ti. Y cuando alguien como tú hace algo que no es propio… significa que algo está pasando. Algo que no puedes controlar. Algo que te está moviendo por dentro.”
Maximilian apretó la mandíbula. Sus dedos rodearon la copa con más fuerza de la necesaria.
Nelson: (Inclinándose hacia adelante, la voz baja, casi un susurro) “Sabes que tengo una manera para relajarte. Pero no quieres.”
El silencio se extendió entre ellos, denso, cargado. Maximilian no apartó la mirada de la suya, pero algo en sus ojos cambió. No era deseo. No era rechazo. Era una lucha interna, un tira y afloja entre lo que quería y lo que se permitía querer.
Maximilian: (Finalmente, con voz apenas audible) “No es eso.”
Nelson: “¿Qué es entonces?”
Maximilian bebió el resto de su whisky de un solo trago. El hielo golpeó contra sus dientes, y el frío le recorrió la garganta, pero no logró apagar el fuego que le ardía en el pecho.
Maximilian: “No puedo explicarlo. No ahora.”
Nelson lo miró un largo rato. Luego, con un gesto que parecía derrota o paciencia, se recostó en su silla y levantó su copa de vino.
Nelson: “Está bien. No ahora. Pero algún día, Max. Algún día vas a tener que ponerle nombre a lo que te pasa. Y cuando lo hagas, espero que yo esté allí para escucharlo.”
Maximilian no respondió. Llamó a la cantinera, pidió otro whisky, y se quedó mirando el hielo flotando en el líquido ámbar. Nelson, a su lado, bebió su vino en silencio, respetando el muro que Maximilian había levantado entre ellos.
Pero en el fondo de su pecho, Nelson sonreía. Porque sabía algo que Maximilian aún no había aceptado: que los muros más altos siempre se caen por dentro. Y que, cuando eso pasara, él estaría allí. No para atraparlo, sino para sostenerlo.
Afuera, la noche seguía su curso. Las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas caídas, y en el bar vacío, dos hombres compartían una mesa y un silencio que decía más que todas las palabras que no se atrevían a pronunciar.
La mansión estaba sumida en un silencio absoluto cuando Zamir finalmente cruzó la puerta principal. El reloj de la entrada marcaba las dos de la madrugada, y el péndulo oscilaba con un tictac que parecía amplificado por la ausencia de cualquier otro sonido. Dejó las llaves en la bandeja de cristal, se quitó los zapatos en la entrada, y subió las escaleras con pasos que apenas rozaban la alfombra.
No quería despertar a nadie. No quería ver a nadie. Solo quería dormir.
La habitación que compartía con Eliana estaba a oscuras, pero la luz de la luna se filtraba por la ventana, dibujando una franja plateada sobre la cama. Eliana dormía profundamente, su cabello oscuro esparcido sobre la almohada, el hombro desnudo asomando por encima de la sábana. Había vuelto del hospital agotada, y su cuerpo se había rendido al sueño antes de que Zamir regresara.
Zamir la miró un momento, y sintió un dolor sordo en el pecho. La culpa. Siempre la culpa. Se inclinó, rozó sus labios contra su frente, y luego se alejó hacia el baño.
El agua caliente golpeó su espalda durante casi media hora, pero no logró relajar los músculos que llevaban todo el día tensos. Se lavó el cabello, se enjabonó el cuerpo, restregó su piel como si pudiera deshacerse también de los pensamientos que lo perseguían. Pero cuando salió de la ducha y se secó frente al espejo empañado, la imagen de Maximilian desnudo seguía allí, grabada en su retina, en sus dedos, en la punta de su lengua.
Se puso el pijama —uno sencillo, de algodón gris— y se metió en la cama. Eliana murmuró algo en sueños y se giró hacia él, buscando su calor. Zamir la rodeó con un brazo, la acercó a su pecho, y cerró los ojos.
Pero el sueño no llegó.
Pasó una hora. Luego dos. El cuerpo de Eliana se había vuelto pesado contra el suyo, su respiración profunda y rítmica. Zamir miraba el techo, contando las grietas invisibles, repitiéndose a sí mismo que debía dormir, que mañana tenía que madrugar, que el restaurante no iba a manejarse solo.
Pero su mente no obedecía.
Dio vueltas en la cama, se incorporó, se volvió a tumbar. Miró el reloj de la mesita: las tres y media. Suspiró, se pasó las manos por el rostro, y se levantó.
No supo por qué sus pies lo llevaron al pasillo. No supo por qué giró hacia la izquierda en lugar de hacia la derecha. No supo por qué se detuvo frente a la puerta de Maximilian, ni por qué la empujó sin tocar, ni por qué entró sin hacer ruido.
La habitación de Maximilian estaba igual que por la mañana, pero ahora la penumbra era más densa, más íntima. Las cortinas estaban entreabiertas, dejando pasar la luz azulada de la luna, que dibujaba sombras alargadas sobre la alfombra. El aroma a cedro era más intenso en la oscuridad, más envolvente.
Y en la cama, Maximilian dormía.
Zamir se quedó paralizado en el umbral, mirándolo. La respiración de Maximilian era lenta, profunda, apenas audible. Estaba boca arriba, con un brazo doblado bajo la nuca y el otro extendido sobre la colcha. Llevaba un pijama de seda oscura, el mismo que Zamir había abrazado por la mañana, el que aún conservaba su olor.
Sus pies lo llevaron hacia la cama sin que pudiera detenerlos. Caminó sobre la alfombra sin hacer ruido, rodeó el enorme lecho, y se detuvo junto a la cabecera, justo donde la luz de la luna acariciaba el rostro de Maximilian.
Dormido, Maximilian se veía diferente. La severidad que endurecía sus facciones durante el día se había disuelto, dejando al descubierto algo más suave, algo más vulnerable. Las arrugas alrededor de sus ojos parecían menos profundas. La línea de su mandíbula, menos afilada. Sus labios, entreabiertos, dejaban escapar el aire con una calma que Zamir nunca había visto en él.
Zamir se lamió los labios sin darse cuenta. El gesto fue automático, como lo había sido por la mañana, cuando vio su cuerpo desnudo. La boca se le había secado, y el roce de su lengua contra sus propios labios fue apenas un reflejo.
Estiró la mano.
Sus dedos temblaban cuando rozaron la mejilla de Maximilian. La piel era suave, más suave de lo que había imaginado. Más cálida. Las yemas de sus dedos recorrieron el pómulo, la mandíbula, la comisura de los labios. Cada centímetro era una caricia que Zamir no había pedido pero que no podía negarse.
Maximilian no se movió. Su respiración siguió siendo lenta, profunda, ajena a la mano que lo exploraba en la oscuridad.
Zamir inclinó la cabeza, acercó su rostro al cabello de Maximilian, y aspiró. El olor a cedro era más intenso aquí, mezclado con algo más personal, algo que era solo él. Cerró los ojos, y por un momento, el mundo desapareció. Solo existía ese olor, esa piel, ese hombre que dormía sin saber que estaba siendo mirado.
Se quedó así un largo rato, sin atreverse a hacer nada más. Su mano seguía posada sobre la mejilla de Maximilian, sus dedos inmóviles, como si el más mínimo movimiento pudiera romper el hechizo. El corazón le latía con una fuerza que le dolía, y cada latido parecía decir el mismo nombre.
Maximilian. Maximilian. Maximilian.
Finalmente, con un esfuerzo sobrehumano, retiró la mano. Dio un paso atrás. Luego otro. Sus pies, que lo habían traído hasta allí sin permiso, ahora lo alejaban con la misma determinación silenciosa.
En la puerta, se detuvo un instante. Miró hacia atrás. Maximilian seguía durmiendo, ajeno a todo, con la luz de la luna acariciándole el rostro y la mano de Zamir aún ardiendo en su mejilla.
Zamir salió, cerró la puerta sin hacer ruido, y caminó de regreso a su habitación. Eliana seguía dormida, igual que la había dejado, con el brazo extendido hacia el lugar vacío de la cama. Zamir se deslizó entre las sábanas, la rodeó con sus brazos, y enterró el rostro en su cabello.
Pero el olor que buscaba no era el de ella.
Cerró los ojos, y esta vez, el sueño llegó. Un sueño inquieto, lleno de sombras y susurros, donde una mano recorría una mejilla y unos labios pronunciaban un nombre que nunca debió ser pronunciado.
Cuando despertó, al otro lado de la cama, Eliana ya no estaba. Había vuelto al hospital para su turno de la mañana, dejando una nota en la mesita: “No te desperté. Dormías tan tranquilo. Te quiero. —E.”
Zamir tomó la nota, la leyó dos veces, y la dejó caer sobre la almohada. Cerró los ojos, y la imagen de Maximilian dormido, bañado por la luz de la luna, volvió a él con una nitidez cruel.
Se levantó, fue al baño, y se miró en el espejo. Sus ojos estaban enrojecidos, sus mejillas pálidas, sus labios secos. Parecía un hombre que había pasado la noche en vela, aunque había dormido. Parecía un hombre que llevaba días sin descansar, aunque solo habían pasado unas horas.
Zamir: (Al espejo, en un susurro) “¿Qué estás haciendo? ¿Qué te está pasando?”
El espejo no respondió. Solo devolvió su reflejo: un hombre que había cruzado una línea en la oscuridad, que había tocado lo que no debía tocar, que había olido lo que no debía oler. Un hombre que, aunque quisiera, ya no podía volver atrás.
El departamento era pequeño, de esos que se alquilan en los bordes de la ciudad donde el espacio se mide con cuidado y cada mueble tiene más de una función. Pero la luz de la mañana entraba por la ventana de la cocina, y sobre la mesa pequeña, cubierta con un mantel de cuadros blancos y azules, había dos platos humeantes, dos vasos de jugo de naranja, y una taza de café que despedía el aroma a pan tostado y mermelada de fresa.
Clara estaba de espaldas a la puerta, moviéndose entre la cocina y la mesa con la eficiencia de quien ha aprendido a hacer más con menos. Su top rosa pastel le caía sobre los hombros con ese escote bardot que dejaba al descubierto la curva de sus clavículas, las mangas de gasa transparente flotando alrededor de sus brazos mientras sostenía una jarra de jugo. Los jeans anchos de talle alto le daban una silueta que contrastaba con la delicadeza de la parte superior, y las sandalias blancas de tiras completaban un conjunto que parecía pensado para un brunch de fin de semana, no para una mañana de corrido entre el desayuno y el colegio.
Pero Clara nunca se vestía para los demás. Se vestía para ella. Era una de las pocas cosas que había aprendido a no negociar.
El sonido de pasos pequeños en la escalera la hizo sonreír. No se volvió, pero su espalda se relajó, y la tensión que siempre cargaba en los hombros se disolvió un poco.
Miriam apareció en el marco de la puerta de la cocina, frotándose los ojos con el puño de la sudadera. Tenía el cabello oscuro recogido en dos coletas desiguales, una más alta que la otra, y su sudadera gris claro con estampados de lazos blancos le quedaba un poco grande, como si estuviera esperando crecer para llenarla. La falda negra plisada le llegaba a medio muslo, y sus piernas delgadas terminaban en unos calcetines blancos con volantes y unos zapatos negros de colegio ya gastados en las puntas.
Se acercó a la mesa con pasos aún somnolientos, se trepó a la silla con un esfuerzo que hizo rechinar la madera, y apoyó los codos sobre el mantel.
Miriam: (Con la voz pequeña, ronca de sueño) “Mamá, el desayuno huele delicioso.”
Clara se volvió entonces, dejando la jarra sobre la mesa. Su rostro, que en el hospital era una máscara de concentración y eficiencia, ahora se había transformado. Las arrugas de preocupación que solían marcarla se suavizaron, y en sus ojos negros brilló una luz que solo Miriam sabía encender.
Clara: (Pasándose una mano por el cabello, recogiéndolo en un movimiento rápido) “Hija, vamos. Toma rápido para dejarte al colegio. Vas a llegar tarde.”
Miriam tomó un trozo de pan tostado con la punta de los dedos, le dio un mordisco pequeño, y mientras masticaba, miró a su madre con una seriedad que parecía demasiado grande para su edad.
Miriam: “No te preocupes, mamá. Yo tomo desayuno rápido.” Hizo una pausa, bajó la mirada al plato, y luego la levantó de nuevo. “Mamá, ¿después del trabajo me vas a recoger?”
Clara ya estaba de espaldas, buscando algo en el cajón de los cubiertos. Las palabras de Miriam la hicieron detenerse un segundo. Se volvió, y en su rostro había algo que intentaba ser una sonrisa pero que apenas lograba ocultar el cansancio de los turnos dobles, las guardias nocturnas, las horas robadas al sueño para estar aquí, en esta cocina pequeña, preparando desayunos.
Clara: (Con una voz más suave de lo que usaba en el hospital) “Sí, hija. Si no te preocupes. Voy a recogerte.”
Miriam asintió, satisfecha, y hundió la cuchara en el tazón de cereales con leche. Su madre nunca fallaba. Aunque llegara tarde, aunque el tráfico estuviera imposible, aunque hubiera tenido que firmar un alta médica o contener a un padre angustiado en urgencias. Siempre llegaba.
Clara: (Recogiendo su café, dando un sorbo rápido, con los ojos ya en el reloj de la pared) “Y haz caso a la profesora. ¿Me oíste? Nada de pelear con los compañeros, nada de distraerte, nada de…”
Miriam: (Interrumpiendo, con una sonrisa que le llenó la cara de hoyuelos) “Mamá, si siempre hago caso.”
Clara soltó una risa corta, una de esas risas que se escapan sin permiso. “Claro. Como ayer, cuando la profesora me llamó porque te encontró dibujando mariposas en el cuaderno de matemáticas.”
Miriam bajó la mirada, culpable pero sonriente. “Es que la señorita Martínez explica muy lento. Y las mariposas quedaron bonitas.”
Clara negó con la cabeza, pero no pudo evitar que una sonrisa genuina, de esas que no necesita esconder, se instalara en sus labios. Se acercó a Miriam, le alisó las coletas desparejas con una mano, y dejó un beso en la parte superior de su cabeza.
Clara: “Vamos, artista. Termina el desayuno. Que se nos hace tarde.”
Miriam se terminó los cereales de un par de cucharadas, bebió el jugo de un solo trago, y bajó de la silla con la energía que solo una niña de ocho años puede tener a las siete de la mañana.
Miriam: (Tomando su mochila rosa del respaldo de la silla) “Mamá, ¿hoy trabajas hasta muy tarde?”
Clara tomó su bolso bandolera de la percha, el pequeño de piel acolchada que había comprado en una liquidación hace dos años y que aún cuidaba como si fuera nuevo. Se ajustó la correa al hombro, comprobó que llevaba las llaves, el teléfono, la cartera.
Clara: (Con una verdad a medias) “No. Temprano. Estaré en el colegio cuando salgas.”
Miriam la miró con esos ojos negros que todo lo veían, que sabían cuándo su madre mentía para no preocuparla. Pero no dijo nada. Solo asintió, y le tendió la mano.
Miriam: “Vamos, mamá. No quiero llegar tarde.”
Clara tomó esa mano pequeña, sintió el calor de sus dedos, la confianza con que se aferraba a la suya. Y en ese gesto, en esa mano diminuta que la sostenía con la certeza de que nunca la soltaría, encontró la fuerza que necesitaba para seguir.
Salieron del departamento, bajaron las escaleras del edificio con las prisas de siempre, y en la calle, el sol de la mañana las envolvió. Clara ajustó las coletas de Miriam antes de subirla al coche, y cuando arrancó, miró por el retrovisor a su hija, que ya iba canturreando alguna canción de moda, los pies colgando sin tocar el piso.
Clara: (Para sí misma, mientras el coche se perdía en el tráfico) “Todo va a estar bien. Todo va a estar bien.”
Y aunque no lo creyera del todo, el sonido de la voz de Miriam cantando a su espalda la ayudaba a fingir que sí.
—
En el asiento trasero, Miriam miraba por la ventana las calles que pasaban, las tiendas que se abrían, la gente que caminaba apurada. Pero su mente estaba en otro lugar. En la cocina de su casa, en el olor del pan tostado, en la mano de su madre alisándole el cabello, en la forma en que había dicho “temprano” con una voz que sonaba a mentira.
Miriam: (En voz baja, mientras el coche se detenía en un semáforo) “Mamá.”
Clara: (Sin volverse) “¿Sí, hija?”
Miriam: “Te quiero.”
Clara sintió que algo se le rompía y se le reparaba al mismo tiempo en el pecho. Se mordió el labio, contuvo las lágrimas que le picaban en los ojos, y cuando el semáforo cambió a verde, solo atinó a decir:
Clara: “Yo también te quiero, mi vida. Yo también.”
Y siguieron conduciendo, madre e hija, hacia el colegio, hacia el hospital, hacia un día más de los muchos que les quedaban por compartir.
El sol de la tarde comenzaba a teñir de naranja los edificios cuando Clara estacionó su coche frente a la puerta del colegio. Había llegado temprano, algo que no ocurría casi nunca, y los minutos de espera los aprovechó para mirarse en el espejo retrovisor y recomponer el rostro. El turno en el hospital había sido largo, pero no había tenido que extender su jornada. Por una vez, la promesa que le había hecho a Miriam por la mañana no sería una mentira piadosa.
En el asiento de atrás, ocupando casi todo el espacio, estaba el oso de peluche. Era enorme, de un marrón claro que parecía miel, con un lazo rosa atado al cuello y una sonrisa bordada que mostraba dos dientes de tela. Clara lo había visto en la juguetería de camino al colegio, exhibido en el escaparate como si la estuviera esperando. Había entrado, había pagado sin mirar el precio, y lo había acomodado en el coche con la torpeza de quien no está acostumbrada a comprar cosas tan grandes.
Ahora miraba el colegio, las puertas que aún no se abrían, y sonrió. No era mucho. No era todo lo que quería darle. Pero era un oso grande, y Miriam lo merecía.
El timbre sonó. Las puertas se abrieron. Y entre la marea de niños que salían corriendo, gritando, arrastrando mochilas y loncheras, Clara vio a Miriam. Su hija corría más que nadie, las coletas desiguales saltando sobre sus hombros, la falda plisada negra volando mientras sus piernas delgadas la llevaban hacia el coche como si volara.
Miriam: (Abrió la puerta trasera antes de que Clara pudiera bajarse a recibirla) “¡Mamá!”
Y entonces lo vio.
El oso ocupaba el asiento de al lado, tan grande que casi no dejaba espacio para ella. Tenía los brazos abiertos, como esperando un abrazo, y el lazo rosa brillaba bajo la luz de la tarde.
Miriam se quedó paralizada un segundo, los ojos abiertos como platos. Luego, con un grito que hizo que varios padres se volvieran, se lanzó sobre el peluche, enterrando el rostro en su vientre mullido, abrazándolo con todas sus fuerzas, con los brazos que apenas podían rodearlo.
Miriam: (La voz ahogada contra el peluche) “¡Mamá! ¡Es para mí!”
Clara se volvió en el asiento del conductor, apoyando el brazo en el respaldo, viendo cómo su hija se fundía con el oso como si hubiera encontrado un tesoro. La sonrisa que se le dibujó en el rostro no tenía nada que ver con la que usaba en el hospital, con los pacientes, con los médicos. Era la sonrisa de una madre que acaba de hacer feliz a su hija.
Clara: (Con un tono que intentaba ser serio pero se le rompía en las comisuras) “Obvio, mi bebé. ¿Crees que tengo otra hija de cinco años escondida por ahí?”
Miriam levantó la cabeza del oso, y su rostro era un sol. Tenía las mejillas sonrosadas por la carrera, los ojos brillantes, y una sonrisa tan grande que parecía no caberle en la cara.
Miriam: “¡Es el oso más grande que he visto en mi vida! ¡Más grande que el de la tienda, más grande que el de la tele, más grande que…!”
Clara: (Arrancando el coche, mirando por el retrovisor) “Más grande que tú, seguro. Vamos, que hay que atarlo bien o se va a caer con las curvas.”
Miriam abrazó al oso con más fuerza, como si alguien pudiera arrebatárselo. “No se va a caer. Yo lo tengo.”
Clara sonrió y puso el coche en marcha. El tráfico de la hora pico ya comenzaba a formarse, pero ella no tenía prisa. Por una vez, no tenía prisa.
Miriam: (Desde atrás, con la cabeza apoyada en el oso) “Mamá, ¿vamos a casa?”
Clara: (Mirando por el retrovisor, viendo cómo el lazo rosa sobresalía entre los brazos de su hija) “Sí, mi vida. Vamos a casa. Y esta noche te preparo tu pollo frito picante con mucha ensalada, y tu jugo favorito.”
Miriam soltó un grito de alegría que hizo que el oso se le moviera en el asiento. “¿El de fresa con mango?”
Clara: “El de fresa con mango. Y con hielo picado, como a ti te gusta.”
Miriam se hundió en el oso, acurrucándose contra él como si fuera el mejor cojín del mundo. Sus dedos acariciaban el lazo rosa, las orejas redondas, la nariz de tela.
Miriam: (En voz baja, como un secreto) “Mamá, ¿sabes qué?”
Clara: “¿Qué?”
Miriam: “Hoy en el colegio dibujé una familia. La señorita dijo que era el dibujo más bonito de la clase.”
Clara sintió que algo se le apretaba en la garganta. Las manos en el volante se tensaron un segundo, luego se relajaron. Miró por el retrovisor, y Miriam ya estaba hablando con el oso, contándole cosas del colegio, de las amigas, de la señorita Martínez que explicaba lento pero que a veces les dejaba dibujar.
Clara: (En voz baja, casi para sí misma) “¿Y cómo era la familia que dibujaste, mi amor?”
Miriam levantó la cabeza del oso, con una expresión que mezclaba orgullo y seriedad. “Éramos nosotras dos. Y un perro. Pero la señorita dijo que si no teníamos perro podía poner un oso. Así que puse un oso.”
Clara soltó una risa que sonó como un sollozo disfrazado. “¿Y el oso se parecía a este?”
Miriam miró al peluche, lo apretó contra su pecho, y sonrió. “Ahora sí.”
El coche avanzaba entre el tráfico, entre las luces de la ciudad que comenzaban a encenderse, entre el hormigueo de la gente que volvía a casa. Adentro, en el calor del habitáculo, Miriam le susurraba secretos al oso, y Clara conducía con una sonrisa que no se borraba, pensando en el pollo frito, en la ensalada, en el jugo de fresa con mango.
Pensando en que no era mucho, pero era todo.
—
Ya en casa, la cocina pequeña se llenó de humo y risas. Clara movía las piezas de pollo en el aceite caliente mientras Miriam, subida a una silla, aliñaba la lechuga y el tomate con la torpeza de sus ocho años.
Miriam: “Mamá, ¿le pongo mucho limón?”
Clara: “El que quieras. Así aprendes a hacerlo tú sola cuando seas grande.”
Miriam: (Frunciendo el ceño con concentración) “Cuando sea grande voy a hacer pollo frito todos los días.”
Clara: “Y te van a salir alas en lugar de brazos.”
Miriam rio, una risa que llenó toda la cocina, y Clara sintió que el cansancio del día se disolvía en el aceite caliente, en el olor del ajo y el comino, en la certeza de que aquí, en este espacio pequeño, había construido algo que nadie podía quitarle.
Cuando el pollo estuvo listo, cuando la ensalada brillaba en el plato y el jugo de fresa con mango humedecía los bordes de los vasos, se sentaron juntas en la mesa de cuadros blancos y azules. Miriam tenía al oso apoyado en la silla de al lado, y cada dos bocados le ofrecía un pedacito de pollo que el peluche, por supuesto, no podía comer.
Clara: (Mordiendo un trozo de ensalada, viendo a su hija inventar conversaciones con el oso) “¿Y cómo se llama?”
Miriam la miró como si la pregunta fuera obvia. “Su nombre es Osvaldo. Pero solo yo puedo llamarlo así.”
Clara: “Osvaldo. Un nombre muy serio para un oso tan grande.”
Miriam: (Acariciando la oreja del peluche) “Es que él es serio. Pero conmigo es cariñoso.”
Clara dejó los cubiertos, apoyó la barbilla en la mano, y miró a su hija. La luz de la cocina, esa luz amarilla que siempre se fundía cuando se encendía el extractor, dibujaba sombras suaves en su rostro. Las coletas desiguales, las mejillas manchadas de aderezo, los ojos negros que la miraban con una confianza que a veces le parecía demasiado grande para una niña de ocho años.
Clara: “Miriam.”
Miriam: “¿Mamá?”
Clara: “Me gusta cómo dibujaste a la familia. El oso es un buen toque.”
Miriam sonrió, mostrando los dientes desparejos, y apretó al oso contra su costado. “Cuando sea grande, mamá, te voy a comprar un oso más grande que este. Para que no estés sola cuando yo me vaya a la universidad.”
Clara sintió que el aire se le atascaba en los pulmones. Parpadeó rápido, más rápido de lo que quería, y tomó el vaso de jugo para disimular.
Clara: (Con la voz un poco rota) “¿Y quién dice que te vas a ir a la universidad?”
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