Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 29

  1. Inicio
  2. JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS
  3. Capítulo 29 - Capítulo 29: Bajo la Cama
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 29: Bajo la Cama

Miriam: (Con la lógica implacable de los niños) “Tú. Siempre dices que voy a ir a la universidad para ser lo que yo quiera.”

Clara: “Eso es verdad.” Bebió un sorbo, dejó el vaso, y sonrió. “Pero para eso falta mucho. Ahora termina el pollo, que Osvaldo se lo va a comer si te descuidas.”

Miriam rio, y su risa llenó la cocina como la llenaba todo, como la llenaba siempre. Y Clara, mientras veía a su hija comer y hablar con el oso, supo que todos los turnos dobles, todas las guardias, todas las horas robadas al sueño, valían la pena por esto.

Por una mesa pequeña, un pollo frito picante, y una hija que dibujaba familias con osos enormes.

La cocina olía aún a pollo frito y a jugo de frutas. Clara estaba de espaldas a la sala, los brazos hundidos hasta los codos en el agua jabonosa, frotando los platos con un ritmo que se había vuelto mecánico con los años. El ruido del grifo, el tintineo de la loza, el repiqueteo de los cubiertos contra el escurridor. Una sinfonía doméstica que conocía de memoria.

Detrás de ella, en la sala pequeña, Miriam jugaba con Osvaldo. La voz de la niña llenaba el espacio con la naturalidad de quien no sabe lo que es el silencio.

Miriam: (Desde la sala, con la voz aguda que usaba para el oso) “Osvaldo, tú te sientas aquí porque eres el invitado. Yo soy la dueña de la casa, ¿sabes? Así que haces lo que yo digo.”

Clara sonrió, moviendo la cabeza. El agua caliente le enrojecía las manos, pero no le importaba. El sonido de Miriam inventando mundos era su música favorita.

Miriam: “¿Quieres jugo? Claro que quieres. Pero tienes que pedirlo bien. Se dice ‘por favor, señorita Miriam’. Así. Muy bien, Osvaldo. Eres un oso muy educado.”

Clara dejó el plato que estaba secando, riendo para sí misma. La risa le brotaba fácil aquí, en su casa, lejos del hospital, lejos de las urgencias y los diagnósticos y las miradas que había aprendido a esquivar. Se secó las manos en el delantal, y estaba a punto de volverse para ver qué nueva ocurrencia tenía su hija, cuando el sonido cambió.

No fue un ruido fuerte. Fue la ausencia de uno.

La voz de Miriam se había cortado. No gradualmente, como cuando se quedaba pensativa. Sino de golpe, como si algo hubiera capturado toda su atención.

Clara dejó el delantal sobre la encimera. La sonrisa comenzó a borrarse de su rostro.

—¿Miriam? —llamó, con la voz aún liviana.

No hubo respuesta.

Clara se volvió hacia la entrada de la cocina. Desde allí podía ver el borde del sofá, la pata de la mesa ratona, un extremo de la alfombra donde Miriam había estado jugando. Pero no veía a Miriam. Tampoco veía el oso.

Se secó las manos en los pantalones, esta vez con más fuerza. Dio un paso hacia la sala.

—¿Mi vida? ¿Dónde estás?

El silencio era ahora más denso, más pesado. Como si el aire se hubiera espesado de repente. Clara avanzó hasta el marco de la puerta, y entonces lo vio.

Al fondo del pasillo, donde la luz de la tarde ya no llegaba, había una puerta roja. Estaba al final de un corredor estrecho que Clara siempre mantenía cerrado con llave, pero que ahora, no sabía cómo, estaba entreabierto. Y frente a ella, de pie con Osvaldo apretado contra el pecho, estaba Miriam.

La niña tenía la mano extendida, los dedos rozando ya la madera pintada de ese rojo intenso, ese rojo que Clara había elegido hace años para que nadie se olvidara de que esa puerta existía. Para que ella misma no se olvidara.

Clara: (Su voz salió más cortante de lo que quería) “Miriam. No abras esa puerta.”

Miriam giró la cabeza hacia ella, y en sus ojos negros había curiosidad, pero también un destello de asombro. Como si algo al otro lado de esa puerta la estuviera llamando.

Miriam: “Mamá, ¿qué hay aquí? Nunca me dejas entrar.”

Clara cruzó el pasillo con pasos rápidos, su silueta recortándose contra la luz de la sala. Se arrodilló frente a su hija, tomó la mano que estaba a punto de tocar la puerta, y la envolvió entre las suyas con una suavidad que contradecía la urgencia de su movimiento.

Clara: (Con la voz más calmada ahora, pero firme) “No es un lugar para jugar, mi amor. Vamos. Baja a la sala y juega con Osvaldo. Allí tienes tus cosas, tus muñecas, tus libros. Todo lo que te gusta está abajo.”

Miriam la miró un momento, y en su rostro pasó algo que Clara no supo descifrar. No era terquedad, no era rebeldía. Era algo más antiguo, algo que los niños tienen y que los adultos pierden: la certeza de que detrás de cada puerta hay algo que merece ser visto.

Pero Miriam asintió. Apretó a Osvaldo contra su pecho, y sonrió.

Miriam: “Está bien, mamá. Voy a jugar abajo.”

Y se fue, sus pies descalzos haciendo un ruido suave sobre la madera del pasillo, arrastrando al oso enorme que apenas le cabía en los brazos. Clara la siguió con la mirada hasta que la vio desaparecer en la sala, hasta que escuchó el chirrido del sofá y la voz de Miriam retomando su diálogo con Osvaldo, como si nada hubiera pasado.

Entonces se quedó sola frente a la puerta roja.

Respiró hondo. Sacó del bolsillo del pantalón un llavero pequeño, de esos que apenas ocupan la palma de la mano, y encontró la llave que no usaba nunca, la que llevaba siempre con ella pero que nunca tocaba. La giró en la cerradura con un movimiento que conocía de memoria, empujó la puerta, y entró.

La habitación era pequeña. Una ventana cubierta con una cortina gruesa dejaba pasar apenas un hilillo de luz que dibujaba una línea dorada sobre el suelo de madera. En las paredes, colgadas con marcos que alguna vez fueron blancos y ahora tenían el color del tiempo, había fotos. Muchas fotos. Cubrían cada centímetro, desde el suelo hasta casi el techo, como un mosaico de momentos que alguien había querido preservar a toda costa.

Clara cerró la puerta detrás de sí. La luz de la rendija se apagó, y por un segundo estuvo a oscuras. Luego, sus ojos se acostumbraron a la penumbra, y las fotos comenzaron a revelarse, una a una, como fantasmas que vuelven cuando nadie los mira.

No miró ninguna. No podía.

Caminó hacia el centro de la habitación con pasos que apenas rozaban el suelo, como si temiera despertar algo. Sus manos, que momentos antes sostenían platos y secaban vasos, ahora colgaban a los costados, inertes. Sus hombros, que siempre cargaban con el peso del hospital, de Miriam, de la vida que había construido con esfuerzo, se hundieron de repente, como si el aire de esta habitación pesara más que todo lo demás.

Se detuvo frente a la pared más grande, la que daba a la cama que nadie usaba. Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, miró.

No se movió. No lloró. No hizo ningún sonido. Solo miró, fijamente, como si de esa mirada dependiera algo que no se atrevía a nombrar. La línea de luz que se filtraba por la cortina le acariciaba el perfil, iluminando apenas la curva de su mejilla, la línea de su mandíbula, las sombras bajo sus ojos que la noche anterior no le había dejado dormir.

Las fotos la miraban de vuelta. Rostros congelados en el tiempo, sonrisas que ya no existían, manos que se sostenían, brazos que abrazaban, una familia que fue y ya no era. Clara las conocía todas. Cada ángulo, cada luz, cada instante capturado. Las había visto miles de veces, siempre igual, siempre en este orden, siempre en este silencio.

Pero hoy, después del ruido de Miriam, después del olor del pollo frito, después de la risa que había brotado de ella mientras lavaba los platos, las fotos se veían diferentes. Más lejanas. O más cercanas. No supo distinguir.

Se llevó una mano al pecho, donde el top rosa se ajustaba a su piel. Sintió el latido de su corazón, lento, profundo, como el de alguien que ha aprendido a esperar.

—Mamá —dijo la voz de Miriam, al otro lado de la puerta, suave, como si supiera que no debía gritar—. ¿Estás bien?

Clara cerró los ojos. La imagen de las fotos quedó grabada en el revés de sus párpados, todos esos rostros, todas esas manos, todo lo que una vez tuvo y ya no.

Abrió los ojos. Se giró. Caminó hacia la puerta con pasos firmes, salió al pasillo, y cerró la puerta roja con el mismo cuidado con que se guarda un secreto. La llave giró en la cerradura con un clic seco, y ella la escondió de nuevo en el bolsillo, contra su muslo, donde siempre estaba.

Clara: (Con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, pero que Miriam no podía ver) “Estoy bien, mi vida. Solo estaba ordenando. Bajo ahora.”

Bajó las escaleras. En la sala, Miriam había vuelto a instalar su mundo: Osvaldo sentado en el sofá, una manta extendida en el suelo que hacía las veces de jardín, y un montón de libros ilustrados que había sacado de la estantería baja.

Miriam: (Sin levantar la vista, concentrada en colocar a Osvaldo en la posición correcta) “Mamá, ¿quieres jugar con nosotros?”

Clara se sentó en el suelo, cruzó las piernas, y tomó uno de los libros. Lo abrió por una página donde había un oso enorme que abrazaba a una niña pequeña.

Clara: “Claro. ¿Qué jugamos?”

Miriam: (Mirándola con esos ojos negros que todo lo veían, que sabían cuándo algo no estaba bien pero decidían no preguntar) “Podemos leer. Osvaldo quiere que le lean una historia.”

Clara acercó el libro, apoyó la espalda contra el sofá, y sintió el peso del oso contra su costado cuando Miriam lo acomodó entre las dos.

Clara: “¿Cuál quieres que lea?”

Miriam: (Se acurrucó contra ella, la cabeza apoyada en su hombro) “La del oso que encuentra una familia. Esa.”

Clara pasó las páginas hasta encontrar la historia. Su voz, cuando comenzó a leer, era la misma de siempre: suave, pausada, con los tonos que cambiaban para cada personaje. Como si nada hubiera pasado. Como si la puerta roja no existiera. Como si las fotos de la habitación no la miraran desde detrás de la madera, esperando.

Pero Miriam, que escuchaba con los ojos cerrados, la mano en la pata de Osvaldo, sabía que algo había cambiado. No lo dijo. Solo se apretó un poco más contra su madre, y dejó que la historia la llevara lejos, a un mundo donde los osos encontraban familias y nadie cerraba puertas con llave.

Afuera, la noche había caído por completo. Y en la cocina, los platos seguían en el escurridor, esperando. Como todo lo demás.

La mansión estaba sumida en un silencio inusual. Maximilian había salido al amanecer, su abrigo azul claro ondeando al viento mientras el coche se perdía por la avenida. Eliana lo había seguido una hora después, con el paso apresurado de quien tiene un turno quirúrgico y no puede llegar tarde. Zamir se había quedado en la cama, escuchando cómo se alejaban los motores, cómo se cerraban las puertas, cómo el eco de sus vidas se desvanecía hasta dejar solo el zumbido del aire acondicionado y el latido de su propio corazón.

No supo cuánto tiempo pasó así, mirando el techo, con la mano extendida hacia el lugar donde Eliana había dormido. Pero cuando finalmente se levantó, la mansión estaba vacía. No vio a James cruzando los pasillos con su paso silencioso. No escuchó a Martina canturrear en la cocina mientras preparaba el desayuno de los señores. Solo el vacío, el eco de sus propios pasos sobre el mármol, y una pregunta que llevaba días haciéndose sin atreverse a responder: ¿por qué sus pies siempre lo llevaban al mismo lugar?

Caminó sin rumbo, o eso quiso creer. Sus dedos rozaron las barandillas de madera, las paredes empapeladas con motivos florales, los marcos de las puertas que había aprendido a reconocer en los meses que llevaba viviendo allí. Pero cuando levantó la vista, ya estaba frente a ella.

La puerta de Maximilian.

No hizo ruido al girar el pomo. No hizo ruido al cruzar el umbral. La habitación estaba igual que la noche anterior, con las sábanas revueltas, la almohada aún marcada por la forma de la cabeza que la había usado, el aroma a cedro flotando en el aire como un fantasma. Zamir cerró la puerta detrás de sí y se quedó un momento inmóvil, respirando ese olor, dejando que lo envolviera como una caricia que no había pedido pero que no podía rechazar.

El armario estaba entreabierto.

Sus manos temblaban cuando abrió las puertas del todo. La ropa colgaba en perfecto orden: los trajes negros, las camisas blancas, los abrigos oscuros que Maximilian había usado durante décadas. Y en medio de todo eso, como una mancha de color en un mundo de sombras, la camisa azul. Zamir la tocó con la punta de los dedos, luego con la palma entera, luego acercó la tela a su rostro y aspiró. Cedro. Piel. El jabón caro que siempre usaba. Algo más que no sabía nombrar pero que reconocía como suyo.

Tomó una prenda, otra, otra más. Una chaqueta que Maximilian había usado la semana anterior. Una bufanda que colgaba en la percha de la puerta. Un jersey de cuello alto que aún conservaba el calor de su cuerpo. Zamir las acercaba a su rostro, cerraba los ojos, y por un instante el mundo desaparecía. Solo existía ese olor, esa tela, ese hombre que dormía a pocos metros de él cada noche sin saber que era observado, que era deseado, que era todo lo que Zamir no podía dejar de pensar.

Y entonces escuchó los pasos.

Eran pasos ligeros, rápidos, el taconeo de zapatos sobre el mármol del pasillo. Zamir sintió cómo la sangre se le helaba en las venas. Dejó la chaqueta donde estaba, cerró el armario con un movimiento brusco, y miró a su alrededor buscando un escondite. La ventana estaba demasiado alta. La cortina era demasiado fina. El baño quedaba al otro lado de la habitación y no llegaría a tiempo.

La cama. Debajo de la cama.

Se tiró al suelo, deslizándose bajo el somier con la agilidad del miedo. La madera le raspó la espalda, una tabla suelta le clavó una astilla en el brazo, pero no hizo ruido. Contuvo la respiración justo cuando la puerta se abría.

—Empezamos por aquí —dijo una voz que reconoció como la de Martina, la jefa de cocina—. El señor Maximilian es muy meticuloso. Todo tiene que quedar en su lugar.

—Sí, señora —respondió otra voz, más joven, la de una de las nuevas empleadas—. ¿Cada cuánto se limpia esta habitación?

—Todos los días. Aunque él no esté. Aunque no haya desorden. Todo tiene que estar impecable para cuando vuelva.

Zamir escuchó cómo se acercaban a la cama. Vio los pies de Martina, cubiertos con zapatos negros de suela antideslizante, y los de la empleada, unas zapatillas blancas con un dibujo de fresas. Las sábanas se movieron sobre su cabeza, y él se encogió, pegando la espalda contra el suelo, sintiendo el polvo acumulado bajo la cama, el olor a madera vieja y a algo que no sabía identificar.

—Ay, mira esto —dijo la empleada—. ¿Quién duerme en esta cama? Es enorme.

—El señor Maximilian —respondió Martina, y su voz tenía un dejo de algo que podía ser respeto o podía ser lástima, Zamir no supo distinguir—. Solo él. Nunca ha traído a nadie aquí. Ni siquiera cuando la señora estaba viva, tenían habitaciones separadas.

—Qué triste —dijo la empleada, y el crujido de las sábanas indicaba que estaba quitando las fundas de las almohadas—. Tan rico y tan solo.

—No es triste —respondió Martina, con un tono que cortaba cualquier posibilidad de chisme—. Es su decisión. Y nosotros no estamos aquí para juzgar, estamos para limpiar.

El silencio se llenó de ruidos: el aspirador, el trapo contra la madera, el tintineo de los frascos de perfume que alineaban en el tocador. Zamir escuchó cómo abrían los cajones, cómo doblaban la ropa interior con una precisión casi militar, cómo Martina daba instrucciones sobre la temperatura del agua para limpiar los espejos y el tipo de cera que usaban en los muebles. Cada sonido era un suplicio. Cada segundo que pasaba, la posibilidad de ser descubierto crecía.

Los pies de Martina se acercaron a la cama. Zamir vio cómo se arrodillaba, cómo su mano barría el suelo junto al somier, buscando polvo o algo fuera de lugar. Contuvo la respiración. Su corazón latía tan fuerte que estaba seguro de que ella podía escucharlo.

—Todo en orden —dijo Martina, levantándose—. Vamos, falta el baño.

Los pies se alejaron. La puerta del baño se abrió y se cerró. Las voces se volvieron más apagadas, más lejanas, ahogadas por el sonido del agua corriendo y el tintineo de los frascos de champú que movían en la ducha.

Zamir esperó. Un minuto. Dos. Cinco. Escuchó cómo terminaban el baño, cómo volvían a la habitación, cómo repasaban cada superficie con la mirada antes de darse por satisfechas.

—¿Vamos? —dijo la empleada.

—Sí —respondió Martina—. Pero mañana volvemos. Como siempre.

Las puertas del armario se abrieron y se cerraron una última vez. Los pasos se alejaron hacia la puerta principal. El pomo giró. La puerta se cerró con un clic suave.

Y entonces, el silencio.

Zamir no salió de inmediato. Se quedó bajo la cama, escuchando, esperando a que algún ruido tardío lo delatara. Pero no hubo nada. Solo el zumbido del aire acondicionado y el latido de su corazón que empezaba, lentamente, a volver a su ritmo normal.

Deslizó la mano hacia la astilla que se le había clavado en el brazo. La sacó con un gesto rápido, y una gota de sangre brotó en su piel. La miró un momento, confundido, como si esa pequeña herida fuera la prueba tangible de que todo aquello estaba pasando de verdad.

Salió de debajo de la cama con un movimiento torpe, rodando sobre sí mismo hasta quedar de espaldas sobre la alfombra recién aspirada. El techo de la habitación de Maximilian se extendía sobre él, con sus molduras de escayola y su candelabro de cristal que brillaba bajo la luz del mediodía. Zamir parpadeó, sintiendo el polvo en sus párpados, la madera en su ropa, la sangre secándose en su brazo.

Se incorporó lentamente. La habitación estaba impecable. Las sábanas, recién puestas. Las almohadas, alineadas. Los frascos de perfume, brillando sobre el tocador. Todo en orden. Como si él nunca hubiera estado allí.

Pero él había estado. Y la prueba estaba en la astilla que aún sostenía entre los dedos, en el moretón que empezaba a formarse en su espalda, en el olor a cedro que se había impregnado en su ropa, en su piel, en su cabello.

Se levantó, caminó hacia la puerta, y antes de salir, miró atrás. La cama, enorme, vacía, impecable. La cama donde Maximilian dormía solo cada noche. La cama donde él se había escondido mientras las sirvientas limpiaban a su alrededor, sin saber que había un hombre debajo, temblando, respirando el mismo aire que su dueño.

Salió al pasillo. La mansión seguía vacía. Caminó de regreso a la habitación de Eliana con pasos que apenas rozaban la alfombra, y cuando llegó, se metió en la ducha, dejó que el agua caliente arrastrara el polvo, la astilla, el olor a cedro que no quería perder.

Se vistió con ropa limpia. Bajó a la cocina. Preparó café. Y se sentó en la mesa vacía, esperando que alguien volviera, aunque no supiera a quién esperaba.

En su brazo, la pequeña herida seguía sangrando. Y él no hizo nada por curarla.

La mansión seguía en silencio cuando Zamir volvió a la habitación de Eliana. El sol del mediodía se filtraba por las cortinas, dibujando rayos dorados sobre la cama deshecha, sobre las almohadas que aún conservaban la forma de dos cabezas, sobre el batín de Eliana colgado en el respaldo de una silla. El aroma de su perfume —flores blancas, algo cítrico, algo que era solo ella— flotaba en el aire con la suavidad de una caricia.

Zamir cerró la puerta detrás de sí y se quedó un momento inmóvil, con la espalda apoyada en la madera, los ojos recorriendo el espacio que compartía con ella. La mujer que lo amaba. La mujer a la que había prometido lealtad, cuidado, una vida entera. La mujer cuyo olor llenaba la habitación y cuyo rostro sonreía desde las fotografías enmarcadas sobre la cómoda.

Y entonces, sintió el bulto en su bolsillo.

No recordaba haberlo metido allí. No recordaba haber salido de la habitación de Maximilian con nada entre sus manos. Pero sus dedos, cuando se hundieron en la tela de su pantalón, encontraron algo suave, algo que no le pertenecía, algo que había tomado sin permiso y había escondido sin conciencia.

Sacó la prenda. Era una camisa de Maximilian, blanca, de algodón, de esas que usaba debajo de los trajes en las reuniones importantes. Estaba doblada de cualquier manera, arrugada, como si la hubiera arrancado del armario en un descuido y la hubiera escondido en su bolsillo sin pensar. Zamir la sostuvo entre sus manos, sintiendo la tela fina, los botones de nácar, el cuello que había rozado la piel de Maximilian.

No recordaba haberla tomado. Pero allí estaba.

Se sentó en el borde de la cama. Las sábanas aún olían a Eliana, a su jabón de almendras, a su cabello recién lavado. Zamir apoyó una mano en la colcha, sintiendo la calidez que ella había dejado al levantarse esa mañana, y con la otra mano llevó la camisa de Maximilian a su rostro.

Cerró los ojos. Inhaló.

Cedro. Siempre cedro. Pero también algo más: el jabón caro que usaba en su baño privado, el aroma de su piel cuando salía de la ducha, el rastro de su cuerpo en la tela que lo había abrazado durante horas. Zamir aspiró una vez, dos, tres, como si ese olor pudiera llenar el vacío que sentía en el pecho, como si pudiera explicar por qué había estado escondido debajo de su cama, por qué había olido su ropa, por qué había tomado esta camisa sin permiso y la había guardado como un ladrón.

El olor de Eliana lo envolvía por un lado, suave, cálido, conocido. El olor de Maximilian lo envolvía por el otro, intenso, prohibido, ajeno. Y Zamir estaba en medio, sentado en la cama que compartía con una mujer que lo amaba, oliendo la camisa de un hombre que no debía desear.

Abrió los ojos. La habitación seguía igual. Las cortinas, la luz, las fotografías de Eliana sonriendo en la playa, en la montaña, en el hospital con su batín blanco y su estetoscopio púrpura. Todo estaba en su lugar. Pero él ya no estaba en su lugar. No sabía desde cuándo, no sabía cómo, pero algo en él se había roto o se había revelado, y ahora no podía dejar de oler esa camisa, de apretarla contra su pecho, de enterrar el rostro en ella como si fuera un salvavidas.

Zamir: (En un susurro, contra la tela blanca) “¿Qué me estás haciendo, Maximilian? ¿Qué me hiciste?”

La camisa no respondió. Solo ofreció su olor, su textura, su recuerdo. Zamir la dobló con cuidado, la escondió debajo de la almohada de Eliana —el único lugar donde pensó que nadie la encontraría— y se dejó caer de espaldas sobre la cama.

El techo era blanco, liso, sin las molduras de la habitación de Maximilian. Pero él no veía el techo. Veía una espalda desnuda, gotas de agua resbalando por una columna, una bata cayendo al suelo. Veía unos ojos grises que lo habían mirado desde lo alto de una escalera, preguntándose por qué estaba sonrojado. Veía un abrigo azul claro, el cuaderno “I MISS YOU” asomando del bolsillo, una mano que tomaba una maleta y dedos que rozaban los suyos.

Cerró los ojos. El olor de la camisa aún le quemaba las fosas nasales, mezclado con el de Eliana, con el de la culpa, con el de algo que no sabía nombrar pero que le crecía en el pecho como una planta que no había pedido plantar.

No se movió de allí hasta que el sol comenzó a inclinarse hacia el horizonte. Cuando finalmente se levantó, guardó la camisa en el fondo de su propio armario, debajo de unos jerséis que nunca usaba, y cerró la puerta con llave.

Bajó a la cocina. Preparó la cena. Y cuando Maximilian y Eliana volvieron a casa, los recibió con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, y se sentó a la mesa como si nada hubiera pasado.

Pero debajo de la almohada de Eliana, escondida en el fondo de su armario, la camisa blanca de Maximilian esperaba. Y en el pecho de Zamir, un secreto que ya no podía seguir callado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo