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JARDÍN DE LAS DELICIAS AJENAS - Capítulo 30

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Capítulo 30: La Invitación

La mesa del comedor menor estaba servida con la elegancia de siempre. La vajilla de porcelana blanca, los cubiertos de plata, las copas de cristal que reflejaban la luz de las velas. Eliana había llegado del hospital con el cabello aún húmedo de la ducha rápida que se había dado antes de salir, y llevaba puesto un conjunto cómodo pero cuidado —un suéter de cashmere gris y pantalones negros de vestir— que contrastaba con la informalidad del día. Maximilian, enfrente, seguía con su abrigo azul claro puesto, como si no hubiera tenido tiempo de quitárselo o como si no quisiera hacerlo. Zamir estaba a su lado, en silencio, moviendo la comida en el plato sin llevársela a la boca.

La cena había transcurrido en una calma tensa. Eliana habló del bebé que había mejorado, de los padres que por fin habían podido dormir, de Clara y su eficiencia en el turno de tarde. Maximilian asentía con movimientos mínimos, intercalando preguntas sobre el restaurante de Zamir que sonaban más a cortesía que a interés genuino. Zamir respondía con monosílabos, su mirada perdida en algún punto entre la sal y la pimienta.

Fue Maximilian quien rompió el equilibrio.

Maximilian: (Dejando los cubiertos sobre el borde del plato, limpiándose los labios con la servilleta) “Eliana. Mañana tendré un viaje de negocios. Salgo temprano.”

Eliana levantó la vista de su plato. Su tenedor quedó suspendido en el aire, a medio camino entre la comida y su boca. Sus ojos grises, tan parecidos a los de su padre, se estrecharon con esa expresión que Zamir conocía bien: la de quien no va a aceptar una negativa.

Eliana: (Dejando el tenedor, cruzando los brazos sobre el mantel) “¿Qué? Papá, ya no puedes hacer esos viajes. No voy a dejarte ir. Que vaya tu secretario.”

Maximilian: Su mandíbula se tensó. El gesto era mínimo, pero Zamir lo captó. Llevaba días captando cada mínimo gesto de Maximilian. “Yo no soy un niño. Iré a donde quiera, cuando quiera, sin pedir permiso.”

Eliana: (Inclinándose hacia adelante, la voz cargada de esa autoridad que había heredado de él y que ahora usaba contra él) “Si te supieras cuidar, si comieras en tus horas, si no te pasaras las noches en vela mirando documentos, te dejaría ir. Pero no es el caso. No vas a ir. Y es mi última palabra.”

El silencio se hizo denso. Zamir sintió cómo el aire se espesaba entre ellos, cómo la tensión subía como la temperatura antes de una tormenta. Maximilian la miró fijamente, y por un instante, Zamir creyó que iba a ceder. Pero Maximilian no cedía nunca. No con su hija. No con nadie.

Maximilian: (Con la voz baja, peligrosamente calmada) “Ya basta, Eliana. No voy a seguir tus caprichos. El viaje es importante. Implica a Nelson, implica cerrar el acuerdo con los coreanos, implica dinero que tú gastas sin preguntar de dónde viene. Así que no me vengas con proteccionismo paternal.”

Eliana abrió la boca para responder, pero algo en su rostro cambió. Una idea. Una solución que se le encendió como una bombilla. Sus ojos se desviaron hacia Zamir, que había estado siguiendo la discusión en silencio, con la cabeza gacha, moviendo el agua de su vaso sin beberla.

Eliana: (Con una sonrisa que no presagiaba nada bueno) “Entonces ve con Zamir.”

Zamir levantó la cabeza tan rápido que sintió un crujido en el cuello. El agua que estaba a punto de beber se le fue por el otro lado, y un chorro claro brotó de sus labios, salpicando el mantel y la manga de su camisa. Tosió, se llevó la servilleta a la boca, y cuando pudo hablar, su voz salió más aguda de lo que quería.

Zamir: (Con los ojos abiertos como platos, las mejillas encendidas) “¿Qué? No… no creo que tu padre quiera.”

Pero por dentro, algo se rompió y se reconstruyó al mismo tiempo. Un terremoto silencioso. Un derrumbe interno. Su corazón, que había estado latiendo con una regularidad monótona durante toda la cena, de repente se aceleró como si hubiera empezado a correr. Las palabras de Eliana resonaban en su cabeza, se repetían en bucle: ve con Zamir, ve con Zamir, ve con Zamir.

Un viaje. Con Maximilian. Solos. Días enteros compartiendo aviones, hoteles, comidas, silencios. Días enteros respirando su mismo aire, durmiendo bajo techos cercanos, viéndolo despertar, vestirse, desvestirse. La imagen de Maximilian saliendo de la ducha, la bata cayendo al suelo, el agua resbalando por su espalda, volvió a él con una nitidez cruel.

Zamir tragó saliva. Sus manos sudaban bajo la mesa.

Eliana: (Sin mirarlo, los ojos fijos en su padre, implacable) “Irá contigo y punto. Si quieres viajar, viajas con él. Él te cuidará, se asegurará de que comas, de que descanses, de que no te pases las noches en vela. Y yo me quedaré tranquila.”

Maximilian la miró un largo rato. Sus ojos grises pasaron de Eliana a Zamir, y Zamir sintió ese peso sobre él como una losa. Era la primera vez que Maximilian lo miraba directamente en toda la cena, y esa mirada decía más que todas las palabras que habían intercambiado en semanas.

Maximilian: (Finalmente, con un suspiro que parecía derrota) “No me gusta la idea.”

Eliana: “No te estoy preguntando si te gusta.”

Maximilian apretó la mandíbula. Zamir vio cómo sus dedos se cerraban alrededor de la copa de vino con más fuerza de la necesaria. Vio cómo sus ojos se desviaban hacia la ventana, hacia la noche que ya había caído, hacia algún lugar que solo él podía ver.

Maximilian: (En voz baja, casi para sí mismo) “Está bien. Iremos juntos.”

Zamir sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Las palabras de Maximilian fueron un golpe seco en su pecho, un latigazo de realidad y de deseo entrelazados. Iban a viajar juntos. Iban a estar solos. Iba a tenerlo cerca, tan cerca como nunca lo había tenido, y no sabía si eso era lo mejor que le podía pasar o lo peor.

Eliana asintió, satisfecha, y retomó su cena como si nada hubiera pasado. Cortó un trozo de pescado, lo llevó a su boca, masticó con calma.

Eliana: “Bien. Entonces está decidido. Zamir, prepara tu maleta. Salen mañana a primera hora.”

Zamir asintió, incapaz de hablar. Su garganta estaba seca, sus labios pegados, su corazón latiéndole con una fuerza que estaba seguro de que los otros dos podían escuchar. Tomó el vaso de agua, esta vez con cuidado, y bebió un sorbo pequeño. El agua estaba tibia, pero él la sintió arder.

Maximilian no volvió a hablar en el resto de la cena. Comió en silencio, con movimientos precisos, los ojos fijos en el plato. Zamir lo miraba de reojo, cada vez que Eliana se distraía con su teléfono o con algún comentario sobre el hospital. Miraba sus manos, la forma en que sujetaban los cubiertos, la línea de su mandíbula cuando masticaba, el modo en que la luz de las velas le acariciaba el perfil.

Y se imaginó en el viaje. En el avión, sentado a su lado, sus hombros rozándose con cada turbulencia. En el hotel, en la habitación de al lado, escuchando sus pasos a través de la pared. En las comidas de negocios, viéndolo negociar con esa autoridad que lo volvía loco. En los silencios, en las noches, en los momentos en que no hubiera nadie más que ellos dos.

Cuando la cena terminó y Eliana se levantó para besar a su padre en la mejilla, Zamir siguió sentado, con la servilleta arrugada entre los dedos, la mirada perdida en el mantel manchado de vino.

Eliana: (Ya en la puerta, con la mano en el pomo) “Zamir, ¿vienes?”

Él levantó la vista. Maximilian ya se había levantado también, y estaba de espaldas a él, ajustándose el abrigo azul claro antes de salir del comedor. Zamir lo miró un segundo, dos, los suficientes para grabarse esa imagen: la curva de sus hombros bajo la tela, la nuca descubierta, el cabello plateado que brillaba bajo la luz de las velas.

Zamir: (Con una voz que no reconoció como suya) “Sí. Voy.”

Se levantó, dejó la servilleta sobre la mesa, y siguió a Eliana escaleras arriba. En la habitación, mientras ella se preparaba para dormir, él se quedó sentado en el borde de la cama, con la maleta vacía a sus pies, sin saber qué meter en ella.

Pero en el fondo de su pecho, una voz pequeña y peligrosa susurraba: lo vas a tener cerca. Muy cerca. No lo arruines.

Y Zamir, por primera vez en mucho tiempo, sonrió. Una sonrisa pequeña, casi invisible, que escondió cuando Eliana apagó la luz y se acurrucó a su lado.

En la oscuridad, con el brazo de ella sobre su pecho y su corazón latiendo al ritmo de otro nombre, Zamir comenzó a hacer planes. Sin saberlo, estaba a punto de emprender el viaje más peligroso de su vida. No por los negocios. No por los coreanos. Sino por un hombre de abrigo azul claro que dormía a pocos metros de él, sin saber que era observado, que era deseado, que era todo lo que Zamir no podía dejar de pensar.

La mañana había llegado con una luz grisácea que se filtraba por los ventanales de la mansión. Zamir apenas había dormido. Dio vueltas en la cama mientras Eliana descansaba plácidamente a su lado, ajena a la tormenta que se gestaba en su interior. Cuando el sol comenzó a asomar, se levantó en silencio, se duchó con agua fría para calmar los nervios, y eligió su atuendo con más cuidado del que solía poner.

Frente al espejo del vestidor, se miró un momento. La polo de manga corta, negra con esa franja diagonal en verde militar que le cruzaba el pecho, le daba un aire desenfadado pero cuidado. Los shorts cargo del mismo tono, funcionales, cómodos, dejaban ver sus piernas bronceadas por los pocos días de sol que había disfrutado en los últimos meses. Se ajustó el cuello, se pasó los dedos por el cabello, y por un instante se preguntó si Maximilian notaría el esfuerzo.

Bajó las escaleras con la maleta en la mano. En el vestíbulo, James ya estaba coordinando el traslado del equipaje, y en el marco de la puerta principal, con la luz de la mañana acariciándole el perfil, estaba Maximilian.

Zamir se detuvo en el último escalón.

Maximilian llevaba un traje a cuadros en tonos grises que le sentaba como si lo hubieran cosido sobre él. El chaleco, ajustado al torso, marcaba la línea de sus hombros y se ceñía a su cintura con una elegancia que parecía effortless. Debajo, la camisa blanca impecable y la corbata oscura, anudada con la precisión militar que lo caracterizaba. El pantalón, del mismo patrón a cuadros, tenía una cintura elástica fruncida que le daba un toque moderno, casi juvenil, y caía recto sobre unos zapatos de cuero negro tan brillantes que reflejaban la luz.

Zamir tragó saliva. El traje a cuadros. Nadie podía llevar un traje a cuadros sin parecer un payaso o un jugador de golf retirado. Pero Maximilian lo llevaba como si fuera un uniforme de rey. Como si los cuadros fueran una declaración de guerra contra la monotonía de los trajes lisos. Como si supiera que Zamir lo estaría mirando.

Maximilian: (Sin volverse, con esa voz grave que siempre le recorría la espina dorsal) “¿Estás listo?”

Zamir: (Bajando la escalera con pasos que intentaban ser firmes) “Sí. Todo listo.”

James cargó las maletas en el maletero del coche con la eficiencia de siempre, y los dos hombres se subieron al asiento trasero. El vehículo arrancó en silencio, y durante todo el trayecto al aeropuerto, ninguno de los dos dijo una palabra. Zamir miraba por la ventana, los edificios que pasaban, la gente que comenzaba su día, y sentía el peso de la presencia de Maximilian a su lado. El roce de su hombro contra el suyo en cada curva. El aroma a cedro que llenaba el habitáculo. La forma en que sus manos descansaban sobre el muslo, cerca de las suyas.

Llegaron al aeropuerto, pero no entraron por la puerta principal. El coche rodeó las terminales, pasó por controles que se abrieron sin que nadie pidiera identificación, y se detuvo junto a una pista privada donde un jet privado los esperaba, las escalerillas desplegadas y los motores ya rugiendo.

Zamir se quedó mirando la aeronave, el brillo de su fuselaje blanco bajo el sol matutino.

Zamir: (Apenas un murmullo) “¿Por qué no entramos por delante?”

El chófer, que ya estaba sacando las maletas del maletero, respondió sin levantar la vista. “El señor Maximilian tiene un jet privado, señor. Es más fácil así. Sin colas, sin controles, sin preguntas.”

Zamir asintió, como si eso fuera lo más normal del mundo. Pero por dentro, una pequeña parte de él se maravillaba ante el mundo en el que se estaba adentrando. El mundo de Maximilian. El mundo de los jets privados y los accesos restringidos y los trajes a cuadros que nadie más podía llevar.

Subieron al avión. El interior era una combinación de elegancia y funcionalidad: asientos de piel beige dispuestos en torno a una mesa de caoba, una pequeña barra con bebidas, una pantalla plana en la pared. Zamir se dejó caer en uno de los asientos, sintiendo cómo la tapicería se adaptaba a su cuerpo, y observó a Maximilian hacer lo mismo frente a él, desabrochándose el chaleco con un movimiento que mostró un segundo de su camisa blanca.

El piloto apareció en la puerta de la cabina, un hombre de unos cincuenta años con uniforme azul y una voz que sonaba a experiencia.

Piloto: “Señor Maximilian, tenemos una novedad en la ruta. Debido al cierre del espacio aéreo de la Unión Europea a aviones rusos y viceversa, los vuelos deben realizar una escala técnica en un tercer país para cambiar de plan de vuelo y poder ingresar a territorio ruso. He tomado la libertad de planificar una escala en Estambul. ¿Le parece bien?”

Maximilian asintió sin inmutarse, como si los cierres de espacio aéreo y las escalas técnicas fueran meros detalles domésticos. “Estambul está bien. ¿Cuánto tiempo en tierra?”

Piloto: “Aproximadamente dos horas, señor. El tiempo suficiente para repostar y gestionar los permisos.”

Maximilian: “Perfecto. Avise cuando estemos listos para despegar.”

El piloto se retiró, y el avión comenzó a rodar hacia la pista. Zamir se ajustó el cinturón, sintiendo cómo el rugido de los motores le vibraba en el pecho. Miró por la ventanilla: la pista, los hangares, la ciudad que se alejaba. Y luego, al otro lado del pasillo, Maximilian, que ya había sacado una tablet y revisaba documentos con esa concentración absoluta que lo caracterizaba.

El despegue fue suave, casi silencioso. La ciudad se hizo pequeña, luego minúscula, luego un mosaico de colores que se perdía entre las nubes. Zamir apoyó la cabeza en el respaldo, cerró los ojos, y por un momento, dejó que la realidad se disolviera.

Iba a pasar días con Maximilian. Solos. En aviones, en hoteles, en salas de reuniones, en silencios compartidos. Iba a verlo despertar, vestirse, comer, negociar. Iba a respirar su mismo aire, a escuchar su voz sin el filtro de Eliana o de los sirvientes o de las obligaciones de la mansión.

Abrió los ojos. Maximilian seguía mirando la tablet, pero algo en su postura había cambiado. Estaba más relajado, con una pierna cruzada sobre la otra, el chaleco desabrochado, la corbata ligeramente aflojada. La luz que entraba por la ventanilla le acariciaba el perfil, iluminando las arrugas alrededor de sus ojos, la línea de su mandíbula, el cabello plateado que empezaba a despeinarse.

Zamir se lamió los labios sin darse cuenta. Y cuando Maximilian levantó la vista y sus miradas se encontraron, él no desvió la suya.

No esta vez.

Maximilian: (Con una ceja ligeramente alzada) “¿Algo que te preocupa, Zamir?”

Zamir: (La voz le salió más ronca de lo que quería) “No. Nada. Solo… pienso en el viaje.”

Maximilian: Lo miró un momento más, como si intentara leer algo detrás de sus ojos. Luego volvió a la tablet. “Será un viaje de negocios. Nada emocionante. Reuniones, números, contratos. No esperes turismo.”

Zamir sonrió, una sonrisa pequeña que escondió mirando por la ventanilla. Las nubes pasaban debajo de ellos, blancas, infinitas, como un campo de algodón que se extendía hasta el horizonte.

Zamir: (En voz baja, casi para sí mismo) “No espero turismo.”

Pero esperaba algo. Algo que no se atrevía a nombrar. Algo que le ardía en el pecho cada vez que Maximilian hablaba, cada vez que lo miraba, cada vez que el avión temblaba ligeramente y sus hombros se rozaban en el silencio.

El vuelo hacia el este continuó, llevándolos hacia una escala en Estambul, hacia Rusia, hacia días enteros de cercanía forzada. Y Zamir, con las manos sudorosas y el corazón acelerado, supo que este viaje no cambiaría solo los planes de vuelo.

Lo cambiaría todo.

El hospital bullía con la actividad de la mañana. Enfermeras cruzaban los pasillos con carritos de medicamentos, médicos revisaban historiales en las pantallas de las estaciones de enfermería, y el sonido de los monitores cardíacos llenaba el ambiente con su pitido rítmico y constante. Eliana llevaba puesta su bata blanca sobre los scrubs púrpura, el cabello recogido en un moño alto que le daba un aire profesional y despejado. En la mano, una taza de café que aún no había probado.

Clara estaba en la estación de enfermería, organizando los expedientes de los pacientes de la mañana. Llevaba su uniforme azul marino, el cabello suelto sobre los hombros, y una expresión concentrada que solo se relajaba cuando alguien se acercaba a hablar con ella.

Eliana se detuvo frente al mostrador, apoyó la taza de café sobre la superficie, y cruzó los brazos. La miró un momento, esos ojos negros que tanto había aprendido a leer en cinco años de guardias compartidas, de madrugadas en vela, de risas y silencios y confidencias a medias.

Eliana: “Clara.”

Clara levantó la vista del expediente que estaba organizando, una sonrisa fácil brotando en sus labios. “Dime.”

Eliana: “Hemos sido amigas por cinco años.”

Clara arqueó una ceja, dejando el expediente sobre el mostrador. La sonrisa se mantuvo, pero algo en sus ojos cambió. Una alerta silenciosa. “Sí… jajaja, ocurrió algo, ¿por qué me dices eso?”

Eliana se apoyó en el mostrador, acercándose un poco más. Su voz bajó, como si compartiera un secreto. “Clara, tú conoces mi casa. Has ido a cenar, a fiestas, a tomar café cuando terminamos el turno de noche. Conoces mi habitación, mi cocina, mi jardín. Sabes dónde vivo, cómo vivo, con quién vivo.”

Clara asintió, sin comprender aún hacia dónde iba.

Eliana: (Con una sonrisa que intentaba ser casual pero que delataba cierta timidez) “Y yo… pues quiero conocer tu casa.”

El silencio que siguió fue breve, pero intenso. Clara parpadeó un par de veces, como si estuviera procesando una información que no esperaba. Luego, su sonrisa se tensó, se volvió más pequeña, más incómoda.

Clara: (Apartando la mirada hacia los expedientes, ordenando algo que ya estaba ordenado) “Me gustaría, Eliana. De verdad. Pero… no soy rica como tú. Mi casa es humilde, pequeña. Vivo en un departamento, de esos que se alquilan en las afueras, donde se escucha al vecino estornudar y el agua caliente dura quince minutos. No es como tu mansión.”

Eliana la miró un momento, sin decir nada. Vio cómo los dedos de Clara jugueteaban con la esquina de un expediente, cómo su mandíbula se tensaba, cómo sus ojos evitaban los suyos. Y por un instante, recordó todas las veces que Clara había ido a su casa, todas las veces que había aceptado una invitación sin rechistar, todas las veces que se había sentado en su sofá de cuero italiano y había bebido vino en copas de cristal tallado, sin quejarse, sin pedir nada, solo estando.

Eliana: (Suave, muy suave) “Clara.”

Clara levantó la vista, a regañadientes.

Eliana: “No me interesa cómo sea tu casa. Me interesa que es tuya. Que es donde vives. Que es donde estás cuando no estás conmigo en el hospital. Y quiero verla. No para compararla con nada. Solo para conocerla.”

Clara la miró un largo rato. Sus ojos negros, que tanto habían visto en el hospital —madres llorando, padres desesperados, niños que se apagaban y niños que volvían a la vida—, ahora tenían una expresión diferente. Vulnerabilidad. Ese miedo a mostrar lo que uno tiene cuando no es suficiente.

Clara: (Finalmente, con un suspiro que parecía derrota y aceptación a la vez) “No hay mucho que ver, Eliana. Es pequeña. Tiene una cocina que apenas entra una persona, una sala que hace las veces de comedor, y dos habitaciones. Una para mí y otra para…”

Se detuvo. Las palabras se le atascaron en la garganta.

Eliana: (Inclinándose un poco más, la voz apenas un susurro) “¿Otra para quién, Clara?”

Clara la miró, y en sus ojos negros brilló algo que Eliana no había visto antes. Miedo, sí. Pero también algo más. Un deseo de ser vista, de ser conocida, de dejar de esconder.

Clara: (En voz baja, casi inaudible) “Para mi hija. Miriam.”

Eliana se quedó inmóvil. El nombre cayó entre ellas como una piedra en un estanque, formando ondas que se expandían lentamente. Miriam. Clara tenía una hija. Cinco años de amistad, cinco años de turnos compartidos, cinco años de risas y llantos y confidencias, y nunca lo había mencionado.

Eliana: “Tienes una hija.”

Clara asintió, sin apartar la mirada.

Eliana: “¿Cuántos años?”

Clara: ” cinco . Cumple sies en tres meses.”

Eliana: “¿Y nunca me lo dijiste?”

Clara bajó la vista, sus manos ahora quietas sobre el mostrador. “No es algo que cuente, Eliana. No en el hospital. No con… no con nadie, en realidad.”

Eliana sintió algo en su pecho. No era enfado. Era algo más cercano a la tristeza, a la comprensión, a esa certeza de que todos guardamos secretos, todos tenemos puertas que no abrimos, todos tenemos habitaciones con llave.

Eliana: (Tomando la mano de Clara sobre el mostrador, apretándola suavemente) “Entonces déjame conocerla. A ella. A tu casa. A ti, Clara. De verdad. No a la enfermera eficiente, no a la amiga que nunca se queja. A ti.”

Clara levantó la vista, y en sus ojos negros, por primera vez en cinco años, Eliana vio algo que parecía permiso. O quizás, solo quizás, el comienzo de una confianza que había estado esperando para florecer.

Clara: (Con una sonrisa pequeña, temblorosa) “Mi casa es un desorden. Y Miriam es muy habladora. No para de preguntar cosas.”

Eliana: (Sonriendo también, sin soltar su mano) “Me encanta que hagan preguntas. Así aprenden.”

Clara soltó una risa corta, nerviosa, y retiró su mano con suavidad. Recogió los expedientes, los ordenó, los colocó en su lugar. Y cuando volvió a mirar a Eliana, algo en su rostro había cambiado. Era más ligero, más abierto.

Clara: “Este sábado. Termino temprano. Puedes venir a cenar. Pero no esperes lujos. Habrá pollo frito y ensalada, y tal vez un postre de esos que salen del microondas.”

Eliana: “El pollo frito es mi comida favorita.”

Clara: (Riendo, esta vez de verdad) “Mentirosa. Tu comida favorita es el salmón con espárragos que prepara Zamir.”

Eliana: (Encogiéndose de hombros, con una sonrisa cómplice) “El pollo frito está en segundo lugar. Pero no se lo digas a Zamir.”

Clara negó con la cabeza, todavía sonriendo, y tomó su carrito de medicamentos para comenzar la ronda de la mañana. Antes de irse, se detuvo un momento, sin volverse del todo.

Clara: “Eliana.”

Eliana: “Dime.”

Clara: “Gracias. Por… por querer conocer mi mundo.”

Eliana: “Siempre quise conocerlo, Clara. Solo que nunca supiste cómo decírmelo.”

Clara asintió, y se fue, su carrito de medicamentos chirriando ligeramente sobre el suelo de linóleo. Eliana se quedó en la estación de enfermería, con la taza de café frío en la mano, y una sonrisa que no se borraba.

En su pecho, algo se había movido. No era el deseo confuso que sentía por Maximilian, ni el amor tranquilo que sentía por Zamir. Era algo diferente. Era la certeza de que, a veces, las amistades más profundas empiezan cuando alguien decide abrir una puerta que siempre había estado cerrada.

Y Eliana, que estaba aprendiendo a abrir sus propias puertas, no podía esperar para cruzar la de Clara.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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