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Kaito Kamekura :El juego de las conquistas - Capítulo 14

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14: Capitulo 14 REY_+18 14: Capitulo 14 REY_+18 Kaito se posicionó con firmeza entre las piernas de Reina, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo aún estremecido por el clímax anterior.

Con una mano grande sujetando su cadera y la otra entrelazada con los dedos de ella contra las sábanas de algodón, comenzó a introducirse lentamente.

La entrada fue tensa; el miembro de Kaito era tan masivo que Reina soltó un jadeo agudo, con los ojos muy abiertos por el asombro de sentirse dilatada al límite.

—¡Ahhhh…

Kaito!

¡Es…

es demasiado!

¡Ahhh!

—gimió Reina, echando la cabeza hacia atrás mientras su cuerpo se adaptaba centímetro a centímetro a esa invasión total.

Kaito soltó un gruñido ronco y profundo, apretando los dientes mientras sentía la estrechez de Reina envolviéndolo como un guante de seda caliente.

La sensación de poder era embriagadora; tener a la orgullosa heredera de Azure Petal Beauty rindiéndose ante su tamaño era el trofeo máximo.

«Dios, está tan apretada…

me quema», pensaba Kaito mientras avanzaba con una lentitud tortuosa, disfrutando de cada milímetro de conquista.

«Con esto, el Modo Avanzado es prácticamente mío.

Solo una más y adiós a estos estorbosos condones».

Reina, por su parte, sentía que su mente se ponía en blanco.

La sensación de plenitud era algo que nunca había experimentado con tal intensidad.

Sentía cómo él la llenaba por completo, llegando a lugares que nadie había alcanzado antes.

«Me va a partir…

pero se siente tan bien», pensaba ella entre jadeos, mientras las lágrimas de placer asomaban en sus ojos azules.

«Nunca imaginé que alguien pudiera hacerme sentir tan…

pequeña y poseída.

¡Ahhhh, Kaito, más…

por favor!».

Los sonidos en la habitación eran puramente animales: el roce de la piel sudorosa, los sorbos de los besos que intercambiaban para acallar los gritos de Reina y los constantes gruñidos de satisfacción de Kaito.

Cuando finalmente logró entrar por completo, se quedaron un momento inmóviles, unidos en un abrazo desesperado tras las cortinas de seda oscura.

Kaito comenzó entonces un movimiento rítmico y rudo, marcando su territorio en cada embestida.

Reina ya no era la jefa ; era simplemente una mujer entregada al hombre que la estaba reclamando con toda su potencia.

La habitación estaba sumergida en un ambiente de lascivia pura, donde el único sonido era el rítmico y rudo choque de sus cuerpos sobre las sábanas de algodón.

Kaito, en una posición de misionero, descargaba toda su potencia sobre Reina, quien se retorcía bajo su peso.

Cada vez que él se hundía por completo, sus testículos golpeaban con fuerza contra la entrada de ella, un sonido sordo y animal que marcaba el paso de una conquista inminente.

Kaito sentía una satisfacción eléctrica al notar cómo sus pectorales firmes rozaban y aplastaban los pechos grandes de Reina con cada embestida.

La sensación de dominio era total; ver a la orgullosa heredera con la mirada perdida y la respiración rota era el trofeo que su ego de cazador necesitaba.

Por su parte, Reina sentía que el mundo se reducía a ese pecho sólido que la presionaba contra el colchón y a la invasión constante que la llenaba hasta lo más profundo.

—¡Ahhhh…

Kaito…

mmmff…

ahhhh!

—gemía ella, buscando su boca en una mascarilla de besos desesperados.

Sus lenguas se entrelazaban con una urgencia salvaje, intercambiando sorbos húmedos que acallaban los gritos de placer de Reina.

En su mente, la sensación de estar unida a él de esa forma tan ruda era algo aterradoramente placentero, una experiencia que la desarmaba por completo.

Kaito soltaba gruñidos roncos cerca de su oído, aumentando la velocidad de sus estocadas.

Cada movimiento era una declaración de propiedad.

El clímax era inminente.

Los movimientos se volvieron frenéticos, los besos más lascivos y los gemidos de Reina más agudos, mientras ambos se perdían en una espiral de placer rudo que sellaba, de una vez por todas, quién llevaba las riendas en esa cama king size.

Kaito no daba tregua.

Llevaban 20 minutos en ese misionero rudo y constante, un ritmo que habría agotado a cualquier otro hombre, pero él se mantenía con la misma energía arrolladora con la que habían empezado.

Cada embestida era profunda y precisa, haciendo que el pecho firme de Kaito chocara una y otra vez contra los pechos grandes de Reina, mientras sus testículos golpeaban con fuerza contra ella en cada estocada.

Reina estaba al límite.

Sus gemidos se volvieron gritos agudos y descontrolados, su cuerpo se tensó y sus uñas se clavaron en la espalda de Kaito hasta que, finalmente, colapsó en un clímax violento que la dejó temblando y sin aliento bajo él.

Se había corrido por completo, rendida ante la potencia de un hombre que parecía inagotable.

Kaito, sin embargo, no se detuvo.

Al verla así, empapada en sudor y con la mirada perdida, se inclinó para envolverla en besos húmedos y lascivos.

Entre el intercambio de lenguas y los jadeos pesados, la sorprendió susurrándole al oído con una voz cargada de una ternura que contrastaba con su rudeza previa: —Te amo, Reina…

—le dijo, fijando sus ojos en los de ella.

Reina, con el corazón latiendo en la garganta y la mente nublada por el placer que aún recorría sus venas, se aferró a su cuello y respondió con la misma intensidad: —Yo también te amo, Kaito…

ahhh, no pares…

Aprovechando esa entrega total, Kaito decidió llevar el encuentro a un nivel superior de control.

Con un movimiento fluido y potente, sujetó las piernas de Reina y las elevó hasta sus hombros, posicionándose en un misionero con piernas al hombro.

Esta posición le daba un acceso total y una profundidad que hizo que Reina soltara un grito de asombro.

Desde esa altura, Kaito usaba todo su peso y su fuerza para profundizar el contacto al máximo, manteniendo siempre el control visual sobre el rostro de Reina, disfrutando de cómo sus ojos se ponían en blanco cada vez que él se sumergía por completo dentro de ella.

—¡Ahhhh!

¡Kaito, ahí…

más profundo!

¡Ahhhh!

—gemía Reina, sintiendo cómo él la llenaba de una forma que nunca imaginó posible.

Kaito soltó un gruñido ronco de satisfacción.

Verla en esa posición, totalmente abierta y vulnerable ante su fuerza, lo excitaba de una manera animal.

Kaito, posicionado en un misionero con las piernas de Reina elevadas sobre sus hombros para un acceso total, mantenía un control absoluto sobre su cuerpo.

Sus pectorales firmes chocaban rítmicamente contra los pechos grandes de ella en cada embestida ruda, mientras sus testículos golpeaban con fuerza contra la entrada de Reina en cada estocada profunda, un sonido sordo y animal que marcaba el ritmo de la dominación.

Él no se inmutaba; seguía con la misma energía arrolladora del principio, deleitándose con cómo ella se retorcía desesperadamente bajo su peso.

Con una sonrisa lujuriosa y provocativa, Kaito se inclinó, buscando los ojos nublados de Reina tras capturar sus labios en un chupón lascivo y posesivo en el centro de su boca, seguido de una sección de besos rápidos y húmedos por su barbilla y cuello.

—Dime, Reina…

—le susurró Kaito con voz ronca, acariciando su muslo con posesividad mientras seguía sumergiéndose profundamente en ella—.

¿Quién es mejor?

¿Yo…

o tu novio?

La pregunta golpeó a Reina como una descarga eléctrica.

Su cuerpo reaccionó instintivamente, estrechándose violentamente alrededor del miembro de Kaito en una contracción tan intensa que Kaito soltó un gruñido ronco y profundo, casi un rugido de dolor placentero al sentirse atrapado en ese calor asfixiante.

—¡Ahhhh, Kaito!

¡Tú…

mmmff!

—gemía Reina, con la cabeza moviéndose desesperadamente sobre la almohada, luchando por articular palabras entre los jadeos y los sonidos húmedos de los besos—.

¡Obviamente tú…

mi Rey!

¡Él…

él ni siquiera se compara contigo!

¡Tú…

tu miembro es tres veces más grande…

ahhhhh!

A Kaito le encantó escuchar eso.

Ver a la orgullosa heredera reconocerlo como su soberano absoluto en la cama alimentaba su ego animal.

Se inclinó de nuevo, atrapándola en un largo beso con lengua, profundo y dominante, antes de susurrarle al oído: —Me gusta cómo suena eso, Reina…

De ahora en adelante, cuando estemos a solas, solo tienes que decirme “Rey”.

¿Entendido?

Reina, totalmente entregada, asintió frenéticamente.

En ese momento, se sintieron como una pareja de reyes imbatible.

En el mundo exterior, nadie podía dominarlos; ella era la heredera de un imperio de belleza y él, el sucesor de una logística global.

Ninguna otra persona en el instituto o en los negocios tenía la fuerza para doblegarlos.

Solo entre ellos, tras las cortinas de seda oscura, existía esa jerarquía donde solo se dominaban el uno al otro.

Kaito retomó el ritmo rudo y rítmico, acelerando la velocidad hasta que las estocadas eran ruidosas y constantes, con sus testículos chocando contra ella en cada impacto, mientras Reina soltaba gemidos agudos.

—¡Ahhhh!

¡Mi Rey, me…

me vas a hacer estallar!

—gritaba Reina, sintiendo la plenitud total de Kaito dentro de ella.

Pasaron unos largos minutos finales de pura intensidad animal.

Entonces, ambos llegaron a su límite simultáneamente.

Kaito, sintiendo que la descarga era inminente, dio unas últimas estocadas profundas y ruidosas, llenando el condón extra grande con un clímax ruidoso y potente, soltando un grito de victoria que resonó tras las cortinas de seda oscura.

Sentía una liberación masiva, una unión eléctrica que lo unía a ella en ese instante de placer puro.

Al mismo tiempo, Reina colapsó en su tercer clímax de la mañana.

Su cuerpo se arqueó por completo, sus músculos se tensaron en un espasmo violento y sus gemidos se transformaron en un grito agudo y prolongado.

Sintió cómo él condon de su interior se llenaba hasta lo más profundo con su esencia, una sensación de plenitud y posesión total que la desarmó por completo.

«Dios…

nunca imaginé que esto pudiera ser así», pensaba Reina con la mente totalmente en blanco, mientras su cuerpo temblaba bajo el de Kaito.

«Me ha poseído…

me ha hecho suya de verdad.

Es…

es increíble».

Se quedó allí, totalmente rendida, reconociendo en silencio que en esa cama king size, el único Rey absoluto era el hombre que la acababa de hacer gritar su nombre hasta quedarse sin aliento.

Kaito se retiró lentamente del interior de Reina, disfrutando del sonido húmedo que acompañó el movimiento.

Al quedar libre, ambos pudieron observar cómo los restos del reciente clímax de Reina descendían suavemente por su intimidad, la cual palpitaba de forma rítmica tras la intensidad de la experiencia.

Reina, aún tumbada y recuperando el aliento, fijó su mirada en el condón extra grande que Kaito se estaba retirando.

Sus ojos se abrieron de par en par al notar la gran cantidad de semen que lo llenaba casi por completo.

No pudo evitar la comparación: su novio apenas lograba llenar un condón pequeño, pero este hombre, ahora su Rey, había desbordado un protector de ese tamaño con una potencia que la dejó asombrada.

Kaito se puso en pie, mostrando su figura imponente mientras observaba a Reina rendida en la cama king size.

En su mente ya bullía la primera orden que le daría como su Nuevo Rey, pero decidió saborear el momento.

Caminó con paso seguro hacia la mochila de Reina, sacó el celular de ella y lo dejó con parsimonia en la mesita de noche junto a la cama.

—Descansa un poco, Reina —le dijo con una voz profunda y seductora mientras regresaba a su lado—.

Necesitas recuperar fuerzas antes de la siguiente ronda.

Ella, totalmente dócil y fascinada por la autoridad de Kaito, asintió en silencio.

Kaito se acostó a su lado, atrayéndola hacia su pecho firme.

El ambiente de rudeza se transformó en uno de absoluto cariño; él le plantó un beso tierno en la frente mientras ella se acurrucaba contra él, disfrutando del calor de su Rey.

Estaban enredados entre las sábanas, compartiendo caricias suaves que sellaban su nueva alianza, sintiéndose los dueños de un mundo donde solo ellos dos tenían el poder.

Kaito y Reina permanecieron enredados entre las sábanas de la cama king size, disfrutando de dos minutos de caricias suaves y besos tranquilos, permitiendo que Reina recuperara el aliento tras el intenso encuentro anterior.

Ella se sentía protegida y extrañamente sumisa en los brazos de Kaito, disfrutando de ese breve remanso de paz con su Rey.

De repente, Kaito se separó un poco y esbozó una sonrisa pícara y atrevida que hizo que el pulso de Reina se acelerara de inmediato.

Ella sabía que el descanso había terminado.

Kaito se levantó de la cama con movimientos decididos y, sin rodeos, tomó otro condón extra grande de la mesita de noche y se lo puso con total naturalidad.

—Ponte en cuatro, Reina —le ordenó con una voz profunda pero cargada de anticipación, mientras se dirigía a la mesita de noche para recoger el celular de ella.

Reina no dudó ni un segundo.

A pesar de que no tenía idea de qué planeaba hacer Kaito con su teléfono, el deseo de sentirlo dentro de ella nuevamente era más fuerte que cualquier duda.

Siguiendo la orden de su Rey, se giró sobre la cama y se colocó en la posición de perrito, con las rodillas apoyadas en las sábanas de algodón y las caderas elevadas, mostrando su intimidad aún húmeda y palpitante, lista para recibirlo.

Reina«Quiero que vuelva a entrar…

quiero sentir a mi Rey dentro de mí de nuevo», pensaba ella, mientras su cuerpo temblaba de anticipación.

Kaito se posicionó detrás de ella, sosteniendo el celular de Reina en una mano.

Se inclinó sobre su espalda y le acercó la pantalla al rostro.

—Desbloquéalo para tu Rey —dijo, con un tono posesivo.

Reina, siguiendo fielmente las instrucciones de su Rey, desbloqueó el dispositivo sin hacer preguntas.

Ella simplemente cumplía lo que su Rey ordenaba, confiando ciegamente en él.

En ese mismo instante, Kaito dejó el celular en la cama, a la vista de ambos, y agarrando con firmeza las caderas de Reina, la penetró profundamente en un movimiento rápido y potente.

—¡Ahhhhh!

¡Kaito!

—gemió Reina, arqueando la espalda por completo.

La sensación de sentir el miembro de su Rey llenándola hasta el fondo de su intimidad nuevamente fue abrumadora.

Se sentía completamente poseída, estirada y completa.

Los testículos de Kaito chocaron rítmicamente con su intimidad, marcando el inicio de una nueva ronda ruda y posesiva, mientras ella se entregaba totalmente a la voluntad de su rey en esa cama que ahora era su castillo.

Kaito comenzó a embestir con una fuerza renovada, aprovechando la posición para penetrarla con una profundidad que hacía que Reina soltara gemidos agudos y constantes.

Cada impacto rudo de su Rey la hacía arquear la espalda, sus manos apretando las sábanas de algodón mientras se perdía en la sensación.

—¡Ahhh…

ahhh!

¡Mi Rey, más…

más fuerte!

—gritaba Reina, con la voz entrecortada.

Se había vuelto adicta a esa sensación de plenitud.

La forma en que el miembro de Kaito la llenaba por completo, estirando su intimidad y haciéndola vibrar, era algo que ya no podía abandonar.

Kaito, mientras mantenía ese ritmo implacable, ejecutó su plan malvado.

Con una mano sujetó con firmeza la cintura de Reina, anclándola a él, y con la otra tomó el celular que ella acababa de desbloquear.

Con una calma gélida y una sonrisa de triunfo, buscó en la agenda hasta encontrar el número de Kenji, el novio de Reina.

En medio del sexo rudo, Kaito presionó el botón de llamar.

Al escuchar el tono de marcado saliendo de su propio teléfono, Reina se asustó.

Instintivamente, giró la cabeza para mirar a su Rey, con los ojos muy abiertos por la sorpresa y la confusión.

—¿Kaito…?

¿A quién…

a quién llamas?

—preguntó entre jadeos, mientras él seguía embistiéndola sin detenerse.

Kaito giró la pantalla del celular para que ella pudiera verlo claramente.

Los ojos de Reina se fijaron en el nombre del contacto: era Kenji.

El corazón le dio un vuelco al comprender la magnitud de la situación.

—Esta es tu primera orden, mi Reina —le susurró Kaito al oído con un gruñido ronco, mientras le daba una estocada especialmente profunda que le sacó un gemido involuntario—.

Vas a terminar con tu novio Kenji ahora mismo, mientras yo te hago sentir lo que es un hombre de verdad.

A Kaito le encantó la expresión de shock en el rostro de Reina al ver el nombre de su novio Kenji en la pantalla.

Era un plan cruel y lujurioso, diseñado para romper cualquier lazo que ella tuviera con su pasado y dejarla ligada únicamente a él.

Quería ver si ella era capaz de cumplir la orden de su Rey bajo la presión del placer y el sonido de la llamada a punto de ser contestada por Kenji.

De pronto, el sonido del tono de marcado se cortó y la voz de Kenji resonó con claridad a través del altavoz que Kaito había activado estratégicamente.

—¿Reina?

Hola, amor…

qué sorpresa que llames, ¿está todo bien?

—preguntó Kenji, con un tono de voz que denotaba una calma que estaba a punto de hacerse añicos.

Kaito, al escuchar la voz del ahora “ex-rival”, soltó un gruñido ronco de satisfacción y, en lugar de detenerse, propinó una estocada tan profunda y ruda que los testículos de Kaito chocaron sonoramente contra Reina.

El sonido del impacto fue nítido a través del micrófono.

—¡Ahhh…

mmmff!

—soltó Reina, apretando las sábanas con todas sus fuerzas, luchando por no gritar el nombre de su Rey frente al teléfono.

—¿Reina?

¿Qué fue eso?

¿Estás corriendo?

Te escuchas…

agitada —insistió Kenji, empezando a sonar preocupado.

Kaito se inclinó sobre la espalda de Reina, mientras mantenía un ritmo frenético y ruidoso.

Con su mano libre, acercó el celular a los labios de ella y le hizo una seña imperativa con la mirada.

—Díselo, mi Reina..

—le susurró Kaito con una sonrisa malvada.

Reina, con la mirada perdida y el cuerpo vibrando por la adicción que sentía hacia el miembro de Kaito, tomó aire como pudo.

Cada vez que intentaba hablar, Kaito la embestía con más fuerza, obligándola a soltar pequeños gemidos entre las palabras.

—Kenji…

ahhh…

escucha —logró decir Reina, mientras sentía cómo el pecho firme de Kaito la aplastaba—.

Lo nuestro…

mmmff…

se acabó.

No me busques más.

—¿Qué?

¡Reina, espera!

¿De qué hablas?

¿Qué es ese ruido de fondo?

—gritó Kenji desde el otro lado, ahora claramente alterado.

Kaito decidió que era el momento de sellar la humillación.

Agarró la cintura de Reina con ambas manos, dejando el celular en la cama justo debajo de reina , y comenzó una sección de estocadas salvajes y rápidas.

El sonido del sexo rudo era imposible de ocultar; cada golpe de sus cuerpos y cada jadeo de Kaito se filtraban directamente por la llamada.

—¡Ahhhh!

¡Kaito!

¡Mi Rey…

sí, así!

—gritó Reina finalmente, olvidando por completo que Kenji seguía en la línea.

El placer de ser reclamada por su Rey de una forma tan pública y prohibida la llevó a un estado de éxtasis total.

Kaito sonrió con triunfo al escuchar el silencio sepulcral de Kenji antes de que la llamada se cortara bruscamente.

Su plan había salido a la perfección.

Reina acababa de destruir su pasado frente a sus oídos, demostrando que ahora solo había lugar para uno en su vida.

Kaito estaba eufórico.

La llamada cortada de Kenji fue el sonido de su victoria absoluta.

Sintiendo una oleada de posesividad salvaje, agarró con fuerza la cintura de Reina, anclándola a él, y comenzó a celebrar su triunfo de la manera más ruda y lujuriosa posible.

—¡Eso es, mi Reina!

¡Le diste su merecido!

—rugió Kaito con un gruñido ronco cerca de su oído.

Con la mano que antes sostenía el celular, Kaito asestó una nalgada sonora y contundente en el glúteo derecho de Reina.

El impacto resonó en la habitación.

Él observó con fascinación cómo la piel se ponía roja instantáneamente y cómo la carne firme de sus glúteos se ondulaba con el golpe, antes de volver a tensarse bajo su control.

—¡Ahhhh!

¡Kaito!

—gritó Reina, arqueando la espalda por el dolor placentero de la nalgada, que solo disparó su excitación.

Kaito no se detuvo.

Alternaba estocadas profundas y rápidas acompañadas de él sonido de las nalgadas rítmicas que el le daba, disfrutando del sonido de la piel chocando contra la piel y de los gemidos agudos que Reina soltaba con cada golpe.

Se había vuelto una adicta a su rudeza; cada impacto de su Rey la hacía desear más.

—¡Mmmff…

sí!

¡Más fuerte, mi Rey!

—suplicaba ella, con la cabeza enterrada en la almohada.

Mientras la seguía penetrando con furia desde atrás en la posición de perrito, Kaito deslizó ambas manos hacia adelante, por debajo de su vientre, y apresó sus pechos grandes.

Los apretó con fuerza, amasándolos con posesividad mientras continuaba con sus embestidas salvajes.

Se deleitaba watching cómo sus tetas se movían violentamente de arriba abajo con cada estocada ruda, chocando rítmicamente contra el colchón y sus propias manos.

La visión de su cuerpo rindiéndose ante su fuerza era el trofeo definitivo.

Pasaron unos largos e intensos minutos de puro éxtasis animal.

La habitación era un caos de sonidos: el choque rítmico de los cuerpos sudorosos, las nalgadas constantes, los gruñidos de Kaito y los gritos descontrolados de Reina.

Ella sentía que su intimidad iba a estallar; la combinación de la penetración profunda, las nalgadas y el agarre en sus pechos la estaba llevando al límite.

«Ya no puedo más…

me va a romper…

¡Ahhhh!», pensaba Reina, con la mente totalmente en blanco, entregada por completo a la voluntad de su Rey.

Finalmente, el cuerpo de Reina se tensó en un espasmo violento.

Sus gemidos se transformaron en un grito agudo y prolongado mientras colapsaba en un clímax devastador.

Sintió cómo su intimidad se contraía frenéticamente alrededor del miembro de Kaito, envolviéndolo en oleadas de placer puro, mientras él daba unas últimas estocadas rudas para sellar su victoria sobre ella y sobre su pasado con Kenji.

Kaito no se detuvo al ver a Reina colapsar.

Verla en ese estado, con los glúteos marcados de un rojo intenso por sus nalgadas y sus pechos grandes aún oscilando por la violencia de sus embestidas, terminó por romper sus propios frenos.

El sonido de la llamada cortada de Kenji seguía alimentando su adrenalina; era el momento de reclamar su premio final.

—¡Eso es, mi Reina!

¡Ríndete para tu Rey!

—rugió Kaito, con una voz que era puro instinto animal.

Aumentó la velocidad de forma frenética, convirtiendo sus estocadas en impactos secos y ruidosos que hacían que toda la cama king size temblara.

Con una mano seguía apretando uno de sus pechos con fuerza, mientras que con la otra le propinó una última nalgada sonora que dejó la piel de Reina vibrando.

El contraste entre el calor de su intimidad apretándola y el sudor que cubría sus cuerpos lo llevó al borde del abismo.

Kaito sintió que la descarga era inminente.

Se hundió lo más profundo que pudo, clavando sus dedos en las caderas de Reina para anclarla, y soltó un grito de victoria desgarrador mientras el condón extra grande se llenaba con una fuerza abrumadora.

Fue un clímax ruidoso y prolongado, una liberación masiva de tensión acumulada que lo dejó jadeando pesadamente sobre la espalda de ella.

Reina, sumida aún en los espasmos de su propio orgasmo, sintió la plenitud total de su Rey inundándola.

Se quedó inmóvil, con la cara hundida en la almohada y el cuerpo temblando, procesando la intensidad de lo que acababa de ocurrir.

No solo había tenido el sexo más rudo de su vida, sino que había cortado su pasado de un solo tajo bajo las órdenes del hombre que ahora la dominaba.

Kaito se dejó caer lentamente sobre ella, manteniendo la unión, y le dio un beso largo y húmedo en el hombro, marcando su territorio una vez más.

—Misión cumplida, mi Reina —susurró con una sonrisa triunfal en los labios—.

Ahora solo existo yo.

Reina, con el corazón latiendo desbocado y la mente nublada de placer, solo pudo soltar un suspiro de absoluta devoción.

Estaba agotada, marcada y felizmente sometida al único hombre que la había logrado someter su Rey.

Kaito parecía poseer una energía infinita.

Mientras Reina intentaba recuperar el aliento, él la observaba con esa mirada depredadora, listo para continuar sin descanso.

Fue entonces cuando Reina, inspirada por la autoridad de su Rey, decidió que era su turno de tomar las riendas.

Con manos temblorosas pero decididas, tomó un nuevo condón extra grande y se lo colocó a Kaito con una lentitud provocativa, antes de montarse sobre él.

En la posición de Cowgirl (La vaquera), Reina dictó el ritmo.

Se elevaba y descendía sobre él, disfrutando de cómo el miembro de su Rey la llenaba por completo mientras ella acariciaba su pecho firme.

Tras unos minutos de una intensidad creciente, ambos alcanzaron un clímax explosivo al mismo tiempo.

Reina gritó el nombre de su soberano mientras sentía la descarga de Kaito expandiendo el látex dentro de ella.

Sin darle tiempo a enfriarse, Reina cambió a la Cowgirl invertida.

Ella misma retiró el protector usado y le colocó uno nuevo, demostrando su devoción.

Al darle la espalda, Kaito pudo deleitarse con la vista de sus glúteos rojos por las nalgadas y sus pechos grandes rebotando con cada movimiento frenético de Reina.

Una vez más, la sincronía fue perfecta: ambos estallaron en un orgasmo compartido que dejó a Reina sin fuerzas, colapsando sobre el pecho de Kaito.

Kaito, que seguía con su vitalidad intacta, la cargó estilo princesa.

Sus músculos no flaqueaban mientras la llevaba al baño, donde el hidromasaje ya estaba listo con agua caliente y burbujas.

Una vez dentro, Kaito se acomodó.

Él se sentó en el fondo de la tina, apoyando su espalda firme contra el extremo del hidromasaje, y Reina se sentó sobre él, envolviéndolo con sus piernas.

Kaito usó sus manos para sujetar las caderas de su Reina, dictando un ritmo de subida y bajada lento y constante, aprovechando la flotabilidad del agua para que el movimiento fuera fluido y relajante.

En este estado de conexión total, Kaito estiró el brazo y encendió un pequeño altavoz en la repisa, dejando que una música suave envolviera el ambiente.

Se quedaron así, abrazados piel con piel, sintiendo el latido del corazón del otro mientras seguían unidos íntimamente.

Reina apoyó la cabeza en el hombro de su Rey, cerrando los ojos y dejándose llevar por la paz del momento.

—Eres perfecta, mi Reina —le susurró Kaito al oído, dándole un beso tierno en el lóbulo mientras la música llenaba el espacio.

Pasaron 20 minutos de una calma absoluta en el hidromasaje.

La música suave llenaba el baño, creando una atmósfera de paz que contrastaba con la tormenta de pasión de hacía poco.

Kaito permanecía con la espalda apoyada firmemente en el extremo de la tina, mientras Reina descansaba sentada sobre él, con la cabeza oculta en el hueco de su cuello y sus piernas rodeando su cintura bajo el agua caliente.

Aunque Kaito sentía que su energía seguía intacta y su miembro aún pulsaba con fuerza dentro de ella, sabía que el deber llamaba.

Para lograr que su excitación bajara y poder concentrarse en el negocio, Kaito aplicó una técnica mental de disciplina: cerró los ojos y comenzó a repasar mentalmente las cláusulas del contrato de logística que estaban a punto de firmar.

Ese ejercicio de frialdad ejecutiva le funcionó para recuperar el control biológico de su cuerpo, permitiendo que su miembro se relajara lentamente, aunque sin salir de la intimidad de Reina.

Reina, por su parte, no quería moverse.

Se sentía protegida, como si el pecho de Kaito fuera el único lugar seguro en el mundo.

El suave movimiento del agua y el calor de su Rey la mantenían en un estado de trance placentero.

Estuvieron allí, simplemente conectados, sintiendo el latido sincronizado de sus corazones y el roce de sus pieles húmedas.

—Es hora de irnos, mi Reina —le susurró Kaito finalmente, con una voz profunda que vibró contra su piel—.

Tenemos un contrato que firmar y un imperio que asegurar.

Reina soltó un suspiro de resignación pero asintió, separándose lentamente de él con una mirada de absoluta devoción.

El momento de descanso había sellado su lealtad; ahora estaban listos para salir de esa habitación no solo como amantes, sino como los socios más poderosos del instituto, dejando atrás cualquier rastro de su antigua vida..

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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