Kaito Kamekura :El juego de las conquistas - Capítulo 16
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16: Capitulo 16 Aceptación_+18 16: Capitulo 16 Aceptación_+18 PERSPECTIVA DE KAITO KAMEKURA LUGAR: RESTAURANTE ELEGANCE Kaito terminó su pasta fresca con un sorbo final de vino tinto.
El sabor del alcohol calentaba su garganta mientras su mente volvía una vez más a las posibilidades que Yoko representaba.
Después de pagar la cuenta, se levantó de la mesa y se dirigió a la salida, sintiendo la emoción crecer en su pecho.
Eran las 15:15 cuando salió del restaurante, y su Cadillac esperaba en la acera.
Condujo hacia su departamento con una velocidad controlada, ansioso por ver a Yoko.
Al aparcar en el Edificio Metrópoli y subir en el ascensor hasta el piso 18, el reloj marcaba las 15:25.
Al salir del ascensor, camino por los pasillos hasta llegar a su departamento.
HORA: 15:30 HORAS | LUGAR: DEPARTAMENTO DE KAITO KAMEKURA Kaito metió la llave en la cerradura con sigilo, girándola despacio hasta escuchar un clic casi inaudible.
Abrió la puerta con movimientos lentos y precisos, evitando que las bisagras emitieran el menor ruido, antes de cerrarla detrás suyo con la misma suavidad.
Sus zapatos no hacían más que un leve susurro sobre el suelo mientras avanzaba sigilosamente hacia el pasillo que conducía a su cuarto principal.
Sabía que posiblemente Yoko estaría allí – siempre empezaba por limpiar la habitación más grande del departamento, donde el polvo se acumulaban con más facilidad entre los muebles de lujo.
Al asomarse por la puerta entreabierta, la vio de espaldas a él, inclinándose ligeramente para pasar un paño sobre la mesita de noche.
Su camisa blanca se tensaba sobre sus pechos con cada movimiento, y la falda negra ceñía sus caderas en una forma que Kaito encontraba irresistible.
Una mujer con necesidades económicas y emocionales, pensó, acercándose silenciosamente por detrás.
Estará más dispuesta a encontrar un acuerdo mutuo, siempre y cuando sea completamente consensuado.
Kaito No dijo nada.
Solo extendió las manos con cuidado y posó sus dedos sobre sus pechos, acariciándolos suavemente a través de la tela de la camisa.
Yoko dio un pequeño sobresalto, girándose rápidamente con los ojos abiertos de par en par, pero Kaito ya la sostenía por la cintura con una mano, mientras la otra continuaba acariciándola con ternura.
PENSAMIENTOS DE YOKO ¡Dios mío…
él está aquí!
Ella se sobresalto por un instante, sintiendo cómo sus manos grandes y cálidas cubrían sus pechos a través de la tela.
Debo alejarlo, debo decir que no – Tomohiro me espera en casa, es mi marido, estar con él es lo correcto, lo que siempre he creído que es mejor para nosotros.
Pero cuando sus brazos la rodearon por la cintura, tirándola suavemente hacia él hasta que su espalda pegaba a su pecho, todos sus pensamientos racionales se desvanecieron como humo.
El aroma a madera y café que tanto asociaba a Kaito invadió sus sentidos, y cuando sus labios tocaron su cuello con una suavidad que la hizo estremecer, sintió cómo le apretaba más sus pechos a través de la camisa y ella empezó a ceder bajo la presión de sus dedos.
No puedo…
no debo…
intentó pensar, pero la sensación de sus caricias era tan intensa, tan diferente a la ternura pero superficial de Tomohiro, que no pudo evitar suspirar de placer.
Cuando él la giró suavemente para enfrentarla, sus ojos rojos la miraban con una calidez y respeto que la desconcertaban.
No había presión, no había chantaje – solo la oferta de algo que su cuerpo y su corazón anhelaban con desesperación.
—Kaito-kun…
—susurró ella, su voz entrecortada por la sorpresa y el calor que ya empezaba a recorrer su cuerpo.
—Hola, Yoko-san —dijo Kaito con voz suave y cariñosa, acercándose aún más hasta que su pecho tocaba el suyo—.
Me extrañaste?
Pregunto el y Veo que estás trabajando duro como siempre.
Las manos de Kaito se deslizaron debajo de la tela, tocando directamente su piel caliente, sus pechos llenos y firmes bajo sus dedos expertos.
Sus manos continuaron acariciando sus pechos con movimientos lentos y seguros, presionando suavemente sobre la piel tensa y cálida bajo sus dedos.
Mientras tanto, su otra mano se deslizó hasta el cuello de la camisa, encontrando el primer botón y soltándolo con un pequeño clic.
Luego el siguiente, y el siguiente, uno a uno, hasta que la tela se abrió parcialmente, dejando ver el borde de su ropa interior pero sin revelarla del todo.
Kaito —Te he extrañado, Yoko-san —susurró él, acercando su rostro a su cuello para besarlo suavemente, mientras sus dedos continuaban acariciando sus pechos a través de la tela que aún quedaba cerrada en la parte inferior—.
Desde el lunes no he podido dejar de pensar en ti.
Yoko cerró los ojos, sintiendo cómo sus dedos se movían con precisión sobre su piel, explorando cada curva con ternura pero con una determinación que la hacía temblar.
La camisa ya estaba abierta hasta la cintura, pero él no la quitaba del todo – seguía cubriéndola, permitiéndole sentir la cercanía de la tela mientras sus manos trabajaban con cuidado debajo.
No puedo resistirme más, pensó Yoko, sintiendo cómo su respiración se volvía entrecortada.
Cada caricia, cada beso…
me hace sentir viva de una forma que nunca antes había experimentado.
Kaito unió sus labios con los de Yoko en un beso suave pero cargado de intención.
Mientras sus lenguas se encontraban con lentitud, sus manos no se quedaron quietas; descendieron por la espalda de ella con movimientos profundos, marcando su territorio.
Con una calma que ponía a Yoko nerviosa, Kaito agarró los bordes de su camisa blanca y la deslizó por sus hombros.
La prenda cayó al suelo como un susurro, dejando a Yoko expuesta.
Kaito se detuvo en seco.
Sus ojos rojos brillaron con un hambre nueva al ver lo que ella escondía: un conjunto de lencería negra de encaje fino que abrazaba sus curvas y resaltaba la forma firme de sus pechos.
—Hermosa…
—susurró Kaito con la voz ronca.
Pasó las yemas de sus dedos por el hombro de ella hasta la clavícula, saboreando la suavidad de su piel—.
No tenía idea de que llevabas algo tan precioso aquí debajo.
LOS PENSAMIENTOS DE YOKO Al sentir la mirada de Kaito devorándola, Yoko sintió que un calor intenso le subía por las mejillas hasta las orejas.
«¡Me está viendo de verdad!», pensó con el corazón latiendo a mil por hora.
Intentó decirse a sí misma que se había puesto ese conjunto solo para sentirse bien ella misma, pero en el fondo sabía la verdad.
Su mente viajó a la noche anterior, en su propia casa.
Recordó cómo se había lucido frente a su esposo, Tomohiro, esperando una reacción, un cumplido, una caricia diferente.
Pero para él, la lencería fue un simple estorbo.
Se la quitó de forma brusca y mecánica, sin mirarla, solo para tener un sexo rápido y monótono que la dejó sintiéndose vacía.
Hoy, al vestirse para ir a trabajar, Yoko había elegido ese mismo encaje negro con una intención secreta: quería ver cómo reaccionaba su jefe.
Quería saber si él sí era capaz de notar la diferencia.
Al ver la admiración y el respeto en los ojos de Kaito, la vergüenza de Yoko se transformó en un deseo puro.
Se sintió valorada, deseada y, por primera vez en mucho tiempo, realmente mujer.
«Tomohiro nunca me ha mirado así», admitió para sus adentros.
Cerró los ojos con fuerza, entregándose al momento mientras sus propias manos empezaban a acariciar la piel de Kaito por encima de la tela negra.
«Elegí esto…
elegí estar aquí, y no me arrepiento».
Kaito no perdió el tiempo y continuó con sus caricias, volviéndose más atrevido.
Sus dedos recorrieron el borde del encaje, delineando sus pechos con una ternura que quemaba.
Bajó la cabeza y comenzó a besar su cuello y sus hombros con una pasión que confirmaba que aquello no era un juego, sino un deseo mutuo y totalmente consentido.
Cada caricia de Kaito era un bálsamo que borraba la frialdad de su matrimonio.
Ella ya no era la empleada que limpiaba; era la mujer que su Rey deseaba poseer con toda su intensidad.
Kaito no pudo apartar la vista de los pechos de Yoko, realzados por el encaje negro del sostén.
Su respiración se volvió más pesada, y un brillo de posesividad se encendió en sus ojos rojos.
Sin dejar de acariciar su clavícula, deslizó su mano con decisión hacia la cintura de ella, buscando el cierre de la falda negra de tubo.
Yoko contuvo el aliento.
Sintió el roce frío del metal contra su piel cuando Kaito bajó la cremallera de un solo tirón, audaz y dominante.
La falda resbaló por sus caderas y cayó al suelo, quedando sobre la camisa blanca que ya descansaba allí.
En ese instante, Kaito se quedó completamente asombrado.
Frente a él, Yoko estaba de pie, revelando el conjunto completo de lencería negra de encaje fino.
Sin la falda, el corte alto de la braga resaltaba la curvatura de sus caderas y la longitud de sus piernas desnudas.
El encaje delicado contrastaba maravillosamente con la palidez de su piel, creando una visión que dejó a Kaito sin palabras por un momento.
No eran solo las prendas; era ella.
La forma en que la luz de la habitación perfilaba su silueta, la mezcla de timidez y deseo en su rostro, y la confianza silenciosa que emanaba al haberse atrevido a vestirse así para él.
Kaito había visto muchas mujeres, pero la belleza cruda y genuina que tenía enfrente en ese momento le pareció insuperable.
—Dios mío, Yoko…
—susurró Kaito, su voz apenas un hilo ronco de admiración pura.
Se quedó estático, simplemente devorándola con la mirada, dejando que el silencio llenara la habitación mientras asimilaba la visión.
Yoko, al ver la adoración genuina en sus ojos, sintió cómo el último rastro de duda se desvanecía, reemplazado por una ola de orgullo y un deseo ardiente de ser poseída por este hombre que, a diferencia de su esposo, sí sabía apreciar su belleza.
Yoko, al escuchar la admiración sincera en la voz de Kaito y ver cómo sus ojos rojos la devoraban, sintió que una ola de calor y confianza la invadía por completo.
Ya no era la esposa invisible de Tomohiro; era la mujer deseada por su Rey.
Con un movimiento fluido y audaz, Yoko dio un paso hacia adelante, eliminando cualquier distancia entre ellos.
Enredó sus dedos en el cabello de Kaito y lo atrajo hacia ella, sellando sus labios en un beso profundo, húmedo y cargado de una pasión contenida durante demasiado tiempo.
Kaito respondió al instante, rodeando su cintura con fuerza, pero Yoko tenía claro que esta vez ella también quería tomar la iniciativa.
Mientras sus lenguas se encontraban en una danza frenética, las manos de Yoko bajaron con decisión al pecho de Kaito.
Sus dedos encontraron los botones de su uniforme y, con una agilidad sorprendente nacida del deseo, comenzó a desabrocharlos uno a uno, sin romper el beso.
Kaito soltó un gruñido ronco de sorpresa y placer cuando ella deslizó la camisa por sus hombros, revelando su torso esculpido y firme.
Yoko separó sus labios de los de él solo unos centímetros, jadeando levemente, con los ojos brillando de lujuria.
Bajó la mirada hacia el cinturón de Kaito.
Con manos temblorosas pero seguras, desabrochó la hebilla y bajó el cierre de sus pantalones.
Kaito la observaba, fascinado por su atrevimiento, dejando que ella dictara el ritmo.
Ella empujó los pantalones hacia abajo, dejándolos caer al suelo junto a su propia falda y camisa, dejando a Kaito solo en boxers.
Pero Yoko no se detuvo ahí.
Quería verlo todo, poseerlo por completo.
Se arrodilló lentamente frente a él, manteniendo la mirada fija en sus ojos rojos, y con un movimiento suave y posesivo, enganchó sus pulgares en el elástico de los boxers y los deslizó hacia abajo.
Al levantarse, Yoko se encontró cara a cara con la virilidad de Kaito, fully erecta y lista para ella.
Se quedó estática un segundo, admirando su poder, antes de volver a besarlo con una intensidad que prometía una noche inolvidable, libre de culpas y llena de fuego puro.
Yoko, sintiendo una chispa de audacia que nunca había experimentado en su casa, tomó a Kaito de las manos y lo guio con pasos lentos y decididos hacia la cama king size.
Kaito, fascinado por la transformación de su empleada en una mujer desbordante de deseo, se dejó llevar, disfrutando de la vista de su espalda y sus caderas adornadas solo por el encaje negro.
Al llegar al borde del colchón, Yoko lo presionó suavemente de los hombros hasta que Kaito se sentó, quedando con las piernas entreabiertas y la espalda recta.
Ella, sin dudarlo, se dejó caer de rodillas sobre la alfombra, quedando justo a la altura de su virilidad.
Yoko se quedó estática un momento, con los ojos muy abiertos, admirando lo que tenía frente a ella.
El miembro de Kaito era imponente: grande, firme y con las venas marcadas que latían con cada pulsación de su corazón.
El contraste de su piel clara contra la masculinidad de su Rey la hizo humedecerse al instante.
—Es…
increíble, Kaito-kun —susurró ella, extendiendo una mano temblorosa para rodear la base con sus dedos, comprobando el calor que emanaba.
Kaito echó la cabeza hacia atrás, su pecho subiendo y bajando con fuerza mientras soltaba un gruñido ronco de satisfacción.
Yoko comenzó a acariciarlo con ambas manos, deslizando sus palmas de arriba abajo, reconociendo cada centímetro de su grosor.
Sin hacerlo esperar más, Yoko se inclinó hacia adelante.
Abrió sus labios y comenzó a rodear la punta con una lentitud tortuosa, usando su lengua para delinear el borde antes de introducirlo profundamente en su boca.
—¡Ahhh…
Dios, Yoko!
—exclamó Kaito, enterrando sus dedos en el cabello de ella para guiar el ritmo—.
No sabía que podías ser tan…
intensa.
Yoko continuó con la mamada, moviéndose con un hambre voraz, succionando con fuerza mientras sus manos no dejaban de masajear la base y sus testículos.
Se esmeraba en cada movimiento, queriendo demostrarle a Kaito que ella también lo deseaba con la misma hambre que él mostraba por ella.
Kaito cerró los ojos, apretando las sábanas con las manos, entregándose por completo al placer que la boca experta de Yoko le estaba provocando en medio del silencio de la habitación.
Yoko estaba completamente perdida en el placer de complacer a Kaito.
Tras unos minutos de una succión intensa que lo tenía al borde del asiento, ella decidió que quería sentirlo de una forma más física y envolvente.
Con un movimiento fluido y cargado de sensualidad, Yoko se separó apenas unos centímetros de su miembro.
Sin soltarlo del todo, usó sus manos para desplazar las copas de su sostén de encaje negro, dejando sus pechos grandes al descubierto pero manteniendo la prenda puesta, tal como ella quería.
—Kaito-kun…
mira esto —susurró con la voz quebrada por el deseo.
Fue entonces cuando cambió el ritmo.
Yoko juntó sus senos con ambas manos, atrapando el miembro de Kaito justo en medio de ellos, iniciando un paizuri firme y rítmico.
Comenzó a deslizar su busto de arriba abajo, apretando la carne suave contra la dureza venosa de él.
En ese preciso instante, el recuerdo de su esposo volvió a su mente como un relámpago amargo, obligándola a hacer una comparación inevitable.
Recordó la vez que intentó hacerle esto a Tomohiro.
El miembro de él era tan pequeño que, al intentar atraparlo con sus pechos, simplemente desaparecía entre la carne; no había nada que sobresaliera, ni nada que ella pudiera alcanzar con sus labios.
Se sintió frustrada y aburrida en aquel entonces, como si estuviera perdiendo el tiempo con algo que no llenaba su espacio.
Pero con Kaito-kun, la realidad era un sueño.
—Es…
es enorme…
—jadeó Yoko, con los ojos brillando de asombro mientras lo apretaba con fuerza.
Vio con fascinación cómo el miembro de Kaito no se perdía en absoluto entre su busto.
Al contrario, sobresalía imponente por encima de sus pechos, mostrándole esa cabeza grande y bulbosa que latía justo frente a su rostro, desafiando el tamaño de su propio escote.
Era una visión de pura masculinidad que la dejó sin aliento.
Sin poder resistirse más, Yoko se inclinó hacia adelante mientras seguía masajeándolo con su busto y comenzó a chupar la punta con devoción.
Rodeaba la corona con su lengua, saboreando cada milímetro de ese grosor que su esposo nunca pudo ofrecerle.
—¡Ahhh…
Yoko!
¡Eso es!
—rugió Kaito, con la voz quebrada por el placer, echando la cabeza hacia atrás mientras sus manos se hundían en el cabello de ella—.
¡No te detengas, apriétame más!
Kaito guiaba el movimiento con firmeza, disfrutando de cómo Yoko se esmeraba en cada succión y cada roce.
Ella se sentía más mujer que nunca, disfrutando de la sensación de tener a un hombre de verdad que la hacía vibrar con solo mirarla.
Kaito ya no podía más.
El ritmo frenético del paizuri combinado con la succión constante de Yoko lo había llevado al punto de no retorno.
Sus músculos se tensaron, sus dedos se hundieron con fuerza en el cabello de ella y soltó un rugido ronco que retumbó en toda la habitación.
—¡Yoko!
¡Voy a…!
—alcanzó a advertir con la voz quebrada.
De repente, el cuerpo de Kaito tuvo un espasmo violento y una gran cantidad de semen salió disparado con una fuerza impresionante directamente hacia el rostro de Yoko.
Ella, entregada por completo, abrió la boca intentando recibir todo el flujo, haciendo un esfuerzo enorme por tragar la mayor cantidad posible.
Sin embargo, las pulsaciones eran tan potentes y el volumen tan excesivo que sus mejillas se llenaron al instante, obligándola a apartarse un poco para no ahogarse.
Al retirarse, Yoko se quedó arrodillada, observando con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada cómo el miembro de Kaito seguía descargándose.
Vio con fascinación cómo el semen continuaba saliendo disparado en chorros espesos y calientes, cayendo con fuerza sobre sus pechos grandes que aún sobresalían del sostén de encaje y manchando su rostro.
El líquido blanco y cálido se deslizaba por su piel, creando un contraste salvaje con el negro de su lencería.
Yoko no se limpió; se quedó allí, jadeando, sintiendo el calor de Kaito sobre su piel y disfrutando de la marca de posesión que su Kaito-kun acababa de dejar en ella.
Kaito respiraba con dificultad, observando a Yoko arrodillada frente a él, marcada por su esencia.
Aunque acababa de tener un clímax potente, la visión de ella en ese conjunto de encaje negro, con la piel brillante y los ojos cargados de una devoción que nunca había visto, provocó que su cuerpo reaccionara de inmediato.
La ansiedad por poseerla de verdad, por sentir su calor interno, se volvió una necesidad física insoportable.
Con una ternura dominante, Kaito alargó la mano y pasó sus dedos por la mejilla de Yoko, limpiando el rastro de semen con un movimiento lento, sin apartar la vista de ella.
—Esto recién empieza, Yoko-san —susurró con una voz que vibraba de deseo—.
No voy a dejar que te vayas así.
La tomó por la cintura y la levantó con facilidad, depositándola con delicadeza en el centro de su cama king size.
El contraste del encaje negro contra las sábanas de lujo era un espectáculo que Kaito quería prolongar; le fascinaba cómo la lencería enmarcaba su cuerpo, así que decidió que no se la quitaría todavía.
Kaito se posicionó entre sus piernas, pero antes de entrar, quería prepararla para que ella sintiera cada milímetro de él.
Comenzó a masajear sus muslos con fuerza, subiendo poco a poco hacia su zona íntima.
Con un movimiento hábil, simplemente apartó hacia un lado la tela fina de la lencería, dejando su feminidad expuesta pero manteniendo el marco del encaje negro sobre sus caderas.
—Estás tan húmeda…
—gruñó Kaito al sentir el calor que emanaba de ella.
Sin esperar más, bajó su cabeza y comenzó a chuparla con una intensidad voraz.
Su lengua trabajaba con destreza, recorriendo cada pliegue y concentrándose en su punto más sensible con succiones rítmicas.
Yoko arqueó la espalda de inmediato, enterrando sus dedos en las sábanas y soltando gemidos agudos que llenaban la habitación.
—¡Ahhh…
Kaito-kun!
¡Por favor!
—suplicaba ella, sintiendo cómo la electricidad recorría su cuerpo.
Kaito no se detuvo; usaba sus manos para abrirla más, disfrutando del sabor y del aroma de una mujer que estaba floreciendo bajo su mando.
La estaba preparando para lo que venía, asegurándose de que estuviera tan lista y necesitada como él, mientras admiraba cómo el encaje negro se tensaba sobre su piel con cada espasmo de placer de Yoko..
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