Kaito Kamekura :El juego de las conquistas - Capítulo 17
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17: Capitulo 17.
17: Capitulo 17.
Kaito no tenía prisa; quería ver a Yoko perder el control por completo antes de poseerla.
Sus dedos y su lengua trabajaban en una sincronía perfecta sobre su zona íntima, mientras el encaje negro de la lencería seguía adornando sus caderas, creando una imagen que a Kaito lo volvía loco.
De repente, el cuerpo de Yoko se tensó.
Sus gemidos se volvieron gritos ahogados y sus muslos temblaron violentamente.
—¡Kaito-kun…
ahhh!
—exclamó ella mientras un espasmo de placer puro la recorría.
Yoko se corrió con fuerza, sintiendo cómo su propia humedad empapaba los dedos de Kaito.
Él no se detuvo, continuó con movimientos suaves hasta que ella se relajó sobre las sábanas, jadeando y con la mirada perdida en el techo.
Kaito subió por su cuerpo y la envolvió en una serie de besos lentos y profundos.
—Yoko-san…
—susurró Kaito contra sus labios—.
Esto es solo el principio.
Dime…
¿quieres que sigamos?
¿Quieres que te haga mía de verdad?
Yoko lo miró a los ojos, sintiéndose segura y valorada.
—Sí, Kaito-kun…
por favor.
Quiero todo de ti —respondió ella con total convicción.
Kaito sonrió con malicia y victoria.
Sabía perfectamente que Yoko era su tercera conquista bajo las reglas del juego, la pieza final para dejar atrás las limitaciones.
Con un movimiento dominante, la ayudó a ponerse en cuatro sobre el colchón.
La lencería negra resaltaba la curva de sus glúteos, y Kaito se posicionó detrás de ella.
A diferencia de otras veces, Kaito no buscó protección.
Estaba eufórico porque sabía que ya no la necesitaría; quería sentirla piel con piel y estaba ansioso por lo que estaba a punto de suceder.
Se acomodó en su entrada y, con un empuje lento y firme, entró en ella de una sola estocada profunda.
En ese preciso instante, dentro de su mochila, los lentes emitieron un destello imperceptible, y los ojos de Kaito se iluminaron con un brillo antinatural.
Un mensaje proyectado directamente en su visión parpadeó con fuerza: HABILIDAD AVANZADA DESBLOQUEADA.
Al sentir el calor interno de Yoko y estar finalmente dentro de ella, la conexión se completó.
Kaito sintió una descarga de energía masiva que lo volvió mucho más lascivo y potente; su resistencia se disparó y una sensación de poder absoluto lo invadió.
Yoko soltó un grito de sorpresa y placer que vibró en toda la habitación.
Al sentir el contacto directo, el calor real y la textura del miembro de su jefe sin el látex, sus ojos se abrieron de par en par.
Era una sensación abrumadoramente intensa, algo que nunca antes había sentido.
Se sentía tan llena y reclamada que una idea cruzó su mente nublada: incluso si quedaba embarazada, la sensación era tan perfecta que quería más.
No le importaba el riesgo; ese roce prohibido la hacía sentir más viva que nunca.
Kaito, saboreando su victoria, activó mentalmente la nueva función: Control de fertilidad espermática.
Con un pensamiento frío y preciso, configuró su esperma como infértil.
Ahora podía poseerla con toda su fuerza, sin barreras y sin consecuencias.
—Eres mía, Yoko…
—le gruñó Kaito, sujetándola con fuerza de las caderas y empezando a embestir con un ritmo rudo y acelerado—.
Siente lo que es un hombre de verdad.
Kaito estaba feliz, disfrutando de la libertad de haber desbloqueado su nivel avanzado, mientras Yoko se perdía en un mar de sensaciones que sobrepasaban cualquier cosa que hubiera imaginado en su monótono matrimonio.
Kaito, sintiendo esa energía eléctrica del Modo Avanzado recorriendo cada fibra de su cuerpo, decidió que necesitaba ver la devoción en el rostro de Yoko mientras la reclamaba.
Sin detener el ritmo ni un segundo, la sujetó con fuerza de los hombros y, con una maniobra dominante y fluida, la giró sobre su espalda.
Yoko quedó tendida en el centro de la cama, con su distintivo cabello rojo recogido en una coleta lateral desordenada sobre las sábanas de seda.
Su rostro, con ese lunar característico cerca de la boca, mostraba una expresión de puro éxtasis.
Llevaba puesto el sostén de encaje negro que resaltaba la forma de sus pechos, los cuales subían y bajaban frenéticamente por la falta de aire.
Kaito no perdió tiempo; separó sus piernas con brusquedad y volvió a entrar en ella de una sola estocada, más profunda que las anteriores.
—Mírame, Yoko —le ordenó Kaito con una voz cargada de autoridad y lascivia—.
Mira quién te está haciendo sentir así.
Yoko abrió los ojos, empañados por las lágrimas de placer, y se encontró con la mirada intensa de Kaito.
Al sentir el roce directo, sin condón, y ver la fuerza con la que su jefe la poseía, soltó un grito agudo que terminó en un jadeo constante.
—¡Kaito-kun…
es…
es demasiado bueno!
—exclamó ella, rodeando la cintura de él con sus piernas para atraerlo más hacia su centro—.
¡No pares, por favor!
Kaito se convirtió en una verdadera bestia.
Aprovechando su resistencia sobrehumana, comenzó a embestir con una velocidad y una potencia que hacían que la cama crujiera rítmicamente.
Sus manos no se quedaron quietas; una se cerró alrededor del cuello de Yoko con una presión firme pero excitante, mientras la otra apretaba uno de sus pechos por encima del encaje negro, marcando su piel.
La sensación para Yoko era abrumadora.
Sentía cómo el miembro de Kaito, grande y caliente, golpeaba su fondo una y otra vez, llenando cada rincón de su interior.
La ausencia de protección hacía que cada movimiento fuera un incendio de sensaciones que nunca había imaginado.
Estaba tan perdida en la lujuria que sus dedos se clavaban en los brazos musculosos de Kaito, dejando pequeñas marcas rojas.
—¡Ahhh!ahhh ¡Kaito-kun!
¡Me voy a…
me voy a volver loca!
—gemía ella, arqueando la espalda mientras sus paredes internas se contraían con fuerza alrededor de él.
Kaito sonrió con triunfo.
Sabía que con su control de fertilidad activado en modo infértil, podía llegar al final sin miedos.
Se inclinó hacia adelante, capturando los labios de Yoko en un beso hambriento y rudo, mientras sus caderas seguían martilleando contra ella con una fuerza que prometía llevarla al límite de sus fuerzas.
Kaito decidió que Yoko no se iría pronto; quería que cada fibra de su cuerpo recordara este momento para siempre.
Activando su Control de Erección, Kaito reguló su respuesta física para ignorar cualquier estímulo que lo llevara al final prematuro, manteniendo una firmeza de acero que parecía no tener límites.
Comenzó a variar el ritmo, alternando estocadas lentas y tortuosamente profundas con ráfagas de velocidad frenética que hacían que la coleta roja de Yoko se agitara contra la almohada.
Cada vez que ella estaba a punto de llegar al borde, Kaito cambiaba el ángulo, presionando su punto más sensible y llevándola de nuevo al inicio de una agonía deliciosa.
—¡Por favor, Kaito-kun!
¡Ya no aguanto más…
déjame salir!
—suplicaba Yoko, con la voz quebrada y el rostro empapado en sudor y lágrimas de puro placer.
Él solo sonrió, viéndola retorcerse bajo su cuerpo, disfrutando de cómo sus paredes internas se aferraban a él sin el condón de por medio.
Sabía que la tenía justo donde quería: totalmente dependiente de su ritmo.
—Todavía no, Yoko.
Quiero que me lo pidas de verdad —le susurró al oído, mientras sus manos apretaban sus muslos, manteniéndola abierta para él.
—¡Dámelo!
¡Lléname, por favor…
Kaito-kun, te lo ruego ahhhh!
—gritó ella finalmente, arqueando la espalda de tal forma que sus pechos casi se salían del encaje negro.
Satisfecho con su súplica, Kaito desactivó el freno mental.
Sintió cómo la presión aumentaba y, aprovechando su Habilidad Avanzada de Infertilidad, se preparó para el final.
Sin retirar ni un milímetro, Kaito dio tres estocadas finales, brutales y definitivas, enterrándose lo más profundo posible.
—¡Aquí tienes, Yoko!
—rugió él.
En un espasmo violento, Kaito llegó al clímax, descargando todo su ser dentro de ella.
Yoko soltó un grito que se perdió en la habitación mientras sentía el torrente cálido llenándola por completo, una sensación de plenitud absoluta que la dejó temblando y sin fuerzas.
Kaito se desplomó sobre ella, respirando agitado, mientras ambos disfrutaban del calor interno y de la conexión prohibida que acababan de sellar.
El silencio de la habitación solo era interrumpido por los jadeos pesados de ambos, mientras el calor de sus cuerpos se fundía en el colchón.
Kaito-kun se mantuvo unido a ella durante unos segundos más, saboreando el triunfo de su nueva habilidad.
Sentir cómo llenaba por completo a una mujer como Yoko, sin ninguna barrera de por medio, fue una experiencia religiosa para él.
Podía notar perfectamente las pulsaciones rítmicas de las paredes internas de Yoko, que se contraían espasmódicamente alrededor de su miembro mientras ella se corría con una fuerza que lo dejó sin aliento.
Para Kaito, no era solo sexo; era la confirmación de su dominio absoluto y de que su cuerpo, ahora mejorado por los lentes, era capaz de otorgar un placer que ningún hombre común podría igualar.
Se sentía poderoso, pleno y extrañamente conectado a la mujer que temblaba bajo su peso.
Yoko, por su parte, estaba en un estado de shock sensorial.
Al sentirse llena, experimentó una plenitud física que jamás había conocido en sus años de matrimonio.
Con su esposo, siempre había una sensación de vacío o de “falta de algo”, pero con Kaito, sentía que cada rincón de su interior había sido reclamado.
Era una sensación increíble, casi abrumadora, que la hacía sentir completa por primera vez.
Cuando finalmente la gravedad y el cansancio los hicieron colapsar de lado en la cama, Yoko soltó un suspiro largo y trémulo.
Al separarse ligeramente, sintió una sensación nueva y sumamente íntima: el semen de su jefe comenzaba a deslizarse lentamente fuera de su vagina, recorriendo sus muslos y manchando las sábanas de seda.
Lejos de sentir asco o culpa, Yoko cerró los ojos y sonrió para sí misma; ese rastro cálido era la prueba de que un hombre de verdad la había poseído, y esa marca de Kaito la hacía sentir deseada de una forma que nunca creyó posible.
Kaito la atrajo hacia su pecho, rodeando su cintura con un brazo protector mientras sus ojos rojos recuperaban poco a poco su brillo normal.
—Lo hiciste muy bien, Yoko-san…
—susurró él, dejando un beso suave en su hombro manchado de sudor—.
Esto es lo que significa estar con un hombre que sabe lo que quieres.
Yoko solo pudo acurrucarse contra él, exhausta pero con el corazón latiendo a mil por hora, sabiendo que después de probar este nivel de intensidad, ya no había vuelta atrás a su vida anterior.
Kaito se incorporó lentamente, apoyando su peso en los codos para admirar la escena que había creado.
La vista era, sencillamente, un festín para sus ojos rojos.
Yoko estaba allí, acostada boca abajo, hundiendo el rostro en la almohada mientras intentaba recuperar el aliento.
Su cabello rojo, ahora desordenado y con la coleta a medio soltar, caía sobre sus hombros desnudos.
El sostén de encaje negro seguía en su sitio, resaltando la curva de su espalda y la blancura de su piel, pero lo que más cautivó a Kaito fue ver cómo el rastro de su propia esencia, ese semen cálido y espeso, se deslizaba lentamente por la entrepierna de Yoko y recorría sus muslos.
Verla así, marcada por él y con la lencería aún puesta, hizo que la energía del Modo Avanzado volviera a rugir en sus venas.
No estaba satisfecho; al contrario, ver la evidencia de su virilidad saliendo de ella le provocó un hambre voraz, mucho más intensa que al principio.
—No creas que hemos terminado, Yoko-san —susurró Kaito con una voz cargada de una lascivia peligrosa.
Sin darle tiempo a reaccionar, Kaito la tomó de la cintura y la hizo girar con un movimiento fluido.
La sentó en el borde de la cama, dejando sus piernas colgando, y él se colocó de pie frente a ella, obligándola a abrirse por completo.
—Esta vez quiero ver cómo tus ojos se ponen en blanco cuando vuelva a entrar —le dijo, sujetando sus muslos con firmeza para elevar sus caderas a la altura de su miembro, que ya reclamaba su lugar de nuevo con una dureza absoluta.
Yoko lo miró con una mezcla de agotamiento y deseo infinito.
Al sentir que Kaito se posicionaba de nuevo, esta vez de frente y con una perspectiva total de su rostro y su pecho, soltó un gemido de anticipación.
Kaito no esperó; se lanzó hacia adelante, buscando esa conexión piel con piel que ahora, gracias a su nuevo nivel, era su droga favorita.
La perspectiva era perfecta: podía ver su rostro de adoración, su pecho subiendo y bajando con violencia y la marca de su virilidad aún brillando sobre su piel.
Sin preámbulos, Kaito entró de nuevo en ella, una estocada profunda que hizo que Yoko arqueara la espalda y echara la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello.
—¡Ahhh!Ahhhh ¡Kaito-kun!
¡Otra vez…
por favor!
—gritó ella, aferrándose a los hombros musculosos de su jefe.
La sensación era todavía más intensa que la anterior.
Al estar ya sensibilizada y lubricada por la entrega previa, el roce directo y caliente del miembro de Kaito se sentía como fuego líquido recorriendo sus venas.
Yoko sentía que se derretía bajo su mando; no le importaba el cansancio, solo quería que él la siguiera reclamando de esa forma tan ruda y absoluta.
Kaito, aprovechando su Control de Erección, comenzó un ritmo de martilleo constante y veloz.
Sus manos bajaron hasta sus glúteos, apretándolos mientras la elevaba ligeramente con cada golpe, asegurándose de llegar hasta el fondo.
Los ojos de Kaito brillaban con ese matiz rojo de los lentes, disfrutando de cómo el cuerpo de Yoko reaccionaba a cada uno de sus movimientos.
—Mírame, Yoko.
Dime que soy el único que te hace sentir así —le exigió él con un gruñido, mientras aumentaba la potencia.
—¡Solo tú!
¡Ahhh…
solo tú, Kaito-kun!
—respondió ella entre sollozos de placer, con los ojos entrecerrados y la mente completamente nublada.
El sonido de la carne chocando y los gemidos descontrolados de Yoko llenaron la habitación una vez más.
Kaito estaba decidido a exprimir cada gota de placer de ese cuerpo que ahora le pertenecía por completo, celebrando su nuevo nivel de poder con una sesión que Yoko nunca sería capaz de olvidar.
Kaito estaba completamente sumergido en un estado de euforia primitiva.
Sentía cómo las paredes de ella lo abrazaban, todavía bañadas en la humedad de su encuentro anterior, creando una fricción tan perfecta que cada estocada enviaba oleadas de placer eléctrico directamente a su cerebro.
—No te voy a dejar descansar, Yoko…
—gruñó Kaito, con los ojos brillando en un rojo intenso que iluminaba la penumbra de la habitación—.
Tu cuerpo ahora reconoce quién es su verdadero dueño.
Yoko, con la espalda arqueada y los dedos clavados en los hombros de Kaito, sentía que su cordura se desintegraba.
El ritmo de su jefe era implacable; no era el sexo torpe y rutinario al que estaba acostumbrada, sino una invasión absoluta de sus sentidos.
Cada vez que el miembro de Kaito golpeaba su fondo, ella sentía una presión deliciosa que la hacía ver estrellas.
El hecho de que no hubiera condón de por medio hacía que la experiencia fuera abrumadoramente real; el calor de él, la textura de su piel contra la suya y la sensación de plenitud constante la mantenían en un estado de trance lujurioso.
Kaito aprovechó su Habilidad de Control de Erección para mantener una dureza que rozaba lo irreal, convirtiéndose en una máquina de placer que no conocía el agotamiento.
Sus manos bajaron de sus muslos para sujetar con fuerza el borde de la cama, dándose impulso para propinar estocadas aún más rudas y rápidas.
El sonido del impacto de sus cuerpos era rítmico y dominante, llenando cada rincón del cuarto.
—¡Ahhh!
¡Kaito-kun, me…
me vas a romper!
—gemía Yoko, con la coleta roja balanceándose violentamente y el rostro transfigurado por el éxtasis—.
¡Sigue…
no pares nunca!
El sostén de encaje negro se tensaba sobre sus pechos con cada movimiento, y Kaito, obsesionado con la imagen, soltó una de sus manos para tirar de la tela, exponiendo la piel sensible de Yoko mientras la devoraba con la mirada.
La lascivia en el ambiente era casi tangible, espesa como el rastro de semen que todavía brillaba en los muslos de ella y que ahora se mezclaba con el nuevo sudor de ambos.
Kaito sintió que el momento final se acercaba de nuevo.
Su resistencia era asombrosa, pero el placer acumulado estaba llegando a un punto crítico.
Con un pensamiento rápido, verificó que su Control de Fertilidad seguía en modo infértil.
Estaba seguro.
Estaba libre.
—Prepárate, Yoko…
voy a reclamarte de nuevo —le advirtió, aumentando la velocidad hasta que sus movimientos se volvieron un borrón de pura potencia.
Yoko soltó un grito que desgarró el aire cuando sintió que su segundo clímax comenzaba a estallar desde lo más profundo de su vientre.
Sus piernas se cerraron con fuerza alrededor de la cintura de Kaito, atrapándolo dentro de ella justo cuando él, rindiéndose finalmente a la intensidad del Modo Avanzado, soltó un rugido de triunfo y volvió a llenarla por completo, sintiendo cómo su esencia se disparaba en chorros calientes que inundaban el interior de una Yoko que ya no podía más que temblar y llorar de puro placer bajo su mando.
Kaito permaneció unido a ella unos segundos más, disfrutando del eco de las pulsaciones eléctricas que recorrían el cuerpo de Yoko.
Pero la energía que fluía por sus venas no se había agotado; al contrario, ver a Yoko tan entregada y marcada por él solo encendía un hambre más primitiva.
Cuando Kaito se retiró lentamente, el rastro de su virilidad comenzó a deslizarse por los muslos de ella, brillando bajo la tenue luz.
Lejos de estar acabada, Yoko sintió una sacudida de adrenalina.
El placer de haber sido llenada por completo y sin barreras le otorgó una segunda ráfaga de energía puramente instintiva.
Se incorporó con una agilidad sorprendente, su coleta roja desordenada cayendo sobre su hombro mientras sus ojos brillaban con una determinación lasciva que Kaito no esperaba.
Se acercó a él y, rodeando su cuello con sus brazos, lo atrapó en un beso profundo y hambriento, reclamando su lengua con una urgencia que selló un pacto silencioso: la noche apenas comenzaba.
Al separarse, Yoko le dedicó una sonrisa cargada de intención.
Sin decir una palabra, le dio la espalda, permitiendo que Kaito admirara la elegante curva de su columna.
Con un movimiento deliberadamente lento, se inclinó hacia adelante, apoyando sus manos con fuerza sobre el colchón de seda.
Al hacerlo, su parte de atrás quedó totalmente expuesta, elevándose en una invitación mudamente provocativa.
Kaito se acercó un paso, su mirada fija en la visión frente a él.
La tanga de encaje negro, la única prenda que aún cubría la intimidad de Yoko, estaba completamente empapada, la tela oscura se adhería a su piel revelando cada detalle.
La humedad era la prueba irrefutable de cuánto lo deseaba ella.
La visión de la lencería mojada y la entrega total de Yoko fueron el detonante final.
Kaito enganchó sus dedos en los costados de la prenda y, con una fuerza bruta y posesiva, la arrancó de un tirón seco.
El sonido de las costuras cediendo fue música para sus oídos, dejando la piel de Yoko al descubierto, vibrando ante el deseo.
Sin perder ni un milisegundo, Kaito se posicionó detrás de ella.
Sujetó sus caderas con una presión que dejó marcas claras en su piel blanca y se metió dentro de ella de una sola estocada violenta y profunda, retomando el ritmo de martilleo implacable que ahora, con Yoko tomando la iniciativa, se sentía más salvaje que nunca.
Yoko soltó un grito que se ahogó contra las sábanas de seda mientras sus uñas se clavaban en el colchón.
La entrada de Kaito, ahora sin ningún tipo de barrera y con una potencia renovada, se sintió como una invasión total.
Cada embestida era un eco sordo que resonaba en el vientre de Yoko, quien movía sus caderas hacia atrás instintivamente, buscando que él llegara aún más profundo.
—¡Eso es, Yoko…
pídeme más!
—le rugió Kaito al oído, mientras su respiración caliente le erizaba la piel del cuello.
Él no tenía piedad.
Sus manos, firmes y posesivas, no se quedaron en sus caderas; una de ellas subió para sujetar con fuerza la coleta roja de Yoko, tirando de ella ligeramente para obligarla a arquear más la espalda, mientras la otra mano se deslizaba por su vientre, recorriendo la piel húmeda y tensa por el esfuerzo.
El sonido de sus cuerpos chocando era rítmico, constante, una música carnal que llenaba el aire pesado de la habitación.
Yoko estaba en un estado de trance.
Sentía cómo el calor de Kaito se fusionaba con el suyo, y la sensación de estar siendo reclamada desde atrás de esa forma tan ruda la hacía sentir primitiva.
Ya no era la jefa de oficina ni la esposa aburrida; era una mujer entregada al deseo de un hombre que parecía no tener fin.
Sus gemidos se volvieron ruidos guturales, una mezcla de súplica y satisfacción.
Kaito, por su parte, sentía que su resistencia era infinita.
Al ver la espalda de Yoko brillando por el sudor y cómo sus músculos se tensaban con cada golpe, su control se volvió más oscuro.
Verla allí, inclinada, sin la lencería que acababa de destrozar y totalmente abierta para él, era la imagen de la victoria absoluta.
—Mírate, Yoko…
estás empapada por mí —le dijo con una voz cargada de lascivia, mientras aceleraba el ritmo hasta que sus movimientos se volvieron un borrón de pura fuerza.
El clímax empezó a asomar de nuevo, más intenso que los anteriores.
Kaito sintió cómo las paredes internas de Yoko comenzaban a tener espasmos violentos, señal de que ella estaba a punto de colapsar otra vez.
Sin detenerse, Kaito dio tres estocadas finales, tan profundas que Yoko sintió que perdía el conocimiento por un segundo, antes de que él, con un gruñido de triunfo, volviera a llenarla por completo, descargando toda su energía dentro de ella mientras ambos temblaban en una sincronía perfecta de puro éxtasis..
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