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Kaito Kamekura :El juego de las conquistas - Capítulo 18

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  3. Capítulo 18 - 18 Capitulo 18 Yoko Nitta
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18: Capitulo 18 Yoko Nitta 18: Capitulo 18 Yoko Nitta La habitación estaba sumergida en una atmósfera pesada y eléctrica, donde el único sonido era el eco de sus respiraciones entrecortadas y el roce de la piel sudorosa contra la seda.

Kaito no se retiró de inmediato; mantuvo su peso sobre ella, disfrutando de las contracciones involuntarias de Yoko, que aún vibraba por el impacto de la entrega total que acababa de recibir.

Él sentía cada latido de su propio ser dentro de ella, una pulsación rítmica que confirmaba su dominio absoluto.

Yoko, con la frente apoyada en el colchón y la coleta roja deshecha, soltó un suspiro largo y tembloroso.

Sentía el calor de Kaito inundándola, una sensación de plenitud tan vasta que le resultaba difícil procesar dónde terminaba su cuerpo y empezaba el de él.

Sin embargo, antes de que pudiera relajarse por completo, sintió las manos de Kaito volviendo a aferrar sus caderas con una urgencia renovada.

Él la obligó a girarse, quedando ahora sentada en el borde de la cama.

Kaito se colocó frente a ella y, con una fuerza imponente, la elevó, cargándola en vilo.

Yoko, instintivamente, rodeó la cintura de Kaito con sus piernas y se aferró a su cuello, ocultando el rostro en su hombro mientras sentía cómo él la sostenía en el aire con una facilidad asombrosa.

Pero en esa posición, el sostén de encaje negro que aún llevaba puesto se tensó contra su pecho, limitando el movimiento y creando una barrera visual que a Kaito comenzó a irritarle profundamente.

—Esto ya no tiene sentido que esté aquí —gruñó Kaito con una voz cargada de una autoridad oscura.

Sin pensarlo dos veces, la depositó de nuevo sobre la cama.

Con un movimiento rápido y rudo, enganchó sus dedos en el centro de la prenda de encaje y tiró hacia afuera con una potencia tal que las costuras estallaron con un chasquido seco.

El sostén quedó reducido a jirones de tela inútiles que él arrojó al suelo sin apartar la vista de ella.

Ahora, con el pecho de Yoko totalmente libre y subiendo y bajando por la agitación, Kaito la volvió a tomar en sus brazos.

La cargó de nuevo, esta vez asegurándose de que el contacto fuera piel contra piel de forma absoluta.

Yoko se sentía pequeña y protegida, pero al mismo tiempo expuesta ante la mirada voraz de su jefe.

Mientras la sostenía en el aire, con los pies de ella colgando y sus manos entrelazadas tras su nuca, Kaito se posicionó y, con un empuje ascendente y certero, se metió dentro de ella con una profundidad que hizo que Yoko soltara un grito agudo de sorpresa y placer.

La gravedad hacía que cada embestida fuera doblemente intensa.

Kaito comenzó a caminar lentamente por la habitación sin dejar de poseerla, cada paso era una estocada natural que obligaba a Yoko a apretarse más contra él.

Ella sentía cómo él la reclamaba en cada centímetro de su interior, una sensación de invasión y éxtasis que la hacía perder el sentido de la realidad.

Sus ojos se cerraron mientras su cabeza caía hacia atrás, dejando que Kaito viera su cuello expuesto y su rostro transfigurado por el deseo, mientras él continuaba moviéndose con una energía que parecía no conocer el agotamiento, decidido a llevar esa unión a un límite que ninguno de los dos creía posible alcanzar.

Kaito la sostenía en el aire con una fuerza que parecía sobrenatural, sus músculos tensos bajo la piel sudada mientras caminaba unos pasos lejos de la cama.

Yoko, con las piernas entrelazadas con fuerza alrededor de su cintura y los brazos aferrados a su cuello, sentía que el mundo entero se reducía a ese contacto crudo y directo.

Sin la lencería de por medio, el roce de sus pechos contra el pecho firme de Kaito era una descarga eléctrica constante.

Con cada paso que Kaito daba, su cuerpo se hundía más profundamente en ella, aprovechando la gravedad para alcanzar rincones que antes parecían inaccesibles.

El sonido de sus respiraciones agitadas chocando era lo único que rompía el silencio cargado de la habitación.

—Mírame, Yoko…

—le ordenó Kaito con un gruñido ronco, deteniéndose en seco pero sin dejar de sostenerla con una firmeza absoluta.

Yoko levantó la cabeza, con el rostro encendido y la coleta roja totalmente deshecha, cayendo en hilos de fuego sobre sus hombros.

Sus ojos estaban nublados, desenfocados por el placer que la recorría de pies a cabeza.

Al encontrarse con la mirada intensa y posesiva de Kaito, soltó un jadeo tembloroso.

—No…

no puedo más…

—susurró ella, aunque sus dedos se clavaban con más fuerza en la nuca de él, pidiendo implícitamente que no se detuviera.

Kaito sonrió con una suficiencia oscura.

En lugar de bajarla, comenzó un movimiento ascendente y rítmico, elevándola ligeramente y dejándola caer de nuevo sobre él con una potencia calculada.

Yoko soltaba gritos ahogados con cada impacto, sintiendo cómo él la reclamaba una y otra vez.

La sensación de estar suspendida, totalmente a merced de la fuerza de Kaito y sintiendo su calor inundándola sin ninguna barrera, la llevó a un estado de éxtasis que nunca creyó posible.

El sudor hacía que sus cuerpos resbalaran ligeramente, pero Kaito no perdía el agarre.

Sus manos se hundían en los glúteos de Yoko, marcando su piel blanca mientras la obligaba a recibir cada embestida con una profundidad devastadora.

—Eres mía, Yoko.

Cada parte de ti —le dijo él, mientras aumentaba la velocidad del movimiento, sintiendo cómo ella comenzaba a temblar violentamente, señal de que el clímax estaba acechando de nuevo, más rudo y definitivo que todos los anteriores.

Yoko escondió el rostro en el hueco del cuello de Kaito, mordiendo su hombro para no gritar más fuerte, mientras sentía que su interior se contraía en espasmos incontrolables, entregándose por completo a la voluntad del hombre que la sostenía como si fuera su tesoro más preciado y prohibido.

Kaito no mostraba ni un solo signo de fatiga; al contrario, ver la vulnerabilidad de Yoko suspendida en el aire, totalmente a su merced, alimentaba un hambre que parecía infinita.

Sus brazos rodeaban los muslos de ella con una fuerza que la mantenía anclada a su cuerpo, mientras cada uno de sus movimientos ascendentes la golpeaba con una profundidad que la hacía estremecerse de pies a cabeza.

Yoko estaba en el límite de su resistencia sensorial.

Con el rostro hundido en el cuello de Kaito, inhalaba el aroma de su piel mezclado con el sudor de ambos.

Sentir cómo él la reclamaba sin descanso, ignorando la gravedad y sosteniendo su peso como si no fuera nada, la hacía sentir pequeña, poseída y asombrosamente viva.

—¡Kaito-kun…

por favor…

no te detengas!

—gimió ella, con la voz quebrada, mientras sus uñas dejaban ligeras marcas rojas en la espalda de él.

Kaito respondió aumentando la velocidad.

Sus manos se hundieron con más fuerza en la carne de los glúteos de Yoko, marcando su piel blanca mientras la elevaba y la dejaba caer sobre él con una cadencia ruda y rítmica.

El sonido de sus cuerpos chocando en el centro de la habitación era el único testimonio de la intensidad de su unión.

Sin la lencería que él mismo había destrozado minutos antes, el contacto era total; el calor de los pechos de Yoko contra el pecho firme de Kaito generaba una fricción ardiente que los consumía a ambos.

De pronto, Kaito la llevó de regreso hacia la cama, pero sin soltarla.

Se dejó caer de rodillas sobre el colchón, manteniendo a Yoko sentada sobre él, lo que permitió que la penetración fuera aún más profunda y directa.

Yoko echó la cabeza hacia atrás, dejando que su coleta roja colgara libremente, mientras su espalda se arqueaba en un arco perfecto de éxtasis.

—Mírame, Yoko.

Mira cómo te tengo —le ordenó Kaito con un gruñido posesivo.

Ella abrió los ojos, empañados por las lágrimas de placer, y vio la expresión de dominio absoluto en el rostro de su jefe.

En ese momento, sintió que su interior comenzaba a contraerse de nuevo, de forma violenta e incontrolable.

Kaito lo notó de inmediato; sintió cómo ella lo abrazaba por dentro con una fuerza desesperada.

Sin dudarlo, él dio tres estocadas finales, brutales y definitivas, buscando el fondo de su ser.

Con un rugido que salió desde lo más profundo de su pecho, Kaito se entregó al clímax una vez más, sintiendo cómo su esencia inundaba a Yoko con una calidez abrasadora.

Ella soltó un grito que se perdió en la habitación, colapsando hacia adelante y abrazándose al torso de Kaito mientras ambos temblaban, unidos en una plenitud que desafiaba cualquier lógica, dejando que el silencio volviera a reinar mientras recuperaban el aliento.

Kaito, sintiendo que la energía en la habitación había llegado a su punto de ebullición, decidió que el final debía ser el más intenso de todos.

Sin soltarla, la llevó hacia el gran espejo de la habitación.

Quería que ella viera con sus propios ojos la devoción y el abandono total en el que se encontraba, pero esta vez de una forma mucho más cruda y dominante.

La posicionó de pie frente al espejo, obligándola a inclinarse hacia adelante.

Yoko, con las piernas temblorosas y la respiración rota, apoyó las palmas de sus manos contra el cristal frío para no caer.

El contraste del vidrio helado contra sus manos y el calor abrasador de Kaito pegándose a su espalda creó un choque sensorial que la hizo jadear de inmediato.

Kaito la sujetó con fuerza de las caderas, arqueando su cuerpo para exponerla por completo ante su propio reflejo.

—Mira, Yoko… mira cómo te ves —le susurró Kaito al oído, su voz era un gruñido profundo que vibraba en la nuca de ella mientras entraba en su interior con una estocada que empañó el cristal con el aliento de la mujer.

Yoko abrió los ojos y se vio reflejada: su coleta roja totalmente deshecha cayendo hacia adelante, su pecho subiendo y bajando con violencia sin el sostén que Kaito había destrozado, y el rostro de su jefe justo detrás de ella, marcado por una determinación feroz.

Kaito comenzó un ritmo de martilleo implacable, haciendo que el espejo vibrara contra la pared con cada impacto.

—Dime, Yoko…

¿a quién le perteneces en este momento?

—le exigió Kaito, aumentando la potencia de sus embestidas—.

¿A Tomohiro o a mí?

¿Quién es el hombre que te está haciendo sentir así?

Yoko sentía que su mente se fragmentaba.

El placer era tan real y el dominio de Kaito tan absoluto que cualquier otro recuerdo se desvanecía.

Con los ojos fijos en su propia imagen de mujer poseída, soltó un grito que desgarró el aire de la habitación.

—¡A ti!

¡Soy tuya, Kaito-kun!

—gritó ella, mientras sus dedos dejaban marcas de desesperación en el vidrio—.

¡Ahhh…

perdóname, Tomohiro…

pero decidí a este hombre!

¡Elegí a Kaito!

Al escuchar la confesión de su traición final, Kaito sintió un triunfo oscuro que lo llevó al límite.

Ya no hubo sutilezas; eran estocadas rápidas y brutales.

Al sentir que las paredes internas de Yoko se contraían en espasmos eléctricos, él apretó los dientes y dio tres embestidas finales, las más profundas de toda la noche.

Con un rugido de poder, Kaito se entregó por completo, llenándola una vez más con una fuerza que hizo que Yoko golpeara suavemente el cristal con la frente.

Ella soltó un grito de éxtasis puro, apretándose contra el espejo mientras sentía el torrente cálido de su jefe inundándola por completo.

Se quedaron así, jadeando frente a sus reflejos, viendo cómo la esencia de Kaito comenzaba a deslizarse por sus muslos, sellando para siempre la elección que Yoko acababa de tomar.

Kaito se separó lentamente, dejando que el cuerpo de Yoko se deslizara un poco por el cristal antes de sostenerla con firmeza.

Ella estaba exhausta, con las piernas temblando tanto que apenas podía mantenerse en pie, y su respiración aún era un eco errático en el silencio de la habitación.

El rastro de la intensidad de Kaito brillaba sobre su piel y el espejo empañado era el mudo testigo de su rendición.

Sin decir una palabra, Kaito pasó un brazo por debajo de sus rodillas y otro por su espalda, cargándola en sus brazos con una facilidad que hizo que Yoko soltara un pequeño suspiro de sorpresa.

Ella, instintivamente, apoyó la cabeza en su pecho sudoroso y rodeó su cuello, dejando que su coleta roja deshecha colgara lacia.

—Vamos a limpiarte, Yoko —dijo Kaito con una voz que, aunque más calmada, aún conservaba ese matiz de posesión—.

Pero no creas que por hoy he tenido suficiente de ti.

Caminó con paso firme hacia el baño, sintiendo el peso ligero y cálido de la mujer que acababa de elegirlo por encima de todo.

Al entrar, el vapor de la ducha que él mismo abrió comenzó a llenar el espacio.

Kaito la sostuvo bajo el chorro de agua tibia sin soltarla de inmediato, dejando que el agua recorriera sus cuerpos unidos.

Yoko cerró los ojos, sintiendo cómo el agua arrastraba el sudor y el rastro de la virilidad de Kaito que bajaba por sus muslos.

Se sentía vulnerable, pero extrañamente protegida en sus brazos.

—Kaito-kun…

—susurró ella, apenas audible bajo el sonido del agua—.

No sé qué me has hecho, pero siento que ya no puedo volver atrás.

Kaito la dejó en el suelo de la ducha con delicadeza, pero la acorraló contra los azulejos húmedos, dejando que el agua cayera sobre ambos.

Sus ojos buscaron los de ella, disfrutando de la sumisión que veía en sus pupilas.

—No hay vuelta atrás, Yoko.

Ahora sabes la diferencia entre estar con un niño y estar con un hombre que sabe cómo reclamar lo que quiere —sentenció él, mientras tomaba el jabón y comenzaba a recorrer su cuerpo con sus manos, no con delicadeza, sino con la misma firmeza con la que la había poseído minutos antes, recordándole en cada caricia a quién pertenecía ahora.

Kaito terminó de pasar sus manos por el cuerpo de Yoko bajo el agua, asegurándose de que cada rastro físico de su encuentro quedara limpio, aunque la sensación de su posesión seguía grabada a fuego en la piel de ella.

Salieron de la ducha y, tras secarse rápidamente en un silencio cargado de una nueva y extraña complicidad, regresaron a la habitación.

El desorden allí era elocuente y casi escandaloso: jirones de encaje negro esparcidos por el suelo como restos de una batalla ganada y las sábanas de seda revueltas, aún conservando el calor de sus cuerpos.

Kaito tomó su teléfono de la mesa de noche; la pantalla iluminó su rostro con un brillo azulado, revelando los números digitales.

—Son las 8 de la noche, Yoko —dijo Kaito con una calma casi fría, mientras comenzaba a vestirse con movimientos precisos y elegantes.

Yoko dio un respingo, como si despertara de un trance profundo.

Habían perdido la noción del tiempo por completo bajo el influjo de la pasión.

Justo en ese instante, su propio teléfono, que yacía olvidado sobre la cómoda cerca de los restos de su lencería, vibró con una insistencia que le heló la sangre.

Lo tomó con manos temblorosas, viendo el nombre que parpadeaba en la pantalla: Tomohiro.

> Mensaje de Tomohiro: “¿Yoko?

Ya es muy tarde, ¿dónde estás?

Me estoy preocupando mucho, no has llegado a casa y no respondes.” > Yoko sintió un nudo opresivo en la garganta.

Miró a Kaito, quien ya se abrochaba los puños de la camisa y la observaba con una ceja levantada, disfrutando del evidente conflicto interno de la mujer.

Ella tragó saliva, tratando de estabilizar su respiración antes de escribir con los dedos aún torpes por el agotamiento físico y la descarga de adrenalina.

—Tengo que responderle…

—susurró ella, más para convencerse a sí misma que para informar a Kaito.

Rápidamente, tecleó una respuesta, intentando que sus palabras sonaran naturales a pesar de que sus piernas aún se sentían débiles.

> Respuesta de Yoko: “Lo siento mucho, cariño.

Hubo un fallo grave en la línea del metro y se ha retrasado muchísimo, estamos parados entre estaciones.

Parece que ya se está moviendo el vagón.

Estaré en casa en 30 minutos.” > Al enviar el mensaje, Yoko dejó caer el teléfono sobre la cama y se cubrió el rostro con las manos por un segundo.

La mentira se sentía pesada, casi física, pero el recuerdo de la fuerza de Kaito sosteniéndola en vilo era un contrapeso más poderoso que cualquier remordimiento.

Yoko comenzó a ponerse su ropa de oficina: la blusa blanca de manga corta que se ajustaba a su busto y la falda ejecutiva negra, pero se detuvo al mirar al suelo.

Su lencería estaba inservible, desgarrada por la furia de Kaito.

No llevaba nada debajo de la falda ni de la blusa; se sentía desnuda a pesar de estar vestida.

Kaito se acercó a su armario y sacó un saco grande de hombre, de una tela exquisita y costosa.

Se lo colocó sobre los hombros a Yoko con una autoridad que no admitía réplicas.

—Lleva esto —le ordenó en voz baja—.

Te cubrirá mejor y evitará que se noten las arrugas en tu blusa.

Si Tomohiro pregunta por qué llevas un saco de hombre, dile que tu jefe te lo prestó porque vio que hacía demasiado frío afuera y no quería que enfermaras por esperar el transporte.

Es una excusa perfecta para una empleada eficiente.

Yoko asintió sumisamente, envolviéndose en la prenda que olía intensamente a Kaito.

Él la tomó del mentón, obligándola a sostenerle la mirada.

—Treinta minutos, ¿eh?

—se burló con voz aterciopelada—.

El metro no te dejará a tiempo.

Sube al Cadillac.

Yo mismo te dejaré cerca de tu casa para que tu coartada sea impecable.

Bajaron al estacionamiento privado.

El Cadillac negro brillaba bajo las luces, imponente.

Una vez dentro, el motor rugió con un ronroneo potente mientras salían a las calles de la ciudad.

Kaito conducía con una mano, mientras que la otra comenzó a subir por el muslo de Yoko.

Al no encontrar la barrera del encaje que él mismo había eliminado, sus dedos se deslizaron con audacia más adentro, buscando su intimidad para molestarla y recordarle su ausencia de ropa interior.

Yoko soltó un jadeo ahogado, apretando los muslos, pero se dejó llevar, cerrando los ojos mientras el Cadillac devoraba los kilómetros hacia su hogar.

—Asegúrate de caminar bien al bajar, Yoko —susurró Kaito mientras sus dedos jugaban con ella cruelmente bajo la falda—.

No querrás que tu esposo note que tus piernas todavía tiemblan por lo que te hice.

El interior del Cadillac estaba saturado por el aroma a cuero y el perfume de Kaito, una combinación que asfixiaba la racionalidad de Yoko.

Mientras los dedos de él continuaban su juego audaz y posesivo bajo la falda ejecutiva negra, ignorando la ausencia de la lencería que él mismo había destrozado, Yoko sintió que la última pizca de su resistencia se desmoronaba.

La adrenalina de la traición inminente se mezcló con el placer residual de su encuentro, creando un cóctel explosivo.

Olvidando por un segundo a Tomohiro, el mensaje y la mentira del metro, Yoko se giró bruscamente hacia Kaito.

Con una mano atrapó su nuca y lo arrastró hacia ella, sellando sus labios en un beso profundo y hambriento.

Fue un beso desesperado, lleno de la emoción cruda que él despertaba en ella, un beso que Kaito recibió con una sonrisa de triunfo, sin detener el movimiento de sus dedos bajo la tela.

Fue el roce frío del anillo de bodas de Tomohiro contra la nuca de Kaito lo que la trajo de vuelta a la realidad con un golpe brutal.

Yoko se separó bruscamente, jadeando, con el rostro encendido y la coleta roja desordenada contra el respaldo del asiento.

—¡Para…

Kaito-kun, por favor, para!

—suplicó ella con la voz quebrada, apartando la mano de él con desesperación—.

No puedo…

me vas a hacer mojar la falda.

Si llego así…

Tomohiro lo sabrá.

No puedo mojar la ropa.

Kaito la miró, con los ojos brillando en la oscuridad del coche.

En lugar de detenerse, soltó una risa baja y, con un movimiento deliberado y cruel, metió sus dedos aún más profundamente en ella, buscando su centro con una precisión que hizo que Yoko arqueara la espalda y soltara un grito ahogado que se estrelló contra el parabrisas.

—¡Kaito!

¡Por favor, te lo ruego!

—gimió ella, con lágrimas de frustración y placer asomando en sus ojos—.

No arruines esto…

prometí que llegaría en 30 minutos.

Ayúdame, no me hagas esto ahora.

Kaito la observó unos segundos más, disfrutando de su súplica, antes de retirar lentamente su mano.

Se limpió los dedos con un pañuelo de seda con una parsimonia exasperante.

—Está bien, Yoko-san —dijo con una calma helada, volviendo a poner las dos manos en el volante—.

No queremos dañar la excelente coartada que hemos construido para tu querido Tomohiro.

Una mancha en esa falda ejecutiva sería demasiado difícil de explicar como un “retraso en el metro”.

Yoko, temblando, se apresuró a ajustarse la falda, alisando la tela sobre sus muslos desnudos, tratando de recuperar la compostura a pesar del sonrojo que le quemaba las mejillas y de la humedad que sentía amenazante.

Se envolvió con más fuerza en el saco grande de hombre que Kaito le había prestado, sintiendo que el olor de él la asfixiaba.

A pesar del miedo y la culpa, cuando el Cadillac se detuvo suavemente en una esquina oscura, a exactamente una cuadra de la casa que compartía con Tomohiro, Yoko no pudo evitarlo.

Antes de abrir la puerta, se giró hacia Kaito y le dio otro beso rápido y casto, una muestra silenciosa de su sumisión.

Kaito sonrió, le acarició la mejilla con brusquedad y, antes de dejarla ir, la atrapó en un beso final, lujurioso y posesivo, reclamando su boca una última vez con una intensidad que la dejó sin aliento.

—Vete ya, Yoko —le susurró al oído, su aliento caliente erizándole la piel—.

Y recuerda bien esto al ver a tu esposo: Tú eres mía.

Tu cuerpo, tu placer y tus gemidos me pertenecen solo a mí.

No lo olvides nunca.

Yoko asintió sumisamente, abrió la puerta y bajó del coche, sintiendo que sus piernas aún flaqueaban.

Se ajustó el saco de Kaito, tragó saliva y comenzó a caminar hacia su casa, preparándose para recitar la mentira del metro frente al hombre al que acababa de traicionar de la forma más absoluta..

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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