Kaito Kamekura :El juego de las conquistas - Capítulo 3
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3: Capitulo 3 Domino_+18 3: Capitulo 3 Domino_+18 Perspectiva de Yoko El silencio en el Penthouse ya no me asustaba.
Me quedé allí, de pie sobre la alfombra de seda, procesando las palabras de Kaito.
Miré el pendrive roto y luego la inmensa ciudad a través del ventanal.
Sabía que Tomohiro me esperaba en casa, en nuestro mundo pequeño y cálido, pero también sabía que ese mundo se caería a pedazos sin este trabajo.
Ya no había rastro de lágrimas en mis ojos.
Una resolución fría se instaló en mi pecho.
Si este era el precio para asegurar nuestro futuro y proteger a mi esposo de la ruina, lo pagaría con la cabeza en alto.
Miré a Kaito.
Su imponente figura de 1.90 metros recortada contra el cielo era una amenaza, sí, pero yo ya había decidido no ser una víctima, sino una mujer cerrando un trato.
—Lo haré —dije, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba—.
Pero esto es un negocio, Kaito-kun.
El contrato se firma hoy y Tomohiro queda fuera de tus juegos para siempre.
Llevé mis manos a la cremallera de mi vestido verde.
Con un movimiento decidido, bajé el cierre y dejé que la prenda se deslizara por mis hombros hasta caer al suelo con un suave siseo.
Me quedé frente a él en mi ropa interior de encaje color melón.
Era un conjunto delicado que resaltaba el rojo de mi cabello y la blancura de mi piel.
Me sorprendió ver su reacción.
Sus ojos rojos se fijaron en mí con una intensidad que no esperaba; por un instante, su máscara de superioridad flaqueó ante la sorpresa de mi determinación y la belleza de mi cuerpo.
Me sentía expuesta, pero también poderosa al ver que, por un segundo, yo tenía toda su atención.
Perspectiva de Kaito La victoria fue distinta esta vez, mucho más satisfactoria.
Esperaba que Yoko se rompiera, pero verla allí de pie, aceptando el trato con esa mirada decidida y gélida, fue un golpe de adrenalina para mi ego.
Ella no era una presa asustada; era una mujer consciente de su valor.
Cuando dejó caer el vestido verde y reveló ese conjunto color melón, me quedé sin palabras por un segundo.
Era perfecta.
Su piel blanca contrastaba con el encaje y su cabello rojo como el fuego.
En ese momento, olvidé por completo el plan del pendrive falso.
Solo quería poseer esa fuerza que ella emanaba.
—Esa es la actitud de una Kamekura, Yoko-san —dije con voz ronca mientras empezaba a desvestirme.
Me quité la camisa de diseño, dejando que ella viera mi torso trabajado con años de gimnasio.
Noté cómo su mirada recorría mis hombros y mis músculos, evaluando al hombre que tenía enfrente.
Disfruté ver esa pizca de asombro en sus ojos al notar mi envergadura física.
A pesar de su decisión, mis 1.90 metros la hacían ver pequeña, pero su aura seguía siendo inquebrantable.
Me acerqué a ella con pasos lentos, dominando el espacio.
La tomé de la cintura con firmeza, atrayéndola hacia mí.
Su piel era suave y cálida.
Me incliné hacia su oído, sintiendo el aroma de su perfume mezclado con la tensión del momento.
—No te arrepentirás de este trato —le susurré—.
Hoy compraste tu tranquilidad, y yo…
yo conseguí a la mujer más bella de esta ciudad.
La cargué con facilidad, sintiendo su peso ligero contra mis músculos, y la deposité en la cama de seda.
Perspectiva de Yoko Cuando Kaito me depositó sobre las sábanas de seda negra, el contraste de mi piel y mi lencería color melón contra la oscuridad de la cama me hizo sentir como una ofrenda.
Él se terminó de desvestir con una confianza abrumadora.
Al quedar completamente expuesto ante mí, mis ojos se abrieron con una mezcla de asombro y un temor instintivo.
Lo que vi superaba cualquier cosa que hubiera imaginado: su miembro era imponente, una manifestación física de su genética dominante.
Mentalmente, no pude evitar compararlo con Tomohiro; el de Kaito era, sin exagerar, cuatro veces más grande, grueso y marcado por venas que hablaban de una potencia virgen y salvaje.
Mi respiración se volvió errática.
Mi esposo siempre había sido delicado, pero esto…
esto era una fuerza de la naturaleza.
Kaito se posicionó sobre mí, su peso de 1.90 metros y sus músculos de gimnasio atrapándome contra el colchón.
Comenzó con besos hambrientos, recorriendo mi cuello y mis hombros, mientras sus manos grandes exploraban mis curvas con una posesividad que me hacía vibrar.
Sus caricias no eran tímidas; buscaba encenderme, reclamando cada centímetro de mi piel como su propiedad.
Perspectiva de Kaito Ver el asombro puro en los ojos de Yoko al mirarme fue el trofeo máximo.
Sabía que la escala de mi cuerpo la intimidaba, y disfruté de ese poder.
La primera posición fue la misionera, quería ver su rostro, quería que me mirara a los ojos mientras la reclamaba.
Al entrar en ella, sentí su resistencia inicial transformarse en un espasmo de placer.
Era estrecha y cálida, y el encaje melón de su ropa interior, que ahora estaba a un lado, resaltaba la blancura de sus muslos.
Mis embestidas eran potentes, rítmicas, cada una diseñada para recordarle quién mandaba en esa habitación.
Me encantó la forma en que sus uñas se clavaban en mis hombros, tratando de encontrar un ancla en medio de la tormenta que yo estaba provocando.
Para Yoko, la experiencia fue una revelación traumática y excitante a la vez.
A pesar de que su mente repetía que esto era un sacrificio, su cuerpo gritaba lo contrario.
Nunca había sentido esa plenitud, esa presión constante que parecía llegar hasta su alma.
La habitación se llenó de un sonido rítmico y constante: el choque de sus cuerpos encontrándose con una fuerza casi violenta.
Yoko no podía contener los gemidos que escapaban de sus labios; eran sonidos que nunca había emitido antes, una mezcla de sorpresa, entrega y un placer que la desbordaba.
Cada vez que Kaito la embestía, su pecho reaccionaba al impacto, y sus senos rebotaban con cada movimiento, una imagen que volvía loco a Kaito.
Perspectiva de Kaito Disfruté de cada segundo de su asombro.
Mi resistencia, forjada por horas diarias de gimnasio, me permitía mantener un ritmo que ella claramente no estaba acostumbrada a soportar.
Ver cómo su cuerpo reaccionaba, cómo su piel se sonrojaba y cómo sus pechos se agitaban con cada golpe de mis caderas, era la confirmación de mi victoria.
No era solo sexo; era una colonización física.
Quería que sintiera cada gramo de mi peso y la diferencia abrumadora de mi tamaño.
Mis propios gruñidos se mezclaban con sus gritos, llenando el espacio de una energía animal.
Perspectiva de Yoko Mi mente intentaba aferrarse a la idea del sacrificio por Tomohiro, pero mis sentidos me traicionaban.
Los gemidos que salían de mi garganta eran involuntarios, provocados por la magnitud de lo que sentía.
Cuando nos movimos a la posición de perrito, el impacto fue aún más directo.
Sentía cómo mis senos se sacudían violentamente mientras Kaito me sujetaba de las caderas con sus manos grandes, marcando mi piel.
Era una resistencia increíble; él no parecía cansarse, su energía era inagotable.
Cada vez que pensaba que estábamos por terminar, él cambiaba de ángulo, prolongando mi rendición.
Para cuando los relojes marcaron las 6:50 de la tarde , me di cuenta con estupor de que habían pasado casi tres horas.
Estaba exhausta, mi cuerpo temblaba y sentía una plenitud física que me resultaba aterradora..
Eran pasadas las 6:50 PM.
La luz de la ciudad empezaba a centellear con fuerza a través de los inmensos ventanales del Penthouse, tiñendo la habitación de sombras y reflejos dorados.
Sobre la cama de seda negra, Yoko estaba posicionada arriba, en vaquera, entregada por completo a la intensidad de ese final.
Sus manos estaban apoyadas sobre el pecho sólido de Kaito, sintiendo sus músculos de gimnasio tensarse con cada movimiento.
Sus gemidos eran constantes, agudos, una mezcla de agotamiento y un placer que la desbordaba.
Al moverse sobre él, sentía cada centímetro de su magnitud; su miembro era una fuerza invasiva que la llenaba por completo, una sensación de plenitud absoluta.
Con cada descenso, debido a la fuerza del impacto, sus tetas rebotaban rítmicamente, y sentía la mirada roja y hambrienta de Kaito fija en su pecho, disfrutando posesivamente de cada sacudida de su cuerpo.
Kaito la observaba desde abajo con la satisfacción de un conquistador.
Disfrutaba ver su cabello rojo agitándose desordenado y cómo sus pechos se movían con cada uno de sus impulsos desde abajo.
Su resistencia era absoluta; después de casi tres horas, su ritmo no había decaído lo más mínimo.
En el momento del clímax, Kaito soltó un gruñido gutural, profundo, y Yoko sintió la liberación más potente de la tarde, una vibración que recorrió todo su cuerpo.
Yoko cayó rendida sobre su pecho, empapada en sudor y temblando, escuchando el latido desbocado de su corazón.
Cuando Kaito finalmente se retiró, ella bajó la vista y se quedó sin aliento por un segundo.
El condón extra grande estaba a reventar, deformado por una cantidad de esperma que parecía imposible.
Era la tercera vez, y la cantidad no disminuía.
Ella sabía que, sin esa protección, su vientre habría sido reclamado por un heredero Kamekura en ese mismo instante.
El alivio de la protección se mezcló con el asombro por la potencia virgen y desmedida de un Kamekura.
Poco después, Yoko alzó la vista hacia el reloj digital de la mesita: 7:00 PM.
Se incorporó lentamente, sintiendo el cuerpo pesado.
Sabía que su jornada laboral terminaba en ese momento y que Tomohiro la esperaba, pero la intensidad de las últimas tres horas la había dejado sin fuerzas para reaccionar con pánico.
Empezó a buscar su ropa interior color melón y su vestido verde esparcidos por la alfombra, pero antes de que pudiera vestirse, sintió la sombra de Kaito cernirse sobre ella.
Kaito se levantó con la calma de quien sabe que el tiempo le pertenece.
Se acercó a ella, su imponente figura de 1.90 metros ensombreciéndola, y la rodeó desde atrás con sus brazos fuertes, pegando el cuerpo de Yoko contra su torso desnudo y cálido.
—No te vayas así, Yoko-san —le susurró al oído, su voz grave y cargada de autoridad, mientras le daba un beso posesivo en el cuello—.
Estás marcada por mí, hueles a mí.
Si te vas ahora y tomas el tren, la hora pico te destruirá.
Llegarás tarde, desaliñada y oliendo a este cuarto.
Tu esposo no es tonto; sabrá que algo pasó en cuanto cruces la puerta.
Yoko se quedó helada, con la tela del vestido entre los dedos.
Él tenía razón: el trayecto en tren a esa hora era un caos.
Necesitaba llegar limpia e impecable para mantener la mentira.
—Báñate aquí conmigo —continuó Kaito con una sonrisa astuta—.
Olvida el tren.
Yo te llevaré en mi Cadillac Escalade 2023.
Mi camioneta es mucho más rápida y te dejaré cerca de tu casa antes de que él sospeche nada.
Llegarás perfecta, como si acabaras de salir de una oficina de lujo.
Pero el baño es parte del trato.
Antes de que Yoko pudiera procesar la propuesta o articular una respuesta, Kaito la tomó por los muslos y la cargó con una fuerza asombrosa.
Ella, por instinto, rodeó su cuello con los brazos y entrelazó sus piernas alrededor de su cintura, quedando frente a frente.
En ese movimiento de carga, el miembro de Kaito —que seguía duro como la primera vez, demostrando una energía inagotable— volvió a entrar en ella con una presión que le arrancó un gemido agudo y prolongado.
—¡Ah…!
¡Kaito-kun!
—gritó ella, sintiendo cómo esa plenitud inmensa la reclamaba de nuevo, llenándola por completo mientras él caminaba con paso firme hacia el baño principal.
Entraron en la zona de la ducha, un espacio de mármol y cristal con una tina inmensa y regaderas de lluvia.
Kaito abrió el agua caliente y, sin bajarla de su cuerpo, comenzó a moverse contra ella bajo el chorro de agua.
Fue un encuentro de pura fricción y sonidos húmedos; el golpe del agua contra los azulejos se mezclaba con los gemidos ecos y constantes de Yoko, quien se aferraba a los hombros anchos de gimnasio de Kaito mientras él la mantenía en vilo, demostrando una resistencia física que parecía no tener límites.
Kaito se tomó su tiempo bajo el agua, extendiendo el momento de posesión.
La lavó con sus propias manos, recorriendo cada curva con una mezcla de cuidado y posesividad, asegurándose de que no quedara ni un rastro del encuentro anterior en la cama, borrando el rastro físico pero grabando a fuego el recuerdo en la mente de ella.
Al terminar el baño, se secaron y vistieron en un silencio cargado de secretos.
Yoko se ajustó el vestido verde y peinó su cabello rojo, asegurándose de que no hubiera marcas visibles, mientras Kaito se ponía una camisa limpia, luciendo impecable.
Bajaron al garaje privado en el ascensor y subieron a la imponente Cadillac negra.
El motor V8 rugió al encenderse, y mientras salían del edificio hacia las calles de la ciudad, Yoko se hundió en el asiento de cuero, mirando por la ventana , sabiendo que el trayecto en esa camioneta era lo único que la separaba de la realidad de su hogar.
Mientras salían del edificio hacia las calles de la ciudad, Kaito conducía con una mano relajada en el volante, mientras la otra descansaba ocasionalmente en el muslo de Yoko, un recordatorio sutil pero firme de su posesividad.
—Dime hacia dónde ir —dijo Kaito, su voz grave resonando en la cabina blindada—.
No conozco tu barrio, pero esta camioneta es mucho más rápida que cualquier tren.
Llegarás a tiempo para la cena con tu esposo.
Yoko le dio las indicaciones con voz baja, mirando por la ventana cómo las luces de la ciudad pasaban a toda velocidad.
El silencio en el auto era opresivo, cargado de lo que no se decía.
Ella se sentía abrumada por la culpa, pero al mismo tiempo, el rastro de la resistencia de Kaito y la intensidad de su miembro extra grande seguían grabados en su memoria sensorial.
No quería admitirlo, pero el sexo con Tomohiro ahora le parecía un pálido reflejo de lo que acababa de vivir.
Se sentía más mujer que nunca, despierta y vibrante, y esa realización la aterraba.
Kaito, por su parte, seguía sintiendo el calor de la batalla.
A pesar de haber eyaculado tres veces y de haber extendido el encuentro en el baño, su cuerpo seguía encendido.
La veía de reojo, notando cómo se retocaba el maquillaje y cómo evitaba su mirada.
«Está temblando», pensó con una sonrisa astuta y depredadora.
Él sabía exactamente lo que estaba haciendo.
—Cumpliste tu parte, Yoko-san —dijo Kaito, rompiendo el silencio mientras esquivaba el tráfico con destreza—.
Y yo cumplí la mía.
El contrato está firmado y el pendrive roto.
Hoy hemos cerrado un trato productivo para ambos.
Tu futuro está asegurado.
Yoko asintió en silencio.
Esperaba que él dijera algo más, que mencionara cuándo se verían de nuevo, pero Kaito no añadió nada.
Ese era su plan maestro: había sido solo por hoy, tal como acordaron.
Le había dado la mejor experiencia de su vida, la había hecho gemir y rendirse como nunca antes, y ahora la dejaba ir sin promesas.
Quería que ella volviera a su vida pequeña y cálida con Tomohiro, y que cada noche, en la soledad de su cama, recordara el fuego del Penthouse.
Quería que la necesidad de volver a sentir esa plenitud absoluta creciera en ella, hasta que no pudiera más y fuera ella quien, con orgullo roto, le suplicara volver a estar bajo su cuerpo.
—Ya casi llegamos —dijo Yoko, señalando la esquina anterior a su modesto edificio—.
Déjame aquí, por favor.
No quiero que nos vean.
Kaito detuvo la inmensa camioneta negra en las sombras de la calle.
Se inclinó hacia ella, dándole un beso corto y posesivo en los labios antes de que pudiera bajar.
—Disfruta tu noche, Yoko-san —susurró, su mirada roja clavada en la de ella, sin una sola pista de cuándo volvería a llamarla.
Yoko bajó de la Cadillac blindada con las piernas aún débiles.
Caminó hacia su casa tratando de actuar normal, sintiendo cómo el rugido del motor V8 de Kamekura se alejaba, dejándola sola frente a la puerta de su hogar y al secreto que ahora definiría su existencia.
Al cruzar el umbral de su casa, el contraste fue inmediato.
El silencio y la calidez del hogar se sentían casi extraños después de la tormenta sensorial que acababa de vivir.
Tomohiro estaba en la cocina, terminando de acomodar la mesa para la cena, y al escuchar la puerta se giró con una sonrisa llena de paz.
—¡Yoko!
Justo a tiempo.
Estaba empezando a preocuparme por el tráfico, pero veo que el transporte no estuvo tan mal hoy —dijo él, acercándose para darle un beso suave en la mejilla.
Yoko sintió un vuelco en el estómago.
El contacto de su esposo, siempre tan delicado, le recordó instantáneamente la fuerza bruta de Kaito.
Cerró los ojos un segundo, tratando de borrar la imagen del miembro extra grande de Kamekura que la había poseído hasta hace apenas treinta minutos.
—Hola, cariño —respondió ella, forzando una sonrisa—.
Tienes razón, el camino estuvo…
fluido.
Pero valió la pena.
Fue un día increíble, de verdad.
La persona que me contrató es muy buena persona, Tomohiro.
Es alguien muy profesional y el lugar es asombroso.
Creo que finalmente la suerte está de nuestro lado.
El trato fue justo y ya tengo el contrato firmado.
—No sabes lo feliz que me hace oír eso, Yoko.
Te mereces lo mejor —dijo él con dulzura—.
Ven, siéntate a cenar.
—En realidad…
estoy agotada, Tomohiro —dijo ella, dejando su bolso con manos temblorosas—.
Trabajé muchísimo hoy, fue un día muy agotador con tantas tareas nuevas y un ritmo abrumador.
Me dejó sin una gota de energía.
Solo quiero irme directo a la habitación a descansar.
—Oh, lo entiendo perfectamente.
El estrés del primer día en una empresa tan grande siempre es pesado.
Ve a acostarte, yo me encargo de todo aquí.
Yoko caminó hacia la habitación con pasos lentos, sintiendo el cuerpo pesado y marcado por la resistencia inagotable de Kaito.
Al desplomarse en la cama, la misma cama sencilla que compartía con su esposo, su mente no pudo quedarse en ese cuarto.
En la penumbra, sus pensamientos volaron de regreso al Penthouse.
Cerró los ojos y, en lugar de ver sus paredes blancas, veía el mármol reluciente y la ciudad desde el piso 50.
Su cuerpo seguía vibrando con el recuerdo de los gemidos que había soltado bajo el agua de la regadera y la plenitud absoluta que Kaito le había hecho sentir.
Mientras escuchaba a Tomohiro en la cocina, Yoko se hundió en las sábanas, sintiéndose vacía.
Kaito la había dejado exhausta, pero también le había robado la paz.
No podía dejar de pensar en por qué él no había mencionado el jueves; el plan de Kamekura estaba funcionando a la perfección: la había dejado físicamente destruida, pero mentalmente hambrienta de esa intensidad que ahora su vida normal nunca podría igualar.
Perspectiva de Kaito Conduje la Cadillac de regreso al Edificio Metrópoli, el motor V8 rugiendo suavemente bajo mi control.
El aroma de Yoko aún se aferraba al cuero del asiento del pasajero, una fragancia dulce y embriagadora que me hacía sonreír.
Eran las 8:00 de la noche en punto.
La había dejado en su modesto hogar, pero yo la había llevado conmigo, marcada en mi memoria y en mi deseo.
Subí en el ascensor privado hasta el penthouse.
Al entrar, la calma y el lujo de mi espacio me recibieron, pero ya no se sentían vacíos.
Ahora había ecos de su voz, la suavidad de su piel, el rastro de su presencia.
Una oleada de energía me recorrió.
La conquista de Yoko, la forma en que su resistencia se había disuelto bajo mi voluntad, me había dejado eufórico.
Necesitaba liberar esa adrenalina.
Me dirigí directamente a mi gimnasio privado, un espacio de alta tecnología con vistas panorámicas de la ciudad.
Encendí la música a todo volumen, una mezcla de techno potente que hacía vibrar las paredes.
Me despojé de la ropa y me lancé a la cinta de correr.
Corrí a una velocidad de vértigo, el sudor empapando mi cuerpo, mi mente enfocada en cada zancada, en cada empuje.
La imagen de Yoko, sus gemidos, sus ojos suplicantes, se reproducía en mi mente, alimentando mi resistencia.
Después de la cinta, pasé a las pesas, levantando hierro con una fuerza que me sorprendió incluso a mí mismo.
Cada repetición era un recordatorio de mi control, de mi poder.
Cuando terminé, dos horas después, mi cuerpo estaba exhausto pero mi mente, clara y satisfecha.
Me duché, dejando que el agua fría arrastrara el sudor y la tensión, pero no el recuerdo de Yoko.
Me dirigí a mi despacho.
Encendí la computadora, y la pantalla iluminó mi rostro con un brillo azulado.
Saqué de mi cajón el archivo completo de Yoko Nitta y Tomohiro, su esposo: direcciones, historial de empleo, situación financiera, los detalles de sus deudas, incluso los registros de los tratamientos médicos de Tomohiro.
Todo estaba ahí, recopilado cuidadosamente semanas antes de que Yoko siquiera supiera de mi existencia.
Me recosté en la silla de cuero, la punta de mis dedos jugueteando con los pedazos del pendrive roto que había guardado en mi bolsillo.
No había nada importante en ese dispositivo, solo un señuelo.
Pero había sido la carnada perfecta para atraparla.
Ella piensa que fue solo esta tarde, un pago único para salvar su pellejo y el de su esposo –pensé con una sonrisa, una sensación de triunfo recorriéndome.
Qué ingenua.
Ella cree que ha salvado a su esposo y ha asegurado su trabajo.
Pero la verdad es que solo ha abierto la puerta a su verdadera esclavitud.
Miré la foto de Yoko en la pantalla de mi computadora: su cabello rojo, sus ojos expresivos, la forma de su sonrisa.
No era una simple empleada, ni una aventura pasajera.
Era una adicción que apenas comenzaba.
La había dejado físicamente agotada, pero sabía que la había dejado mentalmente hambrienta, anhelando esa intensidad que su vida normal con Tomohiro nunca podría igualar.
La había dejado sintiéndose vacía, y yo era el único que podía llenarla.
Recordé que su horario era lunes y jueves.
Hoy era lunes.
No necesitaba inventar un día extra.
Cerré el archivo de Yoko.
No había necesidad de enviar correos con contratos ni nada similar.
Mi mensaje ya había sido entregado, no solo en palabras sino en sensaciones.
Ella recordaría.
Y el jueves, cuando se presentara a trabajar, su cuerpo y su mente estarían listos para más.
Me recliné en mi silla, una sonrisa satisfecha extendiéndose por mi rostro.
La había dejado en su modesto hogar, pero sabía que su mente, y su cuerpo, ya no le pertenecían por completo.
Ella era mía, y esta noche era solo el comienzo de su verdadera posesión.
El juego apenas empezaba…
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