Kaito Kamekura :El juego de las conquistas - Capítulo 4
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4: Capitulo 4 Suéter amarillo 4: Capitulo 4 Suéter amarillo Mi mirada se detuvo en la foto de Yoko en la pantalla, y aunque la satisfacción me llenaba, una nueva inquietud comenzó a burbujear.
Ella era exquisita, no había duda.
Su resistencia inicial, su vulnerabilidad, la forma en que se había entregado…
todo había sido embriagador.
Pero mi apetito era insaciable.
Una victoria nunca era suficiente para un Kamekura.
Yoko es una joya recién descubierta, pensé, cerrando el archivo con un clic.
Pero el mundo está lleno de tesoros esperando ser desenterrados.
Esta sensación de dominio, de romper voluntades y poseer cuerpos, es lo que me impulsa.
Es el juego más emocionante que existe.
Mi mente divagó, repasando a las “presas” que ya tenía en la mira en la Academia Saint Claire, y sentí una oleada de anticipación por la oportunidad de probar sus cuerpos también.
Río Inami sería mi golpe a su mundo social, el primer eslabón en mi cadena de dominio en la escuela.
Destruiría su inocente amistad con Haruta, un trofeo sutil pero potente.
Y no podía evitar la creciente curiosidad por sentir la blandura de esas curvas que se tensaban bajo el uniforme escolar.
Reina Kurashiki representaba un desafío de poder y orgullo.
Manipularla, ver su fachada romperse, sería una victoria intelectual tan placentera como cualquier otra.
Y la idea de despojarla de esa compostura, de verla retorcerse bajo mis manos, hacía que mi sangre se acelerara.
Pero Momota Nanoha…
ella era diferente.
La única con la que había tenido una interacción real, y había detectado en ella una chispa de astucia, una comprensión tácita de mi juego.
Sería mi aliada, mi cómplice en la sombra, la que me ayudaría a extender mis redes.
Y, de las tres, la siguiente en caer a un nivel más personal.
Su mente, su cuerpo, todo sería parte de mi control.
Estaba ansioso por desentrañar los secretos que su figura prometía.
Yoko, por supuesto, ya era mía, una posesión física completa.
Era el placer crudo.
Mientras que con las chicas de la academia, estaba construyendo mi imperio con estrategia y manipulación, con Yoko ya había reclamado mi premio.
Necesito más.
Siempre más.
El placer no venía solo de la posesión, sino de la búsqueda, de la caza.
Y mientras Yoko creía que su problema estaba resuelto, yo ya estaba pensando en la próxima fase, en cómo Momota Nanoha me ayudaría a asegurar mi dominio sobre Río Inami y Reina Kurashiki, y en el dulce placer de añadir a Momota a mi colección personal.
Estaba ansioso por probar los cuerpos de las tres.
El jueves sería solo el comienzo de su entrenamiento.
Perspectiva de Momota Nanoha La luz tenue de la lámpara de mi mesita de noche apenas iluminaba mi habitación.
Miré el reloj digital: las 10:17 p.m.
Habían pasado horas desde que el Cadillac negro de Kaito Kamekura se había alejado de mi calle.
Horas desde que la puerta de mi casa se había cerrado tras de mí, pero la sensación de la tarde aún vibraba en cada fibra de mi ser.
Me había duchado, cenado con mis padres y fingido concentrarme en mis apuntes de literatura, pero mi mente estaba lejos, muy lejos, de los haikus.
Estaba atrapada en un bucle, reviviendo cada instante de la tarde.
Me dejé caer en la cama, con la mochila aún a un lado.
Los libros parecían montones de papel sin sentido.
¿Cómo podía concentrarme en trivialidades cuando mi mundo acababa de dar un giro tan inesperado?
Kaito-kun.
El nombre revoloteaba en mi cabeza, una melodía insistente.
Los chicos de mi curso siempre me habían visto como la “chica aplicada”, la “inteligente”, la que siempre tenía las respuestas.
Nunca como la chica.
Nadie se había acercado a mí sin tartamudear o sin que su mirada se perdiera en el suelo.
Nadie, excepto Kaito-kun.
Él no solo me había hablado con seguridad, sino que me había llevado a casa en su Cadillac.
Un Cadillac.
La imagen del lujo pulcro y oscuro aún me deslumbraba.
Y la forma en que lo manejaba, con esa calma, esa autoridad…
me había sentido protegida, especial.
Cerré los ojos.
La imagen de Kaito-kun se formó nítidamente en mi mente.
No era solo su apariencia –su cabello blanco, sus ojos rojos, su estatura imponente– sino la forma en que me había tratado.
Con respeto, pero con una confianza que no había visto en ningún otro chico.
Había aceptado ir a su departamento para hacer la tarea de literatura, y él me había insistido en llevarme a casa.
¡Me iba a recoger mañana!
Mi mano se deslizó por mi abdomen, luego subió lentamente por mis costillas hasta rozar mis pechos, aún con la ropa de dormir puesta.
Un escalofrío recorrió mi piel al pensar en lo que podría significar todo esto.
¿Era posible que Kaito-kun, el nuevo y misterioso estudiante, pudiera estar interesado en mí?
La idea me hacía sonrojar.
Era el chico más impresionante que había visto en la escuela.
Alto, guapo, con ese aire de seguridad.
Mañana a su departamento.
La idea me hacía temblar de emoción.
Era para la tarea, por supuesto.
Eso era lo que habíamos acordado.
Pero la posibilidad de que fuera algo más…
¡la idea me hacía suspirar!
¿Sería este el comienzo de tener un novio, por fin?
Alguien que no se asustara de mi intelecto, alguien que me viera de verdad.
Me giré, hundiendo mi rostro en la almohada.
Mis pensamientos volaron a su departamento.
¿Cómo sería?
Lujoso, sin duda.
¿Y él?
¿Cómo se comportaría cuando estuviéramos solos, trabajando en el ensayo?
La imagen de sus ojos fijos en los míos, su cuerpo alto y atlético…
la fantasía de que me viera como algo más que una compañera de clase, me llenaba de una emoción inmensa.
Él me habló.
Él me llevó a casa.
Él me recogerá mañana.
Eran pensamientos sencillos, pero cada uno era un ladrillo en la construcción de una esperanza que me hacía palpitar el corazón.
Quizás, solo quizás, este era el comienzo de algo que siempre había deseado.
No podía evitar imaginar su toque.
Su mano rozando la mía al pasar un libro, una mirada más larga de lo normal.
Sentir su aliento cerca mientras trabajábamos.
La fantasía de que, por una vez, la chica aplicada e invisible pudiera ser la protagonista de su propia historia de amor.
Sí, Kaito-kun.
Susurré a la almohada.
Estoy lista para lo que venga.
Estoy lista para descubrir qué me depara.
La expectativa del mañana era casi insoportable.
Era un nuevo capítulo en mi vida, uno que prometía ser mucho más emocionante que cualquier haiku.
Y yo, Momota Nanoha, estaba a punto de descubrir un mundo de sensaciones que solo un chico como Kaito Kamekura podía, quizás, ofrecer.
Perfecto.
Integrando el uniforme, la hora y sus pensamientos, aquí está la secuencia desde que Kaito se levanta hasta que Momota lo ve en la entrada del instituto.
Perspectiva de Kaito Kamekura Mis ojos rojos se abrieron al amanecer, una vez más, reflejando el sol que ya se colaba por el enorme ventanal de mi penthouse.
No era el primer día, pero la rutina de control se asentaba.
Un nuevo día, nuevas oportunidades, y un plan que ya estaba en marcha.
La imagen de Yoko, sumisa y entregada la noche anterior, me trajo una punzada de satisfacción, pero mi mente ya estaba puesta en los próximos movimientos.
Mi robot de café ya zumbaba, preparando mi espresso.
Mientras se hacía, me dirigí al vestidor.
El uniforme de la Academia Saint Claire colgaba impecable.
Hoy era martes, lo que significaba el suéter amarillo.
Cada pieza de ropa, desde la camisa blanca de botones hasta el vibrante suéter amarillo con el escudo escolar, era una herramienta más en mi arsenal.
Mientras me vestía, me miré al espejo.
Mi cabello blanco platinado caía perfectamente sobre mis sienes, y mis ojos rojos, que en el anime a menudo simbolizan poder o emociones intensas, veían más allá de lo que cualquiera de esos ingenuos estudiantes esperaba.
Mi estatura de 1.90 metros, muy por encima del promedio masculino japonés de 1.70.cm, solo acentuaba mi presencia.
Hoy tenía una cita con Momota Nanoha.
La tarea de literatura.
Una excusa perfecta para atraerla a mi terreno, a mi territorio.
Ella era inteligente, astuta, pero ingenua en el juego real que yo jugaba.
Su entusiasmo por la atención que le daba era palpable, casi adorable.
Una aliada potencial, sí.
Y quizás, mucho más.
Tenía que afianzar su lealtad, su devoción, y ver hasta dónde podía empujarla.
Bajé en el ascensor privado al garaje.
El Cadillac Escalade , enorme y negro, relucía bajo las luces.
Mi libertad, mi poder.
Ayer había usado la mentira del “carro pequeño” para llevar a Momota a casa, una pequeña táctica para desorientarla y aumentar la impresión al revelar la verdad.
Había funcionado.
Hoy la recogería de la misma manera, reafirmando mi posición, mi estatus.
No había necesidad de esconder mi poder cuando podía usarlo como un arma.
Mientras conducía hacia el instituto, mi mente repasaba las interacciones de ayer.
Río Inami y Haruta.
La conexión entre ellos era el corazón de mi juego en la escuela.
Destruirla sería una obra maestra.
Reina Kurashiki, con su mirada desafiante, también estaba en mi lista.
Pero hoy, mi foco estaba en Momota.
Llegué al instituto justo a tiempo para la primera clase a las 7y45 a.m.
Estacioné el Cadillac en el lugar reservado, ignorando las miradas curiosas.
Salí del vehículo, ajustándome el suéter amarillo.
Perspectiva de Momota Nanoha Me desperté con el zumbido de mi alarma a las 6:30 a.m., pero hoy no la apagué con el acostumbrado gruñido.
Una oleada de emoción, mezcla de nerviosismo y excitación, me invadió al instante.
¡Hoy vería a Kaito-kun de nuevo!
Y no solo eso, ¡iría a su departamento!
Me levanté de la cama como impulsada por un resorte.
Abrí mi armario y, por primera vez en mucho tiempo, dudé sobre mi uniforme.
Era martes, el día del suéter amarillo.
¿Debía plancharlo con especial cuidado?
¿Quizás probar un peinado diferente?
Me decidí por un moño alto que mostraba mi cuello, sutil pero distinto.
No quería parecer desesperada, pero sí quería que él me viera.
Desayuné con mis padres, apenas probando bocado, y luego corrí a la estación.
El trayecto en tren me pareció interminable.
Mi corazón latía con fuerza, no por la prisa, sino por la anticipación.
¿Me estaría esperando en la entrada como dijo?
¿O me habría olvidado?
No, Kaito-kun no parecía el tipo de persona que olvidaba.
Al llegar a la entrada del instituto, la hora era la habitual, cerca de las 7:45 a.m.
La multitud de estudiantes se agolpaba en las puertas.
Mi mirada barrió el estacionamiento, buscando…
y ahí estaba.
Imponente.
El Cadillac negro, reluciente bajo el sol de la mañana.
Y a su lado, tan casual como si fuera lo más normal del mundo, estaba Kaito Kamekura.
Su cabello blanco y sus ojos rojos destacaban, pero hoy llevaba el suéter amarillo de la escuela, como la imagen de un estudiante perfecto, aunque infinitamente más atractivo.
Él era alto, mucho más alto que la mayoría de los chicos japoneses, su figura atlética imponía respeto.
Mi corazón dio un vuelco.
Él realmente estaba aquí.
Para mí.
La emoción me invadió por completo.
Perspectiva de Kaito Kamekura Nanoha Momota apareció por el camino, su rostro, aunque tratando de parecer sereno, delataba una evidente emoción.
Su cabello oscuro, normalmente recogido de forma sencilla, hoy tenía un moño que le dejaba el cuello más expuesto.
Noté el sutil cambio.
Un buen comienzo.
Se acercó con un ligero titubeo.
“Buenos días, Kaito-kun,” su voz era suave, con un matiz de nerviosismo.
Una música dulce, pensé.
Me enderecé, dejando que mi presencia la envolvieran.
“Buenos días, Momota-san.
Puntual.
Me gusta eso.” El cumplido era estratégico.
Simple, pero efectivo para una chica que parecía hambrienta de reconocimiento.
“Parece que el día ha empezado bien.
¿Lista para la primera clase?” Ella asintió, sus ojos grandes y brillantes fijos en los míos, absorbiendo cada detalle.
“Sí, eso creo.
Gracias por esperarme.” “No hay de qué,” respondí, mi mirada se desvió un instante hacia la entrada del instituto.
No era distracción, sino escaneo.
Evaluar el terreno, la reacción de los demás.
Siempre.
Estaba creando una imagen, consolidando mi posición y la suya a mi lado.
“Vamos, es mejor que entremos antes de que el pasillo principal se convierta en un embotellamiento.” Comenzamos a caminar hacia la entrada.
Sentí las miradas de los otros estudiantes, el murmullo de los susurros.
Sabía que Momota era consciente de ello; su postura, ligeramente más rígida, lo revelaba.
Era parte del proceso, la elevación de su estatus a través de mi asociación.
Que se acostumbrara a la atención.
Justo cuando estábamos por llegar a las puertas del instituto, una figura se cruzó en nuestro camino.
Era Reina Kurashiki.
Cabello rubio, porte de modelo.
Sus ojos azules, con un matiz de inteligencia y un atisbo de algo más, se posaron en mí.
Una fugaz chispa de curiosidad o incluso un desafío.
Interesante.
Otra pieza de ajedrez que no será un peón común.
Su madre, Reika, una pieza importante en el mundo empresarial, con su agencia de cosméticos.
Una familia a tener en cuenta.
Reina me dio un vistazo rápido, sus labios finos manteniendo una expresión difícil de descifrar, y luego continuó su camino sin interponerse.
No había temor, sino una evaluación.
Una mente que analizaba, no una que huía.
Le dediqué una sonrisa, una que solo yo sabría lo que significaba.
Una promesa silenciosa de un futuro juego.
A su lado, su amiga Yui Obata, con el pelo castaño recogido y también llevando la chaqueta negra, apenas pudo reprimir una exclamación ahogada, sus ojos fijos en mí antes de que Reina la arrastrara.
No me inmuté.
Mi mirada se mantuvo al frente, concentrada en el objetivo más inmediato.
A Momota.
Entramos en el edificio, el murmullo de los estudiantes llenando los pasillos.
El olor a libros viejos y cera pulida.
Seguimos el camino hasta nuestra aula de tercer año.
Entré con mi acostumbrada seguridad, y Momota me siguió.
Al llegar al aula, ya había algunos compañeros dentro.
Me dirigí al último asiento, al lado de la ventana.
Momota, como de costumbre, tomó su lugar directamente enfrente de mí.
La vi girarse un poco para poder verme.
La campana sonaría pronto, marcando el inicio de la primera clase.
El juego estaba en marcha…
Perspectiva de Reina Kurashiki y Yui Obata Reina y Yui caminaban juntas por el pasillo principal.
La asamblea estaba programada para comenzar pronto, y la habitual congestión de estudiantes se disipaba a medida que todos se dirigían al auditorio.
Reina, con su cabello rubio brillante bajo las luces del pasillo, llevaba la chaqueta negra del uniforme de segundo año.
Sus ojos azules, agudos y analíticos, observaban el flujo de estudiantes con una calma habitual, aunque algo había capturado su atención unos segundos antes.
A su lado, Yui, una chica de estatura promedio con el pelo castaño recogido en una coleta alta, sus ojos grandes y expresivos reflejando una curiosidad constante, también llevaba la chaqueta negra de su uniforme.
A diferencia de Reina, Yui no había asistido ayer al instituto debido a una pequeña indisposición familiar, por lo que estaba un poco más desorientada con los recién llegados.
Ambas tenían novio, pero eso no impedía la curiosidad ante un chico tan…
llamativo.
“¡Reina-chan, apúrate!” exclamó Yui, dando un pequeño salto mientras giraban por un pasillo menos concurrido que llevaba hacia el auditorio.
Era un lugar apartado, perfecto para hablar sin ser escuchadas.
“¡Vamos a llegar tarde a la asamblea si no nos damos prisa!” Reina asintió, acelerando un poco el paso.
“Tranquila, Yui.
La asamblea siempre empieza tarde.
No te alteres por eso.” Pero la curiosidad de Yui era incontenible.
Su mirada se había quedado fija en la figura del chico que acababa de pasar.
“Reina-chan, ¿quién era ese chico?” preguntó, sus ojos redondos y brillantes de asombro.
“¡El alto, con el pelo blanco y esos ojos rojos!
¡Parecía sacado de un anime!
Nunca lo había visto antes, ¿tú sí?” Reina, por su parte, recordaba la breve sonrisa que él le había dedicado, una sonrisa que no había sido dirigida a la chica que lo acompañaba, sino a ella.
Algo se había encendido.
“Es Kamekura Kaito, un estudiante transferido de tercer año,” respondió con un tono que denotaba que ya había procesado esa información.
La curiosidad, una emoción poco frecuente para ella, se agitaba en su interior.
Un chico nuevo que no solo era llamativo, sino que también parecía reconocer su presencia de una manera particular.
“¡Pero, Reina-chan!” Yui hizo un puchero.
“¡Es tan misterioso!
¡Nunca lo había visto!
¿Es rico?
¿De dónde viene?” Reina no respondió de inmediato.
La imagen de Kaito Kamekura, y el desafío sutil en su mirada, era intrigante.
A pesar de tener novio, ese chico había captado su atención de una manera que pocos lo hacían.
“Es mejor ser cautelosa, Yui,” respondió Reina, con una firmeza que no admitía réplicas.
Su rostro no mostraba emoción, pero en el fondo, una punzada de curiosidad, diferente a la habitual, persistía.
“Los hombres así…
suelen traer problemas.” Lo último era una excusa para Yui; para sí misma, la verdad era que ese “problema” le resultaba extrañamente atractivo.
“Además,” añadió, con un tono ligeramente más ligero, “tengo una sesión de fotos para mi agencia la próxima semana.
No tengo tiempo para dramas estudiantiles de último minuto.” Yui asintió, aunque una chispa de curiosidad aún brillaba en sus ojos.
“Entendido, Reina-chan.
Pero aun así, es emocionante tener a alguien así en la escuela, ¿no crees?
¡Va a ser un año interesante!” Reina no respondió.
Simplemente aceleró el paso, su mente ya en su agenda personal, y en esa pequeña, molesta curiosidad que el Kamekura había despertado a pesar de todas las advertencias.
Ser cautelosa no significaba no observar.
Perspectiva de Kaito Kamekura Momota, como de costumbre, tomó su lugar directamente enfrente de mí.
Su elección de asiento era una confirmación de su interés, una clara señal de su deseo de proximidad.
La vi girarse un poco para poder verme, un gesto sutil, casi imperceptible para ojos no entrenados, pero que para mí era un libro abierto.
Sus ojos grandes y oscuros, buscando contacto, buscando validación.
Justo en ese momento, una figura familiar y provocativa entró al aula por la puerta principal.
Río Inami.
Su uniforme parecía estirarse al máximo sobre su figura exuberante.
Mientras caminaba hacia su asiento, que, convenientemente, estaba unas filas más adelante y un par de columnas hacia el centro, sus pechos oscilaban con cada paso, un movimiento hipnótico que no pude ignorar.
Un fugaz destello de excitación se encendió en mí, una confirmación de que ella, con su atractivo físico y su conexión con Haruta, seguía siendo una pieza central en mi tablero.
Interesante, pensé, dejando que mi mirada se demorara un instante más de lo necesario mientras ella se movía hacia su pupitre.
El sonido de la campana perforó el murmullo del aula.
De inmediato, el ambiente cambió, las conversaciones se silenciaron y los estudiantes enderezaron sus espaldas.
El profesor de matemáticas, el señor Suzuki, un hombre de mediana edad con gafas de montura fina y un traje de tweed algo desgastado, entró en el aula.
“Buenos días, clase,” su voz era monótona, pero llevaba una autoridad innegable.
“Hoy tendremos la primera hora de matemáticas.
Pero antes de empezar con la integral, tengo un anuncio importante del director Tanaka.” Se ajustó las gafas.
“Habrá una asamblea general hoy, pero debido a la capacidad del auditorio, se realizará por turnos.
Primero los estudiantes de primer año, luego los de segundo, y finalmente, nosotros, los de tercer año.
Nuestra asamblea será a las 9:00 a.m.
en punto.
Asegúrense de estar allí a tiempo.” Una asamblea.
Interesante.
Un nuevo público, una nueva oportunidad para la observación.
Los estudiantes comenzaron a susurrar, pero la mirada del profesor Suzuki los silenció rápidamente.
La clase de matemáticas comenzó.
Fracciones, ecuaciones, problemas que para mí resultaban tediosos en su simplicidad.
Sin embargo, no podía permitirme el lujo de la negligencia.
Mi imagen de estudiante ejemplar debía ser impecable.
Seguí el ritmo del profesor, mis respuestas internas siempre un paso por delante de las que se dictaban.
De vez en cuando, sentía la mirada de Momota en mí.
Giré ligeramente mi cabeza hacia ella, lo suficiente para captar sus ojos.
“¿Comprendes este ejercicio, Momota-san?” susurré, mi voz apenas audible por encima de la del profesor Suzuki.
Ella parpadeó, su rostro un ligero rubor.
“Sí…
creo que sí, Kaito-kun.
Es solo que…
no soy muy buena con las funciones.” Una oportunidad.
“No te preocupes.
Después de la asamblea, si tienes alguna duda, puedo explicártelo.
Me aseguraré de que lo entiendas.” Sus ojos se iluminaron.
“¡De verdad, Kaito-kun?
¡Muchas gracias!
Sería de gran ayuda.” Su voz era un susurro agradecido, lleno de una esperanza que apenas podía contener.
La pequeña red se tensaba un poco más.
Volví mi atención al profesor, con una sonrisa interna.
La clase transcurrió sin mayores incidentes, una sucesión de fórmulas y ejemplos.
El tic-tac del reloj marcaba el avance, no solo de la hora, sino de mi plan.
Las asambleas por turnos del director Tanaka eran un inconveniente menor, pero también significaban que los pasillos estarían más tranquilos cuando fuera nuestro turno, menos caos, más control.
Pronto, el sonido de un timbre diferente al de la campana de clase resonó.
Era la señal para el final de la primera hora y el inicio de la asamblea para los de primer año.
El profesor Suzuki dio sus últimas instrucciones.
“Recuerden, tercer año, a las nueve en punto al auditorio.
Vayan a sus casilleros ahora si lo necesitan, pero no se demoren.” Los estudiantes comenzaron a moverse, el aula cobrando vida con el murmullo de conversaciones.
Momota me miró de nuevo, una pregunta tácita en sus ojos.
“¿Nos vemos en la entrada del auditorio, Momota-san?” le pregunté, manteniendo mi voz baja.
Ella asintió con entusiasmo.
“¡Sí, Kaito-kun!” Me levanté de mi asiento, estirando los músculos.
Otro paso completado.
El auditorio.
Otro escenario.
Otro público.
El juego continúa..
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