Kaito Kamekura :El juego de las conquistas - Capítulo 5
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5: Capitulo 5 Asamblea 5: Capitulo 5 Asamblea Los estudiantes de tercer año comenzaron a salir del aula, un río constante de suéteres amarillos fluyendo hacia el pasillo.
Me moví con la corriente, pero con un propósito.
No necesitaba la multitud, sino el posicionamiento.
Los pasillos estaban más tranquilos, los alumnos de primero y segundo ya estarían en sus respectivas asambleas o volviendo a sus clases, dejando el camino relativamente despejado para nuestro grupo.
Llegué al auditorio.
Una imponente estructura con filas de asientos aterciopelados y un escenario elevado.
Era un lugar diseñado para la atención y la grandilocuencia.
Un lugar que me gustaba.
Mi mirada escaneó rápidamente las filas, buscando el punto óptimo.
La última fila.
No por azar, sino por elección.
Era el lugar perfecto para observar sin ser observado, para tener una vista panorámica de todo el auditorio sin convertirme en un punto focal.
La precaución siempre era clave, incluso en un ambiente tan mundano.
Me dirigí hacia un asiento en el centro de la última fila.
Lo ocupé, mi postura relajada, pero mi mente completamente alerta.
Pocos segundos después, los demás estudiantes de tercer año comenzaron a entrar y buscar sus lugares.
Fue entonces cuando la disposición se volvió interesante.
Primero, Momota Nanoha se acercó, su mirada buscándome, una pequeña sonrisa formándose al verme.
“¡Kaito-kun!” susurró, sus ojos brillantes de emoción al tomar el asiento a mi izquierda.
Respondí con un asentimiento sutil.
Momota Nanoha era una belleza serena, con facciones delicadas y una elegancia natural.
Su cuerpo, aunque menos abiertamente exhibido que el de otras, poseía una armonía curvilínea que era innegable.
Casi inmediatamente después, Inami Río apareció a mi derecha.
Sus ojos, en un rápido barrido, me reconocieron.
“Kamekura,” dijo con un leve movimiento de cabeza, un saludo breve y casual, antes de deslizarse en el asiento junto a mí.
Su uniforme, como siempre, ajustado al límite sobre su figura explosiva.
Ahí estaba yo, Kaito Kamekura, flanqueado por dos de las bellezas más destacadas de tercer año, cada una a su manera.
Momota Nanoha, con su aura de sofisticación y curvas sutiles; e Inami Río, con su vitalidad desbordante y sus proporciones audaces.
La cercanía de ambos cuerpos, la visión de esos dos impresionantes físicos a mi lado, hizo que mi mente proyectara imágenes fugaces e íntimas.
Qué interesante sería ver a estas dos juntas en mi cama, pensé, una fantasía efímera pero potente.
La disposición era perfecta.
El juego se estaba volviendo mucho más…
íntimo y complejo.
El murmullo de los estudiantes se hizo más fuerte a medida que el auditorio se llenaba.
Luego, las luces se atenuaron ligeramente, señal de que la asamblea estaba a punto de comenzar.
Mis ojos se dirigieron al podio.
El director Tanaka aún no había aparecido.
En su lugar, un estudiante subió al podio.
Un chico corpulento, con un abdomen prominente que se marcaba a través de su suéter amarillo, y un rostro redondo que parecía luchar por mantener una expresión seria.
Se ajustó el micrófono, emitiendo un chirrido antes de hablar.
Una ceja se alzó en mi rostro.
Un estudiante.
Y no precisamente el arquetipo del líder estudiantil atlético o carismático.
Este sería un inicio de asamblea…
peculiar.
“Buenos días a todos los estudiantes de tercer año,” la voz del chico era sorprendentemente clara y resonante, llenando el auditorio.
En ese instante, mis ojos se enfocaron en él.
Vi cómo sus gafas, de montura gruesa y algo anticuadas, empezaron a brillar con un tenue resplandor rojo.
El brillo no era intenso, pero era inconfundible, una energía sutil que se desprendía de los cristales.
Y fue entonces, casi al mismo tiempo, que noté cómo los ojos de los estudiantes a mi alrededor, uno por uno, adquirían un brillo rojizo idéntico, sus miradas se volvían vidriosas y fijas en el podio.
Momota Nanoha, a mi izquierda, y Inami Río, a mi derecha, sus hermosos ojos ahora teñidos de carmesí, sus expresiones vacías de voluntad propia.
El auditorio entero, una masa de cuerpos sumidos en un trance colectivo.
Todos, excepto yo.
Mis propios ojos seguían siendo de su color natural, mis pensamientos nítidos, mi voluntad intacta.
No sentía la influencia que dominaba a los demás.
Un escalofrío de reconocimiento recorrió mi espina dorsal.
Mi padre, un hombre de pocas palabras, pero de mucha sabiduría, siempre me había inculcado una única verdad inquebrantable: “Nunca te sometas.
Tu mente es tuya y solo tuya.
Ni dios ni el diablo tienen derecho sobre ella.” Esas palabras, grabadas a fuego en mi ser desde la infancia, eran mi escudo.
Sentí la energía de ese chico en el podio, un poder que se extendía como una red invisible, pero que se rompía y se disolvía al chocar contra mi voluntad.
Soy inmune.
El chico en el podio se presentó.
“Mi nombre es Tanaka Hajime.
Soy su consejero sexual oficial.
Como saben, gracias a la nueva ley de consejería sexual en las escuelas, mi palabra es ley en lo que respecta a sus relaciones románticas y sexuales.
He venido para guiarles a través de este importante aspecto de la vida.
Para asegurar la máxima efectividad y privacidad, las sesiones de orientación sexual se realizarán de forma individual y en un entorno privado.” Mi corazón latió con una fuerza renovada, no por miedo, sino por una mezcla de asombro y una codicia insaciable.
Poder.
Este chico, este perfecto desconocido con sobrepeso y un aura de fealdad que se esforzaba por ser seria, tenía la habilidad de hipnotizar, de controlar, de hacer que la realidad se doblara a su antojo.
Podía ver cómo todos a mi alrededor, bajo su influencia, aceptaban sus palabras sin cuestionar, incluso la idea de sesiones “privadas” con un “consejero sexual” de segundo año.
La coherencia de sus mentes había sido borrada, reemplazada por una obediencia ciega.
Y la fuente…
el brillo rojo en sus lentes.
Una deducción rápida.
El poder residía allí, o al menos era canalizado a través de ellos.
Eso era lo que había provocado la hipnosis masiva.
Si ese era el mecanismo, entonces era algo tangible, algo que podía ser estudiado, y más importante aún, algo que podía ser obtenido.
No solo se limitaba a estudiantes, sino también a madres y maestras.
La escala de su control era aterradora y, a la vez, increíblemente seductora.
Mis puños se apretaron bajo la manga de mi suéter.
Este poder, lo quería.
No me cansaría, no descansaría, hasta que ese poder fuera mío.
Con esa habilidad, yo sería imparable.
Tanaka Hajime no era un enemigo a destruir; era una mina de oro, un peldaño hacia la dominación absoluta.
Y yo, Kaito Kamekura, lo obtendría.
La asamblea continuó, aunque mis oídos apenas registraban las palabras de Tanaka.
Mi mente ya estaba en el futuro, en la estrategia.
Observé cada movimiento del gordo en el podio, su forma de hablar, sus gestos, la manera en que ajustaba sus gafas.
Esos lentes.
Eran la clave.
Cuando la asamblea finalmente concluyó, los estudiantes se levantaron como autómatas, sus ojos aún con ese brillo rojizo tenue.
Se movían en una calma ordenada, un rebaño dócil que seguía las instrucciones implícitas de Tanaka Hajime.
Momota Nanoha y Inami Río se levantaron a mi lado, sus expresiones serenas, sin rastro de la vitalidad que momentos antes las caracterizaba.
Se unieron al flujo de estudiantes hacia la salida del auditorio.
Me moví con ellos, mi rostro una máscara de normalidad.
No podía ir y simplemente arrebatarle las gafas a Tanaka.
La idea era absurda.
Él tenía a todo el instituto de su lado, un ejército de zombis con ojos rojos.
Cualquier movimiento precipitado sería mi fin.
Además, su habilidad se basaba en la visión; si estaba rodeado de sus “escudos” hipnotizados, podría utilizarlos para neutralizar cualquier intento.
Tenía que aislarlo.
Un plan comenzó a formarse en mi mente, piezas de ajedrez moviéndose en silencio.
Necesitaba una emboscada.
Un lugar y un momento donde Tanaka Hajime estuviera completamente solo, sin la protección de su ejército personal de mentes controladas.
Un lugar donde la hipnosis masiva fuera inútil, donde no hubiera “escudos humanos” para interponerse.
Lo observé mientras se retiraba del podio, caminando con una confianza grotesca, rodeado por un par de estudiantes de segundo año que actuaban como sus ayudantes hipnotizados.
Él se movía por el instituto como un rey, el centro de su propio universo falso.
¿Dónde atacarlo?
Mi mirada escaneó el entorno.
Los pasillos, las aulas vacías, el patio.
Nada lo suficientemente aislado o discreto.
Pero entonces, recordé sus palabras: “consejero sexual oficial”.
Eso significaba que tendría un espacio, una “oficina” para sus “sesiones privadas”.
La “sala de educación sexual”.
Un lugar perfecto.
Privado, discreto, y diseñado para la intimidad de sus víctimas.
Era, en efecto, su sala de operaciones.
Mi plan se consolidó.
No podía enfrentarlo directamente.
Tenía que usar su propio sistema contra él.
Sabiendo que los hipnotizados se comportaban con normalidad hasta que Tanaka les daba una orden explícita, tenía una ventaja.
Y, si la asesoría era en pareja, eso solo simplificaba las cosas.
Necesitaba a una chica para que lo acompañara a pedir “asesoría”, atrayéndolo a su dominio bajo la premisa de una sesión.
Una chica hipnotizada no sería una amenaza para mí, y para Tanaka, solo sería otra ficha en su tablero.
No pondría resistencia alguna y no contaría con ella como una defensa activa si no recibía una orden directa.
Su comportamiento sería completamente normal, a menos que Tanaka le diera una orden específica.
¿Quién?
Momota Nanoha.
O Inami Río.
Ambas estaban bajo su influencia, sus ojos aún con ese brillo rojizo, aunque ahora atenuado por la distancia del podio.
Eran igualmente bellas, igualmente impactantes.
La elección era casi irrelevante, ambas servirían para el propósito de llevarme a Tanaka al lugar adecuado.
La clave era el momento en que se quitaba los lentes.
O cuando no pudiera usarlos.
Porque lo más importante era que los lentes, la fuente de su poder, no debían romperse.
Debía quitárselos intactos.
Un ataque rápido, preciso, desarmándolo sin dañarlos.
Un gordo y una chica hipnotizada no serían rivales para mí, Kaito Kamekura.
Él subestimaría cualquier amenaza, confiado en su dominio.
Este era el camino.
La “sala de educación sexual” sería su perdición y mi ascenso.
Los estudiantes seguían dispersándose por los pasillos, dirigiéndose a sus casilleros o a las siguientes clases.
Momota Nanoha se detuvo cerca de su casillero, a unos pocos metros de mí, guardando sus libros con la habitual diligencia.
Era el momento.
Ajusté mi suéter y me acerqué a ella con una sonrisa estudiada, una mezcla de seriedad y preocupación juvenil que siempre me resultaba eficaz.
“Momota-san,” dije, mi voz suave y mi mirada fija en la suya, buscando la reacción adecuada.
Mi mente, sin embargo, estaba ya repasando la elección.
Inami Río, aunque igualmente bajo el control de Tanaka, era una incógnita más grande.
Su personalidad era más fuerte, más exigente, y el “desarrollo” de una relación, incluso una falsa, en un solo día, resultaría demasiado forzado incluso para alguien hipnotizada.
Momota Nanoha, en cambio.
Era más receptiva, más influenciable, y su naturaleza amable la hacía ideal para aceptar una propuesta, incluso si era inesperadamente rápida.
Sería más fácil guiarla.
Ella se giró, sus ojos oscuros y grandes encontrándose con los míos.
“Oh, Kaito-kun.
¿Necesitas algo?” Su tono era ligeramente tímido, pero afable.
Perfecta.
Tomé un respiro superficial, interpretando mi papel.
“Sí, en realidad sí.
Algo importante.
¿Podríamos hablar en algún lugar un poco más…
privado?
Es sobre…
lo que vimos en la asamblea.” Su expresión cambió, una sombra de confusión y, tal vez, una pizca de la vergüenza que otros habían sentido, cruzando su rostro.
Asintió, cerrando su casillero con un suave clic.
“Claro, Kaito-kun.
¿Dónde?” “El patio trasero, quizás.
Está más tranquilo ahora.” Era un lugar que ofrecía cierta privacidad sin levantar demasiadas sospechas, y lo suficientemente público como para no hacerla sentir incómoda antes de tiempo.
Caminamos en silencio, el bullicio del instituto desvaneciéndose a medida que nos adentrábamos en el pequeño jardín trasero.
El aire era más fresco aquí, el sonido de las hojas susurrando.
Encontré un banco alejado, debajo de un cerezo que aún no florecía del todo.
Nos sentamos, una distancia prudente entre nosotros.
La miré a los ojos, mis propios pensamientos ya un paso adelante.
Tenía que ser convincente.
Tenía que ser él.
“Momota-san,” comencé, mi voz bajando a un tono más íntimo, mi carisma natural fluyendo con cada palabra.
“Lo que pasó en la asamblea…
con Tanaka-senpai…
me dejó pensando mucho.” Hice una pausa, permitiendo que la tensión se acumulara, que ella procesara el recuerdo.
Ella asintió, mirando sus manos entrelazadas en su regazo.
“Sí…
fue un poco…
inusual.
Pero es lo que la ley dice, ¿no?
Sobre los consejeros sexuales…” “Exacto.
La ley.
Y lo que eso implica para nosotros,” la interrumpí suavemente, incluyéndome en la narrativa.
“Ha sido solo un día desde que llegué, Momota-san, pero me has ayudado mucho.
Eres diferente a los demás.
Tu amabilidad…
tu forma de ser…
me ha impactado.
No esperaba sentir esto tan rápido, pero…
no puedo ignorarlo.” Levantó la vista, sus ojos un poco más abiertos, una sorpresa palpable mezclada con el rubor que siempre aparecía en su rostro.
“Kaito-kun…” Era el momento.
Me incliné ligeramente hacia adelante, mi mano rozando su muñeca, mi mirada intensa.
“Momota-san, creo que…
me estoy enamorando de ti.” Las palabras, aunque una completa farsa, sonaron con una convicción que solo mi carisma podía lograr.
El efecto en ella fue inmediato y poderoso.
Sus ojos se abrieron por completo, el rubor se intensificó hasta sus orejas, y su respiración se aceleró.
Una mezcla de asombro y una felicidad contenida inundó su expresión.
Para ella, esto no era solo una declaración; era la respuesta a un anhelo, la validación que buscaba.
Un novio, alguien que la valorara, lo había conseguido.
“Kaito-kun…” apenas un susurro, lleno de emoción.
“Y precisamente por eso, por lo mucho que significas para mí,” continué, forzando una expresión de sincera preocupación en mi rostro, “no quiero que haya malentendidos, ni que hagamos nada mal…
Me preocupa el futuro.
El proceso de asesoramiento sexual…
si vamos a ser una pareja seria, tal vez deberíamos…
¿buscar la guía de Tanaka-senpai?” Su mirada aún estaba fija en mí, ahora teñida de un brillo esperanzador y felicidad.
La propuesta de “asesoría” no la perturbaba, al contrario.
Era un paso más en lo que ella creía que era una relación genuina, un compromiso.
“¿Tú…
tú quieres que vayamos a una asesoría con el consejero sexual?” preguntó, su voz un poco temblorosa, asimilando mis “sentimientos” y la implicación.
“Sí,” dije con firmeza, asintiendo.
“Si vamos a estar juntos, quiero que sea de la manera correcta.
Quiero asegurarme de que todo esté bien entre nosotros, sin presiones, sin errores.
Con la guía adecuada.” Era la fachada perfecta.
Una preocupación por la rectitud, por el bienestar de la relación.
Algo que Momota, con su naturaleza recatada y su deseo de ser valorada, entendería y apreciaría profundamente.
Una sonrisa lenta y tímida, pero genuinamente feliz, se formó en sus labios.
“Kaito-kun…
no sabía que sentías eso.
Sí…
sí, por supuesto.
Si crees que es lo correcto para nosotros, entonces…
vayamos a la asesoría.” Mi plan estaba en marcha.
La primera fase, completada.
Nos levantamos del banco, y antes de que pudiera dar un paso, la abracé suavemente por la cintura, acercándola a mí con cuidado.
Sentí cómo su cuerpo se tensó por un instante de sorpresa, pero luego se relajó, apoyando su cabeza ligeramente en mi pecho.
“Vamos, mi belleza,” susurré cerca de su oído, antes de dejar un suave besito en su mejilla.
No era el momento de besarla en la boca; debía mantener el ritmo, no asustarla.
“Quiero que veas lo mucho que vales.” Caminamos juntos por el pasillo hacia la sección de orientación, mi brazo alrededor de su espalda, manteniéndola cerca.
A medida que avanzábamos, seguí alimentando su autoestima con palabras cuidadosamente elegidas.
“Tus ojos son hermosos…
Tu eres simplemente perfecta.
Cada parte de ti está hecha para ser admirada,” le dije en voz baja, para que solo ella lo escuchara.
“Es increíble cómo tu cuerpo combina elegancia y pasión en cada movimiento.” Momota Nanoha caminaba un poco más erguida ahora, su rostro iluminado por una sonrisa radiante.
El rubor aún permanecía en sus mejillas, pero ahora se mezclaba con una nueva confianza.
“De verdad crees todo eso, Kaito-kun?” preguntó, volviéndose a mirarme con los ojos brillantes.
“Claro que sí,” respondí, acariciando su hombro con mi mano.
” estoy agradecido de poder estar a tu lado.” Al llegar a la puerta de la sala de orientación sexual, me detuve un momento, tomándola de las manos.
Le di un beso suave en la frente, justo antes de mirarla a los ojos.
“Estoy aquí para ti, ¿sabes?
Vamos a hacerlo bien, juntos.” Con una mano en la manija de la puerta, la abrí y la acompañé adentro, manteniendo mi expresión cariñosa pero mi mente alerta, lista para la emboscada que se avecinaba.
La habitación era sencilla: un escritorio grande al fondo, dos sillones frente a él, y unas cortinas que difuminaban la luz del pasillo.
Tanaka Hajime ya estaba allí, sentado detrás de su mesa, con las manos entrelazadas sobre la superficie de madera.
Al vernos entrar, su rostro se iluminó con una sonrisa amplia y algo grotesca.
“Momota Nanoha…
¡qué sorpresa!” dijo, levantándose un poco de su silla, su mirada pasando de ella a mí con una mezcla de reconocimiento y envidia.
“Conozco a esta jovencita desde el primer año; siempre fue una de las más bellas del instituto, pero nunca pensé que alguien la conseguiría tan rápido.
Ni siquiera yo he tenido el placer de…” se detuvo, aclarándose la garganta, mientras sus ojos pequeños observaban cómo mantenía a Momota cerca, con mi mano en su espalda.
“Tanaka-senpai,” saludé con una inclinación cortés, manteniendo mi expresión neutra.
Mi mente estaba completamente centrada en sus gafas, analizando cada detalle de su marco, buscando cómo desprendérselos sin dañarlos.
No podía permitirme un error; ese poder sería mío.
Tanaka se recostó en su silla, pasando una mano por su frente antes de ajustar sus gafas.
“Me alegro de que hayáis venido.
La ley es clara, y es bueno que como pareja busquéis orientación antes de dar cualquier paso.” Su voz era calmada, pero percibí la tensión en su postura, la envidia que sentía al ver que yo había conseguido a una de las chicas más codiciadas del instituto en apenas dos días.
Momota se sentó en uno de los sillones frente al escritorio, su expresión seria y un poco nerviosa, pero sin sospechar nada de lo que realmente sucedía.
Para ella, esto era solo el siguiente paso en su nueva relación, un momento importante para su pareja.
No tenía idea de que Tanaka podía controlar mentes, ni que alguna vez habría estado bajo su influencia.
Solo sabía que había encontrado a alguien que la valoraba, y eso era suficiente.
Mientras Tanaka comenzaba a explicar los “procedimientos” de su asesoría, mi mente estaba trabajando a toda velocidad.
Calculaba cada movimiento, cada palabra que él pronunciara.
Necesitaba aislarlo, sacarle las gafas sin que pudiera usar a nadie como escudo.
El poder que él poseía estaba a un paso de ser mío, y no permitiría que nada se interpusiera en mi camino.
Tanaka Hajime se levantó de su silla, moviendo su cuerpo corpulento alrededor del escritorio hasta colocarse frente a nosotros.
Sus gafas reflejaban levemente la luz de la habitación, pero en ese momento no emitían brillo alguno – el control era sutil, activándose solo cuando él lo decidía.
“Momota Nanoha, ¿verdad?” dijo Tanaka, dirigiéndose directamente a ella con una voz segura.
” Nanoha Momota se puso de pie lentamente, su expresión calmada y obediente, como si esas órdenes fueran lo más natural del mundo.
Ahora entendía mejor: la hipnosis no la mantenía en un trance constante, sino que la hacía actuar normal… hasta que llegaba la orden.
Tanaka dio un paso hacia adelante, y al hacerlo, su rostro se iluminó con una sonrisa de satisfacción y envidia mezcladas.
“Miren, aquí está el problema con los jóvenes de hoy: creen que pueden ir rápido, pero olvidan que yo soy quien les enseña el camino correcto.
Incluso a las más bellas del instituto,” dijo, mirando a Momota con una mirada ligeramente descarada.
Nanoha Momota caminó hacia la cama que había al fondo de la sala, junto a una cómoda y algunas sillas tapizadas.
No protestaba, no mostraba miedo – solo seguía moviéndose como si fuera lo más lógico del mundo.
Tanaka se rió, un estruendo gutural que llenó la habitación.
“¡Ja, ja, ja!
¡Mira cómo obedece tan bien!
Y tú, Kamekura-kun, crees que puedes venir aquí con tu ‘pareja’ y hacer las cosas a tu manera?
Pero ya te digo: yo soy quien decide cómo debe ser todo.
¡Incluso los chicos guapos como tú acabarán sometidos a mí!” Mientras hablaba, sus gafas emitieron un leve brillo rojizo.
Vi cómo Momota se detuvo un instante y luego continuó acercándose a la cama, colocándose en el borde con las manos sobre las rodillas, lista para seguir cualquier indicación.
Tanaka pensaba que yo estaba bajo su hechizo, que como “nuevo” no representaba ninguna amenaza.
Yo me mantuve de pie, mi expresión seria pero mi mente alerta como nunca.
Sentí cómo la energía de Tanaka trataba de extenderse, pero mi voluntad permanecía firme – las palabras de mi padre resonaban en mi cabeza.
Y mientras veía cómo Momota se mantenía allí, con su cuerpo hermoso y voluptuoso que ella misma había creído poco atractivo, sentí una mezcla de determinación y codicia.
Tanaka se acercó a ella, y en su voz se notaba la envidia disfrazada de “enseñanza”: “Eres una chica bonita,Nanoha Momota, pero hay que hacerlo bien.
Yo te mostraré el camino correcto, como ya he hecho con otras alumnas.
Se rió de nuevo, más alto esta vez, mientras sus gafas brillaban con un resplandor más intenso.
“¡Incluso un chico guapo como tú, Kamekura, acabará sometido!
Yo conseguí a una de las más bellas del instituto en apenas dos días, ¡pero yo puedo conseguir a cualquiera!
¡Mi poder es infinito!
Y tú… tú querrás tenerlo, pero nunca podrás conseguirlo tan fácilmente como yo lo he hecho.
¡Ja, ja, ja!”.
Mientras Tanaka seguía riendo y alardeando, yo observaba cada movimiento de sus gafas.
Sabía que no podía permitir que se dañaran – esa era la clave de su poder, y yo no descansaría hasta hacérmela mía.
Mientras él seguía hablando de cómo había “entrenado” a otras personas, mi mente ya estaba trazando el siguiente paso: el momento exacto en que podría quitarle esas gafas sin que se diera cuenta.
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