Kuchiyuku ōkoku - Capítulo 75
- Inicio
- Kuchiyuku ōkoku
- Capítulo 75 - Capítulo 75: Capítulo 75 — Fractura en Brisa
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 75: Capítulo 75 — Fractura en Brisa
Capítulo 75 — Fractura en Brisa
El sol se filtraba débil por entre los vidrios rotos del edificio de entrenamiento.
El viento movía escombros como si quisiera contar un secreto que nadie escuchaba.
Brisa estaba sentada sobre un bloque de concreto agrietado, con la mirada fija en el horizonte gris. Sus manos apretaban el borde del asiento, como si sujetarse a algo pudiera sostener también su orgullo.
Eiden la observaba desde un par de metros de distancia.
No habló. No se movió. Solo la miró.
Ella giró la cabeza bruscamente, con un rastro de fuego en los ojos.
—¿Qué miras? —dijo con voz cortante, sin levantar la cara del concreto.
Eiden dio un paso adelante, calmado, medido.
—Nada —respondió suavemente—. Solo… quería asegurarme de que estabas bien.
Brisa soltó un bufido de risa amarga.
—¿Bien? —repitió con incredulidad—. ¿Crees que estoy bien? Todo ha salido mal, Eiden. Todo. Mis planes, mis ataques… todo se ha desmoronado.
El joven no dijo nada.
Solo permaneció allí, con la calma de alguien que no necesitaba gritar para ser escuchado.
Ella se levantó de golpe y lo miró de frente.
—¡No entiendes nada! —exclamó—. ¡Todo lo que hacemos… debería destruir a esos Tops, debería costarles todo! Y tú… tú solo les perdonas. Eres un niño. ¡Un maldito niño que habla de paz y perdón mientras ellos matan y destruyen todo!
Eiden respiró profundo, sin titubear.
—No soy un niño —dijo finalmente—. Solo aprendí algo que vos todavía no entendés.
Brisa lo fulminó con la mirada.
—¡Tus enseñanzas son una basura! —gritó, la voz quebrándose de ira—. ¿Por qué perdonar a alguien que te hizo tanto daño? ¿Por qué no entiendes que hay cosas que no se pueden perdonar?
Eiden se acercó un paso más, y sus ojos claros parecían sostener cada palabra que no decía.
—Porque el perdón no es para quien te lastimó… —dijo con suavidad—. Es para liberarte a vos. Para que el odio no te consuma.
Brisa parpadeó, confundida.
—¿Liberarme? ¿De qué? —su voz subió de tono—. ¡Yo sufrí, perdí todo! ¿Cómo podría alguien como yo… liberarme con palabras baratas?
—No son palabras baratas —replicó él—. Es la verdad que descubrí después de todo lo que sufrí. El odio pesa más que cualquier daño recibido. Te ata, te ciega, te hace repetir los mismos errores.
Ella dio un paso atrás, intentando alejarse, pero el peso de sus emociones la mantenía rígida.
—¿Y tu Dios? —preguntó de repente, con un filo que cortaba el aire—. ¿Por qué debería confiar en un dios que no existe?
Eiden no titubeó.
—No es imaginario. Está en cada decisión que tomamos, en cada sacrificio, en cada momento en que elegimos el bien aunque duela.
—¿Y por qué no me castiga si realmente existe? —insistió Brisa, los ojos brillando de furia y dolor—. ¿Por qué me permitió sufrir tanto?
Eiden se acercó más, hasta quedar a solo un paso. Su voz era calmada, pero cada palabra tenía el peso de alguien que había vivido el dolor y la fe.
—Porque permitirnos elegir nos da libertad. No somos juguetes de castigo o premio. Lo que llamas sufrimiento… son lecciones que nos hacen crecer si las enfrentamos.
Brisa sintió un nudo en la garganta.
—¡Maldito seas! —susurró, a punto de maldecir todo lo que creía.
—Él te ama —dijo Eiden suavemente—. Dios te ama. No por lo que hacés, sino por lo que sos. Te repito: te ama.
Brisa rugió con frustración.
—¡Si tanto me ama, entonces por qué sufrí tanto!
Eiden dio un paso y apoyó su mano ligeramente sobre su hombro, con respeto, sin invadirla.
—Porque el amor verdadero permite que enfrentemos nuestras sombras. Nos da la fuerza de elegir, incluso cuando todo está en contra. Nos enseña a levantarnos, no a caer.
Ella retrocedió unos pasos, el rostro marcado por lágrimas que no quería soltar.
—¿Y yo? —susurró—. Nadie me va a perdonar… ¿por qué debería siquiera pedir disculpas?
Eiden inclinó la cabeza, con una serenidad que desarmaba toda su ira.
—No pedimos disculpas para ser perdonados. Pedimos disculpas porque el perdón es un regalo de la otra persona, y nosotros damos lo que podemos dar sin esperar nada a cambio.
Brisa lo miró con furia mezclada con confusión.
—Idioteces… todas idioteces —murmuró, con los puños apretados.
—Puede que ahora te parezcan idioteces —dijo Eiden—, pero si escuchás de verdad, verás que hay libertad en ellas. Paz. Y también… un camino para sanar lo que pensás que está roto.
Ella se giró bruscamente y salió corriendo, las piernas llevándola lejos del edificio, de sus propias emociones, de Eiden.
Pero en el fondo, cada palabra calaba hondo, aunque no quisiera admitirlo.
Mientras corría, la furia se mezclaba con una sensación extraña… un espacio que no había conocido: paz parcial.
Su corazón aún ardía, pero por primera vez empezaba a cuestionar todo lo que había vivido, todo lo que había aprendido, y todo lo que pensaba que la había endurecido.
Eiden la observó marcharse.
No dijo nada.
No necesitaba.
Porque a veces, las palabras más profundas no se gritan.
Se sienten.
Y Brisa… aunque no lo admitiera, ya estaba pensando en ellas.
El viento del campo de entrenamiento soplaba más calmado, como si el mundo mismo reconociera el primer paso hacia la reflexión.
Y muy dentro de ella, un pensamiento surgió lentamente: tal vez… solo tal vez, había algo más grande que su enojo. Algo que no podía destruirse con furia.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com