Kuchiyuku ōkoku - Capítulo 77
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Capítulo 77: Capítulo 77 — Ecos de la Infancia
Capítulo 77 — Ecos de la Infancia
El viento cortaba la ciudad como cuchillas finas, y Brisa corría sin rumbo, con el corazón latiendo tan fuerte que sentía que podía escucharlo en sus oídos.
La imagen de los soldados de los Tops, matando por placer, aún ardía en su mente.
El mundo que había conocido —su riqueza, su control, su orgullo— se desmoronaba a cada paso.
Y mientras huía, recuerdos que había reprimido durante años comenzaron a aparecer, como fantasmas insistentes.
Flashback — La niña de oro
Brisa tenía ocho años.
Su habitación era una torre de lujo, con ventanales enormes y cortinas de seda que caían como cascadas doradas.
Sus juguetes eran caros, exóticos, únicos. Pero más que los objetos, lo que dominaba su vida eran los sirvientes y capitanes que la rodeaban.
El mayordomo principal, un hombre de semblante serio llamado Soren, la seguía a todas partes.
—Señorita Brisa, no es apropiado gritar así a la niñera —decía, pero ella lo interrumpía con un gesto de mano.
—No me importa. Ellos deben obedecerme —contestaba con voz firme, sin más explicación.
Los capitanes que entrenaban con ella, hombres y mujeres que podrían haber comandado ejércitos, se inclinaban ante cada palabra.
—Patéticos —murmuraba cuando cometían un error.
—Aprendan su lugar —ordenaba—. Yo no tolero mediocridad.
En la escuela privada, las otras niñas y niños la miraban con mezcla de miedo y envidia.
No porque fuera cruel con ellos, sino porque sabían que podía aplastarlos sin esfuerzo.
Su madre le enseñaba modales, cortesía, protocolo.
Su padre le enseñaba estrategia, guerra, influencia.
Y ambos la miraban con orgullo silencioso.
—Brisa, recuerda —decía su padre—, el mundo te pertenece si aprendes a sostenerlo.
Y Brisa lo hacía. Con excelencia. Con arrogancia.
Era un arma vestida de niña rica.
Una fuerza que no sabía aún el daño que podía causar.
Interacciones con sus sirvientes y capitanes
Una tarde, a los once años, Brisa caminaba por los pasillos del palacio familiar.
Los sirvientes se inclinaban ante ella.
—No me sigas, aprende tu lugar —les decía mientras cruzaba el corredor con pasos medidos.
Uno de los capitanes intentó darle una lección sobre estrategia.
—Señorita, no puede ordenar una escuadra sin considerar la posición enemiga —dijo con firmeza.
Brisa lo miró de arriba abajo, con frialdad.
—Y vos crees que sabés más que yo porque entrenaste un año más que yo… —la voz bajó, cortante como un látigo—. Patético. Aprendan a obedecer antes de pensar que son superiores.
El capitán se inclinó, humillado, pero obedeció.
Brisa sonrió apenas, satisfecha con su control.
Esa era su vida.
Eso era lo que conocía.
El mundo funcionaba según su poder… o el de su familia.
Encuentro con Thomas
La primera vez que vio a Thomas fue durante una visita de rutina de su familia a un territorio fronterizo.
Él no era un sirviente, ni un soldado a su servicio.
Era un hombre de mirada firme, que se movía con calma entre la gente, sin temor, sin reverencia.
Brisa, acostumbrada a que todos se inclinaran ante ella, se sintió irritada por su indiferencia.
—¿Quién te crees? —preguntó, cruzando los brazos—. ¿Por qué no te inclinas?
Thomas la miró sin juzgarla, con una calma que la desarmó.
—Porque no me tenés que obedecer —dijo con voz tranquila—. No todos deben inclinarse ante lo que consideran poder.
Brisa frunció el ceño.
—¿Poder? —repitió, incrédula—. Tú… no sabés quién soy ni de dónde vengo.
—Lo sé —dijo él—. Y por eso mismo te ofrezco algo que tu familia nunca te dio: una elección.
Sus palabras golpearon a Brisa más fuerte que cualquier orden de sus capitanes.
—¿Elección? —preguntó, con desconfianza.
Thomas dio un paso más cerca.
—Sí. Elegir quién querés ser. Elegir por quién luchás. Elegir si vas a seguir el camino de ellos… o uno propio.
Brisa vaciló, algo que nunca había hecho antes.
—¿Y qué querés decir con “camino propio”? —dijo con voz baja, casi sin darse cuenta.
—Unirse a nosotros. A la resistencia contra los Tops. —Thomas la miró directo a los ojos—. Te entrenaremos, sí. Pero esta vez no para humillar ni dominar. Para proteger. Para decidir con tu propia conciencia, no por órdenes familiares.
Brisa sintió una mezcla de miedo, ira y… curiosidad.
—¿Proteger? —susurró, incapaz de comprender cómo eso podría ser más importante que poder o control.
—Sí —replicó Thomas—. Porque proteger significa tomar responsabilidad, enfrentar la verdad, y no huir de las consecuencias.
Durante un instante, el mundo de Brisa se tambaleó.
Los sirvientes, los capitanes, las riquezas… todo parecía trivial comparado con esa propuesta.
Thomas sonrió apenas, percibiendo la duda que ella no quería admitir.
—No te pido que decidas ahora —dijo—. Solo que lo pienses. Y recuerdes que incluso vos, con todo lo que crees poseer, podés elegir algo más grande.
Brisa lo observó mientras se alejaba.
Algo se movía dentro de ella.
Un resquicio de duda, un vacío que nunca había sentido, y que ahora parecía gritarle que su mundo no era suficiente.
La verdad que golpea
Al volver a su residencia, Brisa encontró nuevas evidencias de la crueldad de los Tops.
Los informes que antes se ocultaban ahora aparecían dispersos: soldados matando por placer, poblaciones aterrorizadas, órdenes de exterminio ejecutadas sin piedad.
Su familia estaba involucrada.
No como víctimas.
No como inocentes.
Como aliados. Como cómplices.
Brisa retrocedió hasta la ventana del palacio, la vista llena de horror y culpa.
—Todo… todo lo que hice, todo lo que permití… —susurró, temblando—. ¿Cómo pude ser tan ciega?
El mundo que había dominado con arrogancia ahora era un espejo de sus errores.
Y ese espejo la reflejaba con brutal claridad.
Con un grito silencioso que solo ella escuchó, huyó de la residencia.
No buscaba escapar de soldados ni de muerte.
Buscaba escapar de sí misma, de su propia crueldad, y de la verdad que la quemaba por dentro.
Mientras corría por las calles, los cuerpos caían ante la indiferencia de los soldados de los Tops.
La sangre y la destrucción eran un recordatorio constante de todo lo que ella había ignorado, humillado y contribuido sin saberlo.
Y en el fondo de su mente, una idea empezó a tomar forma: si podía elegir antes, ahora también podía elegir cambiar.
Pero antes de eso, primero debía enfrentar el vacío que había dejado su arrogancia, y el dolor que nunca antes había sentido.
Brisa cerró los ojos mientras el viento la azotaba, y por primera vez, sintió miedo… y responsabilidad… juntos.
El mundo no volvería a ser igual.
Y ella tampoco.
Capítulo 78 — La Primera Decisión
El viento no había cambiado.
Seguía cortando las calles con la misma indiferencia.
Pero Brisa sí.
Sus pasos ya no eran erráticos.
Ya no corría como una niña rica huyendo de un error.
Corría como alguien que había entendido algo demasiado grande para ignorarlo.
Las calles ardían. No en fuego… sino en caos.
Soldados de los Tops avanzaban como si la ciudad fuera un tablero sin valor.
Un cuerpo cayó a pocos metros de ella.
Brisa se detuvo.
Antes… habría seguido corriendo.
Antes… habría ordenado que alguien limpiara eso.
Ahora no.
Una mujer sostenía a su hijo entre los escombros, paralizada.
Y detrás de ellos, un soldado levantaba su arma.
Brisa sintió algo quebrarse dentro.
No fue rabia.
Fue decisión.
Se movió antes de pensar.
Interceptó el disparo con su propia barrera de energía. El impacto la lanzó varios metros hacia atrás, rompiendo piedra bajo su espalda.
El soldado la reconoció al instante.
—¿Señorita… Brisa?
No había respeto en su voz.
Solo burla.
Más pasos resonaron.
Cinco soldados. Luego diez.
Y detrás de ellos…
Un hombre avanzó con calma.
Armadura negra con bordes carmesí.
Capa larga.
Mirada afilada.
Capitán Dreyv.
Uno de los hombres que ella había humillado cuando tenía doce años.
El mismo al que llamó “mediocre” frente a toda la escuadra.
Él la observó como quien contempla una herida abierta.
—Siempre supe que eras débil —dijo con suavidad cruel—. Solo necesitabas perder el palacio para demostrarlo.
Brisa se levantó con dificultad.
La mujer y el niño seguían detrás de ella.
Podía irse.
Podía escapar ahora.
Pero no lo hizo.
—Váyanse —murmuró sin mirar atrás.
La mujer dudó.
—¡Ahora!
Y esta vez no fue una orden arrogante.
Fue protección.
Dreyv sonrió.
—Miren eso… la niña de oro jugando a heroína.
Los soldados atacaron al mismo tiempo.
Brisa activó su energía con precisión fría.
No como antes — cuando luchaba para dominar — sino para contener.
Desvió ataques.
Bloqueó.
Cubrió.
Un corte atravesó su brazo.
No respondió con violencia desmedida.
Respondió calculando cómo evitar que los escombros cayeran sobre civiles.
Dreyv avanzó lentamente.
—Sigues siendo arrogante —dijo mientras desenvainaba su espada—. Crees que puedes cargar sola con algo que nunca entendiste.
Se lanzó contra ella.
El impacto fue brutal.
Brisa salió despedida, chocando contra un muro que se desintegró.
Sangre en su boca.
Respiración temblorosa.
Podía sentir el peso del pasado aplastándola.
—Todo esto… —escupió Dreyv mientras caminaba hacia ella— lo permitiste. Tu familia firmó cada acuerdo. Son aliados de los Tops. No eres diferente.
Eso dolió más que el golpe.
Porque era verdad.
Brisa intentó levantarse.
Sus piernas temblaban.
Pero cuando miró alrededor…
Vio algo que nunca antes había mirado de verdad.
Personas.
No sirvientes.
No recursos.
No piezas.
Personas con miedo.
Y detrás de un muro roto… el mismo niño la observaba.
No con odio.
Con esperanza.
Eso la rompió.
Pero también la reconstruyó.
Dreyv levantó su espada para el golpe final.
—Muere sabiendo que nunca fuiste más que una herramienta.
La espada descendió.
Brisa giró su cuerpo.
Y en lugar de bloquear para salvarse…
Se lanzó frente al niño que no había logrado huir.
El acero atravesó su hombro.
Un grito mudo vibró en el aire.
Silencio.
Incluso los soldados dudaron.
La sangre cayó lenta sobre la piedra.
Brisa sostuvo la espada con la mano temblorosa para impedir que avanzara más.
—Yo… —su voz era apenas un susurro— elijo…
Sus rodillas cedieron.
Y entonces…
El aire cambió.
No hubo explosión dramática.
No hubo relámpagos.
Solo una presión distinta.
Una presencia.
Dreyv frunció el ceño.
Desde las sombras de un edificio parcialmente destruido, una figura descendió con calma.
Thomas.
No tenía armadura ostentosa.
No irradiaba poder exagerado.
Pero su presencia era firme. Imposible de ignorar.
Miró primero a Brisa.
Luego al niño.
Luego a Dreyv.
—Ahora sí —dijo con voz tranquila— estás lista para elegir.
Dreyv dio un paso atrás involuntariamente.
—Resistencia…
Thomas avanzó sin prisa.
—Capitán Dreyv. Qué curioso verte peleando contra alguien que ya no te pertenece.
Dreyv gruñó.
—Es una traidora.
Thomas negó con la cabeza suavemente.
—No. Es alguien que despertó.
El combate que siguió no fue caótico.
Fue preciso.
Thomas no luchaba para impresionar.
Luchaba para terminar.
En pocos movimientos desarmó a dos soldados.
Inutilizó a tres más.
Desvió el ataque de Dreyv con eficiencia casi quirúrgica.
No lo humilló.
Lo superó.
Dreyv retrocedió, furioso.
—Esto no termina aquí.
—No —respondió Thomas—. Recién empieza.
Los soldados se retiraron.
El silencio regresó lentamente.
Thomas se acercó a Brisa, que apenas se mantenía consciente.
—¿Por qué… esperaste? —susurró ella.
Él la sostuvo antes de que cayera.
—Porque si intervenía antes, nunca sabrías si luchabas por orgullo… o por otros.
Brisa apretó los dientes por el dolor.
Miró su propia sangre.
Y no sintió rabia.
Sintió claridad.
—No quiero… ser lo que fui.
Thomas asintió.
—Entonces deja de huir.
Ella cerró los ojos unos segundos.
Cuando los abrió, algo había cambiado.
No era arrogancia.
No era culpa.
Era responsabilidad.
—Acepto —dijo.
No como una niña rica.
Como una mujer consciente de lo que estaba dejando atrás.
Thomas hizo una señal.
Desde las sombras emergieron miembros de la resistencia.
No con aplausos.
Con respeto silencioso.
Uno tomó al niño y a su madre para llevarlos a un lugar seguro.
Brisa observó eso.
Protección organizada.
Orden sin opresión.
Poder con propósito.
El viento volvió a soplar.
Pero ya no cortaba.
Ahora parecía empujar.
Thomas la ayudó a caminar.
—El camino no será limpio —le advirtió.
—Nunca lo fue —respondió ella.
Miró una última vez la ciudad.
El palacio a la distancia.
Las torres que una vez creyó eternas.
Sabía que su familia la buscaría.
Sabía que los Tops no olvidarían.
Sabía que ya no había retorno.
Y aun así…
No dudó.
Porque esta vez no obedecía a un apellido.
Elegía por sí misma.
Mientras desaparecían entre callejones ocultos, Brisa sintió algo que jamás había sentido en toda su vida de lujo.
Miedo.
Dolor.
Y paz.
El mundo no volvería a ser igual.
Y por primera vez…
Eso no la aterraba.
La preparaba.
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