La Bruja Luna del Alfa Maldito - Capítulo 61
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Capítulo 61: Lyra: Señorita Linda
—¡Grey! —grito, abriendo la puerta de golpe antes de salir corriendo al jardín.
Corre hacia mí felizmente, con el hocico abierto en una amplia sonrisa y la lengua fuera. Lo abrazo con fuerza, acurrucando mi cabeza en su cuello.
Por suerte, esta vez no está ensangrentado porque los otros hombres lobo casi no tenían sangre en sus sistemas. Así que lo abrazo y me aferro a él todo lo que quiero. Grey empieza a lamerme toda la cara y me empuja la barbilla con la cabeza. Menea la cola alegremente mientras suelta pequeños ladridos de emoción.
—Te he echado de menos, mi salvador —le arrullo una vez que me aparto. Cierra los ojos cuando empiezo a rascarle detrás de las orejas.
Le doy un beso en la cabeza antes de mirar detrás de él a la loba que acaba de salvarnos. Está allí de pie, con sus heridas curándose un poco por sí solas. La saludo con una sonrisa y ella me da la espalda, a punto de marcharse.
—¡Espera! ¿Quién eres? —corro hacia ella y le bloqueo el paso.
Ella sigue mirándome fijamente, y me doy cuenta de que no puede hablar así.
—¿Puedes volver después de tu cambio? Quiero conocerte y darte las gracias —le acaricio la cabeza, intentando no asustarla.
Asiente con la cabeza y mi sonrisa se ensancha. —¡De acuerdo! Te doy diez minutos como máximo.
Sus ojos se abren de par en par antes de que salte nuestra valla y desaparezca de mi vista.
Me vuelvo hacia Grey. —Vamos, entremos.
El abuelo está en la puerta esperándonos, y yo los presento rápidamente. —Abuelo, él es Seth, alias Grey, pero solo yo lo llamo así. Seth, él es mi abuelo.
Grey emite un pequeño sonido de reconocimiento y mi abuelo entrecierra los ojos. —¡Qué criatura tan maleducada! Inclina la cabeza.
—¡Qué grosero! Sí que ha saludado. Además, es mayor que tú. Tú deberías ser el que se incline —lo miro de reojo por su innecesario comportamiento descortés.
—¿Cómo puede ser mayor que yo? —Mi abuelo me lanza una mirada de desaprobación, con la nariz levantada.
—Porque es un inmortal. Tiene al menos mil años —presumo mientras froto la espalda de Grey.
Él, sin inmutarse por el comportamiento de mi abuelo, solo me ladra emocionado. Levanto su cabeza antes de hacer un puchero. —Por mucho que me gustaría verte un poco más, la amable loba podría volver en cualquier momento. Quiero que Cyrus esté aquí cuando hablemos de las cosas; ¿podrías cambiar?
Grey, como el encanto que es, no me hace sentir mal y solo me lame la mejilla antes de desaparecer en una de las habitaciones. Minutos después, Cyrus vuelve con una camiseta y unos pantalones de chándal de repuesto que guardamos en las habitaciones.
El abuelo vuelve a sentarse en el sofá, y Cyrus y yo lo seguimos. Cyrus se sienta un poco demasiado cerca de mí y me coge la mano.
Aunque el peligro ha pasado por ahora, sigue con el ceño fruncido y sus ojos están alerta. —Siento que ambos hayáis tenido que pasar por eso. No fui lo bastante rápido.
—Llegaste a tiempo. Y eso es mejor que ser rápido —dice el abuelo, agitando la mano con desdén.
—Además, ahora tengo claro que protegerás a mi nieta, si es que necesita protección —me lanza una mirada de orgullo, y no puedo evitar la presunción que me invade.
¿Qué? No todos los días me alaba.
—No sangraron, ni murieron —le digo a Cyrus, casi aturdida.
—Lo sé. Probablemente eran marionetas de Tom —dice Cyrus, acariciándome la espalda.
—¿Marionetas? —Frunzo el ceño. Nunca he oído hablar de eso.
—Sí, si un lobo es resucitado usando el hechizo de resurrección de sombras, se convierte en una especie de marioneta. No están vivos, pero tampoco están muertos —explica él.
—¿Como un zombi? —interviene mi abuelo, y Cyrus asiente con la cabeza.
Suena el timbre. —Debe de ser ella.
Camino hacia la puerta y la abro, revelando a la señorita Linda. ¿Por qué está aquí? ¿Ha venido a ver cómo estamos?
Espera… ¿es ella?
—¿Eres tú? —le pregunto, insegura.
—Sí. Soy a la que le diste un ultimátum de diez minutos —bromea y entra antes de dirigirse al salón.
Cierro la puerta antes de seguirla. Cuando entro en el salón, hay un extraño silencio, y Cyrus mira fijamente a la señorita Linda, atónito.
—¿Tía Linda? —pregunta él con el ceño fruncido y clara incredulidad en su rostro.
—¿Cyrus? ¿Eres tú? —susurra la señorita Linda, con la voz temblorosa.
¿Se conocen? ¿Cómo es posible?
—Sí. Pero ¿qué haces aquí? ¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí? —la bombardea Cyrus con preguntas.
—Unos pocos meses —responde la señorita Linda, bajando la cabeza con un atisbo de vergüenza en la voz.
—¿Dónde estabas antes? Creíamos que habías muerto —dice Cyrus, apretando el puño mientras sus ojos se oscurecen.
—Ojalá lo hubiera hecho. Pero la vida no fue amable conmigo, después de todo. —La voz de la señorita Linda tiembla, pero no da más explicaciones.
Cyrus abre la boca para decir algo, pero yo le sujeto rápidamente el brazo y niego con la cabeza.
—¡Muchas gracias, señorita Linda! Hoy nos ha salvado a mí y a mi abuelo. Nos habríamos hecho mucho daño si no fuera por usted —le ofrezco una cálida sonrisa, y ella me la devuelve.
—Lyra tiene razón. Te has puesto en peligro por nosotros. Te estoy muy agradecido —se dirige a ella mi abuelo con la voz llena de gratitud.
—Me has alimentado durante meses; es lo menos que podía hacer por ti, Victor —dice la señorita Linda, rechazando la gratitud con humildad y una pequeña risa.
Su risa me recuerda a alguien. Sobre todo ese hoyuelo en una sola mejilla.
Los golpes en la puerta rompen el momento, y esta vez mi abuelo se mueve y abre. Vuelve con dos agentes de policía siguiéndole.
¿Por qué están aquí?
—¡Ah! Olvidé mencionar que los llamé —me susurra la señorita Linda, y yo asiento con la cabeza en señal de comprensión.
—Recibimos una llamada informándonos sobre unos perros rabiosos —empieza el oficial Mark.
¿Cómo sé su nombre? Por la placa con su nombre en el uniforme.
—Ya era hora. Los llamé hace veinte minutos —les lanza la señorita Linda una mirada de desaprobación, con la voz fría.
Incluso su rostro enfadado me resulta familiar.
—Intentamos venir lo más rápido posible… —intenta justificarse otro oficial, Brian.
—Ahórreselo, oficial. Pueden pasar muchas cosas en veinte minutos. Admita que es un incompetente —les recrimina la señorita Linda por su estúpida justificación.
Los oficiales bajan la cabeza, ligeramente avergonzados, antes de pedir ver nuestro patio trasero. El abuelo los conduce sin mediar palabra hacia la puerta de atrás.
—¿Cómo está él? —pregunta la señorita Linda en voz baja.
—Bien. Puedo llevarte a casa si quieres verlo —ofrece Cyrus.
Mira, me gusta que sea considerado. Pero su voz… es tan plana que suena sarcástica o incluso cruel. Espero que lo entienda. O de lo contrario herirá sus sentimientos.
—Me encantaría. ¿Vuelves ahora? —pregunta Linda, emocionada.
—Sí… no. En realidad, quiero estar con Lyra ahora mismo. Puedo llevarte mañana, o puedo pedirle a Rowan que venga a recogerte —sugiere Cyrus, haciendo que Linda nos mire a él y a mí.
—¿Estáis juntos? —pregunta con una ceja levantada y una pequeña sonrisa en el rostro.
—No.
—Sí.
Cyrus y yo lo decimos al mismo tiempo. Linda se ríe entre dientes y yo lo fulmino con la mirada.
—Quiero decir, la estoy cortejando —se corrige Cyrus, y Linda le da una palmadita de ánimo en el hombro.
—Entonces, ¿se fueron por su cuenta? —le preguntan los oficiales a mi abuelo mientras entran en la casa.
—Disparé mi escopeta al aire y salieron corriendo con el ruido —miente el abuelo, pero los oficiales parecen bastante convencidos.
Mi abuelo podría decir que los perros volaron, y los oficiales se lo creerían. Parecen bastante tontos, sin ofender.
—¿Quién más vive aquí? —pregunta de nuevo el oficial Mark y anota cosas en la pequeña libreta que tiene en las manos.
—Mi nieta, Lyra, pasa por aquí de vez en cuando. Por lo demás, solo estoy yo —me mira el abuelo justo cuando responde.
—¿Ha pasado algo así antes? —pregunta el oficial Brian. Parece aburrido.
—No.
—¿Puedo preguntar quiénes son estos dos? —pregunta Mark, señalando a Cyrus y a Linda.
En serio, ¿qué se han creído estos dos? ¿De verdad tienen que hacer preguntas tan irrelevantes?
—Ella es mi vecina; fue quien los llamó. Él es amigo de mi nieta —responde el abuelo una por una.
—¿Le ayudó a espantar a esos perros? —pregunta Mark, inclinando la cabeza en dirección a Cyrus.
¿Y a él qué le importa?
—No. Es un poco gallina —niega el abuelo con la cabeza, y Cyrus aprieta los labios para ocultar una sonrisa.
Si yo fuera él, me sentiría ofendida.
—Muy bien. Hemos redactado un informe. Llámenos si ocurre algo. Buenas noches. —Y así, sin más, esos dos inútiles agentes se marchan.
—Yo también debería irme. Se está haciendo tarde —dice Linda al cabo de un rato y asiente con la cabeza hacia Cyrus antes de marcharse. El abuelo acompaña a Linda y a los oficiales a la salida.
Me vuelvo hacia Cyrus una vez que oigo cerrarse la puerta. —¿Quién es ella?
—Es la madre de Rowan.
Cyrus ha estado más pegajoso estos días de lo que era antes. Ya puedes imaginarte cuánto es eso.
Después del ataque que sufrimos mi Abuelo y yo la semana pasada, Cyrus ha estado insufrible. Ni siquiera me deja ir sola al baño. Me sigue a todas partes y, en la práctica, volvemos a vivir juntos.
Sí, ahora se ha mudado conmigo. Como me niego a vivir en casa de mi Abuelo todos los días, se ha mudado él a la mía. Duerme en mi sofá todas las noches. Me prepara las tres comidas. Hasta fue al supermercado y compró una cantidad demencial de aperitivos y refrescos.
Creo que tiene problemas de abandono. No hace falta ser un genio para darse cuenta. Empieza a sentir vértigo cuando no me ve cerca y solo es capaz de dormir y comer como es debido cuando estoy a su lado.
Y, a decir verdad, me encanta ser la estabilidad en su vida. Me hace sentir deseada, amada y necesaria. Sin embargo, no se lo digo. Tengo miedo.
Después de que casi me rechazara como su pareja, me da miedo abrirme y hablarle de mis sentimientos. Lo amo, pero no se lo voy a decir.
No hasta que reúna el valor de volver a ser vulnerable con él. Hasta entonces, seguiré siendo su ancla, pero sin apoyarme mucho en él.
—¿Por qué te has levantado tan temprano? —Unas manos me rodean la cintura antes de atraerme hacia un cálido abrazo.
Cyrus hunde la cabeza en mi cuello, mi espalda contra su torso. Gruñe un poco al tiempo que suspira suavemente.
—Hueles tan bien. —Me da un beso en el cuello.
Le doy un codazo, haciendo que se aparte con un quejido de dolor. —No tengas esos detalles tan domésticos conmigo.
Lo señalo con el dedo, y él lo muerde suavemente antes de lamerlo con una mirada ardiente. Me quedo boquiabierta ante su gesto; retiro la mano y me la limpio en la ropa.
—Qué asco. —Finjo estar asqueada. Pero en el fondo, no puedo ignorar cómo sube la temperatura de mi cuerpo cuando hace cosas como esa.
—No decías eso cuando tenía la boca en tu c…
—¡Cyrus! —grito antes de que pueda terminar la frase.
—Tú…, tú…, ¡lárgate! Haz las maletas y vete a vivir a tu propia casa o con mi Abuelo. No quiero a un salido como tú aquí. —Lo empujo por la espalda.
Me agarra de los brazos, se gira y me acorrala contra la encimera de la cocina, apoyando los suyos a mis costados. —Pues qué pena, pero no me pienso ir bajo ningún concepto. Te dije que no funciono sin ti y sigues intentando echarme. ¡Qué mujer tan cruel!
Me quedo boquiabierta ante su tremenda audacia. —Al menos yo solo lo intento; tú sí que me echaste de tu casa. ¿Lo has olvidado?
Gruñe y esconde de nuevo la cara en mi cuello. —No vas a dejar que lo olvide, ¿eh? Lo siento. De verdad, de verdad que lo siento. Seguiré pidiendo perdón por toda la eternidad.
Me cubre la cara de besos antes de que lo empuje. —Ve a poner la mesa. Tengo hambre.
—¿Hambrienta de mí? —Se levanta la camiseta, revelando unos abdominales muy definidos, y me guiña un ojo.
Me le quedo mirando más de la cuenta antes de volver en mí. —Los he visto mejores.
Su expresión se ensombrece. —¿Dónde? ¿Quién? Necesito nombres.
—¿Por qué? ¿Quieres matar a un hombre porque lo he mirado? —Sirvo zumo de naranja en dos vasos e ignoro que sigue rondándome.
—Sí. Me parece una razón perfecta para matar. —No hay ni un atisbo de duda en su voz y, para mi espanto, le creo.
Siempre ha sido muy posesivo, pero eso no ha hecho más que aumentar, y no sé si me gusta o me asusta.
—Pensaba que no te gustaba matar. —Voy y me siento a la mesa.
—Me da que tú vas a cambiar eso de mí. —Entrecierra los ojos al mirarme, pero la sonrisa no abandona su rostro.
—¡Eh! No me eches la culpa a mí. No quiero que mates a nadie. —Me defiendo rápidamente—. No voy a cargar con la culpa de la muerte de nadie.
Él solo suelta una risita, lleva toda la comida a la mesa y me sirve un cuenco de arroz antes de sentarse. —Tengo que decirte algo sobre Tom.
El ambiente cambia de repente en cuanto menciona a Tom, y asiento para que continúe.
—Es conocido por sus malas prácticas con la magia oscura. Hará todo lo que esté en su poder para asegurarse de que consigue lo que quiere. Quiero que tengas mucho cuidado y que estés preparada. Odio que tengas que andar con mil ojos últimamente, pero te lo prometo: te traeré su cabeza cuando todo esto termine. —Me pasa un vaso de agua con tanta naturalidad como si no acabara de prometer la cosa más gore que he oído nunca.
—Pero ¿por qué nadie de la Comunidad de Hechicería le exige responsabilidades por sus malas prácticas? Especialmente en lo que respecta al uso indebido de la resurrección de sombras solo para convertir a los lobos en sus marionetas. —Muerdo la comida con demasiada fuerza, al acordarme de su horrible cara.
Nunca he despreciado a nadie tanto como a Tom. Es un ser humano extremadamente engreído que se niega a asumir la responsabilidad de sus malas acciones. Tendrá una muerte miserable.
—Al parecer, lo intentaron, pero Tom siempre levantó un muro entre él y la Comunidad de Hechicería, y en cierto momento a ellos también les dejó de importar. Lo tratan como un tema tabú. —Cyrus termina su comida y aparta los platos sucios.
La cabeza me da vueltas, así que cambio de tema. A la mierda con Tom Chester y sus malas prácticas.
—¿Cómo está llevando Rowan la presencia de su madre? —Me levanto y llevo los platos al fregadero.
Cyrus ya está listo, con los guantes puestos. Enjuaga los platos antes de meterlos en el lavavajillas.
—En realidad, se lo tomó bastante bien. De hecho, se está comportando como un crío a su alrededor y no la deja sola ni un instante. —Cyrus sonríe un poco y mi corazón se derrite.
¿Habría hecho él lo mismo si su madre estuviera viva? ¿Qué tipo de hijo habría sido Cyrus? ¿Habría sido más de su madre o de su padre?
—¿Ha contado algo más? —me pregunto.
—Aún no. Rowan no tiene ninguna prisa. De hecho, no le importa su paradero durante todos estos años; se alegra de que esté aquí ahora. —Cyrus me pega del todo a él.
—Es bueno oír eso. Rowan es un hijo considerado. —Le rodeo el cuello con mis brazos.
—Tengamos una cita —propone Cyrus de la nada.
—¿Qué? —me enderezo, con los ojos como platos.
—Es fin de semana. La biblioteca está cerrada. Tenemos todo el día libre. Salgamos. Enséñame la ciudad. —Me da un codazo en la barbilla con la nariz antes de depositar allí un beso suave y tierno.
—Suena bien. Vamos a prepararnos y luego nos vamos. —Sonrío, emocionada ante la idea de tener una cita con él.
Nunca hemos hecho las cosas mundanas que hacen las parejas. Desde el principio de nuestra relación, hemos visto todo tipo de cosas anormales y hemos librado batallas tan serias que nunca llegamos a disfrutar de los momentos y experiencias normales que tienen otras parejas.
—Vale. Ve tú delante. Yo vacío primero el lavavajillas. —Se aparta, no sin antes robarme un beso en la mejilla.
Una hora más tarde, he terminado con todo. Me he maquillado, peinado y he elegido un conjunto bonito. Llevo un maquillaje natural con una generosa cantidad de colorete. Llevo el pelo en ondas sueltas. Y visto un top palabra de honor morado combinado con unos pantalones cortos negros y una rebeca negra.
Con zapatillas blancas y gafas de sol, parezco la mujer más guapa del mundo. Llamadme arrogante, pero me encanta mi aspecto. No puedo evitarlo.
Cyrus va a juego conmigo con su atuendo completamente negro, y para variar también se ha puesto zapatillas blancas. Normalmente lleva botas.
Hace girar el llavero en sus dedos y niego con la cabeza. —No vamos a ir en tu moto.
Él enarca una ceja. —¿En tu coche entonces?
—Tampoco. En ese no. —Cojo mi móvil de la encimera de la cocina antes de agarrar la llave del apartamento.
—¿Vamos a ir andando? —pregunta Cyrus de nuevo, y finalmente asiento.
—Sí. Y podemos pedir un taxi si nos cansamos, pero hoy no vamos a conducir. —Sale detrás de mí mientras salgo de casa.
—Deja que yo lo haga. —Me quita la llave de la mano antes de cerrar la puerta él mismo.
Comprueba la cerradura dos veces y gira el pomo. Una vez que está seguro de que está bien cerrada, salimos y bajamos.
—¿Vas a mudarte de este sitio alguna vez? —Cyrus me coge de la mano.
—De hecho, sí. Estoy pensando en mudarme a otra casa que tengo —afirmo.
—¿Tienes otra casa? —pregunta Cyrus, sorprendido.
Sonrío un poco. —Sí. En realidad es más grande y está en una zona mejor y más segura. Este apartamento fue solo un capricho que me compré en mi fase rebelde. Pero más tarde, me acostumbré a él. Ahora estoy pensando en mudarme, ya que no me gusta estar aquí. Quiero más espacio.
—Pues mudémonos mañana —sugiere Cyrus con entusiasmo.
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