La Flor Carmesí Bajo El Trono De Jade - Capítulo 10
- Inicio
- La Flor Carmesí Bajo El Trono De Jade
- Capítulo 10 - 10 Capítulo 10 La caída
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
10: Capítulo 10: La caída 10: Capítulo 10: La caída El palacio no se detuvo.
Nunca lo hacía.
Aunque un hombre fuera derribado en medio de su patio, aunque el aire aún guardara el eco de una acusación injusta, aunque una hija se rompiera en silencio… Las puertas seguían abriéndose.
Las órdenes seguían cumpliéndose.
Y el sol… Seguía saliendo.
— Lin Xue no recordaba cómo llegó a su habitación.
No recordaba quién la sostuvo.
Ni quién cerró la puerta.
Solo recordaba… El sonido de las cadenas.
Y la última mirada de su padre.
— Estaba de pie frente a la ventana.
Inmóvil.
El mundo afuera seguía igual.
Pero dentro de ella… Todo había cambiado.
Sus manos temblaban.
No por debilidad.
Por impotencia.
—No confíes… Las palabras seguían allí.
Repetidas.
Incompletas.
Dolorosas.
¿En quién?
¿En todos?
— Golpes en la puerta.
Secos.
Firmes.
—Por orden imperial.
El corazón de Lin Xue se detuvo un segundo.
Luego golpeó con más fuerza.
La puerta se abrió.
Dos guardias entraron.
No eran violentos.
Pero tampoco amables.
—Debe acompañarnos.
Lin Xue no respondió.
—¿A dónde?
—Será reubicada.
La palabra fue fría.
Impensable.
—¿Reubicada?
—La residencia del general ha sido confiscada.
Cada frase… Un golpe.
— —No… Lin Xue dio un paso atrás.
—No pueden… —Es una orden.
—¡Es un error!
—No lo es.
El silencio se volvió pesado.
— Lin Xue apretó los puños.
—Quiero ver a mi padre.
Los guardias no se movieron.
—No es posible.
—¡Es mi padre!
—Ya no.
La frase cayó como un cuchillo.
— Lin Xue sintió algo romperse dentro de su pecho.
No hizo ruido.
Pero fue definitivo.
— —Tome lo necesario —dijo uno de los guardias—.
Tiene poco tiempo.
Lin Xue no se movió.
No sabía qué tomar.
¿Qué podía llevarse de un lugar que ya no era suyo?
Miró la habitación.
Las paredes.
La mesa.
El rincón donde había practicado movimientos con una espada invisible.
Y entonces… Sus ojos se detuvieron.
En la espada de madera.
— La tomó.
Sus dedos la rodearon con fuerza.
Esa sí… Era suya.
— —Estoy lista.
— El pasillo era distinto ahora.
Más largo.
Más frío.
Más vacío.
Las sirvientas evitaban mirarla.
Los guardias no hablaban.
Y cada paso… Se sentía como una despedida.
— Pasaron por el patio.
El mismo.
Donde todo había ocurrido.
Lin Xue no miró.
No podía.
— Pero el sonido… Seguía allí.
— Las cadenas.
— —Detente.
La voz la detuvo.
Su corazón reaccionó antes que su mente.
Giró.
Zhao Lian.
— El príncipe corría hacia ella.
Sin protocolo.
Sin cuidado.
Su túnica estaba desordenada.
Su respiración agitada.
—Lin Xue… Se detuvo frente a ella.
Mirándola.
Como si no entendiera lo que veía.
— —¿Qué está pasando?
La pregunta era honesta.
Desesperada.
— Lin Xue lo miró.
Sus ojos estaban rojos.
Pero no lloraba.
Ya no.
— —Se llevaron a mi padre.
— Zhao Lian parpadeó.
—Lo sé.
—Entonces haz algo.
El silencio cayó.
— El príncipe abrió la boca.
Pero no habló.
— —Dijiste que podías cambiar las cosas —continuó ella—.
Que cuando fueras emperador… —Aún no lo soy.
La respuesta fue baja.
Frágil.
— Lin Xue dio un paso atrás.
—Pero eres el príncipe.
—No puedo intervenir en una orden imperial.
—¡Entonces no puedes hacer nada!
La verdad… Salió sola.
— Zhao Lian bajó la mirada.
—No… — El aire se volvió pesado.
— Lin Xue apretó la espada de madera.
—Prometiste protegerme.
La frase fue suave.
Pero cortó más que cualquier grito.
— El príncipe levantó la vista.
Dolor.
Real.
—Y lo haré.
—¿Cómo?
Silencio.
— No tenía respuesta.
— Lin Xue asintió lentamente.
Como si acabara de entender algo.
Algo importante.
Algo irreversible.
— —Entonces… no prometas lo que no puedes cumplir.
— Zhao Lian dio un paso hacia ella.
—Lin Xue— —No.
Ella negó con la cabeza.
—No digas nada.
— El viento sopló entre ellos.
Frío.
Vacío.
— —Si puedes hacer algo… —murmuró ella— hazlo por él.
Una pausa.
—No por mí.
— Los guardias se movieron.
—Debemos continuar.
— Lin Xue no se resistió.
No miró atrás.
— Pero Zhao Lian… No se movió.
— Se quedó allí.
De pie.
Con la promesa aún en las manos.
Y sin saber cómo sostenerla.
— — El lugar al que llevaron a Lin Xue no era una prisión.
Pero tampoco era un hogar.
Una pequeña residencia en un ala secundaria del palacio.
Vigilada.
Silenciosa.
Aislada.
— —Aquí se quedará.
La puerta se cerró.
— Lin Xue quedó sola.
— El silencio la envolvió.
Pesado.
Total.
— Caminó lentamente hasta el centro de la habitación.
Miró a su alrededor.
Nada era suyo.
Nada le pertenecía.
— Se sentó.
La espada de madera sobre sus rodillas.
— Y entonces… Las lágrimas llegaron.
— No fueron suaves.
No fueron contenidas.
Fueron… Reales.
— —Padre… La palabra se rompió.
— Se inclinó hacia adelante.
Apretó la espada contra su pecho.
— —No confíes… — La frase volvió.
Más fuerte.
Más clara.
— Lin Xue cerró los ojos.
Respiró.
Una vez.
Dos.
Tres.
— Cuando los abrió… Algo había cambiado.
— Las lágrimas seguían allí.
Pero detrás de ellas… Había algo más.
— Comprensión.
— No completa.
No aún.
Pero suficiente.
— El palacio no era seguro.
Las sonrisas no eran reales.
Las palabras… Eran armas.
— Y su padre… Había sido atacado.
— Lin Xue apretó la espada.
Sus dedos dejaron de temblar.
— —Si nadie lo protege… Su voz fue baja.
Pero firme.
— —Lo haré yo.
— — Esa noche, en las profundidades del palacio… Lin Yue estaba encadenado.
Una celda fría.
Oscura.
Sin adornos.
Sin honor.
— Pero su espalda… Seguía recta.
— Cerró los ojos.
Un instante.
— —Xue’er… — No había miedo en su voz.
Solo… Preocupación.
— —Debes vivir… — El silencio lo envolvió.
— Y en ese silencio… El General del Dragón comprendió.
— La guerra… Había comenzado.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com