La Flor Carmesí Bajo El Trono De Jade - Capítulo 9
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9: Capítulo 9: La acusación 9: Capítulo 9: La acusación La mañana llegó sin aviso.
No hubo transición.
No hubo calma.
Solo… ruptura.
— Las campanas del palacio sonaron antes del amanecer.
No era el ritmo habitual.
No era la llamada al orden.
Era más rápido.
Más seco.
Más urgente.
Lin Xue abrió los ojos de golpe.
El corazón latiendo con fuerza, como si su cuerpo hubiese entendido antes que su mente que algo no estaba bien.
Se incorporó.
Escuchó.
Pasos en el pasillo.
Voces.
No eran susurros.
Eran órdenes.
—¡Abran paso!
—¡Rápido!
—¡Por orden imperial!
El aire se volvió pesado.
Lin Xue se levantó de la cama sin pensar, descalza, con el cabello suelto, y corrió hacia la puerta.
La abrió apenas.
Miró.
Soldados.
No los habituales.
No los del turno normal.
Estos llevaban armaduras más pesadas.
Más oscuras.
Y en sus manos… No había duda.
No estaban allí para proteger.
— —¿Qué ocurre?
La voz de una sirvienta tembló en el pasillo.
—Cierra la puerta —respondió otra—.
No mires.
Lin Xue no obedeció.
Nunca lo hacía cuando algo importaba.
Y esto… Importaba.
— Salió.
Se movió entre sombras.
Pegada a las paredes.
Sus pasos eran silenciosos.
Entrenados.
Pero su respiración… No.
Se volvió más rápida a medida que avanzaba.
Un mal presentimiento crecía dentro de su pecho.
No como miedo.
Como certeza.
— El patio central estaba lleno.
Demasiado lleno.
Soldados alineados.
Ministros presentes.
Guardias imperiales formando un círculo cerrado.
Y en el centro… Lin Yue.
De pie.
Solo.
Sin armadura.
Sin espada.
Pero aún así… Inquebrantable.
— Lin Xue se detuvo en seco.
El mundo pareció apagarse.
No escuchaba nada.
No sentía el frío.
Solo veía.
A su padre.
Rodeado.
— —General Lin Yue.
La voz del heraldo resonó con fuerza.
—Por orden de Su Majestad, el Emperador Zhao Wei… Una pausa.
El silencio era absoluto.
—…se le acusa de alta traición contra el imperio.
El aire se quebró.
— Lin Xue no respiró.
No pudo.
Las palabras no tenían sentido.
No encajaban.
Traición.
No.
No su padre.
No él.
— —Se han presentado pruebas —continuó el heraldo— de comunicación no autorizada con fuerzas enemigas, manipulación de tropas y conspiración para socavar la autoridad del trono.
Cada palabra… Era una espada.
— Lin Xue dio un paso adelante.
Sin pensar.
Pero una mano la detuvo.
Una sirvienta.
—No —susurró—.
No te muevas.
Lin Xue intentó soltarse.
—¡Es mentira!
—¡Silencio!
La voz fue dura.
Desesperada.
—Si hablas, te verán.
Pero Lin Xue ya no escuchaba.
Sus ojos estaban fijos en su padre.
— Lin Yue no se movía.
No negaba.
No gritaba.
No se defendía.
Solo… Escuchaba.
Como si cada palabra ya fuera conocida.
Como si cada acusación… Fuera esperada.
— —¿Qué tiene que decir en su defensa?
—preguntó el heraldo.
El silencio cayó.
Pesado.
Irreal.
Lin Yue alzó la mirada.
Sus ojos recorrieron el patio.
Los soldados.
Los ministros.
El círculo cerrado.
Y por un instante… Se detuvieron.
En un punto.
Oculto entre la multitud.
Lin Xue.
— El mundo se detuvo.
Sus miradas se encontraron.
No hubo sorpresa en los ojos de él.
No hubo miedo.
Solo… Algo más profundo.
Algo que Lin Xue no entendió en ese momento.
Pero que más tarde… La rompería.
— Lin Yue inclinó ligeramente la cabeza.
Un gesto pequeño.
Pero claro.
No.
No te muevas.
No hables.
No intervengas.
— Lin Xue apretó los puños.
Las lágrimas subieron.
Pero no cayeron.
No aún.
— —No tengo nada que decir —respondió Lin Yue.
El murmullo explotó.
—¿Nada?
—¿Está aceptando?
—Esto es… El heraldo alzó la voz.
—¡Silencio!
— —General Lin Yue —continuó—, ¿niega las acusaciones?
Una pausa.
Larga.
Dolorosa.
Lin Xue sintió el mundo inclinarse.
—…no.
El sonido fue bajo.
Pero suficiente.
El aire se rompió.
— —Entonces… —No.
La voz de Lin Yue cortó la del heraldo.
Todos se tensaron.
El general alzó la mirada.
—No las niego.
Una pausa.
—Pero tampoco las acepto.
El silencio volvió.
Más pesado.
Más peligroso.
— —Explíquese —ordenó una voz desde lo alto.
El emperador.
Zhao Wei estaba presente.
Había estado observando todo.
En silencio.
Como siempre.
— Lin Yue lo miró.
Directamente.
Sin bajar la vista.
—Las pruebas que presentan… no son reales.
Un murmullo.
—¿Entonces acusa a la corte de falsificación?
—Acuso a quienes las trajeron.
El aire se tensó aún más.
— Han Zhi dio un paso al frente.
—General, tenga cuidado con sus palabras.
Lin Yue no lo miró.
—No necesito tener cuidado.
—Está ante el trono.
—Siempre lo estoy.
El silencio fue absoluto.
— —Basta.
La voz del emperador cayó como un martillo.
—Este no es un lugar para debates.
Una pausa.
—Las pruebas han sido revisadas.
—Entonces han sido mal interpretadas.
El atrevimiento fue… peligroso.
Pero Lin Yue no retrocedió.
— Zhao Wei lo observó.
Largo.
Frío.
—¿Insinúa que me equivoco?
El tiempo se detuvo.
Nadie respiraba.
Lin Xue sintió el corazón romperle el pecho.
—No.
La respuesta fue inmediata.
—Insinúo… que alguien desea que usted lo haga.
El silencio se volvió absoluto.
Total.
Irrompible.
— La Consorte Rong observaba.
Sonriendo.
— —Arresten al general.
La orden fue simple.
Directa.
Final.
— Los soldados avanzaron.
Dos.
Cuatro.
Ocho.
Lin Xue dio un paso.
—¡No!
La sirvienta no pudo detenerla.
—¡Es mentira!
¡Mi padre no—!
—¡Retírenla!
Manos la sujetaron.
Demasiadas.
Fuertes.
—¡Suéltame!
—¡Señorita, no!
—¡PADRE!
El grito rompió todo.
— Lin Yue no se movió.
Permitió que le colocaran las cadenas.
Sus manos fueron atadas.
Pero su postura… No cambió.
— —Xue’er.
La voz fue baja.
Pero llegó.
Lin Xue se congeló.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas ahora.
—Padre… — —Escucha.
Una sola palabra.
La misma de siempre.
Pero distinta.
Más urgente.
Más profunda.
— —Recuerda lo que te enseñé.
El mundo se desdibujó.
—No… no te vayas… — Lin Yue la miró.
Y por primera vez… Hubo algo en sus ojos.
No miedo.
No duda.
Dolor.
— —No confíes… La frase se cortó.
Un soldado tiró de él.
— —¡PADRE!
— Lin Yue no volvió a hablar.
No pudo.
Se lo llevaron.
— El patio quedó en silencio.
Nadie se movía.
Nadie hablaba.
Pero todos sabían.
Algo había cambiado.
Para siempre.
— Lin Xue cayó de rodillas.
Las manos aún sujetándola.
Pero ya no luchaba.
Sus ojos estaban fijos en el lugar donde su padre había estado.
Vacío.
— Las palabras giraban en su mente.
No confíes… ¿En quién?
¿En todos?
— Desde lo alto… El emperador se levantó.
Su mirada no mostraba victoria.
Ni duda.
Solo decisión.
— La Consorte Rong sonrió.
— Han Zhi bajó la cabeza.
Pero en sus labios… Había satisfacción.
— Y en el centro del patio… Donde antes había estado el General del Dragón… Solo quedaba silencio.
— Esa mañana… El imperio no cambió.
Siguió igual.
Las puertas se abrieron.
Los sirvientes trabajaron.
Las campanas sonaron.
Pero para Lin Xue… Todo se había roto.
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