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La Flor Carmesí Bajo El Trono De Jade - Capítulo 11

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  3. Capítulo 11 - 11 Capítulo 11 La ejecución
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11: Capítulo 11: La ejecución 11: Capítulo 11: La ejecución El cielo amaneció gris.

No era tormenta.

No era niebla.

Era… peso.

Como si el mundo mismo se negara a iluminar lo que estaba por ocurrir.

— Las campanas sonaron.

Una vez.

Dos.

Tres.

No marcaban la hora.

Marcaban un final.

— La plaza de ejecuciones estaba llena.

Demasiado llena.

Ciudadanos, soldados, sirvientes, ministros… todos reunidos en un círculo amplio, ordenado, silencioso.

No era curiosidad.

Era obligación.

Nadie quería estar allí.

Pero nadie podía irse.

— Lin Xue estaba entre la multitud.

Oculta.

Cubierta por una capa sencilla que había tomado sin permiso.

Sus manos apretaban la tela con fuerza.

Su respiración… Era irregular.

— Había escapado.

No lo pensó.

No dudó.

Cuando escuchó los rumores… Cuando vio el movimiento en el palacio… Lo supo.

Y fue.

— El patíbulo se alzaba en el centro.

De madera oscura.

Fría.

Inmutable.

— Lin Xue no quería mirar.

Pero no podía dejar de hacerlo.

— —Traedlo.

La voz del heraldo resonó.

Seca.

Formal.

Vacía.

— Las cadenas sonaron.

Ese sonido… Otra vez.

Más fuerte.

Más cercano.

— Lin Xue sintió que el mundo se inclinaba.

— Lin Yue apareció.

— Encadenado.

Despojado de su armadura.

Pero no de sí mismo.

— Su espalda seguía recta.

Su mirada… Clara.

— El murmullo recorrió la plaza.

—Es él… —El General del Dragón… —¿Cómo…?

—Traición, dicen… — Lin Xue dio un paso adelante.

Luego otro.

La multitud la empujaba.

Pero ella avanzaba.

— Padre.

— Lin Yue subió al patíbulo.

Cada paso era firme.

Como si aún caminara hacia una batalla.

— El verdugo estaba allí.

Inmóvil.

Esperando.

— —General Lin Yue.

El heraldo alzó el pergamino.

—Por orden de Su Majestad, el Emperador Zhao Wei, se le declara culpable de alta traición contra el imperio.

Las palabras flotaron en el aire.

Pesadas.

Irreales.

— —Se le condena a muerte.

— Lin Xue dejó de respirar.

— —Ejecución inmediata.

— El mundo se quebró.

— —¡NO!

El grito escapó antes de que pudiera detenerlo.

— Las cabezas giraron.

Las miradas la encontraron.

— —¡PADRE!

— Los guardias reaccionaron.

—¡Deténganla!

— Pero Lin Xue ya corría.

— Empujó.

Golpeó.

Se deslizó entre cuerpos.

No veía.

No escuchaba.

Solo… Corría.

— —¡PADRE!

— Lin Yue levantó la cabeza.

— Sus ojos la encontraron.

— El tiempo se detuvo.

— La multitud desapareció.

El sonido se apagó.

El mundo… Se redujo a ese instante.

— Lin Xue llegó al borde del círculo.

Manos la sujetaron.

Demasiadas.

Fuertes.

— —¡SUÉLTENME!

— —¡XUE’ER!

La voz de Lin Yue rompió todo.

— Ella se congeló.

— —Escucha.

Otra vez.

Esa palabra.

— —No… Las lágrimas caían ahora.

Sin control.

— —Padre, por favor… no… — Lin Yue la miró.

Y por primera vez… No como general.

No como maestro.

— Como padre.

— —Mírame.

— Ella lo hizo.

— —Recuerda lo que te enseñé.

— —No quiero recordar… —sollozó.

— —Debes hacerlo.

Su voz fue firme.

Más que nunca.

— —La guerra no siempre se gana en el campo de batalla.

— Lin Xue negó con la cabeza.

—¡Esto no es una guerra!

— Lin Yue dio un paso adelante.

Las cadenas sonaron.

— —Sí lo es.

— Silencio.

— —Y tú… —continuó— eres mi única victoria.

— El mundo se rompió otra vez.

— —¡NO!

— —No llores.

— Pero ella no podía detenerse.

— —Escucha bien.

La voz de Lin Yue bajó.

Más suave.

Más urgente.

— —No confíes en nadie.

— La frase completa.

Por fin.

— Lin Xue se quedó inmóvil.

— —Ni en sonrisas… ni en palabras… ni en promesas.

— El viento sopló.

Frío.

Cortante.

— —Vive.

— Una pausa.

— —Y recuerda.

— El verdugo se movió.

— Lin Xue gritó.

—¡NO!

— —¡PADRE!

— Lin Yue no apartó la mirada.

Ni un segundo.

— —Siempre estaré contigo.

— La espada se alzó.

— El tiempo se detuvo.

— Y cayó.

— — El sonido… No fue fuerte.

— Pero fue suficiente.

— El mundo… Se apagó.

— — Lin Xue no gritó.

No pudo.

— El aire no llegaba.

El sonido no existía.

— Solo… Vacío.

— Sus rodillas cedieron.

Cayó.

— Sus manos aún sujetadas.

Pero ya no luchaba.

— Sus ojos… Fijos.

— En el patíbulo.

— En la figura inmóvil.

— En la sangre.

— El rojo se extendía.

Sobre la madera.

Sobre la historia.

Sobre su vida.

— —…no… La palabra fue apenas un susurro.

— —no… — Pero no cambió nada.

— — La multitud comenzó a dispersarse.

Como si nada hubiera pasado.

Como si aquello fuera… normal.

— —Llévensela.

La orden fue indiferente.

— Los guardias la levantaron.

— Lin Xue no reaccionó.

— No lloraba.

— No gritaba.

— No hablaba.

— Solo… Miraba.

— — Desde la distancia… Zhao Lian estaba allí.

— Había llegado tarde.

— Demasiado tarde.

— Sus ojos estaban abiertos.

Incrédulos.

Rotos.

— —No… — Sus manos temblaban.

— —No… — Dio un paso.

— Pero no avanzó.

— No pudo.

— El príncipe… No pudo salvar a nadie.

— — En lo alto de la plaza… El emperador observaba.

— Inmóvil.

— Su rostro no mostraba emoción.

— Ni satisfacción.

Ni duda.

— Solo… Decisión.

— A su lado… La Consorte Rong sonrió.

— Su mirada descendió.

— Hasta Lin Xue.

— —Interesante… Susurró.

— —La hija del dragón… — Una pausa.

— —Sigue viva.

— — Cuando Lin Xue fue arrastrada fuera de la plaza… El mundo volvió a moverse.

— Pero ella… No.

— Dentro de ella… Todo se había detenido.

— El dolor no era un grito.

— Era silencio.

— Pesado.

— Infinito.

— — Esa noche… No hubo entrenamiento.

— No hubo palabras.

— No hubo padre.

— — Solo… Oscuridad.

— Y en esa oscuridad… Algo comenzó a formarse.

— No era tristeza.

— No era miedo.

— Era… Otra cosa.

— Fría.

— Profunda.

— Inquebrantable.

—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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