La Flor Carmesí Bajo El Trono De Jade - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 Capítulo 7 La mirada del emperador
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7: Capítulo 7: La mirada del emperador 7: Capítulo 7: La mirada del emperador El Salón del Trono era un lugar donde incluso el silencio obedecía.
Columnas de jade se elevaban como gigantes inmóviles, sosteniendo un techo pintado con escenas de dragones ascendiendo entre nubes doradas.
El suelo, pulido hasta el reflejo, devolvía una imagen distorsionada de todo aquel que caminaba sobre él.
Y al fondo… El trono.
Tallado en oro y piedra oscura, con dos dragones enroscados como si custodiaran no solo el poder… sino también sus secretos.
Allí estaba sentado el emperador Zhao Wei.
Inmóvil.
Observando.
— La audiencia había comenzado hacía ya un tiempo.
Ministros, consejeros y generales se alineaban en filas perfectamente ordenadas, inclinándose cuando correspondía, hablando solo cuando se les permitía, respirando con cuidado.
Entre ellos… Lin Yue.
De pie, con la espalda recta, las manos ocultas dentro de sus mangas, como una estatua viviente.
Su armadura no era la de batalla, sino la ceremonial, pero aun así imponía un peso invisible sobre el salón.
—Informe del norte —ordenó el emperador.
Su voz no era fuerte.
No lo necesitaba.
Bastaba con que existiera.
Un oficial dio un paso al frente.
—Su Majestad, las incursiones han cesado.
Las fuerzas enemigas se han retirado más allá de la frontera.
Un murmullo leve recorrió la sala.
—¿Motivo?
—preguntó Zhao Wei.
—Se presume que… —el oficial dudó— que la presencia del General Lin Yue ha disuadido nuevos ataques.
Silencio.
El emperador no reaccionó de inmediato.
Sus dedos se deslizaron lentamente sobre uno de los brazos del trono, siguiendo las curvas del dragón tallado.
—¿Presume?
—repitió.
El oficial bajó la cabeza.
—Sí, Su Majestad.
—No me traiga presunciones.
Una pausa.
—Tráigame hechos.
—Sí, Su Majestad.
El oficial retrocedió.
El silencio volvió.
Más pesado.
Más denso.
— —General Lin Yue.
El nombre cayó como una piedra en el agua.
Lin Yue dio un paso al frente.
Se inclinó con precisión.
—Su Majestad.
Zhao Wei lo observó.
No como un hombre mira a otro.
Sino como alguien mide una pieza en un tablero.
—Ha servido bien al imperio.
—Es mi deber.
—Ha ganado batallas.
—Gracias a sus órdenes.
El emperador ladeó levemente la cabeza.
—¿Solo a mis órdenes?
Lin Yue no titubeó.
—A la disciplina de mis hombres… y a la voluntad del imperio.
Una respuesta correcta.
Perfecta.
Pero no vacía.
Zhao Wei entrecerró los ojos.
—Dicen que sus soldados lo siguen sin dudar.
—Confían en mí.
—La confianza… —murmuró el emperador— es una forma de poder.
El silencio se tensó.
—¿Está de acuerdo?
Lin Yue alzó la mirada.
Sus ojos se encontraron con los del emperador.
—La confianza es una responsabilidad.
Un susurro recorrió la sala.
Zhao Wei no sonrió.
Pero tampoco se molestó.
—¿Y qué hace con esa responsabilidad?
—Cumplir con mi deber.
—¿Siempre?
La pregunta no era simple.
No era casual.
Lin Yue lo sabía.
—Siempre.
El emperador lo observó unos segundos más.
Luego… Desvió la mirada.
—Puede retirarse.
Lin Yue se inclinó.
Retrocedió.
Volvió a su lugar.
Pero algo había cambiado.
— Entre los ministros… Han Zhi no hablaba.
No se movía.
Pero observaba.
Sus ojos pasaban del emperador al general… y del general al emperador.
Midió cada palabra.
Cada pausa.
Cada respiración.
Y en su mente… Las piezas comenzaban a encajar.
— Desde una galería lateral, oculta tras una celosía de madera tallada… Alguien más observaba.
Lin Xue.
No debía estar allí.
Pero había encontrado la forma.
Siempre la encontraba.
Sus manos se apoyaban contra la madera, sus ojos atentos, su respiración contenida.
Había querido ver a su padre.
Eso se había dicho.
Pero ahora… Veía algo más.
El emperador.
Su postura.
Su mirada.
La forma en que hablaba.
Y sobre todo… La forma en que miraba a Lin Yue.
No era admiración.
No era respeto.
Era… Otra cosa.
Lin Xue frunció el ceño.
No sabía nombrarlo.
Pero lo sentía.
Como una corriente fría bajo la piel.
— —La frontera sur —continuó el emperador—.
¿Quién supervisa?
Otro general respondió.
La audiencia siguió.
Protocolar.
Ordenada.
Pero Lin Xue ya no escuchaba.
Sus ojos seguían a su padre.
A su espalda recta.
A su inmovilidad.
A su silencio.
Y luego… Volvió a mirar al emperador.
Zhao Wei no hablaba en ese momento.
Solo escuchaba.
Pero sus ojos… Regresaban.
Una y otra vez.
A Lin Yue.
Como si intentara ver más allá de la armadura.
Más allá de la lealtad.
Como si buscara algo oculto.
— Lin Xue retrocedió un paso.
Su corazón latía más rápido.
Algo no está bien.
La sensación volvió.
Más fuerte que la noche anterior.
Más clara.
No era solo sospecha.
Era… dirección.
Como si todo apuntara hacia un mismo lugar.
Su padre.
— La audiencia terminó.
Los ministros se retiraron.
Las voces se apagaron.
El salón volvió a su silencio obediente.
Pero Zhao Wei no se levantó.
Permaneció en el trono.
Solo.
O casi.
—Consorte Rong.
La voz resonó suavemente.
Desde las sombras laterales, una figura emergió.
Elegante.
Serena.
Perfecta.
La Consorte Rong se inclinó con gracia.
—Su Majestad.
—¿Qué opina?
Ella sonrió levemente.
—¿Sobre qué en particular?
—El general.
Rong alzó la mirada.
Sus ojos brillaron con una luz contenida.
—Es leal.
—Eso dicen todos.
—También dicen que es indispensable.
El emperador guardó silencio.
—¿Y usted?
—preguntó él.
Rong dio un paso adelante.
Sus movimientos eran suaves.
Medidos.
—Creo que un hombre como él… puede sostener un imperio.
Una pausa.
—O romperlo.
El silencio se volvió denso.
Zhao Wei no apartó la mirada del vacío frente a él.
—¿Cree que me traicionará?
Rong negó con suavidad.
—No.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
Ella inclinó ligeramente la cabeza.
—Que no necesita hacerlo.
El emperador cerró los ojos por un instante.
Como si esa respuesta confirmara algo que ya sabía.
— Lin Xue se retiró antes de ser descubierta.
Sus pasos eran rápidos, pero controlados.
Su mente… Era un torbellino.
La confianza es poder… indispensable… romper el imperio… Las palabras giraban.
Encajaban.
Dolían.
Llegó al patio trasero.
El lugar donde entrenaba.
Se detuvo.
Miró sus manos.
Luego el espacio vacío frente a ella.
—No… Sacudió la cabeza.
—Mi padre no… Pero la duda ya estaba allí.
Pequeña.
Silenciosa.
Peligrosa.
— Esa noche, el entrenamiento fue distinto.
Lin Yue notó la tensión de inmediato.
—Estás pensando demasiado.
—No.
—Sí.
Lin Xue levantó la espada.
—Estoy concentrada.
—No.
El general dio un paso hacia ella.
—Estás distraída.
Sus ojos se encontraron.
—¿Qué viste hoy?
La pregunta la atravesó.
Lin Xue dudó.
Un segundo.
Dos.
Luego— —Nada.
El silencio se volvió pesado.
Lin Yue la observó.
Más de lo habitual.
Más profundo.
Pero no insistió.
—Ataca.
Ella lo hizo.
Pero sus movimientos no eran los mismos.
Eran más duros.
Más rápidos.
Más… Desordenados.
Lin Yue desvió el golpe.
—Otra vez.
Lin Xue atacó de nuevo.
—Otra vez.
El ritmo aumentó.
—Otra vez.
El sonido de las espadas de madera llenó el patio.
Pero algo estaba mal.
No era técnica.
No era postura.
Era… Emoción.
—¡Basta!
La voz del general cortó el aire.
Lin Xue se detuvo.
Respirando con fuerza.
—¿Qué ocurre contigo?
Ella bajó la mirada.
—Nada.
—Mírame.
Lo hizo.
Sus ojos… no eran los de siempre.
Había algo nuevo en ellos.
Algo que Lin Yue reconoció de inmediato.
Duda.
—¿Confías en mí?
—preguntó.
La pregunta la sorprendió.
—Claro que sí.
—Entonces no luches como si dudases.
El silencio volvió.
Lin Xue apretó los puños.
—No dudo.
Pero la voz… No era firme.
Lin Yue la observó.
Largo.
Silencioso.
Y por un instante… Pareció más cansado que nunca.
—Bien —dijo finalmente—.
Terminamos por hoy.
Lin Xue parpadeó.
—Pero— —He dicho que terminamos.
No discutió.
No podía.
— Esa noche, mientras Lin Xue se retiraba, el general permaneció solo en el patio.
Miró el cielo.
Oscuro.
Inmóvil.
—Ya comenzó… —murmuró.
El viento sopló entre los ciruelos.
Y por primera vez… El General del Dragón no parecía invencible.
— En lo alto del palacio, Han Zhi observaba la misma noche.
Sus manos estaban cruzadas a la espalda.
Su expresión… satisfecha.
—La mirada del emperador ya cambió… Una leve sonrisa.
—Ahora… solo queda esperar.
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