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La Flor Carmesí Bajo El Trono De Jade - Capítulo 8

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8: Capítulo 8: El banquete 8: Capítulo 8: El banquete El Salón de las Cien Lámparas brillaba como un cielo atrapado en la tierra.

Filas interminables de faroles dorados colgaban del techo, proyectando una luz cálida que hacía resplandecer la seda, el jade y el oro.

El aroma del incienso se mezclaba con el de los platos recién servidos: carnes especiadas, frutas confitadas, vino dulce.

Todo era belleza.

Todo era perfección.

Y sin embargo… El aire estaba tenso.

Como una cuerda a punto de romperse.

— El banquete imperial no era solo una celebración.

Era un campo de batalla.

Sin espadas visibles.

Pero con heridas mucho más profundas.

— Lin Xue caminaba detrás de su padre.

Vestía una túnica más formal de lo habitual, en tonos suaves, bordada con discretos hilos plateados.

Su cabello estaba recogido con cuidado, como correspondía a la hija de un general.

Pero sus ojos… Seguían siendo los mismos.

Atentos.

Calculadores.

Observaban cada rincón del salón.

Las mesas dispuestas en orden jerárquico.

Los ministros ubicados estratégicamente.

Las miradas que se cruzaban… y las que se evitaban.

—No te alejes —dijo Lin Yue sin mirarla.

—No lo haré.

—Y no hables más de lo necesario.

—Lo sé.

El general asintió apenas.

Pero antes de avanzar, añadió— —Escucha.

Lin Xue levantó la vista.

—¿Escuchar qué?

—Todo.

Una sola palabra.

Pero suficiente.

— El emperador ya estaba presente.

Sentado en el lugar más alto, con la Consorte Rong a su lado, ambos observaban la llegada de los invitados como si midieran el valor de cada uno.

Zhao Wei no sonreía.

Nunca lo hacía en estos eventos.

No lo necesitaba.

Su autoridad llenaba el espacio sin esfuerzo.

La Consorte Rong, en cambio, sonreía.

Su expresión era suave, elegante, casi amable.

Pero sus ojos… Se movían.

Buscando.

Evaluando.

Cazando.

— Cuando Lin Yue se inclinó ante el trono, el salón entero pareció guardar silencio.

—Su Majestad.

—General.

El intercambio fue breve.

Pero cargado.

Zhao Wei lo observó un segundo más de lo necesario.

Luego asintió.

—Tome asiento.

Lin Yue obedeció.

Lin Xue se colocó a su lado.

Y desde ese momento… Comenzó a observar.

— El banquete avanzó.

Las copas se llenaban.

Los platos se servían.

Las risas aparecían.

Pero no eran sinceras.

Nunca lo eran.

— —El norte parece tranquilo estos días —comentó un ministro, levantando su copa.

—Gracias a nuestro general —añadió otro, con una sonrisa demasiado amplia.

Algunas miradas se dirigieron hacia Lin Yue.

Él no reaccionó.

Solo bebió un pequeño sorbo.

—El imperio tiene suerte de contar con hombres así —continuó el primero.

—La suerte es peligrosa —intervino otro—.

Puede cambiar.

El tono era ligero.

Pero las palabras… No.

Lin Xue lo notó.

Cada frase tenía filo.

Cada elogio… Una sombra.

— —General Lin Yue —dijo entonces Han Zhi, inclinándose ligeramente desde su lugar—.

He oído que sus hombres lo siguen incluso más allá de sus órdenes.

El silencio cayó.

No completo.

Pero suficiente.

Lin Yue dejó la copa sobre la mesa.

—Mis hombres cumplen con su deber.

—¿Siempre?

—Siempre.

Han Zhi sonrió.

—Eso es admirable.

Una pausa.

—Y raro.

Lin Xue sintió algo tensarse dentro de su pecho.

Miró a su padre.

Su postura no cambió.

Su voz tampoco.

—La disciplina no es rara.

—No.

Han Zhi negó suavemente.

—Pero la devoción… sí.

Algunos ministros bajaron la mirada.

Otros observaron con interés.

El emperador… No intervenía.

Solo escuchaba.

— Desde la mesa imperial, la Consorte Rong giró levemente su copa.

El vino rojo se movía como sangre atrapada en cristal.

—Las lealtades profundas pueden ser… inestables —dijo con voz suave.

Todos escucharon.

—Cuando un hombre es demasiado querido por sus soldados… Alzó la mirada.

Sus ojos encontraron los de Lin Yue.

—…puede olvidar a quién sirve realmente.

El silencio fue absoluto.

Lin Xue apretó los dedos bajo la mesa.

No entendía todo.

Pero entendía suficiente.

Aquello… No era una conversación.

Era un ataque.

— Zhao Wei finalmente habló.

—¿Insinúa algo, Consorte?

Rong inclinó la cabeza.

—Solo observo, Su Majestad.

—Como todos aquí.

La mirada del emperador recorrió la sala.

Uno por uno.

—Espero.

Nadie respondió.

— Zhao Lian estaba presente.

Sentado un poco más abajo del trono, como correspondía a su posición, observaba el intercambio con una expresión distinta.

No era ignorancia.

Era incomodidad.

Sus dedos jugaban con la copa sin beber.

Y de vez en cuando… Sus ojos buscaban a Lin Xue.

La encontraron.

Ella también lo miraba.

Un segundo.

Dos.

Sin palabras.

Pero con algo claro.

Ambos sabían que algo no estaba bien.

— —General —continuó Han Zhi—, ¿cuántos hombres tiene actualmente bajo su mando?

La pregunta parecía inocente.

Pero no lo era.

Lin Yue respondió sin vacilar.

—Los necesarios.

Algunos ministros intercambiaron miradas.

Han Zhi sonrió.

—Una respuesta prudente.

—Una respuesta correcta.

—Por supuesto.

Una pausa.

—Aunque en tiempos inciertos… los números pueden tranquilizar.

Lin Yue lo miró directamente.

—Los números no ganan guerras.

—Pero pueden perder imperios.

El silencio volvió.

Más pesado.

Más denso.

— Lin Xue sintió algo frío recorrerle la espalda.

Las piezas comenzaban a moverse.

Como en el tablero.

Pero esto… Era real.

Y no podía ver todas las jugadas.

— —Suficiente.

La voz del emperador cortó el aire.

No fue fuerte.

Pero no admitía discusión.

—Este es un banquete.

No un tribunal.

Las miradas se bajaron.

Las copas se alzaron.

Las sonrisas regresaron.

Pero ya era tarde.

La grieta había sido expuesta.

— La música comenzó.

Bailarinas entraron al salón.

Sus movimientos eran suaves, precisos, hipnóticos.

El sonido de las cuerdas llenó el espacio.

Pero Lin Xue no podía concentrarse.

Sus ojos volvían una y otra vez a los ministros.

A Han Zhi.

A la Consorte Rong.

Y finalmente… Al emperador.

Zhao Wei no miraba a las bailarinas.

Miraba… A su padre.

— —Padre… —susurró ella.

Lin Yue no giró.

—No hables.

—Pero— —Escucha.

La misma palabra.

La misma orden.

Pero ahora… Más pesada.

— El banquete continuó.

Pero ya no era una celebración.

Era una declaración.

Una advertencia.

Un movimiento en un juego que nadie había explicado… pero todos entendían.

— Cuando finalmente terminó, los invitados comenzaron a retirarse.

Las luces seguían brillando.

Pero el calor… Había desaparecido.

— Lin Xue caminaba junto a su padre.

El silencio entre ambos era distinto.

Más denso.

Más consciente.

—Padre… —No.

La detuvo sin mirarla.

—No aquí.

Ella cerró la boca.

Pero su mente no se detuvo.

— Desde la distancia, Zhao Lian observaba cómo se alejaban.

Sus manos estaban tensas.

Su mirada… Inquieta.

—¿Qué ocurre?

—preguntó una voz a su lado.

El príncipe no giró.

—Nada.

La Consorte Rong sonrió.

—Los banquetes suelen dejar más preguntas que respuestas.

Zhao Lian la miró.

—¿Y usted tiene respuestas?

Ella inclinó la cabeza.

—Solo… perspectivas.

El príncipe frunció el ceño.

—No me gustan.

—Las verdades raramente gustan.

Una pausa.

—Pero siempre llegan.

— Esa noche, en el patio de entrenamiento… No hubo espadas.

Lin Yue permanecía de pie.

En silencio.

Lin Xue frente a él.

Esperando.

—Padre… —dijo finalmente.

—Lo viste.

No era una pregunta.

Ella asintió.

—Sí.

El general cerró los ojos un instante.

—Entonces recuerda esto.

Los abrió.

Su mirada era firme.

Más que nunca.

—En el mundo en el que vivimos… las sonrisas son armas.

El viento sopló entre los ciruelos.

—Y hoy… Una pausa.

—Nos han apuntado.

— En algún lugar del palacio… Han Zhi observaba la noche.

Tranquilo.

Paciente.

—La semilla está plantada… Sus labios se curvaron.

—Ahora… crecerá sola.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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