La Heredera Multimillonaria Divorciada - Capítulo 63
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- Capítulo 63 - 63 CAPÍTULO 63 La habitación prémium
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63: CAPÍTULO 63: La habitación prémium 63: CAPÍTULO 63: La habitación prémium Ella
Cuesta creer que solo ha pasado una semana desde que me desperté por primera vez en esta habitación del hospital.
La habitación, con sus estériles paredes blancas que me recibieron al principio, se ha transformado en algo cálido y acogedor.
Ahora la habitación está llena de ramos de flores de todas las formas y colores; algunos de amigos, otros del personal del hospital y de gente que me desea lo mejor.
Globos de varios colores están atados a las sillas y se mecen suavemente con la brisa de la ventana abierta, y un gran oso de peluche está posado en la mesita de noche, mirándome con sus ojos de cristal.
Cortesía de Elizabeth.
Todo parece de lujo, casi como una suite de un hotel de cinco estrellas en lugar de una planta de hospital.
¿Pero la mejor parte de la habitación?
Elías.
Él siempre está ahí, llenando la habitación con su energía.
Se ha quedado conmigo toda la semana, día y noche, haciendo hasta las cosas más básicas como servirme un vaso de agua o traerme comida, e incluso cuando estoy demasiado débil para levantar una cuchara, me da de comer.
Al principio es vergonzoso que me trate como a un bebé, pero a medida que pasan los días, me acostumbro a su tierno cuidado.
El dolor ha disminuido lentamente y ahora tengo la fuerza suficiente para sentarme erguida por mi cuenta.
Estoy ajustando una almohada detrás de mí cuando Elías entra, como si fuera una señal.
—Hola, preciosa —dice, con un ramo de flores frescas en una mano y una caja de bombones en la otra.
Hoy va vestido de punta en blanco, con una camisa blanca impecable hecha a medida que le queda perfecta.
Los dos primeros botones están desabrochados, lo que le da una elegencia informal, y sus pantalones sencillos acentúan su figura alta y atlética.
Su pelo negro está peinado con esmero, aunque un mechón rebelde le cae sobre la frente de una manera ingeniosa que no hace más que aumentar su encanto.
Sus penetrantes ojos brillan cuando me sonríe, y la incipiente barba en su mandíbula le hace parecer atractivo sin esfuerzo.
Las dos jóvenes enfermeras de la habitación, ocupadas cambiándome el gotero, también parecen darse cuenta.
Ríen tontamente y se sonrojan en el momento en que entra; una de ellas está tan nerviosa que deja caer la bandeja de acero que sostiene con un fuerte estruendo.
—¡Oh, lo siento mucho!
—tartamudea, agachándose rápidamente para recogerla, con el rostro sonrojado por la vergüenza.
Elías les dedica una sonrisa a ambas.
—No pasa nada.
Me apartaré para que puedan hacer su trabajo, señoritas.
Las enfermeras intercambian una rápida mirada y ambas se sonrojan aún más mientras terminan su trabajo en tiempo récord.
Prácticamente huyen de la habitación y sus risitas resuenan en el pasillo cuando cierran la puerta tras de sí.
Pongo los ojos en blanco y le sonrío.
—¿Puedes dejar de coquetear con mis enfermeras?
—¿Estaba coqueteando?
Qué raro, no me había dado cuenta —dice con inocencia, dejando las flores en la mesa a mi lado y colocando los bombones en mi regazo.
—Eres insufrible —digo mientras desenvuelvo el envoltorio de la caja de bombones.
Elías se ríe entre dientes y se sienta en la silla junto a mi cama, inclinándose ligeramente hacia delante, con el rostro abierto y relajado.
—¿Cómo te sientes hoy?
—Mejor.
Más fuerte.
No con tanto dolor.
—Por fin consigo abrir la caja y miro los bombones en mi regazo—.
Me estás malcriando, ¿lo sabes?
—Para eso estoy aquí.
Compartimos una sonrisa silenciosa antes de que yo carraspee, decidiendo sacar a relucir algo que me ha estado rondando por la cabeza durante unos días.
—¿Y bien…?
¿Has oído los rumores?
¿Los de esos blogs de cotilleos?
Él enarca una ceja, curioso.
—¿Cuáles?
—Los que dicen que me propusiste matrimonio.
Elías se recuesta, cruzando los brazos, con una sonrisa de complicidad extendiéndose por su rostro.
—Ah, esos rumores.
Sí, los he visto.
Niego con la cabeza, incrédula, riendo suavemente.
—No puedo ni imaginarme cómo se le ocurren estas cosas a la gente.
Se encoge de hombros, sin dejar de sonreír.
—Probablemente es porque he estado pasando mucho tiempo aquí contigo.
La gente ve lo que quiere ver.
—Sí, bueno, vaya si le sacan partido.
O sea, ¿yo?
¿Casarme con un playboy?
Es un cliché tan grande.
Se ríe a carcajadas, y su voz profunda llena la habitación.
—¿Playboy, eh?
¿Así es como me ves?
—Vamos, Elías.
Solo Dios sabe a cuántas mujeres has conquistado de camino hasta aquí, y eso sin incluir a las dos enfermeras que prácticamente babeaban por ti.
Se inclina hacia delante de nuevo, su sonrisa se suaviza mientras me sostiene la mirada.
—Bueno, quizá estoy cansado de que me vean como un playboy.
Quizá quiero sentar la cabeza.
Sus palabras tocan algo profundo dentro de mí, haciéndome dudar.
Hay una seriedad en su tono, algo que no me esperaba.
Fuerzo una sonrisa.
—Bueno, yo ya he terminado de buscar hombres que me quieran, por si no te habías dado cuenta.
Elías no se inmuta.
En lugar de eso, alcanza la caja sobre mi regazo y coge un bombón.
—No lo dices en serio, Ella.
—Me mira a los ojos mientras le da un mordisco—.
Solo tienes miedo de que te vuelvan a hacer daño.
La verdad de sus palabras duele más de lo que me gustaría, y me muevo incómoda, cogiendo un bombón para mantener las manos ocupadas.
—Simplemente disfruto de estar sola —replico.
Ambos sabemos que es mentira, pero Elías no insiste.
En su lugar, mete la mano en el bolsillo y saca algo, sosteniéndolo frente a mí.
Brilla bajo la suave luz de la habitación: un delicado collar de oro con un colgante que parece antiguo e intrincado.
El tipo de pieza que es innegablemente cara.
—Perteneció a mi abuelo —dice, con voz queda—.
Solo hay uno como este en el mundo.
Es prácticamente invaluable.
Y quiero que lo tengas.
Miro fijamente el collar, con el corazón acelerado.
—Elías, no puedo… es demasiado.
Él niega con la cabeza, su expresión es suave pero firme.
—No es demasiado.
Considéralo un amuleto de la buena suerte.
De tu servidor.
Dudo por un momento antes de asentir.
—Gracias, Elías.
Elías se inclina y me abrocha con cuidado el collar alrededor del cuello.
Sus dedos rozan mi piel al hacerlo, enviando un escalofrío por mi espalda.
Cuando se aparta, nuestras miradas se encuentran y, por un breve instante, siento que se me acalora el rostro.
Rápidamente lo disimulo con una sonrisa burlona.
—¿Sabes?
Tienes unas formas un poco anticuadas de conquistar a las chicas.
Elías echa la cabeza hacia atrás y se ríe, con un sonido rico y cálido.
—Puede que sí —dice, sonriendo de oreja a oreja—.
Pero si funciona, ¿para qué cambiarlo?
Nos reímos juntos, y la habitación se llena con el sonido de nuestra alegría compartida.
Jessica
Entro pavoneándome en el hospital del brazo de Max, con mis tacones resonando bruscamente sobre el suelo pulido.
Hoy todo tiene que salir a la perfección.
Llevo tres meses sin la regla y nunca he tenido más esperanzas.
Un bebé consolidaría mi lugar en la familia de Max, y sabe Dios que he trabajado lo suficiente para llegar hasta aquí.
Primero, me divorcié de mi marido, luego encontré a un hombre aún más rico para reemplazarlo.
Meses de cuidadosa planificación, coqueteo sutil y de asegurarme de que Max me viera justo bajo la luz adecuada por fin han dado sus frutos.
Ligarme a él es mi billete para todo lo que quiero: el dinero y el estatus de su familia.
Y hoy es el primer paso para asegurarlo todo.
Max, el estúpido niño rico, es demasiado fácil de manipular.
Claro, es bastante mono, pero no es la herramienta más afilada del cobertizo.
Aun así, su riqueza lo compensa con creces, y no voy a dejar que una oportunidad como esta se me escape de las manos.
He hecho el trabajo y ahora voy a obtener mi recompensa.
Nos acercamos al mostrador de recepción y sonrío, exudando el encanto que he perfeccionado a lo largo de los años.
La enfermera, vestida con su impecable uniforme blanco, levanta la vista cuando me inclino sobre el mostrador.
—Hola, tengo una cita para la sala ejecutiva.
La reservé hace unas semanas.
Me gustaría registrarme ahora —digo con dulzura, esperando ya que todo salga a mi manera.
La enfermera asiente y empieza a teclear en su ordenador, con los dedos moviéndose rápidamente sobre las teclas.
Echo un vistazo a Max, que está distraídamente mirando su teléfono.
Pongo los ojos en blanco para mis adentros.
Es tan ingenuo.
—¿Señorita Jessica?
—pregunta la enfermera, levantando la vista hacia mí para confirmar.
—Esa soy yo —respondo, dedicándole otra sonrisa.
Teclea durante unos segundos más antes de fruncir el ceño ante la pantalla.
—Veo que hizo una reserva para la habitación hace unas semanas, pero, por desgracia, parece que la sala ejecutiva ya está ocupada.
Parpadeo, desconcertada.
—¿Qué quiere decir con ocupada?
—Lo siento, señorita Jessica —continúa la enfermera, con voz de disculpa—.
La habitación que reservó está actualmente en uso.
Siento que me empieza a hervir la sangre.
¿Mi habitación?
¿Ocupada?
¿Por quién?
La había reservado con semanas de antelación.
No hay forma de que vaya a dejar que otra persona coja lo que es mío.
Mi sonrisa se desvanece, reemplazada por una mirada fulminante.
Me inclino hacia delante agresivamente.
—¿Quién demonios está en mi habitación?
La enfermera juguetea con su ordenador, claramente nerviosa por mi cambio de tono.
—En realidad no estoy autorizada a revelar el…
Antes de que pueda terminar, estallo.
—Déjeme ver.
—Sin esperar su permiso, me estiro por encima del mostrador y giro la pantalla de su monitor hacia mí.
Mis ojos escanean el nombre que aparece junto a la asignación de la habitación.
Ella Reina.
La visión de ese nombre hace que se me ponga la piel de gallina.
De todas las personas posibles, tenía que ser ella.
Esa zorra.
—¿Ella Reina?
—espeto, incrédula.
Me doy la vuelta bruscamente para encarar a la enfermera—.
¿Me está tomando el pelo?
¿Qué hace ella en esa habitación?
La enfermera parece nerviosa, claramente sin querer agravar la situación.
—La señorita Reina es diferente de los pacientes ordinarios.
Se le asignó la habitación prémium con poca antelación debido a algunas circunstancias desfavorables.
Max, todavía sin enterarse de nada, levanta la vista de su teléfono.
—¿Quién es Ella?
—pregunta, sonando ligeramente interesado por primera vez desde que entramos.
—Es solo una estúpida zorra —espeto, sin molestarme siquiera en atenuar mi rabia.
Mi mente se acelera con la ira.
He trabajado tan duro para asegurarme de que todo fuera perfecto hoy, y ahora Ella, de todas las personas posibles, se interpone en mi camino.
¿Por qué está siquiera aquí?
No merece estar en la habitación prémium.
Yo sí.
Me vuelvo hacia la enfermera, mi voz se eleva mientras la rabia en mi interior se desborda.
—¿En serio va a dejar que se quede en esa habitación?
Yo la reservé.
Yo me la merezco.
Sáquela de ahí.
El rostro de la enfermera palidece y balbucea una respuesta.
—Lo siento de verdad, señorita Jessica, pero no puedo simplemente hacer que la señorita Reina…
—¡No me importa, y me importa una mierda quién sea!
—grito, golpeando el mostrador con la mano—.
¡Ella no merece estar ahí!
¡Yo sí!
¡Yo la reservé primero, y quiero mi habitación!
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