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La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 12

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  3. Capítulo 12 - 12 Capítulo 12 La primera misión
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12: Capítulo 12: La primera misión 12: Capítulo 12: La primera misión La gigantesca casa rodante, avanzaba con paso firme por los caminos anegados.

Las lluvias torrenciales habían transformado el paisaje, convirtiendo los senderos en lodazales y los arroyos en ríos desbordados.

Desde el interior, los estudiantes, que en su mayoría nunca habían abandonado los confines protegidos de la academia, observaban el mundo exterior con una mezcla de asombro y creciente inquietud.

El confort del vehículo contrastaba brutalmente con la desolación que se extendía más allá de sus ventanas, un presagio sombrío de lo que les esperaba.

Emery, sentada en el asiento del copiloto, mantenía la mirada fija en el horizonte.

La mano de Darren, firme sobre el volante, era un ancla en la creciente tormenta de sus propios miedos.

La atmósfera dentro de la casa rodante, inicialmente animada por la novedad de la aventura, se había vuelto tensa y silenciosa, cargada con el peso de la incertidumbre ante la tardanza de no llegar a las zonas necesitadas.

Aunque había notado lo rápido que viajaban, pues ya habían rebasado varias carretas comerciales que viajaban durante esas inclemencias.

Finalmente, tras horas de viaje, la casa rodante se detuvo.

El primer pueblo afectado, Ríoverde, se extendía ante ellos como una herida abierta en la tierra.

Las casas, que antes se erguían intactas, ahora eran esqueletos de madera y barro, algunas completamente derrumbadas, otras inclinadas precariamente sobre sus cimientos.

El agua, aún estancada en las calles, reflejaba un cielo plomizo que parecía llorar con ellos.

El silencio era casi más ensordecedor que el rugido de la tormenta, roto solo por el lamento ocasional del viento y el crujido de las piedras al paso de la casa rodante.

Darren fue el primero en descender, seguido de cerca por Emery y Dante.

El barro se adhería a sus botas con cada paso, un pequeño regalo de recepción por parte de la gran catástrofe.

Los estudiantes, al ver la magnitud de la devastación de cerca, no pudieron contener un jadeo colectivo.

Algunos palidecieron, otros se llevaron las manos a la boca, incapaces de procesar la cruda realidad que se desplegaba ante sus ojos.

Cuerpos yacían esparcidos en las calles y debajo de los escombros.

Aquel deslave no distinguió entre género o edad.

Las lecciones de magia y los duelos simulados en la academia no los habían preparado para esto.

—Manténganse juntos y atentos —ordenó Darren, su voz resonando con una autoridad tranquila que, a pesar de la situación, infundió un mínimo de seguridad.

—Los magos sanadores, prepárense.

El resto, ayuden a buscar sobrevivientes y a despejar escombros.

Recuerden lo que les enseñé: toda vida es importante.

Mientras se adentraban en el pueblo, el hedor a humedad, tierra y algo más, algo metálico y dulce, se hizo insoportable.

No tardaron en encontrar más cuerpos.

Un anciano aferrado a una viga, una madre protegiendo a su hijo bajo los escombros.

La visión golpeó a los estudiantes con la fuerza de un trueno.

Liam, un joven caballero mago uno de sus mejores estudiantes, se arrodilló, su rostro verde, luchando por contener el vómito.

Otros simplemente se quedaron inmóviles, sus ojos vacíos, incapaces de apartar la mirada de la muerte.

Emery, aunque con el corazón encogido, se mantuvo firme.

Recordó las palabras de Darren: “Necesito que sea fuerte para lo que viene.” Se acercó a uno de los estudiantes más afectados, una joven maga llamada Elara, cuyo rostro estaba cubierto de lágrimas.

Le puso una mano en el hombro, ofreciéndole un consuelo silencioso.

—Esto es horrible—sollozó Elara, sus ojos fijos en un cuerpo cubierto de sangre tras haberle caído los escombros de la casa.

—Lo es —respondió Emery, su voz apenas un susurro.

—Pero no podemos permitir que nos paralice.

La gente nos necesita.

Darren, mientras tanto, se movía con una eficiencia sombría.

Con magia de viento mandaba a volar los escombros, levantaba escombros pesados con magia de gravedad, abría caminos y creaba refugios temporales con magia de tierra.

Amelia, en su mente, le susurraba los hechizos que podrían serle de gran ayuda, identificando zonas de donde podría haber sobrevivientes y posibles puntos de rescate.

Pero incluso ella sentía el peso de la tragedia.

—La muerte es una parte inevitable de este mundo, Darren —dijo Amelia, su voz teñida de melancolía.

—Pero la forma en que la enfrentamos define nuestra humanidad.

Fue entonces cuando una figura menuda, una de las estudiantes sanadoras, se adelantó.

Su nombre era Lyra, una jovencita con cabello castaño recogido en una trenza y ojos de un ámbar claro que ahora reflejaban una determinación férrea.

Había sido una de las primeras en ofrecerse como voluntaria para la misión, impulsada por un deseo genuino de ayudar, pero la realidad superaba con creces su expectativa.

Lyra se acercó a un hombre herido, atrapado bajo una viga.

Su pierna estaba rota y sangraba profusamente.

Los otros estudiantes sanadores dudaban, sus manos temblaban, sus hechizos de curación apenas un murmullo ineficaz.

Pero Lyra, respirando hondo, se arrodilló.

Sus manos, pequeñas pero firmes, se posaron sobre la herida.

Cerró los ojos, concentrándose, y una luz verde pálida comenzó a emanar de sus palmas.

El hechizo de curación, aunque básico, era puro y potente, impulsado por una compasión inmensa.

El hombre gimió, pero el sangrado disminuyó.

Lyra abrió los ojos, una mezcla de agotamiento y alivio en su mirada.

Darren, que la observaba desde la distancia, asintió con una aprobación silenciosa.

Había encontrado a su sanadora.

No era la más poderosa, pero su corazón era el más fuerte.

—Bien hecho, Lyra —dijo Darren, acercándose.

—Ahora, necesitamos más de eso.

Mucho más.

Los demás, que su determinación sea firme.

La magia no es solo poder; es voluntad, es compasión.

No cedan ante la desesperación.

Con las palabras de Darren resonando en el aire, los demás estudiantes, inspirados por la valentía de Lyra, comenzaron a moverse con renovado propósito.

La cruda realidad de la muerte y la destrucción era abrumadora, pero la chispa de esperanza que Lyra había encendido, alimentada por la guía de Darren, comenzaba a brillar en la oscuridad de Ríoverde.

La misión apenas comenzaba, y el camino del héroe se revelaba, no sólo como una senda de batallas épicas, sino también como un viaje a través del dolor humano y la inquebrantable fuerza del espíritu.

Aquel día había llegado a su fin.

Los pocos sobrevivientes —un anciano, dos mujeres jóvenes que ahora eran viudas y tres infantes— enfrentaban un futuro incierto.

El destino de ese pueblo dependía de la llegada de nuevos habitantes que pudieran revitalizarlo.

Con esfuerzo, construyeron un refugio para descansar y escapar de la adversidad.

Por turnos, fueron tomando duchas.

Sintiéndose mejor mientras el agua caliente recorría sus cuerpos.

Darren, además de encargarse de cocinar, dedicaba tiempo a enseñar a sus jóvenes compañeros cómo preparar los alimentos correctamente.

—Las verduras se cortan de esta forma —explicaba Darren mientras giraba el cuchillo con destreza.

La cocina era su pasión, otro de sus talentos bien desarrollados.

—Esta carne es demasiado dura para cortarla —comentó Hilgram, un robusto joven que había sido entrenado para la batalla pero que se encontraba torpe al intentar manejar un trozo de carne.

—Prestá atención, Hilgram.

La clave está en cortar así —respondió Darren, mostrando cómo deslizar el cuchillo desde la base para que el corte fuera más sencillo y eficaz.

La hora de la cena llegó.

Ya todos limpios y listos para la cena.

Las mesas ya estaban preparadas para que cada uno disfrutara a su gusto.

Los aromas que impregnaban el aire llenaban de esperanza a los sobrevivientes y a los jóvenes rescatistas, quienes encontraban consuelo en esos pequeños momentos.

Tras la comida, los estudiantes se organizaron en turnos para lavar y recoger los utensilios.

Durante ese tiempo, Darren aprovechó la oportunidad para conversar con Lyra.

Aunque había logrado curar al hombre que encontró y salvarle la vida, ella no dejaba de sentirse profundamente afectada por todo lo sucedido.

En medio de la conversación, Lyra no pudo contener sus emociones; abrazó impulsivamente a Darren y rompió en llanto.

Su éxito en salvar una vida se veía opacado por las numerosas pérdidas que habían ocurrido, entre ellas la de muchos niños de su misma edad.

Darren consoló a la pequeña Lyra, quien terminó quedándose dormida en sus brazos debido al cansancio.

Aunque Emery se sentía incómoda con la situación, no tuvo más remedio que permitirlo, pues la niña necesitaba ese momento de consuelo.

Con cuidado, Darren la llevó cargada y la acostó en una de las camas dentro de la casa rodante.

Antes de que se retiren a dormir, un grupo de soldados del reino llegó a la ciudad.

Su presencia generó cierta tensión cuando se acercaron a Darren, especialmente porque el capitán había reparado en la casa rodante y parecía dispuesto a atacar sin previo aviso, creyendo que era alguna criatura.

Aunque todos estaban cansados, Darren les había enseñado a usar un cepillo y dentífrico para cuidar sus dientes.

Algo que maravilló a las chicas, pues aunque no lo comentaran abiertamente, les molestaba el mal aliento de los demás.

Mientras tanto, los estudiantes se retiraron para descansar, dejando a Dante y Emery como los únicos que permanecieron junto a Darren durante su conversación con el capitán Reiter.

Darren les informó al capitán que habían inspeccionado la ciudad en busca de sobrevivientes, compartiendo las cifras tanto de los que habían logrado rescatar como de los cuerpos encontrados.

Reiter informó que su unidad había sido enviada para brindar asistencia al pueblo.

Darren, por su parte, expresó su intención de seguir ayudando en otras regiones y le pidió al capitán que firmará la hoja del gremio para confirmar que había brindado el auxilio, así también confiando así a los sobrevivientes de Ríoverde bajo su protección.

Antes de su partida, Darren proporcionó una buena cantidad de provisiones para asegurar la supervivencia del grupo.

También les entregó una tienda de campaña adicional y algunas camas con el propósito de ofrecerles un descanso más cómodo en medio de las adversidades.

Darren informó tanto a Emery como a Dante que conduciría hacia el próximo poblado para llegar lo más pronto posible.

Les sugirió aprovechar el tiempo para dormir y recuperar fuerzas.

Sin embargo, Emery se oponía, insistiendo en que él también tenía que descansar y expresando su deseo de estar junto a él.

Por lo que le propuso entonces, que le hiciera compañía en la cabina, aunque se quedara dormida.

Pero era necesario irse lo antes posible.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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