La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 15
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- Capítulo 15 - 15 Capítulo 15 El dios de la tormenta
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15: Capítulo 15: El dios de la tormenta 15: Capítulo 15: El dios de la tormenta La noche en Delvalle se extendía, pesada y húmeda.
Como todos estaban inspirados, durmieron poco para poder seguir con los rescates, a pesar del agotamiento que se reflejaba en sus rostros y en la lentitud de sus movimientos, trataban de dar su mayor esfuerzo.
Darren había montado tiendas de campaña, armado camas y dispuesto mesas mientras los demás descansaban.
Los sobrevivientes, agradecidos, se sorprendían de sus esfuerzos y la ayuda de su equipo, ya que nunca habían conocido a alguien que los ayudará tanto en una situación tan complicada.
Al mirar la hora, Darren se dio cuenta de que faltaba poco para la medianoche.
Los estudiantes apenas habían dormido un poco más de una hora, insuficiente para recuperar energías.
El grupo se encontraba dividido en la nueva área, trabajando arduamente para rescatar a más personas.
Hasta ese momento, habían logrado salvar a cinco sobrevivientes más.
Cada escombro removido, cada grito de auxilio respondido, era un testimonio de su nueva resiliencia.
Lyra, aunque recuperándose, se unió a los esfuerzos más ligeros, su presencia un bálsamo para los heridos y un recordatorio de la esperanza que ponían todos en aquel momento.
La fatiga era un enemigo constante, pero la visión de Darren, quien a pesar de su propio cansancio seguía organizando y apoyando, les infundía nuevas fuerzas.
Emery se mantenía a su lado, atento a cualquier señal de que pudiera desfallecer nuevamente.
Había sido quien menos descanso había tenido, y aún así, no se detenía.
Su instinto no le fallaba al sospechar que Lyra también estaba muy pendiente de él.
Al observar su atuendo, no quedaba duda de que era una obra minuciosa creada por Darren.
Amelia desearía que Emery pudiese escucharla, de ese modo le advertirá sobre lo sucedido con Lyra para que tenga cuidado.
Justo cuando el grupo comenzaba a perder fuerzas nuevamente, y sus cuerpos amenazaban con hundirse, un sonido rompió el silencio que reinaba en las calles de aquel pueblo.
El sonido de herraduras se escuchaba aproximarse con gran premura.
Una columna de caballeros, con armaduras relucientes bajo la tenue luz de las antorchas que llevaban consigo, apareció en el horizonte.
El capitán que lideraba a ese escuadrón era Sir Adrien Thurm, conde de esas tierras.
De un semblante severo pero ojos compasivos.
Finalmente los caballeros habían llegado.
Su presencia inyectó una nueva ola de energía.
Así habrá tiempo para que descanse el grupo.
Con su ayuda, los rescates se aceleraron, y la esperanza de encontrar más sobrevivientes se reavivó.
Mientras los caballeros tomaban el relevo en las tareas más pesadas, Darren encontró un momento para que puedan tomar un descanso y aprovechar para hablar con Emery.
Se dirigieron a la casa rodante, observando la escena con una mezcla de tristeza.
Se sentaron en la sala.
Emery recargándose en él, mientras el silencio entre ellos cargado de las palabras no dichas.
Amelia podía sentir el nerviosismo de aquella situación en la que se encontraba Darren.
—Emery —comenzó Darren con una voz suave —hay algo de lo que necesito hablar contigo.
Emery lo observó con atención, sus ojos verdes brillando bajo la tenue luz de la habitación.
—¿Qué pasa, Darren?
—preguntó con una sonrisa tranquila, apoyada cómodamente en su hombro.
La escena parecía tan natural, tan íntima, que casi podía ignorarse el nerviosismo que empezaba a teñir el ambiente.
Darren tomó aire profundamente, como buscando fuerza en el contacto de sus manos entrelazadas.
—¿Recuerdas que te mencioné a Amelia?
—Su voz salió más baja de lo que esperaba, y dejó un pequeño espacio en el aire para que Emery respondiera.
Ella solo asintió ligeramente, con un leve gesto y un tenue sonido de afirmación.
—Me cuesta mucho hablar de esto.
Pero te prometí ser honesto contigo —insistió Darren, su mirada reflejando la batalla interior que libraba.
Sabía que debía confesar lo que sentía… lo que llevaba guardando celosamente sobre Amelia.
—¿Es sobre Amelia o sobre Lyra?
—inquirió Emery de pronto, apartándose levemente para clavar sus ojos en los de él.
Había algo más profundo en esa pregunta, un matiz que parecía delatar que sabía más de lo que dejaba ver.
—Bueno, ahora que lo mencionas… —respondió Darren con una mueca incómoda.
—Es sobre ambas.
—Amelia ha estado a mi lado tanto tiempo como tú.
Fue ella quien me ayudó a dominar la magia, compartiendo sus conocimientos y haciendo que alcanzara su nivel de habilidad.
Incluso controla la magia de creación, un poder que, aparentemente, solo compartimos entre los dos.
—Darren solía perderse en sus reflexiones, pero se esforzaba por explicar a Emery la razón detrás de sus palabras.
—Dime claramente, ¿qué intentas decirme?
—preguntó Emery con determinación.
—Ella fue de quien me enamoré primero…
—Las palabras salieron de Darren tras una pausa cargada de significado.
Sabía que le debía esto a Amelia.
Durante todo ese tiempo, ella había permanecido en las sombras para él.
—Quiero que también sea mi esposa.
Un dolor agudo atravesó el pecho de Emery, como si hubiera recibido una puñalada.
Los celos por Amelia ya habían estado presentes; después de todo, ella compartía con Darren un vínculo que Emery nunca podría igualar.
Ahora entendía que sus sospechas siempre habían sido ciertas.
Pero algo llamó su atención: las palabras de Darren sobre la magia de creación.
Solo Darren podía usar esa magia, no existe nadie más que sea capaz de usarla…
salvo alguien, que hace mucho tiempo existió.
—Darren, ¿quién es Amelia?
—preguntó finalmente Emery, su rostro mostrando una mezcla palpable de sorpresa y desconcierto.
Amelia permanecía inmersa en una mezcla de conmoción y tensión por la manera en que había involucrado a Darren en aquella complicada situación.
Su mente divagaba, evitando enfrentar directamente a Emery, pues, a pesar de todo, sentía que Darren le pertenecía por completo.
De pronto, su ensimismamiento se interrumpió al escuchar la voz de Darren llamándola con urgencia.
—¡Amelia!
—la voz de Darren sonaba desesperada—.
¡Por favor, respóndeme!
Necesito un poco de ayuda aquí.
Amelia parpadeó, volviendo al presente, y finalmente contestó.
—Lo siento, Darren.
Dime, ¿qué necesitas?
Darren quien se encontraba al lado de Emery y por el ritmo de la conversación, le mira impaciente.
Por lo que él se encuentra con una mezcla de frustración y curiosidad en el rostro.
—Háblame más de ti.
¿Quién eras antes?
¿A qué te dedicabas?
¿Quién eres realmente?
—había en su tono una evidente inquietud; solo entonces se dio cuenta de cuánto desconocía sobre Amelia.
Ella siempre había sido cautelosa, eludiendo compartir detalles importantes de su pasado.
Un leve escalofrío recorrió a Amelia mientras titubeaba.
Era como si las palabras pesaran más de lo que esperaba, como si temiera desenterrar secretos que había enterrado con esmero hace mucho tiempo.
—Yo…— empezó con voz baja y nostalgia en los ojos—.
Fui maga de la corte real, hace ya más de cinco mil años.
Mi nombre era Amelia Velora Ich Hesse en ese entonces.
Serví al rey Friedrich Von Hohenzollern.
—Su mirada se perdió en tiempos lejanos antes de agregar, como si liberara un fragmento recóndito de su ser—.
Aunque ese nombre lo recibí cuando me convertí en la gran bruja.
Antes de eso, simplemente era Amelia Ravenwood.
—No llegué a conocer a mis padres.
Murieron o me abandonaron cuando aún era muy pequeña.
Sin embargo, una familia me adoptó al descubrir el poder que poseía a tan corta edad, al vagar por las calles en busca de algo para comer.
Esa familia era de linaje noble, pero ninguno de sus hijos había heredado su legado mágico.
Por eso, me convertí en la salvación de los Ravenwood.
Mis hermanos hicieron mi vida un infierno.
Tenía doce en total, algunos de ellos mellizos.
Aunque mi posición por edad me colocaba entre los más jóvenes, al final fui yo quien heredó todo el poder y prestigio de la familia Ravenwood —relató Amelia con un tono contenido pero firme.
Darren ahora comprendía por qué hablar de su pasado resultaba tan difícil para ella.
Pero era necesario para calmar las inquietudes de Emery y responder a sus dudas.
Emery, sin embargo, apenas podía asimilar lo que estaba escuchando.
Se trataba de la legendaria bruja Amelia, sobre quien tanto había leído.
Durante el reinado de los Hohenzollern, Amelia fue una figura clave en batallas épicas, subyugando el campo de batalla con su extraordinaria magia y hechizos.
Ahora entendía el origen de la fortaleza de Darren; después de todo, había sido entrenado por ella misma.
Al descubrir que la persona por la que Darren estaba profundamente enamorado era, en realidad, alguien a quien ella admiraba profundamente, un contrariado pesar la invadió.
Sobre todo al saber que esa persona había vagado durante miles de años en un plano existencial donde solo su conciencia persistía en absoluta soledad.
Conmovida por su tristeza, decidió aceptarla como su segunda esposa.
Sin embargo…
—Eso aplica a Amelia.
Ahora dime, ¿y qué hay con Lyra?
—preguntó Emery, cruzándose de brazos con una expresión cargada de escepticismo—.
Además, es más joven que yo.
¿Cuántas veces dijiste que no querías nada conmigo por mi edad?
Y ahora con ella todo parece tan fácil.
Amelia, sintiéndose también contrariada, se unió al descontento de Emery respecto a la existencia de Lyra en la lista de posibles esposas.
Aunque debía admitir, para su disgusto, que Emery tenía un punto válido al respecto.
¿Por qué Darren había cedido tan rápido con Lyra?
—En cuanto a Lyra…
es más por esa ternura que tiene —respondió Darren, rememorando con cierta calidez la astucia de Lyra al invitarlo a salir.
Esa sonrisa traviesa fue lo que terminó cautivando—.
Pero esto no es definitivo aún.
Aunque debo admitir, fue ella quien me hizo notar que podía tener varias esposas.
Ambas chicas se mantuvieron tajantes en su rechazo hacia Lyra.
Habían luchado demasiado tiempo para derribar las murallas del corazón de Darren y lograr que aceptara su amor como para permitir que, de repente, una jovencita pícara entrará fácilmente y conquistara su corazón sin haber peleado la misma batalla.
—Por cierto, Darren.
Si Amelia solo existe en tu mente, ¿cómo podría ser tu esposa?
—pregunto Emery.
—He estado practicando la magia para poder crearle un cuerpo y que vuelva.
Solo me faltaba incrementar mi capacidad mágica para poder llevarlo a cabo… —Darren hace una pausa —Ahora tengo el poder de la lanza.
Quizás ahora sea más fácil realizarlo.
Como ya se habían calmado las aguas, Darren se sentía más tranquilo.
Recargandose en el respaldo.
en ese momento, le vino una canción a la mente, sin darse cuenta la tarareaba la melodía, e incluso, la letra.
—…there will be no white flag upon my door.
I’m in love and always will be.
—Increible, no sabia que también cantas —dijo Emery, tras escucharle —Pero, que dice.
No pude entender.
Amelia, quien no solamente entendía la letra, sino que sabía el trasfondo de aquella canción.
Ella sabía que era para aquella mujer que aún habita en su corazón.
—¡Ah!
Bueno, la letra está en uno de los idiomas de mi mundo.
Habla sobre una pareja que se separó, pero se siguen amando.
Aunque no pueden decirlo.
Aunque sus caminos se alejen, siempre seguirá amandole… —Darren sintió un profundo dolor y vacío en su corazón.
—En mi mundo, las cosas son diferentes.
La idea de tener más de una esposa… no es común.
Amas a una persona para toda la vida —una lágrima cae, creando un surco en su mejilla.
—La verdadera razón por la que no pude aceptar tus sentimientos, ni los de Amelia…
es porque todavía amo a quien fue mi esposa en ese otro mundo.
No quería herir a nadie mientras mi corazón seguía aferrado a ella.
Emery bajó la mirada, sintiéndose culpable por haber sido la causa de la separación de un matrimonio.
Incluso sabía que Darren tenía hijos.
Ellos deben extrañarlo, pensó con pesar.
—Lo siento —susurró Emery, mientras las lágrimas resbalaban sin freno por su rostro, reflejo de la tristeza que la embargaba—.
Por mi culpa te has distanciado de la mujer que amas y de tus hijos.
Ahora que comprendía lo profundo de sus propios sentimientos hacia Darren, no podía imaginarse viviendo sin él.
Perder a la persona que amas debía de ser un dolor insoportable.
—Emery, hay algo que debes saber sobre eso —dijo Darren con voz seria, aunque cargada de un matiz amargo.
Tragó saliva, preparándose para lo que estaba a punto de revelarle, consciente de que sería difícil, tanto para ella como para él—.
No tienes porqué sentirte culpable por haberme traído a este mundo.
Los recuerdos resurgieron en la mente de Darren, llevándolo de regreso al combate contra Alem, a ese momento en que todo se tornó oscuridad y vagaba por el vacío.
—No me separaste de nadie —continuó en un tono grave pero sereno—.
Hace unos días recuperé los recuerdos de mi otra vida.
Y en ellos…
descubrí una verdad: yo ya había muerto en aquel mundo.
El momento no había sido el más adecuado.
Aunque se habían marchado con la intención de descansar un poco, no tardaron en buscarlos nuevamente, pues necesitaban su ayuda para rescatar a una familia atrapada entre los escombros.
Lyra apareció de improviso y los atrapó mientras se daban un cálido abrazo.
Con una sonrisa traviesa dibujándose en su rostro, se apartó solo lo justo para decir: —Lo espero con ansias, magistrado.
Darren no pudo evitar pensar en lo hermosa que era su sonrisa.
Sin embargo, Emery, al notar su expresión absorta, lo sacó bruscamente de sus pensamientos con un firme pellizco.
—Recuerda respetar a tu prometida —le advirtió con un dejo de tristeza en su mirada.
De pronto, un estruendo de golpes resonó sobre el techo.
Al salir de la casa rodante para investigar, se dieron cuenta de que la tormenta había regresado, desatada con una ferocidad inusual.
Un trueno descomunal sacudió el cielo y la tierra tembló bajo sus pies.
Antes de salir, Darren le pidió a Emery que esperara.
Creo unos impermeables, botas y guantes para ellos y otro tanto para el resto.
Una figura majestuosa y aterradora surcó los cielos, bañada en la luz de los relámpagos.
No era el dragón de las leyendas, sino una entidad aún más imponente, un ser de pura energía y poder.
Era el Dios del Trueno, una manifestación de la ira de los cielos, o quizás, una faceta del mismo Dios Dragón de las Tormentas.
Su presencia era abrumadora, y un escalofrío recorrió a todos.
Incluso los caballeros, curtidos en batalla, se quedaron petrificados ante la magnitud de la criatura.
Para enfrentar las adversidades de la tormenta, Darren distribuyó el equipo para lluvias al grupo.
Aconsejó a los caballeros que abandonaran sus armaduras y optarán por prendas más ligeras para facilitar el movimiento.
Aunque inicialmente se resistieron a la idea, al observar cómo los estudiantes lograban desplazarse con mayor agilidad, Sir Friederich cedió a la sugerencia.
En poco tiempo, todos llevaban los impermeables puestos.
Gracias al apoyo de los caballeros, los últimos sobrevivientes fueron rescatados y recibieron ropa, comida y refugio.
Darren, decidido a perfeccionar el uso de la magia de creación, comenzó a emplearla con mayor frecuencia.
Tenía como objetivo no solo dominarla plenamente, sino también incrementar su resistencia mágica.
Sin embargo, seguía sin estar seguro de cuán complicado sería el desafío de crear un cuerpo para Amelia.
El grupo liderado por Darren se encontraba completamente exhausto tras la incesante presión de los últimos días.
Su gratitud hacia el equipo de caballeros que llegó en el momento más crítico era inmensa.
Antes de emprender el trayecto hacia el siguiente punto de su misión, tomaron una decisión sensata: descansar lo suficiente, pues sabían que sin recuperar energías, no serían capaces de enfrentar lo que les esperaba.
La casa rodante, con su imponente presencia, se había convertido en un símbolo de esperanza y resistencia para todos los sobrevivientes, atrayendo miradas y elevando los ánimos dondequiera que iba.
El grupo de estudiantes estaba completamente exhausto.
Darren habilitó un espacio especial donde adaptó varios baños, permitiendo que todos pudieran asearse, relajarse y descansar con comodidad.
Poco a poco, cada uno de ellos se había acostumbrado a las estrictas normas de higiene que su maestro había establecido.
Darren adecuó dos áreas separadas: una para los hombres y otra para las mujeres.
Instaló grandes bañeras con agua caliente, similares a los tradicionales baños termales orientales.
Era una solución innovadora, ya que en su propio país no era común contar con este tipo de espacios compartidos.
Sin embargo, eran una práctica común por esos lados.
Los baños no tardaron en convertirse en un lugar de disfrute para todos.
Estudiantes, sobrevivientes y soldados por igual aprovecharon la oportunidad para relajarse.
Mientras tanto, Darren seguía ideando mejoras para beneficiar a los ciudadanos.
Cuando el grupo comenzó a mostrar señales de recuperación y tranquilidad, Darren planteó retomar la misión.
Ante esto, todos se prepararon para subir a la casa rodante.
Una vez dentro del vehículo, Dante y Emery comenzaron a discutir sobre quién acompañaría a Darren durante el viaje.
Sin embargo, ambos quedaron sorprendidos al encontrar a Lyra ya cómodamente instalada en el asiento junto a él.
— Oh, hola.
Espero que no les moleste —dijo Lyra con tranquilidad—.
La verdad, quería disfrutar del paisaje y también aprovechar para conversar un poco con el magistrado.
Ante la petición de Lyra, y para no quedar mal, ambos ceden.
Darren siente la mirada penetrante de Emery.
Amelia igualmente se muestra molesta, pues la pequeña niña se le está adelantando.
Darren ve aquello como una opción para poder hablar con ella sin que les molesten.
Darren inició su camino con el propósito de conducir un rato antes de detenerse para descansar.
Mientras avanzaban hacia su próximo destino, dejaban atrás la desolación que reinaba en Delvalle.
—Entonces, Lady Lyra, ¿cómo has llevado este viaje?
—preguntó Darren con intención de romper el silencio mientras conducía la casa rodante.
—Pues, para ser sincera, bastante bien.
Acepté venir porque quería pasar más tiempo a su lado —respondió Lyra, mostrando una sonrisa traviesa que iluminó su rostro.
—No parece que te incomodes ni aunque hables con alguien mayor que tú —comentó Darren con un toque de diversión.
Lyra se rió suavemente, su mirada fija en el perfil de Darren.
—La edad es solo un número, Magistrado.
Lo que importa es la conexión, ¿no cree?
Desde que me salvó en el río, y me llevó en sus brazos, he sentido… algo especial.
Una admiración que va más allá de lo que un estudiante siente por su superior.
Quiero ser más que su alumna.
Quiero ser su compañera, su… esposa.
Darren suspiró, la situación era más complicada de lo que parecía.
—Lyra, aprecio mucho tus sentimientos, de verdad.
Eres una joven increíblemente talentosa y valiente.
Pero… ya estoy comprometido con Emery.
Y hay otra persona, Amelia, que también será mi esposa.
Ella ha estado conmigo desde el principio, me ha guiado y ha compartido todo lo que me ha ocurrido durante mucho tiempo.
Le prometí que ella sería mi segunda esposa.
Lyra frunció el ceño, la sonrisa traviesa desapareciendo de su rostro.
—Entiendo lo de la princesa Emery, aunque en este mundo un hombre de su posición puede tener varias esposas.
Pero, ¿quién es Amelia?
¿Y por qué no la hemos visto?
—Amelia es… una historia larga —dijo Darren, intentando encontrar las palabras adecuadas.
—Ella es una bruja muy poderosa.
Pero ella perdió su cuerpo hace milenios y desde hace un tiempo, ha residido en mi mente.
Es quien me ha enseñado gran parte de la magia que conozco y es una parte esencial de mí ahora.
Lyra guardó silencio por un momento, asimilando la información.
La idea de una bruja milenaria viviendo en la mente de Darren era… peculiar, por decir lo menos.
Pero la determinación en los ojos de Darren le decía que hablaba en serio.
—Así que, ¿seremos tres?
—preguntó finalmente, con un tono que mezclaba sorpresa y una pizca de resignación.
Darren sonrió con una mezcla de alivio y diversión.
—Parece que sí.
Pero eso no significa que no te valore, Lyra.
Eres muy importante para mí, y tu crecimiento como maga y como persona es algo que me enorgullece enormemente.
Lyra asintió, una pequeña sonrisa volviendo a sus labios.
—Lo entiendo, Magistrado.
Pero eso no significa que me rinda.
Solo significa que tendré que esforzarme más para demostrarle que también puedo ser una esposa digna.
Y que mi afecto por usted es tan fuerte como el de ellas.
Darren solo pudo negar con la cabeza, una sonrisa suave en su rostro.
La tenacidad de Lyra era admirable, y sabía que no sería fácil disuadirla.
Todo parecía que el viaje sería calmado, sin embargo, la paz fue efímera.
Apenas habían recorrido unos kilómetros cuando una sombra colosal cubrió el cielo.
El aire se volvió denso, cargado de electricidad.
Un rugido primario, que hizo temblar el alma, resonó en el valle.
Era un colosal dragón, una manifestación divina de las tormentas desatadas en todo su esplendor.
Darren sintió cómo un dolor agudo le atravesaba el pecho mientras aquella criatura majestuosa descendía lentamente desde las nubes, dirigiéndose directamente hacia ellos.
En un instante, aterrizó frente al grupo, sus enormes ojos irradiando una siniestra luminiscencia que parecía absorber toda esperanza.
Habían caído en su trampa.
La tormenta arreció con furia, cercándolos por completo.
Ahora, se enfrentaban a una antigua deidad cuya ira parecía no tener fin ni misericordia.
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