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La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 16

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16: Capítulo 16: Antiguos enemigos 16: Capítulo 16: Antiguos enemigos El colosal dragón, impone una gran presencia.

Sus escamas relucían como el acero bajo los constantes relámpagos, exhaló y un vapor se dejaba ver.

Sus ojos, eran como luces de neón, los cuales se fijaron en Darren con una intensidad que trascendía lo físico.

No miraba al hombre, sino a lo que latía dentro de su ser y se había vinculado a su corazón.

—Esencia…

antigua…

—La voz del Dios de las Tormentas no era un sonido, sino una vibración que resonaba directamente en los huesos de los presentes.

Sus fauces se abrieron, revelando hileras de dientes como estalactitas de obsidiana—.

Reconozco esa energía.

La Lanza Divina de Wiraqucha…

Darren sintió un escalofrío.

La lanza que había destruido durante la batalla con Alem.

Sin embargo, el dragón parecía percibir el núcleo.

Y Darren, aún no dominaba ese poder.

¿Cómo le haría frente al monstruo que tenía enfrente?

—¿Cómo es posible?

—rugió la deidad, y el cielo respondió con un trueno que asustó a las chicas—.

Sentí cuando fue destruida.

Sentí su fin.

Pero tú…

tú hueles a ella.

¡Aún existe!

¡Y no permitiré que esa aberración vuelva a este mundo!

Amelia, desde la mente de Darren, gritó con una urgencia que él nunca había escuchado: —¡Darren, cuidado!

No es solo un dragón, es la manifestación del odio hacia los antiguos dioses.

Él sabe que la esencia de la lanza se ha fusionado contigo.

¡Quiere arrancártela del alma!

El dragón no esperó.

Su implacable ira se desbordó en un imbatible e impredecible ataque del movimiento de sus alas, desatando un vendaval de aire que amenazaba con mandar a volar la casa rodante.

Reaccionó por su instinto sobreprotector, levantó un muro de tierra frente a ellos.

Las ráfagas de viento chocaron contra la barrera con la fuerza de proyectiles de artillería, haciendo que trozos de tierra salieran disparados, golpeando el vehículo.

Darren descendió del vehículo con firmeza y lanzó una orden clara: todos debían quedarse dentro.

Mientras avanzaba, materializó una nueva arma, una imponente espada larga, pesada y robusta.

Su hoja, un acero compacto que parecía insignificante frente a la inmensidad de su enemigo, solo era una extensión de lo que realmente estaba por venir.

Los estudiantes observan con creciente asombro.

—¿Qué tipo de magia usaba Darren?

—Se preguntaban.

Aunque sabían que poseía la habilidad de conjurar sin pronunciar encantamientos, los sorprendió aún más que levantara un colosal muro de tierra.

Lyra lo recordó haciendo algo similar tiempo atrás, cerca del río.

Emery, al captar las palabras entre los estudiantes, se dio cuenta de que no podrían mantener oculta por mucho tiempo la verdadera naturaleza de Darren.

Él no solo era un humano excepcionalmente superior; junto a sus habilidades estaba la magia de creación, y además, poseía el poder de un arma divina.

Lyra no podía evitar preocuparse por Darren.

Mientras los demás descansaban tras los incidentes, él dedicaba su esfuerzo incansable a ayudar a los sobrevivientes.

Emery compartía el mismo pensamiento; ambos sabían que sus acciones lo ponían en una situación física y emocional demandante.

Entre tanto, Darren sentía el peso insoportable de ser el único escudo entre sus estudiantes y la amenaza que se cernía sobre ellos.

Sus decisiones marcaban la línea entre la vida y la muerte para todos.

Con el dragón a la vista, alzó su voz al cielo y clamó: —¡Wiraqucha!

Nunca he sido devoto ni de pedir favores a los dioses.

Pero poseo el poder de tu lanza y desconozco el modo de usarlo.

Si puedes brindarme incluso la más pequeña ayuda, estaré profundamente agradecido.

El aire vibró en respuesta a su osadía, como si el mundo estuviera a punto de quebrarse bajo el poder de las palabras divinas: —¡Ven y enfrenta tu destino!

—rugió el imponente dios del trueno.

Emery tomó la firme decisión de abrirse y hablar con ellos.

Con rapidez y determinación, explicó que Darren no pertenece a ese mundo.

—Fue invocado mediante un ritual destinado a llamar a un familiar, pero, en lugar de ello, apareció él.

Todo queda claro cuando Emery continúa: las herramientas que ellos utilizan, las armas, este vehículo y muchas otras cosas provienen de un tipo especial de magia.

Una magia que hasta ahora, solo Darren y otra persona han logrado dominar.

La revelación trae consigo más comprensión; después de dialogar con Darren y escuchar sobre Amelia, Lyra ahora tiene una perspectiva más amplia sobre su historia.

Alec rompe el silencio con decisión.

Aunque no sabe bien cómo proceder, está claro que deben apoyarlo.

Su exclamación resuena entre ellos, y las miradas coinciden en un rotundo gesto de aprobación.

Mientras el Dios de las Tormentas se preparaba para su siguiente embate, una voz, que no era la de Amelia, resonó en la mente de Darren.

Era una voz antigua, profunda como la tierra misma y vasta como el cielo, que parecía susurrar desde el mismo núcleo de su ser: —Mortal…

has invocado mi nombre.

El poder que buscas no está fuera de ti, sino en tu interior.

La Lanza de Wiraqucha ya no es más un objeto, el poder que contenía, ahora es tu voluntad.

Fúndete con ella y ordenale a que ceda ante ti.

—¿Eres real?

—Dante estaba sorprendido.

Aunque le pidió ayuda, no esperaba que realmente le contactara.

En su mundo, cuando piden algo a su dios, nunca hay respuesta.

Pero creíamos en una existencia superior, ya que en ocasiones, se cumplía lo que se pedía.

—Dime por favor, ¿cómo lo hago?

—Ya lo hiciste una vez.

Podrás hacerlo de nuevo —dijo Wiraqucha, y desapareció su presencia.

Darren ya no lo sentía.

Darren enfocándose a recordar como lo hizo aquella vez, evocó el momento en que se enfrentó a Alem, aquella emoción avasallante que lo inundaba al presenciar semejante poder.

Más tarde, volvió a experimentar algo similar al erigir el muro sobre el cauce del río y, luego, al levantar otra barrera para resguardarse del feroz ataque del dragón.

El Dios de las Tormentas se irguió sobre sus patas traseras, desatando un rayo tan colosal que desgarraba la tierra a su paso.

El rayo llegó hasta Darren, quien invocó una barrera mágica.

El rayo impactó con gran potencia, al punto de destruir su barrera.

Entonces invoco una tras otra.

Tratando de que el rayo no avanzara más.

Amelia, Emery y Lyra estaban ahí.

Podían morir, desaparecer, o volver a quedarse en soledad.

—¡No!

En ese preciso instante, Darren sintió cómo un calor incandescente emergía desde su pecho, donde el fragmento de la lanza se había alojado profundamente.

No era dolor lo que lo invadía, sino una sensación creciente y avasalladora, una mezcla poderosa entre su propia esencia y la chispa de una divinidad oculta.

Sus músculos se tensaron como cables de acero, sus sentidos se afinaron hasta el límite de lo imaginable.

El rayo cegador destrozó el último escudo, impactando de lleno.

El tiempo pareció detenerse, mostrándole con cruel detalle cada partícula flotante en el aire, cada leve vibración del suelo y la despiadada intención del dragón que lo quería muerto.

Con un movimiento instintivo, Darren atrapó el rayo con sus manos.

La agonía era indescriptible, mucho más intensa que cualquier otra descarga de energía experimentada antes.

Esta era devastadora, una fuerza incontrolable que le arrancaba cada gramo de vigor.

Amelia, Emery e incluso Lyra, se cruzaron por su mente, y pese a la tormenta que embestía su cuerpo, pensó en ella.

—Amelia, tienes que irte.

Debes escapar ahora mismo.

—Sintió su propia resistencia desmoronarse con cada segundo que pasaba.

—Si algo me sucede…

Al menos tú seguirás adelante.

En algún momento alguien podrá devolverte a este mundo.

Pero ella no permitiría que él decidiera su destino.

Su voz irrumpió en sus pensamientos, fuerte y cargada de una desesperación irrefutable: —¡Claro que no!

¡Eso jamás!

Nunca te abandonaré.

Sé cuánto has sufrido, conozco el dolor que escondes tras esos silencios, la herida que dejó la mujer que amabas al alejarse de ti.

Siempre te sacrificas por los que amas, pero no me apartes como hiciste con ella.

Déjame quedarme contigo.

Déjame amarte y estar aquí para siempre.

Aquellas palabras se incrustaron en él como una verdad ineludible, cortando más hondo que cualquier arma podría hacerlo.

—¡Ella lo sabe!

—pensó con asombro y desesperación mezclados en su mente.

Pero el dragón no concedió tregua: el rayo incrementó su intensidad con una fuerza que parecía infinita.

El resto del grupo descendió del vehículo en un intento desesperado de socorrerlo.

Sus ojos se abrieron con horror al descubrir a Darren enfrentando solo al monstruo, reteniendo una descarga de poder tan desmesurada que parecía imposible seguir de pie.

A cada rugido del rayo contra su cuerpo, Darren se desintegraba poco a poco, consumido por la magnitud de aquella energía.

Emery y Lyra gritaban su nombre con frenesí, pero sus voces quedaban ahogadas por el estruendo implacable del rayo.

Darren no podía oír nada; el rayo ya lo estaba rompiendo.

Su cuerpo comenzaba a sucumbir: sangre manaba deslizando desde sus oídos, su nariz y sus ojos como evidencia de una lucha más allá del límite humano.

Amelia lo miró con determinación y no vaciló un segundo.

—¡No te atrevas a rendirte!

—Su voz ahora era puro fuego y resolución.

—Deja de evadirlo y despierta ahora mismo.

El poder para vencer a este dragón siempre estuvo dentro de ti.

Lo único que tienes que hacer es enfocarlo.

¡Concentra tu voluntad!

Darren cerró los ojos por una fracción de segundo, ignorando el rugido del dragón y la interminable descarga que le producía el rayo.

En el centro de su ser, visualizó un punto de luz blanca, pura y abrasadora.

Era el núcleo de la lanza de Wiraqucha, un fragmento de divinidad que se negaba a apagarse.

—¡Despierta!

—gritó Amelia.

Un destello de luz dorada brotó de su cuerpo, desvaneciendo el rayo lanzado por el dragón.

Era la misma energía que había percibido al enfrentarse a Alem.

La espada que sostenía comenzó a temblar, mientras su superficie metálica se envolvía en un resplandor que evocaba el fulgor solar de la lanza original.

No se trataba de la lanza en sí, sino de la esencia que ahora impregna tanto su arma como cada fibra de su ser.

Con ese poder, redirigió el rayo, devolviéndolo hacia el dragón.

El dragón retrocedió, ante el inesperado contraataque.

—¡El poder de la lanza!

—bramo el dragón.

—¡Así es!

Ahora mira —desafió Darren.

Todos observaban con asombro el desarrollo de aquel evento extraordinario.

Lo que sucedía allí no podía considerarse magia común.

Emery y Lyra se sintieron aliviados al confirmar que todo estaba bien, pero la incertidumbre envolvía al grupo: ¿qué era lo que realmente ocurría?

¿Quién era Darren en verdad?

¿Cómo podía poseer semejante poder?

—Es el poder del dedo de Dios, la legendaria lanza de Wiraqucha.

—Emery rompió el silencio.

¿La lanza de Wiraqucha?

No tengo idea de qué se trata.

—Lyra lo miró intrigada, la sorpresa grabada en su rostro —Hace unos días, durante una misión en el ducado de Valerius, el príncipe Alem robó esa misma lanza con la intención de utilizarla contra el reino.

Fue entonces cuando Darren intervino y logró enfrentarlo…

Aunque para detenerlo tuvo que destruir la lanza —continuó Emery mientras las miradas se centraban en él.

Sus palabras captaban la atención de todos.

—Al fragmentarse, los restos de la lanza se incrustaron en el cuerpo del príncipe Alem como una maldición, mientras que su núcleo terminó incrustándose en Darren.

De repente, la figura de Darren cobró protagonismo mientras se lanzaba al ataque.

La velocidad que desplegaba parecía sobrenatural; sus movimientos eran tan rápidos que apenas tocaban el suelo.

Con destreza inimaginable, zigzagueaba entre los rayos que el dragón desataba en un intento desesperado por detenerlo.

En un salto excepcional, Darren ascendió hacia los cielos, y cuando el dragón intentó atraparlo con sus gigantescas garras, él esquivó el ataque haciendo gala de una pirueta impecable.

Aprovechando ese instante, incrustó su espada en el brazo del gigantesco adversario y utilizando su dominio acrobático, logró impulsarse hacia una altura mayor.

—Para vencer al príncipe Alem, Darren extrajo los fragmentos de la lanza que residían en su cuerpo y los absorbió.

De esta forma, la divinidad en el cuerpo del príncipe Alem desapareció y volvió a ser un mortal, permitiendo a Darren para derrotarlo por completo, concluyó Emery mientras los demás asimilaban la historia.

—¡Eres un simple insecto insignificante!— rugió el dragón, con una voz que resonó como mil tormentas.

La espada de Darren, envuelta en un resplandor de energía pura, se hundió profundamente en la titánica cabeza del dragón, atravesando la resistencia de sus legendarias escamas.

El impacto fue ensordecedor, semejante al eco de un martillo descendiendo sobre un yunque celestial.

La armadura natural de la bestia, temida por ser impenetrable, cedió ante la abrumadora fuerza canalizada por la lanza.

Un alarido desgarrador brotó de las fauces del dragón, lo bastante poderoso para rasgar incluso el tejido de las nubes que oscurecían el cielo y escucharse a través de los relámpagos que escuchaban incluso en la lejanía.

Con un golpe pesado que sacudió los cimientos de la tierra, el dragón se desplomó, vencido al fin.

Darren, agotado y herido, permitió que el poder que había invocado lo abandonara, regresando a su forma habitual.

Sus rodillas temblaron por el esfuerzo sobrehumano que había requerido aquella proeza monumental.

Cae al suelo sin ofrecer resistencia, dejando que su cuerpo se hunda en el lodo y el agua helada del charco donde permanece inmóvil.

Emery, Dante y el resto de los compañeros corrieron hacia él al darse cuenta del terrible estado en que se encontraba.

Lyra se abrió paso rápidamente entre ellos, invocando con urgencia sus habilidades curativas.

Tanto Emery como Amelia observaron la escena, conscientes de que sus propias capacidades no podían hacer nada por Darren en ese momento.

A pesar de su frustración e impotencia, aceptaron el papel crucial que Lyra debía desempeñar para salvarlo.

Un mayor número de estudiantes, igualmente adiestrados en magia sanadora, se unió para acelerar su proceso de curación.

Mientras Lyra trabajaba incansablemente para sanar a Darren, los demás estudiantes no pudieron contener su asombro y curiosidad.

Preguntas llenaron el aire: ¿Qué era aquel poder místico?

Cómo había logrado siquiera enfrentarse a un dragón, una proeza de por sí grandiosa y peligrosa.

Pero esto no había sido cualquier criatura; había derrotado a un dios dragón, un ser cuya existencia parecía destinada a ser insuperable.

—Darren, ¿puedes escucharme?

¿Estás bien?— preguntó Emery, con un tono cargado de preocupación y miedo reprimido.

No podía apartar de su mente la imagen reciente del rayo envolviendo a Darren.

En aquel instante, había creído perderlo para siempre.

Sin embargo, aquella angustia no era solo suya.

Amelia, quien compartía un lazo profundo con Darren y percibía cada retazo de su sufrimiento, había sentido también su desesperación ante una batalla que parecía insuperable.

Juntos, habían experimentado la intensidad del dolor y la incertidumbre, atadas por él como hojas atrapadas en la violencia de un mismo viento.

La calma había regresado.

Todos dirigían la mirada hacia Darren, mientras los sanadores se concentraban en su recuperación.

Incluso algunas risas surgían, liberando la tensión acumulada tras el horror de la reciente batalla.

Algunos observaban con asombro el cuerpo inerte del dragón.

Qué hazaña, murmuraban entre ellos.

El ambiente estaba cargado de admiración hacia su maestro, el hombre que se había alzado victorioso ante tan imponente criatura.

Pero la alegría no era completa; aún quedaba un poblado por ayudar a rescatar a sus sobrevivientes, antes de que su travesía llegará a su fin.

A pesar de ello, ningún desafío logró empañar el espíritu de celebración que se había apoderado de ellos.

Es por ello que, cuando la deidad, que había estado engañándolos todo ese tiempo, no estaba dispuesta a ceder tan fácilmente.

Al percatarse de que Darren estaba siendo sanado, lanzó un brutal coletazo que lo golpeó de lleno en la zona, enviándolo por los aires.

Darren voló varios metros, atravesando árboles como si fueran papel, hasta que su cuerpo chocó violentamente contra un resistente tronco que finalmente detuvo su trayectoria.

Algunos de los estudiantes que se habían concentrado en curarlo resultaron heridos por el impacto, entre ellos Lyra.

Un golpe de tal magnitud habría significado la muerte para cualquier hombre común, pero el extraordinario poder que todavía sostenía a través de la lanza permitió que su cuerpo resistiera aquel devastador ataque.

—¡Darren!

—grito incontrolablemente Emery y se lanzó en carrera hacia el.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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