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La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 17

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17: Capítulo 17: El verdadero poder de un dios 17: Capítulo 17: El verdadero poder de un dios Los estudiantes se quedaron paralizados al presenciar cómo el imponente dragón había vuelto a levantarse.

No podían evitar preguntarse cómo Darren había reunido el coraje para enfrentarlo directamente.

Plantarse frente a una criatura tan intimidante era un desafío en sí mismo.

Su mera presencia les infundía un miedo tan abrumador que apenas podían concentrarse, y mucho menos conjurar hechizos con precisión.

En ese tenso momento, Dante y Alec lograron tomar aire y actuar para devolver algo de compostura al grupo.

Dante reunió a los defensores y los organizó para levantar barreras protectoras, a pesar de que todos habían presenciado cómo las barreras de Darren habían sido destrozadas momentos antes.

Sabían que tendrían que aguantar tanto como les fuera humanamente posible.

Alec, por su parte, dirigió a los sanadores que aún estaban en pie para atender a los heridos.

Lyra, quien se encontraba entre los más afectados por la batalla, no dejaba de preguntar por Darren.

Sin embargo, nadie sabía con certeza cuál era su estado después de verlo ser brutalmente arrojado por el dragón.

Algunos habían alcanzado a vislumbrar cómo árboles caían en la distancia y habían escuchado los ecos resonantes del crujido de troncos al romperse, lo que reducía drásticamente sus esperanzas de que siguiera con vida.

El desgarrador grito de Emery rompió el silencio opresivo del bosque.

A diferencia de otros, ella no pudo quedarse inmóvil ante la incertidumbre.

Darren estaba tendido en el suelo, con la espalda apoyada contra el tronco del árbol.

Su cuerpo mostraba nuevas heridas abiertas de las que la sangre no dejaba de fluir.

Emery y Amelia se encontraban visiblemente angustiadas.

Aunque Amelia poseía conocimientos de magia curativa, no podía aplicarlos debido a la ausencia de un cuerpo físico.

Desesperada por encontrar una forma de salvar a Darren, intentaba comunicarse con Emery, pero esta no podía percibir nada de lo que Amelia trataba de transmitirle y eso la frustraba más.

Emery, al ver a Darren en ese estado y sin saber cómo ayudarlo, se acercó con pasos temblorosos.

Se arrodilló junto a él, inclinándose lo suficiente para depositar un beso suave pero lleno de angustia en sus labios.

—Lo siento…

No sé cómo ayudarte —susurró con la voz quebrada mientras lágrimas silenciosas surcaban sus mejillas.

Darren, aunque estaba consciente, se encontraba gravemente herido.

Con dificultad, la acercó hacia sí y depositó un leve beso en su frente.

Cada respiración le suponía un esfuerzo; sus costillas estaban fracturadas en varios puntos y una enorme astilla había perforado uno de sus pulmones.

Por dentro, el dolor era casi insoportable, una intensidad que también se extendía a su cabeza, donde sentía un constante martilleo como nunca antes.

A pesar de todo, su semblante permanecía sereno, como si nada estuviera ocurriendo.

Con un esfuerzo que desafiaba el sufrimiento que lo consumía, inclinó su frente hacia la de ella, acercándose lentamente.

—Lo sient… —intentó articular Darren con voz apenas audible antes de que el sufrimiento lo venciera.

Sin poder terminar la frase, finalmente cayó inconsciente.

—¡No!

¡Debes seguir luchando, Darren!

¡No te atrevas a dejarme!

—resonó una voz femenina.

Era un grito desesperado, como si surgiera desde lo más profundo de un alma rota.

Emery se sobresaltó de inmediato.

Aquella voz no la había percibido con sus oídos, sino en su mente.

Una sensación helada recorrió su espalda y el miedo se apoderó de ella.

El dragón, que hasta ese momento había ignorado a todos los estudiantes, fijó su mirada en Darren.

La criatura no estaba satisfecha con haberlo herido; parecía decidido a acabar con él por completo.

—¿Qué?

¿Quién eres?

¿De dónde viene esta voz?

—exclamó Emery al vacío, su voz cargada de una mezcla de confusión y terror.

Amelia, sorprendida al notar que Emery podía escucharla, reflexionó consigo misma.

—¿Quizá está oyendo a otra persona?

—Esa posibilidad le hizo preguntarse si había algo que no entendía del todo.

Mientras tanto, los estudiantes, paralizados por el miedo y la impresión hasta ese momento, comenzaron a reaccionar al ver al dragón avanzar hacia el cuerpo indefenso de Darren.

Conmovidos por la valentía del joven mago que les era casi un extraño, se armaron de valor.

Prepararon y lanzaron hechizos desesperados: cadenas de piedra brotaron desde el suelo intentando inmovilizar al dragón; lanzas de hielo y flechas de fuego cruzaron el aire buscando detener su avance.

Sin embargo, ninguno de sus hechizos logró ralentizar a la bestia.

Los proyectiles estallaban inútilmente contra sus escamas blindadas o se dispersaban sin causar daño significativo.

Hubo un instante de desconcierto entre todos los jóvenes magos; comenzaron a cuestionarse qué los hacía tan diferentes de Darren.

Recordaron cómo él fue capaz de plantar cara al monstruo con hechizos que parecían verdaderamente efectivos y escudos que resistían más tiempo.

Fue en ese momento cuando comprendieron quién era realmente Darren.

Hasta entonces, había sido solo un desconocido al que se habían visto obligados a aceptar como maestro.

Pero ahora lo miraban bajo una luz distinta: admiración y respeto se reflejaban en sus ojos.

Había sido más que un mentor; era un faro en medio del caos.

Al darse cuenta de que todos sus intentos por detenerlo habían sido en vano, Lyra salió corriendo hacia el bosque.

Había notado que, durante todo ese tiempo, Darren no había aparecido.

Eso solo podía significar dos cosas: estaba gravemente herido o…

peor.

Descartó rápidamente ese último pensamiento sacudiendo la cabeza.

Le habían informado que Emery había ido tras Darren, pero ella no tenía habilidades de magia curativa.

Mientras avanzaba a zancadas por el terreno desigual, Lyra no podía evitar fijarse en que el dragón, con sus descomunales proporciones, cubría distancias mucho mayores con cada paso.

No llegaría a tiempo.

Su desesperación crecía, pero algo inesperado captó su atención: en lo profundo de la oscura arboleda, breves destellos de luz verde parpadeaban entre las sombras.

Allí debía estar Darren.

No era la única que lo había advertido.

—Debes concentrarte.

La magia curativa requiere de toda tu atención —indicó Amelia, con una firmeza que trataba de disimular su propia preocupación—.

Además, este hechizo es más complejo de lo habitual para alguien que apenas está aprendiendo sobre magia curativa.

—Lo sé, lo intento —respondió Emery con un hilo de voz, sin dejar de mirar al herido frente a ella—.

Pero los movimientos del dragón me hacen perder la concentración.

Frente a ellas, los destellos verdes titilaban, intermitentes y fugaces, como pequeñas esperanzas que se negaban a apagarse.

Tras darse cuenta de que podían comunicarse, Amelia no perdió el tiempo y le enseñó rápidamente un hechizo de sanación a Emery.

Sin embargo, dado que las heridas de Darren eran mucho más profundas, se necesitaba un hechizo de mayor categoría que los básicos.

Emery poseía la capacidad mágica para ejecutarlo, pero carecía de los conocimientos esenciales para ese tipo de magia.

Aunque Darren le había mencionado alguna vez que Amelia lo entrenaba, Emery había supuesto que eso bastaba para que él manejara la magia con facilidad.

Ahora comprendía que simplemente escuchar cómo conjurar un hechizo no era suficiente.

Había que estudiar y practicar con dedicación.

—Qué ingenua fui…

Ahora veo lo muy diferente que eres —reflexionó, admitiendo su error.

Amelia, perceptiva como siempre, escuchó su comentario y respondió: —Tal vez pensabas que Darren tenía una ventaja mágica por mí ayuda.

Pero lo cierto es que su verdadera fortaleza radica en su habilidad innata para aprender con rapidez.

Es alguien excepcional, y eso merece ser valorado.

Emery, mientras trataba de mantener la concentración en el hechizo y, con la mirada fija en Darren, con un tono cargado de curiosidad, dijo: —Sé que sobra preguntarlo, pero…

estás enamorada de él, ¿verdad?

El destello vibrante de un verde intenso seguía iluminando sus manos mientras esperaba una respuesta.

Amelia no vaciló.

Con notable sinceridad, respondió: —Tal vez no te agrade escucharlo, pero sí…

me enamoré de él.

El hechizo parecía surtir efecto.

Las profundas heridas de Darren comenzaban a cerrarse poco a poco, aunque seguía teniendo una gran astilla incrustada en el cuerpo.

Emery sabía que tenía que retirarla para completar el proceso de sanación, pero hacerlo ponía en grave peligro la vida de Darren si no mantenía activa la magia curativa al mismo tiempo.

Mientras tanto, el resto del grupo seguía luchando por contener al dragón, aunque apenas lograban ralentizar su avance.

El gigantesco ser era imparable y parecía listo para lanzar un rayo directamente hacia ellos.

Justo cuando el ataque parecía inminente, algo desvió inesperadamente su trayectoria.

A los pies del dragón se encontraba un grupo de caballeros armados.

Estos habían logrado infligirle varios cortes en las patas delanteras, debilitándolo.

Entre ellos destacaba uno que, empuñando un enorme martillo, consiguió golpearlo con suficiente fuerza como para desestabilizarlo.

El impacto hizo que el dragón tambaleara hacia un lado, desviando el rayo destructivo.

De vuelta junto a Darren, Emery luchaba contra el agotamiento.

Intentaba extraer la astilla con una mano mientras utilizaba la otra para mantener activo el hechizo curativo.

La tarea era monumental; cada segundo se convertía en un acto de resistencia extrema.

Si dejaba de canalizar la magia aunque fuera por un instante, las chances de que Darren sobreviviera serían prácticamente nulas.

En ese instante, los cascos de un caballo rompieron el silencio, acercándose con rapidez.

Emery levantó la mirada, preguntándose quién podría ser.

¿Un aliado o un enemigo?

Sin embargo, ahora no había tiempo para dudas; tenía que actuar sin demora, aprovechando aquella oportunidad para salvar a Darren.

Para su alivio, el recién llegado resultó ser un caballero, acompañado por Lyra.

El hombre ayudó a la joven a descender del caballo, pero ella apenas tocó el suelo cuando se apresuró hacia Darren.

Emery no perdió tiempo en señalarle lo que debía hacer: retirar la astilla antes de que fuera demasiado tarde.

Ella mantendría el hechizo mientras tanto.

Darren gimió de dolor mientras Lyra extraía lentamente la astilla clavada en su cuerpo, hasta que finalmente salió.

Un torrente de sangre brotó de la herida, pero el hechizo de sanación que Amelia había enseñado a Emery surtió efecto casi de inmediato.

El flujo de sangre se detuvo y la carne se cerró con rapidez, aunque Darren dejó escapar un leve gemido por el intenso dolor que apenas había comenzado a menguar.

Con una mueca de esfuerzo, Darren logró incorporarse, su respiración pesada y entrecortada.

Un espeso hilo de sangre se deslizó por sus labios antes de que lo escupiera al suelo.

Dentro de él, sentía el poder del núcleo ardiendo en sus venas, como una llama abrasadora que lo llenaba de energía desbordante y peligrosa.

Era una sensación intoxicante, una falsa omnipotencia que amenazaba con devorarlo desde dentro si no lograba mantenerla bajo control.

Pero no todo era caos.

Darren podía percibir algo más: el núcleo reaccionaba.

Estaba vivo de alguna forma.

Vibraba con ferocidad ante la presencia del dragón, alimentando una ira palpitante como si deseara vengarse del daño infligido a su huésped, a su nuevo cuerpo.

Darren comprendió el mensaje.

Aquella criatura recibiría el doble del dolor que había causado.

—Gracias —murmuró con voz ronca, dirigiendo unas palabras cargadas de gratitud hacia Lyra y Emery.

Luego giró hacia Amelia, su mirada encendida con determinación—.

Es momento de acabar con esto.

¿Estás lista?

—Es extremadamente peligroso, Darren —replicó Amelia, su tono lleno de advertencia—.

Podrías perder tu alma en el proceso.

—No sucederá —aseguró él, con una confianza inquebrantable—.

Sé lo que estoy haciendo.

Y no es mi alma lo que ella quiere.

Acto seguido, sus ojos se fijaron en el caballero que había traído consigo a Lyra.

Le habló con gravedad y sinceridad, como si depositara un peso inmenso sobre los hombros del hombre.

—Te encargó su cuidado —dijo—.

Son mi mayor tesoro.

Darren volvió a emprender la carrera, pero esta vez lo hizo con una intensidad implacable, moviéndose a un ritmo frenético mientras conjuraba hechizos.

Desde el vacío surgieron docenas de espadas de luz que comenzaron a flotar a su alrededor.

Estas armas resplandecientes recordaban a las que había usado contra el primer dragón al que enfrentó, pero ahora poseían un poder mayor, infundidas con la energía del núcleo de la lanza.

Aquella lanza, que finalmente le había revelado su nombre, le otorgaba acceso a toda su fuerza.

—¡Hanan Pacha!

Diosa de las varas —gritó con determinación, y en respuesta, su cuerpo se envolvió nuevamente en un manto dorado que proclamaba el linaje divino de la lanza de Wiraqucha.

Mientras tanto, el dragón combatía ferozmente contra los estudiantes y caballeros, lanzando ataques implacables.

Pero su embestida se vio interrumpida cuando decenas de espadas doradas penetraron sus aparentemente impenetrables escamas.

Un rugido desgarrador resonó por los cielos al sentir el dolor perforante.

La furia del dios dragón se desató como un volcán en erupción.

Aquello solo podía significar una cosa: Darren estaba de vuelta, más fuerte que nunca.

Consciente de la amenaza latente, el dragón reunió cada gramo de su poder para un ataque final y devastador.

El ambiente se saturó con electricidad, erizando los cabellos de todos los presentes.

Aspiró profundamente mientras su gigantesco cuerpo comenzaba a brillar intensamente, irradiando una luz que alcanzaba kilómetros a la redonda.

Relámpagos serpentearon como heraldos a su alrededor mientras desplegaba sus enormes alas y ascendía al cielo.

En un acto portentoso, su garganta se encendió con un fulgor cegador y una esfera resplandeciente de energía se formó en su boca.

Darren observó aquello con una mezcla de asombro y resolución.

Lanzó más espadas hacia el dragón, pero sus intentos resultaron inútiles: la criatura no se inmutó.

No era para menos; después de todo, se trataba de un dios dragón.

—¡Desaparece, lacayo de los dioses!

—rugió la imponente bestia antes de liberar un torrente incandescente en un rayo cargado de relámpagos que descendieron como una tormenta furiosa.

Sin embargo, Darren no retrocedió.

Su mirada permaneció fija en el enemigo mientras extendía su mano al frente, formando otra enorme espada como la anterior.

—¡Illapa de Wiraqucha!

—exclamó con una voz que resonó como un trueno por la batalla desatada.

De la espada, imbuida por el poder de Hanan Pacha, se liberó un rayo que con la velocidad que viajaba, creó ondas de viento soplando a su alrededor.

Al chocar ambos ataques, crearon una explosión que iluminó todo el valle como si fuera mediodía.

Darren apretó los dientes, sintiendo cómo sus músculos se desgarraban bajo la presión, pero el núcleo le proporcionaba una resistencia infinita.

El cielo se había liberado de aquellas nubes tormentosas.

Y un cielo libre y despejado quedó en su lugar.

Cuando el fuego cesó, Darren aprovechó la apertura.

—¡Ahora!

Darren había invocado cientos de espadas de luz, que se lanzaron como flechas y penetraron las articulaciones del dragón, dejándolo momentaneamente inmovilizado.

En un instante, apareció frente al pecho de la criatura, justo donde latía su corazón.

Aquel momento fue decisivo.

Concentró todo el poder restante en la hoja ardiente de su espada.

Hanan Pacha parecía guiarlo desde dentro, transmitiéndole aunque realmente solo le diera forma y nombre a las técnicas que emergían de su determinación.

—Por todos aquellos que han sufrido bajo tu yugo ¡T’urpuna de Wiraqucha!

—Darren alzó su voz con firmeza y declaró el fin de su reinado cruel.

Con un grito cargado de justicia y fuerza, desató el poder a través de su espada y liberó un descomunal pilar de luz que partió al dragón en dos, alcanzando las alturas hasta perderse en el cielo.

El Dios de las Tormentas exhaló su último suspiro; luego, su cuerpo dejó de relucir, y un insoportable aroma a carne quemada inundó los alrededores.

El guerrero, agotado, cayó de rodillas.

La espada que sostenía regresó a su forma original, aunque la hoja permanecía incandescente, marcada por el calor extremo que había soportado al canalizar tan inmensa energía.

Pero quedando completamente dañada.

Un silencio absoluto siguió a la devastadora conclusión, quebrado únicamente por el sonido irregular de su respiración jadeante.

El núcleo en su pecho finalmente volvió a la calma y entró en reposo, pero Darren entendía que algo había cambiado para siempre.

Ya no era solo un extraño en este mundo; llevaba consigo una herencia divina cuyo verdadero alcance apenas comenzaba a vislumbrar.

En ese momento, Emery y Lyra, acompañadas por el caballero que había luchado a su lado, corrieron hacia él.

En sus rostros se mezclaban el alivio y una reverencia silenciosa.

La batalla había llegado a su fin, pero las cicatrices grabadas en la tierra y en el espíritu de Darren serían un eterno recordatorio de que las fuerzas antiguas nunca descansan.

La derrota del dragón no era más que el preludio del renacimiento de una guerra mayor que se avecinaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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