La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 19
- Inicio
- La Lagrima Carmesí: Renacimiento
- Capítulo 19 - 19 Capítulo 19 Jugando a Frankenstein
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
19: Capítulo 19: Jugando a Frankenstein 19: Capítulo 19: Jugando a Frankenstein El camino de regreso a la Academia de Magia Nostromus fue un contraste sombrío con la urgencia de su partida.
Las personas observaban nuevamente con fascinación cómo la gran figura rodante avanzaba por el camino, mientras se dirigían hacia su destino.
Cuando llegaron, Darren aparcó en la cochera.
Todos bajaron y comenzaron a descargar las pertenencias, coordinados por Dante y Emery, quienes les indicaron dónde colocar cada cosa.
Alimentos, herramientas, utensilios: todo bien organizado.
Lyra, sentía un poco de celos hacia Emery.
Quien convive a diario con Darren e incluso vivía con él.
Como forma de agradecimiento y para marcar la ocasión, Darren anunció que celebrarían ese día en su hogar.
Al entrar a la casa, la impresión fue inmediata; los invitados quedaron maravillados por los lujos y las excentricidades que adornaban cada rincón.
Darren los guió hasta la terraza, donde la sorpresa no tardó en aparecer.
Lo que creían ser una fuente se les explicó que se trataba de una alberca y que se usaba para nadar, refrescarse y disfrutar de momentos agradables.
Cuando vieron el asador, simplemente se preguntaron por qué la estufa estaba en el techo al exterior.
Darren les explicó que se le conoce como asador y se utiliza para preparar alimentos a las brasas, de forma recreativa y en compañía de familia y amigos.
Lo que realmente les llamó la atención, fue su sistema de audio tan avanzado, que era más que claro que estaba fuera de lugar en ese momento.
Sin embargo, tal equipamiento era para Darren imprescindible, un símbolo de respeto personal para cualquier hombre digno de su mundo.
Luego, les mostró su área de juegos, que después de aprenderlos, disfrutaron de la variedad de juegos.
Fascinados por cada detalle, los visitantes exploraban con incredulidad las maravillas tecnológicas y culturales que a diferencia de las suyas, era una gran experiencia.
Darren experimentó un extraño alivio al compartir todo lo que había traído de su mundo natal.
Más allá de los objetos tangibles, podría ahora hablar con ellos sobre las particularidades de su mundo de origen, lo que lo hacía emocionarse.
En honor a la celebración, Darren había traído consigo un enorme trozo de pierna de waka, un animal muy parecido a las reses en ese mundo.
Curiosamente, aunque las wakas también producían leche, a la que llamaban meluk, esta no era consumida por ellos.
El anfitrión comenzó a preparar el festín: cortó la carne en distintos filetes, nuevamente sorprendiendo con su destreza y atención al detalle.
Acompañó las piezas con una mezcla aromática de especias, salsas y marinados.
La verdadera razón para celebrar aquel día no era solo el banquete o los lujos; habían sobrevivido al encuentro con el dragón, salvado tantas vidas como pudieron y emergido más fuertes y unidos que nunca.
Aquel festejo se prolongó hasta altas horas, por lo que todos aceptaron quedarse a dormir allí.
Darren permaneció un tiempo más, enfrentándose en soledad a sus propios demonios.
Aunque el impulso de beber algo con alcohol cruzó por su mente, no cedió a la tentación.
Había dado su palabra a sus hijos, y aunque las circunstancias fueran adversas, seguía comprometido con esa promesa.
Frente al espejo, mientras su reflejo lo observaba con ojos cargados de memorias, fragmentos de su pasado cobraban vida en su mente.
—Te libero de toda carga.
Deseo que alcances la felicidad, sin importar dónde estés o hacia dónde te dirijas.
Siempre guardaré un rincón en mi corazón para ti.
Por otro lado, Amelia no ocultaba sus emociones.
—Soy la única que realmente sabe lo que sucedió —murmuró con un dejo de melancolía.
—Y me sigo preguntando: ¿cuando amas de verdad a alguien, puedes perdonarle todo?
Incluso… ¿una traición?
El peso de la pregunta quedó flotando en el aire, mientras Darren respiraba hondo antes de responder.
—Amelia, el corazón se puede romper, la confianza se pierde para siempre, y la herida que deja eso te acompañará por el resto de tu vida.
Pero el amor… —hizo una pausa, enfrentando la intensidad de su mirada hacia sí mismo, —el amor hacia esa persona nunca se desvanece.
Darren sabía que sus palabras lastimaban a Amelia, pero también confiaba en que ella ya lo sabía todo sobre él.
No había secretos ni pretensiones entre ambos; solo quedaba esa desgarradora sinceridad.
—Siempre la amaré— confesó con voz cargada de emoción.
A pesar del dolor que le generaba saber que ocupaba un segundo plano en ese corazón, había algo en esa entrega incondicional de Darren que la conmovía profundamente.
Admiraba a un hombre capaz de amar más allá de lo quebrado, más allá de promesas incumplidas.
Ese mismo amor le daba fuerzas para enfrentar todo, mientras él continuaba protegiendo y amando a su esposa aun cuando eso implica sacrificar su propia felicidad.
Amelia sabía que podía contar con él siempre, aun en medio de aquel complicado entramado de sentimientos.
A la mañana siguiente, todos estaban listos para volver a la rutina de la academia.
Pero lo que si, es que extrañaran las ventajas que tuvieron en ese tiempo.
Aunque Darren les prometió que pronto las implementaría para que más personas puedan disfrutar de tales ventajas.
Antes de irse, delegó en Dante la tarea de reclamar las recompensas en el gremio, mientras él y Emery se dirigían directamente a la academia.
El grupo avanzó junto, llamando la atención de los transeúntes, poco acostumbrados a ver tantos estudiantes de la academia transitando por las calles.
Emery y Lyra caminaron a ambos lados de Darren, sus pensamientos divagando.
Preguntandose, qué pasará cuando Amelia pueda andar junto a él.
—Obviamente, estaré a tu lado —le respondió.
Al llegar a los imponentes muros de la academia, una sensación de alivio, mezclada con una profunda melancolía, los envolvió.
La familiaridad de los pasillos y el aroma a pergamino ofrecían un consuelo tenue después de la desolación del exterior.
Darren, acompañado por Lyra, dejaron a Emery en su aula de clases.
La despedida dejó un aire melancólico en Emery: sabía que no lo vería nuevamente hasta el receso para el almuerzo.
Una vez a solas, Lyra rompió el silencio que hasta entonces los había envuelto.
Su tono, aunque sereno, dejaba entrever cierta expectación.
—Magistrado Darren —comenzó, mirándolo a los ojos—, me prometiste una cita.
¿Cuándo será?
Darren la miró, una sonrisa cansada pero genuina asomando en sus labios.
La petición de Lyra, tan sencilla y directa, era ya una realidad, un recordatorio de que la vida continuaba más allá de todo.
Sin embargo, su mente ya estaba en otro lugar, en un proyecto que había estado gestándose desde hacía tiempo, una idea audaz que ahora sentía la urgencia de llevar a cabo.
—Lyra, por supuesto que sí —respondió, tomando suavemente una de sus manos—.
Pero te pido una semana.
En siete días, te prometo la cita más memorable que puedas tener.
Lyra frunció el ceño, una pizca de decepción en su expresión, pero la seriedad en la mirada de Darren le indicó que había algo más rondando en su cabeza.
—¿Una semana?
¿Por qué tanto tiempo?
—preguntó, aunque su tono era más de curiosidad que de reproche.
Darren suspiró, su mirada se perdió en la distancia, como si ya estuviera visualizando lo que estaba por venir.
—Hay algo que debo hacer, tengo que cumplir otra promesa.
—¿De qué se trata?
—preguntó Lyra, incapaz de contener su intriga.
Darren se volvió hacia ella, una chispa de determinación encendiéndose en sus ojos.
—Prometí brindarle un cuerpo real a Amelia.
El anuncio fue recibido con un silencio cargado de incredulidad.
Lyra tuvo que parpadear varias veces mientras intentaba asimilar las palabras.
No solo revelaban la llegada de una nueva rival, sino que se trataba precisamente de aquella persona de quien había oído hablar antes, la primera que consiguió despertar en ella algo más que admiración.
—Amelia —logró decir Lyra al fin, su voz calmada y melódica, aunque teñida de una tristeza que no pudo ocultar.
La magnitud del proyecto era descomunal.
Crear un cuerpo desde cero y darle vida…
un esfuerzo que superaba los límites de cualquier hechicería conocida en aquel mundo.
Pero para Darren, no era imposible; su mirada reflejaba una implacable determinación, la misma fuerza que lo llevó a enfrentarse al dragón y dominar el poder de Hanan Pacha.
La semana de espera que podrían haber dedicado a la cita acordada ahora tenía un propósito mucho más trascendental.
Tanto Lyra como Amelia estaban pendientes, expectantes ante la posibilidad de presenciar el resultado del ambicioso desafío.
La mañana transcurrió sin sobresaltos.
Sin embargo, algo cambió durante el almuerzo.
Lyra acompañaba a Darren, cuando pasó por Emery.
Esta sorpresa le alteró los ánimos, ya que ahora ella también quería pasar tiempo con él y aprovechar ese receso.
Aunque esa fue una sorpresa menor.
Cuando salieron de la academia en dirección a casa de Darren, les estaban esperando los demás estudiantes que les habían acompañado en el viaje.
Lo cual desbarató los planes silenciosos de Emery, que esperaba disfrutar en solitario ese momento con Darren.
Darren disfrutó de buenos momentos junto a todos ellos, incluidos los momentos en que habían regresado a clases.
Al final del día, acompañó a Lyra hasta su cuarto, para luego volver por Emery y regresar juntos a casa.
Aquella situación le resultaba profundamente peculiar.
Permitirse sentir amor por más de una chica era algo completamente nuevo y extraño para él.
Una vez en casa y tras cenar, Darren se apresuró a acondicionar una habitación en el sótano para trabajar en su complejo objetivo: crear un cuerpo para Amelia.
Emery decidió quedarse con él, intrigada y dispuesta a observar cada paso del proceso.
Amelia, por su parte, no podía ocultar su emoción.
Después de tantos años de espera, por fin veía que algo cambiaba.
Darren se había comprometido no solo a darle un cuerpo, sino a completar el proyecto en un plazo de siete días.
Los primeros intentos fueron rudimentarios pero significativos.
Darren comenzó creando huesos desde cero, concentrándose en su estructura, composición química y distribución interna.
Aunque los primeros modelos fueron desastrosos, logró perfeccionar la técnica con cada intento.
El segundo día transcurrió de manera similar al primero.
Darren acompañó a Emery a la academia, se encontró después con Lyra y finalmente retomaron juntos el rumbo hacia una posada para almorzar, donde Dante se unió al grupo.
Aquella tarde, Lyra los acompañó a la casa de Darren por curiosidad.
Durante el receso, Emery le había contado sobre las pruebas que este estaba realizando y despertó su interés.
Esa noche, tras disfrutar de una deliciosa cena, todos bajaron al sótano.
Ahora Dante también sentía curiosidad y quería presenciar el desarrollo del cuerpo para la enigmática Amelia.
Darren comenzó con una representación básica y luego avanzó hacia modelos de órganos que respondieran a estímulos eléctricos.
Aunque sufría numerosos fracasos durante los ensayos, cada paso representaba un avance significativo.
Sin embargo, algo aún no encajaba, algo faltaba para dar con el resultado ideal.
Se detuvo un momento a reflexionar, observando los restos de su último modelo mientras la frustración se asomaba en sus pensamientos.
¿Qué es lo que estaba fallando?
Se enfrentaba al desafío no con desesperación, sino con la determinación de encontrar, finalmente, la respuesta correcta.
Finalmente había llegado el momento de descansar.
Darren llevó a Lyra hasta su dormitorio y, tras asegurarse de que todo estaba en orden, regresó.
Emery ya lo esperaba, lista para entregarse al sueño reparador.
Aquella noche, entre las sombras y el silencio, Darren y Amelia compartieron una conversación sobre la maravillosa complejidad de la anatomía.
Amelia repasaba cada fragmento del conocimiento almacenado en su mente, conectando ideas y conceptos.
Darren, con su vastísima biblioteca mental, podía ahondar en cada tema con una profundidad que impresionaría a cualquiera; si lo deseara, podría llenar volúmenes con todo aquello que sabía.
Así, entre reflexiones y palabras intercambiadas, dejaron que el cansancio los guiará suavemente hacia el mundo de los sueños.
Con cada amanecer, Darren continuaba entregándose a su labor con dedicación inquebrantable.
Estudiaba minuciosamente cada detalle: cada órgano, cada sistema, cada hueso; exploraba cada capa de piel con la precisión de un maestro en su arte.
Y así transcurrieron siete días.
Cuando llegó el día señalado, el ambiente estaba cargado de expectación.
Un grupo de testigos se reunió para presenciar aquello que las leyes de la magia jamás podrían haber anticipado.
Estaban allí Emery, Dante, Lyra y los inseparables estudiantes de Darren, que desde su viaje juntos, ya no quieren separarse.
Pero también se encontraba una figura imponente: el propio director de la academia.
Intrigado tras escuchar rumores sobre esta hazaña en una conversación casual dentro de la institución entre Emery y Lyra, había insistido en estar presente para atestiguar lo imposible.
No se trataba únicamente de un acto mágico extraordinario; aquella jornada sería el renacimiento de una hechicera legendaria.
Y quien tenía la inmensa responsabilidad de traerla de vuelta no era menos singular: Darren.
Había dispuesto hasta el último detalle.
Había diseñado un atuendo magnífico que ella podría vestir para su regreso triunfal, un gesto cargado de simbolismo y dedicación.
Emery y Lyra sabían exactamente cuál sería su papel: llegado el momento preciso, la envolverán delicadamente en una cálida manta y la ayudarian a vestir.
Si en dado caso, no pudiera sostenerse, Darren estaba listo para apoyarla.
Amelia estaba sumida en un torbellino emocional.
La ansiedad se entrelazaba con la ilusión, llenándola al mismo tiempo de inquietud y esperanza.
Una emoción inconmensurable florecía en su interior.
Por su parte, Darren respiró hondo, preparándose para aquello que estaba a punto de iniciar.
Notaba las miradas sobre él, la atención expectante de todos los presentes que no apartaban los ojos de su figura.
Pero sobre todo, era consciente del anhelo ferviente de Amelia y del peso que eso suponía.
En su mente solo había un pensamiento claro: no podía permitirse fallar, bajo ninguna circunstancia.
El sótano estaba sumido en un silencio sepulcral, roto únicamente por el zumbido eléctrico de los círculos de mágicos que Darren había trazado con una precisión casi perfecta.
En el centro de la estancia, sobre un altar de piedra blanca.
Al comenzar, todo se oscureció, solo iluminado por los círculos mágicos.
Sobre aquella piedra blanca, comenzó a crearse una estructura que desafiaba las leyes de la naturaleza: un entramado de fibras musculares sintéticas, redes neuronales tejidas con fibras que asemejan a un tejido real y una arquitectura ósea reforzada con calcio purificado mediante la alquimia mágica que estuvo practicando.
Darren se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano, sus ojos inyectados en sangre.
Un efecto secundario al realizar aquella creacion.
No era solo magia; era una amalgama caótica de biología molecular y hechicería antigua.
Había pasado estos días calculando la densidad de cada célula y la conductividad del alma, utilizando sus conocimientos en ciencias de su mundo para llenar los vacíos que la magia de este mundo no podía cubrir.
—Amelia…
—susurró, sintiendo la preocupación vibrar en los confines de su mente—.
No te desanimes.
Lo lograré.
Cueste lo que cueste.
Finalmente, el cuerpo fue tomando forma y sellando cada capa.
Dándole forma poco a poco a ese cuerpo.
Darren tenía grabada la figura de Amelia.
Cada vez que la había visitado en aquel espacio dentro de su propia mente.
Al intentar transmitir su alma, el cuerpo reaccionó.
—Es demasiado, Darren —la voz de Amelia sonó débil, como un eco lejano—.
Mi esencia es demasiado vasta para este cuerpo de carne.
El cuerpo se está desintegrando antes de que pueda ocuparlo.
Amelia tenía razón.
Las células, creadas mediante magia comenzaron a necrosarse.
La ciencia de Darren podía diseñar el cuerpo completamente, pero la magia de este mundo no tenía el poder suficiente para mantener encendida la chispa de una vida inmortal.
El cuerpo de Amelia, hermoso y pálido, empezaba a volverse negro, señal de que la materia estaba rechazando la esencia espiritual.
—¡No voy a perderte!
—rugió.
Darren apretó los dientes.
No permitiría que ella se desvaneciera.
Cerró los ojos y buscó en lo más profundo de su ser, allí donde el núcleo de la lanza de Wiraqucha latía al unísono con su propio corazón.
Sintió el calor abrasador de la divinidad, una energía que no pertenecía a los mortales.
Era el momento de recurrir a lo prohibido, a lo supremo.
—¡Hanan Pacha!
—clamó Darren, y su voz resonó con una autoridad que hizo temblar los cimientos de la casa de Darren—.
¡Gran Diosa, préstame tu poder!
¡Necesito darle vida a este recipiente!
Un torrente de luz dorada estalló desde su pecho y cubrió su cuerpo.
Darren brilló con una intensidad cegadora, proyectando sombras alargadas contra las paredes.
Darren extendió sus manos sobre el cuerpo inerte y comenzó a canalizar la energía pura que posee gracias al núcleo de la lanza de Wiraqucha.
No era una simple transferencia; estaba unificando cada átomo de ese nuevo cuerpo, utilizando la energía divina como el catalizador para regenerar el cuerpo necrosado.
Todos miraban expectantes.
Preocupados por la cantidad de energía que emanaba del cuerpo de Darren.
Emery y Lyra, miraban preocupadas aquella situación.
Querían decirle que se detuviera, pero sabían que sería en vano.
El ya había tomado su decisión.
El dolor fue insoportable.
Darren había comenzado a transferir su sangre al nuevo cuerpo, sintiendo debilidad por ello, pero aun así, no cayó.
Con ello, la energía divina corría ahora por las venas y arterias de ese cuerpo.
La piel recuperó su vida y calidez, sus mejillas se tiñeron de un suave rubor y su pecho comenzó a elevarse en un ritmo lento y vital.
—¡Ahora!
—gritó Darren, infundiendo el alma de Amelia.
Un pulso de luz expansiva barrió la habitación, silenciando los círculos mágicos.
Por un momento, todo quedó en penumbra.
Entonces, un suspiro.
Amelia abrió los ojos.
Eran unos ojos negros vivos, profundos y llenos de una humanidad recuperada.
Ella parpadeó, confundida por la sensación del aire en sus pulmones y el peso de sus propios miembros.
Intentó incorporarse, pero sus fuerzas fallaron.
Darren fue más rápido.
La tomó en sus brazos antes de que pudiera caer, sintiendo por primera vez el calor real de su piel, el aroma a sándalo y vida que emanaba de ella.
Amelia lo miró, y en ese intercambio de miradas, milenios de soledad y meses de lucha compartida se fundieron en un solo instante.
—Darren…
—murmuró ella, su voz ahora una melodía física que vibraba contra el pecho del joven—.
Lo lograste.
Estoy…
aquí.
—Siempre estuviste aquí —respondió él, con la voz quebrada por la emoción—.
Pero ahora puedo sostenerte.
Sin necesidad de más palabras, Darren acortó la distancia entre ambos.
Fue un beso tierno, cargado de una gratitud infinita y una promesa sellada con el poder de los dioses y la voluntad de un hombre.
En ese abrazo eterno, la historia de la gran bruja solitaria terminaba, y comenzaba la leyenda de los dos seres que habían desafiado al destino para estar juntos.
Esa escena, que para ambos era un instante significativo, terminó siendo la ruptura de dos corazones.
Frente a ese beso cargado de pasión, un beso que ninguna de ellas había experimentado antes.
Aunque sabían que también eran queridas, les resultaba imposible ignorar la conexión que los unía profundamente.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com