La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 20
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20: Capítulo 20: Promesas 20: Capítulo 20: Promesas El silencio en el sótano de la residencia de Darren era casi absoluto, roto únicamente por el eco del suspiro de Amelia y el latido acelerado de los corazones presentes.
Darren, aún sosteniendo a Amelia en sus brazos, sentía la calidez real de su piel, una sensación que hasta hace unos momentos solo existía en los confines de su mente.
De una vida que, por milenios, había sido etérea.
Las luces se encendieron, lastimando los ojos recién nacidos del cuerpo de Amelia.
—Bienvenida, Amelia —susurró Darren, su voz impregnada de un alivio profundo.
Mientras acercaba su rostro al de ella.
Amelia parpadeó, sus ojos, ahora de un negro profundo y vivaz, explorando el entorno con una curiosidad que trascendía la mera observación.
Sus dedos se movieron con una delicadeza asombrosa, como si cada articulación fuera un descubrimiento..
Emery y Lyra se acercaron con cautela, llevando consigo la manta y las ropas que habían preparado.
Aunque sus corazones aún dolían por el beso que acababan de presenciar, su lealtad y cariño por Darren y la ahora tangible Amelia se impusieron.
—Es…
es increíble —logró decir Emery, extendiendo la manta para cubrir los hombros de la bruja—.
Verdaderamente lo hiciste, Darren.
Lyra ayudó a Amelia a sentarse en el borde del altar de piedra, ofreciéndole un poco de agua.
La bruja bebió con avidez, experimentando por primera vez en milenios la simple pero profunda sensación de la sed.
A su alrededor, Dante y los demás estudiantes observaban con una mezcla de reverencia y asombro.
El director de la academia, que se había mantenido en las sombras, dio un paso al frente, ajustándose las gafas con una mano temblorosa.
—He presenciado milagros en mi vida, joven Darren —comenzó el director, su voz resonando con una autoridad teñida de humildad—, pero esto…
esto redefine los límites de lo que llamamos magia.
Has traído de vuelta a una leyenda utilizando métodos que mi entendimiento apenas alcanza a vislumbrar.
Amelia, ya más recuperada y vestida con la ayuda de las chicas, se puso de pie.
Sus piernas flaquearon por un instante, pero Darren estuvo allí para sostenerla, su brazo rodeando su cintura con firmeza.
Ella le dedicó una sonrisa radiante, una que no necesitaba de palabras para expresar su gratitud eterna.
Poco a poco, el grupo se trasladó a la planta superior, donde la calidez del hogar de Darren ofrecía un ambiente más relajado.
Amelia se acoplaba con una rapidez asombrosa; su intelecto milenario procesaba las sensaciones físicas y las interacciones sociales con una agudeza envidiable.
Se sentó junto a la chimenea, observando las llamas con una fascinación que conmovía a todos.
En un momento de calma, mientras todos compartían una cena ligera preparada por Darren para celebrar el éxito, el ambiente se volvió solemne.
Darren se levantó de su asiento, captando la atención de todos.
Miró a Amelia, luego a Emery y a Lyra, y finalmente se dirigió al centro de la sala.
—Hay algo que he querido hacer desde que supe que este día llegaría —dijo Darren, su voz firme pero cargada de emoción.
Se volvió hacia Amelia y, ante la mirada atónita de todos, se arrodilló sobre una pierna—.
Amelia, has sido mi faro en la oscuridad, mi magistrada en el arte de la magia y mi compañera en la soledad de mi espíritu.
Me has otorgado el poder para proteger a quienes amo y la sabiduría para comprender este mundo.
Ahora que poseéis un cuerpo, anhelo que tengáis también un lugar a mi lado, por siempre jamás.
Darren extrajo una pequeña caja de madera tallada en roble, revelando un anillo de oro blanco con un diamante negro que brillaba como los ojos de Amelia.
—Amelia Velora Ich Hesse, ¿te casarías conmigo?
—preguntó, su mirada fija en la de ella, un universo de promesas en sus ojos.
Un murmullo de asombro recorrió la sala.
Amelia se llevó las manos a la boca, sus ojos humedeciéndose.
Emery y Lyra intercambiaron una mirada de sorpresa y una aceptación agridulce; sabían que este momento era inevitable, pero no por ello menos impactante.
Amelia asintió con vehemencia, incapaz de articular palabra, mientras Darren deslizaba el anillo en su dedo.
El aplauso de Dante, Alec, Liam, Marcus, Elara, Samantha, los demás estudiantes, y el mismo director brindaron, celebrando la unión de dos almas que habían desafiado las barreras del tiempo y la existencia.
Emery se acercó con Lyra justo detrás, felicitando tanto a Darren como a Amelia.
Amelia, quien ya las conocía, les devolvió el saludo con calidez.
—Finalmente, nos conocemos —comentó mientras esbozaba una sonrisa elegante.
—Así es.
Gracias por ayudarme cuando no sabía cómo curar a Darren —respondió Emery.
—Al contrario, princesa Emery.
La agradecida soy yo, ya que ayudaste a salvar la vida del hombre que amo —expresó Amelia.
Hizo una breve pausa, sacudiendo la cabeza antes de corregirse.
—Perdón, al hombre que amamos.
—Sí, esa es la verdad —coincidió Emery con una sonrisa.
Lyra, al notar la sinceridad en el ambiente, decidió intervenir.
—También tengo que agradecer tu apoyo —añadió Amelia, mirando a Lyra directamente.
—Fuiste clave al salvar a Darren junto al río, cuando ya no le quedaba energía.
—Lo hice porque… porque también estoy enamorada de él, y también quiero ser su esposa —declaró Lyra con determinación.
Ante aquella inesperada confesión, las tres mujeres rompieron en una carcajada compartida, dejando salir la complicidad del momento.
Mientras tanto, a la distancia, Darren las observaba en silencio, dándoles el espacio que sentía necesitaban para hablar.
El director, aprovechando el momento de júbilo, se aclaró la garganta y se dirigió a Amelia.
—Lady Amelia —dijo con respeto—, vuestra sabiduría es legendaria, y lo que he visto hoy confirma que vuestro conocimiento supera con creces el de cualquier magistrado actual.
Como el magistrado principal, August Hertz.
Me gustaría ofreceros formalmente una posición en la Academia Nostromus.
Sería un honor que aceptarais dar clases como magistrada, compartiendo vuestra perspectiva única con las nuevas generaciones.
Amelia miró a Darren, quien asintió con orgullo, y luego al director.
—Acepto con gusto —respondió ella, su voz ahora firme y melódica—.
Hay mucho que este mundo ha olvidado, y será un placer ayudar a recordarlo.
Además, será una excelente oportunidad para convivir con mi futuro esposo.
La noche transcurrió entre risas y planes para el futuro, adecuándose Amelia a moverse como cualquier persona.
Además, conocía perfectamente las costumbres de esta época con una elegancia natural.
Sin embargo, Darren no olvidaba sus otras promesas.
Al final de la velada, cuando los invitados comenzaban a retirarse, les ofreció que podían quedarse a dormir en sus habitaciones.
Darren se acercó a Lyra, quien observaba las estrellas desde el balcón.
—Lyra —susurró él, colocándose a su lado.
—Fue una noche hermosa, Darren —respondió ella, con una sonrisa triste pero sincera—.
Amelia se merece toda la felicidad del mundo.
—Y tú también, Lyra —dijo Darren, tomando su mano—.
Mañana es nuestro día.
He preparado todo para nuestra cita.
Quiero que sepas que, aunque mi corazón es grande, hay un lugar muy especial en él que solo tú ocupas.
Lyra se apoyó en su costado, sintiendo el calor de su cuerpo.
La promesa de la cita al día siguiente era un bálsamo para su alma, un recordatorio de que en el complejo tapiz de afectos de Darren, ella no era menos importante.
Para garantizar que todas descansaran cómodamente, Darren permitió que Emery y Amelia durmieran juntas en la cama mientras él se acomodaba en el sofá de la misma habitación.
Por otro lado, Lyra compartiría el cuarto con Maya y Clara, sus amigas más cercanas.
Los demás también se organizaron siguiendo un arreglo similar.
Más adelante decidirían cómo distribuirían las habitaciones de forma definitiva.
Sin embargo, Emery insistió en continuar durmiendo con él, lo que llevó a Darren a intervenir y aplazar esa conversación para otro momento.
A la mañana siguiente, el sol se alzó con la promesa de una nueva vida.
Darren se vistió con esmero, preparándose para cumplir con su palabra con Lyra.
Como ese día, no tendrán clases en la academia.
Sería un momento perfecto, mientras Amelia disfrutaría su primer día.
Una vez que todos estuvieron despiertos, comenzaron a bajar al comedor para desayunar.
Conversaban animadamente sobre las comodidades que experimentaban al hospedarse en casa de Darren.
Incluso el director parecía asombrado, y todos lo observaban con curiosidad, entendiendo de inmediato su entusiasmo.
El director narró con fascinación su experiencia utilizando los interruptores de luz, el grifo, el cepillo dental, el baño y la ducha.
Mencionó incluso la sensación de secarse con una toalla increíblemente suave, impregnada de un delicado aroma floral.
Las prendas que llevaba habían sido creadas por Darren, al igual que las de los demás.
Le parecía admirable que Darren se hubiera anticipado a sus necesidades y dejado instrucciones claras sobre cómo usar todo.
Les preguntó a los estudiantes si ya estaban habituados a estos hábitos, y estos confirmaron lo maravilloso que era el mundo del que provenía Darren, sorprendiendo al director que ellos comprenden su procedencia.
Las chicas tardaron un poco más en bajar, luciendo los elegantes atuendos creados exclusivamente para ellas por Darren.
Sin embargo, sus prendas no lograban igualar la exquisitez de las que llevaban Emery y Amelia.
Ese día, Lyra también vestía un conjunto especial, diseñado con un estilo único y diferente, acorde a su personalidad pero igualmente sofisticado.
Los chicos quedaron cautivados al verlas descender, deslumbrados por su apariencia.
Algunos empezaban a desear cruzar los límites de la amistad.
Incluso el director no escatimó en halagos hacia las jóvenes, comparando su belleza con la de una rosa que florece cuando está lista para ser admirada.
Cuando Darren terminó de preparar el desayuno, dispuso cuidadosamente una variedad de platillos sobre la mesa: una variedad con huevos —en salsa verde, roja, con chorizo—, sándwiches, chilaquiles y molletes.
Para acompañar, ofreció jugos de frutas cítricas locales, su versión del café y una selecta variedad de tés.
Aunque dejó que cada uno se sirviera libremente, Darren personalmente preparó los platos para Emery, Amelia y Lyra.
Al hacerlo, logró sacar sonrisas genuinas de las tres, quienes se sintieron especiales y valoradas con ese pequeño detalle.
Recordó cómo ese gesto nunca había parecido importante para Mónica; sin embargo, estas chicas siempre se mostraban sorprendidas y emocionadas cada vez que él cocinaba —lo cual ocurría siempre— y disfrutaban ser atendidas por él.
Tras finalizar el desayuno, el director se preparó para marcharse, pero antes decidió conversar con Darren acerca de lo que había vivido en su hogar.
Le comentó que aquello podría implementarse tanto en la academia como entre los habitantes de la región.
Además, le propuso la posibilidad de presentar su casa como un modelo a seguir y organizar algunos eventos sociales allí.
Darren, dispuesto a contribuir a un mundo mejor para todos, aceptó con entusiasmo.
Luego de esta decisión, el director partió satisfecho.
Antes de su cita con Lyra, Darren tuvo una conversación con Amelia y Emery.
Les preguntó si estaban dispuestas a aceptar a Lyra en sus vidas.
Ambas coincidieron en que ella se había ganado su lugar.
Reconocieron que era de gran apoyo y que, al igual que ellas, compartía un afecto genuino por él.
En ese momento, Darren entendió que contaba con su permiso para seguir adelante.
Tras despedirse de los demás invitados, partió junto a Lyra.
El viaje lo realizaron en un sedán de lujo, recién creado para la ocasión.
Darren, con un gesto caballeroso, le abrió la puerta y la ayudó a acomodarse en el interior.
Se dirigieron a una ciudad cercana, famosa por su variedad de atracciones interesantes.
Durante el trayecto, Lyra admiraba el paisaje con una expresión serena mientras conversaban de manera animada.
Darren, curioso y atento, le hacía preguntas sobre sus gustos, pasatiempos y metas para el futuro.
Al principio, Lyra titubeó un poco al responder, ya que desde pequeña su familia le había inculcado la idea de convertirse en la esposa ideal que cualquier hombre desearía tener.
Sin embargo, Darren la animó a expresar lo que realmente anhelaba ser y hacer.
Fue entonces cuando Lyra confesó que, aunque sabe de costura y tejido, no las disfruta en realidad.
En cambio, le apasionan los bailes y los vestidos elegantes.
Admitió que antes no era muy aficionada a las comidas, pero desde que había probado los platos que Darren preparaba, se habían convertido en una delicia para ella.
También compartió su mayor sueño: casarse con alguien que la ame profundamente y que pueda brindarle protección.
Al hablar de su meta personal, se tomó el tiempo para explicarla con claridad, revelando que su mayor deseo era hacer feliz a esa persona especial, acompañarlo y amarlo incondicionalmente toda la vida.
Le comento que pronto llegaría el día de su fiesta de presentación, al cumplir los doce años, se realiza una ceremonia hecha tanto para chicos como chicas.
En donde se revelaban sus compromisos oficiales.
Fue entonces que Darren descubrió la posición privilegiada de Lyra en la sociedad.
—¿De qué familia provienes?
—preguntó Darren con curiosidad.
—Mi padre es el Conde Robin Gottschalk —respondió con orgullo—.
Vivimos en el condado de Ahrshire.
—Dime, ¿ya tienes un prometido?
—insistió él.
Lyra desvió la mirada por unos instantes.
Darren continuó con determinación—.
Si es así, tendremos que romper ese compromiso y anunciar el nuestro.
La seguridad en las palabras de Darren la dejó sorprendida, pero también hubo algo en su tono que avivó ilusiones apagadas.
La felicidad volvió a iluminar su rostro, reflejada en la sonrisa que siempre lograba cautivar el corazón de Darren.
La conversación se tornó en un ambiente más relajado y fluido.
Lyra parecía más cómoda, dispuesta a compartir más detalles sobre sí misma.
Comenzó a hablar de sus actividades cotidianas y las charlas ligeras que solía tener con sus amigas.
Para Darren, estos relatos tenían un aire familiar, que lo llevaron a recordar los momentos vividos con sus propias hijas, quienes eran casi de la misma edad de Lyra.
Esta fugaz asociación lo devolvió bruscamente al plano de su realidad, enfrentándolo al conflicto interno que llevaba consigo: ¿cómo podía permitirse estar junto a alguien tan joven?
Pero al observar su reflejo en el retrovisor, se encontró con la imagen del joven que solía ser a los diecisiete o dieciocho años.
No pudo evitar preguntarse qué pensarían sus hijos al verlo rejuvenecido de esa manera.
Después de casi dos horas de camino, por fin llegaron a la ciudad de nombre Valle Encino que estaba en el condado Ahrshire.
Sus calles empedradas comenzando a llenarse con el bullicio de los mercaderes que instalaban sus puestos en la plaza del mercado.
Carretas tiradas por bueyes transportaban mercancías frescas desde los campos circundantes, mientras el aroma a pan recién horneado y especias exóticas flotaba en el aire.
Los artesanos abrian sus talleres, el tintineo de los martillos sobre el metal y el zumbido de los telares marcando el ritmo de la jornada.
En el centro, la imponente catedral gótica se alzaba, sus vidrieras reflejando la luz matutina en un caleidoscopio de colores.
Niños correteaban por los callejones, sus risas mezclándose con el pregón de los vendedores ambulantes y el murmullo de las conversaciones.
Lyra reconoció aquel lugar de inmediato.
Era la ciudad donde vivía su familia.
No se había percatado de a dónde se dirigian, dado que se distrajo durante la conversación.
Darren le aseguró que, si algo llegaba a suceder, él asumiría toda la responsabilidad.
Además, aprovechó para sugerir que podrían intentar hablar con su padre si fuera necesario.
A lo que ella muestra una sonrisa.
La congestión de las estrechas calles hacía imposible avanzar en coche, por lo que Darren decidió estacionarse fuera de los imponentes muros de la ciudad.
Los guardias, al ver el elegante y enigmático carruaje, que curiosamente no era tirado por caballos, se mostraron intrigados.
Darren explicó que provenían del pueblo de Wupper y que estaban allí por un “paseo de cortejo”.
Sin mayores complicaciones, los guardias les permitieron el acceso a través de las majestuosas puertas, algo que sorprendió a Lyra: no solo no fue reconocida, sino que bastó con pagar una simple cuota para entrar fácilmente.
Dentro de la ciudad, Darren la llevó al mercado, donde le ofreció obsequiarle cualquier cosa que deseara.
Sin embargo, Lyra rechazó las ofertas con una justificación inesperada: la comida local no le parecía tan deliciosa como aquella que él cocinaba, ni siquiera los postres lograban captar su atención.
En cambio, prefería degustar algo preparado por Darren mismo.
Al pasar junto a los puestos de joyería, algunas piezas llamaron la atención de Lyra, aunque ella no mostró deseos de aceptarlas.
Aun así, Darren las compró antes de que pudiera negarse por completo.
—Es un simple gesto.
Sé que debes tener mejores piezas.
Tiene algo más vistoso… —Lyra lo detuvo, tomándolo del brazo.
—No necesito nada de eso, ya que usted crea objetos más llamativos.
Como las sortijas de la princesa Emery y de lady Amelia —dijo Lyra.
—Es por ello, que cuando sea el momento, quisiera recibir uno de igual manera.
Mientras tanto, en la residencia de Darren en Wupper se presentó un visitante inesperado.
Dante, quien se encontraba solo en la casa, fue quien lo recibió.
Como si el momento no fuera ya extraño, el recién llegado se mostró perplejo preguntando cómo supieron de su llegada y cómo las puertas de la casa se abrieron sin intervención humana.
Dante, sin poder revelar el cómo, respondió que no lo sabía.
—Son obras de mi señor —respondió.
Comprendió entonces la razón tras la visita: alguien había enviado a ese mensajero con una carta que procedía nada menos que del propio rey.
Aunque Dante aseguró que él mismo se encargaría de entregar la carta, el mensajero insistió en que no podía retirarse sin llevar una respuesta, ya que esas eran las órdenes que había recibido.
Cuando preguntó por la princesa Emery, le respondió que había salido, pero nadie sabía con certeza a dónde.
Eso sí, estaba acompañada por una escolta competente.
Mientras tanto, Emery viajaba en un todoterreno acompañada por Amelia, quien iba al volante.
No estaban solas; también las acompañaban Clara y Maya, las amigas de Lyra.
Todas compartían el mismo propósito: satisfacer su curiosidad acerca de cómo se desarrollaría la cita entre Darren y Lyra.
La idea de seguirlos surgió después de que Emery mencionara que se sentía aburrida.
Clara y Maya, quienes se habían quedado más tiempo del previsto, se sumaron al plan.
Por su parte, Amelia no pudo resistir la tentación de descubrir qué ocurriría en esa cita, especialmente ahora que ya no residía en la mente de Darren y no tenía manera de estar al tanto de todo lo que hacía.
Al compartir Amelia los conocimientos almacenados en la mente de Darren, adquirió el mismo nivel de entendimiento que él.
Antes de salir, sin embargo, no olvidaron asegurarse de que Dante guardara silencio sobre el destino que tomaron; lo dejaron bien advertido para que no revelara nada.
Las jóvenes llegaron finalmente a Valle Encino y estacionaron el todoterreno en un lugar discreto donde no llamara la atención.
Decidieron continuar el trayecto caminando, pasando desapercibidas entre los transeúntes.
Durante el recorrido, se toparon con algunos hombres que, al notar que estaban solas, se acercaron bajo el pretexto de ofrecerles protección, argumentando que su extraordinaria belleza las volvía vulnerables a asaltantes.
Las chicas rechazaron la oferta con firmeza, pero los hombres insistieron.
Ante su persistencia, ellas los enfrentaron y les exigieron que se alejaran, lo que enfureció a los sujetos.
Intentaron intimidarlas exhibiendo sus armas, pero Amelia reaccionó rápidamente y los neutralizó sin necesidad de recurrir a encantamientos para sus hechizos, algo que la diferenciaba de sus compañeras y la asemejaba a Darren.
Emery y las demás lamentaron no haber podido colaborar en esa situación, a lo cual Amelia les aseguró que todo se trata de práctica y dominio.
Ofreciéndoles entusiasmada su ayuda para perfeccionar sus habilidades.
Una vez en la ciudad, su atractivo natural les facilitó el acceso sin inconvenientes.
Exploraron el área de mercaderes, pero no lograron encontrarlos.
Visitaron varias posadas para seguir investigando, pero nuevamente sin éxito.
Fue entonces cuando Amelia tuvo una idea repentina que Emery notó de inmediato.
Ambas decidieron dirigirse a la zona roja de la ciudad, aunque al llegar allí sintieron una mezcla de alivio y culpa al confirmar que ellos no estaban en ese lugar.
En otro extremo de la ciudad se encontraban Darren y Lyra, quienes se habían cruzado con un grupo de caballeros que claramente los buscaban.
Según parecía, los guardias de la entrada, tras notar algo inusual al verlos llegar en el auto, informaron a la guardia real del conde.
Aunque Lyra se presentó ante ellos, le informaron que ya estaban al tanto de su compañía con el enigmático hombre.
Los guardias intentaron separar a Darren de Lyra e incluso someterlo por la fuerza, pero no lograron doblegarlo.
Finalmente, optaron por llevarlos sin resistencia al castillo bajo términos más pacíficos.
Ahora ambos aguardaban en uno de los salones del conde.
El anfitrión se presentó al poco tiempo como Conde Robin Gottschalk, el Conde de aquellas tierras, y no tardó en acusar a Darren de secuestro, además de atacar a sus soldados de la guardia real.
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