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La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 21

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21: Capítulo 21: La tercera 21: Capítulo 21: La tercera Cuando Lyra intentó intervenir para aclarar la situación, su padre la mandó a callar.

Fue entonces cuando Darren decidió tomar la palabra.

—Conde Robin, no deseo causar problemas…

—comenzó a decir Darren, pero el conde lo interrumpió con desdén.

—No me importa lo que tengas que decir.

Serás arrestado y ejecutado sin más…

Lyra palideció al escuchar las palabras severas de su padre.

Darren, ahora visiblemente irritado, alzó la voz con autoridad.

—¡Conde!

—proclamó con firmeza—.

Será mejor que no tome esa actitud.

Antes de prejuzgar, escuche lo que tengo que decir.

El conde intentó hablar nuevamente, pero Darren le hizo un gesto para que guardara silencio.

—Soy magistrado en la academia Nostromus —afirmó Darren con aplomo—.

Mi nombre es Sir Darren.

Caballero al servicio directo de su alteza, la princesa Celery Emery Galerian Von Waltzovia, y además…

su prometido.

El rostro del conde perdió todo color.

El impacto de aquella revelación era claro: no sólo sus hombres habían atacado a un aliado de rango superior, sino que estuvieron a punto de matarlo.

Si Darren no hubiera sido más diestro, las cosas habrían terminado en un desastre mayor.

—Es cierto, padre —intervino Lyra con una mezcla de reproche y urgencia—.

Intentamos decírtelo antes…

La figura autoritaria del viejo conde se desplomó en una silla cercana, sintiendo que había cometido un error de proporciones desastrosas.

Ahora temía las posibles consecuencias que este mayúsculo desliz podría traer consigo.

Darren avanzó hacia él con paso firme, sin aminorar su intensidad.

—Conde Robin, su único agravio es que sus guardias me encontraran acompañando a su hija.

Si he entendido bien, ¿eso es lo que tanto le molesta?

El conde asintió débilmente, incapaz de sostenerle la mirada al caballero cuya posición lo colocaba insoslayablemente por encima en jerarquía.

Lyra observó a Darren con preocupación e imploró entre lágrimas: —Mi señor Darren, le ruego que no tome represalias contra mi padre.

Por favor… Antes de que pudiera continuar, él alzó una mano suavemente para interrumpirla.

Su semblante se suavizó y su tono se tornó cálido y comprensivo.

Se acercó a ella y tomó su mano.

—Lyra…

¿me recuerdas el motivo por el cual vinimos juntos a esta ciudad?

Confundida al comienzo, Lyra quedó paralizada por un momento hasta que entendió la intención detrás de las palabras de Darren.

Sus mejillas cobraron un matiz rosado mientras apartaba la mirada.

—Vinimos… vinimos a una cita —admitió en voz baja y con notable vergüenza.

El conde dirigió una ajustada mirada hacia Darren, completamente desconcertado por esa inesperada respuesta.

La tensión pendía en el aire mientras intentaba asimilar aquella inesperada revelación.

El conde, desde su asiento en la gran sala, observaba a Darren con ojos llenos de escrutinio.

Frente a él, el joven se mantenía firme, sin titubear en ningún momento.

Con un movimiento elegante pero decidido, Darren alzó la mano y señaló hacia Lyra, quien obedeció al gesto, levantándose de su asiento, se acercó a su lado con timidez y tomó su mano.

—Señor Conde Robin Gottschalk, padre de Lady Lyra —pronunció Darren con voz clara y solemne—.

Le solicito la mano de su hija en matrimonio.

El aire pareció espesar en la habitación.

El conde clavó su mirada en Darren, sorprendido por la solicitud tan directa.

Una parte de él sentía alivio, pues aquello podría ahorrarle conflictos futuros, pero no podía evitar desconfiar.

¿Era esto una estratagema?

¿Podría este joven estar mintiendo?

Y sin embargo, si sus intenciones eran genuinas, la cuestión era aún más dolorosa: ¿Qué hacer?

Lyra ya había sido prometida a otro.

Fue entonces cuando el sonido seco de un golpeteo interrumpió sus cavilaciones.

Alguien llamó a la puerta.

Darren, manteniendo la compostura, asintió al conde para que atendiera.

Entonces entró el mayordomo.

Quien le dio un mensaje que dejó a todos conteniendo el aliento.

—Milord —anunció el mayordomo con voz precisa—, la princesa Celery Emery Galerian Von Waltzovia solicita audiencia.

Viene acompañada de sus doncellas.

El rostro de Darren se descompuso por completo; el pálido color de su piel delató su turbación inmediata.

El conde notó aquella reacción: lo interpretó como una señal inequívoca de culpa o mentira resbalando entre las palabras del joven caballero.

Ocultando su creciente suspicacia tras una sonrisa irónica que prometía más de lo que mostraba, ordenó con un gesto que hicieran pasar a las nuevas visitantes.

—Me parece que ahora confirmaremos si dices la verdad —declaró el conde con voz cargada de intención.

Sin embargo, aquellas palabras apenas alteraron a Darren.

Su verdadera inquietud residía en otra cosa: la inesperada presencia de Emery y sus doncellas.

Especialmente una de ellas.

Amelia.

Aunque reconocía a esta última, las demás permanecían como un misterio para él.

Con los brazos cruzados y una expresión severa solo rota por leves destellos de ansiedad, esperó pacientemente junto a Lyra, quien notó su incomodidad mientras intentaba en vano calmar sus propios temores.

El aire estaba denso, cargado de una tensión que ambos compartían pero no discutían.

La espera duró apenas unos momentos.

Un segundo golpeteo en la puerta anunció la llegada esperada, y esta vez fue el conde quien se mostró lleno de expectativa, convencido de la inminente victoria personal en el desenlace de aquel acto.

La puerta se abrió finalmente para dar paso a Emery.

Su presencia inundó la sala como una ráfaga de viento fresco y glacial al mismo tiempo.

Tras ella desfilaron tres jóvenes mujeres más: Amelia, Clara y Maya.

La elegancia imponente que precedía a la princesa pareció cambiar la atmósfera por completo.

Sin perder un ápice de altivez, ella avanzó con pasos seguros y determinados hasta detenerse ante ellos.

—Milady Celery —saludó el conde, inclinándose en reverencia pronunciada—.

Una sorpresa verdaderamente grata recibirla aquí.

La princesa apenas le concedió un breve asentimiento antes de seguir avanzando hacia donde se encontraba Darren.

Con un tono cargado de firmeza y afecto ensayado, rompió el silencio de manera inequívoca.

—Mi amado prometido —dijo Emery mientras lo miraba directamente—, ¿se encuentra bien?

Las palabras resonaron en la sala como un eco afilado y certero.

Para Lyra fueron un disparo directo al corazón, un dolor agudo que le hizo desviar la mirada hacia el suelo para ocultar sus emociones desbordantes.

Pero para Darren significaron una tabla salvadora en medio de las aguas turbulentas que enfrentaba.

Y lo más importante: aquellas palabras resultaron ser lo único necesario para que el conde frenara cualquier intento de arremeter contra el joven caballero.

Una vez más, el conde sentía que jamás debió involucrarse con él.

Sin embargo, pensó que tal vez aún podría encontrar una forma de tomar ventaja en esta situación.

Quizás la princesa había acudido a verlo porque ya estaba al tanto de su infidelidad.

Podría intentar acusarlo frente a ella, aunque para hacerlo tendría que mostrarse dispuesto a proteger a su hija.

Tal vez podría presentarla como una víctima de las mentiras de ese hombre.

—Milady…

¡Su prometido!

—exclamó el conde con una mezcla de urgencia y pretensión—.

Él ha solicitado la mano de mi hija en matrimonio, pero ella no es más que una víctima de sus artimañas… Emery mantuvo la mirada fija en el conde, mostrándose serena y sin rastro de sorpresa.

Era evidente que estaba perfectamente enterada de los motivos por los cuales Darren había acudido allí.

También sabía lo que había sucedido entre Darren y Lyra, pues había escuchado rumores de unos guardias que hablaban sobre la captura de ambos.

Fue esa información la que los condujo directamente al palacio del conde.

—Conde Robin, estoy plenamente consciente de las intenciones de mi prometido hacia su hija —declaró Emery, su tono firme y cortante—.

Antes de cualquier cosa, él se tomó la molestia de solicitar mi permiso, no solo como su primera prometida, sino también con su segunda prometida.

La revelación dejó al conde completamente atónito.

No solo descubría que aquel joven no era exclusivamente el prometido de Emery, sino que también tenía una segunda prometida antes que su hija.

Lyra, la hija que tanto amaba, no sería ni siquiera la primera, sino la tercera esposa.

Sin embargo, ese escándalo inicial pronto se disipó cuando comprendió algo crucial: si aquel hombre realmente iba a convertirse en el próximo rey, entonces aceptarlo como esposo para su hija podía resultar ser un golpe maestro en términos de alianzas y poder.

—Entiendo.

Entonces, si tanto tú como tu padre están al tanto de la situación, no tengo nada más que añadir.

Sin embargo —el conde aún consideraba necesario discutir acerca del compromiso reciente de Lyra.

—Simplemente, Lyra está prometida actualmente con Sir Dante Rothschild, hijo del barón Konrad Rothschild.

Esa noticia cayó como un balde de agua fría.

Darren no pudo evitar sentirse culpable al darse cuenta de que, sin saberlo, había robado la prometida de Dante.

Aún más desconcertante era el hecho de que Dante nunca le mencionó nada al respecto.

Además, recordaba claramente cómo Lyra había demostrado tanto afecto hacia él en todo momento.

Tendría que hablar con Dante cuanto antes para aclarar la situación.

—Padre, mi corazón está con Darren.

Me salvó la vida en dos ocasiones, y no solo eso, también es un héroe reconocido.

Ha derrotado a dos dragones… —Lyra intentaba convencer a su padre, dando razones para que aceptara su decisión.

El conde, claramente desconcertado, volvió su mirada hacia Emery buscando alguna confirmación, y esta asintió en silencio.

—Conde Robin, entiendo que pueda ser difícil aceptar que el señor Darren es alguien extraordinario.

Pero lo que Lyra dice es cierto.

Incluso el duque Eldrich puede testificar sobre sus hazañas —afirmó Emery con firmeza.

—Conde Robin—intervino Darren —el joven Dante es mi escudero.

Yo mismo hablaré con él y aclararé cualquier confusión que haya surgido.

El asombro cruzó el rostro del conde al escucharlo decir aquello.

Pero, ante la insistencia y la fuerza de los argumentos presentados, no tuvo más opción que aceptar.

—Muy bien, partiremos de aquí.

Espero que no guarde ningún resentimiento, porque pronto seremos familia —expresó Darren con serenidad mientras extendía la mano hacia el conde.

—Por supuesto que no.

Lamento los malentendidos que hayan ocurrido.

Me encargaré personalmente de que todos estén al tanto de este compromiso entre ustedes —respondió el conde finalmente.

—En ese caso—añadió Darren—¿podría llamar a su familia?

Me gustaría formalizar nuestro compromiso frente a todos ustedes.

Así fue como el conde ordenó traer a su esposa y a su hijo.

Cuando estos entraron en la sala, no pudieron ocultar su sorpresa al ver a Emery también presente.

Además, los barones fueron invitados para ser testigos.

Aunque se tomaron más tiempo en llegar al lugar.

Mientras esperaban, Darren pidió amablemente acceso a la cocina.

Allí preparó algunos postres y luego se encargó de dar instrucciones específicas para que fueran servidos en la sala donde todos se encontraban reunidos.

Cuando los alimentos llegaron, era visible la desconfianza en los rostros de algunos presentes ante lo servido.

Sin embargo, tanto Lyra como Emery se adelantaron y degustaron los dulces sin un ápice de vacilación.

Al notar que ambas se encontraban bien, decidieron aventurarse y probarlo, llevándose la agradable sorpresa de que era, sin duda, lo mejor que habían degustado hasta entonces.

Apenas podían creer que había sido él quien había preparado aquel manjar.

Sin embargo, Emery y Lyra dieron testimonio de ello, confirmando con entusiasmo su autenticidad.

Mientras las dos compartían una animada conversación, Amelia se acercó a Darren y, al igual que Emery, lo llamó “amado prometido”, un gesto que no pasó inadvertido ante los atentos ojos del conde.

Intrigado por la misteriosa mujer, el conde hizo preguntas sobre ella.

Fue Emery quien intervino para aclarar.

—Ella es Lady Amelia, la segunda prometida de su señor Darren.

—La revelación dejó al conde completamente absorto, incapaz de apartar la mirada de su belleza cautivadora, aunque seguía sin comprender quién realmente era.

Poco después, los barones hicieron su entrada, Sir Walter Müller y Sir Hugo Wagner.

El sonido de pasos resonó en el pasillo, anunciando la llegada de los barones, Sir Walter Muller y Sir Hugo Wagner.

Sus figuras imponentes llenaron el umbral, sus rostros una mezcla de curiosidad y una cautela apenas disimulada.

El conde Robin, aún recuperándose del vórtice de revelaciones, los recibió con una formalidad tensa, sus ojos buscando en los recién llegados alguna señal que pudiera provocar algún altercado.

Las miradas de los barones se posaron en Darren, Emery y, sobre todo, en Lyra, intentando descifrar la complejidad de aquel llamado para ellos y de sus familias.

Darren, con una calma que ocultaba la turbulencia del caos interno, avanzó un paso.

Su voz, clara y resonante, se dirigió tanto a los barones, al conde y sus familias.

—Señores barones, conde Robin, y familiares —comenzó —he solicitado esta reunión para formalizar un compromiso que, espero, sea de agrado para todos y fortalezca los lazos entre nuestras casas.

Con un gesto deliberado, extrajo de su bolsillo una pequeña caja de madera de encino.

Al abrirla, la luz de las velas capturó el brillo de una piedra preciosa, de un amarillo ambar profundo y cautivador, idéntico al color de los ojos de Lyra.

—Esta sortija —continuó Darren, su mirada fija en Lyra, —creada en oro blanco con una gema de ámbar, simboliza la pureza y la profundidad de mi afecto por Lady Lyra.

Se arrodilló ante ella, un gesto que, aunque protocolario, estaba cargado de una sinceridad que sorprendió a muchos.

Lyra, con los ojos húmedos en lágrimas de felicidad, extendió una mano temblorosa.

Darren tomó su mano con firmeza y deslizó el anillo en su dedo.

Un murmullo de asombro recorrió la sala.

—¿Aceptas, milady?

—preguntó, su voz apenas un susurro.

—Sí, sí, mil veces sí —respondió Lyra, su voz apenas audible, pero llena de una emoción desbordante.

Emery sonrió, una sonrisa compleja que denotaba comprensión y quizás un toque de melancolía.

Mientras Amelia, triste al tener que compartirlo.

El banquete que siguió fue un escenario de diplomacia y emociones entrelazadas.

Los postres preparados por Darren fueron un éxito rotundo, su habilidad culinaria rompiendo el hielo y facilitando las conversaciones.

Lyra, radiante de felicidad, compartía miradas cómplices con Darren, el anillo brillando en su mano.

No obstante, entre los brindis y las risas, algunos murmullos se hicieron presentes.

Los barones aún desconocían cualquier detalle sobre Darren, por lo que decidieron conversar con el conde para obtener más información.

En esa charla, lograron descubrir quién era realmente.

Incluso el barón Wagner mencionó que recordaba haber oído sobre alguien que había sido proclamado héroe tras rescatar al duque Eldrich, y no pudo evitar sorprenderse al considerar la posibilidad de que se tratara de él.

Los barones, astutos y calculadores, veían en la situación de Darren con múltiples prometidas una oportunidad para fortalecer sus propias alianzas con el futuro rey.

Darren, con la ayuda de Emery, navegó estas aguas políticas con una astucia sorprendente, consolidando su posición.

En un momento, el barón Muller, con una mirada penetrante, se acercó a Darren.

—Sir Darren —dijo con voz grave, —he oído hablar que por usted, el conde rompió el compromiso de su hija con Sir Dante Rothschild.

—hizo una pausa, y prosiguió —Un joven tan prometedor, espero que no llegue a causar disputas en un futuro.

La mención de Dante, aunque casual, resonó con un matiz de advertencia, un sutil presagio de futuras complicaciones.

Amelia, desde la distancia, compartió una mirada significativa con Darren, indicando que había percibido la sutil amenaza.

—Barón, no hay motivo para inquietarse.

El joven Dante es un amigo de confianza y, además, casualmente es quien me acompaña como escudero.

Me encargaré de conversar con su padre en cuanto tenga la ocasión —contestó Darren.

Su respuesta molestó al barón Muller.

Lyra, junto a su madre Elara, Emery, Clara, Maya y otras damas, estaban conversando acerca de su prometido.

Entretanto, Amelia permanecía al lado de Darren.

Emery, por su parte, pensaba en su desagrado por las responsabilidades políticas que conlleva su posición de princesa, pues preferiría pasar el tiempo a su lado.

Al final de la noche, el grupo se despidió del conde Robin, quien ahora los miraba con un respeto teñido de asombro y una pizca de alivio.

Los llevaron en carruaje hasta las afueras de la ciudad y en el caso de Amelia, Emery, Clara y Maya, las llevaron hasta donde dejaron su vehículo escondido.

Una vez ahí, Darren las espero para que fueran todos en caravana.

El viaje de regreso a casa de Darren fue más tranquilo, pero cargado de reflexiones.

Lyra se acurrucó un poco más cerca de Darren, sintiendo en el peso de su mano, una promesa tácita que se extendía más allá de las palabras.

Un intercambio silencioso, cargado de significado, fluyó entre ellos.

Ella se había ganado su gratitud y amor, y Darren aseguró su eterno compromiso.

Sin embargo, la mente de Darren no podía evitar volver a la mención de Dante y la compleja red de alianzas que se tejía a su alrededor.

Al regresar al hogar, estacionaron los vehículos en el garaje.

Amelia había demostrado un excelente dominio al volante.

Lyra, profundamente dormida, no se dio cuenta cuando Darren la tomó en brazos con cuidado y la llevó hasta su cama para que descansara.

Dándole un tierno beso en la frente, y disfrutando el dulce aroma de su cabello.

Lyra sonrió entre sueños.

Apenas terminó de acomodarla, apareció Dante, irrumpiendo en el momento de tranquilidad con el anuncio de un mensajero real.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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