La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 22
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22: Capítulo 22: La carta 22: Capítulo 22: La carta Aunque era un poco tarde, poco después de las ocho de la noche.
Dante le acompañó hasta la estancia en donde había estado esperando, el mensajero del rey.
Darren recibió la carta.
Leyéndola cautelosamente.
En ella venia dicho: Por la Gracia de Dios, Rey de Waltzovia y Protector de sus Gentes A Nuestro Fiel y Valeroso Sir Darren, Salud y Gracia: Sea de vuestro conocimiento que ha llegado a Mis oídos, por conducto de Mi amado hermano, el Duque Eldrich, así como de los honorables Barones Orla Wolff y Konrad Rothschild, la noticia de vuestras preclaras hazañas acaecidas en el ducado.
Nos ha sido relatado con gran detalle cómo, con inigualable coraje y destreza, no solo pusisteis fin a la amenaza del Príncipe Alem, sino que también os enfrentasteis y vencisteis a una bestia alada de proporciones monstruosas, un dragón que asolaba nuestras tierras.
Asimismo, hemos recibido sendas notificaciones del estimado Conde Adrien Thurm, y de los leales Barones Sigmund Reiter y Kael Denke, quienes han dado testimonio de vuestro heroísmo al rescatar y brindar cobijo a los afligidos habitantes de los pueblos que sufrieron la inclemencia de la reciente tormenta.
Vuestra valentía no conoció límites, pues además os alzasteis contra otro formidable dragón, acabando con su tiranía y restaurando la paz en la región.
Por tanto, en reconocimiento a vuestros actos de inmensa valentía, lealtad inquebrantable y servicio ejemplar a la Corona y al Reino de Waltzovia, os instamos, por la presente, a comparecer sin dilación ante Nuestra Real Presencia en el Palacio Real de Waltzovia.
Allí, en solemne ceremonia, recibiréis la condecoración que vuestros méritos han ganado, así como las recompensas correspondientes a vuestra inestimable contribución.
Además, en señal de Nuestro más alto aprecio y para elevar vuestro ya distinguido linaje, es Nuestra Real Voluntad ascenderos en vuestro título nobiliario a la dignidad de Conde.
Y para que vuestro nuevo rango sea debidamente honrado, os concedemos las fértiles y prósperas tierras de Königssee Shire, para que las gobernareis con sabiduría y justicia, en perpetuo beneficio de la Corona y de sus gentes.
Que la luz divina guíe vuestros pasos y que vuestro honor resplandezca por siempre.
Dado en Nuestro Real Palacio de Waltzovia, en quince días de recibir este aviso.
Damian Axel Von Waltzovia Rey de Waltzovia Al finalizar la lectura de la carta, Darren quedó perplejo por el contenido que está revelaba.
El rey le ofrecía un cargo de mayor importancia además de la concesión de tierras, lo cual condicionaría su capacidad para seguir desempeñándose como maestro o embarcarse en nuevas aventuras.
Su vida estaba a punto de cambiar de forma significativa.
Por su parte, Dante también leyó la misiva, regocijándose sinceramente por su maestro.
Ahora Darren ocupaba un rango más alto, incluso superior al suyo y al de su propio padre.
Sin embargo, Darren pronto se dio cuenta de que debía hablar en privado con Dante.
La situación lo apremiaba.
Pero el mensajero esperaba una pronta respuesta a la propuesta del rey.
Ante esto, Dante, junto con Emery y Amelia, colaboraron con él para redactar una respuesta adecuada.
Tras entregarla al mensajero, le avisaron de debería quedarse a pasar ahí la noche.
Siendo más seguro partir en la mañana.
Esa misma noche, Darren pidió una conversación privada con Dante, alejándose de los demás para discutir un asunto personal.
Procuró mostrarse lo más sereno y directo posible antes de enfrentarse al tema que tenía en mente.
—Dime, Dante, ¿por qué no me habías mencionado que estás comprometido con lady Lyra?
—preguntó Darren con un tono serio aunque controlado.
La respuesta de Dante vino acompañada de una expresión genuina de desconcierto.
—Perdone, señor Darren.
Pero no tenía conocimiento alguno de ese compromiso… y mucho menos con lady Lyra —respondió con total franqueza.
Darren continuó, evaluando cuidadosamente cada palabra.
—En ese caso, ¿consideras que habría algún problema si te pidiese romper ese compromiso?
La respuesta de Dante fue firme, sin titubeos.
—En absoluto, señor.
Tengo en claro que Lady Lyra está enamorada de usted.
Pero estoy seguro de que fue mi padre quien debió tomar esa decisión sobre el matrimonio.
Hablaré con él directamente para resolver esta situación.
Dante se retiró a dormir.
Emery entró para llevarlo a dormir.
Viéndolo pensativo.
Pero luciendo un lindo atuendo para dormir.
Cautivando su mirada.
—Amado prometido, debes estar cansado por la situación tan agobiante que tuvieron Lyra y tu, con su padre.
Vayamos a descansar.
—dijo Emery.
Emery se veía cautivadora.
Y sus hermosos y brillantes ojos, deslumbraban a Darren.
—De acuerdo.
Vayamos a dormir.
—dijo finalmente.
En la espaciosa habitación principal, la luz de la luna se filtraba suavemente a través de las cortinas, pintando el suelo con plateados reflejos.
Amelia se encontraba ya en la cama, su cuerpo relajándose contra los mullidos almohadones.
Darren se acostó a su lado, y Emery se preparaba para unirse a él.
Ambas vestían coordinados de seda suave de tono blanco, que complementaba la penumbra de la habitación.
De corte sencillo y elegante, caían con gracia sobre sus figuras, adornados con delicados bordados que sugerían un lujo discreto.
Sus cabellos, sueltos y peinados para la noche, enmarcaban rostros serenos, reflejando la paz que finalmente habían encontrado.
Emery se deslizó bajo las sábanas, acomodándose con naturalidad a un lado de Darren.
Su pequeña mano buscó la de él, entrelazando sus dedos en un gesto de confianza infantil y afecto puro.
Poco después, Amelia se recostada, ya al otro lado, su presencia ahora tangible llenando el espacio que tenía ya en el corazón de Darren.
No había contacto físico más allá de la cercanía de sus cuerpos bajo las mantas, un espacio respetuoso que, sin embargo, irradiaba una profunda conexión.
La mano de Amelia se posó suavemente sobre el brazo de Darren, un toque ligero que transmitía una calma ancestral, que finalmente encontraba la calidez de aquel momento.
Darren, sintiendo la presencia de ambas a sus costados, exhaló lentamente.
El aroma a lavanda y a la fragancia personal de cada una lo envolvía, creando una burbuja de seguridad y pertenencia.
Resistiendo al deseo en aquel lecho, dejando ver la ternura inmensa y la quietud de tres almas que, por diferentes razones, habían encontrado un refugio mutuo.
Podía sentir la respiración rítmica de Emery, el suave murmullo de Amelia al ajustarse, y una paz que rara vez había conocido en su vida.
Era un tipo de intimidad diferente, una de almas entrelazadas por el destino y el afecto, donde la simple compañía era el mayor de los lujos.
El sueño los envolvió a los tres, unidos en la quietud de la noche, sus corazones latiendo al unísono en la melodía de la paz.
Rayos de sol son bien recibidos para marcar un nuevo día, que entran tímidamente por la persiana, pintando la habitación con un halo dorado que disipaba las últimas sombras de la noche.
Darren sintió el suave peso de un brazo sobre su pecho y el delicado aliento en su cuello.
Abrió los ojos lentamente, encontrándose con la visión serena de Amelia y Emery, aún sumidas en el dulce abrazo del sueño, una a cada lado.
Sus rostros, bañados por la luz naciente, parecían esculpidos en la más pura calma, sus cabellos esparcidos como aureolas sobre las almohadas.
Amelia, con su elegancia innata incluso en el reposo, tenía una mano delicadamente posada sobre su corazón, como si custodiara un secreto ancestral.
Su respiración era un susurro apenas audible, una melodía antigua que se mezclaba con el latido constante de Darren.
A su otro lado, Emery se acurrucaba con la inocencia de un cervatillo, su pequeña mano aferrada a la tela de su camisa, un gesto de confianza absoluta.
El aroma a lavanda y a la frescura de la mañana se entrelazaba con las fragancias personales de ambas, creando una atmósfera embriagadora que Darren inhaló profundamente, sintiendo cómo cada partícula de ese aire nutría su alma.
No hubo palabras, solo la elocuencia de la cercanía.
Darren se permitió un instante para grabar en su memoria aquella imagen: la quietud de sus dos prometidas, la promesa tácita de un nuevo día que se alzaba.
Era un despertar que trascendía lo físico, una conexión que se tejía en el silencio compartido, en la confianza mutua y en la belleza de la compañía.
Con un suspiro apenas perceptible, cerró los ojos de nuevo por un breve instante, no para volver a dormir, sino para saborear la plenitud de ese momento, el dulce preludio de un día que comenzaría envuelto en la ternura de sus afectos más profundos.
Al levantarse, Darren se prepara para iniciar su día.
Y se dirige hacia la cocina.
En el camino se encuentra con su invitado, y despidiéndole tras compartir un desayuno generoso, dejando sorprendido al visitante por el amable trato brindado a un simple sirviente.
En esa misma mañana, Dante también se preparó para marcharse.
Todos le desearon un buen viaje.
Durante la despedida, Darren comentó en tono ligero que Dante debería haber aprendido a conducir; así su trayecto sería más cómodo y rápido.
No obstante, acordaron que eso quedaría para el futuro.
Un momento particular marcó la despedida cuando Clara, de manera discreta pero decidida, se acercó a Dante para despedirlo.
Las demás chicas no tardaron en notar el interés especial de ella hacia él.
Dante, por su parte, no pudo evitar mostrar nerviosismo cuando Clara le colocó uno de sus listones de cabello como amuleto de buena suerte en su muñeca, deseando que regresara sano y salvo.
Una vez en la academia, Darren acompañó a Emery hasta su aula, despidiéndose con afecto antes de continuar con Amelia, quien iniciaba allí su primer día de clase con gran entusiasmo.
Más tarde le llegó el turno a Lyra y sus amigas, quienes compartían la misma clase que Darren.
Lyra, observando cómo había tratado a las demás, esperaba recibir un gesto similar.
Sin embargo, la juventud de Lyra ponía a Darren en una posición incómoda, por lo que optó por depositar un beso gentil en su frente mientras le deseaba un excelente día.
Ya en el aula, los demás alumnos notaron la falta de ellas tres en los dormitorios.
Por lo que supusieron que se habían quedado nuevamente en casa de Darren.
A lo que se lamentaron de ello.
Darren le indicó que las lecciones comenzarían sin demorar más.
Darren asignó una lectura a sus alumnos y pidió a Lyra que le avisara cuando todos terminaran, pues debía aprovechar ese tiempo para hablar con el director.
Al poco de salir, el resto de las chicas de la clase se acercaron a Lyra.
Habían notado no solo el trato especial que recibía por parte del maestro, sino también la sortija que llevaba en su mano.
Mientras tanto, en la oficina del director, este ya aguardaba a Darren.
Había recibido una carta del rey con instrucciones claras sobre la situación a la que estaría sometido.
Esto evitó que Darren tuviera que perder tiempo explicando demasiados detalles.
El director le informó que el viaje hasta la capital real le tomaría aproximadamente diez días, por lo que debía partir cuanto antes.
—No habrá problema, magistrado principal.
Mi medio de transporte es más rápido de lo habitual —afirmó Darren con seguridad.
El director, al escuchar esa afirmación, entendió entonces cómo habían logrado desplazarse tan rápidamente a los pueblos afectados por la tormenta y regresar en un lapso de cuatro días, lo que en circunstancias normales habría sido apenas suficiente para llegar al primer poblado.
De cualquier forma, es mejor que partas.
Se trata de una solicitud real, y es preferible anticiparse a posibles problemas, comentó el director con serenidad.
Darren asintió, aceptando finalmente la orden.
Así fue como se decidió que partirían al día siguiente.
También le comunicó que Emery, Amelia y Lyra acompañarían la comitiva.
La mención de esta última despertó cierta extrañeza por parte del director, pues no comprendía cuál era su motivo para que ella asistiera a dicha reunión.
Ante esa duda, él le explicó lo ocurrido el día anterior, informándole además que Lyra también era su prometida.
Cuando regresó al aula, los estudiantes ya habían terminado con la lectura asignada.
Aun así, Darren percibió la peculiar atención de las alumnas, quienes lo observaban con miradas pícaras y algunas sonrisas maliciosas.
Tengo algo importante que informarles.
Por decreto real, debo partir rumbo a la capital.
Confío en que seguirán esforzándose en sus estudios durante mi ausencia, declaró Darren con firmeza a su clase.
Los estudiantes, al oír esto, inmediatamente asociaron el viaje a las hazañas que habían presenciado durante ese tiempo.
En particular, recordaron cómo Darren se había enfrentado y vencido al imponente y temible dragón que había representado una amenaza para todos.
En ese instante, Lyra se acercó a él con un aire de timidez, pero reuniendo el valor suficiente para hablar.
Mi querido prometido… murmuró Lyra con suavidad.
Su declaración dejó a todos boquiabiertos y confundidos, ya que parecían dudar de lo que ella misma les había contado anteriormente.
Darren, atrapado en la situación, no tuvo más remedio que aceptar aquel inusual apelativo que Lyra usaba para dirigirse a él, aunque ella claramente esperaba algo más de su parte.
Milady, si su inquietud está relacionada con mi partida, debe saber que usted también me acompañará.
Mis prometidas deben estar presentes, afirmó Darren con contundencia.
Nuevamente, sus palabras suscitaron asombro entre los presentes.
A pesar de que Lyra ya había mencionado este hecho antes, nadie había dado crédito a sus palabras hasta aquel inesperado momento.
La mañana transcurrió velozmente y, al llegar la hora del almuerzo, Darren les propuso ir a comer a la posada.
Sin embargo, todas declinaron, explicando que preferían únicamente la comida que él prepara.
Ante esto, optaron por regresar a casa.
Darren comenzó a pensar en qué podría prepararles.
Siendo un apasionado de la cocina en su mundo, dominaba una amplia variedad de recetas, tanto de su región como de otras culturas, lo que le dificultaba decidirse por un platillo.
Finalmente, se inclinó por elaborar uno de sus favoritos.
En este nuevo mundo había encontrado variedades locales de chiles y maíz, por lo que aprovechó para enseñarles a quienes los comerciaban, los procesos necesarios para obtener chile seco, harina y diversas especias.
Se puso manos a la obra: preparó la masa, la salsa, el relleno y el aderezo.
Una vez que todo estuvo listo, comenzó a servir su creación.
Sobre una enorme charola con tapa aguardaba su platillo estrella.
A esta le siguieron dos charolas medianas y varias más pequeñas distribuidas a ambos lados de la mesa.
Con gesto ceremonioso, Darren retiró la tapa de la primera charola, revelando su contenido.
Se dirigió a sus comensales con entusiasmo mientras explicaba el menú: —Esto que ven aquí se llama enchiladas potosinas.
—anunció con orgullo—.
Están rellenas de queso fresco revuelto con salsa picante.
Aquí tienen quinua —que es como llaman al arroz— en su versión cocida con un toque rojo.
Esto otro es purutu —frijoles— refritos.
Y en las charolas pequeñas encontrarán quechua —aguacate— molido junto y por aca esta la salsa picante tatemada.
Después de servirles una pequeña porción y observar a Darren disfrutarla, las chicas no dudaron en imitarlo.
—¡Está delicioso!
—La exclamación de entusiasmo por parte de ellas fue música para sus oídos, pues aquel platillo lo había aprendido de su madre y saber que era del agrado de los demás lo llenó de alegría.
De vuelta en la academia, las chicas no tardaron en compartir la experiencia de aquella comida única, lo que desató el interés y, en algunos casos, la envidia entre alumnos y maestros.
Todos deseaban probar aquella maravilla.
Tanto fue el revuelo que incluso el director llegó a escuchar sobre el exquisito manjar.
Curiosamente, como ya había probado la cocina de Darren antes, no le costó imaginar lo delicioso que debió haber estado.
Impresionado, el director le propuso encargarse de la cocina de la academia.
Darren aceptó la propuesta, pero dejó en claro que necesitaría que cubrieran los gastos necesarios para enseñar a los cocineros y obtener los ingredientes.
El director no dudó y accedió con satisfacción.
Al finalizar las clases del día, Lyra empezó a empacar para mudarse.
Sus compañeros de clase, junto con quienes habían compartido aventuras recientes, se ofrecieron a ayudarla con entusiasmo.
Darren, agradecido por su apoyo, les prometió recompensarlos al regreso.
Durante un recorrido por los pasillos de la academia, Darren se detuvo al divisar una escena peculiar: Amelia estaba conversando con un maestro y parecía visiblemente ansiosa e incómoda.
Preocupado, se aproximó para averiguar qué sucedía.
—¿Todo está bien?
—preguntó Darren.
Amelia, al verlo, corrió hacia él y lo abrazó de manera instintiva.
Darren correspondió con gusto, pero el profesor, evidentemente molesto por el gesto, reaccionó airado: —¡¿Cómo te atreves a ignorarme?!
Soy un barón.
No merezco ser despreciado por una simple plebeya como tú —rugió aquel hombre.
Al analizarlo mejor, Darren reconoció en él al mismo maestro que lo había desafiado tiempo atrás.
Con serenidad pero determinación, Amelia adoptó una actitud juguetona pero audaz.
—Es tan bueno verte, mi amado prometido —dijo con una sonrisa que parecía dirigida más al barón que a Darren.
Darren captó la intención de Amelia y decidió seguirle el juego.
Mirando al hombre con firmeza, añadió: —Mis disculpas si mi prometida le pareció descortés, Barón.
Sin embargo, le sugiero ser más prudente cuando hable con ella en el futuro.
El barón apretó los dientes ante el comentario.
Aunque indignado por cómo se desarrollaban las cosas, sabía que debía contenerse.
Había escuchado rumores sobre Darren: pronto obtendría el título de conde, estaba prometido con la princesa Emery y había derrotado a dos dragones.
Agravar su enemistad con alguien así no era prudente.
—Es tu primer día aquí y ya estás metida en problemas —comentó Darren entre risas para aligerar la tensión.
Con una sonrisa pícara, Amelia respondió: —No sería así si todos supieran quién soy en realidad.
Ambos intercambiaron miradas cómplices mientras emprendían rumbo lejos del barón, dejando tras ellos un escenario cargado de emociones encontradas.
Cuando la mudanza de Lyra concluyó, Darren les sugirió reflexionar sobre algo que desearan.
Todos, con entusiasmo, mencionaron la comida de la que tanto habían oído hablar.
Darren prometió prepararla cuando regresaran, ya que en ese momento no tenía los ingredientes necesarios.
Al escucharles, Darren añadió con una sonrisa forzada, si desean quedarse a cenar, no hay problema.
En el fondo, albergaba la esperanza de que rechazaran, pero, como era de esperarse, todos aceptaron la invitación sin dudar.
De vuelta en la cocina, Darren se dedicó a preparar un banquete digno de su hospitalidad.
Cocinó un espagueti verde —con una variante de brócoli—, una sedosa crema de hongos y unos jugosos filetes —bien cocidos—.
Como acompañamiento, doró pan en mantequilla suavemente perfumada con muña —una variedad de ajo—.
Al momento de servir, cubrió cada filete con la crema de hongos y dispuso el espagueti a un lado.
Finalmente, lo acompañó todo con jugo recién preparado.
Tras la exquisita cena, el grupo de estudiantes—satisfechos y agradecidos—regresó a la academia.
Concluido el ajetreado día, Darren se quedó finalmente a solas con sus tres prometidas.
Pronto llegó la hora de dormir.
—Querido prometido, quisiera dormir contigo esta noche —sugirió Lyra tímidamente—.
Sé que soy la última en poder pedir algo así, pero lady Emery y lady Amelia ya han compartido noches contigo.
—Espera un momento, Lyra.
Yo soy quien debe acompañarlo esta noche —replicó Emery con un deje de reclamo en su voz.
Por otro lado, Amelia permanecía serena y callada, aunque notó la atención del hombre posarse en ella.
Al percatarse, se acercó a Darren con paso tranquilo.
—Sé lo que estás pensando —comenzó a decir—.
He compartido tu mente, tus conocimientos y tus recuerdos.
Comprendo lo que necesitas y sé que lo último que deseo es generarte situaciones difíciles o estresantes.
Las palabras de Amelia eran delicadas y conscientes, lo que acentuaba aún más su fortaleza interior.
Emery no pudo evitar sentirse acomplejada al observar el porte maduro y refinado de Amelia.
Aunque Lyra era más joven que ambas, también reflejaba una admirable compostura.
Sin embargo, los celos hieren más profundamente cuando el motivo es el hombre al que amas—y en su caso, aquel hombre también era el familiar de ella.
Lamento mi comportamiento, Lyra… Amelia… He sido egoísta por no querer compartir a Darren —confesó Emery mientras dejaba entrever sus sentimientos por primera vez.
Aquello fue un gran avance para Emery, el reconocer su egoísmo.
Aunque Darren entendía lo que sentía.
Él la entendía muy bien, dado que él siente lo mismo hacia ellas.
No le gustaría pasar por lo mismo.
Él hubiese preferido ser de una sola, pero la pregunta hubiese sido, a quien seleccionaría.
Aunque era obvio que habría escogido a Amelia.
—Quiero que sepan que me es difícil para mí también, el tener que elegir entre ustedes.
Pero debo ser equitativo.
Y debo acompañar a Lyra.
Posteriormente, Amelia.
Y nuevamente Emery.
—Declaro Darren.
—¿De acuerdo?
Esa noche, Darren abrazo a la pequeña Lyra.
Era un cariño sincero, tierno, compasivo hacia el amor de una pequeña.
—Buenas noches, querida Lyra.
—susurró Darren.
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