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La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 23

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Capítulo 23: Capítulo 23: Condecoraciones

Al despuntar el alba, Lyra despertó para encontrarse dulcemente aprisionada entre unos brazos fuertes y protectores, su mejilla reposando sobre el cálido y firme pecho de Darren. Con cada suave inhalación, el aroma embriagador de su piel y la fragancia sutil de su esencia se anclaban en lo más profundo de su ser, como un susurro eterno grabado en el alma. Se acurrucó aún más en aquel abrazo, buscando fundirse con él, deseando con cada fibra de su existencia que la magia de ese instante se prolongará indefinidamente, ajena al inexorable paso del tiempo.

Darren, sintiendo el delicado movimiento de Lyra, abrió los ojos con lentitud, una sonrisa apenas perceptible dibujándose en sus labios al notar cómo ella se refugiaba más profundamente en su abrazo. Él también se deleitaba en la fragancia floral de su cabello, en el perfume íntimo que emanaba de su piel, una sinfonía olfativa que era un bálsamo para su espíritu. Era un placer indescriptible sentir la cercanía de su cuerpo, la suavidad de su piel contra la suya. Sin embargo, cada fibra de su ser luchaba por mantener el control, por no dejarse arrastrar por la marea de sensaciones que amenazaba con desbordarse, consciente de la intensidad de un momento que rozaba los límites de lo prohibido y lo anhelado.

Darren percibía con claridad el intenso latido del corazón de Lyra, acelerado y vibrante en ese instante en el que ambos se encontraban solos. Ella, dominada por el deseo, anhelaba entregarse por completo a él. Su cuerpo reaccionaba nervioso ante el más leve contacto, sintiendo un calor febril cuando la mano de Darren rozaba con suavidad su mejilla. Y entonces, se perdió en ese beso matutino, cargado de pasión, donde podía palpar todo lo que él sentía. Ese primer roce de labios no solo avivó las emociones, sino que también rompió con las barreras morales que Darren había intentado mantener; pero ante la visión de su pureza, iluminada por los tiernos rayos del sol, no pudo resistirse.

—¿Qué voy a hacer contigo? —murmuró Darren con una sonrisa suave mientras acariciaba su pequeño rostro, sus manos descansando sobre su pecho.

—Mi amado prometido… soy tuya, ahora y para siempre, en cuerpo y alma —susurró Lyra con ternura.

El instante fue abruptamente roto por un suave golpeteo en la puerta. Esa conexión efímera, casi mágica, que compartían en la cercanía del momento se desvaneció al ser interrumpida de manera inesperada.

Una vez más, el sonido retumbó con insistencia. Toc, toc. Ante esto, Darren se levantó para responder al llamado.

—Adelante —dijo con calma.

Al abrirse la puerta, aparecieron Emery y Amelia, luciendo sus tiernos y encantadores atuendos de dormir. Entraron en la habitación con una naturalidad despreocupada, ignorando cualquier posible reprimenda por irrumpir en un instante tan especial para ellos.

—Buenos días, Emery y Amelia —saludó Darren con una ligera sonrisa.

Las chicas no tardaron en percatarse del semblante extraño de Lyra, quien evitaba mirarlas directamente a los ojos. Era evidente que algo la inquietaba profundamente, y no les costó deducir que ese “algo” tenía que ver con Darren.

—Entonces, Lyra, admítelo de una vez… ¿qué pasó entre ustedes? —preguntó Emery con un tono juguetón pero expectante.

Lyra, incapaz de articular palabra, parecía atrapada en su propio silencio. Fue entonces cuando Darren se puso de pie junto a la cama. Emery, quien estaba sentada al borde, apoyaba su peso sobre un brazo mientras lo observaba fijamente. Darren, sin previo aviso, tomó su otra mano y la ayudó a levantarse, tirando de ella suavemente hacia sí.

Con movimientos pausados, Darren comenzó a inclinarse hacia ella. Emery sintió cómo su corazón comenzaba a latir con una fuerza arrolladora, hasta el punto de pensar que podría escucharla. La incomodidad y el nerviosismo se apoderaron de ella, intentó desviar la mirada, pero él la detuvo con delicadeza, posando su mano contra su rostro para sostener su atención.

Sin apartar sus ojos de ella, Darren se acercó más y más. Finalmente, rozó sus labios con los de Emery y plantó un beso que parecía desafiar al tiempo. Todo en ese instante se desvaneció; no había nada más, solo ellos dos ascendiendo juntos, como si hubieran sido transportados hacia las nubes.

Con suavidad, sus labios se despegaron mientras sentía un leve roce de su aliento. Su corazón desbocado resonaba con fuerza, y el rubor tiñó sus mejillas mientras dirigía una mirada nerviosa hacia Darren. Aunque no era la primera vez que él la besaba, esta vez la había tomado completamente desprevenida.

Darren, con una media sonrisa y tratando de aligerar el ambiente, dijo que las dejaría solas para que se prepararan, y salió de la habitación sin más preámbulos.

Amelia lo siguió con la mirada, tratando de procesar sus pensamientos. Lo amaba profundamente. Deseaba que ese beso hubiese sido suyo también, pero sabía que el que Lyra y Emery compartieron había brotado de una chispa repentina e inesperada que no habría sido lo mismo si hubiera sucedido entre ella y Darren. No en ese momento.

Mientras el grupo comenzaba a alistarse, las chicas se ocuparon de asearse y elegir atuendos. Emery y Amelia optaron por los diseños únicos que Darren les había preparado previamente, pero Lyra no contaba con uno para ella. Decidida a resolver el asunto de inmediato, salió corriendo en busca de Darren, olvidando por completo que apenas llevaba puesta una toalla.

Darren se encontraba en otra habitación alistándose tras haber tomado una ducha. Sin pensarlo dos veces, Lyra irrumpió alegremente en el baño donde él se vestía. Quería pedirle que le confeccionara algo especial a su estilo, pero la atmósfera cambió en un instante cuando ambos se dieron cuenta de su situación: ella estaba envuelta solo en su toalla, mientras él aún no terminaba de vestirse.

La tensión fue palpable, pero Darren mantuvo la calma y aprovechó el momento para explicarle algunas reglas que deberían seguir a partir de ahora, al menos hasta que ella fuera mayor y llegará el momento de casarse. Emery recibió las mismas instrucciones más tarde, lo cual desató cierta curiosidad entre ambas. Las dos reflexionaron en silencio, intentando descifrar las verdaderas intenciones detrás de aquellas palabras. Se preguntaron si aquellas normas tenían algo que ver con las preferencias de Darren, si era porque él se veía a sí mismo como alguien mayor y más sabio o si, quizá, era el cuerpo de Amelia lo que lo atraía más que el de ellas, el cual era más pequeño en proporciones. Las dudas quedaron sin respuesta mientras cada una intentaba ignorar el torbellino de emociones que las rodeaba.

—Nos espera un largo viaje. Debemos apresurarnos —anunció Darren.

Amelia, entretanto, seguía anhelando ese beso cargado de pasión, como el que habían compartido Emery y Lyra. No podía entender por qué Darren aún no la había besado. Sus ojos lo seguían con insistencia, buscando transmitirle con una mirada muda que estaba lista, que deseaba ese beso que le robaría el aliento. Sin embargo, optó por guardar silencio. Tendría que esperar pacientemente hasta que él decidiera dar el paso.

Las jóvenes doncellas aguardaban instrucciones de Darren sobre el transporte que abordarían. Sin embargo, él prefirió usar otro vehículo distinto a los que tiene. Aunque el destino era lejano, no requerían un modelo excesivamente robusto. Así que, con destreza, creó una nueva máquina: una singular mezcla entre casa rodante y todoterreno, el XVHD. Las ruedas eran imponentemente grandes y resistentes; su estructura resultaba más funcional y versátil que la de una casa rodante convencional, pero seguía equipada con algunas comodidades imprescindibles para el trayecto.

Darren tomó el volante. A su lado, Emery se acomodó en el asiento del copiloto. En cambio Amelia se acomodo en un sofá que daba a una ventana mientras leía un libro. Lyra, por su parte, se maravillaba con lo cómoda que era la cama y la vista que podía apreciar por la ventana del paisaje que empezaban a dejar atrás.

Los primeros días transcurrieron con una mezcla de emoción y monotonía. El vehículo devoraba kilómetros, dejando atrás aldeas pintorescas, densos bosques y vastas llanuras. Las conversaciones entre ellos fluían con facilidad, intercaladas con momentos de silencio contemplativo. Emery, siempre estudiosa, aprovechaba para leer los libros que había traído, mientras Lyra dibujaba los paisajes que veían a través de la ventana. Amelia, quien leía en ratos y en otros cambiaba de lugar con Darren para que descansara.

Las paradas para comer se convirtieron en increíbles momentos. Darren, había equipado la casa rodante con una cocina compacta y eficiente, capaz de preparar comidas deliciosas con ingredientes que habían comprado con los mercaderes en los poblados por los que pasaban. Compartían risas y anécdotas mientras el sol se ponía, pintando el cielo con colores vibrantes. Lyra siempre atenta a prestar ayuda, su entusiasmo contagiando al grupo, mientras Emery y Amelia observaban con una mezcla de afecto y admiración la habilidad de Darren para cocinar.

Las noches eran un capítulo aparte. Después de un día de viaje, el cansancio se hacía sentir, pero también la cercanía. El vehículo, aunque espacioso, creaba una intimidad que las prometidas de Darren no tardaron en apreciar. A la hora de dormir, los cuatro compartían una espaciosa cama. Habían encontrado la forma de estar todas con él, logradondose acomodar durmiendo Emery y Amelia a ambos lados, mientras la pequeña Lyra dormía encima de él. En donde cada noche se acurrucaban en sus brazos, sintiendo la seguridad y el calor de su presencia. Compartiendo pensamientos y sueños sin necesidad de palabras. Encontrando consuelo en la cercanía de Darren, permitiéndose ser vulnerables y soñar con un futuro a su lado.

El viaje no estuvo exento de pequeños desafíos. Un día, una tormenta repentina los obligó a detenerse, el rugido del viento y la lluvia golpeando el vehículo. Otro día, un camino se volvió intransitable, pero el vehículo era más que perfecto para cualquier terreno. Pero a través de todo, la unidad del grupo se fortalecía. Aprendieron a confiar el uno en el otro, a apoyarse en los momentos difíciles y a celebrar los pequeños momentos del camino.

A medida que se acercaban a la capital, el paisaje comenzó a cambiar. Las carreteras se volvieron más anchas y transitadas, las aldeas más grandes y las fortificaciones más imponentes. La emoción crecía con cada kilómetro, mezclada con una pizca de nerviosismo. Darren estaba a punto de reclamar su título de Conde, un paso significativo en su nueva vida en este mundo. Sus prometidas, cada una a su manera, compartían su anticipación, sabiendo que este viaje no solo los llevaría a un nuevo destino, sino también a un nuevo capítulo en sus vidas juntos. Pero sabían hasta dónde llegaría, pues Emery era la princesa y al ser desposada por Darren, llegará a ser el rey.

Finalmente, después de casi cuatro días de viaje, la silueta de la capital real apareció en el horizonte. A los costados del camino, se podían apreciar las extensas granjas dedicadas a la producción de los diversos alimentos que sustentaban al reino. Los campesinos, al oír el estruendoso rugido del XVHD, volteaban inquietos en busca de su origen. Temerosos ante la idea de un posible ataque de un dragón o alguna otra criatura, interrumpían sus tareas. Sin embargo, aquel temor rápidamente se transformaba en asombro al descubrir que el sonido provenía de una extraña carreta que avanzaba a gran velocidad, abriéndose paso por los caminos que cruzaban los campos de cultivo. En cuestión de instantes, la carreta llegó ante las imponentes puertas de la ciudad. Sus murallas se alzaban majestuosas, sus torres perforando el cielo, dando testimonio de su antigüedad. El vehículo de Darren redujo la velocidad, uniéndose a la corriente de carruajes y viajeros que se dirigían hacia las grandes puertas de la ciudad.

Los demás espectadores, al notar el imponente carruaje mágico, se apartaban rápidamente, intimidados por el estruendoso rugido del motor y el enorme tamaño que sobrepasaba a las demás carretas y carruajes presentes.

Los guardias inicialmente se opusieron a concederles acceso, hasta que Darren presentó la carta del rey, quien lo había convocado. Ante el sello real estampado en la misiva, no solo se vieron obligados a permitirles el ingreso, sino que además, al percatarse de que la mismísima princesa viajaba en el carruaje, ordenaron de inmediato una escolta de la guardia real para acompañarlos. El primer vehículo motorizado que recorrió las calles de la ciudad causó una mezcla de sorpresa y desconcierto entre los habitantes. Muchos, abrumados por el ensordecedor rugido del potente motor del XVHD, se apresuraban a cubrirse los oídos. Sin embargo, Darren no solo se preocupaba por el impacto de aquel avance, sino también por una cuestión mucho más profunda: las viviendas de la capital, al igual que las de los pueblos que ha visitado, eran simples chozas, frágiles y vulnerables. Para él, esa precariedad era inaceptable y se volvió imperativo encontrar una solución. Su pensamiento era claro: —la gente merecía vivir en hogares dignos—un cambio que debía iniciar cuanto antes, pensó.

Ante ellos, se alzaba nuevamente una gran muralla que marcaba la separación entre la gente común y la nobleza. Una vez más, presentaron la carta del rey para obtener permiso de acceso. Desde ese punto, Darren observaba el imponente palacio. No era como esos castillos de las películas infantiles, llenos de colores y detalles impresionantes. Sin embargo, al menos contaba con una entrada adornada por un extenso y cuidado jardín.

Al arribar al palacio, todo transcurrió sin inconvenientes adicionales. El majestuoso castillo se alzaba imponente frente a ellos. Sus robustas paredes de piedra, la gran puerta principal de madera blanca adornada con intrincados detalles de hierro forjado y los coloridos vitrales que capturaban la luz del sol formaban un espectáculo magnífico. A simple vista, se distinguía de muchas formas del castillo del duque en Valerius, con un estilo y diseño notablemente distintos. En su interior, los pasillos estaban decorados con largas cortinas de un verde profundo, cada una de ellas cuidadosamente bordada con el escudo de la casa real, un detalle simbólico que aportaba un aire solemne y majestuoso. Mientras tanto, Darren no podía apartar su mente de los cambios y mejoras que, según él, harían de ese castillo un lugar aún más impresionante. Su carácter inquieto y perfeccionista no le permitía sentirse plenamente satisfecho nunca.

Ante la llegada anticipada por su parte, los recibieron antes de la fecha prevista, ya que en la corte, gran parte de la nobleza y los cortesanos estaban ansiosos por conocer a Darren. Incluso, varios nobles habían sido citados con antelación para estar presentes en su recibimiento. Por ello, se decidió que la ceremonia oficial tendría lugar al día siguiente.

Darren, tomó en cuenta la ocasión, por lo que diseñó y materializó los atuendos para la recepción real, fusionando la elegancia de la corte con toques personales que realzaban la esencia de cada uno. Cada prenda fue concebida no sólo para la ocasión, con el fin de resaltar la personalidad de cada una.

Emery, con sus vivaces ojos verdes y su cabello verde esmeralda que caía en suaves ondas sobre su piel clara, lució un vestido que era la encarnación de la gracia juvenil y la sofisticación. Dada su estatura y su complexión delgada, el diseño fue cuidadosamente adaptado para realzar la figura de acuerdo a su edad. El vestido, en un profundo tono verde esmeralda, complementaba a la perfección el color de sus ojos y cabello, haciéndola destacar. El corpiño, ajustado y ricamente bordado con perlas y un delicado encaje blanco en el escote corazón, realzaba su pecho de manera elegante. La cintura delgada estaba marcada por un cinturón de seda a juego, del cual caía una falda voluminosa de tafetán de seda, con pliegues y capas que le daban un volumen majestuoso. La falda estaba adornada con intrincados bordados florales en tonos dorados y ocres, salpicados de pequeñas perlas. Las mangas eran tres cuartos, abullonadas en los hombros y terminaban en puños de encaje blanco. Este atuendo no solo acentuaba su belleza natural, sino que también simbolizaba su crecimiento y la confianza que había adquirido, transformándola de una joven estudiante a una figura de la realeza.

Amelia, con su cabello y ojos negros intensos y su piel clara, deslumbraba con un vestido que celebraba su figura perfectamente desarrollada y de acuerdo a su estatura. El diseño, en un profundo color morado real, evocaba el misterio y la magia, a juego con su aura. El corpiño, con un intrincado encaje en el mismo tono morado, presentaba un escote redondo que realzaba su pecho de manera elegante y discreta. La cintura estaba ceñida por una banda de seda a juego, del cual caía una falda voluminosa de tafetán de seda, con capas y pliegues estratégicamente dispuestos que le otorgaban un volumen majestuoso y un movimiento fluido. Las mangas eran largas y traslúcidas, confeccionadas en una fina seda y adornadas con el mismo encaje intrincado del corpiño, terminando en puños ajustados con pequeños botones forrados. Este atuendo, diseñado para específicamente para ella, proyectaba una imagen de sofisticación, misterio y poder sutil, manteniendo la elegancia real.

Lyra, la más pequeña del grupo por su corta edad, con su hermoso cabello castaño y ojos color ámbar, lucía un vestido que combinaba la inocencia de su edad con la dignidad de la ocasión. Su piel clara y su complexión delgada fueron consideradas en el diseño. El vestido, en un tono azul vibrante que se degradaba a tonos más claros, evocaba la calma y la pureza, complementando sus ojos. El corpiño, ajustado y ricamente bordado con detalles dorados y azules, presentaba un escote corazón con pequeños volantes en los hombros. La cintura delgada estaba marcada por una banda de seda, de la cual caía una falda voluminosa compuesta por múltiples capas de volantes de tul y seda, creando un efecto de cascada majestuosa y un movimiento etéreo. Las mangas eran cortas y abullonadas, con delicados detalles bordados. Este atuendo reflejaba su naturaleza compasiva y su creciente habilidad como sanadora, presentándola como una figura de esperanza y fortaleza silenciosa, adecuada para su edad y estatura.

Darren había considerado meticulosamente cada detalle para asegurarse de que sus tres damas destacaran entre todas las demás. No quería que simplemente fueran una presencia más. Además, sus vestidos estaban dotados de protecciones y bendiciones especiales, garantizando su seguridad en todo momento.

Para sí mismo, con su cabello castaño oscuro y ojos penetrantes, eligió un traje que combinaba la formalidad nobiliaria con su estilo personal. El conjunto se componía de una camisa de seda color carbón, finamente tejida, sobre la cual se ajustaba un chaleco de brocado en tonos plateados y azules profundos, que evocaban la inmensidad de la noche. La pieza central era un saco largo, con la caída elegante de un abrigo, confeccionado en un terciopelo azul medianoche que absorbía la luz, adornado con discretos bordados en hilo de plata en los puños y el cuello alto. Este diseño no solo le confería una silueta imponente y elegante, sino que también permitía una libertad de movimiento sutil, un reflejo de su naturaleza de guerrero. Pantalones oscuros a juego y botas de cuero pulido completaban su atuendo, proyectando una imagen de autoridad serena y un poder contenido. Un broche con una piedra representativa, a juego con cada anillo de sus prometidas, adornaba su solapa, un detalle íntimo y especial para ellas.

El gran salón del Palacio Real resplandecía con una magnificencia que sólo siglos de historia y poder podían conferir. Tapices intrincadamente tejidos, que narran las glorias pasadas del reino, adornaban las altas paredes de piedra, mientras que estandartes con los blasones de las casas nobles colgaban pesadamente del techo abovedado. En la sala había una multitud de nobles, damas y caballeros que se congregaban, sus vestimentas de ricas telas y joyas destellando con cada movimiento. Un murmullo expectante llenaba el aire, una mezcla de curiosidad y anticipación por los eventos que el Rey Valerius había convocado.

En el estrado principal, elevado sobre el resto de la sala, se encontraba el trono real, un imponente asiento de roble tallado y terciopelo carmesí. A su lado, el Rey Damian Axel Von Waltzovia, un hombre de porte majestuoso y mirada penetrante, aguardaba con una serena autoridad. A su derecha, se encontraba su consejero principal, y a su izquierda, la reina en todo su esplendor.

La atención de la corte se desvió hacia las grandes puertas de roble cuando estas se abrieron con un suave crujido, anunciando la entrada de los recién llegados. Primero, con una presencia que irradiaba una extraña mezcla de humildad y poder, avanzó Darren. Su figura, aunque vestida con ropas sencillas en comparación con el esplendor de la corte, poseía una dignidad innata que atraía todas las miradas. A su lado Emery, quien atraía las miradas de los jóvenes nobles. Caminaba con una gracia renovada, su belleza juvenil acentuada por la confianza que había ganado. Detrás de ellos, Amelia y Lyra, que al verlas, robaron corazones y miradas. Algunos preguntandose quien era aquella joven de cabello negro. Mientras que a Lyra, al ser hija del conde Gottschalk, ya era conocida. Pero con ese atuendo deslumbraba a los presentes.

A medida que continuaba su camino, reconoció a los nobles con los que se había cruzado a lo largo de su travesía. Al encontrarse con la reina, entendió claramente de dónde provenía la belleza de Emery. Además, notó que la reina lo observaba. No con desdén, sino más bien como si estuviera evaluándolo detenidamente.

Al llegar frente al estrado, Darren y Emery realizaron una profunda reverencia, seguidos por Amelia y Lyra. El Rey Damian asintió con una leve sonrisa, indicándoles que se acercaran.

—Darren—comenzó el Rey, su voz resonando con autoridad en el vasto salón—, tus hazañas en la defensa de este reino han llegado a mis oídos y a los de toda la corte. Has demostrado un valor inquebrantable, una sabiduría inusual y un poder que ha salvado a nuestro pueblo de la aniquilación. No solo has enfrentado a bestias y enemigos, sino que has inspirado esperanza donde solo había desesperación. Tales actos no pueden quedar sin recompensa ni reconocimiento.

El Rey hizo una pausa, su mirada recorriendo el salón antes de fijarse nuevamente en Darren.

—Por la presente, y en presencia de mis leales nobles y súbditos, te otorgó el título de Conde Königssee Shire, con todas las tierras, privilegios y responsabilidades que ello conlleva. Que tu nombre sea recordado por siempre en los anales de nuestro reino como un protector y un héroe. Ponte de pie, Conde Darren Königssee.

Un murmullo de asombro y aprobación recorrió la corte. Darren, con una expresión de serena gratitud, se puso de pie. Un chambelán se acercó con una capa de terciopelo azul oscuro bordada con el blasón real y un medallón de oro macizo, símbolos de su nuevo rango, que fueron colocados sobre él. Darren inclinó la cabeza en señal de aceptación, mientras sentía las miradas de sus prometidas.

El Rey Damian levantó una mano, pidiendo silencio, y la atención de la corte volvió a centrarse en él. Su expresión, que antes era de solemnidad, ahora mostraba un atisbo de emoción personal.

—Mis queridos nobles, damas y caballeros —prosiguió el Rey—, hoy no solo celebramos el valor y la lealtad, sino también el futuro de nuestra estirpe. Es con gran alegría y profunda convicción que deseo compartir con todos vosotros una noticia que llenará de esperanza nuestros corazones y asegurará la continuidad de nuestra casa real. He decidido que el Conde Darren Königssee y Celery Emery Galerian Von Waltzovia se unan en sagrado matrimonio, y es mi deseo que este compromiso sea bendecido por todos vosotros y por los dioses. Su sabiduría y gracia serán un faro para nuestro reino, y juntos, construiremos un futuro próspero para Waltzovia.

La noticia del compromiso real fue recibida con una mezcla de sorpresa y entusiasmo. Los nobles comenzaron a susurrar entre sí, evaluando las implicaciones políticas y sociales de tal unión. Los aplausos y vítores llenaron el salón, mientras el Rey Damian sonreía, su mirada buscando la mirada de su hija, quien, con un rubor en las mejillas, hizo una elegante reverencia desde su posición al lado de su prometido. La recepción continuó con brindis y celebraciones, marcando el inicio de una nueva era para Waltzovia, con un nuevo Conde y un futuro rey.

Durante la ceremonia en la que conde Darren recibiría su título, el Rey Damian, sentado en su majestuoso trono, ordenó que lo llamaran. Deseaba hablar con él lo antes posible. Al ser avisado, Darren acudió al salón y, frente a los soberanos, realizó una respetuosa reverencia.

—Majestades, me informaron que deseaban hablar conmigo —dijo Darren con solemnidad.

—Por favor, abandona las formalidades —respondió el rey con gesto tranquilo—. Ahora que el compromiso ya ha sido anunciado, quisiera saber si sería posible celebrar la boda dentro de diez días.

La propuesta sorprendió a Darren. Su compromiso apenas se había oficializado y ya proponían una fecha tan cercana para la ceremonia. Además, Emery, aunque joven, había alcanzado la edad considerada como adulta en aquel reino.

—Tal como dijo mi esposo, Darren, confiamos en que mi hija no solo estará bajo tu buen cuidado, sino que preferimos que tengas un lazo matrimonial sólido antes de partir hacia tu nuevo hogar —intervino la reina, cercana y firme en sus palabras.

Mientras observaba a la reina, Darren no pudo evitar imaginar cómo sería Emery al crecer. La majestad de la reina revelaba que su hija seguramente heredaría esa belleza exquisita.

—Vuestra majestad, veros en persona me permite comprender por qué vuestra hija posee una hermosura tan cautivadora —comentó Darren con sinceridad, lo que hizo que la reina se sonrojara levemente mientras esbozaba una sonrisa agradecida.

Emery, quien estaba detrás de Darren y escuchó sus palabras, expresó su desconcierto.

—Entonces… ¿crees que soy hermosa? —preguntó con timidez.

El rey intervino antes de que Darren respondiera:

—Emery, tu madre y yo hemos decidido que es lo mejor para ambos casarse en diez días. Estamos consultándolo con Darren ahora mismo.

Emocionada por la noticia, Emery dio pequeños saltos de alegría, ilusionada por el futuro que le aguardaba. Los reyes notaron su entusiasmo y comprendieron que no habría objeciones por parte de ella.

—Es grato ver que esta vez has aceptado la idea sin resistencia —comentó la reina con una ligera sonrisa.

Sus palabras recordaron a Emery el rechazo que había expresado anteriormente frente al compromiso propuesto con el príncipe Alem.

—Bien, está decidido. Que se preparen las festividades para la ceremonia —declaró el rey con firmeza.

Darren tomó aire profundamente, reuniendo fuerzas para hablar nuevamente.

—Majestades, hay algo más que debo informarles —dijo titubeante, pero decidido—. Además de estar comprometido con vuestra hija, la princesa Emery Celery Galeran Von Waltzovia, también me he prometido con dos doncellas.

Los reyes se miraron entre sí con evidente sorpresa antes de fijar sus ojos directamente en Darren. Fue la reina quien rompió el silencio con una pregunta que resonaba en el aire.

—¿Esas doncellas son dignas de semejante honor al lado de mi hija? —preguntó de forma incisiva.

Con entereza y convencido de las virtudes de ambas mujeres, Darren continuó con su explicación.

—Lo son —afirmó con firmeza—. Ambas doncellas han desempeñado un papel fundamental en mi vida. Lady Amelia Velora Ich Hesse me enseñó los fundamentos de la magia y, gracias a ella, me he convertido en quien soy hoy. —Hizo una pausa mientras dirigía su mirada a la reina. Luego prosiguió con seguridad—. También está Lady Lyra Gottschalk. Ella arriesgó su propia vida para salvarme y su sonrisa otorga paz a mi espíritu.

La reina entrecerró ligeramente los ojos antes de formular una nueva pregunta cuya intensidad dejó claro su descontento:

—¿Entonces ellas son más importantes para ti que mi hija?

Las palabras hicieron que Darren reflexionara rápidamente sobre cómo sus sentimientos podían haber sido malinterpretados. Sin dudar ni un segundo más, aclaró:

—Eso jamás sería así. Para mí, Lady Emery… vuestra hija… es incomparable. Cuando llegué a este mundo, fue ella quien me ofreció esperanza y me enseñó a valorar esta nueva oportunidad en mi vida. Siempre ha permanecido a mi lado y ha enfrentado los mismos peligros conmigo. De hecho… Ella haciendo frente a su temor y a la misma muerte, corrió hacia donde me encontraba herido y me sano para poder abatir al temible dios dragón —sus mejillas se tiñeron de rojo mientras desviaba ligeramente la mirada antes de continuar—. Creí innecesario justificar por qué amo a vuestra hija. Mi devoción hacia Emery siempre será clara y absoluta.

Aunque aún sorprendidos por las revelaciones hechas por Darren, los reyes intercambiaron miradas silenciosas cargadas de admiración, al saber que podía expresarse así de su hija. Y de reconocer sus méritos.

—Si ese es el sentimiento que tienes por ella, ¿por qué no deseas desposarla? —preguntó el rey con curiosidad.

—En el breve tiempo que he compartido con Emery, he sido testigo de su crecimiento. Ha madurado, se ha vuelto más fuerte… Pero en el mundo del que vengo, ella sigue siendo una niña. Es mucho menor que yo…

La reina intervino entonces, con una voz serena pero cargada de autoridad. —Joven Darren, cuando me casé con el rey Damian, él tenía veinticinco años y yo acababa de cumplir doce. Nos conocimos en mi presentación en sociedad. —Hizo una pausa breve, sus ojos se velaron por recuerdos pasados. —Sin embargo, no soy su primera esposa. La reina anterior falleció…

Darren no pudo evitar hacer un cálculo interno. Su verdadera edad, aquella oculta bajo su envoltura joven, coincidía con la del padre de Emery.

—Entonces déjenme plantear esto. —dijo finalmente, con una mirada firme que desconcertó a ambos monarcas—. Si tuviera en este momento la edad del rey y deseara casarme con su hija, ¿aceptarían?

La sorpresa pareció congelar el ambiente; sus palabras habían tocado un punto inesperado. El rey fue el primero en romper el silencio.

—Eso no es relevante. Si eres alguien que puede jugar un papel importante para el reino, es nuestra obligación como realeza asegurar que permanezcas dentro de la familia. —Sus ojos se estrecharon levemente—. Pero dime, ¿a qué viene esta pregunta?

Darren bajó la mirada por un momento antes de alzarla nuevamente, su rostro sombrío y honesto. —Mis reyes… La verdad es que ustedes ven a un joven frente a ustedes, pero mi auténtico ser… —hizo una pausa antes de continuar con gravedad— …lleva la misma edad que el rey.

La revelación dejó perplejos a los soberanos. ¿Cómo podía alguien que aparentaba ser tan joven cargar con un alma tan veterana? Claro, este hombre ya era singular dentro de las leyes y la naturaleza de su mundo; sin embargo, lo que acababa de confesar desafiaba incluso sus amplias expectativas de lo imposible.

—Darren, como ya te lo hemos comentado. Para la realeza, nosotros solo jugamos un papel. Que es el de dirigir una nación. Para ello, necesitamos a los mejores y más fuertes guerreros. Para ello, por lo que eso que mencionas, no es importante. —Declaró el rey. Dejando a Darren sin más argumentos.

—Si eso es todo. ¿Entonces no habrá más objeciones de tu parte para realizar la boda? —preguntó la reina.

Darren únicamente movió la cabeza.

—Por cierto, sobre tus otros compromisos. Ya estábamos al tanto. Tengo espías en toda la nación. Además, sabemos realmente quién es Amelia. Y que tanto ella como tú, poseen la misma magia. Y que ella está ahora aquí gracias a que tu la trajiste de vuelta. —Exclamó el rey. —Deja ir todo y disfruta la fiesta.

—Además, hacen juego tus broches con ellas. —dijo la reina, quien se había percatado de aquel detalle.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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