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La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 24

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Capítulo 24: Capítulo 24: Grito de guerra

Los primeros rayos de sol, insolentes y persistentes, se colaban entre los pesados pliegues de las cortinas de terciopelo, pintando franjas doradas sobre el suelo de la opulenta habitación. Anoche, la fiesta de recepción se había extendido hasta bien entrada la madrugada, y el palacio, aún adormecido, comenzaba a desperezarse con lentitud. Darren, sin embargo, no se sentía precisamente desperezado. Un peso inusual sobre su pecho, cálido y sorprendentemente familiar, lo sacó de su letargo. Con un gruñido, estiró un brazo, esperando apartar alguna almohada rebelde, pero sus dedos tropezaron con algo suave y sedoso: cabello.

Abrió los ojos de golpe. Al retirar con cautela la colcha que lo cubría, descubrió la pequeña figura de Lyra, acurrucada plácidamente sobre él, roncando suavemente como un gatito. Su cabello castaño se esparcía como un halo sobre la almohada, sumida en un sueño profundo, le daban un aire angelical… y completamente inoportuno. Justo en ese instante, un golpe discreto, pero firme, resonó en la puerta. Darren, con la agilidad de un felino, volvió a cubrir a Lyra con la colcha, esperando que la tela gruesa la hiciera invisible.

La puerta se abrió con un crujido suave, revelando la figura impecable de un mayordomo, con su uniforme almidonado y una expresión de profesionalismo inquebrantable. Detrás de él, asomaban las cabezas curiosas de un par de doncellas, cargadas con toallas y jabones perfumados.

—Buenos días, Conde Königssee —saludó el mayordomo con una voz tan pulcra como su vestimenta—. Vengo a asistirle con su aseo matutino. Su traje para el día ha sido preparado y está listo para ser planchado a su gusto.

Darren, con la colcha aún estratégicamente colocada sobre su regazo, forzó una sonrisa tensa. —Agradezco su diligencia, pero no será necesario. Puedo encargarme yo mismo. Solo necesito un momento para… prepararme.

El mayordomo inclinó ligeramente la cabeza, una señal de respeto que no ocultaba su insistencia. —Con todo respeto, mi señor, la etiqueta real dicta que un noble de su rango no debe molestarse con tales menesteres. Permítanos preparar su baño y asistirle con su vestimenta. Las doncellas están listas para…—

—¡No es necesario! —interrumpió Darren, su voz un poco más aguda de lo que pretendía. La idea de que una de las doncellas descubriera a Lyra dormida bajo su colcha era, por decir lo menos, catastrófica. —Realmente, prefiero la privacidad en estos asuntos. Les ruego que me dejen solo por un momento.

El mayordomo, imperturbable, dio un paso adelante, y las doncellas, con una sonrisa de complicidad, comenzaron a avanzar. —Pero, mi señor, el agua debe estar a la temperatura perfecta, y los aceites esenciales… —Fue la gota que colmó el vaso. Darren, con un destello de exasperación en sus ojos, se irguió ligeramente, haciendo que la colcha se moviera peligrosamente. —¡He dicho que no! —Su voz, aunque baja, resonó con una autoridad innegable. Con un gesto de su mano, una ráfaga de energía mágica, invisible para los ojos del mayordomo, empujó suavemente al hombre y a las doncellas fuera de la habitación. La puerta se cerró con un suave clic, dejando a Darren y a la aún dormida Lyra en un silencio tenso.

Con la puerta cerrada y la amenaza de una revelación inminente momentáneamente aplacada, Darren suspiró. Miró a Lyra, que seguía durmiendo profundamente, ajena al caos que había provocado. No había tiempo para sutilezas. Con un pensamiento rápido conjuro un hechizo para que fluyera agua con una velocidad inusitada. Un segundo pensamiento, y el vapor se elevó, indicando que el agua había alcanzado la temperatura perfecta. Para asegurar su privacidad, y la de su pequeña e inesperada compañera de cama, conjuró una mampara de seda mágica que se materializó al instante, dividiendo la habitación.

Darren se bañó con la eficiencia de un soldado en campaña, cada movimiento preciso y rápido. Una vez limpio y vestido, se acercó a la cama. Lyra seguía en el reino de los sueños. Con sumo cuidado, la envolvió en una manta suave, creando un bulto adorable y sospechoso. La cargó en sus brazos, sintiendo el peso ligero de la niña y el calor de su pequeño cuerpo.

El pasillo estaba, por fortuna, desierto. Darren avanzó con paso rápido y decidido hacia la habitación de Lyra, esperando depositarla discretamente en su cama antes de que nadie se percatara de su peculiar carga. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Al llegar a la puerta de Lyra, la encontró entreabierta, y desde el interior se escuchaban risas y el suave murmullo de voces. Las doncellas ya estaban allí, listas para asistir a la joven en su aseo matutino.

Darren se detuvo en seco, el bulto de Lyra en sus brazos. No había escapatoria. Con un suspiro resignado, enderezó los hombros, ajustó la manta para que solo se viera la cabeza dormida de Lyra, y entró en la habitación con la frente en alto. Las doncellas, al verlo, se quedaron en silencio, sus sonrisas se congelaron y sus ojos se abrieron de par en par al ver al Conde Königssee cargando a la pequeña Lyra, envuelta en una manta, como si fuera un paquete. Darren les dedicó una sonrisa forzada, como si llevar a una niña dormida envuelta en una manta fuera la cosa más normal del mundo para un duque recién nombrado. El silencio se hizo espeso, cargado de preguntas no formuladas y miradas de asombro. Darren solo pudo esperar que la explicación que se le ocurriera fuera lo suficientemente convincente.

La reina Celery reunió a las chicas después de desayunar y juntas salieron rumbo a visitar las tiendas del lugar. Para ahorrar tiempo y viajar de forma más cómoda, Amelia le pidió a Darren que creará un vehículo para el trayecto. Ante esto, Darren, sorprendido al recordar que Amelia sabía conducir, le preguntó cómo había aprendido. Ella le explicó que fue gracias a sus recuerdos y que, en algunas ocasiones, dentro de su mente, imaginaba cosas que luego usaba para aprender a usar lo mismo que él. Así era como había practicado. Esto dejó a Darren atónito, pero al mismo tiempo le alegró contar con alguien tan resolutiva.

En el delicado ballet de la cercanía, Darren se movió con la lentitud de un sueño, sus pasos silenciosos como el aliento de la noche. Se acercó a Amelia, y en ese espacio íntimo que se abrió entre ellos, su mano se alzó, una suave caricia que sostuvo su mejilla opuesta, como la brisa que apenas perturba la superficie de un lago en calma. El corazón de Amelia, un tambor desbocado en su pecho, comenzó a martillar con una fuerza inusitada, tiñendo sus mejillas de un carmesí vibrante, mientras sus ojos, negros profundos de emoción, resplandecían con una luz propia, reflejo de un anhelo apenas contenido.

Los labios de Darren, cual pétalo de rosa, danzaron sobre su piel, un roce apenas perceptible que siguió el contorno de la comisura de los labios de Amelia, un camino de fuego que ascendió por su mejilla, deteniéndose, por fin, junto a su oído. Allí, en la penumbra de un susurro que era más aliento que palabra, una promesa velada se deslizó como seda: —Aún recuerdo que tengo algo pendiente contigo—. La frase, un eco en el silencio, sacudió a Amelia hasta lo más profundo, alterando aún más la ya agitada calma de su ser, dejándola suspendida en el dulce tormento de la anticipación.

Tras ese instante, Amelia pensó que finalmente Darren la besaría. Sin embargo, él no se atrevió. La reina les había ordenado mantenerse apartados debido a la boda, tanto de ellas como de Emery. Por eso, no pudo evitar alarmarse al encontrar a Lyse en su cama aquella mañana. Así, dejó en suspenso resolver lo sucedido con Amelia.

Darren creó una SUV Ocean de color negro que resultó ser un verdadero espectáculo. El vehículo lucía impresionante, tanto que la reina, junto a otros nobles, no pudieron ocultar su asombro. Varios comenzaron a manifestar su deseo de tener uno igual, pero Darren aclaró que por el momento algo así no era viable. Explicó que para poseer un vehículo de esas características era imprescindible saber conducir y entender al menos conceptos básicos de mecánica para mantenerlo en condiciones, además de que el combustible que ocupa no lo tienen ellos. De todas formas, algunos nobles insistieron en enviar sirvientes a recibir instrucción, con la esperanza de poder acceder a uno más adelante.

Mientras tanto, la reina tenía un objetivo claro: quería conseguir un vestido majestuoso para su hija. Por ello, se dirigieron donde la experta diseñadora encargada de confeccionar ropa para los miembros de la realeza. A lo largo del camino, eran el centro de atención de todos los presentes: las personas no podían evitar mirarlos al pasar. Además, aunque no demasiado ruidoso, el sonido del motor capturaba la curiosidad de muchos, haciendo que voltearan a observar qué estaba ocurriendo.

Al llegar al área comercial se dirigieron al salón de costura real, iluminando los ricos brocados, sedas y encajes que adornaban los maniquíes y las mesas de trabajo. La Reina, con una expresión de serena alegría, supervisaba los preparativos de la boda junto a la organizadora principal, Lady Serafina, una mujer de mediana edad con un ojo infalible para el detalle y una paciencia infinita. A su lado, Celery, la madre de Emery, observaba con una mezcla de emoción y orgullo, ofreciendo sugerencias puntuales que denotaban su experiencia en la alta sociedad.

Amelia, con su elegancia innata, se movía entre los diseños con una gracia natural, sus ojos negros analizando cada costura y bordado. Aunque la boda no era la suya, su interés era genuino, y su opinión, siempre mesurada y perspicaz, era valorada por la Reina. Lyra, por su parte, su mirada llena de curiosidad, se maravillaba con la opulencia de los tejidos y los intrincados patrones. Para ella, cada vestido era una obra de arte, y no podía evitar imaginar a Emery en cada uno de ellos, una sonrisa soñadora en sus labios mientras tocaba con delicadeza una muestra de encaje de Bruselas.

La conversación fluía entre risas y comentarios sobre los diseños, los colores y las tradiciones nupciales. Lady Serafina presentaba bocetos y muestras de tela, explicando las ventajas de cada estilo y cómo se adaptarían a la figura de Emery. Celery recordaba anécdotas de su propia boda, y la Reina compartía detalles sobre los símbolos reales que debían incorporarse al vestido. Era una escena de armonía y anticipación, un remanso de paz en medio de las complejidades de la vida en la corte, donde el único foco era la celebración del amor.

Cuando finalizaron con ese asunto, Lady Serafina dirigió su atención a los vestidos. Su diseño meticuloso, la calidad de las telas y la elegancia del estilo dejaban en claro que no existían prendas semejantes en ningún otro reino. Al conversar con las jóvenes, estas revelaron que sus atuendos habían sido confeccionados por el propio prometido de Serafina. La revelación fue tan impactante que incluso la reina, impresionada, expresó su deseo de tener vestidos como aquellos.

Mientras tanto, en los terrenos del palacio, el Rey Damian y Darren se encontraban inmersos en una actividad muy diferente. El monarca, con una curiosidad casi infantil, inspeccionaba con entusiasmo la imponente casa rodante todoterreno que Darren había traído consigo. Era una maravilla, capaz de sortear cualquier terreno y ofrecer comodidades dignas de un rey en su interior. Damian, un hombre de espíritu aventurero a pesar de su posición, no podía ocultar su deseo de probarla.

—Darren, ¡este carruaje es una obra de arte! —exclamó el Rey, dando una palmada en el robusto chasis—. Me gustaria probarlo. ¿Qué dices, un pequeño paseo por los jardines exteriores?

Darren sonrió, complacido por el entusiasmo del Rey. —Sería un honor, Su Majestad. Está diseñada para la aventura, y no hay mejor manera de probarla que recorriendo por terrenos difíciles.

Con una agilidad sorprendente para su edad, el Rey Damian subió a la cabina, seguido por Darren. El motor, silencioso pero potente, cobró vida con un suave zumbido. La casa rodante se deslizó con facilidad por los senderos de grava, superando pequeños desniveles como si fueran meras ondulaciones. La conversación entre ambos fluía con naturalidad, abordando temas del vehículo en sí. Cómo funcionaba, cómo se construye, que se requiere para tener uno, intercaladas con las risas del Rey ante las capacidades del vehículo.

Sin embargo, al volver a los establos en donde guardan los carruajes, su tranquilidad se vio abruptamente interrumpida. Un guardia llegó corriendo para avisar que había llegado un mensaje urgente del marqués. El mensajero real, y la urgencia en su postura era inconfundible.

—¡Su Majestad! ¡Un mensaje urgente del Marqués Iñigo Von Wettin! —jadeó el hombre, extendiendo un pergamino sellado con el emblema del Marqués.

El Rey Damian frunció el ceño, la diversión de su reciente paseo se desvaneció al instante. Rompió el sello y desenrolló el pergamino, sus ojos recorriendo rápidamente las líneas. A medida que leía, su expresión se tornaba grave, y un matiz de preocupación se dibujó en su rostro. Darren, observando el cambio en el monarca, supo que la noticia no era buena.

—El Marqués Iñigo informa… —comenzó el Rey, su voz más baja y tensa— que la nación de Ulfhedinn, de donde provenía el Príncipe Alem Jude Von Dietrich, está en un estado de agitación. Su actual monarca, el Rey Kriegsdrache Harnisch Von Dietrich, hermano de Alem, ha tomado medidas drásticas. Parece que los vientos de guerra soplan con fuerza desde el norte.

El rey Damian sabe que debe preparar todo para una inminente guerra. Aprovechando la presencia de los nobles aún reunidos, ordena convocar una reunión urgente. Mientras aguardábamos la llegada de los demás convocados, el monarca preguntó a Darren qué acciones consideraba más adecuadas. Este explicó que todo parecía estar relacionado con el hecho de haber acabado con la vida del hermano del soberano enemigo. Aunque aquel príncipe había sido el responsable de actos de conquista en las tierras de Waltzovia, ahora se utilizaba su muerte como pretexto para justificar el conflicto.

Darren sugirió tomar medidas diplomáticas y enviar a un emisario que explicara la verdadera causa de los hechos, argumentando que lo ocurrido no fue más que una respuesta a los delitos graves cometidos por el príncipe Alem contra el ducado de Valerius. Entre esos crímenes, destacó no solo la traición, sino también el secuestro y el intento de asesinato del duque y su familia. Por si fuera poco, Alem había intentado robar un tesoro nacional que terminó destruido junto con el palacio real. Ante tales acciones, Darren sostuvo que el reino responsable debía asumir las consecuencias y ofrecer una compensación por los múltiples daños causados por uno de sus miembros.

Aunque la propuesta parecía tener potencial, el rey comprendía lo peligroso que sería para cualquier emisario o noble asumir tal misión diplomática frente a un reino predispuesto a la guerra. Darren, plenamente consciente de ese peligro, dejó clara su intención de liderar la misión personalmente. Sin embargo, el rey se negó rotundamente. Para él, perder una figura tan valiosa como Darren era un lujo que el reino no podía permitirse, ya que se trataba de su recurso más invaluable en aquellos tiempos inciertos.

Cuando todos estuvieron reunidos, incluidos los miembros del consejo de guerra, el rey hizo referencia al contenido de la carta. La noticia dejó a todos atónitos, preguntándose qué pasos seguir frente a esta inminente amenaza. No solo debían enfrentarse a un reino extranjero, sino también a los miembros de la misma familia real. Cada uno de los hijos del antiguo monarca era comparable a liderar un regimiento entero en el campo de batalla.

La sala se sumió en un acalorado debate sobre las estrategias a seguir. Algunos proponían reforzar las fronteras para contener el avance enemigo y concentrar a todo el ejército en una defensa férrea. Otros sugerían emprender un ataque total, arrasando con todo lo que encontraran hasta llegar a la capital del reino contrario. Las discusiones se multiplicaban mientras intentaban encontrar el curso más acertado para resolver el conflicto. Más de uno cuestionó si no habría sido mejor ofrecer la mano de la princesa en matrimonio, ya fuera a un aliado extranjero o incluso a uno de los hermanos del rey enemigo.

Fue entonces cuando Darren, visiblemente irritado, reaccionó ante la forma en que hablaban de Emery. Permaneció impasible cuando se hicieron comentarios despectivos hacia él, tildándolo de inexperto e incapaz de aportar algo al momento crítico. No obstante, acababa de ser nombrado conde, condecoración que contrastaba con las críticas recibidas. Fue necesario que el propio rey interviniera, poniendo fin a las acusaciones infundadas y destacando cómo ninguno de los presentes tenía méritos dignos de aclamación en comparación con las proezas logradas por Darren.

La discusión alcanzó su punto álgido cuando algunos nobles sugirieron posponer el matrimonio de la princesa para preservar su pureza y así mantener la posibilidad de usarla como moneda de negociación si la situación lo exigía. Dicho comentario enfureció a Darren.

Con voz firme e imponente, dejó claras sus intenciones: —más respeto al hablar de la princesa, quien además era su prometida. —Su intervención fue tan contundente que incluso sorprendió al propio rey. Ante esto, uno de los nobles presentes le recriminó su falta de referencia, insinuando que ignoraba cómo dirigirse adecuadamente a sus superiores.

Darren no se amedrentó y replicó con determinación, asegurando que podía enfrentarse solo contra todo un ejército humano, pues había combatido contra amenazas mucho mayores: los dioses mismos. Aquella afirmación desconcertó a todos los presentes. Lo que ignoraban era que ni siquiera podían imaginar la verdadera magnitud de lo que Darren había enfrentado: sabía que el príncipe Alem y el colosal dragón no eran meros seres mortales, sino manifestaciones divinas.

Para respaldar sus palabras, el Duque Eldrich, el Conde Adrien y otros testigos relataron las hazañas que hasta entonces habían permanecido ocultas. Sacaron a la luz la verdad sobre el enfrentamiento contra el príncipe Alem, portador de una lanza divina, y contra el dragón, un auténtico dios del trueno. La revelación dejó sin aliento a los presentes mientras intentaban asimilar lo que acababan de escuchar.

Fue entonces cuando el silencio finalmente se apoderó del lugar. Sin embargo, eso no solucionó el tema de la guerra ni las tensiones que esta generaba. El aire, antes cargado de confrontación, había cambiado radicalmente tras revelar que Darren era la pieza clave para delinear el desenlace del conflicto, ya fuera por medio de la resolución pacífica o el triunfo en el campo de batalla.

—Propongo enviar un emisario para negociar antes de declararnos en guerra. —La voz de Darren resonó seria y decidida.

Sus ojos recorrieron con intensidad los rostros de cada uno de los presentes. Allí se encontraban todos, enfrentando su propuesta con una mezcla de asombro y recelo, como si aquello únicamente pudiese calificarse de insensato. Una respuesta explosiva rompió el breve silencio. —¡Nadie está dispuesto a embarcarse en una misión tan peligrosa!, —rugió uno de los nobles, dejando ver su indignación.

—Ya lo sé perfectamente. —respondió Darren con calma antes de detenerse unos segundos. Fue entonces que su mirada se endureció y, con una convicción inquebrantable, sentenció: —¡Por eso mismo iré yo!

Aquello parecía un completo desvarío, pero esa misma idea rondaba las mentes de muchos de los presentes. El viaje, en sí mismo, implicaba más de diez días hasta la frontera. Siendo que ellos habian tardadopara alcanzar la capital. Era un trayecto largo y agotador, y para colmo, el ejército enemigo tenía ya varios días de ventaja. Sin embargo, el movimiento de un regimiento siempre es lento, y como tal, el tiempo sería más relevante que el número total de efectivos. Darren, meticuloso como siempre, realizaba cálculos con precisión casi matemática; analizaba el tiempo, la distancia y las provisiones necesarias para llegar a la capital real antes que las fuerzas enemigas traspasaran la frontera. Calculaba con confianza que podía adelantarse a ellos sin problema.

—Considerando la velocidad de marcha y los medios a su disposición, tardarán alrededor de ciento cincuenta o cien días en llegar a la capital —dijo Darren con serenidad—, aunque, sí se exigen al límite, podrían reducir ese tiempo a un mínimo de sesenta días. Por mi parte, puedo alcanzarlos en menos de diez días y bloquear su avance.

El rey, al escuchar estas palabras, mostró un entusiasmo difícil de disimular. —Siendo así, la boda se llevará a cabo como estaba planeado —declaró con determinación.

Antes de dar por concluida aquella tensa reunión, el rey advirtió a los presentes que guardarían absoluto silencio sobre estos asuntos al menos hasta varios días después del enlace nupcial.

Más tarde aparecieron las chicas acompañadas por la madre de Emery, todas radiantes y visiblemente contentas. Al verlas, Darren se sintió aliviado al percibir que se llevaban bien entre sí. Aun así, ocultó cualquier señal en su rostro que pudiera delatar preocupación o estrés por lo que allí se había discutido horas antes. Cuando se acercó a saludarlas, la reina Celery lo detuvo con una excusa: estaban inmersas en revisar los bocetos para los vestidos de novia.

Este pequeño intervalo le dio a Darren una idea. Ese lapso podría ser justo lo que necesitaba para ejecutar su misión y regresar antes del tan esperado evento. Reflexionó sobre los medios necesarios para ir y volver con rapidez. Fue entonces cuando se le ocurrió una solución obvia. ¡Una moto! Sí, con ella podría desplazarse velozmente y sortear los espacios más complicados sin demasiados inconvenientes.

Aprovechando un momento en que las mujeres estaban distraídas, Darren desapareció silenciosamente del salón. Pero no pasó desapercibido para todos. Amelia, quien no había dejado de observarlo con una mezcla de curiosidad y recelo desde que apareció en la reunión, notó su ausencia. Disculpándose apresuradamente con los demás, decidió seguirlo. Algo en su fuero interno gritaba que debía actuar rápido.

En el exterior del palacio lo encontró al fin. Ahí estaba Darren conversando en tono serio con el marqués Leopold y el capitán de la guardia, Sir Schwert. Sin duda, tramaba algo importante.

Cuando ella se aproximó, la conversación cesó de inmediato. Sin necesidad de palabras, percibió con claridad que algo importante sucedía. Pese a sentirse excluida, anhelaba profundamente poder expresar sus pensamientos en aquel instante. Así que decidió enfrentarlo sin rodeos, advirtiéndole que, aunque él no quisiera compartir nada, no se apartaría de su lado bajo ninguna circunstancia. Tras esas palabras, ambos se miraron fijamente, conscientes de que el tiempo jugaba en su contra. Finalmente, Darren cedió y le reveló su plan.

El ambiente estaba impregnado de incertidumbre y temor por el inminente destino del reino. Fue entonces que Amelia comprendió las razones detrás de la determinación de Darren: detener la guerra era imperativo. Tras presenciar cuántas vidas se perdieron por una catástrofe natural, permitir más sufrimiento simplemente no era una opción. Ella tomó entonces una decisión irrevocable, guardando en su interior un juramento: seguiría a Darren a donde fuera y haría todo lo posible para protegerlo. Porque aquel hombre, más allá de toda duda, era el amor de su vida.

—Te acompañaré —sentenció con firmeza.

Darren, sorprendido por su resolución, intentó persuadirla de quedarse atrás, argumentando los riesgos. Sin embargo, los minutos pasaban entre varios intentos de discusión y respuestas contundentes por parte de Amelia. Por experiencia sabía que, cuando ella se decidía por algo, no había forma de cambiar su rumbo. Reconoció que quizá sería mejor contar con su apoyo en aquella peligrosa misión; después de todo, Amelia era alguien en quien siempre había podido confiar.

Alrededor, algunos lanzaron miradas escépticas y cuestionando si Amelia sería realmente un respaldo valioso. Pero Darren respondió con convicción, defendiendo su decisión. Les recordó que Amelia no era una simple acompañante: ella era su maestra en magia, una bruja poderosa y, sobre todo, su prometida. Avergonzados por sus dudas, los demás se disculparon y callaron.

Con el tiempo apremiando, Darren utilizando su magia, creó ante todos: una moto inspirada en su modelo predilecto, la H2R. Capaz de alcanzar velocidades superiores a los 350 kilómetros por hora. Aquella máquina prometía llevarlos a su destino con rapidez y precisión. Con un toque característico de ingenio, Darren había diseñado también trajes especiales de cuero reforzados con kevlar para protegerlos durante el trayecto e impactos de flechas ante cualquier imprevisto. Los cascos incluían radios integrados, y el equipamiento se completaba con guantes y botas diseñados para soportar cualquier adversidad.

El marqués y el capitán no pudieron evitar detenerse a admirar la impresionante motocicleta. Pero lo que más les llamó la atención fueron los llamativos atuendos que portaban Darren y Amelia. Mirándolos de reojo y con algo de envidia disfrazada de curiosidad, ambos comenzaron a desear trajes similares para ellos mismos.

Ya preparados, ambos se acomodaron sobre la moto. Amelia se sujetaba con fuerza a la cintura de Darren. El rugido del motor resonó en la distancia, penetrando incluso en los muros del palacio. Tanto el rey como los nobles, que debatían tácticas de guerra en un salón cercano, fueron atraídos por el estrépito. Al asomarse curiosos por el balcón, contemplaron con desconcierto a dos figuras montadas sobre un artefacto que jamás habían visto. Confundidos por la extraña máquina, su asombro se multiplicó al ser testigos de la velocidad a la que desaparecieron en el horizonte, dejándolos atónitos y sin palabras.

Por otro lado, Emery y Lyra, quienes reconocieron inmediatamente aquel rugido que resonaba a lo largo de los pasillos del palacio, llegaron apresuradas al lugar del cual provenía el sonido. Estaban seguras de que se trataba de algún tipo de vehículo. Se miraron entre sí, inquietas por las preguntas que nacían en sus mentes: ¿por qué crear otro aparato como aquel? Fue entonces cuando notaron la ausencia de Amelia y dedujeron rápidamente lo sucedido. Intentaron seguir el rastro del ruido, pero este ya se había desvanecido en la distancia antes de que pudieran hacer algo. Resignadas y frustradas por llegar demasiado tarde, quedaron abatidas. La reina Celery, al captar la tristeza reflejada en el rostro de su hija y de Lyra, no tardó en idear un modo de reconfortarlas y levantarles el ánimo.

Mientras tanto, los habitantes del pueblo se sobresaltaron al escuchar aquel estruendo ensordecedor y más aún al vislumbrar una sombra que pasó frente a ellos a una velocidad imposible de seguir con la vista. La confusión se transformó pronto en rumores y habladurías sobre un monstruo feroz y veloz como un relámpago.

Darren y Amelia, ajenos al caos dejado a su paso, avanzaban rápidamente. Habían recorrido ya una considerable distancia, aunque hasta ese momento la moto aún no superaba los ciento cincuenta kilómetros por hora. Aprovechando que habían salido del terreno intrincado del palacio, Darren recordó la ruta previamente trazada junto al marqués Leopold y el capitán Schwert: un camino plano y amplio que permitiría aprovechar al máximo el rendimiento del vehículo.

—¿Estás seguro de que viajar a esta velocidad es seguro? —preguntó Amelia con evidente preocupación.

—Tranquila, si surge algún contratiempo usaré un poco de magia para controlarlo… —respondió Darren con tono confiado, aunque su mente ya comenzaba a divagar con una idea peligrosa: “¿Qué tal si incrementara la velocidad de la moto aplicando magia?”

Amelia no tardó en advertir su pensamiento y, antes de que pudiera siquiera intentarlo, lo interrumpió con firmeza:

—Ni lo pienses.

Para Amelia, ya iban más rápido de lo que podía considerar aceptable. Habiendo accedido previamente a los recuerdos de Darren, conocía perfectamente los riesgos asociados a las motocicletas—y más aún a las de ese tipo.

El trayecto continuó, y en apenas quince minutos habían cubierto casi diecisiete kilómetros. Darren planeaba avanzar lo más posible antes de que cayera la noche, decidido a maximizar el tiempo aprovechando las capacidades de su veloz creación.

El reloj ya marcaba las diez de la noche, y habían partido poco después del mediodía. El día los había llevado a recorrer más distancia de la planeada. La moto, con más de tres mil kilómetros recorridos, había alcanzado velocidades superiores a los trescientos cincuenta kilómetros por hora bajo el control de Darren. Este ritmo vertiginoso había provocado que Amelia se asustara en algunas partes del trayecto, aunque eso la llevaba a aferrarse más a él, lo que él no podía evitar disfrutar.

Darren tenía en mente conducir un poco más, pero Amelia no estuvo de acuerdo. Le recordó que ya habían recorrido una distancia equiparable a la necesaria para llegar a la capital real, por lo que podían descansar y dejó claro que no podía soportar estar más tiempo sobre la moto. Durante el trayecto, se habían detenido varias veces para reabastecerse de combustible. Sin embargo, en este mundo, Darren utilizaba un e-fuel diseñado por él mismo, buscando evitar la contaminación que tanto daño había causado al lugar del que provenía.

Cuando por fin decidieron detenerse, Darren comenzó con los preparativos para pasar la noche. Monto la tienda de campaña, mientras Amelia encendía el fuego. Juntos cocinaron un ave que habían cazado más temprano. El aroma de la comida no tardó en atraer a algunos animales salvajes: lobos enormes con mandíbulas anchas y cuerpos poderosos. Sus músculos eran tan firmes que Darren pudo sentir su resistencia al golpearlos. Amelia los abatió con ataques mágicos.

Tras el enfrentamiento y con el peligro controlado, disfrutaron de su cena antes de disponerse a descansar. En la mente de Amelia comenzó a rondar la idea de lo que implicaba pasar la noche a solas con Darren. Sin embargo, al llegar el momento de dormir, la situación se tornó completamente distinta de lo que había imaginado. Aunque estaban comprometidos y eran adultos tanto en este mundo como en el otro del que Darren provenía, no podía evitar sentirse nerviosa. La sola idea la estremecía.

Amelia conocía bien las dinámicas propias de las parejas en situaciones similares. Recordaba cómo Darren se contenía al estar solo con Emery, viéndola siempre como una niña y evitándolo a toda costa. Además, sabía que parte de esa contención podría haber tenido que ver con sus propios pensamientos invadiendo los de él. Porque lo que había observado en los recuerdos de Darren, aunque le causaba dolor, le brindaba también algo de claridad: cada momento que él compartió con su esposa estaba grabado en su memoria. Y aunque esos recuerdos le provocaban sentimientos encontrados, también había aprendido a entenderlos y saber qué esperar.

Durante la noche, Darren se recostó junto a Amelia. La rodeó con sus brazos en un abrazo tierno y le dio un beso de buenas noches, pero ella anhelaba algo más profundo. Ya se había mentalizado para ese momento, esperando que él diera el siguiente paso. Sin embargo, no entendía por qué Darren evitaba cruzar esa línea. Además, todavía no la había besado de la misma manera apasionada con que ella sabía que había besado a Emery, Lyra y, aquella mujer quien aún era la dueña de su corazón. Ese detalle la inquietaba.

—¿No puedes dormir? —preguntó Darren suavemente—. ¿Puedo hacer algo para que te sientas mejor?

Amelia reflexionó ante sus palabras; estaba segura de que si le pedía algo, él lo haría solo por ella. Y precisamente ahí residía la contradicción. Aunque apreciaba la conexión especial que compartían, comprendía que Darren no era el tipo de hombre dispuesto a entregarse por completo como ella deseaba. Sabía mejor que nadie cómo él se sentía respecto a las relaciones. Comprendía sus miedos, las cicatrices de su pasado y el dolor que aún lo acompañaba. Quizás no lo confesara a otras, pero con ella había encontrado un vínculo único.

—Amelia —susurró.

Cuando Darren volvió a murmurar su nombre, el susurro fue lo suficientemente suave para estremecerla. Amelia giró el rostro para verlo y, en ese momento, él la besó. Al sentirlo, notó una clara diferencia, un beso cargado de algo más. Le resultaba familiar, como si ese gesto estuviera impregnado de una memoria que él mismo apenas alcanzaba a controlar. Entonces lo recordó: esa forma de besar era la misma que un día fue solamente de la mujer de sus recuerdos, de Monica. Sin embargo, lejos de velar en inseguridades o reproches, Amelia se sintió halagada. Eso le demostraba que tenía un lugar especial en el corazón de Darren.

El beso fue como una chispa que encendió algo dentro de ella, lleno de magia, energía y un sentimiento intenso. Podía percibir en cada roce que él también la deseaba tanto como ella a él. Pero cuando Amelia intentó prolongar aquel instante, Darren se detuvo. Decidió no ir más lejos y simplemente volvieron a acostarse juntos, dejando que el silencio nocturno los envolviera mientras conciliaban el sueño cada quien en sus propios pensamientos.

Avanzaron con determinación hasta alcanzar la frontera. En la ciudadela, los soldados, atentos al creciente ruido del motor que se aproximaba, se inquietaron. Una sensación de amenaza se apoderó de ellos, como si un monstruo estuviera a punto de aparecer. Las barricadas colocadas para frenar cualquier intrusión resultaron inútiles; Darren las superó sin dificultad, saltando por encima con destreza.

Al llegar a las imponentes puertas de la ciudad, detuvo la moto abruptamente. Ambos descendieron con tranquilidad mientras los soldados, alertas, los rodeaban rápidamente. Fue entonces cuando distinguieron que no se trataba de ninguna amenaza monstruosa, sino de un hombre y una mujer. El ajustado traje de piel de Amelia no solo revelaba su figura femenina, sino que además llamaba la atención por su esbelta silueta y elegancia. Al quitarse los cascos, la tensión inicial cedió por completo; los soldados confirmaron que eran humanos y no criaturas extrañas. Sin perder tiempo, Darren presentó un documento oficial con el sello real, otorgándoles pleno derecho de tránsito por el reino.

Con autoridad y serenidad, Darren solicitó una audiencia con el marqués Íñigo Von Wettin. Este último, después de recibir la carta del rey, aceptó el encuentro de inmediato. Durante la reunión, Darren explicó el propósito de su visita. El marqués, visiblemente sorprendido, comentó lo inesperado de su veloz llegada hasta la frontera. Darren, reflexivo, se dio cuenta de que había pasado por alto ese detalle en sus cálculos y rápidamente ajustó su enfoque, dispuesto a aprovechar al máximo el tiempo disponible.

—¿Cuál es la situación actual? —quiso saber Darren con firmeza.

A medida que intercambiaban información, Darren expuso lo discutido previamente en la asamblea ante el marqués y el capitán de la guardia. Estos, a su vez, describieron la nueva realidad en la frontera. La carta enviada al rey tenía quince días de antigüedad; de ahí la sorpresa de su pronta llegada en comparación con las expectativas iniciales. Además, la inusual moto que utilizaron despertaba la curiosidad entre los presentes.

Finalmente, los condujeron hacia el límite mismo de la frontera. Allí aguardaba una escena imponente: el ejército imperial enemigo había tomado posición en una demostración abrumadora de fuerza. Darren y Amelia quedaron impactados al contemplar al vasto contingente desplegado. Era evidente que había llevado semanas, quizás meses, movilizar semejante cantidad de soldados. Darren reflexionó sobre lo sucedido y comprendió que subestimó las posibles consecuencias del asesinato del príncipe Alem; la velocidad con la que aquel ejército fue convocado evidenciaba una respuesta inmediata y calculada hacia una guerra inevitable.

El capitán Sir Ernst Dönitz añadió un dato inquietante: el ejército enemigo llevaba días posicionándose metódicamente en las cercanías, aglomerándose poco a poco sin cruzar el límite fronterizo. Darren había anticipado enfrentarse a un gran contingente militar, pero aquel despliegue superaba con creces sus expectativas. Sabía que el panorama sería arduo y desafiante, pero ahora el peso de la situación se hacía aún más claro: lo que enfrentaban era mucho más que una simple batalla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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