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La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 25

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  3. Capítulo 25 - 25 Capítulo 25 Séptimo el escudo
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25: Capítulo 25: Séptimo, el escudo 25: Capítulo 25: Séptimo, el escudo La cruda realidad del momento arrancó a Darren de su ensueño, aquel en el que se veía deteniendo sin dificultad el avance del implacable ejército enemigo.

Ulfhedinn había planificado cada movimiento con tiempo de sobra, anticipándose de forma sigilosa y estratégica.

Ahora, el despliegue del enemigo estaba completo, con toda su fuerza reunida a las puertas.

Darren pudo calcular sin problemas que contaban con aproximadamente cinco mil soldados; distinguía claramente divisiones de infantería, caballería y unidades de asedio.

En contraste, las tropas de Walzovia carecían de cualquier esperanza numérica: apenas disponían de seiscientos infantes y cincuenta jinetes.

Con calma, Darren se aproximó al marqués e indicó tanto a él como al capitán cómo debían disponer a las fuerzas, subrayando la importancia de no intervenir directamente en lo que estaba por venir.

Aún tenía la intención de intentar una mediación diplomática, aunque en el fondo de su mente ya consideraba que, si ésta fallaba, les tocaría enfrentarse al inminente combate.

Darren y Amelia comenzaron a prepararse para la tormenta que preludiaba la batalla.

Amelia, inspirada por él, decidió equiparse con un atuendo singular: una mezcla entre la ropa que usaría para montar en moto y un diseño más propio de combate, donde predominaban los tonos negros complementados con detalles morados y una larga capa de terciopelo que llegaba hasta el suelo, aportando un aire elegante y enigmático En su cintura descansaba una elegante espada ropera y en su mano llevaba una varita diseñada para canalizar y extender el poder de su magia.

Su equipo no era ordinario; cada pieza contenía mejoras capaces de fortalecer tanto su energía mágica como su resistencia física, además de incrementar su velocidad y potencia corpórea.

Darren se tomó el mismo cuidado al alistarse con un atuendo igualmente funcional y preparado para resistir aquello que estaba por llegar.

Cuando estuvieron listos, marcharon juntos hacia el campo de batalla.

Su avance era lento pero constante, atrayendo la atención turbada de los soldados que se quedaban atrás.

Los hombres observaban en silencio cómo se alejaban hacia el enfrentamiento.

En el interior de Darren resonaba una melodía de corte electrónico que surgía espontáneamente en su mente.

Daba ritmo a sus pasos firmes y determinada presencia mientras avanzaba bajo el cielo gris.

—Two strings of light, something familiar.

Do you remember the lull of the blinding light?

—resonaban las palabras en su mente, inexplicables pero cargadas de significado.

No lograba entender por qué su mente había elegido esa canción en particular; quizá formara parte de algún fragmento olvidado de su pasado.

Pero no tenía tiempo para reflexionar en ese instante crítico.

—But in the fading wind, I heard a thousand dreams collide —continuaba la letra en un eco subliminal.

Amelia le seguía en silencio, observándolo con detenimiento.

Su paso firme y su expresión seria desbordaban confianza; no había miedo en sus ojos.

Se preguntaba qué pensamientos cruzarían por su mente mientras avanzaban hacia lo inevitable.

Aunque extrañaba la conexión que compartían antes, ahora valoraba mucho más simplemente estar a su lado.

En ese momento, la certeza de que podía verse caminar junto a él fortaleció su determinación: no solo compartirían sus vidas y emociones; podían amarse libremente, sin limitaciones.

—And in those tired eyes, I saw a thousand worlds collapse.

We’ll make it back again.

We’ll make it back —murmuró Darren con voz suave, pero lo suficientemente clara para ser escuchado por Amelia.

Ella levantó la mirada hacia él al captar sus palabras, reconociendo al instante el idioma extraño de su mundo de origen.

Está cantando, pensó asombrada mientras una sonrisa se dibujaba en sus labios.

Ese pequeño acto era una señal única y preciosa; un fragmento vulnerable de quien ahora era Darren, un hombre que marchaba sin titubeos hacia el ojo de la tormenta.

Mientras se acercaban al campamento enemigo, el imponente ejército desplegaba una abrumadora demostración de poder, dejando claro su superioridad numérica.

Apenas pisaron territorio adversario, fueron rodeados con celeridad, como si todo estuviera ya dispuesto para recibirlos.

Darren avanzó decidido y, sin dudar, se identificó como conde, explicando que su propósito era dialogar con su líder.

Los soldados observaban a Darren con incredulidad; no podían creer que un noble hubiera llegado hasta allí.

Y más sorprendente aún, lo había hecho acompañado únicamente por una mujer.

Para colmo, el hombre no vestía una armadura ni nada que lo protegiera.

Portaba una espada extraña que les resultaba completamente ajena.

la llevaba asegurada tras su espalda, a la altura de la cintura.

Pero eso era exactamente lo que Darren había planeado.

Las risas sarcásticas de los soldados resonaron en el aire.

Sin embargo, cuando intentaron desarmarlo, Darren reaccionó con violencia certera, demostrando que no sería un blanco fácil.

La conmoción atrajo a más refuerzos.

Amelia observaba la situación y pensaba con resignación que cualquier posibilidad de negociación había quedado atrás.

—¡Exijo hablar con su líder!

—vociferó Darren, su voz rasgando el caos alrededor.

Frente a él, un grupo considerable de soldados avanzaba, veintenas de hombres armados hasta los dientes.

Pese a lo intimidante del panorama, Darren no mostró flaqueza.

Las lanzas apuntaron directamente hacia él en un intento de someterlo, pero sus movimientos ágiles y letales resultaron en que varios de sus atacantes cayeran abatidos casi al instante.

No pasó mucho tiempo antes de que un capitán se presentara, ofreciendo un atisbo de negociaciones que pronto demostró ser una ilusión vacía.

Darren le explicó serenamente que no había provocado el ataque inicial, pero la respuesta del capitán fue tajante: las órdenes eran claras, destruir al enemigo sin preámbulos.

Negociar no era una opción.

Darren respiró hondo, reprimiendo su frustración y advirtiéndoles una vez más que insistiría en hablar directamente con su líder.

De lo contrario, no mostraría misericordia.

Los soldados se burlaron, ignorando la severidad en su tono.

Con gesto resolutivo, Darren conjuró un descomunal hechizo de fuego.

Las llamas envolvieron el cielo nocturno en una exhibición tan vasta y devastadora que los soldados retrocedieron instintivamente.

Aun entre sus hechiceros más experimentados, nunca habían presenciado un acto de tal magnitud.

El asombro era palpable, pero no suficiente para acobardar al capitán, quien titubeó sólo por un momento antes de ordenar a sus hombres atacar.

Darren apretó los puños mientras se preparaba para lo inevitable.

Reflexionó rápidamente sobre su propio carácter, volviéndose consciente de aquel impulso que siempre lo llevaba a buscar soluciones pacíficas, incluso en circunstancias desesperadas.

Pero sabía que la realidad no tenía espacio para ideales.

Al final, uno debía caer para que otro sobreviviera.

Sacó con determinación su ninjato, esa espada forjada para el combate preciso y letal.

Quizás, pensó fugazmente, si lograban diezmar a suficientes soldados antes de ser superados, podrían finalmente conseguir la atención de sus líderes para negociar.

Mientras tanto, Amelia, que no había perdido detalle de las palabras del capitán ni del cambiante semblante de Darren, entendió lo que venía.

La sola mirada que él le dirigió fue suficiente para dar la orden silenciosa.

Era hora de atacar.

Los soldados se lanzaron rápidamente a la batalla, decididos a enfrentar al enemigo.

Amelia combatía con intensidad, mezclando su poderosa magia para atacar a las grandes aglomeraciones y su destreza con el esgrima para acabar con los adversarios en minoría.

Darren, por su parte, se concentraba en los grupos de mayor tamaño, empleando ambas técnicas con una sincronización perfecta que hacía que cada movimiento fuera letal.

A lo lejos, tras los imponentes muros de la inexpugnable ciudadela, el ejército del marqués observaba con asombro.

Sus ojos no podían apartarse de la escena: dos figuras enfrentándose solas a un ejército entero.

Las explosiones de magia iluminaban el campo de batalla mientras los gritos de los soldados enemigos resonaban, evidenciando que estaban siendo aplastados.

Aunque la hazaña parecía inverosímil, Darren y Amelia sabían que todavía se estaban conteniendo.

Habían logrado reducir a una quinta parte del ejército enemigo.

Entonces, Darren percibió algo: el rumor lejano de órdenes absolutas, alguien pedía informar al príncipe.

Fue una sensación extraña, incómoda.

Lo siguiente que ocurrió fue inesperado: se dio la orden de retirada en el frente enemigo.

Y entonces, una figura emergió entre las filas.

Había salido de una lujosa tienda de campaña.

Darren lo vio y quedó atónito; mientras aquel hombre avanzaba hacia él, notó algo inquietante: su rostro era idéntico al de Alem, el hombre que él había derrotado tiempo atrás.

Una voz profunda resonó en su mente.

Era Hanan Pacha hablándole con urgencia: —”Cuidado, portador de la lanza.

El enemigo que se aproxima posee un arma divina.

No te descuides y usa todo tu poder desde el comienzo.” Darren asimiló las palabras del espíritu ancestral, aunque no podía evitar preguntarse si el enemigo tenía otros artefactos divinos bajo su mando.

Y allí estaba frente a él, el líder del ejército contrario avanzando con absoluta autoridad.

—Soy Otto Alexander Von Dietrich, séptimo príncipe de Ulfhedinn —dijo con frialdad y firmeza mientras se detenía frente a Darren.

—Entonces tú eres el asesino de Alem…

Qué curioso, parece que hoy es mi día de suerte —agregó con burla en su tono.

Darren reflexionó sobre cómo había descubierto que él era el responsable de la muerte de su hermano.

Quizás había sido el propio artefacto divino el que le había contado sobre que él es un portador, de igual manera que la reliquia que portaba ahora le había brindado la advertencia momentos antes.

Sin embargo, sabía que no tendría más opción que luchar con todo su poder, aunque se resistía a utilizar su carta más fuerte.

Esa vacilación le costó la ventaja inicial, y ahora el príncipe Otto avanzaba con una arremetida que parecía imposible de detener.

Amelia, mientras tanto, optaba por mantenerse al margen y observar, como había estado planeado desde el principio.

Un destello iluminó la colisión de fuerzas entre Darren y Otto.

En el brazo del príncipe apareció un escudo resplandeciente que rechazó el contraataque de Darren, cuya espada brillaba con energía imbuida.

—”Ese es” —pensó Darren con una mezcla de incertidumbre y reconocimiento.

Otto sonrió con aire triunfal.

—Esta es mi arma divina, el Escudo de Wiraqucha —dijo con una risa prepotente.

Sin embargo, Darren notó algo peculiar: Otto no estaba aprovechando el verdadero poder del escudo.

Tal vez, igual que había sucedido con Alem en el pasado, el príncipe veía la reliquia solo como un arma ordinaria, ajeno a la fuerza mística que yacía en su interior.

El combate se intensificó rápidamente.

Ambos intercambiaban golpes feroces, la armónica danza de las armas instigada por una habilidad incomparable.

La espada imbuida de energía de Darren chocaba constantemente contra la hoja de Otto, cada impacto resonando con una fuerza sobrecogedora.

Pero el escudo, imponente e inquebrantable a simple vista, empezaba a vibrar bajo las frenéticas embestidas de Darren.

Otto no podía descifrar por qué ocurría esto y cada vez con mayor frecuencia miraba de reojo en busca del arma incongruente que su oponente se negaba a usar: la lanza divina.

Desde las profundidades de Hanan Pacha, una voz advertía a Darren que Otto ignoraba los secretos del escudo.

Era el momento ideal para acabar con él sin vacilar.

No debía mostrar piedad o corría el riesgo de repetir los fatales errores de su enfrentamiento contra Alem.

La destreza del príncipe en el manejo combinado de espada y escudo comenzaba a sobrepasar a Darren, quien se veía forzado a depender más y más del poder del núcleo dentro de él.

A pesar de todo, prefería confiar en su propia habilidad física y mágica mientras continuaba lanzando ataques que alternaban hechicería y esgrima.

Por otra parte, Otto sentía un desprecio creciente por su contrincante.

Reconocía que Darren lo superaba en habilidad tanto en magia como en esgrima pura; la única razón por la que seguía plantándole cara era gracias al escudo divino que sujetaba con firmeza.

Pero incluso eso no compensaba el hecho de que su enemigo no había utilizado todavía todo su potencial.

En la mente de Darren empezaron a surgir ecos provenientes de la esencia del arma divina que habitaba dentro de él.

Le susurraban que no sería capaz de vencer a otra reliquia divina sin utilizar aquella técnica específica que había empleado una vez antes.

Solo ese peculiar hechizo tenía el potencial para igualar un poder tan grande como el del escudo.

—”¿Magia extraña?

¿Se refiere a mi hechizo Cero Absoluto?” —se preguntó Darren, atrapado entre la duda y el temor.

Sabía perfectamente lo arriesgado que era emplear esa técnica.

El peligro de repetir los catastróficos resultados del enfrentamiento contra Alem pesaba como una roca en su conciencia.

Pero Hanan Pacha insistía: eso era exactamente lo que debía hacer.

Darren poseía un núcleo poderoso, suficiente para atraer la esencia misma del escudo hacia su voluntad.

El duelo continuó por poco más de media hora, un espectáculo inaudito que habría dejado sin aliento incluso al observador más experimentado.

Pese a todo, Darren se sentía capaz de pelear mucho más tiempo.

No obstante, desde la distancia, la voz firme de Amelia cortó su concentración como una daga: debía darse prisa antes de que fuera demasiado tarde.

Darren, impulsado por el deseo de alcanzar el escudo, ejecutaba ataques cada vez más feroces y cargados de energía, llevando la resistencia de Otto al límite.

Aunque el escudo exhibía una fortaleza excepcional, no lograba soportar el implacable asedio de la espada que portaba Darren, imbuida con la esencia del núcleo y potenciada como si tuviera la fuerza de la mismísima lanza legendaria.

Otto lo percibía claramente; podía sentir la vibración de esa energía inusual.

Sin embargo, la habilidad de Darren para dominar aquella arma divina superaba por mucho la experiencia del propio Otto, quien apenas había tenido un año para acostumbrarse al poder del escudo.

Las embestidas se intensificaron hasta que, en un instante crítico y fugaz, la defensa del escudo cedió.

Otto quedó petrificado por el miedo.

Era ese momento exacto que Darren había aguardado, habiendo concentrado una cantidad descomunal de energía para dar el golpe decisivo.

Aunque Otto trató desesperadamente de atacar, Darren desvió su movimiento con un hábil giro de su espada.

Fue entonces cuando, con su otra mano, desató aquel conjuro devastador: —¡Cero Absoluto!

Una ola gélida cubrió el campo de batalla, mientras una espesa oscuridad devoraba todo a su alrededor.

Energías de poder púrpura y negro se expandieron del hechizo que Darren había invocado.

Otto observaba atónito al ver cómo el escudo, supuestamente impenetrable, comenzaba a fracturarse.

Finas líneas energéticas en tonalidades púrpuras se esparcían por las grietas, mientras la magia negra de Darren avanzaba sin compasión.

El escudo intentaba responder con descargas doradas y luminosas, en un vano intento de contrarrestar aquel poder siniestro.

Pero fueron inútiles, consumidas por la avasalladora fuerza del conjuro.

Al final, el escudo de Wiraqucha colapsó bajo la inmensa presión energética.

Una explosión monumental siguió a su destrucción, lanzando incontables fragmentos por toda el área.

En un intento desesperado por proteger a Amelia y en Otto, Darren conjuró un escudo improvisado ante la explosión inminente, aunque eso no fue suficiente para evitar que los escombros del escudo se incrustaran en él debido a la proximidad.

La devastación era absoluta, arrasando todo a su paso del mismo modo que había sucedido cuando Darren demolió el palacio del duque Eldrich.

Una torre brillante compuesta por luz púrpura, dorada y negra ascendió hacia los cielos implacablemente.

El campamento enemigo, los soldados y sus armas quedaron reducidos a insignificancia en cuestión de segundos.

A diferencia de sus experiencias pasadas, esta vez Darren pudo sentir cómo el núcleo del escudo, luego de ser destrozado en pedazos, fue atraído por su propio cuerpo.

El cristal penetró violentamente en su brazo derecho—el mismo con el que había desencadenado el hechizo—fusionándose lentamente con su carne y finalmente con el hueso en un proceso doloroso e irreparable.

Tal como Hanan Pacha lo había advertido previamente, el núcleo sería inevitablemente absorbido por él junto a fragmentos adicionales del escudo, intensificando su conexión con este poder ancestral.

No todo había terminado; Otto emergió entre los escombros con su brazo hecho trizas por la explosión.

Sin embargo, los fragmentos del escudo que se incrustaron en su cuerpo comenzaron a regenerarlo milagrosamente, convirtiéndolo en un nuevo portador parcial del poder.

Ahora exhibía una figura reforzada por las energías del escudo destrozado.

—Por eso nunca llegaste a utilizar la lanza divina, ¿verdad?

Pensé que era porque no sabías cómo manejarla o porque su poder era demasiado para ti.

—comentó Otto al percibir la abrumadora energía que emanaba desde su cuerpo.

—Ahora todo encaja.

Y ahora que tengo ese poder en mis manos, acabaré contigo —proclamó con absoluta seguridad.

Con la urgencia apoderándose de él y consciente de la gravedad de la situación que enfrentaba, Darren dirigió sus palabras a Hanan Pacha: —Necesito usar el poder de ambos núcleos.

¿Cómo me comunico con el escudo?

Hanan Pacha actuó como puente entre ambos, facilitando el diálogo entre Darren y el núcleo del escudo.

Este último se presentó como Pachacútec, el sagrado escudo de Wiraqucha.

Darren lo saludó con respeto y solicitó su poder como favor.

Sin embargo, Pachacútec quiso saber cuál sería el propósito de dicho poder.

Darren respondió con sinceridad que lo necesitaba para proteger a quienes más amaba y le importaban.

—No puedo perder a nadie —exclamó Darren con firmeza.

El escudo divino reflexionó sobre sus palabras, reconociéndolas como simples pero poderosas.

La razón de Darren lo impresionó, mucho más en comparación con otros que solo buscaban protegerse de cualquier sufrimiento, por mínimo que fuera.

En Darren detectó una profundidad única, una experiencia marcada por el peso de distintos tipos de dolor.

Esto lo hacía alguien valiente, altruista y completamente digno de su poder.

Mientras tanto, Amelia despertó recostada contra un árbol.

Su cabeza palpitaba y sus brazos dolían intensamente.

Fue entonces cuando percibió algo alarmante: su brazo estaba sangrando.

A pesar de ello, pronto recordó algo—Darren había invocado un escudo para protegerla.

El impacto del ataque había sido devastador, lo suficientemente fuerte como para atravesar tanto el escudo como las prendas encantadas que llevaba.

Sin embargo, algo más llamó su atención.

Unos pequeños destellos se dejaron ver antes de ser ocultados cuando su piel comenzó a regenerarse.

Amelia notó que la batalla seguía sin haber terminado del todo.

Dos destellos dorados aún atravesaban el firmamento, uno más grande y robusto que el otro.

Poco a poco, comenzaron a descender hasta desaparecer cerca del suelo.

En la ciudadela, todos observaban expectantes el desenlace de aquel enfrentamiento.

El marqués y el capitán se interrogaban sobre aquella pareja desconocida.

¿Quiénes eran esos dos que, por sí solos, habían logrado vencer al colosal ejército?

Darren ahora se encontraba imbuido con la energía de dos núcleos.

Si ya era formidable con uno, la potencia de un segundo núcleo incrementaba su poder mágico de manera abrumadora.

Otto intentó resistir, pero no había comparación posible.

Aunque empuñara con todas sus fuerzas su espada, Darren ahora poseía no solo una inmensa fuerza ofensiva, sino también la protección del escudo.

Sin embargo, cuando fue Darren quien atacó, el escudo de Otto resultó inútil.

La espada de Darren cortó uno de sus brazos y, acto seguido, se quebró bajo el esfuerzo.

Aprovechando ese breve instante, Otto reclamó su extremidad cercenada y logró reanexarla a su cuerpo mediante su propio poder.

Pero Darren, irradiando una abrumadora energía, conjuró una nueva espada idéntica a la anterior y, como si fuera poco, creó un inmenso círculo de flechas luminosas flotando en torno a él.

Con un simple movimiento de su dedo, desató una tormenta de proyectiles hacia su adversario.

El rostro de Otto reflejaba claramente su impotencia.

Sabía que las habilidades de Darren lo superaban con creces, tanto que comenzó a temer seriamente por su propia vida.

Con esa desesperación en el alma, se lanzó al ataque.

Sin embargo, todas las flechas atravesaron su cuerpo sin piedad y se incrustaron profundamente en él antes de explotar con una devastadora fuerza.

Fragmentado en pedazos por completo, su cuerpo intentó reconstruirse parte por parte.

Pero Darren lo observó fijamente mientras se acercaba; entonces extrajo meticulosamente los fragmentos del escudo que permitían su regeneración.

Con esos restos vitales aprisionados en su mano, frustró cualquier posible recuperación y sentenció a Otto a un final tan brutal como agónico.

Cada pedazo de su ser sintió el sufrimiento desmedido antes de desaparecer para siempre.

Con paciencia calculada, Darren selló los fragmentos en una pequeña caja que creó con magia.

El recipiente, del tamaño de un estuche para sortijas, contrastaba con la magnitud de lo que encerraba en su interior.

Al terminar la batalla, Darren notó que Amelia no estaba allí.

Buscó rápido con la mirada por todos lados, inquieto, hasta que una sensación familiar lo guio.

Era algo muy similar a lo que había experimentado cuando Hanan Pacha le advirtió acerca de Pachacútec.

Entonces la divisó acercándose a él, aunque algo en ella había cambiado.

Amelia irradiaba una presencia totalmente diferente; era imponente, poderosa.

Sin dudarlo, Darren corrió hacia ella y la envolvió en sus brazos con fuerza.

Pero este no fue un simple abrazo; contenía todo el miedo y la angustia de quien casi pierde algo irremplazable.

Amelia lo sintió claramente en cada movimiento y en cada latido apresurado contra ella.

Entonces le susurró con calma: —Ya no tendrás que temer más por perderme.

Mientras contemplaban la escena frente a ellos, Darren no podía apartar la mirada de la devastación que había causado su hechizo.

Lo que antes era un campamento rebosante de vida, con un regimiento completo de cinco mil soldados, ahora no era más que un enorme cráter.

—Volvamos —murmuró Darren, tomando a Amelia de la mano con suavidad.

En ese instante notó algo: la manga del traje de Amelia estaba desgarrada, aunque ella hacía lo posible por ocultarlo bajo su capa.

Más allá de lo visible, Darren podía sentir los fragmentos incrustados en su cuerpo, pulsando con una energía peculiar.

Amelia, consciente también de esa conexión entre los fragmentos y Darren, le dirigió una mirada de preocupación.

Sin embargo, Darren respondió con un gesto tranquilizador mientras mantenía firme su agarre.

—Tranquila, todo irá bien —le dijo en tono sereno—.

Como tú misma dijiste, ya no tengo que preocuparme por ti…

pero, por favor, permíteme continuar cuidándote.

Aunque Amelia aparentaba fortaleza, Darren no podía evitar que sus sentimientos hacia ella lo desbordaran.

La amaba profundamente y quería que supiera cuánto significaba para él, cuánto confiaba en su habilidad y, aun así, deseaba protegerla.

Al llegar finalmente a la ciudadela, el ejército los recibió con vítores y gritos de júbilo.

Nadie había imaginado que esa pareja fuera lo suficientemente poderosa para aniquilar al regimiento invicto con tan poco esfuerzo.

La sensación de triunfo iluminaba los rostros de todos.

El marqués los aguardaba en su palacio, donde se organizó una celebración en honor a la arrolladora victoria.

En el banquete se sirvieron platos exquisitos, mientras los comensales saboreaban el triunfo y compartían historias.

El marqués mostró un insaciable interés por los detalles de la batalla, aunque Darren trató de mantenerse discreto, hablando solo lo necesario.

Sin embargo, las circunstancias exigían su participación, a pesar de su deseo de pasar desapercibido.

Durante los momentos de convivencia, salieron a relucir temas que inicialmente no habían podido abordar.

Entre ellos, el marqués descubrió que Darren, recientemente nombrado conde, era también el prometido de la princesa Emery, y que la boda se llevaría a cabo en los próximos días.

Sin embargo, frente a la inminente amenaza del ejército vecino que se encontraba apostado a las puertas de su ciudad, era imposible permitirse el lujo de haberse ausentado.

Asimismo, destacó que ambos poseían habilidades mágicas extraordinarias, lo que les permitió derrotar al enemigo de esa forma.

No obstante, instó al marqués a reunir el mayor número de soldados en el menor tiempo posible, para estar preparados antes de que el enemigo vuelva a presentarse ante sus puertas.

Los asistentes continuaron con la celebración, aunque la falta de los invitados principales marcó el momento en que el marqués Íñigo y el capitán Bernard decidieron retirarse a su estudio.

Allí, acompañados de una buena copa de vino, dialogaron largo rato sobre aquellos dos personajes, extendiendo la conversación hasta bien entrada la noche.

La hazaña reciente resultaba asombrosa, lo que alimentaba la sospecha de que algo se estaba ocultando.

Durante la charla, el marqués, inquieto, anotaba algo en un pergamino, pues no podía sacudirse la sensación de que aquella guerra aún no había llegado a su fin.

Amelia había dejado caer sus prendas para disfrutar de un relajante baño.

Darren, desde el interior de la habitación, comentó que se recostaría mientras ella se ocupaba, pero Amelia tenía algo distinto en mente.

Sin embargo, él le pidió con firmeza que aguardara.

Después de todo, habían pasado más de cinco mil años; ¿qué importaba esperar un poco más?

Pero esa perspectiva no complacía a Amelia.

En su unión no había necesidad de ceremonias elaboradas.

Solo bastaba con la promesa de Darren como hombre.

A pesar de ello, él mantuvo su postura: no era cuestión de no confiar en su propia palabra, sino de querer ofrecerle un momento especial, algo que ambos recordaran con un significado único.

Aunque algo frustrada, Amelia terminó cediendo.

Tras bañarse y ponerse un ligero y vaporoso camisón de dormir, se acomodó a un lado de la cama.

Darren la observó brevemente antes de apartar la mirada con rapidez.

Sin decir nada más, se levantó y fue hacia la tina.

Limpió los restos de agua y la calentó con magia antes de sumergirse.

Al terminar su baño, el cual no duró más de quince minutos, se vistió y regresó al lecho donde estaba Amelia.

Se recostó a su lado, depositando un tierno beso sobre su cabeza antes de rodearla con sus brazos.

Finalmente, ambos se entregaron al descanso abrazados bajo el manto de la noche.

Por la mañana, desayunaron temprano.

El marqués seguía durmiendo, así que no pudieron despedirse de él.

Ataviados nuevamente con sus vestimentas de motoristas, salieron al patio donde el capitán los aguardaba con una carta del marqués dirigida al rey.

Darren tomó el documento con solemnidad y subió a la motocicleta junto a Amelia.

—Agárrate bien —le indicó con firmeza antes de encender el vehículo.

El ensordecedor rugido del motor resonó por toda la ciudad, captando la atención de cualquiera que estuviera despierto.

—Nos veremos en otra ocasión, capitán Bernard —dijo con una mezcla de formalidad y despedida.

La moto comenzó a rodar por las apacibles calles de la ciudad, interrumpiendo la calma matutina.

Mientras algunos vecinos apenas se levantaban y otros se disponían a iniciar su jornada laboral, el estruendo del motor marcaba su acelerado trayecto.

No tardaron mucho en dejar atrás la ciudadela.

Apenas alcanzaron el camino principal, Darren pisó el acelerador a fondo, llevando la velocidad hasta alcanzar los trescientos ochenta kilómetros por hora.

Sin reducir el paso, estaba determinado a llegar al destino lo antes posible.

Mientras tanto, en la capital real, Emery y Lyra se debatían en pensamientos sobre Darren y Amelia.

¿Dónde estarían?

¿Qué estarían haciendo?

Pero peor aún, la incertidumbre que atormentaba a Emery era si Darren regresaría.

Estaba con Amelia, la mujer a quien amaba profundamente.

Las dudas laceraban su mente.

—Sin duda debe estar disfrutando momentos felices a su lado —se dijo con una punzada de amargura mientras trataba de mantener la compostura.

Su tormento fue interrumpido cuando una de las doncellas, llegó con un mensaje claro: la reina las llamaba.

Los preparativos para la boda debían continuar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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