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La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 26

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26: Capítulo 26: Boda real 26: Capítulo 26: Boda real En el camino de regreso, Darren y Amelia aprovecharon cada momento juntos.

Una de las actividades que ambos disfrutaban era cocinar.

Mientras ella se encargaba de picar las verduras con destreza, él se ocupaba de despellejar, cortar y preparar la carne para la comida.

Parecían funcionar en perfecta sincronía, casi como si fueran un matrimonio.

El regreso al palacio les tomó menos de tres días.

Durante el trayecto, Amelia alternaba entre la decepción y el enfado al reflexionar sobre la inminente boda que se acercaba rápidamente y pero también implicaba, que la suya también estaría próxima.

A medida que se aproximaban a la capital, el imponente rugido de la motocicleta de Darren resonaba desde lejos.

Los guardias, alertados previamente, tenían órdenes de despejar su paso, así que se apresuraron a indicarle a la gente que se apartara del camino.

Por su parte, los ciudadanos, al escuchar el ensordecedor sonido, comenzaron a murmurar y luego a gritar sin disimulo: ¡El monstruo ha vuelto!

Rápidamente, Darren y Amelia surcaron las calles a toda velocidad, dejando a su paso un murmullo de expectación.

En el castillo, aquel rugido inconfundible no tardó en propagarse por los pasillos.

Al reconocerlo, Emery y Lyra se cruzaron una mirada cómplice y salieron corriendo con prisa hacia la puerta principal.

Pero Darren se dirigía a los establos para guardar su moto, aunque ya le aguardaba una escolta especial lista para acompañarlos directamente hasta la sala de audiencias.

Cuando Darren detuvo la motocicleta y descendió con agilidad, Amelia intentó dirigirse a sus aposentos, pero él la detuvo al tomarla suavemente por ambas manos.

Con una expresión seria pero cargada de emoción, le dijo: —No es que no te quiera, Amelia.

El motivo por el cual no he querido avanzar más en nuestra relación durante el viaje, es porque quiero que tengamos nuestra ceremonia primero.

Acto seguido, se inclinó hacia ella y depositó un beso tierno en su frente.

Antes de que pudieran intercambiar más palabras o miradas, aparecieron Emery y Lyra precipitadamente.

Al verlos juntos y envueltos en un aire tan íntimo, no pudieron evitar sentirse invadidas por los celos y comenzaron a reclamarles entre reproches el motivo de su partida y el por qué regresaban ahora con actitudes tan cariñosas entre ambos.

Antes de que avanzaran más, los guardias detuvieron a Darren con urgencia.

El rey y los nobles lo esperaban ansiosos, deseosos de recibir noticias sobre su misión.

Ante esto, Emery y Lyra dedujeron rápidamente que Darren había partido por encargo del reino.

Darren las miró con serenidad, intentando tranquilizarlas.

—Tengo asuntos que atender.

Pueden continuar con lo que estaban haciendo mientras regreso —dijo, manteniendo su habitual calma.

Sin embargo, aquellas palabras solo lograron despertar el enojo de Emery.

—¿Eso es todo?

¿Así me tratas después de tanto tiempo?

—exclamó con evidente disgusto.

—Esperé pacientemente durante días tu regreso, y ahora que estás aquí ni siquiera muestras algo de alegría al verme.

Y como si no bastara, te marchaste solo con Amelia, a quien sí pareces dedicarle atención.

Darren se quedó pensativo ante su reacción.

A lo largo del tiempo, siempre había sido considerado con Emery, pero ahora se daba cuenta de que su actitud inexplicablemente había cambiado hacia ella.

Después de un par de segundos, respondió sinceramente: —Tienes razón.

No te he visto en días, y lo lamento.

Con esa confesión, se acercó y abrazó a Emery y Lyra por separado, transmitiendo una mezcla de disculpa y afecto.

—Lamento no poder dedicarles más tiempo ahora.

Prometo que cuando tenga un momento libre estarán en el centro de mi atención.

—Antes de marcharse, Darren se aproximó a Emery y le depositó un suave beso en la mejilla.

Esto la llenó de alegría, provocando que sus mejillas se tiñeran de un ligero rubor.

Acto seguido, Darren se dirigió junto a los guardias hacia la sala del rey.

Sin perder detalle ante la curiosidad que las invadía, Emery y Lyra decidieron seguirlos.

Finalmente llegaron al enorme salón donde los soldados permitieron el acceso exclusivo a Darren, dejando atrás a las chicas con un creciente deseo de saber qué estaba pasando.

La situación las llevó a recordar que Amelia también había acompañado a Darren en su misión, lo que despertó aún más interrogantes.

Movidas por la inquietud, decidieron encaminarse al cuarto de Amelia en busca de respuestas.

El Rey Damian, esperaba en su trono, flanqueado por sus consejeros, nobles que ya había conocido y otros nobles que llegaron en su ausencia.

La tensión en el aire era palpable, una mezcla de expectación y preocupación por los recientes acontecimientos en la frontera.

Darren avanzó con paso firme por el largo pasillo central, su presencia imponente a pesar de su atuendo poco convencional para la corte.

Se detuvo a una distancia respetuosa del trono y realizó una reverencia formal.

—Su Majestad, he regresado de mi misión en la frontera de Waltzovia —anunció Darren con voz clara y resonante.

El Rey asintió, su expresión inescrutable.

—Conde Darren, esperamos con impaciencia su informe.

Las noticias tardan mucho en llegar.

¿Qué sucede en la frontera?

Darren se irguió y comenzó su relato, describiendo la situación en la frontera, la inminente amenaza del ejército de Ulfhedinn y el enfrentamiento con el Príncipe Séptimo, Otto Alexander Von Dietrich.

Omitió los detalles más personales de su combate y la intervención de Amelia, centrándose en los hechos militares y la devastación causada por la batalla.

Explicó cómo el regimiento enemigo había sido aniquilado y cómo el Príncipe Séptimo había sido derrotado, asegurando que la amenaza inmediata había sido neutralizada.

Una vez finalizado su informe verbal, Darren extrajo de su vestimenta un pergamino sellado.

—Su Majestad, el Mariscal de Walzovia me ha encomendado entregarle esta carta personalmente —dijo, extendiendo el documento a un guardia, quien a su vez lo llevó al Rey.

El Rey rompió el sello con un movimiento rápido y desplegó el pergamino.

Sus ojos recorrieron las líneas escritas, y a medida que leía, su semblante, antes inescrutable, comenzó a mostrar signos de asombro y, finalmente, una profunda admiración.

Levantó la vista de la carta, su mirada fija en Darren.

—Conde Darren —comenzó el Rey, su voz cargada de una nueva solemnidad que silenció cualquier murmullo en la sala—, el marqués Leopold relata aquí parte de lo sucedido, desde lo que ellos pudieron ver y constatan la información que ha mencionado.

Afirma que usted y la dama que lo acompañaba, la señorita Amelia, fueron los únicos responsables de la aniquilación de un regimiento completo de cinco mil soldados de Ulfhedinn.

Un murmullo de incredulidad recorrió la sala.

Los nobles intercambiaban miradas de asombro, incapaces de concebir tal proeza.

A diferencia de los nobles que ya conocían y habían presenciado la destreza y habilidades de Darren, con la misma calma que lo caracterizaba, respondió: —Como lo había comentado en un principio.

Entre Lady Amelia y yo, logramos repeler la invasión y asegurar la frontera, Su Majestad.

El número de bajas enemigas fue, en efecto, total.

Por lo que creo que será mejor enviar la mayor cantidad posible de soldados, antes que el enemigo llegue con un mayor ejercito.

El Rey cerró la carta lentamente, sus ojos brillando con una mezcla de admiración y respeto.

La magnitud de lo que Darren y Amelia habían logrado era inmensa, un punto de inflexión en la guerra que nadie había anticipado.

La sala permaneció en un silencio atónito, mientras la figura de Darren se alzaba, no solo como un noble, sino como el héroe inesperado que había salvado al reino de una catástrofe inminente.

El silencio en la sala del trono se rompió cuando el Rey se puso de pie, su mirada recorriendo a cada uno de los nobles presentes.

—Caballeros, la situación en la frontera es más grave de lo que habíamos imaginado.

La amenaza de Ulfhedinn no ha desaparecido, solo ha sido contenida por la valentía y el poder del Conde Darren y Lady Amelia.

Ante la inminente guerra que se cierne sobre nosotros, es imperativo que unamos nuestras fuerzas y mentes más brillantes.

El Rey hizo una pausa, su mirada volviendo a posarse en Darren.

—Por la presente, nombro al Conde Darren miembro del Consejo de Guerra.

Su experiencia en el campo de batalla y su innegable poder serán invaluables en estos tiempos difíciles.

Ninguno de los nobles se atrevió a desafiar la decisión del Rey.

Las hazañas de Darren, aunque increíbles, tenían testigos.

El informe del Marqués, tan descriptivo de lo referido a la frontera, la fuerza enemiga diezmada y la propia presencia de Darren, imponente y serena, disipaban cualquier duda.

Su nombramiento fue recibido con un respeto silencioso, una aceptación tácita de que, en tiempos de guerra, la fuerza y la capacidad eran lo que más importaba.

Mientras tanto, lejos de la solemnidad de la sala del trono, Emery y Lyra se dirigían con paso apresurado hacia los aposentos de Amelia.

La curiosidad las carcomía, y los celos aún picaban.

Al encontrar a Amelia, quien se estaba despojando de su capa, la bombardearon con preguntas.

—¡Amelia!

¿Qué fue lo que pasó en la frontera?

¿Por qué Darren se fue contigo?

¿Y por qué regresan tan… tan cercanos?

—exclamó Emery, su voz teñida de una mezcla de preocupación y reproche.

Lyra, aunque más contenida, asintió, esperando ansiosamente las respuestas.

Amelia, con una sonrisa tranquila, las invitó a sentarse y comenzó a relatar los eventos, omitiendo, al igual que Darren, los detalles más íntimos de su relación, pero enfatizando la gravedad de la situación y la necesidad de la intervención de ambos para salvar la frontera.

Describió la ferocidad del ejército enemigo y la magnitud del poder que tuvieron que desplegar para repelerlos.

No obstante, no pudo evitar que un brillo especial apareciera en sus ojos al hablar de la valentía y el ingenio de Darren.

Las palabras de Amelia, aunque suavizadas, lograron calmar en parte la inquietud de Emery y Lyra.

Comprendieron la magnitud del peligro y la importancia de la misión.

Sin embargo, la cercanía entre Darren y Amelia seguía siendo un punto sensible.

Lyra, siempre más práctica, cambió de tema.

—En otro orden de cosas, Emery, la Reina está impaciente.

Faltan solo dos días para tu boda con Darren.

Hay muchos preparativos que aún necesitan tu atención.

Emery asintió, la realidad de su inminente matrimonio volviendo a ocupar su mente.

La boda real era un evento de gran importancia, no solo para ella y Darren, sino para todo el reino.

Ya que ahora muchas personas, entre ellos, nobles.

Por lo que su unión significaba una alianza, una promesa de estabilidad.

Y para Darren, significaba que, por ahora, sus viajes y misiones solitarias tendrían que esperar.

Estaba atado al castillo, a su futura esposa y a su nuevo rol en el Consejo de Guerra, al menos hasta que la ceremonia se llevará a cabo.

La guerra podía esperar, pero la boda, no.

Finalmente, el día tan esperado llegó.

El castillo, engalanado con flores y tapices, bullía con la emoción de la boda real.

Invitados de todos los rincones del reino y de tierras aliadas llenaban los salones, sus voces y risas resonaban en cada rincón.

Pero toda la atención se centraba en la futura reina, Emery.

En sus aposentos, rodeada por sus damas de honor, Emery se preparaba.

Amelia, con su habitual serenidad, ajustaba los últimos detalles del velo.

Lyra, más efusiva, le ofrecía palabras de ánimo y admiración.

A su lado, sus primas, Valeria y Anabella, observaban con una mezcla de envidia y fascinación.

Ellas, que habían conocido a Darren en circunstancias tan diferentes, ahora eran testigos de su unión con la princesa.

El vestido de Emery era una obra de arte, digno de una reina.

Confeccionado en seda de marfil, caía en cascada desde un corpiño ajustado, bordado con perlas diminutas y cristales que captaban la luz con cada movimiento.

Las mangas largas y translúcidas, adornadas con encaje intrincado, se abrían en las muñecas, revelando la delicadeza de sus manos.

La falda, de corte princesa, se extendía en una cola majestuosa, salpicada de pequeñas flores de tela que parecían flotar sobre la seda.

Un velo largo y etéreo, sujeto por una tiara de diamantes y esmeraldas, enmarcaba su rostro, realzando la intensidad de sus ojos verdes.

Era la encarnación de la elegancia y la pureza, una visión que dejaría sin aliento a cualquiera.

Cuando las puertas de la gran catedral se abrieron, un silencio reverente invadió el lugar.

Emery, del brazo de su padre, avanzó por el pasillo central, su figura iluminada por la luz que se filtraba a través de los vitrales.

Darren la esperaba al final del altar, con una sonrisa que iluminaba su rostro, una mezcla de asombro y profunda felicidad.

Sus ojos se encontraron, y en esa mirada, que selló una promesa que iba más allá de las palabras.

La ceremonia fue solemne y emotiva, con votos que resonaron con la promesa de un futuro compartido.

Bajo el cielo de piedra de esta sacra catedral, el tiempo se detiene y el mundo calla.

Al abrirse los grandes portones, no solo entra la luz, sino el presagio de un destino compartido.

Ella avanza envuelta en el misticismo de los vitrales que pintan su camino con colores de historia y de fe.

Mientras se sostiene del brazo de quien le dio la vida, caminando hacia quien hoy le entrega la suya.

Cada paso es un eco en el silencio reverente, una nota en una sinfonía de esperanza.

Allí, al final del sendero, aguarda él.

Su mirada no solo la observa; la reconoce.

En su rostro habita una sonrisa que es, a la vez, puerto y refugio; una mezcla de asombro ante lo sagrado y la alegría profunda de quien ve cumplido su mayor anhelo.

En ese día, antes de que las voces pronuncien el “sí”, sus ojos ya se han hablado.

En ese breve encuentro de pupilas, se ha sellado una promesa silenciosa, un pacto que vuela más alto que estas bóvedas y que perdurará más allá de las palabras.

Que esta luz que hoy les envuelve, sea la que guíe sus pasos en la larga y hermosa travesía que hoy comienza.

Una vez el sacerdote los declaró marido y mujer, la alegría estalló.

La celebración continuó en el gran salón de banquetes, donde la música llenaba el aire, la comida y la bebida fluían sin cesar.

Darren y Emery abrieron el baile con un vals elegante, sus movimientos sincronizados, sus miradas llenas de amor.

Luego, la pista se llenó con los invitados, que bailaron y rieron hasta bien entrada la noche.

Amelia y Lyra ataviadas con sus mejores galas, se unieron a la celebración, compartiendo la felicidad de Emery y disfrutando de la festividad.

Era una noche de unión, de esperanza y de la promesa de un futuro, a pesar de la sombra de la guerra que aún se cernía sobre el reino.

Por un momento, todo era alegría y celebración, un oasis de paz antes de la tormenta.

Las últimas notas de la música se desvanecieron, y los ecos de la celebración se fueron apagando lentamente.

La noche, cómplice y silenciosa, envolvía el castillo mientras Darren y Emery se retiraban a sus aposentos nupciales.

El aire, antes vibrante con risas y brindis, ahora se cargaba de una dulce expectación.

El dormitorio, iluminado por la suave luz de las velas, parecía un santuario de terciopelo y seda.

El vestido de novia de Emery, despojado de su majestuosidad, yacía como una nube blanca sobre un diván, un testimonio silencioso de la jornada.

Darren, con una ternura que rara vez mostraba, ayudó a Emery a liberarse de las últimas ataduras, cada gesto una caricia, cada mirada una promesa.

El tiempo se detuvo.

Las palabras se volvieron innecesarias, reemplazadas por el lenguaje universal de los corazones.

Sus manos se encontraron, un roce eléctrico que encendió una chispa, un fuego lento que había ardido entre ellos desde el primer encuentro.

Los ojos de Emery, antes llenos de la inocencia de una princesa, ahora reflejaban una profundidad recién descubierta, un anhelo que se correspondía con el de Darren.

La luna, testigo discreta, se asomaba por la ventana, bañando la habitación con su plateada luz.

Bajo su manto, dos almas, unidas por el destino y el amor, se entregaron a la sinfonía en la que sus cuerpos bailaron un vals.

Fue un encuentro de promesas susurradas, de caricias que exploraban cada rincón del alma, de alientos que se mezclaban en una danza ancestral.

La noche se convirtió en un lienzo donde se pintó el inicio de su historia compartida, un capítulo íntimo y sagrado, donde el amor, en su forma más pura y profunda, encontró su expresión más sublime.

El mundo exterior, con sus guerras y sus intrigas, se desvaneció, dejando solo la unión de dos seres que, finalmente, eran uno.

La leve luz que se filtraba por las cortinas de seda, pintando la habitación con tonos dorados.

Emery despertó lentamente, sintiendo el peso de un brazo fuerte rodeándola.

Una fatiga deliciosa la envolvía, una sensación nueva y placentera que se extendía por cada fibra de su ser.

Abrió los ojos y se encontró con la mirada serena de Darren, quien ya la observaba con una sonrisa tierna.

—Buenos días, amada esposa—susurró él,con su voz llena de una dulzura que hizo vibrar el corazón de Emery.

Con un gesto suave, apartó un mechón de cabello de su rostro y depositó un beso en su frente.

Luego, sus dedos comenzaron un lento y rítmico recorrido por su espalda, un toque ligero que la hizo suspirar en más de una ocasión.

Emery, que siempre había sido reservada en sus afectos, se encontró acurrucándose más contra él, buscando el calor de su piel.

Darren, percibiendo su necesidad, la estrechó con más fuerza, sus caricias volviéndose más envolventes.

Recorrió con sus manos cada curva de su espalda, sus hombros, su cabello, con una delicadeza que la hizo sentir protegida y adorada.

No eran solo caricias físicas; eran susurros de afecto, gestos de devoción que la transportaban a un paraíso

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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