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La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 27

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27: Capítulo 27: El peso de la corona 27: Capítulo 27: El peso de la corona Aunque Darren deseara seguir compartiendo el tiempo juntos, la llamada del deber lo requería.

Darren y Emery, aún envueltos en la burbuja de su recién vida matrimonial, se vieron arrancados de su dulce letargo por el suave pero insistente golpeteo en la puerta de sus aposentos.

La voz de una doncella, respetuosa pero firme, anunció el inicio de las actividades programadas para los recién casados.

Emery suspiró, una mezcla de resignación y una pizca de humor en su expresión.

—Parece que nuestro tiempo juntos tendrá que esperar —murmuró, acurrucándose un instante más contra el pecho de Darren.

Él sonrió, acariciando su cabello, e instandola a prepararse para ese día, la realidad de su posición como Conde y ahora esposo de la Princesa, y futuro Rey, era innegable.

Antes de salir de la habitación, Darren le pidió a Emery que esperara un instante.

Le pidió que cerrara los ojos, y ella obedeció.

Con cuidado, le colocó un collar de oro que combinaba perfectamente con su tiara de princesa adornada con una esmeralda.

El gesto hizo que Emery se llenará de alegría.

El día se desplegó como un tapiz intrincado de obligaciones reales.

Primero, un desayuno formal con el Rey y la Reina, donde se recibieron felicitaciones protocolarias.

Luego, una serie de audiencias con embajadores de reinos aliados, que habían viajado largas distancias para presenciar la unión y ahora esperaban presentar sus respetos y discutir alianzas.

También se discutieron asuntos de estado.

Darren, con su recién adquirido puesto en el Consejo de Guerra, se encontró inmerso en conversaciones estratégicas sobre la amenaza de Ulfhedinn, siendo de esta forma que permitieron unirse a Emery, para que a su lado, demostrara la gracia y la diplomacia esperadas de una futura Reina.

Emery quien se había enterado sobre la próxima guerra y los acontecimientos en la frontera gracias a Amelia.

Sin embargo, había aspectos específicos que ella no mencionó, detalles que salieron a la luz durante aquella asamblea.

Incluso Darren, que había mantenido ciertas cosas en reserva para los nobles, reveló información exclusiva a la familia real.

Entre lo más sorprendente se encontraba el hecho de que ahora contaba con dos núcleos de armas divinas.

El anuncio dejó perplejos a los presentes, ya que el duque Eldrich explicó cómo ese objeto es el que brinda poder al arma divina, pero al incrustarse en un cuerpo aumentaba las capacidades de este.

Además, reveló que conocían la existencia de siete reliquias divinas.

Dos de estas se encontraban bajo la custodia de la familia real: una era la lanza, mientras que la otra correspondía a la espada empuñada por el rey.

Por lo tanto, si Darren aspiraba a obtenerla, primero tendría que ser coronado como monarca, algo que decidió rechazar por ahora.

Por la tarde, les esperaba un paseo ceremonial por la capital, donde la pareja real debía saludar a su pueblo.

Las calles estaban engalanadas, y la multitud vitoreaba su paso, lanzando flores y buenos deseos.

Era un espectáculo de alegría y unidad, pero para Darren y Emery, cada sonrisa, cada saludo, cada gesto era una parte de su posición.

Aunque Emery anhelaba la tranquilidad de sus aposentos, con la simple compañía de su esposo, lejos de las miradas curiosas y las expectativas de la corte.

Darren, por su parte, observaba detenidamente a las personas del pueblo, analizando cada rostro, cada gesto.

Escudriñaba con la mirada, tratando de entender por quiénes estaba poniendo su vida en riesgo y quiénes realmente le importaban.

Era evidente cómo los habitantes del lugar se aprovechaban de su bondad, buscándolo para pedir apoyo en problemas personales que aquejaban a cada uno.

Sin embargo, le recordaban con frecuencia que esos asuntos no correspondían a alguien de su posición, que eran temas destinados a una autoridad menor.

A pesar de ello, Darren decidió firmemente que haría todo lo necesario para asegurarse de que sus dificultades fueran atendidas y solucionadas.

Para Amelia y Lyra, aquella situación resultaba lejos de ser agradable.

Ambas decidieron quedarse en sus habitaciones, aunque Lyra optó por permanecer junto a Amelia.

Aprovechando la oportunidad, Amelia se dedicó a instruir a Lyra en magia de apoyo, enseñándole hechizos orientados a la sanación y la protección.

La noche trajo consigo otro banquete, aún más grandioso que el de la víspera, en honor a los dignatarios extranjeros.

La música, la danza y la opulencia llenaban el gran salón, pero la fatiga comenzaba a hacer precencia en los recién casados.

Darren, con su aguda percepción, notaba el cansancio en los ojos de Emery, a pesar de su impecable sonrisa.

En un breve momento a solas, mientras se dirigían a saludar a un duque lejano, él le apretó la mano con ternura.

—Aguanta un poco más, amada esposa —le susurró al oído.

—Pronto podremos escapar de todo esto.

Emery le devolvió la mirada, una chispa de complicidad en sus ojos.

Sabía que Darren, a pesar de su fuerza y su aparente indiferencia, era consciente de su agotamiento y compartía su anhelo de privacidad.

La ironía de su situación no se les escapaba: habían esperado tanto por este día, por su unión, solo para encontrarse más separados que nunca por las exigencias de sus roles.

Sin embargo, en cada mirada furtiva, en cada roce de manos, en cada palabra susurrada, encontraban consuelo y la promesa de que, eventualmente, tendrían su tiempo.

La realeza podía reclamar sus días, pero sus noches, y sus corazones, les pertenecían solo a ellos.

La reina llamó a Emery para tener una conversación íntima, centrada en temas propios de madre e hija.

Con un tono comprensivo, le preguntó cómo se sentía, interesándose especialmente por su bienestar después de la experiencia de su primera noche nupcial.

Tocaron, además, asuntos privados que solo podían discutirse entre mujeres.

Finalmente, las últimas formalidades de la noche se desvanecieron, y Darren y Emery pudieron retirarse a la privacidad de sus aposentos.

El alivio fue palpable, un suspiro compartido que liberó la tensión acumulada de un día interminable de sonrisas forzadas y conversaciones protocolarias.

Darren no lograba comprender por qué dedicarse a la política resultaba tan agotador en comparación con ser maestro, aunque reconocía que difícilmente sería peor que acabar adolorido, herido o exhausto tras un combate.

Emery se dejó caer en un sillón, sus hombros relajados, mientras Darren se acercaba a ella con una sonrisa comprensiva.

—Un día agotador, ¿verdad, mi amada esposa?

—dijo él, arrodillándose a sus pies para retirar sus zapatos, un gesto de ternura que Emery no esperaba y que le hizo suspirar de placer.

La fatiga se mezclaba con una dulce anticipación.

Darren la ayudó a despojarse de sus pesadas vestiduras, cada pieza cayendo al suelo como una carga liberada.

Con un movimiento de su mano, la bañera de mármol, que antes parecía apenas suficiente para una persona, comenzó a expandirse, sus bordes cediendo y el agua cristalina brotando de la nada, llenándola con un vapor aromático y relajante.

La magia de Darren, siempre práctica y sorprendente, transformó el espacio en un santuario de paz.

—Ven, mi amada esposa —la invitó Darren, extendiéndole la mano.

Emery, sin dudarlo, se sumergió en el agua tibia, sintiendo cómo el cansancio se disolvía con cada burbuja.

Darren se unió a ella, y el espacio, ahora amplio y acogedor, los envolvió en un abrazo líquido.

Las velas aromáticas que Darren había encendido parpadeaban suavemente, proyectando sombras danzantes en las paredes, mientras la música suave de un arpa invisible llenaba la habitación —el cual se reproducía desde un dispositivo mp3.

Fue un momento de pura conexión, donde las palabras eran superfluas.

Las caricias de Darren, lentas y profundas, exploraban cada rincón de su piel, despertando sensaciones que Emery apenas comenzaba a comprender.

Mientras que le habían encomendado la misión de asegurar la descendencia, un deber real que había sido mencionado con sutiles recordatorios a lo largo del día, no era una carga, sino una dulce promesa que se tejía en cada roce, en cada mirada.

Era la unión de dos almas, dos cuerpos, en una danza ancestral que trascendía el tiempo y el espacio, un compromiso no solo con él reino, sino con el amor que los unía.

La noche avanzó, y con ella, los momentos juntos se profundizaron.

Los susurros se mezclaron con los latidos de sus corazones, y el mundo exterior se desvaneció, dejando solo la existencia de ellos dos.

Fue un encuentro épico en su sencillez, romántico en su entrega, y discreto en su pasión, donde el amor se manifestó en su forma más pura y poderosa.

Darren, cargando con una pesada culpa durante todo este tiempo, finalmente decide liberarse de ella, dispuesto a empezar de nuevo y dejarse llevar por un vals distinto; uno acompañado por aquellos que le prometieron permanecer a su lado.

Observa a Emery, su esposa.

Ella duerme serenamente en su regazo, mientras los recuerdos de su historia juntos desfilan por su mente.

Rememora cada instante desde que la conoció, las circunstancias que lo moldearon hasta llegar a este presente.

La vida pasada que abandonó, el mundo anterior que dejó atrás, todo ha quedado relegado al ayer.

Sin embargo, su corazón aún se resiente.

Las memorias de esa existencia pasada persisten, y en el fondo se pregunta si algún día logrará desprenderse definitivamente de ellas.

El nuevo día amaneció con la promesa de más obligaciones.

El sol, aún bajo en el horizonte, ya iluminaba los pasillos del castillo, donde los sirvientes se movían con diligencia, preparando el desayuno y organizando las actividades.

Para Darren y Emery, la vida en la corte seguía su curso habitual, llena de protocolos y obligaciones interminables.

Sin embargo, la monotonía de los insípidos y repetitivos platillos reales había llevado a Darren a tomar una decisión.

Decidido a romper la rutina, se levantó temprano aquella mañana, dejando una nota para su esposa que explicaba dónde estaría y un regalo para ella.

El bullicio en la cocina se detuvo abruptamente cuando el personal vio a Darren aparecer entre ellos, algo completamente fuera de lo común.

La sorpresa dio paso a incredulidad cuando anunció que cocinaría él mismo ese día.

Aunque su presencia rompía con las normas, nadie se atrevió a contradecirlo.

Con una sonrisa tranquila, Darren les aseguró que no les ocasionaría problemas, y finalmente obtuvo su consentimiento.

Motivado por la inesperada ayuda que le ofrecieron, permitió que colaboraran bajo una condición: debían seguir sus instrucciones al pie de la letra.

Así comenzó su proyecto culinario.

Primero, Darren se dedicó a preparar las salsas.

Sacó los ingredientes necesarios y los puso a hervir con precisión.

Luego, tomó suficientes huevos para alimentar a una gran mesa, los batió junto con una mezcla de finas hierbas secas y procedió a verterlos en un sartén cerámico personalizado que había fabricado para la ocasión.

Las miradas curiosas de los cocineros no pasaban desapercibidas ante cada movimiento.

No satisfecho con herramientas comunes, creó un mortero de piedra volcánica frente a ellos y explicó con calma: “Esto se llama molcajete”.

Añadió los ingredientes hervidos para la salsa y los trituró con un tejolote hasta lograr una textura perfectamente homogénea, obteniendo así una vibrante salsa verde.

Mezcló esa salsa con los huevos ya preparados.

Mientras tanto, pidió que cortaran una hogaza de pan en rebanadas.

Sobre una gran plancha, conocida como comal, untó mantequilla aromatizada con ajo en polvo y colocó el pan para dorarlo ligeramente.

Darren continuó su ritual culinario preparando dos ollas: en una coció frijoles y en otra arroz.

Además, solicitó filetes de sirloin tip.

Al notar que el cocinero no conocía el corte adecuado, él mismo se encargó de enseñar cómo hacerlo de manera precisa.

Preparó una mezcla especial de miel, finas hierbas y jugo cítrico para marinar los filetes y luego calentó mantequilla en la plancha antes de cocinarlos hasta obtener un dorado perfecto.

Mientras tanto, el resto del equipo se dedicaba a preparar zumos de frutas naturales, cócteles de fruta y yogur para acompañarlos.

Para ahorrar tiempo, Darren recurrió a su magia controlando el calor y el frío durante el proceso culinario.

De regreso con los filetes, los troceó cuidadosamente para garantizar una mejor cocción antes de darles el toque final.

Absorbido totalmente en sus tareas, no se dio cuenta de la presencia de Emery, quien lo estaba observando desde hacía un buen rato.

Inicialmente, Emery imaginó que Darren estaba cocinando por necesidad o quizás por algún capricho pasajero.

No obstante, al verlo trabajar con tanto esmero incluso teniendo un ejército de cocineros disponibles, comprendió que aquella actividad era mucho más que una distracción para su esposo; era su verdadera pasión.

Cada gesto minucioso reflejaba su compromiso por crear algo extraordinario desde lo simple.

Y al probar sus creaciones, no cabía duda: aquello no era comida común; era un auténtico festín digno de los dioses mismos.

Emery decidió involucrarse en los preparativos, acercándose para prestar su ayuda.

Esto generó una notable sorpresa tanto en Darren como en los miembros del personal de cocina, quienes nunca habrían imaginado ver a la princesa en medio de esas labores.

Además, tampoco esperaban que un conde tuviera conocimientos sobre tareas culinarias.

Darren, mostrando destreza, comenzó a trabajar con los frijoles, pasándolos a una sartén para freírlos con esmero.

Luego añadió especias al arroz, transformándolo en un plato con un apetitoso tono verde.

Como toque final, dispuso todo en charolas de acero inoxidable, organizando cada presentación con precisión.

Incluso preparó un ejemplo para orientar al personal sobre el modo adecuado de servir.

Lo mismo hizo con el postre y las bebidas, dejando todo perfectamente estructurado.

La forma de trabajar de Darren era algo completamente novedoso para los cocineros, quienes observaron cada detalle con fascinación.

Y tras degustar las recetas que él había elaborado, no dudaron en pedirle que los formara como aprendices, expresando su deseo de alcanzar el nivel de habilidad que mostraba en la cocina.

Así transcurría la mañana de Darren.

Emery, al observar cómo su esposo interactuaba con el personal, sin hacer distinción alguna por la clase social y ocupándose de tareas que claramente no le correspondían, no pudo evitar reflexionar sobre lo distinto que era.

Se preguntaba cómo habría sido la vida de Darren en aquel mundo del que provenía, un mundo que aún le resultaba un enigma.

El personal de servicio los invitó a pasar al comedor para compartir el desayuno con el resto de los nobles, por lo que ambos se dirigieron hacia allí.

Afortunadamente para Darren, el desayuno fue un completo éxito.

Nadie entre los asistentes parecía reconocer la procedencia de los platillos servidos, lo que despertó gran curiosidad.

Al preguntar sobre ellos, el cocinero explicó que se trataba de recetas provenientes de una tierra muy lejana y comentó que había recibido ayuda para prepararlos.

El entusiasmo con el que los nobles disfrutaron de la comida era palpable; quedaron tan maravillados que incluso solicitaron la posibilidad de degustar aquellos platillos con mayor frecuencia y conocer nuevas recetas de ese estilo.

Sin embargo, la incógnita sobre quién había sido el genio culinario detrás de esa experiencia se apoderó de los comensales.

Aunque presionado por la curiosidad colectiva, el cocinero evitaba revelar la verdad, lanzando miradas nerviosas hacia Darren, quien le había pedido explícitamente que mantuviera su participación en secreto.

Darren percibió claramente el apuro y la carga que esa situación suponía para el cocinero.

Entendiendo que era injusto prolongar su incomodidad, se levantó de su asiento y, con voz tranquila pero firme, confesó frente a todos que los platillos presentados eran típicos de la región de donde él provenía.

Además, admitió ser el responsable del magnífico banquete que tanto los había sorprendido.

La revelación dejó a todos boquiabiertos; nadie esperaba que poseyera semejantes habilidades culinarias.

—¡Y eso no es lo único que sabe hacer!

—intervino Emery con orgullo.

Su comentario desató una mezcla de risas nerviosas y sonrojos entre los presentes, quienes parecieron sentirse momentáneamente fuera de lugar ante semejante declaración.

Después de aquel desayuno, del que todos disfrutaron, se espera que asistan a la misa matutina en la capilla real, en donde duró poco más de una hora.

En ese mundo tenían diferentes dioses, pero ahí en específico adoraban al dios Wiraqucha.

A quien ya conoció Darren.

Aunque es un tema que no puede hablar libremente, siendo Amelia la única que sabe que el dios habló con Darren.

En ese preciso instante, mientras Darren reflexionaba sobre todo lo que había ocurrido con Wiraqucha, Hannan Pacha y Pachacútec, el flujo del tiempo se congeló.

Confundido, Darren notó que era el único que aún podía moverse.

Una voz celestial interrumpió su desconcierto:  —Parece que has logrado adaptarte a este mundo.

Darren miró alrededor, tratando de localizar la procedencia de aquella voz.

Finalmente preguntó, intrigado:  —¿Quién eres?

Delante de él apareció una luz flotante que parecía palpitar con cada palabra.

—Eres realmente un sujeto peculiar —dijo la voz con cierto tono de admiración—.

Cuando uno de los dioses de tu mundo me pidió como un favor traerte hasta aquí, no pude evitar preguntarme cuál era la razón.

Así que me tomé la libertad de observar tu vida.

Y para mi sorpresa, incluso con la oportunidad de hacer las cosas diferente, sigues siendo el mismo.

La presencia hizo una pausa antes de continuar:  —Para nosotros, los dioses, el mundo de los mortales es un espectáculo constante.

Sus vidas nos entretienen como si se tratara de esas telenovelas que tanto disfrutan en tu dimensión.

Darren frunció el ceño antes de responder con un tono seco:  —¿Qué está intentando decir dios?

La luz titiló ligeramente, como si disfrutara del intercambio.

—En este mundo has tenido el poder suficiente para conquistarlo por completo, y sin embargo optas por frenarte.

Sigues escogiendo los caminos más arduos, aquellos que exigen más esfuerzo y sacrificio.

Podrías tener a cualquier mujer con tan sólo proponértelo, pero eliges conquistar sus corazones con paciencia y dedicación.

Luchas por sus sueños en lugar de los tuyos.

En tu vida anterior, renunciaste a tus propias aspiraciones para ver feliz a la persona que amabas.

Entonces, te pregunto: ¿volverías a repetir el mismo sacrificio?

Darren entrecerró los ojos, sin flaquear ante la presión de aquella divinidad.

—Si eres un dios, deberías ya conocer mi respuesta, ¿no es así?

—No somos dioses de la creación ni omnipresentes.

No somos los autores de la existencia.

Somos más bien una expresión del universo, fragmentos del cosmos que han adquirido conciencia y poderes que superan los límites de la imaginación.

Sin embargo, nuestra tarea no es intervenir, sino observar el desarrollo de sus vidas.

—Wiraqucha hizo una pausa, esperando que Darren dijera algo.

—Podemos interponer retos o brindar alguna ayuda excepcional, pero rara vez lo hacemos.

En tu caso, te hemos seguido de cerca, porque no eres como los demás en muchos aspectos.

—Entonces, ¿qué soy?

—preguntó Darren.

—Las personas comunes tienen su papel definido.

Algunos aspiran a convertirse en caballeros, reyes, magos, hechiceros o brujas…

Pero tú eres distinto.

Llegaste a este mundo como un familiar, y te obligaron a adoptar el papel de héroe.

Fuiste empujado a formar parte de la nobleza para casarte con la mujer que amas, y te viste forzado a buscar poder para devolver a tu otra amada a este mundo.

Además, has tenido que enfrentarte a tus propias batallas internas, lidiar con tu pasado para alcanzar la felicidad.

Pero la respuesta a tu cuestión es que tú eres un catalizador.

Tu cuerpo tiene la capacidad de absorber todo, entre ello el poder de un dios.

—¿Cómo puede ser eso posible?

—Cuando llegaste a este mundo, te otorgamos diversas bendiciones.

Cada arma divina sólo puede ser empleada por quien posea la bendición específica otorgada por un dios en particular.

En tu caso, tienes la peculiaridad de ser compatible con todas ellas.

También habrás notado cómo los pequeños fragmentos que otros han poseído han sido alterados de forma grotesca a esos humanos, ¿cierto?

—preguntó Wiraqucha.

Darren asintió.

—Sí, me di cuenta de ello.

Pero no había nadie que pudiera explicarme qué sucedía.

Incluso traté de buscar respuestas en libros, pero no encontré nada —confirmó Darren.

—Las reliquias fueron creadas por dioses, y los humanos las utilizaron para incrementar su poder.

Pero nunca ha existido alguien capaz de destruirlas… hasta ahora.

Tu cuerpo, bendecido por cada dios, te concede la capacidad de manejar su poder directamente.

—¿Qué sucederá si absorbo todos los núcleos de las armas divinas?

—preguntó Darren.

—Ya conoces la respuesta.

Has sentido los cambios en tu cuerpo.

Desde que tomaste el primer núcleo, te transformaste en un semidiós.

Si llegas a integrar todos los núcleos, alcanzarás el estado de un dios —respondió Wiraqucha.

—¿Y ustedes están de acuerdo con eso?

—preguntó Darren, consciente de que podrían impedirle seguir interactuando con las personas comunes.

—Eso depende únicamente de ti.

En alguna ocasión, quisimos convivir con los humanos —explicó Wiraqucha.

—Si no tienes más dudas, queremos solicitarte algo.

¿Podrías enviarnos algo de la comida que preparas?

Hemos observado las reacciones de quienes la prueban y desearíamos disfrutar de su sabor.

Darren asintió en silencio.

Antes de despedirse, el dios le aseguró que siempre podría contactarlos cuando lo necesitara.

Cuando el tiempo retomó su curso natural, Darren se encontraba nuevamente al lado de Emery, sosteniéndola de la mano.

Del otro lado lo acompañaban Amelia y Lyra.

Aunque el dolor era inevitable para ellas debido al poco tiempo que podían compartir o recibir muestras de su afecto, eran conscientes de que durante esos treinta días Darren debía dedicarse exclusivamente a Emery, tal y como dictaba la ley marital.

En aquellos días en los que la guerra era una presencia ineludible, los padres de Darren tenían un propósito claro: asegurar que él dejara descendencia, por si el destino decidía arrebatárselo en la batalla.

Querían que su linaje permaneciera dentro de la familia real, y ese anhelo fue el motor principal para elevar a Darren al estatus de héroe y permitirle casarse con su hija.

A sus ojos, un hombre como él trascendía el título de príncipe y poseía un valor aún mayor.

Concluida la ceremonia, todos se dirigieron a una reunión con los consejeros para tratar los asuntos cruciales del reino, ya que los preparativos para la guerra aún no cesaban.

Por la tarde se dedicaría a atender la correspondencia real y al diseño de nuevas estrategias militares, con Darren desempeñando un rol más activo en el Consejo de Guerra.

Emery, en cambio, asumió esa vez la responsabilidad de supervisar las cuestiones domésticas del castillo.

También debía reunirse con las damas de la corte para debatir temas civiles y planificar eventos sociales importantes.

Aunque la vida de los recién casados estaba marcada por el afecto mutuo, no podía separarse del destino que estaba ligado con el reino.

Cada día representaba un avance hacia la consolidación de su legado.

Por su parte, Darren no dejaba de cuestionarse si finalmente le permitirían asumir el gobierno de su condado o si permanecería en el reino para formarse como el futuro monarca.

Poco a poco, parecía hundirse más profundamente en una existencia moldeada por responsabilidades y expectativas que amenazaban con consumirlo por completo.

Darren se encontraba rodeado de mapas cartográficos y pergaminos que detallaban la administración del reino.

La realidad de su posición como futuro monarca se asentaba sobre sus hombros con una gravedad ineludible.

Mientras que Emery se encontraba en otra sala, observando un sello real sobre la mesa, lo que hace que suspirara suavemente.

—A veces quisiera volver a mi vida con Darren en la academia.

Su madre la escuchó y añadió —Si fuese así, no estarías casada y no podrías disfrutar de los placeres maritales, querida.

—Aquello hizo que Emery se sonrojara.

En la sala, el ambiente cambió drásticamente al anunciar sus planes para la guerra.

Los rostros severos de los generales y la mirada escéptica de los nobles más conservadores aguardaban.

Darren, quien vestía su recién creado uniforme de conde, se situó a la cabeza de la mesa, mientras Amelia posicionada discretamente tras él, su presencia irradiaba una autoridad llena de poder.

Amelia no ha compartido su secreto con nadie.

Solo Darren conoce el poder que adquirió al fusionarse con los fragmentos del escudo de Wiraqucha.

Sin embargo, la información que Darren ahora posee lo lleva a preguntarse cómo es posible que Amelia haya resistido dicho poder sin sufrir ninguna alteración.

Sin perder más tiempo en preámbulos, Darren propuso una reestructuración radical de las fuerzas armadas, con el fin de asegurar las bajas durante los enfrentamientos.

Por lo que él entrenará a los soldados.

Además de mejorar las tácticas de batalla.

Además, los entrenarán en habilidades de conducción de vehículos motorizados militares.

Para poder desplazarse en menos tiempo.

Darren explicó que, aunque él creara estos vehículos generará un costo mínimo y requería un conocimiento técnico profundo, su uso solo será en ocasiones especiales y misiones críticas, seleccionadas y autorizadas por el.

Esto ya que proporcionaría una ventaja táctica insuperable.

—No se trata solo de ganar solamente.

Quiero que los soldados regresen salvos a sus hogares —explicó Darren—.

Es por ello que capacitaré y adiestraré a los elementos necesarios para disminuir las bajas.

De esa forma, con los vehículos, se desplazarán en tiempos cortos, estarán más descansados y tendrán suministros en puntos donde el enemigo no nos espera.

Ante las dudas de los nobles sobre quién poseía la capacidad de manejar tales máquinas, Darren presentó a Amelia.

—Ella, al igual que yo, domina el arte de la conducción.

Amelia supervisará el adiestramiento de un cuerpo de élite seleccionado personalmente por nosotros.

Amelia dio un paso al frente, su mirada penetrante e indiferente se fijó en los generales.

—La conducción no es simple.

Una mala decisión puede provocar la muerte de uno o varios.

Además, deben ser responsables y cuidadosos.

La sesión concluyó con un murmullo de asombro y una aceptación reticente pero curiosa por parte de la nobleza.

El futuro del reino estaba en las manos de Darren y Amelia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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