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La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 28

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28: Capítulo 28: Entrenamiento 28: Capítulo 28: Entrenamiento Al día siguiente, Darren se levantó mucho más temprano de lo habitual.

Los cocineros reales ya estaban preparados para recibir sus enseñanzas.

Fue una jornada intensa, agotadora y demandante, pero todos siguieron al pie de la letra las indicaciones de Darren.

Durante ese día, elaboraron unas deliciosas gorditas con una variedad de rellenos: picadillo, frijoles picantes, papa con chile rojo, huevo en salsa verde y queso con rajas.

Como cierre perfecto, prepararon nieve de distintos sabores para el postre.

Y sirvieron agua de diversas frutas como bebidas para el desayuno.

Los cocineros quedaron asombrados ante el increíble sabor de los platillos y el postre.

Pero no solo ellos; tanto la realeza como los invitados disfrutaron con entusiasmo de aquella comida.

Fiel a su palabra, Darren llevó las ofrendas al altar de la iglesia, cumpliendo así lo que había pactado con Wiraqucha.

Tras ese instante, Darren se dirigió al campo de entrenamiento donde lo esperaban todas las unidades militares disponibles.

Durante la sesión, les enseñó técnicas de combate cuerpo a cuerpo, como la manera de desarmar enemigos, además de estrategias con armas para potenciar sus habilidades.

Posteriormente, organizó enfrentamientos entre los soldados para practicar lo aprendido.

A pesar de que aún tenían mucho camino por recorrer, los progresos realizados resultaron satisfactorios.

Tanto el rey como los nobles presentes, que observaban atentamente los entrenamientos, quedaron impresionados por lo que vieron y mostraron interés en replicar esas enseñanzas.

Para el ejército de magos, Darren y Amelia se encargaron de entrenarlos para mejorar tanto la velocidad en la ejecución de hechizos como su capacidad mágica.

El régimen resultó ser extremadamente exigente, llevándolos al límite hasta dejarlos completamente exhaustos.

Esta preparación difería de los métodos tradicionales, ya que no solo se enfocaba en el estudio de textos y la práctica de la hechicería, sino que también incluía intensas actividades físicas.

Por esta razón, el programa de entrenamiento representaba un desafío significativo para todos ellos.

Con la inminente guerra en el horizonte, los nobles, incluido el rey, estaban decididos a participar en la lucha.

Su posición noble dependía en gran medida de los logros obtenidos en las batallas.

Por ello, algunos incluso propusieron otorgar a Darren el título de duque, aunque el monarca prefirió esperar a que el conflicto se resolviera.

Si llegara a sucederle algo en medio de la batalla, quería que Darren heredara el trono y si no fuese así, aún quedaría un título para recompensarlo.

Finalizado este entrenamiento, pasaron a las lecciones sobre conducción, una habilidad que, sorprendentemente, les resultó complicada de dominar, algo que desconcertó a Darren considerando que los vehículos eran automáticos.

Iniciaron aprendiendo cómo controlar el acelerador y el freno con el motor apagado; luego practicaron con el motor encendido y, finalmente, en plena marcha.

En este ejercicio también participaron los nobles, lo que hizo que el progreso fuera más lento y el entrenamiento se extendiera más de lo esperado.

Posteriormente, los adiestraron en suministro de combustible, revisiones de la unidad, comunicación por radio, tablero, raciones MRE y tiendas de campaña.

Cuando llegó el momento de la comida, Darren decidió organizar una parrillada.

Se preparó una gran cantidad de comida: filetes, salchichas, papas y cebollas asadas.

Aunque el festín estaba destinado a los soldados, los nobles no dudaron en unirse al convivio, compartiendo el banquete y dejando a un lado, por un instante, sus títulos y distinciones.

Darren, con una sonrisa oculta, reflexionó para sí mismo que ahora todos habían descubierto el sabor de una buena “carnita asada”.

Una referencia típica de su región.

Amelia se acercó con cautela.

Aprovechó aquel breve instante para estar cerca de Darren.

Entre los preparativos de la boda, los arreglos y el bullicio de la luna de miel, había sido casi imposible pasar tiempo con él.

Lo único que le ofrecía consuelo era pensar que, después de aquella boda, llegaría la suya.

Entonces, finalmente, podrían estar juntos sin interrupciones.

No solo ellos deseaban compartir momentos.

Al poco tiempo llegaron las damas de la corte, entre las que se encontraban la reina Celery, su suegra; Lyra, su prometida; y Emery, su esposa.

Amelia se mantenía junto a Darren, aferrada a su brazo, un gesto que no pasó desapercibido para Emery.

La situación la incomodó, pues durante treinta días Darren le pertenecería únicamente a ella.

Sin embargo, ante el reclamo, Amelia le comento sobre lo difícil que sería mantenerse alejada de él por ese mismo lapso, ante aquella afirmación Emery cedió.

Con una sonrisa resignada, les aseguró a ambas que no habría inconveniente en compartir su compañía.

Para el entrenamiento de arqueros, Darren implementó una rigurosa rutina diseñada para desarrollar fuerza, estabilidad y resistencia.

Complementó estas prácticas con sesiones de tiro en movimiento y, adicionalmente, trabajó en el refuerzo de sus habilidades de combate cuerpo a cuerpo.

Este enfoque no solo se limitó a los arqueros, sino que también extendió las mejoras a los soldados de asedio y a los lanceros.

Con ellos, se dedicó a perfeccionar técnicas de ataque, agarre, desarme, y la ejecución avanzada del manejo de la lanza.

Sin embargo, Darren era consciente de las enormes dificultades que enfrentaban y de lo ajustado que estaba el tiempo.

Los lanceros, acostumbrados únicamente a usar sus armas como simples herramientas de perforación, fueron sometidos a un intenso entrenamiento en técnicas marciales especializadas con la lanza.

Practicaron incansablemente, más allá de los límites del agotamiento físico.

A pesar de todo, Darren confiaba plenamente en que este esfuerzo sería suficiente para que pudieran asimilar lo necesario antes del gran día que los aguardaba.

Los días pasan, pero son provechosos.

La rutina surtía efecto.

Para esos momentos, los cocineros ya dominaban algunas de las recetas que les había enseñado Darren.

Así también los soldados habían aprendido las técnicas de combate y podían durar más en un combate contra Darren.

Lo que sería suficiente para lidiar contra los soldados enemigos.

En conducción también se nota una mejoría.

Aunque aún les falta un mayor dominio al incrementar la velocidad en más de ochenta kilómetros por hora.

En cuanto a los magos, su habilidad aún era limitada en comparación con Darren y Amelia, aunque superaban en poder a Emery y Lyra.

Sin embargo, estas últimas tenían una ventaja: estaban aprendiendo a conjurar sin necesidad de recitar, lo que las hacía destacar de una manera única.

Se determinó una fecha para movilizarse hacia las demás ubicaciones donde se encontraban los soldados y consolidar las tropas en la frontera.

Esta decisión marcaba el inicio de una nueva etapa en los preparativos de la guerra.

Darren reunió a su esposa y prometidas para comunicarles sus planes.

Aunque su intención inicial era ir solo al frente, Amelia le dejó claro que no pensaba permitirlo.

Le recordó que había prometido acompañarlo siempre, y tanto Emery como Lyra respaldaron ese compromiso.

Pese a sus objeciones y su preocupación por la seguridad de todas ellas, ninguna aceptó quedarse atrás.

La determinación de las tres era firme, aunque el temor de Darren por el riesgo al que se exponían no dejaba de inquietarlo.

Habían transcurrido diez días desde la boda, y ese mismo día Darren había decidido partir hacia la frontera.

Para ese momento, los soldados entrenados ya estaban recogiendo al resto de las unidades dispersas y se esperaba que todos llegaran al punto de encuentro en los días siguientes.

Mientras tanto, en el palacio, los preparativos finales seguían en marcha.

El rey, ataviado con su armadura encantada, se disponía a marchar junto al ejército.

Darren había supervisado personalmente los refuerzos mágicos en la armadura real para garantizar su eficacia.

Además, había cuidado cada detalle en la confección de los atuendos de Emery, Lyra y Amelia.

Aunque esta última había querido encargarse ella misma de su vestimenta, prefirió llevar algo especial: un regalo del hombre que amaba, como símbolo de su unión y fuerza compartida.

Darren y Amelia se habían dedicado intensamente en esos días a crear las unidades motorizadas.

Estas máquinas estaban estacionadas en las afueras de la ciudad, causando gran curiosidad entre los habitantes.

Muchos ciudadanos observaban desconcertados, incapaces de comprender qué eran esas estructuras.

Algunos, al presenciar cómo se materializaban mediante magia, llegaron a creer que se trataba de criaturas mágicas convocadas por hechizos.

Después de arduas horas que pasaron creando las unidades destinadas al uso de los soldados.

Enormes camiones blindados tipo HX2 para el traslado de las unidades militares.

En total, fabricaron setecientos sesenta unidades para el transporte de tropas, suministros como comida MRE y agua, armamento, tiendas de campaña, combustible y una unidad especial, la Sentinel, reservada para el traslado de Emery, Amelia, Lyra, el rey Damian y Darren.

La logística aunque parecía fácil, era más complicada.

Ya que equivocarse en los cálculos traería consecuencias al momento de sostener una gueraa.

Les tomaría alrededor de siete días llegar a la frontera.

Cuando todo estuvo preparado, llegó el momento de las despedidas.

El rey Damian se apartó por un instante para decir adiós a la reina Celery, mostrando así a Emery el cariño y el respeto que sentía por su esposa.

Emery también se despidió de su madre, pero lo hizo de manera afectuosa, rompiendo el protocolo al abrazarla con emoción.

Su madre había intentado disuadirla de partir, pero Emery fue firme en su decisión: —Mi lugar está en el campo de batalla, al lado de mi amado esposo—.

Esa fue su respuesta cuando su madre intentó retenerla.

Finalmente, cuando llegó el turno de Darren, se despidió con la debida cortesía.

Sin embargo, la reina Celery se acercó a él y le susurró al oído un ruego cargado de esperanza: —Cuidalos a nuestra familia y tráelos de vuelta a salvo—.

Darren respondió con un asentimiento solemne, aceptando silenciosamente aquella responsabilidad.

En las afueras, el reflejo metálico de cientos de máquinas de guerra que aguardaban en silencio.

Las unidades motorizadas formaban una serpiente de acero oscuro que se perdía en el horizonte.

El aire vibraba con el murmullo contenido de los motores, un rugido estruendoso que prometía velocidad y destrucción, un sonido ajeno a este mundo de magia y caballeros.

Los nobles que habían decidido unirse a la vanguardia regresaron a sus territorios para movilizar a sus propias tropas.

Darren, en un acto de pragmatismo y confianza, les había proporcionado no solo los vehículos y los suministros necesarios para el largo viaje hasta la frontera.

Cada convoy era una arteria de acero y esperanza que se extendía por el reino, convergiendo hacia el punto de conflicto.

—¡Partamos!

—ordenó el rey.

Darren comunicó a las unidades por radio El convoy se puso en marcha.

El viaje fue una demostración de poder sin precedentes.

Atravesaron llanuras y bosques a una velocidad que ninguna caballería podría igualar.

Los siete días estimados de viaje ya eran una ventaja táctica en contra de sus adversarios, lo que podría ser decisivo en aquel momento.

Sin embargo, a medida que se acercaban a la frontera, el paisaje se volvía más desolado y el aire, más pesado, cargado de una energía ominosa.

En la vanguardia de la frontera, el Marqués Leopold esperaba los refuerzos para poder resistir el ataque que se avecinaba.

Por lo que, cuando sus hombres, observaban con una mezcla de asombro y temor al no saber qué era lo que se aproximaba.

Le comunicaron la aparición de aquellas carretas metálicas.

Recordando que ya antes, aquel hombre que derrotó al ejército enemigo, había llegado en algo similar.

Para ellos, la guerra siempre había tenido el sonido del galope de los cahuayos y el choque del acero, no el zumbido de un motor.

Después de una extenuante jornada viajando en aquellas unidades, Darren añoraba la comodidad de su casa rodante.

Las horas y días transcurridos dentro de aquel vehículo se tornaban interminables.

Sin embargo, para el rey y los soldados, esas unidades representaban un verdadero lujo; les habían librado del agotador esfuerzo de caminar sin cesar, permitiéndoles viajar cómodamente sentados.

Incluso el rey Damian compartió con Darren su experiencia, admitiendo que viajar en cahuayos era tan incómodo que a menudo terminaban sufriendo lesiones.

Cuando finalmente se acercaban a la frontera, la vista desde la distancia era desoladora: una ciudadela en ruinas, devastada por la destrucción.

Solo el humo persistente se elevaba, señal de las llamas insaciables que devoraban casas, comercios y el propio castillo.

Al llegar al puesto de avanzada fronterizo, el Marqués Leopold los recibió, pero no había alivio en su rostro, solo una urgencia desesperada.

De la unidad Sentinel, bajaron el rey Damian, las chicas y Darren.

—Su Majestad, han llegado antes de lo previsto, pero me temo que es demasiado tarde —dijo, su voz tensa.

—Además, veo que también vinieron los héroes de la batalla pasada.

Es un gusto verlos, Conde Darren, Lady Amelia.

—¿Qué ha ocurrido, Marqués?

—preguntó el rey Damián.

—El enemigo llegó hace dos días…

ya han cruzado la frontera, destruyeron la ciudadela y han formado un campamento.

Creímos que sería nuestro fin.

Vengan, deben verlo ustedes mismos.

Darren había calculado que el regimiento anterior debía haber avanzado considerablemente, lo que significaba que el ejército que enfrentaban ahora era, sin duda, la fuerza principal.

Mientras se acercaba a una estructura elevada construida como punto de observación, pudo contemplar desde las alturas un valle colmado por un ejército impresionante, mucho más numeroso que el previo.

Las tropas que habían movilizado apenas representaban, en el mejor de los casos, una tercera parte de aquel vasto contingente.

Sin embargo, no era solo el tamaño del ejército lo que capturaba su atención.

Había un regimiento de dragones entre las filas enemigas.

Desde su posición, Darren logró contar cincuenta de esas imponentes criaturas.

Pero eso no era todo: el ejército enemigo también poseía gigantescas bestias similares a elefantes, aunque aún más colosales.

Le recordaron a los mamuts que alguna vez vio en un museo, pero estas criaturas eran aún más descomunales.

Y, para colmo, podía percibir la inquietante presencia de otra arma divina entre sus filas.

El recuerdo de las palabras de Wiraqucha acudió rápidamente a su mente, acerca de la conexión con las armas divinas.

Darren comenzó a reflexionar sobre por qué tanto él como Amelia habían conseguido mantener un equilibrio y preservar su forma humana después de incorporar fragmentos divinos en sus cuerpos, en comparación con aquellos que no.

Darren recordó el origen del cuerpo de Amelia: para darle vida, Darren usó su propia sangre, permitiendo que fluyera por sus venas.

Esa debía ser la clave.

Tal como le había revelado el dios Wiraquecha, Darren no era más que un catalizador.

Si solo él era capaz de contener el poder divino, significaba que su cuerpo mismo era el receptáculo.

Con sus profundos ojos negros resplandeciendo bajo un brillo azulado mientras escudriñaba el escenario del combate mágico, Amelia negó con la cabeza.

Era evidente.

Esto era una trampa.

—Nos están esperando, amado prometido —declaró con firmeza, dirigiéndose a Darren.

Y aún en medio de la tensión, ella se dirige a él con cariño y respeto, resaltando el vínculo que los unía, lo que, sin querer, resultó ser una espina para Emery.

Ante aquella situación, Darren decidió regresar al campamento enemigo.

Esta vez, sin embargo, fue por su cuenta.

Aseguró a su esposa y prometidas que únicamente iría a hablar y volvería pronto.

Aunque sus palabras no generaron demasiada confianza, ellas optaron por apartarse y permitirle avanzar hacia su destino.

Ya en el campamento enemigo, Darren se adentró entre las filas con paso firme.

No mostraba señal alguna de temor y no portaba arma alguna consigo.

Los soldados enemigos lo observaban con sorpresa mientras avanzaba, desconcertados por la audacia de aquel hombre al internarse allí solo.

Finalmente, Darren llegó hasta una tienda llamativa y decidió entrar.

Sin embargo, no era el lugar que buscaba.

Allí se encontraba una joven de belleza excepcional: cabello rubio y ojos azules que brillaban intensamente.

Al observarle salir de aquella tienda, los soldados no tardaron en aproximarse.

Le explicaron que le habían permitido ingresar al campamento pensando que le darían una paliza, pero su atrevimiento al irrumpir en los aposentos de lady Dorotea era un acto que no dejarían pasar.

Por ello, se disponían a darle ellos mismos una lección.

Sin embargo, Darren se presentó con firmeza como el Conde Darren Königssee y exigió hablar con el responsable al mando.

Los guardias dudaron, listos para ignorar su petición y someterlo por la fuerza, pero sus palabras los detuvieron de inmediato: —la última vez que no escucharon mi advertencia, cinco mil soldados perecieron.

Tal vez Otto debió escucharme.

Así no habría perdido su arma divina —añadió con calma y contundencia.

Lo llevaron a una tienda imponente, donde se encontraban cuatro hombres de distintas edades.

Al entrar, ellos se presentaron como los príncipes Lothar Fede, Hans Augusto, Karl Albert y el propio rey Kriegsdrache.

Darren, con calma, volvió a presentarse.

El rey lo miró con ojos cargados de una mezcla de desconfianza y autoridad.

Su voz se rompió en una pregunta directa.

—¿Fuiste tú quien acabó con Otto?

Darren no pasó por alto el aire hostil que emanaba del monarca, pero sabía que mentir no sería de ayuda.

Prefirió ver hasta dónde llegaría aquella conversación.

—Sí.

Fui yo.

De hecho, también terminé con Alem —respondió sin titubeos, su tono seguro de sí mismo.

Kriegsdrache arqueó una ceja, con una expresión entre desdeñosa y desafiante.

—No sé si eres increíblemente valiente o solo un insensato que juega con su destino —dijo imperturbable, dejando traslucir una arrogancia medida.

Darren no retrocedió ante la postura del rey, al contrario, su determinación aumentó.

—He derrotado a dos portadores de armas divinas, quienes, curiosamente, eran sus hermanos.

Supongo que entiendes que no soy un rival fácil.

Además, acabé con todo el regimiento bajo su mando —declaró con una firmeza que pretendía más persuadir que provocar.

Su objetivo estaba claro: quería que desistieran de continuar aquella absurda guerra.

Las palabras de Darren lograron inquietar a los príncipes, cuya indignación era casi palpable.

Exigieron al rey que lo aniquilara allí mismo, sin más preámbulos.

Pero Kriegsdrache, con la frialdad de un estratega curtido en intrigas y conflictos, no cedió a la presión.

—Está bajo mi protección como huésped por ahora.

No me rebajaré a atacarlo en estas circunstancias —sentenció, calmado pero tajante.

Darren percibió un rayo de oportunidad en la decisión del monarca.

Quizá, solo quizá, había una posibilidad de evitar el enfrentamiento que se cernía sobre ellos.

—No he venido aquí a pelear.

Deseo evitar esta guerra; no quiero acabar con todos ustedes, como sucedió con tus hermanos —afirmó Darren, sabiendo que sus palabras podían dividir aún más las opiniones dentro del grupo.

Sin embargo, sus declaraciones marcaron un punto sin retorno.

La tensión en la tienda creció como una tormenta inmersa en silencio; más allá de la calma aparente del rey, la sed de venganza era evidente en el rostro de los príncipes.

Todos lo querían muerto.

Solo la cautela y la perspicacia de Kriegsdrache mantenían la situación bajo control.

—La guerra es inevitable —dijo finalmente el rey con tono grave pero decidido—.

Desde hace tiempo planeamos conquistar Waltzovia.

Fue nuestro padre quien pactó un matrimonio para evitar este conflicto, pero murió hace meses, y con él se apagó ese acuerdo.

Decidimos romper la alianza e iniciar el ataque.

El líder del reino rival dejaba claro que nada detendría sus planes belicistas.

Darren asintió lentamente al escuchar aquellas palabras; no parecía sorprendido, más bien esperaba esa respuesta.

Una sonrisa asomó en su rostro mientras replicaba con calma y determinación: —Siendo así, no me queda más que ponerle fin al legado Dietrich.

Se giró entonces hacia la salida sin mirar atrás.

La fría noche le dio la bienvenida mientras daba sus últimas palabras antes de partir: —Nos veremos en el campo de batalla.

Ante aquellas palabras, los hermanos Dietrich lo siguieron con la mirada mientras se alejaba, sus ojos cargados de un odio palpable.

Al mismo tiempo, no podían evitar preguntarse por qué no llevaba consigo ninguna arma, ni siquiera alguna de las reliquias divinas que pertenecieron a sus hermanos caídos.

Se debatían en silencio, reflexionando si verdaderamente sería capaz de acabar con todo un ejército, mientras sus pensamientos volvían al inmenso cráter que quedó tras aquella colosal batalla.

Darren salió de la tienda y, al avanzar, sintió la intensidad de una mirada fija en él.

Era la joven que había visto al llegar al campamento, a la que los demás llamaban Lady Dorotea.

La joven, de aspecto delicado y porte destacado, observó en silencio cómo se alejaba y luego se dirigió hacia la misma tienda de la que él acababa de salir.

Al regresar un tiempo después, Darren encontró el campamento completamente montado, y en la carpa principal daba comienzo el consejo de guerra.

Allí compartió parte de lo que había conversado con Kriegsdrache.

Entre sus palabras, les dejó claro que sus enemigos depositaban ciegamente su fe en el poder absoluto propio…

y que esa misma arrogancia los conduciría a su destrucción.

Sus palabras generaron reacciones encontradas entre los presentes: mientras el marqués y algunos nobles respaldaban la versión de sus asombrosas hazañas, otros permanecían escépticos, atribuyendo su fama solo a golpes de suerte o meras coincidencias del destino.

Darren se había retirado para revisar los suministros, reponiendo mágicamente aquellos que estaban escasos.

Las chicas, al verlo alejarse, decidieron seguirlo.

Al encontrarlo ahí, en soledad, se acercaron preocupadas.

Darren comprendió que no las había saludado ni hablado directamente desde su regreso, lo que seguramente había causado inquietud.

Por ello, decidió romper el hielo.

—¿Cómo están, chicas?

—preguntó Darren, notando de inmediato que su tono era más cercano y relajado, como si se encontrara en su propio mundo.

Emery y Lyra quedaron algo sorprendidas por su forma de hablar un tanto extraña en él, pero no pudieron evitar sentirse cómodas con la naturalidad de su voz.

Amelia, por su parte, no mostró sorpresa alguna.

Había llegado a entender sus expresiones y peculiaridades gracias a los recuerdos compartidos de su mundo.

—Mi amado prometido, ¿cómo te fue al hablar con el enemigo?

—inquirió Amelia con suavidad, aunque Darren percibió que intentaba desviar la atención de su tono ligeramente informal.

—Lamentablemente, me dijeron lo mismo que Otto —respondió él con seriedad.

Amelia captó de inmediato el significado de esas palabras, sabiendo que no habría otra salida.

En cambio, las expresiones de Emery y Lyra reflejaron confusión.

Claramente, desconocían quién era Otto.

El peso de aquella situación recaía con fuerza sobre Darren.

El panorama era oscuro: pronto tendría que enfrentar nuevamente la penosa tarea de arrebatar vidas.

Sus pensamientos lo llevaron a mirar al cielo, buscando alguna clase de consuelo o resignación mientras interiorizaba el destino que le aguardaba.

Después de intercambiar unas pocas palabras más, todos se retiraron a descansar.

Cada uno se sumergió en sus propias emociones y preparativos mentales, cargando con la carga del inminente enfrentamiento que los esperaba al día siguiente.

Al día siguiente, Darren dejó la organización y planificación del combate en manos de los nobles presentes junto al rey.

Además, ordenó que Emery y Lyra permanecieran en la retaguardia.

Esto no tardó en causar frustración en ambas, ya que, aunque comprendían que Amelia era la legendaria gran bruja de hace cinco mil años, deseaban luchar a su lado.

Sin embargo, no lograban aceptar aquella decisión hasta que Amelia tomó la palabra para explicarles con firmeza: —Somos piezas dentro de un gran tablero estratégico, y cada una tiene un papel que desempeñar.

Ustedes tienen el suyo y es fundamental que lo cumplan.

Con dulzura, Amelia se acercó a Emery y acarició su mejilla.

A pesar del gesto, Emery seguía sintiéndose excluida y agobiada por la impotencia.

Pero Amelia, sin dejarse llevar por las emociones ajenas, continuó explicándole con serenidad.

—Darren y yo tenemos roles similares en esta batalla, pero si ustedes nos acompañan al frente, perderemos enfoque al tener que protegerlas constantemente.

Son magas talentosas y han sido entrenadas tanto por Darren como por mí.

Ahora debemos confiar en lo aprendido y aceptar nuestras responsabilidades para asegurar la victoria en esta guerra.

El rey Damian se aproximó a Emery con paso firme, mirándola directamente.

—Hija mía, es tu deber obedecer a tu esposo… Además, ni tu madre ni yo queremos que sufras algún daño.

Emery entendía perfectamente el trasfondo de sus palabras, aunque no podía evitar sentirse contrariada.

Sabía bien que la estaban utilizando como una simple herramienta para mantener a Darren atado, primero como su familiar y ahora como su esposo.

También era consciente de que su matrimonio tenía un propósito ulterior: asegurar una descendencia que heredara el poder de Darren.

Este tipo de manipulación encendía en Emery una profunda irritación.

Sin embargo, lo que le molestaba no era el hecho de casarse con Darren o concebir un heredero con él, sino más bien la actitud impositiva con la que se actuaba sobre su vida.

Darren se acercó con calma, posó sus manos con suavidad alrededor de su cintura y habló con determinación.

—Esposa mía, no estoy tratando de dejarte de lado.

Pero esta vez debes permanecer lejos del campo de batalla.

Es vital que estés en un lugar seguro desde donde puedas apoyarme a la distancia.

Bajo su voz hasta apenas un murmullo en su oído y agregó con intensidad.

—No solo debes pensar en tu propia seguridad.

No olvides el propósito de todo nuestro esfuerzo durante estos días.

De este modo, Emery aceptó quedarse.

Darren, luego de asegurarse de su decisión, se dirigió hacia Lyra y le dijo: —Te la encargo —antes de depositar un suave beso en su mejilla.

Aquello la llenó de una felicidad que la transportó a las nubes.

Amelia, con una mirada firme, añadió —Contamos con ustedes.

Ya posicionados en el campo de batalla y plenamente conscientes tanto de las fuerzas enemigas como de las suyas propias, Darren y Amelia entendieron que nuevamente tendrían que llevar al límite sus habilidades para diezmar al ejército adversario.

La batalla sería ardua, con enemigos diversos que los pondrían a prueba en cada momento.

Por ello, Darren decidió dirigir unas palabras al ejército, buscando motivarlos y encender en ellos la llama de la esperanza.

Se colocó frente a todos, evocando aquellos momentos en su mundo donde, como líder de equipos, inspiraba a sus compañeros a dar lo mejor de sí.

Muchas veces había impulsado y desarrollado talentos en su trabajo, forjando experiencias y dejando huella en las personas bajo su liderazgo.

Al volver su atención al presente, inhaló profundamente y con voz alta y firme se dirigió a las tropas.

—¡Fuerzas del reino de Waltzovia!

Aunque apenas los conozco desde hace pocos días, quiero que sepan que juntos podemos alcanzar la victoria.

Estamos aquí, en este instante único, para librar una batalla como ninguna otra.

Lo hacemos por nuestros seres queridos, por nuestras familias, por aquellos a quienes amamos… e incluso por la gloria misma.

Darren dio una breve pausa, recorriendo con la mirada a cada uno de los combatientes antes de continuar: —¡Entreguen lo mejor de ustedes!

¡Hagamos que el enemigo tiemble y se arrepienta de haber despertado la furia del pueblo de Waltzovia!

Después de ese discurso, Darren acompañando al rey, se dirigen al centro del campo de batalla, en donde se reúnen con el enemigo.

Ambos reyes se miran intensamente, sin decir una palabra.

Fue por ello que Darren habló.

—Esta es la última advertencia.

De ignorarla, acabaremos con ustedes —declaró Darren con decisión.

El rey Damian observó a Darren fijamente, esforzándose por mantener su expresión imperturbable frente a su adversario.

Sin embargo, no podía ocultar su asombro; ni siquiera en inferioridad numérica, se amedrenta sin vacilar o retroceder.

De regreso a su línea, Damian tuvo que preguntarle si realmente había alguna posibilidad de vencer ante la abrumadora fuerza de su enemigo.

A lo que Darren respondió con firmeza que sí podían.

Luego, con calma, explicó que necesitaban un instante antes de ordenar el avance de las tropas.

Justo al llegar a sus filas, Emery, Lyra y Amelia se acercaron a él con rapidez.

Darren dedicó unos instantes a impartir las últimas instrucciones, asegurándose de que todo estuviera en marcha.

Poco después, junto a Amelia, comenzó su avance hacia la posición enemiga.

—¿Estás lista?

—indagó Darren mientras avanzaban.

—Siempre.

Mientras esté contigo, no tengo nada que temer —respondió Amelia con confianza en su voz.

Desde la retaguardia, Emery y Lyra se preparaban.

Ya habían comenzado a conjurar poderosos hechizos, cuidando cada detalle mientras aguardaban la señal definitiva que les daría Darren.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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