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La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 29

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29: Capítulo 29: Guerra 29: Capítulo 29: Guerra El ejército de Ulfhedinn, al notar que solo dos personas avanzaban hacia ellos, comenzó a burlarse descaradamente.

Mientras tanto, un poco más atrás, en una pequeña colina, cinco figuras montadas observaban la escena con atención desde lo alto.

Eran el rey y los príncipes, quienes seguían con interés cómo aquel hombre se aproximaba.

—Realmente tiene agallas.

—Comentó con voz firme uno de ellos, envuelto en un manto azul sobre su armadura.

—Quizás solo quiere ser el primero en morir.

—Replicó otro, con un manto anaranjado, soltó una risa burlona.

—No, lo que busca es llevarse consigo la primera sangre.

—El tercero también brinda su opinión, cubierto por un manto púrpura, negó con una leve sonrisa  Entonces, una suave voz femenina interrumpió desde el grupo.

Provenía de la figura con el manto rosado.

–-A mí me parece muy heroico.

Finalmente, el que estaba al centro, vistiendo un imponente manto dorado y rojo, zanjó la discusión con calma pero decisión.

—Ya veremos cómo se desenvuelve la batalla.

Mientras tanto, en el campo de batalla seguía el mismo silencio expectante.

Ningún soldado había hecho movimiento alguno, limitándose a observar cómo aquella pareja seguía avanzando.

Finalmente, Amelia y Darren se detuvieron a cierta distancia del enemigo, fuera del alcance de sus magos y arqueros.

Fue entonces cuando desataron su poder: ambos lanzaron ataques mágicos tan devastadores que el impacto arrasó por completo la posición del regimiento de dragones, reduciendo a cenizas a diez de ellos.

Otro ataque dirigido a las colosales bestias que Amelia había identificado como shoto acabó con cinco de estos gigantes, dejando apenas restos dispersos.

La devastación paralizó al ejército enemigo.

Temblaban de temor al enfrentarse a la abrumadora realidad: jamás esperaron que dos personas pudieran atacar desde esa distancia y causar tal destrucción.

Incluso sus líderes, observando desde lo alto de la colina, quedaron atónitos.

Entre los soldados aliados y los nobles que contemplaban la lucha desde lejos, incluido Emery y Lyra, la sorpresa fue igual de grande.

El poder demostrado por Amelia y Darren era algo que pocos habrían imaginado.

Ahora, el rey entendía perfectamente por qué ella era conocida como “la Gran Bruja”.

Eso no terminó ahí, pues realizaron dos ataques más cada uno.

Una ofensiva apuntó al regimiento de dragones, que para ese momento ya surcaban los cielos, mientras otra se dirigió hacia la vanguardia, que había iniciado su arremetida.

Un tercer golpe impactó contra los shoto, y el cuarto alcanzó a los caballeros que cabalgaban sobre cahuayos, logrando así minar profundamente la moral del ejército enemigo, cuyos combatientes comenzaban a temer por sus vidas.

Ante semejante panorama, los arqueros enemigos, dominados por el pánico, comenzaron a disparar en todas direcciones, presa de la desesperación revelando su ubicación.

Al mismo tiempo, sus líderes decidieron entrar en batalla.

Fue entonces cuando Darren dio la señal a su ejército: era momento de atacar.

A medida que las hordas enemigas se acercaban, Darren y Amelia desenfundaron sus espadas con determinación.

Amelia, además, sostenía una varita mágica en la otra mano.

Los soldados que se aproximaban cayeron uno tras otro con facilidad, vencidos por ambos guerreros que actuaban como una máquina perfectamente sincronizada.

A cierta distancia, Emery observaba la escena con unos binoculares proporcionados por el propio Darren.

La imagen le atravesaba el alma, pues sabía que nunca lograría alcanzar esa conexión con él.

El rey ordenó entonces avanzar a su ejército.

Las tropas, inspiradas y cargadas de valentía por las acciones heroicas de Darren y Amelia, siguieron las instrucciones con renovado ímpetu.

De pronto, Darren emitió una nueva señal que no pasó desapercibida para Emery.

Entendiendo su significado, informó a Lyra que había llegado el momento.

Ambas lanzaron un conjuro juntas: poderosas flechas de luz que surcaron por el aire y se abatieron sobre el enemigo a medida que avanzaban hacia ellos.

Observando todo desde la distancia, el rey Kriegsdrache finalmente comprendió las advertencias que Darren le había dado antes.

Ahora veía con claridad que ignorar aquellas palabras quizá había sido un grave error.

—¿Qué opinas de esto?

—preguntó una joven envuelta en aquel manto rosado.

—Es impresionante—respondió él seriamente—.

Dijo la verdad cuando nos advirtió de lo que pasaría.

—Si esto sigue así, estamos perdidos —afirmó la joven con una voz suave y cargada de ternura.

—¿Quieres enfrentarlo, Dorotea?

—preguntó Kriegsdrache con calma.

—¡Por supuesto!

—contestó ella sin titubear.

Dicho aquello, Dorotea se lanzó al ataque.

Finalmente volvería a verlo.

Por lo que aquel momento, la llenaba de emoción.

El estruendo de la magia de Darren y Amelia aún resonaba en el valle, dejando tras de sí un rastro de escamas de dragón carbonizadas y el eco de los lamentos de los shoto caídos.

El ejército de Ulfhedinn, que momentos antes se burlaba de la pareja solitaria, ahora retrocedía en un desorden visceral.

Sin embargo, la sangre real no se amedrentaba tan fácilmente.

Desde la colina, tres figuras se desprendieron del grupo de mando, descendiendo al galope antes de saltar de sus monturas con una agilidad sobrehumana.

Para ese momento, Darren y Amelia, habían acabado con las fuerzas de arqueros y shotos.

El inmenso ejército ahora se veía superado.

Entonces llegaron los otros príncipes Lothar, Hans y Karl se enfrentaron al mismo tiempo a Darren.

Quien ante aquella situación, creó otra espada más, y cambiando de estilo para enfrentarse a ellos.

Cada uno portaba una armadura ornamentada que brillaban deslumbrantemente y sobresalen sus detalles, y sus rostros, antes burlones, ahora estaban contraídos por una furia gélida.

—¡Presumido!

—rugió Lothar, el mayor, desenvainando un espadón que vibraba con energía telúrica—.

Has tenido suerte hasta ahora, pero en la sangre Dietrich, corre sangre de dragón, por lo que poseemos más fuerza que un hombre común.

Darren no respondió con palabras.

Sosteniendo sus espadas de acero oscuro, detuvo su embiste con una sola.

Mientras que de un puñetazo, lo lanzó hacia atrás.

—Creí que dijiste que tenían más fuerza que un hombre común —comentó Darren.

También se lanzó al ataque Karl, el más joven y veloz, armado con una lanza de punta doble.

Se lanzó en una estocada relámpago, pero Darren desvió la punta con la katana derecha mientras usaba la izquierda para trazar un arco ascendente que obligó a Karl a retroceder de un salto.

Casi al mismo tiempo, Hans cargó con un hacha de guerra, buscando partir a Darren por la mitad.

Mientras que él se deslizó bajo el peso del hacha, sintiendo el viento del impacto en el suelo, y contraatacó con un giro en torbellino hacia el cielo.

La batalla se convirtió en una danza mortal.

Darren se movía como el agua, fluyendo entre los ataques coordinados de los tres hermanos.

Cuando Lothar intentaba un golpe descendente con su espadón, Darren bloqueaba con las dos katanas en cruz, utilizando la fuerza del impacto para impulsarse hacia atrás y patear a Hans en el pecho.

—¡Es demasiado rápido!

—exclamó Hans, recuperando el aliento mientras su armadura chispeaba por el golpe.

Darren, refuerza sus espadas con magia de los núcleos, comenzó a imbuir sus hojas y sus botas con energía azulada, el cual era el nivel más bajo cuando recurre al poder divino.

No era solo esgrima; era la fusión de su técnica marcial con el poder de un semidiós para su equipo.

En un estallido de velocidad, desapareció de la vista de los príncipes para reaparecer detrás de Karl.

Con un movimiento seco, golpeó la base de su lanza, quebrándola, y luego usó el pomo de su katana para noquearlo.

Lothar y Hans, viendo a su hermano caer, rugieron y lanzaron un ataque combinado de fuego y tierra.

Darren bloquea con un escudo.

Mirando a los lados, ve como van cayendo soldados de su reino.

Por lo que aprieta sus puños molesto.

Detesta tener que matar.

Pero ante aquella situación, no se contendrá.

Sostiene ambas espadas con una mano, alzando el brazo que tiene libre.

Darren gritó con fuerza, conjurando su hechizo: —¡Volcano!.

—Concentrando su poder para abarcar solo una pequeña área, desde el suelo se irguió un líquido denso y candente que ascendió con presión hacia el cielo.

Aquella sustancia devastadora redujo a la nada a todo ser que tocó, incluso a varios dragones que surcaban los aires en ese instante.

Observando el impacto de su ataque, Darren contempló los vestigios de los soldados derrotados y los cadáveres de los príncipes que tanto lo habían atormentado.

Mirando alrededor, miro que su ataque había tenido el alcance de un kilómetro a la redonda.

Pensando en que con ellos, sumaban cinco hermanos derrotados por su mano.

El silencio se apoderó del lugar, solo roto por un aplauso lento y pausado que resonó en la distancia.

Desde la retaguardia enemiga, una figura caminaba con una elegancia que contrastaba con el caos del campo de batalla.

Una caballero avanzando hacia el.

Vestía una armadura ligera de color plata y oro, ademas de un manto rosado.

Su cabello ondeaba al viento como un pañuelo de seda.

En su mano derecha sostenía un florete que emitía un brillo rosado.

—Increíble…

—dijo ella, con una sonrisa que no era de odio, sino de una fascinación casi febril—.

Los rumores no le hacían justicia, Conde Darren.

Darren envainó una de sus katanas, manteniendo la otra en guardia.

Sentía una energía diferente en ella; no era la sed de sangre de los príncipes, sino algo más profundo y peligroso.

—Lo siento, Milady.

No tengo el gusto de conocerla.

Pero, viendo su armadura, ¿acaso es una de los hermanos Dietrich?

—comentó Darren con cautela—.

Supongo que vienes a vengar a tus hermanos.

—¿Venganza?

—Dorotea soltó una risita melodiosa—.

Mis hermanos son unos necios arrogantes.

Soy Dorotea Sofia Von Dietrich.

Y he venido por algo mucho más valioso.

Pero primero, ¡ten un duelo conmigo!

Ella avanzó un paso, y el aire alrededor de ambos comenzó a llenarse de pétalos de luz, una magia estética pero poderosa.

Dorotea se lanzó al ataque.

Su estilo era radicalmente distinto al de los príncipes; era una esgrima de precisión quirúrgica, rápida como el pensamiento.

Darren tuvo que usar toda su concentración para desviar las estocadas que buscaban sus puntos vitales.

El combate se volvió una coreografía extraña: entre el choque del acero, Dorotea giraba sobre sí misma, acercándose lo suficiente para que Darren pudiera oler su perfume a floral.

A Darren le recordó el perfume de jazmín que usaba Monica.

—Propongo un trato —dijo ella mientras sus armas chocaban, quedando rostro a rostro—.

Tómame como tu esposa.

Únete a mi linaje.

Si lo haces, esta guerra terminará.

Mi hermano, el rey de Kriegsdrache reconocerá el compromiso y ordenará a las tropas que se retiren.

Detendré esta guerra ahora mismo.

Waltzovia y Ulfhedinn conviven en paz.

Darren la empujó con fuerza, recuperando la distancia.

—Por que te ofreces así, Dorotea.

No eres una moneda de cambio.

—No es así.

Verás, Darren…

desde que entraste en aquella tienda, con esa mirada que desafía a los dioses y esa calma de quien conoce el fin del mundo…

mi corazón no ha dejado de latir por ti.

Me he enamorado de ti —declaró ella, apuntándole con su florete—.

Y en mi familia, demostramos lo que sentimos en batalla.

Dorotea volvió a cargar, esta vez desatando una tormenta de estocadas mágicas.

Darren mantenía un estilo defensivo, admirando a pesar de sí mismo la técnica de aquella chica.

Era una batalla sin igual; cada choque de espadas parecía un verso de un poema trágico.

Dorotea sonreía mientras peleaba, sus ojos brillando con emoción.

En un movimiento audaz, ella dejó caer su guardia deliberadamente, permitiendo que la katana de Darren rozara su hombro, solo para poder acercarse a él y besar su cuello por un segundo.

—Eres tan fuerte…

—susurró ella al oído de Darren antes de que él se alejara—.

Entonces, ¿qué dices?.

La batalla proseguía con una intensidad implacable, un enfrentamiento donde el romance y la muerte se enlazaban en una danza fatal con cada movimiento de espada y aliento contenido.

Mientras tanto, los ejércitos, exhaustos y maltrechos por el conflicto, habían suspendido los combates, sus ojos clavados en la escena como si presenciaran el clímax de una leyenda.

En ese panorama desolador, Emery y Lyra se alzaban como los únicos que habían logrado vencer a los últimos dragones y a sus respectivos jinetes.

A lo lejos, el imponente rey Kriegsdrache observaba la confrontación de su hermana con una solemne quietud.

Darren, consciente de la resistencia inquebrantable de aquella joven, entendía que no sería presa fácil.

El destino de toda la guerra dependía ahora de ese momento decisivo.

Sin embargo, era incapaz de hacerle daño, a diferencia de sus hermanos, cuyos corazones ya estaban marcados por la violencia y el derramamiento de sangre.

Sorprendentemente, ella optó por un camino diferente: fue en busca de Darren para proponer una tregua.

Se ofreció como emisaria de paz, consciente de que su bando había llegado al límite.

La derrota era inevitable si seguían luchando sin más remedio.

Ese era el instante ideal para pactar.

—¿Qué pretendes ganar ofreciéndote en matrimonio?

—la cuestionó Darren con cautela.

—¿No eres capaz de entender los sentimientos de una mujer enamorada?

—respondió Dorotea con serenidad, aunque su voz llevaba un trasfondo cargado de emoción—.

Si lo analizas desde un punto político, esto traerá paz a ambos reinos.

También pondrá fin a esta guerra absurda.

Extendió un brazo, señalando el campo devastado a su alrededor; soldados de ambos bandos yacían tendidos, algunos muertos, otros apenas conscientes, todos agotados y heridos.

La guerra no había dejado fuerzas ni para respirar.

Fue entonces cuando Darren percibió la honestidad en sus palabras, la pureza de su intención.

Más que un acto egoísta o estratégico, lo hacía por algo mayor: su pueblo, su amor por su gente y la esperanza de un porvenir mejor.

De repente, las líneas que dividían aliados y enemigos comenzaban a desdibujarse frente a él.

En esos ojos determinados que lo miraban sin rastro de miedo, comprendió que Dorotea tenía algo que no se podía ignorar: verdadero valor.

—El deber de una princesa es entregarse por completo a su reino, y yo lo hago con orgullo y devoción.

Pero, qué mejor que hacerlo por el hombre que ha conquistado mi corazón.

—Dorotea lucía una sonrisa radiante, casi angelical, como si una santa se encontrara ante él.

Darren levantó su brazo al aire.

Al instante, ambos ejércitos detuvieron sus movimientos.

Los propios comprendieron que se trataba de un alto en la batalla, mientras que los del bando contrario cesaron su avance al ver que su princesa replicaba el gesto calmado.

Observando el cambio en el campo de batalla, el rey Kriegsdrache, quien había vigilado cada detalle desde lejos, se dirigió velozmente hacia su hermana.

Su imponente figura dominaba la escena, montado en su majestuoso cahuayo.

—¿Qué está sucediendo aquí, Dorotea?

—interrogó Kriegsdrache con tono firme al llegar frente a ellos, su postura demostrando la autoridad de un guerrero empedernido.

—Pensé que serías lo suficientemente astuta como para poner fin a esto.

—Y lo he hecho, querido hermano.

He puesto fin a la guerra —respondió ella con una sonrisa tan cálida que podría descongelar el corazón más frío.

No muy lejos, el rey Damian observaba cómo Kriegsdrache se dirigió hacia Darren, acompañado de la princesa Dorotea, testigo del inesperado giro en los acontecimientos.

El rey Kriegsdrache miró a Darren con una mezcla de incredulidad y desprecio.

La idea de una alianza con el hombre que había diezmado a su ejército y derrotado a sus hermanos era impensable.

—¡Cómo osas proponer eso, hermana!

¡Jamás permitiré tal deshonra!

Hemos venido a conquistar Waltzovia, no a suplicar alianzas con ellos…

Como podrías desposar a quien asesinó a tus hermanos.

¡Alem, Otto, Lothar, Hans y Karl!

Darren, que había envainado sus espadas, observaba la escena con atención.

La propuesta de Dorotea, aunque audaz y surgida de una situación de conflicto, comenzaba a resonar en su mente como una opción viable.

La idea de detener la guerra, de evitar más derramamiento de sangre, era un peso que cargaba.

Una unión así, aunque compleja, podría traer una paz duradera a ambos reinos, unificando fuerzas y recursos.

La lógica era innegable, a pesar de la turbulencia emocional que implicaba.

Dorotea, percibiendo la vacilación en Darren y la obstinación de su hermano, se volvió hacia Kriegsdrache con una determinación férrea.

—Hermano, eres un necio si crees que puedes vencer a Darren.

Has visto lo que ha hecho con nuestro ejército, con nuestros dragones, con nuestros hermanos.

Él es una fuerza imparable, un dios.

Si no lo tomas como aliado, serás destruido.

Y te aseguro, Kriegsdrache, que jamás le ganarás.

Esta es la única forma de asegurar la supervivencia de nuestro linaje y la prosperidad de nuestro pueblo.

La tensión era palpable.

El Rey Kriegsdrache apretaba los puños, su orgullo herido chocando con la cruda verdad de las palabras de su hermana.

La idea de ceder ante un enemigo era amarga, pero la demostración de poder de Darren era innegable.

La guerra, tal como la había concebido, se había vuelto una quimera.

En ese instante crítico, una nueva presencia se hizo sentir.

Desde las filas de Waltzovia, el Rey Damian avanzó con paso firme, su armadura real brillando bajo el sol.

Se detuvo junto a Darren, su mirada sabia y serena abarcando a los hermanos Dietrich.

Había escuchado la propuesta de Dorotea y la acalorada discusión que siguió.

—Rey Kriegsdrache, Lady Dorotea —comenzó el Rey Damian, su voz resonando con autoridad y diplomacia—.

Comprendo la dificultad de esta situación.

Darren acaba de desposar a mi hija, la princesa Celery.

Sin embargo, la propuesta de Lady Dorotea, aunque inusual, ofrece una senda hacia la paz que debemos considerar.

Anteponer el bienestar de nuestros pueblos al orgullo personal es la verdadera marca de un líder.

Rey Kriegsdrache, una unión entre nuestras casas, forjada en estas circunstancias, podría poner fin a estos conflictos.

Eso es lo que deseaba vuestro padre, paz entre nuestros reinos y sentar las bases para una era de prosperidad compartida.

Mi pueblo, y el vuestro, merecen esa oportunidad de vivir sin guerra.

El Rey Damian miró a Darren, un asentimiento casi imperceptible entre ellos.

Apoyaba la iniciativa, no solo por la paz, sino por la visión de un futuro donde la fuerza de Darren, combinada con una alianza estratégica, podría proteger a todos de cualquier amenaza.

La guerra, que parecía inevitable, ahora se tambaleaba al borde de una decisión que cambiaría el destino de dos reinos, impulsada por el amor, la ambición y la sabiduría de sus líderes.

—Rey Kriegsdrache, debe entender que su hermana tiene razón.

Esta guerra la pude ganar desde un principio.

Pero creí que si diezmaba sus fuerzas de asedio, se rendirían.

Pero no fue así.

A pesar de ello, siguieron luchando.

Eso lo admiro.

—comentó Darren.

—Sir Darren.

Gracias por aceptar mi propuesta.

—dijo Dorotea.

Dirige una mirada suplicante.

—Querido hermano, ¿puedes darnos tu bendición?

O es acaso que ¿querías que también acabará con mi vida?

El rey Kriegsdrache está inmutado.

No puede aceptar aquella derrota.

Pero tampoco quiere que algo le pase algo malo a su hermana menor y su única familia que le queda.

El Rey Kriegsdrache observó a su hermana, Lady Dorotea, y luego a Darren, con una expresión de profunda indignación.

La idea de entregar a su única hermana con vida, y la más joven, a un hombre que había masacrado a su ejército y a sus otros hermanos, era una afrenta insoportable para su orgullo real.

Su rostro, aunque inexpresivo, era el de un hermano que no quería perder a su hermana.

—¡Jamás!

—espetó Kriegsdrache, dirigiéndose a Dorotea—.

¡No entregaré a mi hermana!

¡Hemos venido a conquistar, no a negociar con la debilidad!

Darren, percibiendo la inquebrantable obstinación del rey, dio un paso al frente.

Su mirada se encontró con la de Kriegsdrache, una calma peligrosa en sus ojos.

El Rey Damian, a su lado, observaba con atención, preparado para intervenir si la situación escalaba aún más.

Para entonces, Emery y Lyra ya se habían acercado, al darse cuenta de que la batalla se había detenido, era seguro aproximarse.

Sin embargo, llegaron en el momento en que mencionaron sobre que la princesa Dorotea se había ofrecido como prometida para Darren, algo en ello las dejó profundamente impactadas.

—Entiendo su reticencia, Rey Kriegsdrache —dijo Darren, su voz resonando con una autoridad tranquila que no admitía réplica—.

Su orgullo es grande, y la pérdida de sus hermanos, un golpe duro.

Pero la guerra, tal como la conocemos, sólo traerá más dolor y destrucción a ambos pueblos.

Si la paz es lo que busca, y la dignidad de su linaje es lo que le preocupa, le propongo una alternativa.

Ante la situación, Emery y Lyra se inquietaron enormemente, conscientes de que aquel evento sería un desafío por la mano de la princesa Dorotea.

Ambas dejaron en claro su rechazo a que esto sucediera.

En ese momento aparece Amelia, quien, aunque recién llegada, rápidamente comprende el trasfondo del asunto.

Con una visión más pragmática, decide apoyar la aceptación del acuerdo, considerando que es imprescindible para poner fin a la guerra y evitar su prolongación.

Darren desenvainó una de sus espadas, la hoja oscura reflejando el sol poniente.

La acción fue lenta y deliberada, un gesto que capturó la atención de todos los presentes.

—Un duelo —declaró Darren, apuntando su espada al rey—.

Tu y yo.

Si tu ganas, Waltzovia se rendirá.

Pondremos fin a esta guerra y aceptaremos sus términos de conquista.

Pero si yo gano, te rendirás.

Su ejército se retirará, y la paz será restaurada.

Sin más derramamiento de sangre.

Un murmullo recorrió las filas de ambos ejércitos.

La idea de un duelo entre los líderes para decidir el destino de la guerra era una tradición antigua, casi olvidada, pero que aún resonaba con el honor de los guerreros.

El Rey Kriegsdrache sopesó la propuesta, su mirada fija en la espada de Darren.

Era una oportunidad para vengar a sus hermanos, para reafirmar su poder y para evitar la humillación de una rendición total.

—Y si yo gano —continuó Darren, su voz más suave pero igualmente firme—, no habrá necesidad de matrimonio.

La paz se establecerá sin ataduras personales.

Solo la rendición de su ejército y el fin de las hostilidades.

La última parte de la propuesta de Darren, sin embargo, provocó una reacción inesperada.

Lady Dorotea, que había permanecido en silencio observando el intercambio, dio un paso adelante, en su rostro una mezcla de sorpresa y una determinación aún más feroz.

Su florete rosado se alzó, no en señal de combate, sino como un gesto de protesta.

—¡No!

—proclamó Dorotea con una voz firme y profunda que se alzó por encima del murmullo inquieto de los soldados—.

¡Me niego!

Sir Darren, anhelo este matrimonio con todo mi ser, no como una simple herramienta para sellar la paz, sino porque verdaderamente deseo estar a tu lado como tu esposa.

¿O tal vez crees que no soy lo suficientemente digna de ocupar un lugar en tu corazón?

La declaración de Dorotea dejó a todos atónitos, especialmente a Darren.

Su intención de simplificar la situación y evitar un compromiso personal se había topado con la inquebrantable voluntad de la princesa.

El Rey Kriegsdrache, por su parte, miró a su hermana con una mezcla de exasperación y una pizca de orgullo.

Su hermana, a pesar de todo, tenía un espíritu indomable.

El Rey Damian, con una sonrisa apenas perceptible, se adelantó un poco.

La situación había tomado un giro inesperado, pero no necesariamente desfavorable.

La insistencia de Dorotea en el matrimonio, aunque complicada para Darren, reforzaba la idea de una paz duradera y una alianza más sólida.

El destino de los reinos, y el corazón de Darren, ahora pendían de un hilo más complejo de lo que cualquiera hubiera imaginado.

Ante la insistencia de Dorotea, el rey Kriegsdrache finalmente acepta internamente llevar el duelo.

Sin emitir palabra alguna, desenvaina su majestuosa espada.

El arma del rey, de imponente presencia, posee un mango de oro decorado con elaboradas piedras preciosas que adornan la guarnición y el pomo.

Su doble filo, pulido y sin imperfecciones, refleja la excelencia digna de un monarca.

Pero sus ojos se detienen en la sencilla katana de Darren, un arma carente de adornos o detalles llamativos.

Esa simplicidad lo desconcierta; no entiende cómo un conde podría optar por algo tan austero.

—Acepto el duelo —proclama Kriegsdrache con voz firme.

Dorotea, iluminada por la emoción, sonríe con entusiasmo, algo que lo sorprende profundamente.

Jamás la había visto así.

Ella siempre había aceptado incondicionalmente sus mandatos.

Entonces, una pregunta surge en su mente —¿Así se siente estar enamorado?

Con resolución, Kriegsdrache eleva su espada frente a él, listo para el enfrentamiento.

Por su parte, Darren adopta la postura de iaido, su katana aún envainada, una técnica que no pasa desapercibida ante los ojos intrigados del rey.

Este estilo lo desconcierta; no es lo habitual en un combate.

Como árbitro del duelo, el rey Damian toma posición y observa con atención.

El momento de la verdad llega.

Kriegsdrache lanza el primer ataque con fuerza y determinación.

En respuesta, Darren ejecuta su movimiento con la velocidad de un relámpago.

Desenfunda su espada en una danza precisa y certera; el impacto desvía el ataque del monarca, desarmandolo y mandando a volar la espada de su oponente.

Provocando que cayera al suelo.

Darren posiciona rápidamente su hoja con firmeza contra la vulnerable superficie del cuello de su contrincante, marcando el desenlace con una resolución clara e inapelable.

Todos los presentes pudieron percibir, no solo el poder inmenso de Darren durante esa batalla.

También fueron testigos en persona, de su estilo de esgrima, rápido e impecable.

Capaz de vencer a tan habilidoso monarca.

Darren en un movimiento rápido, con una certeza imperturbable, enfunda su espada mientras tiene sus ojos cerrados.

Kriegsdrache se sorprende de esa hazaña, pues es como si supiera exactamente dónde estaba la funda.

Después de demostrar su habilidad con la espada, Darren enfundó el arma con calma.

Aprovechó entonces para tenderle la mano a Kriegsdrache, quien permanecía en el suelo.

Lo ayudó a levantarse, y el monarca, ya erguido, sacudió el polvo de su atuendo mientras mantenía su rostro impasible.

Dorotea, rebosando alegría, corrió hacia Darren y se abrazó a su cuello con entusiasmo desbordante por su victoria.

Observó a su hermana con asombro, sorprendido al verla actuar de manera tan natural, libre y luminosa.

En su mente resonó un pensamiento claro —“realmente lo ama”.

—Ahora entiendo a lo que se refería Dorotea.

Eres fuerte y muy hábil.

—dijo Kriegsdrache.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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