Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 30

  1. Inicio
  2. La Lagrima Carmesí: Renacimiento
  3. Capítulo 30 - 30 Capítulo 30 Una princesa peculiar
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

30: Capítulo 30: Una princesa peculiar 30: Capítulo 30: Una princesa peculiar La guerra, ese demonio insaciable que amenazaba con devorar vidas y reinos, se desvaneció tan abruptamente como había surgido.

Apenas una hora había transcurrido desde el primer choque de voluntades en el campo de batalla, pero el duelo entre Darren y Lady Dorotea, y la subsiguiente intervención diplomática, habían salvado innumerables almas de una muerte segura.

Los monarcas, el Rey Damian de Waltzovia y el Rey Kriegsdrache de Ulfhedinn, con la sensatez impuesta por la innegable fuerza de Darren y la astucia de Dorotea, sellaron la paz mediante la firma de un tratado.

Entre las cláusulas más destacadas, y la más comentada, se estableció que la Princesa Lady Dorotea Sofía Von Dietrich debía desposarse con el Conde Sir Darren Königssee en un plazo no mayor a tres meses para validar la alianza.

Darren, por su parte, asumiría la solemne obligación de protegerla y tratarla con el respeto y cuidado que merecía, como si se tratara de su primera esposa, una condición que resonaba con el peso de la tradición y el honor.

El anuncio fue recibido con un entusiasmo generalizado, un suspiro colectivo de alivio que se extendió por ambos ejércitos.

Pero nadie, ni los soldados cansados ni los nobles aliviados, estaba más feliz que la joven princesa.

Dorotea, con su valentía y determinación, había logrado detener una guerra que, de haberse prolongado, habría costado la vida a incontables soldados inocentes.

Su sonrisa, radiante y victoriosa, era la de una mujer que había conseguido exactamente lo que deseaba, y su mirada, fija en Darren, prometía un futuro lleno de desafíos y pasiones.

Mientras el Rey Kriegsdrache y el Rey Damian finiquitaban los detalles del acuerdo de paz en la tienda de mando, Darren se encontraba lidiando con un complicado dilema en su fuero interno.

La encantadora Dorotea, con una energía que parecía desafiar las convenciones, no quería separarse de él ni un instante.

Sus risas, sus preguntas curiosas y su constante cercanía eran un bálsamo para su corazón aun dañado por el eco de su pasado, pero una espina para las otras mujeres en su vida.

Emery, Amelia y Lyra, aunque intentaban disimularlo, no podían ocultar su creciente incomodidad.

Las miradas furtivas, los silencios tensos y la sutil distancia que mantenían eran un claro indicio de su descontento.

Darren, consciente de la tormenta que se gestaba, decidió intervenir antes de que la situación se tornara insostenible.

Con una delicadeza que le era innata cuando se trataba de asuntos del corazón, llevó a Dorotea a un lado, lejos de las miradas indiscretas.

Le explicó, con una voz suave pero firme, la compleja realidad de su vida.

Le habló de Emery, su esposa, con quien se había casado apenas unos días antes.

Luego, con un suspiro, mencionó a Amelia, su segunda prometida, y a Lyra, la tercera.

La confesión sobre Lyra fue particularmente difícil; había accedido a pedirla en matrimonio con la esperanza de que el tiempo le diera la madurez necesaria, pero ahora, con la llegada de Dorotea y la insistencia del Rey Kriegsdrache en una boda pronta para evitar que su hermana fuera vista como una concubina, el enredo emocional de Darren se hacía más profundo.

Para cumplir con el tratado, debía casarse con Amelia y luego con Lyra antes de poder desposar a Dorotea.

Era un laberinto de compromisos del que no veía una salida clara.

Una sombra de melancolía cruzó el rostro de la princesa al descubrir que no solo compartiría el amor de Darren, sino que sería la cuarta en su lista de esposas y prometidas.

Su tristeza, aunque fugaz, pareció quebrantar el corazón de Darren, quien se sintió culpable por no poder ofrecerle la exclusividad que ella, con su espíritu vibrante, sin duda anhelaba.

Contuvo el impulso de pronunciar palabras de consuelo que pudieran herir a las demás, manteniendo un silencio cargado de arrepentimiento.

Pero la melancolía de Dorotea se disipó tan rápido como había llegado.

Con una sorprendente recuperación de la compostura, alzó la vista hacia Darren, sus ojos brillando con una determinación renovada.

—No importa el orden, mi querido Darren —aseguró, su voz firme y llena de convicción—.

Lo esencial es ocupar un lugar en tu corazón y estar presente para ti siempre que lo necesites.

Mi amor por ti no se mide por el número de esposas que tengas, sino por la profundidad de mi devoción.

Darren la miró, una punzada de emoción inesperada atravesándole el pecho.

Sin comprender del todo la razón, una lágrima solitaria resbaló por su mejilla.

En un intento de restarle importancia, se dijo a sí mismo que eso era “historia de otro jacal”, una frase de su mundo que usaba para desestimar emociones ajenas, aunque para esa ocasión, se refería a que serían de otro mundo.

Con discreción, limpió la lágrima y elevó la vista hacia el cielo, buscando una explicación a la complejidad de su destino.

Horas más tarde, con el sol de la tarde tiñendo el campamento de tonos dorados, se organizó una ceremonia improvisada pero solemne.

El Rey Damian y el Rey Kriegsdrache, junto a los consejeros de ambos reinos, se reunieron en la tienda principal.

Darren, desafiando las estrictas normas del protocolo, decidió sustituir el tradicional uniforme de un conde por un atuendo diseñado por él mismo.

Su elección no solo destacaba por ser original, sino que también realzaba su porte y masculinidad, al punto de que varios nobles presentes comenzaron a solicitarle diseños similares para ellos.

Para los eventos sociales, solía llevar unos broches que representaban las piedras de cada anillo de compromiso de sus prometidas.

En ese momento, llevaba cuatro: una esmeralda, un diamante negro, un ámbar y un zafiro.

Al retomar el propósito principal de aquella celebración, Darren se encontraba al centro, con Emery, Amelia y Lyra a su lado, sus expresiones eran una mezcla de resignación y curiosidad.

Quienes vestían unos vestidos dignos de su belleza individual y una gargantilla de piedras preciosas a juego con su sortija.

En el caso de Emery, llevaba un vestido de viaje en tono verde esmeralda suave, en seda salvaje, que cae con gracia hasta los tobillos.

El diseño sencillo pero elegante, con un escote redondo discreto y mangas largas ligeramente abullonadas en los hombros, ajustándose en las muñecas.

Un cinturón delgado de cuero color crema ciñe su cintura, realzando su figura delicada.

La tela, con una caída fluida, permitiría libertad de movimiento, resaltando su determinación y la frescura de su espíritu.

Amelia por su lado, habia seleccionado un vestido de viaje en un profundo negro azabache, en terciopelo —a sabiendas que era la tela favorita de Darren—, que le otorga una presencia imponente.

El corte es estructurado y sofisticado, con un cuello alto y mangas ajustadas que se ensanchan ligeramente hacia los puños.

Una abertura lateral discreta permitiría un paso elegante.

El negro intenso del vestido no solo realzaría el misterio y la autoridad de sus ojos, sino que también acentuaría su figura esbelta y su aura de poder, digna de la gran bruja.

Para la pequeña Lyra, portaba un vestido de viaje en tonos ámbar y dorado quemado, en una tela de gasa, de diseño etéreo y juvenil, con un escote redondo discreto y finos tirantes que dejarían sus hombros al descubierto.

La falda, con múltiples capas, crearía un efecto de movimiento al caminar, evocando la ligereza y la calidez de su personalidad.

Reflejando su naturaleza vibrante y su encanto innato.

Dorotea, quien entró acompañada de su hermano.

Portaba un vestido de viaje en un majestuoso azul zafiro, en tafetán de seda.

El diseño es elegante y clásico, con un corpiño ajustado que realzaba su figura y una falda amplia que caería en pliegues suaves.

Un cuello barco sutil y mangas a tres cuartos.

Destacando su nobleza, su determinación y la pasión que la caracteriza.

El Rey Damian, con la sabiduría de un monarca experimentado, tomó la palabra.

—Hemos llegado a un acuerdo que, esperamos, traerá paz duradera a nuestras tierras.

Y como símbolo de esta unión, y por deseo expreso de la Princesa Lady Dorotea Sofia Von Dietrich, se ha pactado su matrimonio con el Conde Sir Darren Königssee.

El Rey Kriegsdrache, aunque aún con una expresión adusta, asintió, reconociendo la validez del tratado.

Luego, su mirada se posó en Darren.

—Conde Königssee, mi hermana, la Princesa Dorotea Sofía Von Dietrich, ha expresado su deseo de unirse a usted en matrimonio.

Como su hermano y Rey, le preguntó: ¿acepta usted tomarla como su esposa, con todas las responsabilidades y honores que ello conlleva?

Darren se volvió hacia Dorotea.

Sus ojos se encontraron, y en la mirada de ella no vio solo ambición, sino también una profunda sinceridad, un amor que, aunque recién nacido, era innegable.

Recordó sus palabras en el campo de batalla, su valentía, su determinación.

Y luego, sus ojos se dirigieron a Emery, Amelia y Lyra, quienes lo observaban con una mezcla de ansiedad y comprensión.

Sabía que su vida nunca sería sencilla, pero la paz de dos reinos y el corazón de una mujer peculiar dependían de su respuesta.

Con un suspiro que fue apenas audible, Darren se arrodilló ante Dorotea, un gesto que sorprendió a todos, incluso a la princesa.

Tomó su mano, que era suave pero firme, y la besó con reverencia.

—Lady Dorotea Sofía Von Dietrich —comenzó Darren, su voz clara y resonante en el silencio del lugar—.

Acepto tomarla como mi esposa, protegerla y honrarla, y hacerla parte de mi vida y de mi corazón.

Que esta unión no solo selle la paz entre nuestros reinos, sino que también forje un futuro de prosperidad y entendimiento mutuo.

—Además, Darren saca una pequeña caja de madera de itin.

Al abrirla, se mira un anillo dorado con una gema de zafiro.

Darren le toma su mano izquierda y le coloca el anillo en su dedo.

El inesperado acto dejó a todos asombrados, incluido el rey Kriegsdrache, quien jamás imaginó que su hermana recibiría un obsequio con motivo de su compromiso.

El rey Damian aprovechó la ocasión para explicar que Darren poseía una magia singular, capaz de crear objetos únicos.

Además, mencionó que Darren tenía la costumbre de entregar anillos a sus prometidas, un gesto distintivo que lo caracterizaba.

Gracias a este hábito, Kriegsdrache pudo identificar las sortijas en las manos de sus prometidas.

Observando con más detalle, sus ojos se detuvieron en los broches, en especial en uno adornado con un zafiro que capturó toda su atención.

Fue entonces cuando recordó que ya había reconocido a su hermana como prometida, incluso antes de informar a todos sobre el acuerdo.

Este descubrimiento lo llenó de satisfacción, formándose una leve sonrisa que se dibujaba sutilmente en la comisura de sus labios.

Dorotea, con los ojos llenos de lágrimas de alegría, ayudó a levantarse a su ahora prometido.

Su sonrisa era la de una mujer que había conquistado no sólo un reino, sino también el corazón de un hombre extraordinario.

El aplauso de los presentes llenó la tienda, un sonido que marcaba el inicio de una nueva era, compleja y llena de promesas, para Darren y sus ahora cuatro mujeres.

Dorotea se encuentra con las demás prometidas y rinde sus respetos a Emery, quien ocupa el lugar de primera esposa.

Emery responde con cortesía, pero se siente incómoda cuando Dorotea, en un murmuro, le cuestiona cómo es Darren en la intimidad.

Desde lejos, Darren las observa con una sonrisa, satisfecho al ver que parecen llevarse bien.

Mientras tanto, el rey se le acerca, colocando una mano en su hombro y sonriendo al notar la peculiar situación en la que se encuentra.

Darren reflexiona sobre por qué el rey no tiene más esposas, pero decide que ese no es el momento adecuado para plantearle la pregunta.

Ese día finalmente llegó a su término, y Darren no pudo evitar sentirse aliviado.

Las circunstancias que lo habían rodeado recientemente lo habían dejado exhausto.

Mientras se quitaba el saco, sus ojos se posaron en los broches, contemplándolos con detenimiento.

No podía evitar cuestionarse cómo había llegado al punto de aceptar tener cuatro esposas.

Sumido en sus pensamientos, no advirtió la entrada de Emery, quien lo observaba con una mezcla de atención y desdén.

Con un tono cargado de molestia y resignación, ella preguntó: —¿Feliz por agregar una mujer más a tu lista?

La pregunta lo incomodó.

No podía culparla; esta vez no le había comunicado ni consultado sobre aquel compromiso.

La tensión entre ambos fue palpable, y Darren percibió claramente la irritación en Emery.

Sin embargo, paradójicamente, eso solo avivó su anhelo de encaminarse rápidamente al descanso.

Aún así, no pudo evitar suponer que Emery se refería a algo más, insinuando que, como esposa, había ciertas obligaciones que cumplir.

Además, le recordó cuánto estrés había estado acumulando últimamente.

Mientras tanto, en otra habitación compartida por Amelia, Lyra y la recién llegada Dorotea, las mujeres conversaban en un esfuerzo por conocerse mejor.

Dorotea, llena de curiosidad sobre sus compañeras, no pudo evitar preguntarse quiénes eran realmente y qué las llevaba a aceptar su reciente compromiso con Darren.

Amelia, cautelosa, respondió que había cosas que no podía explicar fácilmente.

No obstante, esto solo avivó la curiosidad de Dorotea, quien sospechó que el misterio podría estar relacionado con la verdadera edad de Amelia.

Su percepción era clara: podía sentir los vestigios de una magia extraordinaria en Amelia, un poder inmensamente superior al de cualquier persona común e incluso más allá del alcance de los eruditos más avanzados.

Lyra, sintiéndose inquieta por la aguda observación de Dorotea, preguntó cuidadosamente cómo había logrado descubrirlo.

La verdadera naturaleza de Amelia era un secreto que evitaban revelar a toda costa.

Darren suspiró, dejando caer sus hombros.

No era la primera vez que se sentía abrumado por las consecuencias de sus actos, pero esta vez era diferente.

No se trataba de una batalla contra un ejército, sino de encarar los sentimientos de las personas que amaba.

—Emery, no fue algo que planeé —dijo Darren, volviéndose hacia ella con una mirada cansada—.

Las circunstancias en el campo de batalla cambiaron rápidamente.

La propuesta de Dorotea no solo salvó vidas, sino que también aseguró una alianza que nuestro reino necesitaba desesperadamente.

Emery cruzó los brazos, su mirada aún buscando la de él.

—Lo entiendo, Darren.

Entiendo la política y la estrategia.

Pero no puedo evitar sentir que nuestro espacio se reduce cada vez más.

Apenas nos hemos casado y ya hay otra mujer reclamando un lugar en tu vida…

y próximamente, en tu cama.

Darren se acercó a ella y le tomó las manos.

Estaban frías.

—Tú fuiste la primera, Emery.

Eso no cambiará.

Pero mi vida, ahora, no es solo mía.

Sin este rol, no podríamos habernos casado.

Y nuestros roles como futuros monarcas, nos hace tener que sacrificarnos por un bien mayor.

Es por ello que a veces debo tomar decisiones que me desgarran por dentro.

Mientras tanto, en la habitación contigua, la atmósfera era muy distinta.

Dorotea, con su elegancia natural, observa a Amelia con una intensidad que hace sentir a la poderosa bruja, expuesta.

—Eres inusual, Amelia —comentó Dorotea, rompiendo el silencio—.

Tienes el aura de alguien que ha visto imperios caer y renacer.

No eres una simple maga, ¿verdad?

Amelia mantuvo su compostura, aunque por dentro se sorprendió de la agudeza de la joven.

—Todos tenemos nuestros secretos, princesa.

Lo importante es, ¿qué harás con lo que crees saber?

Lyra, sentada cerca de ellas, interrumpió con una sonrisa nerviosa.

—¡Oh, vamos!

No es momento para misterios.

Deberíamos enfocarnos en cómo vamos a convivir todas para él.

Dorotea sonrió, una expresión enigmática que no revelaba totalmente sus pensamientos.

—Tienes razón, Lyra.

Después de todo, ahora compartimos el mismo destino.

Pero no me subestimen, mis ojos ven más allá de lo perceptible.

La noche avanzaba y, al menos aquel conflicto había terminado, una nueva etapa repleta de complejidad, se avecinaba.

Al día siguiente, al despuntar el alba, Darren despertó antes de salir el sol.

Permaneció un instante en silencio, observando a su esposa, quien aún se hallaba sumergida en un sueño plácido y profundo.

Con una ternura infinita, se sentó al borde del lecho y acarició su frente, deslizando sus dedos entre las hebras de su cabello en un gesto cargado de una devoción silenciosa.

Tras aquel momento de paz, se puso en pie para iniciar su meticulosa rutina: agua caliente en el baño y su cuidado personal, un ritual que para él era una rutina que se debía cumplir.

Creó su vestimenta con precisión, asegurándose de que cada prenda reflejara su personalidad, pero con el porte de su rango.

Al salir, el aire fresco de la mañana, se encontró con la mirada vigilante de los centinelas.

El campamento comenzaba a cobrar vida; muchos soldados ya se habían acostumbrado a las raciones MRE, cuya aceptación había sido absoluta.

Para hombres acostumbrados a la raquitiedad de las raciones de campaña medievales, aquellos sabores eran un manjar inesperado que elevaba la moral antes de cualquier jornada.

Los soldados saludaban a Darren con un respeto que nacía de la camaradería, no sólo del protocolo.

Recordaban que aquel noble frente a ellos no siempre había portado telas finas; Darren conocía el barro y el esfuerzo de quien empieza desde lo más bajo.

Al verlos, él no pudo evitar reflexionar sobre su propio camino: se había convertido en el escudo que ellos no podían ser, bendecido por la voluntad de los dioses, pero forjado por el riguroso entrenamiento de Amelia.

Su dominio de la magia arcana y de creación, la que le permitía manifestar desde lo más simple hasta lo más complejo, incluso la esencia de la forma humana, habilidades que, sumadas a los conocimientos de su mundo original y su creciente poder divino, lo situaban en un plano casi legendario.

En su camino, se cruzó con el Rey Kriegsdrache, quien ya se encontraba listo para la jornada.

El monarca, sin embargo, no pudo evitar notar algo inusual en Darren: un aura de pulcritud y un aroma sutil que contrastaba con la aspereza del campamento.

Había observado lo mismo en las damas que acompañaban al Conde; todas poseían una higiene impecable y una sonrisa cuidada que desafiaba los estándares de la época.

Movido por la curiosidad, Kriegsdrache decidió interrogarlo.

Darren, con naturalidad, le explicó sus hábitos de aseo.

Ante la duda del rey sobre si tales cuidados eran demasiado delicados para un guerrero, Darren le aseguró con firmeza que la limpieza era una extensión de la disciplina.

Como gesto de cortesía, le ofreció un kit completo de productos personales.

Para que el monarca viviera la experiencia por sí mismo, Darren lo escoltó a su tienda y preparó una tina con agua templada.

Al finalizar, Kriegsdrache emergió transformado, cautivado por la ligereza de su cabello, la suavidad de su piel y la frescura del jabón.

Cuando ambos coincidieron con más nobles en el campamento, el aire se impregnó de una fragancia a madera fresca y especias que emanaba de ambos, dejando una impresión de distinción y modernidad que no pasó desapercibida.

Simultáneamente, las chicas habían tomado a Dorotea bajo su ala, iniciándola en los secretos de sus hábitos de cuidado personal.

La princesa quedó maravillada con la sensación de los artículos de aseo y el intrincado peinado que Amelia había tejido para ella.

Cuando Dorotea salió finalmente de su tienda, Darren quedó momentáneamente sin aliento.

Ella desprendía un dulce y embriagador aroma a moras silvestres, una fragancia frutal que siempre le había fascinado en Amelia.

Pero no era solo ella; todas se habían esmerado en su arreglo personal, luciendo radiantes.

Darren, que siempre valoraba el esfuerzo que ponían en su apariencia, no dudó en hacérselo saber con la mirada.

Siendo aquel el primer día tras su compromiso oficial, Darren se acercó a la princesa con una sonrisa cálida y le susurró con suavidad: —Te ves realmente linda, Dory.

El uso de aquel diminutivo cariñoso no pasó desapercibido.

Amelia y Lyra intercambiaron una mirada rápida, notando de inmediato el nuevo matiz de intimidad que Darren estaba permitiendo entrar en su círculo, marcando el inicio de una nueva y compleja armonía entre todos.

Para Dorotea, aquel momento en el que Darren le dijo un cumplido, fue lo mejor para ella.

Además de que ahora tiene amigas, por lo que se siente aún mucho mejor.

Ya que nunca había podido socializar adecuadamente con otras mujeres.

Caso contrario, siempre ha estado rodeada de hombres.

Por lo que puede distinguir bien entre cada uno, o de las intenciones que tengan.

En el poco tiempo de conocer a Dorotea, Darren ha conocido ya varias facetas de ella.

Pero entendía que ella también era una chica especial.

Su simple belleza, le cautiva en su mirar.

Dificultando el apartar la mirada de su juvenil belleza.

Para Dorotea, aquel sutil elogio de Darren fue mucho más que una simple cortesía; fue un bálsamo que hizo florecer su seguridad en sí misma.

Acostumbrada a ir en campamentos militares y hospitales de campaña, rodeada de hombres fuertes como el acero y cubiertos de armaduras, la calidez de un cumplido sincero era un tesoro que guardaba con recelo.

Por primera vez en su vida, no se sentía solo como una pieza en el tablero de su hermano o una guerrera formidable, sino como una mujer valorada.

Además, la incipiente amistad con las otras chicas le brindaba un consuelo desconocido; ella, que siempre ha tenido una afinada intuición para descifrar las intenciones de los hombres que la rodean, finalmente encontró un espacio donde ella pueda bajar su guardia y compartir la complicidad de una risa o un secreto.

A pesar del poco tiempo que llevan conociéndose, Darren ya había comenzado a vislumbrar las complejidad detrás de la máscara de la princesa.

Había algo en Dorotea que lo cautivaba irremediablemente: una belleza natural y lozana, que no necesitaba de artificios para brillar.

Sus ojos, con la claridad de la estrella del norte, parecían contener la promesa de un cielo limpio y claro después de la tormenta, y su sonrisa, con algo de timidez, tiene el poder para iluminar los días más sombríos.

Era una mezcla fascinante de la fortaleza de una guerrera y la delicadeza de una flor silvestre; una dualidad que hacía casi imposible para Darren apartar la vista de ella, quedando atrapado en el simple pero poderoso encanto de su juventud.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo