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La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 31

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Capítulo 31: Capítulo 31: Dulce hogar

Para asombro de todos, después del desayuno, Darren y Amelia se habían desvanecido sin dejar rastro y ya habían pasado varias horas. La ausencia, como siempre, dio pie a murmullos y especulaciones. Aunque con el corazón encogido, Emery y Lyra, con una lealtad inquebrantable, defendieron a su hombre de los comentarios malintencionados. Sin embargo, fue Dorotea quien, con una firmeza inesperada, se impuso sobre la multitud. Su voz, clara y resonante, acalló las habladurías, recordándoles que nadie debía hablar mal de aquel que había puesto fin a una guerra devastadora, salvando incontables vidas.

No fue sino hasta bien entrada la mañana, mientras el séquito real y los nobles se afanaban en organizar las provisiones que serían destinadas a los damnificados de la ciudadela, que la verdad comenzó a revelarse. Kriegsdrache, en su fuero interno, sentía el peso de la responsabilidad por la destrucción causada, una culpa que lo impulsaba a prometerse a sí mismo la restauración completa de la ciudad. Y fue precisamente en ese momento, cuando los rayos del sol, en su danza diaria, se reflejaron en los vitrales de una catedral que, milagrosamente, parecía intacta, percatandose todos. La majestuosa estructura, junto a otras edificaciones, se alzaba en la distancia, invitándolos a un descubrimiento.

Con una mezcla de asombro y expectación, la comitiva que se dispuso a investigar la zona, iban Emery, Lyra, Dorotea, ambos monarcas, el duque Eldrich, el marqués Leopold, y algunos otros nobles, quienes se pusieron en marcha hacia la ciudadela. Al llegar, la visión que se presentó ante sus ojos dejó a todos sin aliento. La ciudad, que horas antes era un amasijo de ruinas, se erigía ahora restaurada, no exactamente como había sido, pues Darren y Amelia no conocían cada detalle de sus viviendas, comercios, talleres, áreas cívicas o el propio palacio. Sin embargo, la reconstrucción era una obra maestra de la magia y la voluntad, un testimonio palpable del poder de Darren.

En el corazón de la ciudadela, bajo el cielo abierto, encontraron a Darren y Amelia. Descansaban en una mesa rústica de una fonda recién levantada, disfrutando de un merecido refrigerio. Nadie podía creer lo que veían; la calidad de la construcción era impecable, y el ambiente, de una calidez hogareña. Las chicas, al verlos, notaron que Darren y Amelia estaban comiendo, y una sonrisa se dibujó en sus rostros al comprender que él había cocinado. Inmediatamente, el deseo de probar su sazón se apoderó de ellas.

Dorotea, quien aún no conocía a fondo las facetas de Darren y nunca había probado su cocina, observaba con una curiosidad más contenida. Sin embargo, las exclamaciones de sus nuevas compañeras, asegurando que Darren era el mejor cocinero, despertaron su interés. Con una mezcla de timidez y audacia, se acercó a él, posándose por un costado, colocando su mejilla contra la suya. Con una voz suave, le preguntó si podía probar un bocado de su plato. Darren, con una sonrisa amable, no dudó en ofrecerle una cucharada, llevándosela directamente a los labios. El sabor, una explosión de delicias inesperadas, la cautivó al instante. Sus ojos se abrieron de par en par, y una emoción genuina la invadió, pidiéndole más con un entusiasmo infantil.

Pero antes de que Darren pudiera repetir el gesto, Emery, con una mirada pícara y una sonrisa que denotaba una mezcla de cariño y celos juguetones, le tendió un plato y una cuchara a Dorotea. —Puedes comer tú misma, Dory —dijo, con un tono que no admitía réplica, mientras añadía con un guiño a Darren—: Y tú, mi amor, puedes preparar algo para todos. Después de todo, no queremos que la princesa se quede con hambre, ¿verdad? La risa llenó el aire, y Darren, con una resignación divertida, se levantó para complacer a su creciente familia, mientras Dorotea, con las mejillas sonrojadas, aceptaba el plato, sintiendo que, en aquel dulce hogar, había encontrado mucho más que un simple compromiso.

La noticia de la ciudadela restaurada corrió como un reguero de pólvora, y pronto, los pobladores que habían huido en busca de refugio comenzaron a regresar. Lo que encontraron superó con creces cualquier expectativa. Sus hogares, sus tiendas, sus talleres, todo estaba en pie, no idéntico a como lo recordaban, pero funcional y, en muchos aspectos, mejorado. Un murmullo de asombro se extendió por las calles mientras la gente inspeccionaba sus propiedades. La maravilla se transformó en perplejidad al descubrir ciertos cambios sutiles pero revolucionarios.

En cada vivienda, un pequeño cuarto adicional, antes inexistente, albergaba una extraña letrina de porcelana y un lavabo con grifos que prometían agua corriente. En las cocinas, las viejas hogueras habían sido reemplazadas por un nuevo modelo de estufa de leña, más eficiente y con una superficie de cocción plana, acompañada de un fregadero con desagüe. Era un concepto de higiene y comodidad que, en el mundo de Darren, se había popularizado a mediados del siglo XVIII, pero que para estos pobladores representaba un salto gigantesco, una auténtica revolución. Aquella ciudad acababa de dar un paso de siglos en cuestión de horas. Afortunadamente, la tecnología, aunque avanzada para ellos, era lo suficientemente básica como para que su funcionamiento y mantenimiento fueran sencillos de enseñar.

Tras presenciar aquella hazaña de reconstrucción que parecía no tener límites, el Rey Kriegsdrache observó a Darren con una nueva luz. Comprendió que el Conde no era solo un guerrero formidable, un estratega brillante o un hombre con poderes incomprensibles; era, además, un arquitecto de civilizaciones, un catalizador del progreso tecnológico. La visión de los vehículos en los que habían llegado, máquinas que se movían sin bestias de carga y con una velocidad asombrosa, le abrió los ojos al verdadero alcance de la alianza con Darren y los inmensos beneficios que podría traer a su propia nación. Dorotea, con una mezcla de orgullo y reproche juguetón, no tardó en recordarle a su hermano: —Te lo dije, hermano. Desde el principio te lo dije, pero nunca me escuchaste.

Impulsado por esta revelación, Kriegsdrache solicitó a Darren algunas de esas unidades de transporte. Sin embargo, Darren, con paciencia, le explicó que no se trataba simplemente de crear las máquinas. —Requieren de ciertos materiales específicos para funcionar y moverse —detalló—. Además, vuestros hombres necesitarían aprender a conducirlos, comprender la mecánica básica y avanzada, y adquirir otras habilidades que no se dominan de la noche a la mañana. No es imposible, Majestad, pero es un camino que requiere tiempo y dedicación para aprender todo ello.

Para evitar cualquier disputa o desequilibrio en la recién forjada paz, Darren propuso una solución diplomática y equitativa. —No es necesario que visitéis mi país para obtener estos beneficios, Majestad —dijo a Kriegsdrache—. Seremos nosotros quienes iremos a vuestra nación. Haré las preparaciones necesarias para que vuestro pueblo tenga acceso a las mismas innovaciones y oportunidades de aprendizaje. La prosperidad de uno debe ser la prosperidad de ambos.

Así, mientras el Rey Damián recibía un nuevo conductor asignado para su regreso al palacio, junto con nuevos suministros para el viaje, Darren se dispuso a preparar nuevas unidades de transporte, no solo para su propio séquito, sino también para el viaje de regreso a la capital de Ulfhedinn, marcando el inicio de una era de progreso compartido y una alianza cimentada no sólo en la paz, sino en el avance mutuo.

La preparación para el viaje de regreso a Ulfhedinn se convirtió en una demostración palpable del ingenio de Darren. En esta ocasión, las unidades motorizadas que emergieron de la nada no fueron los vehículos militares que habían traído al ejército de Waltzovia, sino una flota de autobuses de viaje, amplios y de dos pisos, basados en el modelo nueve mil ochocientos, pensado para la comodidad y la eficiencia, permitía transportar a un mayor número de personas con un consumo de combustible notablemente menor. Además, cada unidad estaba climatizada y ofrecía un confort que superaba con creces cualquier carruaje o montura conocida en ese mundo. Esta elección, sin embargo, provocó cierto recelo entre el ejército de Waltzovia, quienes murmuraban sobre la idoneidad de usar aquellos vehículos más cómodos que en los que ellos vinieron, contrastándolos con las robustas unidades militares que ellos habían usado. Pero Darren y Amelia, trabajando en perfecta sincronía, terminaron por crear una cantidad menor de estas unidades: trescientas en total, de las cuales noventa serían para el reino de Waltzovia y el resto, para Ulfhedinn.

Junto a los autobuses, también se materializaron unidades de reabastecimiento de combustible. Ambos soberanos, con una visión que comenzaba a trascender el presente, comprendieron la necesidad de una infraestructura que supliera el consumo de estas máquinas. Darren, al observar su perspicacia, se preguntó si había hecho lo correcto al introducir una tecnología tan avanzada. Sin embargo, su elección del e-fuel, un combustible sintético y sostenible, era una respuesta a esa misma preocupación, una forma de mitigar el impacto y la dependencia de recursos limitados. Los monarcas acordaron que sería imperativo reunirse con Darren regularmente para planificar las necesidades futuras y asegurar que el pueblo pudiera beneficiarse plenamente de estas innovaciones en el transporte.

Con la nueva logística de las unidades de transporte establecida, la mirada de todos se posó en los vehículos militares originales. —¿Qué pasará con estas unidades? —preguntó un noble, con una mezcla de curiosidad y preocupación. Darren, con una seriedad que invitaba a la reflexión, les comentó que todas sus creaciones, así como fueron creadas, pueden volverse polvo. Explicó cómo había estado haciendo lo mismo con otras creaciones, como prendas y armas, las cuales las destruía para que no fueran usadas para mal. Aquello sorprendió a muchos, quienes lo veían como un desperdicio. Pero Darren les hizo ver la limitación inherente: las unidades, sin alguien que supiera cómo darles mantenimiento, o sin el combustible específico que usaban, eran meros cascarones inútiles. Fue entonces cuando comprendieron la magnitud de la dependencia tecnológica y la necesidad de adquirir el conocimiento que la sustentaba.

Finalmente, llegó el momento de partir. Para su propio uso, Darren creó un vehículo único: “El Álamo”, una mansión rodante de lujo sin igual. Invitó al Rey Kriegsdrache a unirse a él en este opulento transporte, un gesto que sellaba la nueva alianza. Además, un numeroso grupo de soldados, a quienes Darren había instruido personalmente en el arte de la conducción, se preparaba para ayudar con la caravana hacia Ulfhedinn, sirviendo como los primeros pilotos de esta nueva era. Las chicas, por su parte, corrieron emocionadas al interior de la enorme casa rodante. Maravilladas por su inmensidad, su lujo y su comodidad, exploraron cada rincón. Dorotea, la más asombrada de todas, se detuvo ante la regadera y el sanitario, y sus nuevas amigas, con una sonrisa, le explicaron su uso y beneficios. Kriegsdrache, también impresionado por la mansión rodante, no pudo evitar preguntar a Darren cuánto le costaría tener una. Darren, con una risa cordial, le recordó que primero debían resolver la cuestión de la capacitación y el mantenimiento. —Una vez resuelto eso, Majestad —le dijo—, podremos hablar de la comercialización de las unidades motorizadas —. Por lo que Kriegsdrache, aseguro apoyar con lo que sea necesario para poder llevar a cabo, las innovaciones que así lo vea conveniente. Esta versión del monarca, ahora más visionario y comprometido con el progreso, agradó profundamente a Darren, quien vio en él a un verdadero aliado para el futuro.

El viaje a través de Ulfhedinn, en dirección a la majestuosa capital real de Adlerstein, se inició con la caravana a través de aquel maravilloso paisaje. La ruta elegida, conocida por ser un sendero donde orcos, bestias salvajes y bandidos solían acechar a los viajeros incautos. Sin embargo, para desgracia de los atacantes, esta caravana no era una presa fácil. Los soldados que la custodiaban eran los veteranos de la reciente guerra, endurecidos por el combate y ahora, además, imbuidos de una nueva disciplina y un propósito renovado. Cada emboscada se saldaba con una rápida y contundente victoria de los guardias, quienes, con un orgullo feroz, no permitían que Darren ni sus prometidas intervinieran. Kriegsdrache, observando la escena, explicó a Darren que la razón de su celo era simple: eran invitados de honor, y habiendo presenciado de lo que eran capaces, los soldados se esforzaban por ser útiles, al menos en aquellas situaciones que aún podían manejar por sí mismos.

Mientras los kilómetros se sucedían bajo las ruedas de los vehículos, las conversaciones dentro de la casa rodante giraban en torno al futuro. Se hablaba de la construcción de caminos que unieran las naciones, de estaciones de servicio estratégicamente ubicadas a cada cierta distancia, de cómo se conformarían y qué servicios ofrecerían. La energía eléctrica, su funcionamiento y producción, era un tema complicado, pero aun así fascinaba a Kriegsdrache. El monarca, con una agudeza creciente, se percató de la inteligencia de Emery. A pesar de su juventud, la princesa de Waltzovia demostraba una comprensión notable en política y comercio, aportando ideas valiosas a la discusión. Su mirada, llena de admiración hacia Darren, no pasó desapercibida para Kriegsdrache, quien la consideró una mujer fiel y digna de su esposo. Amelia, por su parte, era un pozo de sabiduría y conocimiento. Su dominio de los temas era tan profundo como el de Darren, y su belleza, innegable. Kriegsdrache la había visto en combate, y sabía que era mejor no enemistarse con ella, pues era evidente que su amor por Darren era tan feroz como su habilidad en la batalla, combatiendo a su lado en igualdad. Lyra, con su sonrisa radiante, era un rayo de sol que iluminaba los momentos más sombríos, sacando a relucir el lado más tierno y dulce de Darren, convirtiéndolo en un padre sobreprotector, pero era su prometida. Aunque no poseía el mismo conocimiento técnico, sus ideas siempre apuntaban al beneficio social. Y luego estaba Dorotea, su pequeña hermana. Kriegsdrache se asombró al verla sonreír tanto, tan diferente a su semblante serio de antaño. Le gustaba atender y ayudar a Darren, y se había adaptado rápidamente a las conversaciones, ofreciendo consejos y soluciones perspicaces. Su admiración por Amelia era palpable. Fue entonces cuando Kriegsdrache comprendió por qué su hermana se había enamorado de aquel hombre, y por qué él mismo, ahora, lo admiraba y agradecía que Dorotea lo hubiera convencido. Con Darren, su reino crecería tecnológica y económicamente. Aunque se sentía melancólico al recordar que sus hermanos, no lo hubiesen visto igual que él, de seguir vivos.

Para el segundo día de viaje, los soldados se asombraban de la inquebrantable rutina matutina de Darren. Se levantaba temprano, realizaba ejercicios con una disciplina férrea, y su habilidad en combate y magia era evidente en cada movimiento. Inspirados por su ejemplo, los hombres del ejército de Ulfhedinn decidieron emularlo. Los soldados de Waltzovia, orgullosos, presumían que Darren los había entrenado antes de la guerra, transformándolos en guerreros superiores. Esto provocó un sano recelo entre los guerreros de Ulfhedinn, quienes, aprovechando la alianza, solicitaron ser entrenados también. Darren les advirtió que su rutina era dura y que no admitiría flaqueza, pero todos aceptaron emocionados. Así, Darren ganó más seguidores, y la satisfacción de ayudarlos a mejorar lo llenó de un propósito renovado.

Cuando las chicas salieron de la casa rodante, encontraron a Darren rodeado de un grupo de soldados en pleno entrenamiento. Aquello también sorprendió a Kriegsdrache, al ver a sus hombres tan enfocados en mejorar. Después de aquella demostración de disciplina, Kriegsdrache siguió de cerca la rutina mañanera de Darren: ejercicio, aseo, preparación de su comida, convivencia con su familia, y luego, sus actividades. Impresionado, le pidió a Darren que le ayudará a reformar su castillo, incluyendo baños y duchas en diferentes áreas. Darren, con su pragmatismo habitual, le indicó que necesitaría los planos del castillo para visualizar las zonas y planificar la instalación de ductos, tuberías y equipos, sentando las bases para una modernización sin precedentes.

Finalmente, tras días de viaje a través de paisajes que se transformaban de la agreste belleza de las tierras fronterizas a la fértil llanura central de Ulfhedinn. Por lo que ahora podía avistarse en el horizonte la silueta inconfundible de Adlerstein, la capital real. No era una ciudad cualquiera; era una visión que desafiaba la imaginación, una metrópolis que se alzaba con una majestuosidad imponente, como si hubiera sido esculpida por los mismos dioses. Sus murallas, de un granito oscuro y pulido, brillaban bajo el sol, salpicadas por torres que se elevaban hacia el cielo. Rememorando el juego de ajedrez. Luciendo los estandartes de la nación que ondeaban con el emblema del dragón alado.

La ciudad se extendía en una amplia versión similar a la gran manzana, pero con un castillo. Cada nivel está adornado con edificaciones de arquitectura audaz y elegante para aquella época. Los tejados, tal cual troncos de madera y muros en tono natural arena y roca, creando un mosaico de colores que contrastaban con el verdor de los jardines colgantes y las plazas arboladas. Calles anchas y con un fino detalle de empedrado, las edificaciones bien repelladas, y divididas en zonas para una mejor distribución. Se podían vislumbrar mercados bulliciosos, fuentes con forma de dragón que lanzaba chorros de agua cristalina hacia pequeños lagos dentro de las plazuelas en donde la gente y puentes majestuosos que conectaban distritos sobre ríos y barrancos.

La multitud observaba con una mezcla de asombro y temor la imponente caravana que atravesaba las calles en aquel instante. Las viviendas, con estructuras no preparadas para soportar las vibraciones provocadas por los enormes autobuses, parecían tambalearse, acrecentando el pánico entre los habitantes. Liderando la marcha se encontraba “El Álamo”, el vehículo más majestuoso de todos. Finalmente, la caravana detuvo su avance al llegar a un claro, poco antes del castillo. Allí estacionaron los vehículos, preparados para continuar el trayecto a pie.

Cuando el propio rey Kriegsdrache y Dorotea descendieron, acompañados de los soldados sobrevivientes de la guerra, las personas estallaron en vítores y aplausos, creyendo que la victoria había sido alcanzada. Sin embargo, algunos no podían ignorar la inquietante rapidez con la que habían regresado. Lo que dejó a todos aún más atónitos fueron los misteriosos carruajes que avanzaban por sí mismos, sin ser arrastrados por ninguna bestia que los impulsara. Sin detenerse más, la comitiva prosiguió su marcha directa hacia el castillo, envuelta en un aura de intriga y expectativa. Asimismo, surgió la duda sobre quiénes eran las personas que habían descendido junto al rey y la princesa. Esta última, además, estaba acompañada por un hombre desconocido para todos.

En el punto más alto de Adlerstein, dominando todo el paisaje con una presencia casi sobrenatural, se alzaba el Palacio Real. No era una simple fortaleza, sino una obra de arte arquitectónica que parecía haber brotado de la misma roca de la montaña. Sus muros, de un basalto oscuro y brillante, estaban adornados con incrustaciones de madera y metales preciosos y enormes piedras de turquesa, simulando las escamas de un dragón. Las torres, más altas que las de la ciudad, culminaban en una azotea con sus almenas esculpidas con la forma de dragones envueltos en sus alas como si durmieran, guardianes eternos de la familia real. Las puertas principales del palacio, enormes tablones enlazadas con forja de hierro oscuro y adornadas con pinchos como si de garras se trataran. se abrieron lentamente para recibirles. El patio interior, vasto y pavimentado con losas de mármol pulido, reflejaba el cielo. Columnatas imponentes sostenían arcos que se abrían a jardines interiores, donde la flora exótica y las esculturas de los antiguos reyes en su forma más gloriosa. Cada detalle, desde los tapices que adornaban los salones hasta los candelabros que iluminaban los pasillos, hablaba de un poder ancestral y una riqueza incalculable, dignos de un linaje que había gobernado aquellas tierras desde tiempos inmemoriales.

Al ingresar al palacio, Kriegsdrache es recibido por los miembros del servicio. Entre ellos, una joven de impresionante belleza le da la bienvenida. Aunque su comportamiento es respetuoso, el ambiente que transmite resulta distante y frío, lo cual no pasa desapercibido para Darren. Este contraste resalta para él, ya que su esposa y sus prometidas siempre lo reciben con calidez y afecto. Con serenidad en su voz, Kriegsdrache procede a presentarla como Lady Astrid Ingrid von Drachenfels, su prometida. Posee una hermosa y larga cabellera trenzada, de un delicado tono rosa claro. Luciendo un elegante vestido de un color azul zafiro pálido, con corpiño ajustado que realzaba su figura esbelta y un escote en V pronunciado, pero cubierto por una fina capa de encaje dorado que se extendía hasta el cuello, añadiendo un toque de sofisticación y recato real. Las mangas, largas y ajustadas hasta el codo, se abrían en amplios volantes de encaje que caían con gracia hasta sus muñecas, permitiendo libertad de movimiento, un guiño a su naturaleza enérgica. La falda, de corte princesa, se abría en una cascada de pliegues suaves desde la cintura, confeccionada con varias capas de seda que le daban un volumen majestuoso sin restarle ligereza. Un delicado bordado de hilos de oro y pequeñas perlas adornaba el dobladillo de la falda y los puños, formando patrones que evocaban las constelaciones, además de un cinturón ancho de terciopelo azul oscuro, adornado con una hebilla de oro labrada, ceñía su cintura, marcando su silueta. Su cabello rubio dorado recogido en un elaborado peinado trenzado adornado con pequeñas joyas de oro y zafiros que hacían juego con su vestido. En sus manos, guantes largos de seda blancos.

Tras la imponente llegada a Adlerstein, el Rey Kriegsdrache no perdió el tiempo. Convocó de inmediato a los descendientes de los antiguos miembros de su corte real, aquellos que habían sobrevivido a la guerra o que, por su juventud, aún no habían asumido responsabilidades. Había asuntos de vital importancia que abordar, no sólo la consolidación de la paz, sino la urgente necesidad de reconstruir la estructura administrativa de su reino. Con muchos nobles caídos en combate, se vio obligado a llenar los puestos vacantes, y su primera y más audaz designación fue la de nombrar a Darren como su Consejero Real. Este hecho, sin precedentes, generó un murmullo de cuestionamientos entre los presentes. ¿Cómo podía un extranjero, sin linaje conocido en Ulfhedinn, ocupar un puesto tan elevado?

Ante las dudas y las miradas inquisitivas, Darren, con una calma que desarmaba, reveló su verdadera identidad y estatus. —No soy un hombre sin raíces, Majestad, ni un simple aventurero —declaró con voz firme—. Soy el Conde de Königssee, un condado próspero perteneciente al reino de Waltzovia. Y, además —añadió, su mirada buscando la de Dorotea, quien asintió con una sonrisa orgullosa—, soy el prometido de la Princesa Dorotea. La revelación cayó como un rayo en la sala. Incluso el propio consejero real de Kriegsdrache, un hombre de semblante imperturbable, no pudo ocultar su perplejidad ante la magnitud de la noticia.

Kriegsdrache, con una sonrisa de satisfacción por el impacto de la revelación, pidió a su mayordomo real que asignará las mejores habitaciones para sus distinguidos invitados. —Descansad, pues el viaje ha sido largo —les instó—. Mientras tanto, buscaremos los diseños del castillo para que podamos planificar las mejoras—. Sin embargo, Darren, con su mente ya en el trabajo, le comentó que antes de revisar cualquier plano, prefería inspeccionar la zona exterior. —Necesito explorar el terreno primero, Majestad —explicó—. Es crucial entender el entorno antes de tomar cualquier decisión. El rey, comprendiendo la lógica de su nuevo consejero, le asignó un grupo de guardias para que le asistieran en lo que necesitara.

Al salir del palacio, el séquito de chicas de Darren decidió seguirlo, con una curiosidad palpable. Kriegsdrache, que ya se había acostumbrado a la peculiar dinámica de Darren, no se asombró. Sin embargo, una idea comenzó a germinar en su mente: ¿qué necesitaría él para lograr lo mismo, para que Lady Astrid pudiera sentir algo más que deber por él? Las chicas avanzaban animosas, instando a Darren a que se apresurara a ir al lugar para explorar. —Aguarden, aguarden —les dijo Darren con una sonrisa—. Soy yo quien está interesado en explorar, no ustedes en guiarme.

Justo cuando salían del recinto principal, se toparon con Lady Astrid. Dorotea, con una espontaneidad que sorprendió a la prometida de su hermano, la invitó a unirse a ellas. Astrid, con su habitual sentido del deber, comentó que su lugar era permanecer en el palacio y acompañar a su rey, además ella antes no era así. Por lo que sentía curiosidad sobre su nueva actitud. En eso Kriegsdrache, que había seguido la escena con interés, intervino: —No es necesario, mi querida. Puedes salir a dar un paseo, si así lo deseas—. Ante esa inesperada libertad, el semblante de Astrid se animó levemente. Una chispa de curiosidad brilló en sus ojos. Agradeció la amabilidad de su prometido y decidió acompañarlos. Kriegsdrache notó el pequeño cambio en su prometida, una sutil relajación en sus hombros, una ligera sonrisa que antes no estaba. Una punzada de felicidad lo invadió. Sabía que, en el pasado, ella nunca habría aceptado una invitación así, y menos de Dorotea. Quizás, pensó, el camino de Darren no era tan descabellado después de todo.

Una vez fuera, Darren acompaña a Astrid y Dorotea hasta la zona comercial. Les comentó que debía atender algunos asuntos, por lo que prefería que se divirtieran por su cuenta. Esto sorprendió a las chicas, no solo por su amabilidad y atención hacia ellas, sino porque, en realidad, consideran que disfrutan más cuando están con él. Aunque Darren desearía pasar el tiempo completo junto a ellas, prioriza que las chicas se diviertan y compartan momentos juntas, dejando que disfruten libremente de su jornada. Con este pensamiento, decide retirarse. Antes de marcharse, instruye a los guardias para que velen por la seguridad de Astrid y Dorotea en todo momento.

A cierta distancia del palacio, Darren se detuvo y giró, una sonrisa apenas perceptible en sus labios. Desde su posición, observó cómo el grupo de mujeres, ahora ampliado, pronto estallaba en risas, irradiando una felicidad contagiosa. Incluso Lady Astrid, la prometida del rey, parecía disfrutar genuinamente de la compañía, sumergida en la alegría del momento. Pero fue la mirada de Darren sobre Dorotea la que se detuvo, apreciando el cambio que Kriegsdrache una vez le había comentado sobre su hermana. Jamás la había visto tan plena y radiante, y una punzada de gratitud y satisfacción le recorrió el pecho por aquella nueva versión de la princesa.

Se dio cuenta, además, de que su regreso al reino, después de haberse comprometido, había sido un bálsamo para su propia alma. Este lugar, Waltzovia, siempre fue su hogar, y la tristeza que habría supuesto despedirse de él sin poder regresar era una carga que no quería imaginar. Consciente de la importancia de los sentimientos de los demás, especialmente de sus prometidas, Darren priorizaba siempre el bienestar de las mujeres que se habían convertido en pilares fundamentales de su vida, incluso si eso significaba navegar por las complejidades de sus propias emociones.

Con un propósito claro, Darren se movió con la eficiencia que lo caracterizaba, dirigiéndose hacia la fuente de agua más próxima. Un río, que más tarde sabría que se llamaba Drachenfluss, serpenteaba a unos cinco kilómetros de la ciudad y otro tanto del castillo. Recorrió sus orillas con la mirada experta de un ingeniero y la intuición de un mago, buscando el punto óptimo para la captación del preciado líquido. En un recodo estratégico, comenzó la adecuación del terreno para crear una presa rudimentaria pero efectiva, con su respectivo canal de captación. Con una combinación asombrosa de magia destructiva para moldear la tierra y magia de creación para solidificar y estructurar la zona, la presa tomó forma. En ella, instaló una rejilla para filtrar los desechos y una tubería que se extendía hasta el sistema de bombeo, donde la conectó con precisión.

Las adecuaciones no pasaron desapercibidas. Pronto, un grupo de soldados llegó a la zona, alarmados por la actividad inusual. Al no reconocer a Darren, intentaron arrestarlo. La sorpresa en sus rostros era evidente al ver la estructura que había erigido en tan poco tiempo. Darren, con calma, les explicó: —Soy el consejero real, y estoy construyendo una presa para el beneficio de la ciudad. Podéis consultarlo con el mismo rey si no me creéis. Se disculpó por la interrupción y se dispuso a retomar su trabajo. Los guardias, aún dubitativos, insistieron en llevárselo. Darren, con una mirada seria, les advirtió: —Si hacéis eso, vuestras vidas correrán peligro. Lo mejor es que vayáis y preguntéis primero, de lo contrario, lo terminaréis pagando con vuestras cabezas. Por lo que optaron por separarse; uno de ellos, un joven llamado David, se quedó vigilando, mientras el otro, Gilbert, se dirigía al palacio. Antes de que se fuera, Darren añadió: —Y, por favor, designad a un aldeano para que venga y me ayude. Gilbert, con un gesto de molestia apenas disimulado por la petición, asintió y se quedó observando.

Mientras tanto, Darren terminó el sistema de bombeo. Con un gesto de su mano, creó un conjunto de paneles solares en la zona, formando una pequeña granja energética. Para proteger la instalación de curiosos, ya fueran personas o bestias, erigió una robusta reja metálica. Conectó el sistema de energía a la bomba de agua y realizó las pruebas de succión, que funcionaron a la perfección. David, el guardia que lo observaba, no pudo evitar su asombro. Ver cómo Darren creaba todo lo que necesitaba de la nada, y con qué propósito, le hizo darse cuenta de que no estaba haciendo nada malo; al contrario, era un beneficio inmenso para la ciudad. Darren procedió a extender la tubería para su distribución. Primero, la llevó hasta una distancia más próxima a la ciudad, para luego realizar las divisiones. Una de ellas se dirigía hacia los campos de arado. David, quien no comprendía cómo Darren no se cansaba después de todo aquel esfuerzo, comenzó a ayudarle, impulsado por una mezcla de curiosidad y admiración. Cuando llegaron a los campos, los campesinos se sorprendieron al ver lo que estaban haciendo. Todos observaban cómo Darren creaba canales, pensando que serían para un sistema de riego, pero él les pidió que esperaran a que terminara. Así, continuó con la tubería, cubriendo toda la zona de los sembradíos.

Al terminar de llevar el suministro de agua a aquella zona, les mostró cómo podían obtener agua. Hubo un momento cómico cuando los campesinos, ansiosos, quisieron probar los grifos, pero no salía agua. Ante la confusión, Darren les explicó que aún no había abierto la válvula principal para que recibieran el suministro, ya que tenía que regresar al punto de división para girarla. Le pidió unos momentos, se ausentó y volvió rápidamente. Ahora sí, al abrir la llave, el agua brotó, llenando de alegría y asombro a los campesinos.

Como ya habían pasado un par de horas, Darren se dispuso a meterse en el río para darse un baño rápido. David, el guardia, solo se refrescó un poco. Darren, con su habilidad única, hizo desaparecer su ropa sucia y creó nuevas prendas limpias. David, impresionado, comentó: —Esa habilidad es grandiosa. No tener que cargar con nada… En ese momento, su compañero, Gilbert, regresó. —David, ¿qué haces aquí? —preguntó Gilbert, antes de volverse hacia Darren con una disculpa sincera—. Mis disculpas, señor. Hemos dudado de usted. Ya nos han informado que tiene permiso del rey para realizar cualquier cosa que considere conveniente. Han enviado un grupo de personas para que le ayuden en lo que necesite. Darren asintió, satisfecho, sabiendo que el progreso no solo se construía con magia, sino también con la confianza y la colaboración de la gente.

Tras disfrutar de un refrescante baño en las cristalinas aguas del Drachenfluss, Darren regresó a la zona de la presa. Allí lo esperaba el grupo de hombres que el rey había enviado para apoyarlo. Sus rostros, marcados por el desdén inicial y el agotamiento del viaje, reflejaban ahora una mezcla de resignación y curiosidad. Sus vestimentas, en un estado lamentable —desgarradas, manchadas y con un olor que delataba la falta de higiene—, no pasaron desapercibidas para Darren. Con voz firme, pero sin un ápice de juicio, les señaló la importancia de la higiene diaria, incluso en las circunstancias más precarias.

Sin perder un instante, Darren combinó un hechizo de fuego con otro de agua, generando un potente chorro purificador. Bañó a los hombres uno por uno, hasta que el hedor comenzó a disiparse, aunque sus ropas empapadas y sus expresiones de incomodidad dejaban claro que no estaban acostumbrados a tales métodos. Sin embargo, el siguiente gesto de Darren transformó por completo su actitud. Les entregó un equipo completo de ropa nueva: overoles resistentes, camisetas de algodón suave, botas industriales de suela gruesa, ropa interior, calcetines y guantes de trabajo. Para su asombro, este obsequio causó un cambio significativo en sus actitudes. Acostumbrados a no recibir nada de nadie, valoraron profundamente aquel regalo, conscientes de que su costo debía ser considerable, pues la tela no era común y los zapatos eran de una calidad muy superior a los que traían. La dignidad, perdida bajo el polvo y el sudor, comenzó a resurgir en sus miradas.

Darren aprovechó el ánimo renovado para anunciarles que los entrenaría en las labores a realizar y las responsabilidades que asumirían. Con los ánimos más altos y ataviados con sus nuevas prendas, el grupo se dispuso a escuchar con atención. Mientras Darren les explicaba el funcionamiento del sistema de captación de agua, un ruido inesperado interrumpió la lección: el estruendo provenía de sus estómagos vacíos. Estaban hambrientos, y no era para menos, pues Darren mismo comenzaba a sentir la punzada de la falta de alimento.

Tomando cartas en el asunto, decidió actuar rápidamente. Con un poco de magia, creó un espacio adicional en el lugar: una cocina y un comedor rústico que se integraban a la perfección con el entorno. No tardó en reunir los ingredientes necesarios para preparar una comida deliciosa que no solo llenaría sus estómagos, sino que también seguiría consolidando su gratitud hacia él. Al sentarse a la mesa, todos disfrutaron de aquel banquete improvisado que superó sus expectativas. Incluso los guardias alabaron la calidad de la comida, comentando con asombro que platillos como ese solo eran accesibles para la nobleza. La sonrisa en sus rostros confirmaba que Darren había logrado mejorar sustancialmente su día.

Después de aquella comida, Darren se disponía a enseñarles lo que harían, pero en ese momento, la silueta de las chicas apareció en el horizonte. Al verlas aproximarse, no pudo evitar pensar en la imprudencia de sus zapatos para el terreno, pero ellas avanzaban con una alegría contagiosa.

—¡Ya sabemos lo que estás haciendo! —exclamó Dorotea, con una felicidad desbordante, mientras se acercaba.

—Sí, en la ciudad llegó un hombre para decir que en los sembradíos les habían colocado una fuente de agua —añadió Emery, con una sonrisa que iluminaba su rostro.

Astrid observaba a Dorotea con una mezcla de sorpresa y admiración. Ese día, había conocido una faceta completamente nueva de la princesa de Ulfhedinn. Quizás, pensó, no era la princesa en cautiverio lo que la hacía diferente, sino la libertad que su compromiso le otorgaba para ser ella misma. Amelia, por su parte, miraba a Darren con una ligera molestia. Sus ojos, que siempre le revelaban sus pensamientos, le decían que ella pudo haberle ayudado, y habrían avanzado mucho más rápido. Darren, sintiendo la reprimenda silenciosa, se volvió hacia ella, mientras la tierna y dulce mirada de Lyra lo llenaba de calma.

—Ya sé lo que estás pensando, Amelia —le dijo Darren, acariciándole ambos brazos con ternura—. Pero también quiero que convivas y te relajes con las demás. Es importante.

—Mi amado prometido… —la forma en que lo dijo Amelia, con un tono que mezclaba cariño y una sutil advertencia, hizo que Darren entendiera que estaba en problemas—. Entiendo, pero también debes tomar en cuenta lo que nosotras queremos. Y eso es, pasar tiempo contigo. Casi no te veo desde que llegamos a la capital de Reichsstadt.

—Lo haré. Te lo prometo, querida prometida —Darren se lo dijo tiernamente, tratando de sonar comprensivo, pues entendía que Amelia tenía razón. Además, ella poseía un vasto conocimiento sobre cómo eran las mujeres en el mundo de Darren, y sabe que las mujeres de aquel mundo, tienen más derechos que las mujeres en ese mundo. Por lo cual, ella es exigente con sus derechos prematrimoniales.

Al ver aquella escena, Astrid se percató del tipo de relación que tenían. Darren era un hombre muy diferente a todos los nobles que conocía. Los hombres de su clase, normalmente, trataban a las mujeres como objetos o trofeos, o las veían como un mero beneficio político. Pero en el caso de Darren, sus prometidas se habían ganado su aprecio genuino, y por ello, las eligió. Tal era el caso de Lyra, quien, a pesar de ser hija de un conde, le había contado que Darren no lo supo hasta el día en que se comprometieron. Es por ello que, al ver la autenticidad de su relación, Astrid deseó con todo su corazón que la suya con Kriegsdrache fuese así. Algo que, casualmente, su prometido también comenzaba a pensar.

Ese día, Darren les creó unas cosas para que se relajaran en el río. Mientras él seguía trabajando, materializó sillas de playa cómodas, sombrillas para protegerse del sol, toallas suaves, y trajes de baño recatados —Darren pensó que era una lástima no poder verlas en algún bikini, pero ni modo—. También apareció una carpa para que se cambiaran, una pelota y flotadores para Lyra, ya que no sabía nadar. Con una sonrisa, Darren le hizo prometer que le enseñaría, añadiendo un nuevo compromiso a su ya compleja vida.

Todo eso resultaba profundamente significativo para Dorotea. Se sentía enormemente complacida al saber que Darren estaba llevando a cabo todas esas mejoras en el pueblo, y todo era por ella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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