La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 32
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Capítulo 32: Capítulo 32: Correcto o incorrecto
Una semana había transcurrido desde su llegada a Adlerstein, y en ese breve lapso, la capital real había experimentado una metamorfosis asombrosa bajo la dirección de Darren y Amelia. No solo el palacio, sino la ciudad entera, se beneficiaba de sus innovaciones.
Las viejas chozas de campesinos se habían transformado en vecindades con acceso a agua corriente, sistemas de drenaje eficientes y, para asombro de todos, luz en cada recinto. Las granjas circundantes, antes dependientes de la lluvia, ahora contaban con sistemas de riego avanzados y unidades de recolección y cultivo que prometían cosechas abundantes.
En las montañas, los potentes molinos de viento de los generadores eólicos se alzaban, complementados por vastas granjas de paneles solares, alimentando baterías industriales de gran capacidad que garantizaban la iluminación nocturna del palacio y la ciudad. Además, Darren había brindado asesoría para renovar la tierra con abono y materia orgánica, impulsando el cambio de cultivos tradicionales por otros más comerciales y fomentando la minería de piedras preciosas para la elaboración de joyería, un sector que prometía grandes beneficios económicos para el reino y, por supuesto, para Darren, quien obtenía una parte de las ganancias por sus asesorías e implementaciones.
Pero no solo la infraestructura física florecía. Las relaciones personales también habían experimentado una notable mejora. Gracias a los consejos de Darren, Kriegsdrache se había vuelto más expresivo en cuanto a sus sentimientos hacia Astrid. El rey, antes un hombre de pocas palabras y gestos, ahora dedicaba poemas a su prometida, un detalle que no pasó desapercibido para las esposas y prometidas de Darren. Ellas, con una mezcla de diversión y un toque de celos juguetones, reclamaron la misma atención. Así, cada tarde, tanto Darren como Kriegsdrache dedicaban un momento a escribir hermosos versos a sus amadas, fortaleciendo los lazos que los unían. Lady Astrid, por su parte, sentía una confianza creciente, y su compromiso, que antes veía como una obligación real, ahora se teñía de una genuina emoción.
La generosidad de Darren no conocía límites. La casa rodante “El Álamo”, que había servido como su hogar durante el viaje, fue un obsequio para Kriegsdrache con motivo de su próxima boda. Era el primer regalo de tal magnitud y singularidad que el rey recibía, y su valor, incalculable en ese mundo, lo dejó perplejo. ¿Qué podría regalarle a Darren, un hombre que podía crear lo que quisiera y cuyas creaciones eran de una tecnología tan avanzada? Dorotea, con una sonrisa enigmática, le confió a su hermano que había algo que Darren no podía crear y que le fascinaba. Kriegsdrache anotó mentalmente la pista, decidido a encontrar ese objeto esquivo.
Darren también se había encargado de las carreteras, transformándolas en vías más seguras y eficientes. A lo largo de estas, surgieron estaciones de servicio, concebidas como franquicias o negocios propios, abriendo un nuevo segmento económico para el reino. De esta forma, no solo crearía empleos, sino que impulsaría la economía local. En Adlerstein, Darren había inaugurado su primer restaurante, una cafetería, una pizzería, una panadería especializada en pan dulce, una pastelería, y bancos con créditos justos y planes de ahorro. Pero su visión iba más allá de lo material; también fomentó la cultura, el arte y el estudio, e incluso incursionó en la vida nocturna con bares equipados con mesas de billar y clubes. Además de establecer rutas de transporte hacia otras ciudades y países, se implementaron conexiones temporales en Waltzovia-Ulfhedinn. Para ello, se tuvo en cuenta a los proveedores que ya prestaban estos servicios, ofreciéndoles unidades en condiciones de crédito, junto con descuentos exclusivos para abastecer combustible en sus estaciones autorizadas. Asimismo, se abrieron nuevas líneas de traslado. En un futuro cercano, se espera la incorporación del reino de Drachenfels a esta red. Para cada uno de estos emprendimientos, consiguió personas adecuadas a quienes educó y capacitó para que se hicieran cargo de la gestión en esas zonas.
Cada una de sus prometidas se encargaría de un tipo de negocio, y Darren las instruyó personalmente. Amelia, con el vasto conocimiento que obtuvo de Darren, ahorrandose años de estudio y décadas de experiencia, por ello se convirtió en su mano derecha, ayudándole a guiar a las demás. Juntos, Kriegsdrache y Darren iniciaron una vasta variedad de implementaciones y leyes, diseñadas para controlar tanto los comercios como a los ciudadanos, renovando por completo la capital imperial de Ulfhedinn.
Una vez que Darren terminó de realizar los arreglos y de alinear a su equipo administrativo para sus negocios en Ulfhedinn, se notificó que partirían, ya que Darren tenía asuntos pendientes en Waltzovia. Aunque tristes por su partida, Kriegsdrache se despidió de ellos, en especial de su pequeña hermana, Dorotea. Astrid también agradeció todo lo que habían hecho para mejorar su relación con el rey, y expresó su esperanza de verlos pronto para su boda, que se celebraría en cuarenta y cinco días. La partida marcó el fin de una etapa de intensa transformación y el inicio de un nuevo capítulo, con la promesa de un futuro entrelazado entre ambos reinos.
El viaje de retorno a Waltzovia se realizaba a una velocidad vertiginosa. Darren, al volante de un sedán “Hellcat Redeye”, empujaba el vehículo a su máxima capacidad. Las carreteras, recién creadas, se extendían bajo las ruedas como una cinta ininterrumpida, y el potente motor rugía, devorando kilómetros. Mientras el paisaje pasaba como un borrón, las chicas, en el habitáculo climatizado, meditaban sobre la vorágine de acontecimientos recientes. El conocimiento y las experiencias adquiridas en Ulfhedinn les habían abierto los ojos a una nueva perspectiva de la vida. Habían vivido la crudeza de una batalla contra humanos, participado en una guerra, presenciado negociaciones complejas, el perdón, la forja de una amistad inesperada, y, sobre todo, habían descubierto un nuevo lado de Darren. Comprendían ahora que él no sería solo de ellas; un hombre con sus capacidades era un activo invaluable para cualquier reino, capaz de impulsar la innovación tecnológica y asegurar beneficios gubernamentales.
Sin embargo, la reflexión de Kriegsdrache resonaba en la mente de cada una: ¿qué se le podía ofrecer a un hombre que podía conseguir lo que quisiera? Y, ¿cómo competir con la constante afluencia de mujeres que, sin duda, desearían estar a su lado? Un vacío de incertidumbre se instaló en sus corazones al no poder comprender qué valor podrían aportar a un hombre así. Para Darren, sin embargo, la riqueza material no era lo que anhelaba. Su corazón, roto en mil pedazos por un dolor que ocultaba con maestría, ansiaba una sola cosa. Intentaba sobrellevar la situación actual, fingiendo estar bien, porque eso era lo que se esperaba de él. Por más dolor que sintiera, no podía permitirse demostrarlo, no frente a ellas.
Sumido en sus pensamientos, mantuvo el acelerador a fondo. Aquel auto, diseñado para alcanzar los trescientos veinte kilómetros por hora, ya había superado esa marca hacía rato, volando a unos cuatrocientos kilómetros por hora. La velocidad extrema preocupó a las chicas, quienes intentaron hablarle, pero Darren no respondía, absorto en su tormento interno. No tardaron en devolverlo a la realidad.
—Amado prometido, ¿hay algo que te preocupe? —preguntaron al unísono, sus voces teñidas de una suave inquietud. Darren negó con la cabeza, intentando disimular.
Lyra, quien iba de copiloto en ese turno, le tomó de la mano, su tacto cálido y suplicante. La pequeña pícara de sonrisa tierna y adorable, en ese momento, era un ancla. La calidez de su mano rompió la barrera que Darren había erigido. Por la espalda, Dorotea lo abrazó, su voz melancólica y suave como una caricia.
—Mi querido y adorado prometido… —comenzó Dorotea—. Sé que soy la que menos tiempo tiene de conocerte. También puedo entender si guardas algún resentimiento por lo sucedido en la guerra. —Sin dejar de abrazarlo, se aproximó a su rostro, apoyando su mejilla contra la suya, y prosiguió—. Pero quiero que sepas que me preocupo por ti, tanto como las demás. Y sé que es pronto para decirlo, pero… —se detuvo, sintiendo cómo su temperatura subía. Por el espejo retrovisor, Darren pudo ver el rubor que cubría sus mejillas—. Te aseguro que te amo más que a nada en este mundo.
Darren sintió un nudo en la garganta. Las chicas estaban preocupadas por él, pero no podía revelar lo que le sucedía. Nadie debía saber lo que albergaban sus pensamientos. Mientras sentía una gran tristeza, se tragó todo el dolor que oprimía su corazón y suprimió las lágrimas que amenazaban con brotar. Apretó sus manos al volante, el cuero crujiendo bajo la presión, mientras seguía conduciendo.
—Dorotea, no debes pensar así —afirmó Darren, su voz un poco más ronca de lo habitual—. Lo único que siento por ti, como por las demás, es un profundo cariño. Si fallo en hacérselo saber, por favor, decírmelo… Pero debéis saber que ustedes son lo más importante para mí.
Aquellas palabras calmaron la preocupación en los rostros de las chicas. Pero Amelia, quien miraba por la ventana, sabía perfectamente que Darren ocultaba algo. Además, era la única que sabía lo que realmente lastimaba su corazón, la única que comprendía la verdadera naturaleza de su dolor.
Después de aquella charla, las chicas cambiaron de tema, sumergiéndose en una animada conversación sobre las cosas que querían implementar en Waltzovia. Amelia comentó que le encantaría viajar en tren. Emery soñaba con llevar la electricidad y el servicio de agua a cada rincón del reino. Lyra hablaba de una escuela para todos los niños, hijos de campesinos, y de fomentar las artes para quienes tuvieran habilidad o deseo de estudiar. Dorotea, por su parte, quería implementar los restaurantes, convencida de que todos debían probar la deliciosa comida de Darren.
Darren las escuchaba, pero él iba sumido en sus pensamientos. De pronto, sin saber por qué, una melodía acudió a su mente, y comenzó a cantar en voz baja:
—…Don’t tell me it’s not worth fighting for. I can’t help it, there’s nothing I want more. You know it’s true. Everything I do, I do it for you…
Amelia, sin mirarlo, escuchaba atenta la canción. A diferencia de las demás, ella comprendía el idioma de la letra. Y, con una voz suave y melódica, continuó donde Darren había pausado:
—…There’s no love, like your love. And no other, could give more love. There’s nowhere, unless you’re there. All the time, all the way…
Darren se sorprendió al escuchar, en el leve sonido de la dulce voz de Amelia, aquellas palabras tan preciadas para él. Por lo que ambos, al unísono, continuaron cantando. Las chicas, quienes estaban muy animadas platicando, de pronto se detuvieron, cautivadas por la canción que Amelia y Darren cantaban a dueto.
—Oh, you can’t tell me it’s not worth trying for. I can’t help it, there’s nothing I want moreeee. Yeah, I’d fight for youuuuu, I’d lie for youuuuu. Walk the wire for youuuuu, yeah, I’d die for youuuuuuuuu… —Ambos hicieron una pausa, sus voces entrelazadas, antes de proseguir con la estrofa final—. You know it’s true. Everything I doooo. Oooooh I do it for you.
Las chicas se quedaron contemplando al dueto, sus voces suaves, entonadas, melancólicas, llenas de una emoción que trascendía el idioma.
—¡No sabía que sabían cantar! —exclamó Dorotea, rompiendo el silencio con su entusiasmo—. Tienen una voz muy bonita. —Hizo una pausa, al parecer, se había percatado de algo—. Esa canción… ¿en qué idioma es?
Darren no sabía cómo responder. Dorotea no tenía conocimiento de que él provenía de otro mundo, y el tema del idioma era solo la punta del iceberg.
—Mi querida y dulce prometida —comentó Darren, su mirada fija en el camino, pero su voz cargada de una seriedad inusual—. Hay algo que no te he contado, y creo que es el mejor momento para decírtelo…
De esa forma, pasaron las próximas horas. Darren, con la ayuda de las demás chicas, relató la increíble historia de quién era, sobre su mundo de origen, su vida allí, cómo llegó a este mundo al ser convocado por Emery como su familiar, quién era Amelia en realidad y cómo la había traído de vuelta a la vida. Les habló sobre el poder de los núcleos de las armas divinas y su enfrentamiento con sus hermanos. En un principio, Dorotea creyó que era una broma, una elaborada fantasía, pero Darren y las demás chicas le explicaron con paciencia que era la pura verdad. Fue entonces cuando comprendió cómo era posible que supiera tanto y de dónde provenía esa tecnología tan avanzada. Aun así, Dorotea, con una determinación inquebrantable, afirmó que ella lo amaba. Sin importar qué, sin importar de dónde viniera, su amor por él era incondicional.
Emery, cuya memoria era tan aguda como su intuición, recordó que no era la primera vez que escuchaba a Darren cantar en aquel idioma extraño. Con una mezcla de curiosidad y un atisbo de celos, le preguntó por el origen de la melodía. Darren les explicó que el idioma se llamaba inglés, una de las muchas lenguas de su mundo. A diferencia de este, donde las naciones compartían un idioma común, en el suyo cada nación poseía su propia lengua, con solo algunas similitudes. Entonces, la pregunta inevitable surgió: ¿de qué hablaba la canción? Darren guardó silencio, una sombra de melancolía cruzando su rostro. Fue Amelia quien, con una dulzura inusual, intervino: —Habla de un hombre que valora tanto a su pareja, que hace todo por ella, lucha por su amor y se lo expresa en esa canción. Emery se emocionó, declarando su deseo de escucharla completa y de conocer más canciones de su mundo. Pero una pregunta, silenciosa y punzante, flotaba en el aire entre las chicas: ¿Por qué Amelia sabía tanto del mundo de Darren?
—¿Cómo sabes tanto del mundo de nuestro prometido, apreciable Amelia? —preguntó Dorotea con una amabilidad que apenas ocultaba la punzada de celos que Darren percibió en el resto. La idea de que él le hubiera contado todo a Amelia, mientras a ellas les guardaba secretos, era un trago amargo.
Amelia guardó silencio por un instante, comprendiendo la oleada de emociones que sus palabras habían desatado. —Cuando compartí su cuerpo —explicó con una voz serena, que buscaba disipar las tensiones—, tuve acceso a todos sus pensamientos y recuerdos. Emery se puso visiblemente nerviosa al recordar ciertos momentos íntimos que habían compartido ella y Darren cuando Amelia aún residía en su cuerpo. La incomodidad era palpable. Sin embargo, la revelación de Amelia solo avivó los celos de las demás. ¡Ella lo sabía todo de él! Pero, al mismo tiempo, una idea comenzó a germinar en sus mentes: si Amelia lo sabía todo, también sabría lo que a Darren le gustaba. Cada una, en su fuero interno, planeó hablar con Amelia a solas en cuanto tuvieran la oportunidad, buscando obtener esa valiosa información.
Con la noche ya avanzada, Darren detuvo el “Hellcat Redeye” a un lado de la carretera. Habían llegado a uno de los centros de servicio que él mismo había establecido. Aquellas estaciones no eran simples gasolineras; eran pequeños oasis de civilización en medio de la vasta geografía. Además del dispensador de combustible, cada estación albergaba una posada, un restaurante que ofrecía una variedad de platillos, una tienda que vendía desde frutas y vegetales frescos hasta productos de higiene personal, ropa, armas y armaduras. También contaban con una oficina postal y una oficina del gremio de mercenarios, que no solo gestionaba contratos, sino que también brindaba seguridad a los establecimientos ante bandidos y bestias. Y, por supuesto, sanitarios modernos y limpios.
Al intentar distribuir las habitaciones en la posada, que eran limitadas, surgió un pequeño dilema. Fue Amelia quien, con una sonrisa pícara, recordó: —Darren y Emery aún están de luna de miel. Deben seguir durmiendo solos. —Y añadió, con un brillo en los ojos que no pasó desapercibido —Presento mis respetos por su tiempo juntos, porque pronto me tocará a mí tener mis treinta días de luna de miel, y quiero disfrutar mi tiempo con él. —Aquel comentario hizo que cada una de las otras prometidas reflexionara sobre sus propios turnos y deseos.
Las estaciones de servicio, estratégicamente ubicadas a distancias regulares y cerca de poblados, habían transformado la economía local. La gente de las cercanías acudía para vender sus productos, intercambiándolos por dinero o bienes. La tienda de la estación compraba estos productos y los vendía allí mismo o los transportaba a otras zonas donde la demanda era mayor, generando un vibrante intercambio comercial. Además, la presencia de zonas repletas de bestias peligrosas y plantas medicinales raras convertía a estas estaciones en puntos de encuentro frecuentes para los mercenarios, quienes acudían en busca de misiones y recompensas.
Finalmente, llegó la hora de la cena. Cada quien pidió su platillo favorito de las recetas que Darren les había enseñado. La mesa se llenó de una variedad tentadora: sándwiches, hamburguesas jugosas, tacos de carne asada, hot dogs e incluso una exquisita pasta con crema de hongos. El hambre que traían era tal que no dejaron ni una miga. Los guardias, que cenaban con ellos, alabaron la calidad de la comida, comentando con asombro que la comida era rica, servían muy bien y era económica .
Durante la noche, el descanso fue reparador. Las camas, cómodas y silenciosas, permitieron que todos tuvieran una noche tranquila. A la mañana siguiente, todos despertaron animados, listos para iniciar el día. Mientras se dirigían al restaurante para desayunar, las chicas notaron a Emery inusualmente sonriente. Amelia, con una observación perspicaz, comentó que sus ojos seguían brillando intensamente desde el día de su boda. Ante los comentarios, Emery se sintió apenada, pero su rubor se desvaneció con la llegada de la comida.
Emery, con un apetito voraz, pidió un poco más de comida. E incluso al terminar, comentó sentir un poco más de hambre, por lo que pidió un postre: un trozo de pastel de frutas. Amelia la observó detenidamente, pero guardó silencio y continuó comiendo. A Emery le incomodó la mirada de Amelia, pensando que, al saber tantas cosas, una de ellas era cuándo compartía su tiempo con Darren, algo que la avergonzaba profundamente.
El momento de tranquilidad se vio abruptamente interrumpido por un escándalo que provenía de afuera del restaurante. Darren salió a ver lo que sucedía, y Dorotea decidió acompañarlo. Ambos presenciaron cómo unos mercenarios, visiblemente alterados, estaban causando revuelo. Algunos intentaron hacerles frente, pero fueron fácilmente superados. Al acercarse, Darren preguntó por lo sucedido. El administrador de esa sucursal del gremio de mercenarios, con el rostro tenso, le indicó que todo había comenzado porque los mercenarios habían traído artículos de sus cacerías y no querían aceptar la tasación ofrecida, desatando la furia y la violencia en el lugar.
La tensión en el aire era palpable. Dorotea, impulsiva y valiente, se lanzó desarmada contra uno de los mercenarios. Aunque hábil con la espada, su fuerza física no se comparaba con la de un hombre corpulento, y fue empujada, cayendo de espaldas. El mercenario alzó su espada, un brillo cruel en sus ojos, dispuesto a asestar un tajo mortal en la sien de la princesa. Pero antes de que el acero pudiera tocarla, Darren, con una velocidad sobrenatural, detuvo la hoja, tomándola firmemente del filo entre sus manos. Aquella técnica, conocida como media espada, dejó al mercenario boquiabierto. Intentó mover su arma bruscamente, pero el esfuerzo fue inútil; la espada permanecía inmóvil en el agarre férreo de Darren. Otro mercenario, irritado por la intervención, se lanzó para ayudar a su compañero. Con una maniobra fluida, Darren levantó la espada que aún sostenía y, con una rapidez asombrosa, lanzó una patada giratoria (Mireo Chagi) a su atacante. Luego, saltando en el aire, ejecutó una patada en giro inversa (Twimyo Dwi Chagi), enviando al segundo oponente al suelo. El tercer mercenario, que parecía ser el líder, se había mantenido al margen, observando con una mueca de desdén. —Trucos sucios —se mofó, su voz cargada de desprecio. Darren, sin inmutarse, le respondió con una calma gélida: —Si no le parece la tasación que le ofrecen, es libre de buscar otro lugar para vender su mercancía.
El líder mercenario, enfurecido, conjuró un ataque de fuego. Bolas ígneas se materializaron en sus manos, pero la lentitud de su hechizo era exasperante para Darren, quien calculó que en ese tiempo habría podido atacarlo más de diez veces. Cuando las esferas de fuego se acercaron a Darren, fueron extinguidas por un ambiente húmedo y frío que se materializó a su alrededor. Las chicas, que habían salido del restaurante, observaban el combate con una mezcla de asombro y preocupación. Los dos mercenarios caídos y los demás presentes miraban expectantes el estilo de combate de Darren, una danza de fuerza y magia que demostraba la insignificancia de la habilidad mágica del líder frente a la suya. Entonces, lanzándose en carrera, Darren se detuvo en seco, afianzando sus pies para lanzar un golpe con el puño hacia el pecho de su oponente. El impacto abolló el peto que lo protegía y lo envió a volar varios metros hacia atrás. El mercenario tosió fuertemente, pero seguía vivo. Darren, con una voz que no admitía réplica, le indicó que no volviera a causar molestias y se retiró del lugar.
El administrador del gremio se acercó, su rostro pálido, y les informó a los mercenarios que aquello repercutiría en su nivel, siendo degradados, y se les asignaría una multa de cien denarios, monedas de plata que representaban una suma considerable.
Darren se apresuró a cargar a Dorotea en sus brazos. La princesa se sonrojó intensamente, pero se aferró a sus hombros, escondiendo el rostro mientras esbozaba una sonrisa de satisfacción. Gracias a esa situación, Darren notó que pesaba muy poco, alrededor de cuarenta kilos. La llevó a la posada, hasta su habitación, donde la revisó en busca de heridas. Al subirle el vestido para inspeccionar, por instinto lo bajó, pero Darren le indicó que necesitaba asegurarse de que no tuviera ninguna lesión. Lentamente, le subió la falda hasta las rodillas, encontrando un pequeño raspón. Creó un botiquín de primeros auxilios para desinfectar la herida y le colocó una gasa con un vendaje simple. Dorotea tuvo que controlarse ante aquella situación, pero desde que la había tomado en brazos, su rubor no había disminuido, y al subirle el vestido, se intensificó aún más.
A Dorotea no le molestó que la cargara o que viera sus piernas más allá de los tobillos; después de todo, era su prometido y confiaba plenamente en él. Pero aquella situación la hizo sentir un cosquilleo, una emoción que la impulsaba a querer avanzar en su relación con él. Fue por ello que se sintió avergonzada, no por la situación en sí, sino por sus propios pensamientos.
Amelia le pidió a Darren hablar en privado. Darren ya sentía que le iba a llamar la atención. Ella le recordó que en su mundo no existía la magia, pero en este mundo sí, y que tenían magia sanadora. —Lyra, Emery o yo, pudimos haber curado su herida sin problema —le dijo Amelia con una voz suave pero firme—. Y tú, aunque seas su prometido, no debiste hacer eso, pues no es correcto en sociedad. Darren reaccionó, dándose cuenta de su error. Cuando se giró en dirección a Dorotea, Lyra ya la estaba curando, por lo que se retiró el vendaje. Dorotea, con una sonrisa dulce, se acercó a Darren y le dijo: —Gracias —y se colgó de su brazo para que se inclinara y le besó la mejilla con ternura.
Después de aquel tierno momento, Darren no pudo dejar de pensar en ella. Le había encantado su reacción cuando se cubrió, su rubor cuando la llevaba cargada, o el pequeño brinco que dio cuando le tocó la rodilla. Darren no se había dado cuenta, pero se había enamorado de ella.
Antes de que el día avanzará más, se dispusieron a continuar su viaje. La gente de aquel lugar los despidió con gratitud y alegría.
Darren meditaba sobre todas sus acciones hasta ese momento. Había traído tecnología avanzada de otro mundo, aprovechándose de sus conocimientos para sobresalir. Tenía una ventaja sobrehumana sobre los demás. Se había casado con Emery, tenía varias prometidas. Había participado en una guerra y había arrebatado miles de vidas. Se comprometió con la hermana de cinco hombres a los que les quitó la vida. ¿Acaso era correcto lo que hacía? ¿Merecía lo que tenía?
La frontera de Waltzovia se alzaba imponente, marcando el fin de la carretera y el inicio de un nuevo desafío para Darren: extender su red de infraestructura a su propio reino. Pero por ahora, la prioridad era el hogar. El grupo se encaminó hacia el pueblo de Wupper. Divisando a la distancia, el muro que protegía al pueblo. Después de aquel largo viaje y paisajes nuevos, la visión de su volver a su hogar, le devolvió una paz que tanto anhelaba. Los guardias, reconocen quien es, ya que sus vehículos son tan únicos. Le saludan con respeto, ya casi en reverencia. Uno de ellos, le informo que el Barón Dante ya había vuelto hacía unos días, y que se encuentra en su residencia.
Darren avanzó con seguridad hacia su casa con toda tranquilidad. Abriendo el portón principal con un simple movimiento. Dante, presuroso al escuchar el ruido de un motor, los recibió en la entrada, flanqueado por un grupo de sirvientes que el duque Eldridge envió como regalo por su reciente enlace con Lady Emery. La ansiedad y la expectación se mezclaban en el aire. Para Dorotea, era la primera vez que pisaba la tierra de su prometido, y la magnitud del lugar la dejó sin aliento. Pero Darren cambió la atmósfera, para que ella se sienta cómoda. Para Emery, Amelia y Lyra, era el dulce regreso a su hogar, aunque con la adición de una nueva integrante a su ya peculiar familia.
Dante, energético como siempre, se aproximó con una amplia sonrisa.
—¡Mi señor Darren! ¡Finalmente de regreso! —exclamó, estrechando la mano de su maestro. —Me han llegado noticias de la batalla en la frontera. ¡Una victoria aplastante contra el reino de Ulfhedinn! Hubiese dado lo que fuera por mirar como los expulsaba de nuestras tierras. —dijo entre carcajadas. Pero aquello incómodo a Darren.
Sin embargo, su mirada se detuvo en Dorotea, que se mantiene un paso detrás de las demás, visiblemente como una sombra de ellas.
—¿Y ella? —preguntó Dante. —¿Es una nueva doncella o acaso persona para la servidumbre?
Dorotea bajo la mirada, sintiendo un nudo en la garganta, A pesar de su rango, verse reducida a quedar como una sirvienta o dama de compañía, era algo que normalmente se hacía después de las guerras con lo que conquistaban. Ante aquellas miradas extrañas de parte de aquel joven que hablaba con Darren, refiriéndose a ella de esa forma, fue un duro golpe para su orgullo. Pero Darren reaccionó al instante. Se acercó a ella, rodeo su cintura con propiedad, acercándose junto con ella a Dante, entonces le dio un ligero coscorrón, lo justo para que entendiera su error.
—Dante, ten más cuidado con tus palabras. —dijo Darren con una voz que, aunque calmada, denotaba autoridad y molestia. —Ella es la princesa Dorotea Sofía Von Dietrich, de Ulfhedinn. Y lo más importante: es mi querida prometida.
El color abandonó el rostro de Dante tan rápido como una puesta de sol de invierno. Se inclinó rápidamente, balbuceando disculpas, dándose cuenta de que acababa de insultar a la familia real y la prometida de su maestro.
Tras el encuentro, dejó que Emery, Lyra y Dorotea, se encargaran de dirigir a la servidumbre. Mientras Darren y Amelia se dirigieron a la academia. Necesitaban hablar con el director y clarificar su situación actual. La conversación fue larga y llena de revelaciones: su condecoración a Conde, su boda con Emery, la guerra y el tratado de paz con Ulfhedinn, su compromiso con la princesa Dorotea, las reformas en la nación de Ulfhedinn. El director escuchaba, balanceando su sorpresa con el orgullo de tener en su academia, a tales maestros y estudiantes.
—Entiendo que con tus nuevas responsabilidades no podrá seguir con su rol para impartir sus clases. —comentó el director con cierto afán de convencerlo de quedarse. —Pero espero que Lady Amelia decida quedarse con nosotros. Su enseñanza es invaluable.
Amelia miro a Darren y luego al director con una sonrisa serena.
—Me temo que no será así. Mi lugar está al lado de Darren, especialmente ahora que vamos a casarnos. Mi vida le pertenece por completo, al igual que mi corazón.
Darren, viendo la decepción en el rostro del director, propuso alternativas: la creación de una sucursal de la academia en sus tierras, Königssee, donde él y Amelia supervisarán la fomentación de nuevos talentos. La idea fue recibida con entusiasmo, abriendo un abanico de posibilidades para el futuro.
Al caer la noche, mientras regresaban caminando bajo un cielo claro, Amelia caminaba lentamente. Queriendo aprovechar el tiempo a solas con él. Se detuvieron bajo la luz de la luna. Sin decir palabra, Darren la rodeó con sus brazos. Al mismo tiempo los brazos de ella, rodeaban el cuello de él. La miraba plácidamente, con una ternura que solo ella conocía. Cercas el uno del otro, sus respiraciones se mezclaron y sus labios se encontraron en un beso largo y profundo, un momento de paz absoluta donde el resto del mundo, con sus guerras y política, simplemente dejó de existir. En ese espacio, en ese momento, solo eran Darren y Amelia, compartiendo una promesa de un por siempre.
Tras aquel instante de comunión bajo la luna, Darren y Amelia regresaron a la casa en un silencio cargado de promesas. Aunque el deseo de estrecharla entre sus brazos era casi irresistible, Darren se mantuvo firme en sus principios; el respeto que sentía por ella y por el compromiso que estaban construyendo era su brújula. Al entrar, la guía de la mano hacia la cocina, donde el calor del hogar comenzaba a disipar el frío de la noche.
Mientras tanto, en la planta alta, el resto de las chicas terminaba de organizar sus aposentos. Emery había elegido la habitación contigua a la de Darren, acomodando sus pertenencias. Pensando en porque últimamente, presenta una mezcla de agotamiento y una extraña pesadez. Incluso tuvo que correr al baño por nauseas. Al salir del baño, un hambre voraz y repentina la asaltó. Decidiendo ir a buscar algo para comer, por ello al salir coincide en el pasillo con Lyra y Dorotea. Las tres, compartiendo el mismo anhelo de algo reconfortante, bajaron juntas hacia el aroma que ya inundaba la planta baja.
En la cocina, Darren se movía con la destreza de quien domina el fuego y los sabores, preparando todo para hacer un caldo tlalpeño. Amelia, incapaz de mantenerse alejada, se acercó a él y lo rodeó con sus brazos, hundiendo el rostro en su pecho. Darren dejó lo que estaba haciendo para corresponder el abrazo, perdiéndose en la profundidad de sus ojos. Estaban a escasos milímetros, el mundo reducido al latido de sus corazones, cuando el sonido de la puerta los devolvió a la realidad.
Emery, Lyra y Dorotea entraron, deteniéndose en seco al ver la escena. El rubor tiñó sus mejillas y las disculpas atropelladas no tardaron en llegar. Amelia, con una sonrisa serena y un brillo de complicidad, recuperó su lugar, permitiendo que la tensión romántica se transformara en una cálida bienvenida.
—Llegan justo a tiempo —dijo Darren, acercándose a Emery con una caricia suave en su mejilla—. Pero te ves pálida, mi amada esposa. ¿Te sientes bien?
Antes de que Emery pudiera responder, sus ojos se cerraron y su cuerpo flaqueó. Darren la sostuvo con sus rápidos reflejos, cargándola en brazos mientras el pánico contenido se reflejaba en los rostros de Lyra y Dorotea.
—No han comido nada desde que llegamos, ¿verdad? —preguntó Darren, acomodándose en una silla mientras Amelia traía rápidamente un zumo de frutas.
Tras unos momentos de angustia, Emery recuperó el sentido. Darren, con una ternura infinita, la ayudó a beber, sin apartar la vista de ella. Fue entonces cuando llamó a la nueva servidumbre: Wilfred, el mayordomo, y las doncellas Emma, Lorena y Anna. Sus instrucciones fueron claras y cargadas de una autoridad protectora: Emery no debía cargar peso, su dieta debía ser estricta y nutritiva, y cualquier actividad de riesgo quedaba prohibida.
Amelia observaba la escena con una sabiduría silenciosa. Había notado los cambios en Emery durante el viaje: el sueño constante, el apetito voraz… y ahora este desvanecimiento. Sus sospechas comenzaban a tomar forma.
Amelia susurró el nombre de Darren suavemente mientras miraba a Emery, quien parecía ya haber recuperado su compostura.
Darren dirigió sus ojos hacia su esposa, encontrándose con una mirada que irradiaba amor y gratitud. La atmósfera en la cocina cambió en un instante, llenándose de una sensación de calma y conexión.
Emery, todavía algo ruborizada por el incidente y su repentino desmayo, expresó con timidez su agradecimiento. —Gracias, mi amado esposo.
Él, manteniendo su tono cálido pero firme, negó suavemente con la cabeza mientras sujetaba delicadamente su rostro entre sus manos. —No tienes nada que agradecer. Yo debería haber estado más atento contigo.
Acercándose, le depositó un beso en la frente antes de mirarla con un gesto protector. —Pero prométeme que no volverás a descuidarte. ¿De acuerdo?
Aquel instante tenía algo único. Darren y Amelia ya intuían de qué iba todo, pero Emery todavía no lo sabía. Por eso, Darren optó por esperar. Era el comienzo de una nueva etapa que transformaría sus vidas para siempre. Su corazón dio un vuelco, al comprender que las nociones de acierto o error de las decisiones que había tomado antes quedaban insignificantes frente a la inmensidad del futuro que estaba por llegar.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com