Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 33

  1. Inicio
  2. La Lagrima Carmesí: Renacimiento
  3. Capítulo 33 - Capítulo 33: Capítulo 33: El verdadero enemigo
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 33: Capítulo 33: El verdadero enemigo

La revelación del embarazo de Emery había caído sobre Darren como un manto de responsabilidad y una alegría abrumadora. De inmediato, tomó medidas serias para garantizar su bienestar, convirtiendo su cuidado en la máxima prioridad. Sus tres prometidas, unidas por un lazo de sororidad y afecto, se convirtieron en las guardianas de Emery, velando por ella en todo momento. Esta devoción le permitió a Darren sumergirse en la titánica tarea de las reformas del reino, un proyecto que, a pesar de la inestimable ayuda de Amelia, parecía no tener fin. La cantidad de trabajo era monumental, no solo por las construcciones y las implementaciones tecnológicas, sino también por la necesidad de capacitar a cientos de personas para que pudieran operar y mantener los nuevos sistemas.

Sin embargo, este esfuerzo sobrehumano tuvo un efecto secundario inesperado: se convirtió en el campo de entrenamiento más exigente que Darren y Amelia hubieran podido imaginar. Su capacidad mágica se expandió a niveles insospechados, y la velocidad con la que conjuraban hechizos complejos se redujo drásticamente. Más importante aún, su resistencia al uso de la magia de creación, un arte que consumía cantidades ingentes de maná, se fortaleció, permitiéndoles materializar estructuras y objetos cada vez más complejos con una facilidad asombrosa.

Cuando las reformas en el antiguo pueblo concluyeron, era evidente que el lugar había trascendido su humilde origen. Ya no era un mero pueblo, sino una ciudad floreciente, un faro de progreso. La tarea de bautizarla recayó, como era de esperar, en su arquitecto. Darren, en un guiño a un lugar de su mundo que siempre había admirado por su belleza y su historia académica, la nombró **Heidelberg**. La celebración que siguió fue un evento sin precedentes, un festival de luces y gratitud que marcó el nacimiento de una nueva era.

Con su obra en Heidelberg completa, Darren decidió que era momento de regresar a la capital real de Waltzovia. El aviso de partida movilizó a toda la casa. Las sirvientas, bajo la experta dirección de Wilfred, prepararon todo lo necesario para el viaje, mientras el mayordomo supervisaba la carga de los vehículos. Cuando las chicas aparecieron, listas para partir, Darren quedó cautivado. Lucían hermosas, ataviadas con vestidos estilo Jolianne que él mismo había creado para ellas. Cada vestido, una obra de arte en sí mismo, presentaba variantes en el escote —cuadrado, en V o redondo— y estaba adornado con un gran moño central y delicados bordes de encaje. La falda, con una elegante apertura frontal, revelaba una sobrefalda decorada con lazos de cinta y cascadas de volantes. El de Emery era de un rojo vibrante como su espíritu; el de Amelia, de un sereno lila; el de Lyra, de un alegre celeste; y el de Dorotea, de un dulce rosa pastel. Sus peinados, adornados con listones a juego, completaban un cuadro de una belleza casi etérea. Pero estas prendas no eran solo un deleite para la vista; Darren las había imbuido con poderosas protecciones y bendiciones, un escudo invisible que velaría por ellas en su ausencia.

La despedida fue emotiva. Sus compañeros y los alumnos de la academia acudieron para desearles un buen viaje, con la promesa de volver a verse en un futuro no muy lejano. Una vez más, el “Hellcat Redeye” rugió, dejando atrás Heidelberg y a Dante, quien, como Darren bien sabía, se quedaba no sólo para resguardar la propiedad, sino también por la promesa de un amor incipiente con Clara.

Mientras la paz y el progreso florecían, en un reino muy lejano, una sombra comenzaba a extenderse. En las tierras heladas del noroeste de Drachenfels, un imperio olvidado, consumido por la ambición y el poder ancestral, había desenterrado dos reliquias divinas de un poder inimaginable: el arco y la daga de Wiraqucha. Con estas armas en su poder, su sed de conquista se había despertado. Su primer objetivo: Drachenfels, el pequeño pero estratégico reino de donde provenía la princesa Astrid, un enclave situado al noroeste de Ulfhedinn. La guerra, que parecía haber terminado, estaba a punto de renacer.

El viaje hacia la capital de Waltzovia se convirtió en una odisea de ingeniería. Darren, al volante del “Hellcat Redeye”, no sólo devoraba kilómetros, sino que transformaba el paisaje a su paso. Cada vez que el rugiente motor exigía combustible, Darren y Amelia materializaban no sólo una estación de servicio, sino complejos logísticos completos. Ya no creaban pieza por pieza; su dominio de la magia de creación les permitía proyectar instalaciones enteras en un solo acto de voluntad. Restaurantes, posadas, tiendas de conveniencia y sanitarios brotaban de la tierra con sus equipos y mobiliario listos para ser usados. En apenas veinticuatro horas, habían trazado una ruta comercial y de transporte que cambiaría para siempre la conectividad del reino.

Sombras sobre Drachenfels: Quince días atrás

Mientras Darren construía el futuro, el pequeño reino de Drachenfels, al oeste de Ulfhedinn, se desmoronaba bajo el peso de un pasado oscuro. Los ataques habían sido precisos y devastadores. Por el sur, un arquero envuelto en misterio y capas desgarradas diezmaba pueblos y ciudades enteras con flechas que parecían brotar del mismo sol. Por el oeste, un asesino silencioso, cuya daga brillaba con una luz divina, convertía las defensas en carnicerías, pero no por su mano, sino de los espíritus de guerreros que controlaba.

Los sobrevivientes huían por los bosques, con el resplandor de sus hogares incendiados grabado en sus retinas. En la ciudadela de Drachenfels, el pánico se transformó en una resistencia desesperada. Un regimiento de élite partió para enfrentar a los atacantes, pero solo un soldado regresó, al borde de la muerte y con el alma rota. Días después, el poseedor del arco apareció ante las murallas. Con una parsimonia aterradora, apuntó al cielo. Un halo de luz cegadora se formó sobre la ciudad y de él llovieron miles de flechas luminosas, una tormenta divina que no distinguía entre piedra y carne, ni si eran niños o viejos.

Con el transcurrir de los días, un mensajero logró hacer llegar el aviso sobre los recientes ataques. Frente a la inminente amenaza, el Rey de Drachenfels tomó una decisión que marcaría profundamente su reinado. Ordenó al príncipe heredero que tomara a su hermana menor y huyera hacia Ulfhedinn para pedir auxilio al Rey Kriegsdrache. Mientras el Rey Maximo se preparaba para una última defensa en la capital real de Wien. El rey Máximo Jonas von Drachenfels destacó como un formidable guerrero. En su juventud, se ganó el temido apodo de “el demonio de la lanza”. Poseía una imponente figura, con una estatura elevada y musculatura robusta, que reflejaba su fuerza. Aunque los años habían pasado, lucía una apariencia vigorosa que rondaba los cincuenta.

Los príncipes fueron escoltados a los establos de los dragones. Los acompañaban cinco guardias de élite y una figura enigmática: una mujer encapuchada que, más que una doncella, parecía una sombra letal, portando en su cintura una espada de curvatura elegante, una katana que desentonaba con el acero occidental. El príncipe, a diferencia de su padre, destacaba por su figura más estilizada y delgada. Aunque se le reconocía como un hábil espadachín, carecía de experiencia práctica en verdaderos enfrentamientos. Por otro lado, su hermana, sin ningún entrenamiento en combate ni habilidades mágicas, encarnaba plenamente el ideal de una princesa tradicional. Los dragones batieron sus alas, alejándose rápidamente de su hogar, rumbo a la esperanza de una alianza.

Volviendo al presente…

El rugido del “Hellcat Redeye” anunció su llegada a la capital mucho antes de que cruzaran las puertas. Reichsstadt los recibió no como nobles, sino como leyendas. Los vehículos militares que Darren había creado anteriormente estaban aparcados a las afueras, un recordatorio silencioso de la guerra que él había terminado.

Las calles estaban abarrotadas. La burocracia y los ciudadanos vitoreaban a Darren y a sus prometidas. Dorotea, sin embargo, sentada detrás de Darren con el corazón encogido. Aunque la aclamaban como heroína, no podía olvidar que su linaje había sido el instigador del conflicto. La gratitud de la gente era un bálsamo agridulce frente a la culpa por las familias que la guerra había fragmentado en ambos bandos.

Al llegar al Palacio Real, la recepción fue solemne. El Capitán de la Guardia y sus hombres hicieron una reverencia profunda ante la Princesa Emery y saludos de máximo respeto para Darren y sus compañeras. El asombro ante el diseño agresivo y la potencia vibrante del Hellcat era evidente en cada rostro.

Fueron conducidos al Gran Salón de Audiencias, donde la alta nobleza aguardaba. Las chicas, conscientes de la importancia del momento, habían aprovechado el viaje para ataviarse con sus mejores galas, diseños que Darren había perfeccionado para esta entrada triunfal.

Emery y Dorotea deslumbraron con recreaciones históricas del estilo Rococó. Sus vestidos, de corpiños ajustados y escotes tipo barco, realzaban su porte real. Emery vestía un satén verde menta con bordados de estrellas de plata que parecían titilar bajo las lámparas de cristal, mientras que Dorotea lucía un satén rosa con intrincados motivos florales. Las mangas de tres cuartos terminaban en cascadas de encaje, y las voluminosas faldas se recogían para revelar capas de tul beige, dándoles una presencia casi escultural.

Amelia por su parte, era una visión de elegancia lúgubre y majestuosa. Su vestido de seda púrpura estaba estructurado con bordados plateados que semejaban escarcha. Las mangas estallaban en encaje blanco translúcido, y su falda era un océano de encaje floral oscuro que caía con una solemnidad aristocrática. Un tocado de tul etéreo coronaba su cabeza, envolviéndola en un aura de misterio antiguo.

Lyra evocaba una inocencia vibrante con un diseño en amarillo brillante. Su torso de brocado con motivos florales y un panel frontal de seda plisada le daban un aire de refinamiento juvenil. Un gran lazo oscuro en el escote servía de punto focal, mientras que sus mangas estallaban en volantes góticos que se movían con cada uno de sus gestos.

Cada una portaba joyería imbuida con las piedras de sus anillos: esmeraldas, zafiros, diamantes negros y ámbar, todas engarzadas en oro y acompañadas por zapatos estilo Louis a juego. La corte real, acostumbrada a la moda contemporánea, quedó muda ante estos diseños que, aunque para Darren le recordaban épocas pasadas, para las personas de ese mundo poseían una sofisticación y una técnica de confección que desafiaba todo lo conocido. Darren caminaba entre ellas, no solo como su prometido, sino como el arquitecto de una nueva realidad que apenas comenzaba a desplegarse.

El Gran Salón de Audiencias, un espacio de mármol pulido y tapices centenarios, se llenó de un murmullo expectante. La entrada de Darren y sus prometidas fue un espectáculo que detuvo las conversaciones. Las damas de la corte, ataviadas con la moda más reciente de Waltzovia, no pudieron evitar que sus miradas se posaran, primero con curiosidad y luego con una mezcla de asombro y envidia, en los vestidos que lucían Emery, Dorotea, Amelia y Lyra. Eran diseños que desafiaban la convención, una fusión de lo antiguo y lo moderno que solo Darren podía concebir.

La Reina Celery, madre de Emery, se abrió paso entre la multitud con una elegancia innata. Sus ojos, del mismo verde esmeralda que los de su hija, se posaron en Emery con una mezcla de alivio y reproche. El abrazo fue efusivo, un torbellino de seda y emociones contenidas.

—¡Mi niña! ¡Estás bien! —exclamó la Reina, apartándose para examinar a su hija de pies a cabeza—. Pero, ¿qué es este atuendo? Y… ¿estás más rellenita?

Emery se sonrojó, lanzando una mirada de soslayo a Darren, quien sonreía con una mezcla de diversión y nerviosismo. Antes de que pudiera responder, la reina ya había fijado su mirada en Darren, con una expresión que prometía un interrogatorio exhaustivo.

—Conde Darren—dijo la Reina, su voz adquiriendo un tono más formal, aunque sus ojos brillaban con una curiosidad innegable—, parece que su regreso ha traído más de una sorpresa a nuestra corte.

Darren, con una reverencia impecable, respondió: —Magestad, es un honor regresar a casa. Y sí, las sorpresas son parte del viaje, ¿no cree?

La Reina no pudo evitar soltar una sonrisa. Desde que lo conoció, siempre había apreciado el ingenio de Darren. Su mirada se desvió hacia Dorotea, quien se mantenía un paso atrás, observando la escena con una mezcla de fascinación y timidez.

—Y esta debe ser la Princesa Dorotea —continuó la Reina, extendiendo una mano con gracia—. Bienvenida a Waltzovia, querida. Espero que nuestro hogar sea de su agrado.

Dorotea, con una reverencia que reflejaba su propia educación real, respondió: —Es un honor, Majestad. Su amabilidad es tan grande como la fama de su reino.

La conversación fluyó, una danza de cortesía y preguntas veladas. La Reina, con su agudeza característica, notó la forma en que Darren miraba a Emery, la ternura en sus ojos que iba más allá de la simple cortesía. Y, por supuesto, no pasó desapercibida la discreta, pero constante, atención que Amelia y Lyra le brindaban a Emery.

El banquete comenzó, y el Gran Salón se transformó en un torbellino de música, risas y conversaciones. Darren, con sus cuatro prometidas a su lado, era el centro de todas las miradas. Los nobles, acostumbrados a la rigidez de la etiqueta, se encontraban fascinados por la naturalidad y la belleza de las damas, y por la enigmática presencia de Darren.

En un momento de la noche, mientras la música invitaba al baile, la Duquesa se acercó a Emery, apartándola discretamente de la multitud.

—Emery, mi amor —susurró la Reina, sus ojos brillando con una mezcla de emoción y picardía—, ¿es cierto lo que mis ojos me dicen? ¿Voy a ser abuela?

Emery se sonrojó hasta la raíz del cabello, pero Emery mostró una sonrisa radiante y tímida. —Aún no es seguro. Pero Darren y Amelia, creen que podría ser posible. —La Reina soltó un pequeño grito de alegría, abrazando a su hija con una fuerza que casi la deja sin aliento.

—¡Mi pequeña! ¡Qué noticia tan maravillosa! Y pensar que este hombre… —la Reina miró a Darren, que bailaba con Dorotea, con una expresión de orgullo y un toque de humor—… este hombre que nos ha traído la paz, ahora nos dará un nieto.

Darren, ajeno a la conversación, disfrutaba del baile con Dorotea. La princesa, aunque aún un poco rígida en sus movimientos, se dejaba llevar por la música, sus ojos fijos en los de Darren. Era un momento ajeno a todos. Dorotea olvidaba poco a poco el que una vez fue enemiga de ese reino, lo que le permitía bailar mejor. La química entre ellos era innegable, una mezcla de admiración y un afecto que crecía con cada momento compartido. Lyra, por su parte, reía a carcajadas con Amelia, ambas disfrutando de la música y de la compañía, ajenas a las miradas curiosas de los nobles que se preguntaban sobre la relación tan peculiar de Darren con sus prometidas.

La noche avanzaba, y la recepción se convirtió en un testimonio de la nueva era que Darren había inaugurado. No solo había traído la paz y el progreso tecnológico, sino que también había introducido una nueva forma de entender las relaciones, donde el amor, la lealtad y el respeto conviven en una armonía inusual. Darren observaba como la Reina traía a Emery de un lado a otro. Al parecer, pronto se sabría del embarazo de Emery en todo el reino.

Mientras tanto, en el reino de Ulfhedinn.

Mientras la corte de Waltzovia celebraba la paz y el futuro, en el reino de Ulfhedinn, la sombra de la guerra se cernía con una ferocidad inusitada. El grupo de dragones, con sus jinetes exhaustos y cubiertos de polvo, aterrizaron con estruendo en el patio principal del palacio de Adlerstein. El Rey Kriegsdrache y la Princesa Astrid, alertados por el estruendo, salieron al encuentro de sus visitantes, pues Astrid reconoció el dragón de su hermana, su piel y escamas eran blancas. La visión de sus hermanos, el Príncipe Jacob y la Princesa Freya, emergiendo de las sombras de sus capuchas, fue un golpe de alegría para Astrid. Con un grito ahogado, la princesa se abalanzó sobre ellos, abrazándolos con una fuerza desesperada, sus ojos azules empañados por las lágrimas de felicidad al verlos después de tanto tiempo.

Kriegsdrache, con una expresión grave, les instó a hablar sobre el motivo de su visita. La historia que Jacob y Freya relataron era un torbellino de fuego y destrucción ante una próxima derrota incomprensible. Drachenfels estaba bajo ataque. Jacob, con el rostro descompuesto por la ira y la desesperación, suplicó la ayuda de Kriegsdrache.

—¡Majestad, le ruego envíe a su ejército! —exclamó Jacob, su voz ronca por la emoción—. ¡Nuestro padre le dio el regimiento de dragones más poderoso! ¡Ayúdenos a salvar a nuestro reino!

Kriegsdrache escuchó con paciencia, pero la confusión se apoderó de Jacob al ver la calma en el rostro del monarca. Por lo que, al contarle cómo perdieron, no solo las tropas, sino la guerra misma. Jacob pareció no comprender ninguna razón.

—No lo entiendo —dijo Jacob, con la voz teñida de incredulidad—. Si perdieron, ¿por qué tu reino está tan próspero? ¿Por qué Adlerstein sigue en pie, y tú… tú estás ileso?

Fue entonces cuando Astrid intervino, tomando del brazo a su prometido. Con una voz suave pero firme, le explicó a Jacob lo sucedido durante la batalla que se libró muchos días atrás, la intervención de Darren y el tratado de paz. Pero la mención de Dorotea y su compromiso con el hombre que derrotó al ejército, fue demasiado para el joven príncipe. Quien lo tachó de “villano” por habérsela llevado, encendiendo la furia de Jacob, pues él pensaba desposarla después de la boda de su hermana.

—¡No puedo creerlo! —rugió Jacob, sus ojos centelleando—. ¡Dorotea se sacrificó para evitar la conquista de Ulfhedinn… ese maldito! ¡Debemos rescatarla!

—No fue así, Jacob —intervino Astrid, su voz ahora más aguda—. Dorotea se comprometió por voluntad propia. Ella… ella se enamoró de él.

La incredulidad de Jacob se transformó en un desprecio palpable. Se negó rotundamente a aceptar aquello. Kriegsdrache, con una autoridad que rara vez mostraba, se interpuso entre ellos, pues temía que Jacob arremetiera contra su hermana y prometida.

—Jacob, te advierto —dijo el Rey, su voz grave y resonante—. No debes hacer de Darren tu enemigo. Es un hombre de un poder inmenso, y… es un amigo.

La última palabra resonó en el salón, dejando a Jacob y a los demás presentes atónitos. Kriegsdrache, el monarca solitario y pragmático, ¿considerando a alguien un amigo? ¿Y ese alguien era el asesino de sus hermanos, el hombre que había humillado a su ejército?

Jacob, aunque molesto, se guardó sus verdaderos sentimientos. Una idea oscura comenzó a gestarse en su mente. Actuando como si hubiese entrado en razón, se dirigió a Kriegsdrache con una expresión de falsa humildad.

—Tiene razón, majestad. Si este hombre es tan poderoso como dices, entonces debemos pedirle ayuda. Que sea él quien se enfrente a nuestro enemigo. —comentó Jacob. —”Así, o el enemigo acaba con él, o yo tendré la oportunidad de asestar el golpe final”. —pensó.

Ante aquella petición, Kriegsdrache meditó. La idea de pedirle un favor a Darren, después de todo lo ocurrido, le resultaba incómoda. Además, la astucia de Jacob no le pasaba desapercibida.

—Intentaré pedir su apoyo —dijo Kriegsdrache, haciendo una pausa y dirigiendo una mirada penetrante a Jacob—. Pero deberás asegurarme que no harás nada en su contra.

Fue Lady Freya quien intervino. Una pequeña de complexión delgada y un largo cabello rosado, sorprendentemente parecida a Astrid, y un poco más alta que Emery, pero con atributos físicos más desarrollados.

—Hermano, debemos ayudar a nuestro padre —dijo Freya, sus ojos suplicantes—. Si ese hombre es el único que puede ayudarnos, prométeme que no le harás daño.

Kriegsdrache observó la reacción de Jacob, la petición de Lady Freya, y se sorprendió ante su determinación. Jacob, asintió, pues nadie debía enterarse de lo que planeaba. Así, el Rey Kriegsdrache y el Príncipe Jacob, montaron sus dragones, elevándose hacia el cielo nocturno, con la esperanza de encontrar a Darren. Mientras una sombra de traición acecha en el corazón de uno de ellos.

En medio de la situación actual, Astrid desconfía de que su hermano sea capaz de cumplir su promesa, debido a su evidente obsesión por Dorotea. Ante el riesgo inminente de que el príncipe Jacob tome represalias contra Darren al verlo junto a una Dorotea plena y feliz, las princesas de Drachenfels toman una decisión. En compañía de la enigmática doncella encapuchada, emprenden su camino. Finalmente, llegan a Reichsstadt poco después que su hermano y su prometido.

Volviendo a Reichsstadt, la capital real de Waltzovia, la mañana siguiente se presentaba con una dulzura inusual. Darren despertó, pero esta vez no pudo levantarse con su habitual presteza. Emery se había aferrado a él con una fuerza sorprendente, su cuerpo cálido y suave contra el suyo. Una sonrisa tierna se dibujó en los labios de Darren. Se dijo a sí mismo que, al menos, podía sentir su calor, un consuelo que no cambiaría por nada. La estrategia silenciosa de Emery para evitar que “huyera” al despertar, había funcionado, un pequeño acto de posesividad que él encontraba encantador.

Mientras tanto, en su propia habitación, Amelia contemplaba el amanecer. Sentada en una cómoda mecedora con cojines mullidos, sorbía una taza de té humeante. Sus pensamientos volaban hacia la proximidad de su boda. Estaba emocionada, aunque una punzada de melancolía la invadía al recordar que no tenía familia a quien invitar.

—Quizás invite al director de la academia —comentó en voz alta para sí misma, una pequeña sonrisa asomando en sus labios, la idea de compartir su felicidad con alguien que sabe de ella, le brinda un atisbo de consuelo.

Amelia, quien había estado esperando escuchar el ruido de una puerta o huellas pasar a hurtadillas. Preguntandose el porque no se ha despertado.

Más avanzada la mañana, en el majestuoso palacio real, el desayuno se desarrollaba con la habitual atmósfera de refinada elegancia. En el imponente comedor principal, los asistentes ocupaban sus respectivos lugares. A diferencia de ocasiones anteriores, Darren ahora disfrutaba de una posición más prominente: un asiento en la mesa principal. El Rey Damian, con su característica sonrisa cordial, conversaba animadamente con su invitado. A su derecha se encontraba la Reina Celery, con un vestido terciopelo azul cerceta pesado. Mientras que la Princesa ocupaba el lugar al otro lado del monarca. Emery, situada junto a Darren en su lado derecho, emanaba una tranquila autoridad que reafirmaba su posición como primera esposa, luciendo un exquisito vestido de terciopelo en un vibrante tono esmeralda, a juego con el brillo de sus ojos, la hacía destacar con una elegancia innata. Junto a ella estaba Dorotea, cuyo linaje real justificaba su estatus destacado, lucía un vestido de estilo clásico victoriano en tonos celestes y azules, adornado con delicados encajes y lazos que realzaba su figura, un reflejo de su espíritu indomable bajo una apariencia pulcra.

Seguidas de cerca se encontraban Amelia y Lyra, completando la disposición en la mesa. Amelia llevaba un vestido azul con el cuello de estilo victoriano con un corsé negro ajustado, y una falda larga con un corpiño de talle alto. Por su lado Lyra, también portaba un vestido similar, pero sin el corsé y en un tono rosa pastel, que acentuaba su juventud y dulzura. La mesa, cuidadosamente preparada con un gusto impecable, exhibía una colección de manjares que combinaban la tradición gastronómica local con innovadoras recetas modernas, una muestra del talento culinario proveniente de la cocina de Darren, donde cada plato era una obra de arte y un deleite para los sentidos.

En medio de esta escena de aparente tranquilidad, la puerta del comedor se abrió con un leve crujido, y los guardias dieron paso a un grupo inesperado. El Rey Kriegsdrache de Ulfhedinn y el Príncipe Jacob de Drachenfels entraron, sus rostros marcados por el cansancio de un viaje arduo y la profunda preocupación por la tragedia de su reino. Tras ellos, con una mezcla de alivio y aprehensión, aparecieron la Princesa Astrid, la Princesa Freya y la enigmática doncella encapuchada. La visión de sus hermanos y de Lady Astrid allí, en la corte de Waltzovia, provocó una oleada de emociones en Dorotea. Una mezcla de alegría por verlos a salvo y una punzada de confusión, temiendo que su presencia pudiera poner en peligro su compromiso con Darren. Sin embargo, la sonrisa que solo Darren parecía provocar en ella se dibujó en sus labios, una muestra de su inquebrantable lealtad. Esta imagen, la de Dorotea feliz y comprometida con el hombre que consideraba un enemigo, encendió la furia contenida de Jacob.

—¡Princesa Dorotea! —exclamó Jacob, avanzando con la intención de abrazarla, su voz cargada de una autoridad que Dorotea ya no reconocía. Pero la princesa, con un gesto firme y una mirada que no admitía réplica, lo detuvo en seco.

—Disculpe, por favor —dijo Dorotea, su voz resonando con una nueva madurez y una frialdad calculada—. ¿Pero quién es usted? —preguntó, impidiendo que se acercara a ella, un acto de desafío que sorprendió a todos.

El Rey Damian, extrañado ante tal comportamiento en su corte, sintió que el momento de convivencia se arruinaba. Estaba a punto de ordenar la intervención de la guardia, creyendo que se trataba de un intento de recuperar a la Princesa Dorotea por la fuerza. Pero Darren, percibiendo la tensión, intervino con una calma serena, pidiéndole al Rey que aguardara. Con una determinación tranquila, se levantó de su asiento. Emery, con un instinto protector, iba a acompañarle, pero Darren la detuvo con un gesto suave. En una tierna y romántica escena, Darren le dio un beso en los labios, un gesto íntimo que dejó a todos atónitos, y le susurró con una sonrisa: —Permanece aquí con tus padres, mi amada esposa. Y asegúrate de comer bien.

Aquella escena tomó por sorpresa a Jacob. No solo Darren era el prometido de su preciada Dorotea, sino que ahora besaba a otra abiertamente, faltándole al respeto en público y frente a ella. Antes de que pudiera reaccionar, fue detenido por Astrid y Kriegsdrache, quienes le indicaron con urgencia que no le competía decir nada. Además, Kriegsdrache, con una voz baja pero firme, le reveló la identidad de la mujer que Darren acababa de besar: —Ella es la Princesa Celery Emery Galerian Von Waltzovia, primera esposa de Darren.

Jacob no entendía. No solo Dorotea se había comprometido, sino que tampoco sería la primera esposa. Su rostro se contrajo en una mueca de incredulidad y desprecio, una mezcla de ira y confusión. Freya y Astrid, conscientes de la creciente tensión, intervinieron rápidamente para calmarlo.

—Querido hermano, recuerda tu promesa. Debes comportarte —murmuró Freya, tirando suavemente de su manga, sus ojos suplicantes. Astrid, por su parte, le dirigió una mirada de advertencia, intentando contener la explosión inminente.

Darren, con una calma imperturbable, tomó la mano de Dorotea, quien se aferró fuertemente a su brazo, buscando consuelo y reafirmación. Su presencia, aunque silenciosa, llenaba la habitación con una autoridad innegable. Con un gesto, invitó a los recién llegados a acompañarle a otra habitación, un espacio más privado donde podrían discutir los asuntos urgentes. Dorotea, con una sonrisa desafiante hacia su hermano, se aseguró de que Jacob no pudiera sentarse a su lado, sentándose ella misma muy cerca de Darren, reafirmando su compromiso y lealtad inquebrantable hacia su prometido.

—Hermano, ¿a qué se debe esta intromisión? ¿Acaso has venido para cancelar mi compromiso? —preguntó Dorotea, su voz cargada de disgusto y molestia, la pregunta resonando en el aire como un desafío.

El desayuno transcurrió con una tensión palpable. Los príncipes de Drachenfels, acostumbrados a la austeridad de su propio reino, observaban con asombro las comodidades de la mansión de Darren: la iluminación suave y constante, la temperatura perfecta, los utensilios de mesa de un material desconocido y brillante. Freya, en particular, no pudo evitar que sus ojos se posaran repetidamente en los detalles, una chispa de curiosidad atenuando su preocupación.

Finalmente, el Rey Damian rompió el silencio, dirigiéndose a Kriegsdrache con su habitual cortesía.

—Rey Kriegsdrache, es un placer teneros de nuevo en Reichsstadt. ¿A qué debemos el honor de vuestra visita, y la de vuestros hermanos?

En la intimidad de una sala de audiencias más pequeña, la tensión era palpable. La pregunta de Dorotea, cargada de desafío, flotaba en el aire, resonando en el silencio expectante. Jacob, con su orgullo herido y su visión del mundo sacudida, apenas podía contener su indignación. Kriegsdrache, por su parte, observaba a Jacob con una mezcla de preocupación y resignación, consciente de la obstinación de Jacob.

—¡Princesa Dorotea, ¿cómo puedes preguntar eso?! —exclamó Jacob, su voz áspera—. ¡Has sido secuestrada, manipulada! ¡Este hombre te ha engañado para que te unas a él, y ahora te exhibe como un trofeo! ¡He venido a rescatarte, a restauraré tu honor y volverás conmigo!

Dorotea sorprendida y estupefacta ante los comentarios del Principe Jacob. Estaba molesta e indignada. Miró a su hermano y a Astrid, quienes también estaban sorprendidos.

Dorotea dejó escapar una risa amarga, una melodía desafiante que tomó por sorpresa a Jacob. —Le ruego que mida sus palabras. Se está refiriendo a una mujer comprometida. La forma en que habla de mi prometido es una falta de respeto. Tras una breve pausa, su voz se tornó más firme, fría y afilada que nunca. —Mi compromiso no es asunto suyo. Con mi prometido, soy feliz. Él me respeta, aprecia mi fortaleza, mi inteligencia, no solo el linaje que llevó. Príncipe Jacob, su arrogancia le ciega y no le permite mirar más allá de sí mismo. Mi enlace con Darren es fruto de mi propia voluntad, y no hay ningún honor que restaurar aquí, excepto el suyo, que usted mismo destruye con su obstinación.

Kriegsdrache intervino, su voz grave intentando mediar. —Darren, por favor ignora lo sucedido. La situación por la que hemos venido, es más compleja de lo que parece e importante. Drachenfels está siendo atacado. El enemigo es una amenaza realmente poderosa, y necesitamos tu ayuda Darren.

Antes de que Darren pudiera responder, Jacob se adelantó, su voz cargada de resentimiento apenas disimulado.

En la sala de audiencias, la atmósfera se había vuelto densa, cargada con la tensión de voluntades opuestas. Jacob, con una chispa de desprecio aún encendida en sus ojos, se dirigió a Darren, su voz teñida de una arrogancia inquebrantable.

—Conde Darren —comenzó Jacob, su tono calculador—Le hago la siguiente propuesta. Rompa su compromiso con la Princesa Dorotea. En lugar de ella, propongo un compromiso con mi hermana, la Princesa Freya Enid von Drachenfels, conocida secretamente como “La Santa”, cuyo poder de purificación sería de inestimable valor en esta guerra. Ella es pura, digna de un hombre de su supuesto poder.

Un silencio incómodo se apoderó de la sala. La propuesta de Jacob era un insulto velado, una manipulación descarada que intentaba socavar la relación de Darren con Dorotea y, al mismo tiempo, ofrecer a Freya como un mero peón en su juego de poder. Freya, permanecía en silencio, bajó la mirada, avergonzada por las palabras de su hermano. La doncella encapuchada, que permanecía inmóvil a un lado, pareció tensarse ligeramente, su presencia era un enigma.

Darren, con una calma que exasperaba a Jacob, negó lentamente con la cabeza. Su voz, aunque baja, resonó con una autoridad innegable. —Príncipe Jacob, tanto Lady Dorotea como Lady Freya no son objetos, ni un premio que pueda ser intercambiado. Tienen voluntad propia y merecen respeto. —La paciencia de Darren, aunque vasta, tenía sus límites. La insolencia de Jacob, al denigrar a Dorotea y a Freya, comenzaba a colmarla. —Trataré de pasar por alto vuestras palabras, pero si seguís insultando a mi prometida, insinuando que no es digna, no habrá lugar en el mundo para esconderse de mí. —Luego, su mirada se suavizó al posarse en Freya. —No niego que la Princesa Freya sea una gran belleza ni dudo de sus virtudes. Pero no permitiré que se insulte a ninguna de mis prometidas.

Al escuchar las palabras de Darren, Kriegsdrache experimentó un profundo orgullo. Saber que su hermana contaba con alguien como Darren para protegerla, y percibir la intensidad del amor que sentía por ella, le llenó de una satisfacción inusual. Por su parte, Dorotea no pudo evitar asombrarse ante la intensidad de las emociones que despertaban las palabras de Darren en su interior: una mezcla de gratitud, amor y una renovada determinación.

—¡Príncipe Jacob, ¿cómo te atreves?! —exclamó Dorotea, su voz temblorosa de indignación, pero con una fuerza que no dejaba lugar a dudas—. ¡No vuelva a acercarse a mí o dirigirme la palabra!

Freya y Astrid, con un suspiro, intentaron calmar a su hermano, pero la arrogancia de Jacob era inquebrantable. Fue Kriegsdrache, sin embargo, quien finalmente perdió la paciencia.

—¡Príncipe Jacob, ya es suficiente! —rugió Kriegsdrache con severidad, su voz resonando con la autoridad de un rey—. Si continúas con esta insolencia, se ordenará tu encierro en una celda hasta que recapacites.

Pero Jacob, cegado por su ira y su sentido de la superioridad, no cedió. Fue entonces cuando Dorotea, agotada por la arrogancia de su hermano, se aproximó con determinación. Con un movimiento cargado de furia contenida y una precisión sorprendente, le propinó una bofetada que resonó en la sala, obligándolo a retroceder, el impacto marcando en su mejilla.

—Entiéndalo de una vez: jamás he sido suya ni lo seré —afirmó Dorotea con una firmeza inquebrantable, sus ojos azules centelleando con una resolución férrea—. No quiero verlo nunca más en mi vida. Mi destino es mío, y mi elección es Darren.

Ante tales circunstancias, y con la tensión a punto de estallar, se decidió sacar a Jacob de la sala para poder hablar con mayor calma. Una vez que la puerta se cerró tras él, la Princesa Freya, con el rostro surcado por la angustia, explicó la situación de Drachenfels hasta donde ella sabía, detallando la devastación y la amenaza inminente de su enemigo. Después de escuchar la desgarradora situación, todos esperaban la respuesta de Darren. Pero Freya, incapaz de contener su desesperación, se arrodilló frente a él, tomando sus manos entre las suyas, sus ojos llenos de lágrimas suplicantes.

—Por favor, Conde Darren —rogó Freya, su voz apenas un susurro que imploraba piedad—, le ruego su ayuda. Nuestro reino está perdido sin su ayuda. —Y entre lágrimas, ella lanzó su mejor propuesta. — Si es necesario, me ofrezco como su prometida o consorte. Pero ayude a mi padre y al reino.

La súplica desesperada de Freya resonó en la sala, un eco de la tragedia que había consumido a Drachenfels. Darren, con una expresión grave, se inclinó para ayudarla a levantarse, sus ojos reflejando una profunda compasión. La doncella encapuchada, que hasta entonces había permanecido en las sombras, dio un paso adelante, su presencia imponente a pesar de su silencio. Kriegsdrache, con un suspiro, asintió, confirmando la magnitud de la amenaza.

—Lady Freya, como ya lo he dicho, usted es una bella dama y no dudo que no tenga pretendientes. Pero se ofrece sin amor. —Ante sus palabras, Freya se asombra. Incluso Astrid, Dorotea y Kriegsdrache le miraban expectantes. —No puedo aceptar su propuesta.

—No hay tiempo para disputas familiares —dijo Kriegsdrache, su voz teñida de una urgencia inusual—. El reino de Drachenfels no aguantó mucho. Se que no puedo pedir le nada, pero le ruego, solo por esta ocasión… Ayudenos.

Darren asintió, su mente ya procesando estrategias. —Entiendo la gravedad de la situación. —mirando a Freya. —Claro que ayudaré. Pero antes de que podamos planificar, hay un asunto pendiente que debe resolverse. —Su mirada se dirigió hacia la puerta por donde Jacob había sido retirado, y luego a Dorotea, quien le observaba con una determinación férrea.

—El Príncipe Jacob ha insultado a mi prometida —continuó Darren, su voz tranquila pero con un matiz de acero—. El príncipe Jacob no debe acercarse a su prometida.

De vuelta en el gran salón, donde el desayuno había sido interrumpido por la tensión, la atmósfera había cambiado. La humillación de Jacob había redefinido las dinámicas. Darren, con una presencia que irradiaba calma y determinación, se dirigió al Rey Damian, quien lo observaba con una mezcla de curiosidad y respeto.

—Majestad —comenzó Darren, su voz clara y resonante en el vasto espacio—, el reino de Drachenfels está siendo atacado por una fuerza formidable. La prometida del Rey Kriegsdrache, la Princesa Astrid, y su hermana, la Princesa Freya, han solicitado mi ayuda. Por lo tanto, yo partiré hacia Drachenfels para brindarles mi apoyo. La Princesa Dorotea me acompañará, ya que su hermano está directamente involucrado y ella tiene un vínculo inquebrantable con las princesas de Ulfhedinn.

Emery, Amelia y Lyra se pusieron de pie rápidamente, sus rostros reflejando una mezcla de preocupación y un deseo implícito de acompañarlo. Pero Darren, con una mirada suave pero firme, les indicó que no irían. La petición de ayuda había sido dirigida a él, y aunque la principal razón para llevar a Dorotea era su conexión familiar y su reciente demostración de fuerza, la verdad más profunda era que no quería exponer a Emery a un riesgo innecesario, especialmente en su estado. Su corazón no le permitiría dejarla sola, y esa misma preocupación se extendía a Amelia y Lyra, a quienes consideraba su familia.

Después de esta declaración pública, Darren se retiró a sus aposentos privados, donde sus amadas lo esperaban. La habitación, bañada por la suave luz de media mañana, se llenó de una intimidad agridulce. Se despidió de cada una, sus palabras cargadas de amor y confianza.

Se acercó primero a Emery, su esposa, y la tomó suavemente entre sus brazos. —Amada esposa, no hagas nada peligroso. Quiero que te cuides, por ti y por nuestro futuro. Aprovecha este tiempo para estudiar y practicar con Amelia. Ella es una maestra excepcional. Yo volveré, siempre vuelvo a ti. —Emery, con lágrimas en los ojos pero una sonrisa valiente, le pidió un último beso, uno que sellara su promesa de regreso. Darren la besó con una pasión que prometía un reencuentro, un beso que hablaba de un amor eterno y de la esperanza de volver a ella.

Luego, se despidió de Amelia, su mirada encontrándose con la profunda sabiduría de la maga. Le dio un beso tierno, un gesto de profunda conexión y respeto. —Amelia, te encargo a Emery. Confío plenamente en ti para protegerla y guiarla. Eres la única en quien confío para esta tarea. —Amelia asintió, su expresión seria, aceptando la responsabilidad con la misma lealtad con la que amaba a Darren.

Finalmente, se volvió hacia Lyra, la más joven de sus prometidas. —Lyra, debo irme. Te encargo a Emery también. Sé que eres fuerte y valiente. —La besó tiernamente en la frente, un gesto paternal y protector que la llenó de consuelo y la hizo sentir parte de algo más grande.

Cuando terminó sus despedidas, Dorotea lo esperaba en el pasillo, transformada. Darren le había mandado cambiarse a un atuendo que él mismo había creado, combinando funcionalidad y elegancia. Llevaba un vestido de terciopelo azul petróleo, un color profundo que realzaba el brillo de sus ojos. Sobre el vestido, una armadura ligera de color dorado con un acabado satinado, compuesta por un peto, hombreras, brazaletes y grebas, que le ofrecía protección sin restringir sus movimientos. En su cintura, una espada de hoja negra, forjada con la misma tecnología que la suya, descansaba en una vaina dorada con incrustaciones de zafiros, el color de sus ojos y el símbolo de su linaje.

Darren, por su parte, portaba una levita larga de un negro profundo, bordada con filigranas carmesí que evocaban la sangre y el fuego de la batalla. Igualmente, llevaba una espada de hoja negra brillante, una extensión de su propia voluntad, cuya vaina negra estaba incrustada con las piedras preciosas que representaban a sus amadas: una esmeralda por Emery, un diamante negro por Amelia, un ámbar por Lyra y un zafiro por Dorotea. Era un símbolo de su compromiso, un recordatorio de por quién luchaba.

Ya listos, se dirigieron al patio, donde Kriegsdrache los esperaba con impaciencia. Los demás, ya montados en sus dragones, solo aguardaban su llegada. Darren y Dorotea se montaron en un dragón, la Princesa Astrid se unió a Kriegsdrache, y con un rugido atronador, los majestuosos seres alados despegaron hacia el cielo nocturno. Dejaban atrás la paz y el lujo de Waltzovia, volando hacia el horizonte de fuego que representaba Drachenfels, hacia la inminente batalla contra el verdadero enemigo, con la promesa de un regreso y la esperanza de un futuro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo