La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 34
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Capítulo 34: Capítulo 34: El enemigo de mi enemigo
El cielo nocturno se había transformado en un lienzo de tonos índigo y púrpura, salpicado por las primeras estrellas titilantes, mientras los dragones surcaban las alturas con una majestuosidad imponente. A lomos de una de estas criaturas ancestrales, Dorotea asumió el papel de adiestradora, guiando a Darren en el arte de montar un dragón. Él, con una mezcla de asombro y una familiaridad innata con las alturas, viajaba abrazado a su cintura, sintiendo el calor de su cuerpo contra el suyo. Dorotea, ensoñada por la cercanía, apenas podía concentrarse en la tarea, su corazón latiendo al compás del poderoso vuelo. Darren, ajeno a la profundidad de su embeleso, no ayudaba mucho a disimular la intimidad; su rostro, tan cerca del de ella, hacía que sus mejillas se rozaran con cada movimiento del dragón, una chispa eléctrica encendiéndose entre ambos.
Aquella escena, evocando magia y romanticismo en la inmensidad del cielo, contrastaba bruscamente con el eco de aberración y celos que emanaba de un príncipe malhumorado. Jacob, en otro dragón, observaba la felicidad de su amada con un resentimiento que le carcomía el alma, un amor no correspondido transformado en una amarga obsesión. Su aislamiento no era solo físico, sino emocional, una sombra que se negaba a disiparse ante la luz de los demás.
En otro dragón, Kriegsdrache y Astrid también disfrutaban de su momento juntos. Astrid, sostenida firmemente por Kriegsdrache, sentía la seguridad de sus brazos y la promesa de un futuro compartido. El viento les acariciaba el rostro, y el rugido del dragón se convertía en una sinfonía de libertad. Para ellos, el viaje era un conmovedor interludio de paz antes de la tormenta que se avecinaba.
Por su parte, Freya y su acompañante misteriosa viajaban juntas. Freya, aunque sostenida, parecía molestarle la fuerza del aire que mandaba a volar su enorme trenza, un pequeño detalle que la anclaba a la realidad. De reojo, miraba a la feliz pareja de Darren y Dorotea, extrañada ante la emoción de estar con su amado. Luego, su mirada se posaba en Astrid, su hermana, y se preguntaba qué sería el amor y si ella sería merecedora de un sentimiento tan profundo. Se había asombrado tanto cuando Darren defendió a Dorotea, o cuando dijo que ella era hermosa. También, el momento en que la rechazó; un rechazo que, paradójicamente, la había cautivado. Al principio le dolió, pero después de escuchar sus palabras, la razón detrás de su negativa, su corazón latió fuerte y acelerado, una nueva emoción despertando en su interior.
El largo viaje a lomos de los dragones, que para Darren había sido una mezcla de asombro y diversión, llegó a su fin al mediodía. La majestuosidad del vuelo se desvaneció abruptamente al divisar las fronteras de Drachenfels. Lo que antes había sido un reino vibrante, ahora era un paisaje desolador. Columnas de humo negro se alzaban hacia el cielo, manchando el azul con presagios de muerte. El aire, antes fresco y puro, ahora traía consigo el acre olor a quemado, a madera calcinada y a la desesperación de un pueblo.
Al acercarse a la capital real, Wien, la vista era aún más desgarradora. La ciudad, que alguna vez fue un símbolo de la grandeza de Drachenfels, estaba severamente dañada. Las estructuras de casas y comercios eran ahora ruinas humeantes, esqueletos de lo que fueron. Una quietud sepulcral, un silencio antinatural, se cernía sobre el ambiente, roto solo por el lamento ocasional del viento. La sensación de la muerte, palpable y opresiva, ahondaba en cada rincón. Darren, observando el desastre, comprendió la magnitud del poder del enemigo. Si una sola entidad podía causar tal devastación, entonces se enfrentaría a un adversario formidable, una perspectiva que, a pesar de la tragedia, encendió una chispa de emoción en su interior: la emoción del desafío.
La devastación de las calles circundantes parecía detenerse ante la imponente presencia del castillo real, una maravilla arquitectónica que se alzaba como un desafío de piedra y cristal ante la devastación y el caos de los restos de la gran ciudad. La estructura era una sinfonía de niveles ascendentes que se elevaban en una progresión geométrica, culminando en una profusión de torreones cuyas cúpulas bulbosas, parecían fundirse con el azul infinito del firmamento.
Las fachadas eran la prueba de la habilidad artesanal de quien lo diseñó y de quien lo construyó. Cada muro estaba recubierto de mármol blanco veteado de plata, esculpido con relieves intrincados que narraban el nacimiento de su linaje. Los arcos de medio punto, de una simetría absoluta, enmarcaban ventanales que Darren solo había visto en catedrales, donde el vidrio soplado a mano capturaba la luz del mediodía y la fragmentaba en destellos irisados.
Lo más asombroso eran las balconadas y galerías exteriores. Estas estructuras parecían flotar en el aire, sostenidas por contrafuertes que imitaban la delicadeza de la filigrana. Desde la distancia, daban la impresión de ser encajes de hielo petrificado.
El castillo ahora era una fortaleza, la última pieza en pie de Drachenfels. Sus puertas principales, de madera de roble blanco reforzada con bandas de oro, estaban flanqueadas por estatuas de dragones en posición de guardia, cuyas escamas de obsidiana brillaban con una intensidad inquietante. A pesar de las cicatrices de la guerra que manchaban sus muros inferiores, la parte superior del castillo permanecía intacta, un faro de elegancia y poder que se negaba a sucumbir ante la sombra del enemigo.
Los dragones descendieron al final de la gran escalera principal hacia el palacio. Apenas tocaron tierra cuando un capitán de la guardia, con el rostro cubierto de hollín y la armadura abollada, se acercó apresuradamente. Reconoció el dragón de la Princesa Freya y, con una mezcla de alivio y reproche, comenzó a reprenderlos por su regreso. Su voz se ahogó al ver al Rey Kriegsdrache y a las princesas Astrid, Freya y Dorotea. Sus ojos se posaron entonces en Darren, un desconocido para él, y luego en la doncella encapuchada, a quien recriminó por haber permitido su regreso. La doncella, sin embargo, solo recibió el regaño en silencio, inmutable.
Fue entonces cuando Darren intervino, su voz firme y resonante. —¡Aguarde! No puede regañarla por eso. Ella solo cumple las órdenes que le dan. —Su tono no admitía réplica, y el capitán, sorprendido por la interrupción, se volvió hacia él con una mirada de juicio.
—¿Quién es usted? —preguntó el capitán, su voz cargada de autoridad, antes de dirigir su mirada interrogante al Rey Kriegsdrache.
—Es el Conde Darren Vor Königssee, de Waltzovia —exclamó Kriegsdrache, su voz teñida de un orgullo evidente, presentándolo con la solemnidad que su rango merecía.
En ese momento, más personas se acercaron, entre ellas el Rey Máximo de Drachenfels, un hombre cuya figura antes imponente ahora parecía encorvada por el peso de la tragedia. Se sorprendió al ver a sus hijos, y una tenue esperanza se encendió en sus ojos al percatarse de la presencia del Rey Kriegsdrache. Quizás, pensó, con la ayuda de Ulfhedinn, podrían hacer frente al enemigo. Le preguntó a Kriegsdrache por su ejército, pero la respuesta fue un golpe devastador: sólo habían venido ellos. El desánimo se apoderó del Rey Máximo, su esperanza desvaneciéndose tan rápido como había surgido.
Kriegsdrache, percibiendo la desesperación de su padre, intervino rápidamente. —Majestad, aunque venimos solos, con nosotros viaja un guerrero de un poder inmenso. Es el Conde Darren, capaz de derrotar por sí solo a un regimiento de más de cinco mil soldados. —La revelación sorprendió a todos los presentes. Incluso Dorotea, que había presenciado el poder de Darren en combate, no sabía que él había sido quien derrotó al primer ejército de su hermano Otto.
Sin embargo, el Rey Máximo, aunque Kriegsdrache aseguraba su poder, no podía creerlo del todo. A esto se sumó el Príncipe Jacob, quien, fiel a su naturaleza, se apresuró a expresar su escepticismo y su adversión hacia Darren. Pero nuevamente, las Princesas Astrid, Freya y Dorotea intervinieron, cortando el teatro de Jacob. Dorotea, con una voz clara y firme, relató al Rey Máximo lo sucedido en Waltzovia, la humillación de Jacob y la demostración de poder de Darren. Ante aquella situación, el Rey Máximo, fundido en la vergüenza provocada por la actitud de su hijo, pidió disculpas a la Princesa Dorotea y al Conde Darren, un gesto que, aunque tardío, era un reconocimiento de la verdad.
Posteriormente, en un improvisado consejo de guerra, se brindó a Darren toda la información referente a la situación. Los ataques del enemigo eran brutales y precisos. Se trataba de solo dos individuos, pero su eficacia era aterradora. Uno de ellos utilizaba un arco como arma, mientras que el otro empuñaba una daga, una combinación letal que había sembrado el terror en Drachenfels. La magnitud del desafío se hizo evidente, y Darren, con una mirada de acero, se preparó para hacer frente a sus enemigos.
Mientras la desesperación se cernía sobre Drachenfels, a kilómetros de la capital, dos figuras encapuchadas se movían con una eficiencia inquietante. Una de ellas, ataviada con una túnica blanca que aunque imperceptible para personas comunes, en aquella región volcánica solo se notaba a una corta distancia. Frente a una fogata improvisada, en la tenía un tipo de pez de la región asándose lentamente, su aroma ahumado contrastando con la desolación del paisaje. En su mano, sostenía otro, ya casi consumido, mientras un arco dorado, descansaba a su lado. La otra figura, cuya túnica oscura ocultaba su forma, apareció de la nada, con una daga dorada brillando sutilmente en su cintura. Traía consigo más presas, pero ninguna palabra se intercambió entre ellos; sólo una comprensión silenciosa, una camaradería forjada en la sombra y la violencia.
De vuelta en el palacio de Wien, la cocina se había transformado en un bullicioso laboratorio culinario. Una sinfonía de sartenes chisporroteaba sobre el fuego, liberando aromas exquisitos y reconfortantes. Chop Suey de ave, pasta de queso, carne mongoliana, bistec con pico de gallo; en el comal, tortillas se cocina para preparar tacos, mientras el guacamole y una variedad de salsas picantes esperaban su turno. Al servir la opulenta cena en la gran mesa, un coro de vítores y exclamaciones de asombro llenó el comedor. Incluso el Rey Máximo, a pesar de la tragedia que asolaba su reino, logró relajarse y disfrutar de la comida, un breve respiro de la angustia. Aunque su orgullo mancillado no le permitió reconocerlo, Jacob también disfruto de la mezcla de sabores que probaba en cada bocado.
Después de aquel momento de relajación, Dorotea se acercó a Darren, su mirada buscando la suya. —Darren, ¿podemos hablar? —preguntó, una mezcla de timidez y anhelo en su voz. Él, aunque intrigado por el tema de conversación, asintió. Se dirigieron al balcón, donde la brisa nocturna acariciaba sus rostros. Dorotea, con una sinceridad que le desarmó, le confesó: —Desde que nos comprometimos, no hemos tenido la oportunidad de estar solos. Por eso, me emocioné tanto cuando dijiste que solo tú y yo vendríamos.
Darren sonrió, un gesto tierno que iluminó la oscuridad de la noche. —Es grato poder disfrutar de este momento contigo, Dorotea. —Ante sus palabras, ella se giró, dándole la espalda, su corazón latiendo con fuerza. Pero Darren se acercó, rodeándola con sus brazos, atrayéndola hacia él. El calor de su cuerpo, la suavidad de su cabello contra su mejilla, era un bálsamo en medio de la tormenta que se avecinaba. Ambos pasaron el resto de la tarde juntos. Siendo esa su recompensa ante lo que está por venir.
Sin embargo, la paz era efímera. Más tarde, antes de que la noche cayera por completo, una de las figuras encapuchadas apareció en las afueras de la capital. En su mano derecha, el arco dorado vibraba con una energía inusual. El arma reaccionó de forma extraña, una sensación de otra arma divina en las proximidades. El arquero, con una habilidad sobrenatural, escudriñó la distancia, buscando su objetivo. El arco le indicó que su objetivo estaba en la misma dirección que la ciudad frente a él. Con una determinación fría, lanzó una flecha a una velocidad y alcance asombrosos, un proyectil de muerte que surcó el crepúsculo.
Darren, que acababa de separarse de Dorotea y se dirigía a la gran escalera, aquella por donde habían aterrizado al llegar, sintió una punzada de alarma. Sus núcleos, sus sentidos mejorados, le avisaban de la proximidad de un arma divina y de otra a la distancia. A paso presuroso, observando la situación mientras avanzaba, logró ver a lo lejos, muy lejos de allí, un brillo de luz blanca y dorada. En cuanto se acercó a la escalera, un escudo sin esencia física, una barrera de energía pura, apareció frente a él, justo a tiempo. Una flecha explosiva impactó contra el escudo, desatando una deflagración que destrozó la zona. Solo un enorme vacío quedó entre Darren y lo que restaba de la gran escalera, un abismo humeante.
El potente arco había lanzado una flecha capaz de recorrer kilómetros, una hazaña que ni el arco moderno más avanzado lograría hacerlo. Darren, sin perder un instante, invocó su propia creación: el arco DGX, el más potente de su mundo, reforzado con magia para un alcance, fuerza y velocidad sin precedentes. Preparó una flecha, imbuida de potencia, ligereza y un hechizo devastador. Al soltarla, la flecha rompió la barrera del sonido a su paso, su velocidad similar o incluso mayor a la del proyectil enemigo. Su objetivo, carente de la potente defensa que él poseía, lanzó una flecha cuando la suya estaba a punto de impactar. Ambas chocaron en el aire, creando una explosión colosal, como si de una bomba nuclear se tratara, elevándose por los aires la silueta de un hongo.
Ambos arqueros, a pesar de la distancia, sintieron el impacto de la explosión y la gran habilidad del adversario para haber logrado aquella hazaña. A tan corta distancia, lanzar una flecha con la potencia suficiente para anular la del otro era un testimonio de un poder inmenso. Pero Darren no tuvo tiempo de seguir contemplando aquella escena. Un ejército de espectros, figuras translúcidas y amenazantes, intentaba cruzar el enorme hueco entre las escaleras. Darren no podía permitir su avance; significaría el fin para todos los refugiados dentro del castillo, el último bastión de aquella nación, la última esperanza para la gente.
Decidió lanzarse al vacío, cruzando al otro lado con una agilidad asombrosa, golpeando a varios espectros en el aire que intentaban llegar a su posición. Al caer casi en el filo de los restos de las escaleras, los demás espectros retrocedieron momentáneamente. Darren pudo verlos mejor: eran el cascajo de lo que una vez fueron caballeros, guerreros de antaño, armados con espadas, lanzas, hachas y mazos. Se lanzaron contra él en una marea imparable. Darren evocó la escena de una película de su mundo, un combate en un puente donde miles de orcos intentaban pasar para entrar en una ciudadela. Solo que ahí eran tres, y él, estaba solo. Aun así, no necesitaba más. Rápidos embistes y tajos con una precisión extrema, eliminando a cada espectro que se interponía en su camino. Para acelerar su avance, mezcló magia con ataques físicos, desatando hechizos de área que desintegraron a muchos más.
En la lejanía, el poseedor del arco divino había sido lanzado por el impacto de la explosión, a kilómetros de distancia, dejándolo fuera de combate por un largo tiempo. Esto le dio a Darren la oportunidad de concentrarse en los enemigos frente a él. Mientras, detrás de él, el ejército de Drachenfels observaba la escena, incrédulos. A ellos les costaba mantener un combate de diez hombres contra un solo espectro, y Darren estaba acabando con miles sin dificultad aparente. Dorotea, Kriegsdrache, Jacob, Astrid y Freya, observaban atónitos. Se sentían excluidos del combate, pues el enorme hueco de las escaleras les impedía ayudar a Darren. Dorotea, con una determinación feroz, se dirigió deprisa hacia donde estaban los dragones, seguida por su hermano, Kriegsdrache. Los otros tres hermanos, príncipes de Drachenfels, observaban la masacre, comprendiendo que lo dicho por el Rey Kriegsdrache momentos antes era, en efecto, la verdad.
Darren ya había eliminado a miles de aquellos espectros, pero seguían apareciendo más y más. Aun así, había logrado avanzar, encontrándose al inicio de las enormes escaleras. Concentrando devastadores hechizos de destrucción de largo alcance, disparó un potente haz de luz que desintegró a miles de espectros frente a él, abriendo un camino de aniquilación.
Al ver que sus espectros no podían acabar con su enemigo, el poseedor de la daga divina hizo acto de presencia. Un encapuchado de túnica blanca se postró frente a Darren, a unos cien metros de distancia. Ambos se contemplaron, analizando los puntos débiles del otro. Darren observó el arma en su mano: una daga. A una orden del encapuchado, los espectros se lanzaron al ataque. El poseedor de la daga, utilizando un manto de sigilo, desapareció. Darren arremetió contra los espectros. Al sentir la proximidad de la daga divina, Darren lanzó un hechizo de devastación de rango amplio. Pinchos de hielo se elevaron desde el suelo hacia el cielo, contrastando su tono azul helado con los tonos del ocaso que se percibían al ponerse el sol, creando una barrera gélida que buscaba atrapar al asesino invisible.
El asesino, con su capacidad de agilidad sobrenatural, se encontró de pronto acorralado por la furia gélida de Darren. Las estacas de hielo, invocadas con un chasquido de dedos, se erguían por doquier alrededor de él, buscando atraparlo en una prisión cristalina. Pero el encapuchado no era un oponente común; con movimientos fluidos y casi imposibles, eludió cada punta afilada, su figura danzando entre la muerte helada. Para ganar tiempo y desviar la atención de Darren, el asesino invocó a sus hordas de espectros, una marea sombría que se abalanzó sobre él.
Fue en ese instante crítico cuando el cielo se abrió, no para una lluvia de estrellas, sino para el descenso majestuoso de un dragón. Kriegsdrache y Dorotea, montados en la bestia alada, se lanzaron a la refriega. Sus armas, forjadas con la magia de creación de Darren y reforzadas con incremento de atributos que benefician la resistencia y ataque de las espadas, brillaron con una luz propia al impactar contra los espectros. La espada de Dorotea, cortaba las formas etéreas con una facilidad asombrosa, mientras que Kriegsdrache, con su habilidad tácita cortando a los no-muertos con cada golpe. La eficacia de las armas mágicas de Darren era innegable; por primera vez, los incansables espectros encontraban una resistencia real.
Darren, liberado momentáneamente de la presión de los espectros, se aproximó rápidamente a la zona donde el asesino se había ocultado. Con un incremento silencioso de sus atributos físicos, se lanza a una velocidad asombrosa, directo al ataque, su espada chocando contra la daga dorada del encapuchado. Chispas ante el choque del acero resonaron en el aire, un ballet mortal de dos guerreros divinos. El asesino, con una destreza formidable, paraba y contraatacaba, sus movimientos tan rápidos que apenas eran un borrón. Justo cuando parecía que asestaría un ataque definitivo en contra de Darren, parecía su fin. Pero el escudo de Wiraqucha se activó, una barrera invisible de energía, lanzando al asesino con una fuerza brutal contra un muro, vestigio de lo que fue un hogar.
Darren, al ver a su oponente inmovilizado y en el suelo, no dudó. Esta era su oportunidad. Se abalanzó hacia él, su mente procesando la situación. Sabía que se enfrentaba a dos armas divinas, cada una dominada por un experto, a diferencia de sus anteriores oponentes. La dificultad era inmensa, pero su determinación, inquebrantable. Estaba a poca distancia del poseedor de la daga, dispuesto a asestar un golpe crítico. Se lanzó en su dirección, su espada lista para la estocada, pero a escasos metros, una flecha se interpuso en su camino. A duras penas pudo esquivarla, pero la explosión que provocó al chocar contra un muro lo lanzó con una potencia brutal, atravesando varios muros y dejándolo momentáneamente aturdido.
El arquero había vuelto. Darren lo visualizó a la distancia, una silueta ominosa en el horizonte. Se incorporó, atacando rápidamente a los espectros que se habían arremolinado en su proximidad, eliminandolos con tajos precisos. La presencia de ambos enemigos, coordinados y letales, ponía a Darren en una situación de extrema dificultad. Tanto el asesino como el arquero se vieron obligados a redoblar sus esfuerzos para resistir el combate.
El asesino, al verse superado por la presión de Darren, optó por un enfrentamiento directo. El combate se desarrolló a una velocidad vertiginosa, un torbellino de acero y magia. Aunque a Darren le costaba leer los movimientos rápidos de su oponente, su habilidad con la espada, le permitía predecir los ataques. El portador de la daga se vio sobrepasado en ataque y habilidad; por más espectros que convocará, Darren lograba acabar con ellos con hechizos de devastación que barrían el campo de batalla.
El arquero, sin un ángulo claro para atacar directamente a Darren, cambió de táctica. Comenzó a realizar ataques al aire con amplificación de rango, una técnica devastadora. Lanzó varias flechas al cielo que, al alcanzar su apogeo, crearon un halo dorado y, acto seguido, de cada uno cayeron como una lluvia de muerte sobre toda la zona. Miles de flechas luminosas, imbuidas de energía explosiva, se precipitaron hacia el suelo. Darren, al percibir la magnitud del ataque, se apresuró y se dirigió a donde estaban Dorotea y Kriegsdrache, quienes, absortos en su lucha contra los espectros, no habían notado la inminente catástrofe. Con un grito de advertencia y un despliegue de su escudo divino, los salvó del terrible final que les aguardaba, creando una barrera de energía justo a tiempo.
Fue así como el asesino aprovechó la distracción para retirarse, su figura desvaneciéndose en las sombras. El arquero, al ver a su compañero en retirada, también se desvaneció, dejando tras de sí solo el silencio. Un silencio que, roto únicamente por el crepitar de las llamas distantes, era más ensordecedor que cualquier batalla. Dorotea y Kriegsdrache, aún aturdidos por la lluvia de flechas y la intervención de Darren, se volvieron hacia él, sus ojos llenos de gratitud y asombro.
—Gracias, querido prometido—dijo Dorotea, su voz apenas un susurro—. Nos has salvado.
Kriegsdrache asintió, su expresión grave. —Vuestro poder es… incomprensible. Pero vuestra ayuda es invaluable. Gracias, Darren.
La batalla había terminado, dejando tras de sí un rastro de destrucción y el eco de una victoria agridulce. Darren había combatido contra dos poseedores de armas divinas, una experiencia que superaba con creces cualquier enfrentamiento anterior. La diferencia en habilidades y el desenvolvimiento táctico de sus oponentes habían sido cruciales, elevando la dificultad a un nivel que rara vez había experimentado. No era una victoria total, sino una contención, un respiro ganado con gran esfuerzo.
Al regresar al palacio, el ejército de Drachenfels, que había presenciado la proeza de Darren desde la distancia, estalló en vítores. Aclamaron a Darren, a Kriegsdrache y a Dorotea, quienes habían luchado codo a codo. Los príncipes de Drachenfels presentes, testigos del desarrollo de la batalla, comprendieron la magnitud de las habilidades de Darren, así como la inestimable ayuda que los hermanos Dietrich habían brindado al llegar en el momento preciso. Astrid, con el corazón desbordante de alivio, corrió hacia su prometido, quien la recibió con los brazos abiertos en un abrazo que prometía seguridad y consuelo.
Dorotea, al ver la escena, sintió una punzada de celos. Había combatido junto a Darren, sus espadas danzando en una coreografía mortal, pero ahora no podía hacer lo mismo que Astrid, no podía lanzarse a los brazos de su amado frente a todos. En ese instante, sintió una mano cálida tomar la suya. Al mirar, sus ojos se encontraron con los de Darren, y un rubor se extendió por sus mejillas. Él le sonrió, una sonrisa que prometía que habría tiempo para ellos, y ella le devolvió la mirada, su corazón calmándose al instante.
Para Jacob, aquello había sido un golpe devastador para su orgullo ya mancillado. Sus esperanzas, hechas trizas, le desgarraban por dentro. Si Darren había podido combatir en igualdad contra dos seres tan poderosos, como aquellos que habían destrozado su castillo, su ciudad, su reino, entonces Darren era un enemigo de temer, un poder que no podía ignorar ni subestimar. Su desprecio se transformó en una mezcla de miedo y un respeto a regañadientes.
En el caso de Freya, miraba a Darren con el corazón en un puño, latiéndole a mil por hora. Quería correr hacia él, abrazarlo, curar sus heridas. Armándose de valor, se aproximó y ofreció sus servicios de curación. Aunque Darren le comentó que no había problema, Freya insistió con una dulzura que no admitía negativa. Mientras ella lo curaba, Dorotea la observaba, sorprendida ante las reacciones de la pequeña princesa. Pequeña, solo en estatura, ya que Freya solo era un año mayor que ella, pero su inocencia y su devoción eran palpables.
El Rey Máximo se aproximó al grupo, su figura encorvada por la tragedia, pero con una nueva chispa de esperanza en sus ojos. —Conde Darren, Princesa Dorotea y Rey Kriegsdrache —dijo, su voz cargada de una sinceridad que no había mostrado antes—, os pido disculpas por haber subestimado vuestra ayuda. Ahora entiendo que el Conde Darren es más poderoso que cualquier ejército. —Agradeció su ayuda con una reverencia, un gesto de humildad que sorprendió a muchos. El rey, al ver a su hija Freya sanando las heridas de Darren, comenzó a idear un plan para forjar una alianza inquebrantable con aquel hombre. No podía permitirse perder aquella oportunidad. Comprendió por qué Kriegsdrache había comprometido a su hermana con un hombre así. Su determinación se solidificó aún más al ver cómo el puente, antes destruido, había sido reparado de la nada, como si nunca hubiese sido dañado, una muestra del poder casi divino de Darren.
El rey invitó a todos a descansar y anunció un gran banquete para agradecer la ayuda brindada. Después de que Freya terminó de sanar a los heridos, fue convocada por su padre. En la intimidad de sus aposentos, el Rey Máximo habló con su hija sobre su futuro, sembrando la semilla de una nueva alianza. Más tarde, el Rey Máximo mandó llamar a Darren para tomar el té y hablar de ciertos temas a futuro. La conversación, aparentemente informal, se centró en la restauración de la capital real y las demás ciudades y poblados. Darren, con su mente práctica, habló con el rey sobre los costos y recompensas, algo que el monarca ya esperaba. La aparente ingenuidad de Darren al caer en su “trampa” le cayó como anillo al dedo.
—Conde Darren —mencionó el rey, su voz suave pero firme—, como usted ve, no solo la ciudad de la capital real ha sido dañada. Necesitaremos restaurar todas las demás ciudades y poblados. Por lo que no tenemos mucho capital para brindarle lo que se merece.
En ese momento, Freya entró, trayendo una bandeja con repostería. Revisó la taza de té de Darren y le sirvió un poco más, su delicadeza y atención no pasaron desapercibidas. Darren notó lo hacendosa que era la princesa, y una sonrisa se dibujó en sus labios. En un instante, sus miradas se cruzaron, y Darren pudo notar la tierna e inocente belleza de Freya. Un rubor se mostró en el rostro de ella, pero sus ojos permanecieron fijos en los de Darren, una conexión silenciosa que el rey no tardó en percibir.
—Es muy bella, ¿cierto? —comentó el Rey Máximo, haciendo que Freya se ruborizará aún más. —Mi hija ya tuvo su presentación ante la sociedad, pero no fue anunciado ningún compromiso… —prosiguió el rey, su mirada fija en Darren, quien asintió, comprendiendo la dirección de la conversación. —¿Qué le parece, si se compromete con mi hija, la Princesa Freya?
Darren se quedó perplejo ante la repentina propuesta. Sintió que había caído en la boca del lobo. ¿Cómo podría rechazar la propuesta de un rey sin ofenderlo? Recordó lo que ya le había dicho a la princesa en Waltzovia, cuando ella misma se ofreció en compromiso para apaciguar su ira. —Majestad —comentó Darren, tratando de salir de aquella situación con diplomacia—, la belleza de su hija brilla como una estrella en el firmamento. Humilla a la flor más bella, e incluso palidezco ante su presencia. —Su mente corría a mil por hora, pensando en Emery y en cómo reaccionaría ante una nueva prometida. —En Waltzovia, le había dicho a su hija, ante su propuesta para perdonar a su hermano, que no era necesario el comprometerse, ya que él prefería un compromiso en el que debe tener presencia el sentimiento de amor… —Antes de poder seguir hablando, Darren fue interrumpido por el monarca.
—Estoy al tanto de ello, Conde Darren, y respeto su forma de pensar. Pero… —El rey hizo una pausa dramática, mirando hacia su hija y estirando la mano. Freya se acercó a su padre y sostuvo su mano, sus ojos llenos de una esperanza silenciosa. —En ese momento, ella no sentía nada por usted. Pero dadas las circunstancias, ella no solo está embelesada por usted, sino que ha robado su corazón. Y en su estado, ya no puedo ofrecerla a otro candidato, pues deseo lo mejor para ella.
Las palabras del rey se clavaban en Darren. Se rió por dentro ante el hecho de que había caído en una trampa tan bien orquestada. Su única y mejor carta, que Freya no sintiera nada, había sido desmantelada. Pero él lo había notado. En aquel momento en que lo estaba sanando, sintió cómo ella le evadía la mirada y se sonrojaba. Y hacía un momento, cuando ambos cruzaron sus miradas, pudo confirmar el amor que sentía por él. Era un amor puro, inocente, y no podía ignorarlo.
—¿Qué opinas, hija mía? —preguntó el monarca, dirigiéndose a Freya, quien se alejó de su padre, dando unos pasos hasta colocarse frente a Darren. Hizo una reverencia, mostrando su educación y su porte, su corazón latiendo con fuerza.
—Estaría encantada de ser su esposa, mi señor —dijo finalmente Freya, su voz un susurro apenas audible, pero cargado de una sinceridad abrumadora. Sostenía una hermosa sonrisa, sintiendo una enorme presión al no querer lastimar el corazón de Darren, pero también una inmensa alegría por la oportunidad.
Mientras tanto, en una sala contigua, Kriegsdrache y Astrid convivían juntos. Ella se había sentido muy preocupada, ya que los soldados habían mencionado lo difícil que había sido luchar contra esos espectros. Por lo que ella le brindaba mimos y cariños, aliviando la tensión de la batalla. Cuando la puerta se abrió de pronto, ambos se sobresaltaron, pero más Astrid, quien se acomodó rápidamente en el sofá, intentando disimular su intimidad.
Se trataba de Dorotea, quien estaba en busca de Darren. Quería pasar momentos con él antes de que llegara la hora del banquete. Astrid le comentó que había escuchado que Darren se encontraba hablando con su padre, el Rey Máximo. Aunque a Dorotea no le pareció extraño aquello, pues seguramente estarían negociando la bonificación por la ayuda recibida, una pequeña punzada de inquietud se instaló en su pecho. El banquete de victoria se avecinaba, y con él, la promesa de un anuncio que cambiaría el destino de muchos.
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