La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 35
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- Capítulo 35 - 35 Capítulo 35 El destino de un reino
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35: Capítulo 35: El destino de un reino 35: Capítulo 35: El destino de un reino Después de la intensa conversación con el Rey Máximo, Darren se dirigió a su habitación, sus pasos resonando en los silencios pasillos del palacio.
Su mente, un torbellino de pensamientos, repasaba los acontecimientos recientes.
La situación se había precipitado de una manera que nunca imaginó.
Se sentía culpable, o al menos así lo creía, por la creciente lista de prometidas.
¿Cómo había llegado a tener cinco?
Era una consecuencia directa de su deseo de no lastimar a nadie, de su incapacidad para rechazar la sinceridad de los corazones que se le ofrecían.
¿Cómo podría seguir así, equilibrando tantos afectos sin romper ninguno?
Desde el vitral de su habitación, observó cómo un explorador montado en un dragón regresaba al castillo.
La visión lo sacó de su ensimismamiento.
Se dirigió rápidamente al patio, donde los soldados, ahora llenos de un respeto que antes le habían negado, lo saludaron con reverencias.
Le informaron que no había rastro del enemigo, pero la ausencia de actividad no convencía a Darren.
El capitán de la guardia le explicó que, antes, cualquier explorador enviado era eliminado por el arquero enemigo sin piedad.
Aun así, Darren insistió en salir a dar una vuelta, confiando en su capacidad para sentir la presencia de las armas divinas.
Le alistaron un dragón, una majestuosa bestia de escamas iridiscentes.
Darren estaba a punto de despegar cuando una voz familiar gritó su nombre.
Al buscar con la mirada, encontró a quien creyó era quien le llamaba: Freya, observándolo desde una ventana, su rostro una mezcla de preocupación y una curiosidad apenas contenida.
Sus ojos se encontraron, y por un instante, Darren se perdió en la profundidad de su mirada, absorto en los pensamientos que ella le provocaba.
Pero la voz volvió a llamarlo, trayéndolo de regreso a la realidad.
Era Dorotea, que llegaba corriendo, su atuendo de combate aún puesto, pero con una sonrisa radiante.
Al estar cerca, se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja, un gesto coqueto que no pasó desapercibido.
—Te he estado buscando —comentó Dorotea, su voz cargada de una emoción apenas contenida—.
¿Vas a explorar?
¿Puedo acompañarte?
—Claro —respondió Darren, esbozando una sonrisa y tendiéndole la mano para ayudarla a subir al dragón.
En cuanto Dorotea se sentó delante de Darren, se recostó en él, sus cuerpos uniéndose en una cercanía que encendió una chispa.
Ambos sintieron el calor del otro, una conexión palpable.
A la orden de Darren, el dragón despegó, elevándose con gracia hacia el cielo crepuscular.
El dragón avanzaba rápido, y Darren recostó su rostro en el hombro de Dorotea, muy cerca de su mejilla.
Él no podía verla, pero ella tenía el rostro totalmente sonrojado, su corazón latiendo con fuerza.
Con las riendas bien sujetas, Darren cruzó los brazos en un abrazo protector, y ella, en un arrebato de ternura, lo besó en la mejilla.
Pero eso no fue suficiente.
Recordando la escena en la que había sorprendido a Kriegsdrache y Astrid en un beso apasionado, con ella sentada en sus piernas, Dorotea se giró ligeramente, buscando más.
El dragón volaba bajo, pero con un vuelo firme y constante, sobrevolando las tierras devastadas.
Dorotea se giró por completo, cruzando su pierna hacia un lado para poder ver a su amado de frente.
En esa postura íntima, entendiendo el mensaje silencioso, Darren se agachó y, sin soltar las riendas, la tomó en brazos.
Sus labios se encontraron en un beso tierno y eterno, donde sus almas se fundieron en la inmensidad del cielo.
Era un momento robado al caos, una burbuja de romanticismo en medio de la guerra.
Y Darren, entendiendo el mensaje silencioso, la besó con una pasión que prometía el mundo.
Cuando regresaron, Dorotea estaba radiante de felicidad.
Había pasado un tiempo precioso a solas con su amado, y no solo eso, también la había besado.
Algo que se quedó grabado no solo en su mente, sino también en su corazón y en su alma.
Al verla, Kriegsdrache no entendía por qué su hermana actuaba así, tan embelesada.
Mientras que Astrid, con una sonrisa cómplice, se acercó para preguntarle por los detalles de su “cita”, algo que emocionó a Dorotea, al sentir el interés de su casi cuñada por lo que estaba viviendo y sintiendo.
Darren, nuevamente solo, caminaba por los pasillos, dirigiéndose hacia donde momentos antes Freya lo había estado observando desde aquella ventana.
Al llegar allí, ella ya no estaba.
Eso ya lo sabía, pero quería asegurarse.
Caminó un poco más, cuando escuchó un leve sonido.
Reconoció aquella voz, fina y suave, casi inaudible.
Al darse vuelta, la mira.
Ella, a diferencia de cuando hablaron con su padre, lucía un hermoso vestido que se despliega como una flor en pleno amanecer, donde la opulencia se rinde ante la suavidad de los tonos empolvados.
Es una prenda que parece tejida con pétalos y luz de mañana, diseñada para una presencia que irradia calidez y elegancia juvenil.
El torso está ceñido por un terciopelo en rosa viejo profundo.
La falda es un prodigio de volumen y contraste.
Alterna paneles verticales de seda salvaje en tono champagne con secciones de tul rosa pastel.
—Señor mío —murmuró Freya, su voz temblorosa.
—Hola, Lady Freya —dijo Darren, mirándola a los ojos, su corazón sintiendo una punzada de ternura.
Freya, sintiendo su mirada, bajó el rostro, su corazón latiendo tan fuerte que pensó que Darren podía escucharlo.
Era un sonido ensordecedor que casi la hace desmayar.
De no ser porque Darren se acercó a ella y se arrodilló.
La luz de la luna se filtraba por la ventana, iluminando zonas de aquel pasillo apenas alumbrado por las escasas lámparas de aceite.
En ese momento, de la palma de su mano, Darren creó una pequeña caja de peroba rosada.
Luego, levantó su mano, mostrando la caja y abriéndola, revelando una sortija de oro con un bello diamante rosa en su interior.
—Princesa Freya —comenzó Darren, su voz resonando con una calidez que silenció hasta el último susurro—.
El mundo que nos rodea a menudo se construye sobre cimientos de piedra, tratados y alianzas.
Es cierto que nuestra unión nace en un momento de necesidad, como un puente tendido entre dos naciones que buscan proteger lo que aman.
Muchos dirán que este compromiso es una estrategia, un acuerdo político-económico para reconstruir lo que el fuego intentó devorar.
Darren hizo una pausa, sus ojos encontrándose con los de Freya, que brillaban con una mezcla de temor y esperanza.
—Pero quiero que sepas, Freya, que para mí no eres una moneda de cambio, ni un peón en un tablero de reyes.
He visto tu valentía al sanar a los heridos, he sentido la pureza de tu corazón cuando suplicaste por tu pueblo, y he sido testigo de la luz que emanas, una luz que incluso las sombras más densas no pueden apagar.
—No puedo prometerte un camino libre de tormentas, pues el enemigo aún acecha en el horizonte.
Pero puedo prometerte esto: aunque nuestra alianza haya comenzado por deber, mi compromiso contigo nace de mi voluntad de verte sonreír.
Deseo ser el escudo que proteja tu inocencia y el compañero que camine a tu lado, no por obligación, sino porque tu felicidad se ha vuelto una prioridad en mi vida.
Freya llevó sus manos a sus labios, sus ojos empañados por lágrimas de una alegría abrumadora.
El rubor en sus mejillas era más intenso que nunca, pero esta vez no era de vergüenza, sino de un amor que finalmente encontraba un lugar donde anclar.
—Princesa Freya Enid von Drachenfels —concluyó Darren, su mirada firme y llena de una ternura sincera—, ¿me harías el honor de permitirme ser quien cuide de tu corazón?
¿Aceptarías ser mi prometida y, en el futuro, mi esposa, no por el bien de un reino, sino porque yo deseo hacerte la mujer más feliz de este mundo?
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el latido acelerado del corazón de Freya, quien, con una sonrisa que iluminó todo el salón, extendió su mano hacia Darren.
Él la tomó y colocó el anillo en su dedo, sellando no solo un compromiso, sino una promesa de vida.
Ese momento, único para ellos, fue interrumpido por un guardia que los había estado buscando.
El banquete estaba a punto de comenzar, y ambos eran requeridos para asistir, llevando consigo la promesa del corazón uno del otro.
Ambos entran en el gran salón, con Freya sosteniendo su brazo.
Aquella entrada llamó la atención de los nobles presentes.
Siendo el más afectado, Jacob.
Quien miraba a su hermana, ahora mostraba la misma felicidad que había visto en Dorotea.
Lleno de coraje y preocupación.
En el salón, Dorotea, Astrid y Kriegsdrache, ya se encontraban en el gran salón sentados en el comedor.
Sus lugares estaban en la mesa central donde ambos monarcas, el Rey Maximo y el Rey Kriegsdrache, estaban sentados.
Entre ellos, había dos lugares vacíos.
Dorotea no lo había pensado en un principio, pero ahora era de su comprensión.
Al ver entrar a Darren junto a Freya, sabía que aquel banquete, no era solo para festejar por la victoria de aquella batalla.
Sino para anunciar un compromiso.
Darren sintió la mirada de Dorotea.
Sintiendo que no había pasado mucho desde su compromiso con ella.
Y ha de sentirse desplazada.
Aunque Dorotea más que sentirse así, estaba molesta.
Diciendose a sí mismo que no debió haberlo descuidado en cuanto regresaron de la exploración.
Darren y Freya, atraviesan el gran salón y toman asiento en sus lugares.
El rey, antes que nada, se levanta y ante todos los presentes en el comedor, anuncia el compromiso entre su hija, Freya y el gran héroe, Darren.
Haciendo hincapié en su título nobiliario en Waltzovia.
Ante el anuncio, los presentes, celebraron el gran anuncio.
Aunque Jacob intentó boicotear la celebración, los nobles, ante el abrumador poder que Darren poseía, no podía ni quería ir en su contra, puesto que sus enemigos, quienes habían diezmado a todo ejército y destruyeron el reino.
Aquel hombre, les hizo frente a ambos, y los hizo correr.
Entendiendo que la unión de la Princesa Freya y el Conde Darren, era una estrategia para asegurar el futuro bienestar y recuperación del reino.
Además de la seguridad ante el hecho de que vuelvan a querer volver a atacar aquellos sujetos.
Siendo así, que Jacob terminó mostrandose furioso al volver a su asiento en la misma mesa en donde estaba sentado Darren.
La celebración del banquete se extendió hasta altas horas de la noche, un oasis de alegría en medio de la desolación.
Sin embargo, Darren, con su aguda percepción, notó el cansancio en los ojos de Dorotea y Freya.
Con una ternura que solo él podía ofrecer, las tomó de la mano y las acompañó a sus aposentos, asegurándose de que descansaran antes de retirarse él mismo, su mente ya planeando el día siguiente.
A la mañana siguiente, Darren despertó con Dorotea recargada en su regazo, descansando plácidamente.
Por lo que la dejó descansar.
Se levantó con el alba, siguiendo su inquebrantable rutina.
Se dispuso a recorrer las ruinas de la ciudad, un sombrío testimonio de la brutalidad de la guerra.
A cada paso, veía los rostros marcados por la tristeza, los ojos vacíos de esperanza.
Los niños, con sus vientres hambrientos, lloraban impasibles, sus lamentos un eco desgarrador en el aire.
La visión le oprimió el corazón, pero también encendió una chispa de determinación.
No podía quedarse de brazos cruzados.
Salió a las afueras, adentrándose en los bosques cercanos.
Su objetivo: cazar.
No tardó en encontrar unas enormes bestias, semejantes a jabalíes, pero con una piel tan dura y acorazada como la de un rinoceronte.
Darren, con una sonrisa irónica, pensó en nombres para ellas, combinando sus características con un toque de humor.
Con una eficiencia asombrosa, abatió cuatro de estas colosales criaturas y las arrastró de vuelta a la ciudad, su fuerza sobrehumana apenas notando el peso.
A su paso, la gente del pueblo, refugiada entre los escombros de lo que una vez fueran cálidos hogares, lo observaba con una mezcla de asombro y cautela.
Los niños, al ver las imponentes bestias, gritaron de emoción, sus risas infantiles rompiendo el silencio de la desesperación.
En su camino hacia la plazuela central, Darren se topó con sobrevivientes de otros pueblos arrasados, quienes también habían buscado refugio en las ruinas de la capital.
Comprendió que, si bien eran ciudadanos del reino, la realeza sólo se había preocupado por la nobleza y los burgueses de la capital.
Una indignación silenciosa se apoderó de él.
Tendría que hablar con el rey sobre las obligaciones para con su pueblo, pero primero, lo más urgente: alimentarlos.
Con un chasquido de dedos y un destello de magia, Darren conjuró varios instrumentos en la plazuela: mesas robustas, bancas cómodas, tiendas amplias para resguardarse del sol, una estufa de campaña y utensilios de cocina.
El aroma de la carne fresca atrajo a algunos hombres, quienes, a pesar del hambre, se acercaron para ofrecer su ayuda.
Darren les pidió que despellejaran y trocean las bestias, mientras él se encargaba de conseguir el resto de los ingredientes.
No tardó en regresar, cargado con varias mochilas repletas de verduras frescas y hongos silvestres que había recolectado en el bosque.
Al llegar, pudo observar cómo todas las personas que se habían refugiado en las ruinas se habían congregado, sus ojos fijos en la promesa de alimento.
Las mujeres se aproximaron para ayudar con las verduras.
Darren se acercó a la fuente destruida, una estatua de un dragón majestuoso con las alas extendidas.
Con un toque de su mano, la reconstruyó y purificó el agua, haciendo que brotara cristalina y fresca.
Una sonrisa se dibujó en su rostro al ver el chorro de agua salir de la boca del dragón, como un ataque de aliento acuático, una referencia que solo él entendería.
Tomó el agua en baldes y, con paciencia, les enseñó a lavar las verduras, pelarlas y prepararlas.
La gente, conmovida por su amabilidad y su esfuerzo, le instó a descansar.
Lo habían reconocido como el gran héroe que salvó el reino y ahuyentó a los espectros.
Y ahora, estaba allí, frente a ellos, trayéndoles comida y comodidades, restaurando no solo sus cuerpos, sino también su esperanza.
Observando la eficiencia con la que la gente seguía sus instrucciones, Darren se dispuso a realizar reparaciones en las ruinas.
Con su magia, comenzó a restaurar las estructuras dañadas, trabajando con una velocidad asombrosa, devolviendo la dignidad a los hogares destrozados.
En el castillo, la ausencia de Darren no pasó desapercibida.
Dorotea y Freya, quienes habían tenido un momento de complicidad entre ellas, ambas deseaban pasar tiempo con su amado prometido.
Habían acordado que quien lo encontrara primero, pasaría el día con él.
Fue entonces cuando escucharon el revuelo en las ruinas de la ciudad, la algarabía de la gente, los gritos de los niños.
Alguien les había llevado comida y estaba reparando las viviendas.
Dorotea salió corriendo en dirección a la ciudad, seguida de cerca por Freya.
Al llegar, ambas se enfrentaron a la desolación de la destrucción.
Para Freya, aquella era la primera vez que veía algo así, y el impacto fue brutal.
Dorotea, con una voz teñida de tristeza, le dijo: —Esta es la realidad, Lady Freya.
Por eso no me sorprende que sea Darren quien esté ayudando a la gente.
Él cree que la realeza debe ayudar primero al pueblo, no solo a los nobles.
Al llegar al centro de la ciudad, se encontraron con la enorme fuente, ahora restaurada, de donde brotaba agua rica y pura.
Darren había modificado la boca de la estatua para que purificará el agua a cada chorro.
También se percataron de las tiendas de campaña, las mesas, las estufas y otras comodidades que habían aparecido.
Para Freya, aquello era algo completamente nuevo, casi mágico.
Dorotea, con una sonrisa enigmática, le explicó: —Darren posee una magia única, Lady Freya.
Solo hay dos personas en el mundo que la dominan.
Una es Darren.
La otra persona es su maestra.
—Freya mostró un interés genuino por conocer a la maestra de su prometido, pero la siguiente revelación de Dorotea la sorprendió aún más: —Eso será posible, Lady Freya, porque su maestra también es una de sus prometidas.
—La noticia dejó a Freya sin palabras, su mente intentando procesar la complejidad del mundo de Darren.
Las voces de la gente, un murmullo creciente de asombro y gratitud, llegaron a los oídos de Dorotea y Freya.
Hablaban de un hombre que les había dado todo, qué había transformado las ruinas en un refugio de esperanza.
Se dirigieron hacia la zona devastada, buscando a aquel que había obrado tal milagro.
Al divisarlo en la lejanía, absorto en la reconstrucción de una vivienda, Dorotea detuvo a Freya con un gesto, pidiéndole que lo observará primero.
Freya asintió, y ambas se ocultaron tras los restos de una casa derruida, contemplando la escena.
—Debes mirar quién es Darren realmente, Freya —susurró Dorotea, su voz cargada de una profunda admiración—.
Él no es solamente aquel que puede hacer frente a poderosos enemigos, sino el hombre que se preocupa por el mundo, por el débil.
Es entregado, ve por quienes le importan.
Y quiere hacer felices a todas sus prometidas.
Todas tenemos una promesa, y es por eso que quiero que lo veas, para que conozcas bien al hombre del que te has enamorado, y que estés dispuesta a ver por él.
Aceptar la realidad de que va a ser una vida de sacrificio, de entrega.
La visión de Dorotea, tan madura y desinteresada, asombró a Freya.
Le confesó que, aunque era la prometida con menos tiempo, percibía el amor inmenso que Dorotea profesaba por Darren.
Y al observar a aquel hombre, dando todo de sí por ayudar a gente que no conocía.
Brindando un nivel de importancia tan profundo, Freya sintió una revelación.
Ella también quería cumplir con su parte, con su rol, y velar por el hombre que amaba, no solo como prometida, sino como compañera en su misión.
Dorotea la invitó a acercarse.
Darren estaba reconstruyendo otra casa, mientras un grupo de niños, ajenos a la tragedia, le hacían compañía.
Sus charlas, comunes en cualquier tiempo y mundo, llenaban el aire con preguntas inocentes: qué tan fuerte era, si era más poderoso que un croncher —una bestia mitad toro, mitad dinosaurio—, o si podría derrotar a un dragón.
Los niños no paraban de hablar, y Darren, acostumbrado a la algarabía de sus propios hijos y sus amigos, recordaba conversaciones similares, aunque con otros personajes y superhéroes en su mente.
Las princesas, al verlo allí, rodeado de la inocencia infantil, sintieron una emoción profunda.
Pensaron que Darren sería un padre maravilloso.
Al estar cerca de él, ambas, al unísono, lo saludaron: —¡Buenos días, querido prometido!
—Los niños, al voltear a verlas, se sorprendieron de su belleza, pero también se sintieron nerviosos, pues sabían que eran de la nobleza.
Cuando las princesas preguntaron por qué les daban un trato diferente, los niños respondieron con la cruda verdad: —Porque son nobles.
Los nobles no suelen hablar con los plebeyos.
—Aquellas palabras provocaron una punzada de tristeza en Freya, al ver la realidad de las palabras que Dorotea le había dicho.
—Buenos días, amadas mías —respondió Darren, haciendo una leve reverencia hacia ellas, su sonrisa un bálsamo en la desolación.
Las princesas decidieron hacerle compañía a Darren mientras él seguía reparando las viviendas.
Como Darren no había comido nada, y ellas tampoco, él les sugirió que fueran a comer.
Freya se dirigía hacia el palacio, pero Darren y Dorotea se encaminaron hacia la plazuela, donde el banquete improvisado seguía en pie.
Freya sintió una punzada de vergüenza al pensar en comer con el pueblo, pero Darren le tendió la mano y la atrajo hacia él, su gesto una invitación a romper las barreras sociales.
Al llegar a la plazuela, las personas aún seguían comiendo, sus rostros marcados por la gratitud.
Agradecieron a Darren por todo lo que hacía por ellos.
Dorotea, viendo la oportunidad, le dijo a Freya: —La nobleza y la realeza deberían ver por el pueblo, Freya.
Sin ellos, no existiría un reino.
—Freya observó la situación de su pueblo, sintió su sufrimiento.
Al haber pasado poco tiempo con hambre, se hizo una idea de lo que significaba no poder alimentarse.
Se prometió a sí misma que siempre velaría por el pueblo.
Después de comer y pasar un rato en compañía de los plebeyos, Freya conoció de primera mano las necesidades que tenían, e incluso identificó otras que requerían atención.
Dorotea también le comentó sobre las reformas que, gracias a Darren, se habían implementado en su propio reino.
Armándose de valor, Freya decidió ir a hablar con su padre, pidiéndole a Dorotea que la acompañara de regreso al castillo.
Darren, viendo que la reconstrucción individual de cada vivienda le tomaría demasiado tiempo, comenzó a correr por toda la ciudad en las zonas aún en ruinas, deteniéndose en seco.
Después, concentró su poder, generando un enorme círculo mágico que abarcó toda la ciudad.
Las personas temieron que algo malo sucediera, pero al ver que era Darren quien estaba detrás de aquella situación, se quedaron en la zona de la plazuela, aunque aún asustados, pues Darren se había elevado por los aires, manteniéndose así mientras realizaba su hechizo.
El círculo mágico se dividió en dos, uno yendo de arriba a abajo, el otro en sentido contrario, para después comenzar a girar cada uno hacia el lado opuesto.
Aquello tuvo un efecto asombroso en las construcciones, reformando todas las viviendas destruidas al mismo tiempo.
En poco tiempo, la desolación de la ciudad se transformó en una urbe nueva y de buen aspecto.
Incluso las reformas que hizo tenían mucho que ver con las necesidades de la ciudad y sus ciudadanos, optimizando espacios y recursos.
Después de ver aquello, las personas se alegraron, sus gritos de júbilo llenando el aire.
Aquellos que tenían una casa en la ciudad se dirigieron a donde solía estar, encontrándola restaurada.
Los demás, al ver a Darren aún flotando, comenzaron a verlo como un dios, un milagro andante.
Al terminar de realizar su conjuro, Darren descendió al suelo.
Las personas se abalanzaron hacia él, realizando peticiones de todo tipo: que reviviera a un ser querido, que les reconstruyera su hogar, o que realizará una curación.
Él les explicó con paciencia que no era un dios, y que su poder tenía limitantes.
No podía regresar a alguien de la muerte.
Curaciones, no realizaba.
Solo podía reconstruir sus viviendas.
Aun así, comprendieron que Darren era solo un héroe, un hombre extraordinario, pero no omnipotente.
En el palacio, los monarcas, en compañía de otros nobles del reino, discutían sobre los costes de reconstrucción.
Los nobles, preocupados más por sus bienes que por el bienestar del pueblo, veían que los costes eran demasiado elevados para que el reino los absorbiera.
Jacob, fiel a su naturaleza, era de aquellos que pensaban en su propio bienestar antes que en el del pueblo, una actitud que Darren ya había observado en otros nobles de su mundo.
En ese momento, entraron en la sala Freya, Dorotea y Astrid.
A Astrid se la habían topado de camino, y después de comentarle todo lo sucedido sobre la ciudad, sobre la gente de su pueblo, decidió unirse a ellas.
Al entrar, las princesas se colocaron en el centro de la Cámara de los Lores, realizando una reverencia ante todos, para proseguir a informarles sobre las circunstancias de su pueblo, con una nueva determinación en sus ojos.
—Este es el lugar donde se decide el destino de Drachenfels, padre.
Y el destino de Drachenfels no está en estos pergaminos de oro, sino en las manos agrietadas de los hombres que están allá afuera, lavando verduras en una fuente de piedra.
—dice Freya.
—Has estado demasiado tiempo entre la plebe, hermana.
Te ha afectado el juicio.
Vuelve a tus aposentos antes de que… —bramo Jacob, tajante y cortante.
—¿Antes de qué, Principe Jacob?
¿Antes de que la verdad los obligue a mirar por la ventana?
He visto a su pueblo.
He visto a niños sufrir y mendigar por un trozo de pan.
¡Piden un milagro!
Porque sus gobernantes les han fallado.
—respondió Dorotea.
—¡Princesa Dorotea, usted es una invitada!
No tiene derecho a… —dijo un noble, notablemente indignado.
—Tengo el derecho que me da haber sangrado por estos muros mientras ustedes se escondían en las bodegas.
En Ulfhedinn, el pueblo es la raíz del árbol.
Si la raíz se pudre, el trono cae.
Y vuestras raíces están gritando de hambre.
—contestó Dorotea.
Freya se coloca al lado de Dorotea.
Su postura es recta, su mirada ya no es la de una niña asustada.
—He visto al Conde Darren Vor Königssee, un hombre que no nos debe nada, cargar bestias a rastras para alimentar a nuestros pueblo.
Lo he visto trabajar hasta agotarse sobre las ruinas para reconstruir hogares que no son suyos.
Él no pregunta por el coste del mármol o el precio de la escolta.
Él pregunta: “¿Quién tiene hambre?”.
—comenta Freya, mientras mira directamente a los ojos de los nobles, uno por uno.
—Si esta cámara decide que el oro vale más que la vida de un ciudadano, entonces esta cámara no es digna de gobernar.
Yo, Freya Enid von Drachenfels, renuncio a mis privilegios de Santa si no se usan para salvar a mi pueblo.
No comeré en esta mesa mientras haya un solo niño en Wien que no tenga un plato frente a él.
—Y yo me uno a ella.
Ulfhedinn no envió ayuda para salvar piedras, sino para salvar personas.
Si Drachenfels da la espalda a su gente, Ulfhedinn reconsiderará su alianza.
—dijo Astrid con firmeza.
El Rey Máximo levanta la vista.
Hay una mezcla de vergüenza y orgullo en sus ojos.
Jacob aprieta los puños, su rostro rojo de furia contenida.
—¡Esto es una insurrección!
¡Están bajo el hechizo de ese extranjero!
—bramo Jacob.
—No, Jacob.
Estamos bajo el hechizo de la decencia.
Padre…
El Conde Darren ha reconstruido la ciudad.
Pero el resto del reino nos necesita.
Lo que el pueblo necesita ahora es justicia, alimento y medicinas.
¿Se las daremos, o esperaremos a que el enemigo termine el trabajo que nuestra indiferencia empezó?
—exclamó Freya.
Mientras que el Rey Máximo se pone de pie lentamente.
Mira a sus hijas, luego a los nobles quienes murmuran nerviosos.
—Lord Wessel…
guarde su compostura.
Príncipe Jacob…
cuida tu lengua.
Mis hijas han hablado con la voz de la corona.
La reconstrucción total es prioridad.
Y cada noble aquí presente aportará el treinta por ciento de sus reservas personales para el fondo de emergencia.
—exclamó con autoridad.
Un estallido de protestas surge de los nobles, pero el Rey golpea la mesa con su cetro.
—¡He dicho!
Y si alguien tiene una objeción, que se la presente al Conde Darren.
Estoy seguro de que estará encantado de explicarles su visión de la justicia…
Freya y Dorotea intercambian una mirada de triunfo silencioso.
La batalla política ha sido ganada, pero ambas saben que la verdadera guerra aún aguarda más allá de la capital real.
Agotado tras una jornada que había desafiado las leyes de la física y la paciencia, Darren decidió retirarse a sus aposentos.
Mientras tanto, en la ciudad, un grupo de nobles, impulsados por una mezcla de escepticismo y curiosidad, se dirigía a inspeccionar las reformas impulsadas por el enigmático “héroe”.
Lo que encontraron allí los dejó completamente atónitos.
No se trataba de simples reparaciones superficiales; la ciudad de Wien había sido reconstruida de forma total y minuciosa.
Las ruinas humeantes habían dado paso a calles pavimentadas, edificios restaurados con una arquitectura que combinaba la tradición local con una funcionalidad moderna, y una red de servicios básicos que supera con creces lo que la capital había tenido antes del asedio.
Darren había superado todas las expectativas, no solo ideando un diseño funcional, sino ejecutándolo con una precisión impecable, transformando la desolación en una utopía de piedra y magia.
Ya en la intimidad de su habitación, Darren se dispuso a relajarse.
El vapor del agua caliente llenaba el aire, perfumado con esencias de lavanda y eucalipto que había invocado.
La bañera, una pieza de mármol pulido, lo esperaba, prometiendo un momento de tranquilidad muy necesario.
Se despojó de sus ropas, dejándolas caer descuidadamente, y se sumergió en el agua, sintiendo cómo el calor disuelve la tensión de sus músculos.
Finalmente, logró descansar…
o al menos eso pensaba.
Lo que no esperaba era que Dorotea irrumpiera en el lugar.
Dado que ambos compartían el mismo aposento, ella no estaba quebrantando norma alguna, pero su entrada fue, como siempre, impetuosa.
Al notar las ropas de Darren dispersas por la estancia, no tardó en deducir que ya se encontraba ahí.
Determinada, lo buscó hasta dar con él.
Darren, ignorando intencionalmente los llamados de Dorotea por razones obvias, no pudo evitar ser hallado.
Cuando finalmente ella lo descubrió, su rostro se tornó de un rojo intenso y se giró avergonzada, aunque una sonrisa traviesa se dibujó en sus labios.
—¡Darren!
—exclamó, su voz un susurro ahogado por la vergüenza y la sorpresa.
Darren, incómodo, le pidió con firmeza: —Dorotea, por favor, permíteme terminar mi baño en soledad.
Necesito un momento de paz.
Pero Dorotea, con una mezcla de audacia e ingenuidad que lo desarmaba, le propuso algo inesperado: —¿Y si te acompaño?
Así no estarás solo.
—La negativa de Darren fue inmediata, negándose enérgicamente a permitir algo que le parecía tan impropio, tan…
íntimo.
Sin embargo, la situación tomó un giro inesperado cuando Dorotea insistió, sus ojos brillando con una determinación inquebrantable.
—Solo cierra los ojos, Darren.
Confía en mí.
A pesar de sus protestas continuas, Darren se vio forzado a ceder cuando la joven comenzó a desvestirse sin titubeos, dejando claro que hablaba en serio.
Con un profundo suspiro de resignación, cerró los ojos, aunque el peso de la culpa lo invadía al pensar en cómo podría reaccionar Amelia si descubriera aquella aparentemente inocente transgresión.
El silencio del cuarto fue interrumpido por el suave sonido del agua al ser perturbada.
Darren sintió las pequeñas ondas acercándose hacia él, un presagio de lo que venía.
De repente, notó el ligero pero inconfundible peso de un cuerpo junto al suyo.
El calor del agua lo envolvió, aunque percibió un calor diferente y más intenso que lo hizo tensarse por unos instantes; sin embargo, dicho calor también resultó, extrañamente, reconfortante.
El aroma de que ya se encontraba en el aire, se mezcló con el dulce perfume de Dorotea, y la tensión en el aire se transformó en una quietud cargada de una intimidad innegable.
La mano de Dorotea encontró la suya bajo el agua, y un suave apretón selló el momento, una promesa silenciosa en medio del vapor y el calor.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com