La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 36
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Capítulo 36: Capítulo 36: Un futuro juntos
El reino de Drachenfels, renacido de sus cenizas, estaba de fiesta. Toda la capital real, Wien, se había transformado en un tapiz vibrante de largas tiras de banderines de seda y globos de papel de colores, ondeando al compás de una brisa festiva. El motivo de tal algarabía era uno solo: Darren. Él había evitado más ataques, había restaurado el reino con una velocidad y una magnificencia que rozaban lo divino. Había creado carreteras que serpenteaban con eficiencia, parques infantiles donde las risas de los niños resonaban de nuevo, escuelas que prometían un futuro, y tiendas de ropa donde el pueblo podía adquirir vestimentas a un precio justo. Las granjas de cultivo, antes yermas, florecían de nuevo; se habían construido departamentos modernos, el agua llegaba a cada hogar y las viviendas eran ahora más seguras y confortables.
Ante todas las reformas que se hicieron en el reino, la población, con el corazón desbordante de gratitud, deseaba que Darren fuese quien gobernara. Y su deseo se intensificó al saber que estaba comprometido con la princesa Freya, “La Santa”. Aunque también se enteraron de que tenía otros compromisos con las princesas de Waltzovia y Ulfhedinn, lejos de disminuir su admiración, solo aumentaba la leyenda del hombre que había traído la esperanza.
Darren observaba la ciudad desde la distancia, un mar de rostros expectantes que lo aguardaban para vitorear a su héroe. En la cama de sus aposentos, sentada en la orilla, se encontraba Dorotea, su mirada fija en la ventana. En un sillón cercano, Freya, con su vestido de seda blanca, esperaba en silencio. Ambas, con una mezcla de emoción y nerviosismo, aguardaban a que Darren decidiera salir.
Las princesas se miraban, conscientes de la trascendencia de aquella celebración. Ese día se había convertido en algo conmemorativo, una fecha que se festejaría cada año. La noticia, al llegar a oídos de Jacob, fue como una gran pesadilla, un recordatorio constante de su humillación. El Rey Máximo, en un gesto de profunda gratitud y pragmatismo, llegó a ofrecerle a Darren la corona de Drachenfels. La gente lo quería así, y él era el único capaz de hacer frente a cualquier amenaza. Pero Darren, con su habitual sensatez, declinó. —Majestad, eso mismo esperan de mí en Waltzovia. No puedo aceptar, a menos que uniera ambas naciones bajo una misma bandera. —Una idea que, aunque ambiciosa, no parecía descabellada en el nuevo mundo que Darren estaba forjando.
Darren, sumido en sus pensamientos, contemplaba los recuerdos de su tiempo en Drachenfels. Había hecho tanto en otras tierras, pero aún no había visitado su propio condado. La idea de regresar a casa, a su propio reino, se hacía cada vez más presente. Cuando se sintió preparado para iniciar aquel festejo, tomó a ambas chicas, una a cada lado, sus manos entrelazadas. Cruzó por los pasillos del palacio, y después descendió por las enormes escaleras principales. Estas, meramente decorativas para la nobleza, ya que existía un camino más práctico para los carruajes, eran ahora un escenario. Descender por ellas era una referencia, como descender del mismo cielo a la tierra, un acto simbólico para el héroe que había caído entre ellos.
La gente, al verlo descender, y en compañía de Dorotea y Freya, enmudeció. Las dos princesas, siluetas etéreas como si fuesen ángeles, irradiaban una belleza celestial. Sus hermosos vestidos, diseñados por Darren con toques de modernidad y fantasía, realzaban su encanto. Sus sonrisas, genuinas y radiantes, reflejaban la felicidad de estar con el hombre que amaban, una felicidad que las hacía brillar con luz propia.
Mientras avanzaban por las calles de la ciudad, la cual Darren había reconstruido con su magia, la gente estalló en vítores. Era uno de los principales motivos de la celebración. Durante la festividad, Astrid, con una sonrisa cómplice, le comentó a Kriegsdrache que, a pesar de que Darren había hecho mayores reformas en Ulfhedinn que en el reino, Drachenfels. Pero allá no le habían hecho ninguna celebración o reconocimiento. Esto provocó que Kriegsdrache se sintiera culpable. —Al volver, planificaré una celebración que haga temblar los cimientos de Ulfhedinn —prometió, provocando que Astrid riera a carcajadas, su risa un bálsamo en medio de la multitud.
Darren, ensimismado en sus pensamientos, miraba a ambas chicas, preguntándose de nuevo qué estaba haciendo. Ahora estaba comprometido con cinco mujeres: una maga, una bruja, una sanadora, una paladín, y ahora una santa. Cada una, un universo en sí misma, y él, el centro de todos ellos.
Freya, percibiendo su distracción, lo devolvió a la realidad con un suave toque. —Querido, ya terminamos de bajar las escaleras. Ahora debemos subir a un carruaje. —Dorotea, quien ya se estaba acostumbrando a los vehículos motorizados de Darren, extrañaba el fresco del clima y deseaba terminar con esas formalidades. Se dijo a sí misma que debía resistir lo más que pudiera, que ya casi terminaba todo. Aunque lo que más le preocupaba era el tema de su boda, pues si Darren no se casaba con Amelia y Lyra primero, ella debería esperar más. Una dulce agonía para la guerrera que había encontrado el amor en el corazón de un hombre de otro mundo.
En la soleada capital de Waltzovia, en el palacio real, sentía el peso de la ausencia de Darren. Emery, Amelia y Lyra, reunidas en un salón del segundo piso, compartían un silencio cargado de anhelo. La partida de Darren había dejado un vacío palpable. Emery, acostumbrada a su presencia constante, se preguntaba con una punzada de melancolía: —”¿Acaso no me extraña?” —Su corazón, antes lleno de la calidez de su amado, ahora sentía el frío de la distancia. —De toda esa tecnología de la que tanto alardea, ¿no hay nada que realmente sirva para que podamos comunicarnos? —pregunto.
—Si lo hay, Emery —respondió Amelia, su voz suave pero firme, mientras jugueteaba con un pequeño orbe de cristal que flotaba sobre su palma—. Darren tiene inventos para comunicarse a larga distancia, pero necesitamos crear algunas cosas para que sea funcional. —Ella también deseaba verlo, su mente brillante ya maquinando cómo acortar la distancia. Al igual que Emery, Amelia no se había separado de Darren desde el día en que llegó, y la separación era una tortura para su intelecto y su corazón.
Lyra, por su parte, se mordía el labio inferior, sus ojos fijos en la ventana. Lo extrañaba con una intensidad que la sorprendía. Deseaba verlo, abrazarlo, escuchar su risa, sentir la seguridad de su presencia. Las tres, cada una a su manera, pensaban en el mismo hombre, en el vacío que había dejado y en la esperanza de su pronto regreso.
La madre de Emery, la Reina Celery, entró en la sala, su semblante alegre contrastaba con la melancolía de las jóvenes. Llevaba consigo una lista de nombres, sus ojos brillando con la ilusión de un futuro nieto o nieta. —¡Mis queridas! Tengo una lista maravillosa de nombres para el pequeño o pequeña que viene en camino. —Las chicas, conmovidas por su entusiasmo, mostraron un poco de curiosidad. Al escuchar los nombres, Emery discrepó con su madre en algunos, defendiendo su derecho a que Darren sobre qué nombre elegirá. —Además, madre, aún falta que Darren dé su opinión sobre el nombre de nuestro hijo. —Al mencionar que, en cuanto Darren regresará, deberían viajar hacia el condado de Königssee, la sonrisa de su madre, se desvaneció. Una sombra de tristeza cruzó su rostro. —Oh, mi niña… ¿Otra vez? Desearía que no se vayan. —El eco de la ausencia de Darren resonaba incluso en la alegría de un futuro nacimiento.
En un reino muy lejano, bajo la imponente sombra de las montañas de Peiligang, se presentaba un informe de situación. Dos figuras encapuchadas, los mismos asesinos que habían atacado Drachenfels, se arrodillaban ante una figura imponente: el Gran Canciller. Su voz, fría y monocorde, llenaba la sala.
—No pudimos destruir el reino, mi señor. Nos enfrentamos a un oponente… formidable. Alguien que sobrepasó el poder de las armas divinas. —El arquero, con la cabeza gacha, continuó—. Aunque luchamos ambos, no pudimos vencerlo. Y lo más inquietante, mi señor, es que sabíamos que poseía un arma divina, pero ni siquiera la usó. Esa es la razón por la que regresamos.
El Gran Canciller, un hombre de mirada penetrante y autoridad innegable, escuchó en silencio. Su rostro, inexpresivo, no revelaba emoción alguna. —Así que, un solo hombre ha desafiado el poder de Wiraqucha y Supay. Interesante. —Una sonrisa cruel se dibujó en sus labios. Aquello no terminaría allí. —Envíen a nuestros espías. Quiero saber todo sobre este hombre. Cada detalle. Cada debilidad. Nadie que se atreva a desafiar el poder de Peiligang quedará impune. Nadie es más fuerte que nuestro reino. Descubran qué es lo que lo hace tan peligroso. Y entonces, lo eliminaremos.
La noche del banquete de despedida en Drachenfels fue un espectáculo de luz y música. El gran salón, restaurado a su antigua gloria y adornado con las innovaciones luminosas de Darren, bullía de vida. La música, una fusión de melodías tradicionales de Drachenfels, llenaba el aire, mientras los nobles y el pueblo, sentados codo con codo en mesas que se extendían por todo el patio del castillo, compartían manjares que Darren había ayudado a preparar. El ambiente era de euforia contenida, una mezcla de gratitud por la salvación y melancolía por la inminente partida de su héroe.
En el estrado principal, el Rey Máximo, con una copa de vino en alto, se puso de pie. A su lado, Freya, radiante con un vestido de seda azul noche que realzaba el diamante rosa de su anillo, y Dorotea, con un elegante vestido rosa pálido, le esperaban. Darren, con su levita negra bordada, se erguía con una presencia que eclipsaba a todos.
Jacob, obligado a estar presente en la celebración, observaba la escena desde la distancia, su rostro una máscara de furia contenida. Veía cómo Dorotea y Freya, radiantes, sonreían y le brindaban miradas llenas de amor a aquel hombre que le había robado, no solo su felicidad, sino también su reino. La frustración lo carcomía. Su plan para eliminar a Darren no solo había fallado, sino que había fortalecido su posición. Un odio corrosivo corría por sus venas. No soportaba ver aquella escena, la prueba viviente de su fracaso y la humillación de su orgullo.
—¡Pueblo de Drachenfels! —la voz del Rey Máximo resonó con fuerza—. Hoy celebramos no solo la victoria sobre la oscuridad que nos trajo un enemigo sin igual. Un enemigo que incluso nuestros más hábiles magos o caballeros, pudieron contra ellos. No fue sino porque, el Principe Jacob y la Princesa Freya, se embarcan en conseguir ayuda. La cual, nos trajo el amanecer de una nueva era. Una era forjada por la valentía y el ingenio de un hombre extraordinario: ¡El Conde Darren Vor Königssee!
Los vítores estallaron, ensordecedores. El Rey Máximo hizo un gesto a Darren para que hablara.
Darren se adelantó, su mirada recorriendo los rostros de la multitud. —Gente de Drachenfels —comenzó, su voz clara y resonante, amplificada por un discreto hechizo—. He sido testigo de vuestro sufrimiento, de vuestra resiliencia. He visto cómo, incluso en la más profunda desesperación, vuestro espíritu no se doblegó. Mi compromiso con este reino, y con la Princesa Freya, no es solo una simple alianza, sino una promesa de un futuro donde la esperanza y la prosperidad prevalezcan y que lo que han vivido en esta catástrofe, no se guarde en sus corazones.
Se giró hacia Freya, tomando su mano. —Freya, mi amada prometida. Eres la luz que guía a tu pueblo, la encarnación de su fe. Prometo protegerte, honrarte y construir contigo un reino donde cada ciudadano pueda vivir con dignidad y alegría.
Luego, su mirada se posó en Dorotea, y una sonrisa cómplice se dibujó en sus labios. Tomándola de la mano también.
Darren hizo una pausa, y de su bolsillo extrajo dos pequeños estuches. Eran unos obsequios por sus compromisos con él. Se los entregó a Freya y Dorotea. Freya abrió el suyo para revelar un delicado collar de oro con un colgante de diamante rosado con la forma de una rosa, que al tocar su piel, emitía un suave resplandor protector. Dorotea, por su parte, encontró en su estuche un brazalete de oro con incrustaciones de zafiro, que al activarse, proyectaba un escudo de energía casi invisible, capaz de desviar flechas y golpes. Eran regalos que simbolizaban su amor y su deseo de protegerlas, incluso en la distancia.
La noche avanzó entre brindis, bailes y la promesa de un futuro mejor. Finalmente, llegó el momento de la despedida. En el patio del castillo, los dragones esperaban, sus escamas brillando bajo la luz de la luna. Kriegsdrache y Astrid se acercaron a Darren, sus rostros marcados por la solemnidad.
—Darren —dijo Kriegsdrache, extendiendo su mano—. Has hecho más por Drachenfels en días de lo que muchos han hecho en años. Su deuda será eterna, al igual que en el caso de Ulfhedinn.
—La pagarán cuidando de vuestro pueblo —respondió Darren, estrechando su mano con firmeza—. Y preparándose para lo que viene. El enemigo no ha sido derrotado, sólo ha retrocedido.
Astrid abrazó a Dorotea y Freya. —Cuídense, hermanas. Y cuiden de él, Dorotea, Freya. Es un hombre… peculiar.
Dorotea sonrió. —Lo haré, Astrid. Y tú, cuida de mi hermano. Necesitará tu sensatez.
Así lo haré. Cuidate hermana. —dijo Freya entre lágrimas.
Darren se despidió del Rey Máximo, quien le dio un abrazo paternal. —Vuelve pronto, hijo. Este reino siempre será tu hogar. —Así también, el Rey Maximo le da un pergamino sellado. Diciéndole que es para el Rey Damian.
Con un último vistazo a la ciudad que había reconstruido, Darren montó en su dragón, con Dorotea sentada delante de él. Kriegsdrache y Astrid montaron en el suyo, y Freya y su dama misteriosa montaron su dragón albino. Con lágrimas en los ojos, se despidió con la mano de sus seres queridos. A la señal de Darren, los dragones batieron sus alas, elevándose majestuosamente hacia el cielo nocturno. El rugido de las bestias se mezcló con los vítores del pueblo, que se extendían como un eco de esperanza por toda la ciudad. Mientras se alejaban, Darren miró hacia atrás, viendo las luces de Wien como un faro en la oscuridad. Su corazón se llenó de una extraña mezcla de orgullo y responsabilidad. El destino de un reino, y de cinco mujeres, ahora descansaba en sus manos. El viaje de regreso a Waltzovia había comenzado, pero el camino hacia un futuro juntos aún se estaba escribiendo.
Durante el trayecto de regreso, mientras los dragones surcan el cielo con una majestuosidad, una idea audaz germinó en la mente de Dorotea. Girándose ligeramente hacia Darren, con el viento en su cabello, le propuso: —Darren, ¿por qué no nos dirigimos directamente al condado de Königssee? Podríamos empezar los preparativos para la boda de Amelia. —La sugerencia, aunque sorpresiva, no era del todo inesperada. Dorotea, en su corazón, anhelaba que su propia unión con Darren no se retrasara, y sabía que la boda de Amelia era el siguiente paso lógico en la compleja danza de sus compromisos.
Darren lo meditó. La idea resonaba con su propio deseo de poder visitar la tierra que le fue concedida, de ver su condado y comenzar a sentar las bases de su futuro. —Es una excelente idea, Dorotea —respondió, una sonrisa asomando en sus labios—. Es hora de que visite Königssee. —Al escuchar que Darren tendría una boda, Astrid, con un brillo en los ojos, le dijo a Kriegsdrache: —Querido prometido, debemos asistir a la boda. Y, de paso, ¿no crees que ya es hora de que nosotros también pensemos en la nuestra? —Kriegsdrache, con una sonrisa de complicidad, asintió. Así, se separaron, quedando en volverse a ver en cinco días. Freya, con un ímpetu renovado, aseguró que tendrían todo listo para la celebración. Darren, con una mezcla de orgullo y resignación, sabía que sería él quien, con su magia y tecnología, crearía todas las decoraciones. Finalmente, cada quien partió hacia su destino, el aire vibrando con promesas y expectativas.
Fue entonces cuando Freya, con la sabiduría ancestral de su linaje, reveló un secreto de los dragones: —Si les imbuyes de maná, pueden incrementar sus ataques mágicos o su velocidad. —Y les enseñó cómo hacerlo, deslizando su mano bajo una escama específica ubicada justo delante de la montura. Al realizarlo, ambos dragones aceleraron a una velocidad vertiginosa. Sus alas comenzaron a brillar con una luz interna, y un destello púrpura y otro plateado dejaban un rastro luminoso al pasar, como un cometa en la noche. La velocidad era increíble, pero la visión se volvió borrosa. —¡No puedo ver nada! —exclamó Darren, deteniéndose de nuevo.
Con un rápido movimiento, Darren conjuró unos googles protectores para cada uno. Y con ellos puestos, volvieron a realizar el incremento de velocidad. Era sorprendente viajar así. Los dragones danzaban en el cielo, creando túneles de luz con el rastro de destellos luminosos. La emoción que producía el montar un dragón y viajar a esa velocidad era indescriptible, una mezcla de adrenalina y pura libertad. Darren sacó una brújula, observando la dirección. —Estimo que nos quedan unos veinte minutos más a esta velocidad —anunció, su voz cargada de emoción.
Cuando llegaron a su condado, dieron tres vueltas antes de aterrizar. Darren quería ver desde arriba la situación actual de sus tierras. Al descender de los dragones, un grupo de caballeros se aproximó, con armas en mano, amenazando a Darren y preguntando quién era. —Soy Darren Von Königssee, y ellas son mis prometidas. La Princesa Dorotea Sofia Von Dietrich y la Princesa Freya Enid von Drachenfels —se identificaron, con una calma que contrastaba con la tensión del momento. Los guardias, escépticos, no lo reconocieron. No habían participado en la guerra contra Ulfhedinn y, por tanto, no conocían al héroe. Tuvieron que contactar con los barones de la zona, quienes sí lo conocían. Lord Gregor Von Bismarck y Lord Albert Von Waldburg llegaron apresuradamente, sintiéndose avergonzados y culpables por la falta de reconocimiento. Se presentaron ante la guardia del condado, aclarando la situación y disculpándose profusamente.
Con la situación de la guardia aclarada y los Lores locales informados, Darren se sumergió de lleno en la revisión de su propiedad. El castillo de Königssee, aunque imponente, mostraba las cicatrices del tiempo y la negligencia. Las zonas dañadas, los interiores desangelados, las habitaciones sin confort moderno, todo clamaba por su toque. Y Darren, con la visión de un arquitecto divino, se dispuso a realizar una remodelación completa.
Las paredes de piedra cobraron vida con lambrines de madera tallada y tapices de poliuretano que imitaban brocados antiguos. Los suelos de tierra batida se transformaron en superficies de mármol pulido. Instaló sistemas de aire acondicionado que regulan la temperatura con una magia imperceptible, y cada habitación fue dotada de baños modernos y una decoración interior que fusiona la elegancia clásica con la funcionalidad de su mundo. En el exterior, un hermoso jardín con una enorme fuente de cristal y luz surgió en la entrada. Un garaje subterráneo, un establo ecuestre y, para deleite de Dorotea, un establo para dragones que pasó la prueba de fuego cuando las majestuosas bestias se acomodaron a dormir en él. Un complejo de paneles solares, oculto a la vista, garantiza el suministro de energía a todo el castillo y la propiedad.
Pero la transformación no se detuvo en el castillo. La zona, antes árida y desolada, se convirtió en un vergel. Darren conjuró un enorme cráter de setenta metros de profundidad y treinta kilómetros de longitud, que llenó con un poderoso hechizo de agua, desbordándose para crear un lago cristalino. Por lo que ayudó a que la fauna floreciera, y un bosque de árboles que superan los setenta metros de altura surgió de la tierra. En este nuevo edén, creó caminos serpenteantes y colocó bancas. Las calles que llevaban al castillo fueron pavimentadas, y las tierras de cultivo, restauradas, fueron dotadas de viviendas modernas. Toda la zona fue equipada con un sistema de suministro de agua proveniente de una presa que construyó en un lugar apartado, asegurando la prosperidad de su condado.
Con el castillo y parte de la zona listos, Darren se centró en la contratación del personal. Una gran cantidad de personas se presentaron, pues los empleos escaseaban en la región. Darren, sentado en un improvisado escritorio, escuchaba atentamente las quejas y necesidades de los presentes. Los guardias, al ver la franqueza de la gente, reaccionaron negativamente, queriendo azotarlos, pero Darren los detuvo con un ademán de su mano. Para él, era crucial entender a su pueblo, pues era el regente de aquellas tierras. Una punzada de culpa lo invadió; si hubiera acudido antes, ya habría arreglado aquella situación.
Comenzó por contratar al personal necesario para el palacio. Un mayordomo y un ama de llaves fueron los primeros. Luego, veinte doncellas. Pero antes de que pudiera continuar, Dorotea y Freya lo interrumpieron, sus voces teñidas de una mezcla de celos y pragmatismo. —Darren, querido, esa es una labor de tus prometidas, no tuya —dijo Dorotea, con una sonrisa forzada. Freya asintió, añadiendo: —Aunque es cierto que necesitamos personal, algunas de estas chicas… son demasiado… para trabajar aquí. —Darren, con una sonrisa divertida, entendió el mensaje. Sus prometidas, a pesar de su fuerza y determinación, también eran mujeres y tenían celos.
Desplazado de las contrataciones del personal de servidumbre, Darren se dirigió a la cocina, un espacio que había diseñado con la última tecnología de su mundo. Se preparó un té, disfrutando del silencio. En eso, entraron Freya y el nuevo personal de cocina. Freya les estaba mostrando el área, pero ni ella ni los cocineros entendían la vasta tecnología. Darren, con una sonrisa, se hizo cargo. El personal lo reconoció como el conde, su vestimenta fina y distinguida contrastando con las funciones de la cocina. No comprendían cómo un noble de su estatus les enseñaría a cocinar. Pero todo aquello se desvaneció cuando les mostró cómo utilizar la variedad de sartenes antiadherentes, los aceites, los condimentos y especias, la abundancia de alimentos en los refrigeradores eléctricos, y cómo encender el horno y los quemadores de inducción. Todo aquello era demasiado para ellos, acostumbrados a fogones y leña. —No se preocupen —les dijo Darren, con paciencia—. Yo les enseñaré como usar todo esto. —Y así, el conde se convirtió en maestro de cocina.
Entonces, una de las nuevas doncellas entró en la cocina, anunciando: —Lady Dorotea requiere su presencia en el gran salón principal, mi señor. —Al llegar, Dorotea se acercó a él alegremente, sus ojos brillando. —¡Darren! Necesitamos las decoraciones para el gran evento. —Con un gesto de su mano, Darren conjuró largos doseles de seda, tapices de terciopelo y brocados, mesas elegantemente dispuestas, arreglos florales que desafiaban la estación y globos inflados con helio que flotaban con gracia. El salón se llenó de materiales para crear el escenario de ensueño.
Darren volvió a la cocina, pues aún estaba enseñando al personal. Después de elegir los menús para el banquete, se pusieron manos a la obra para conseguir los ingredientes. Se dirigieron al mercado local, ahora revitalizado, para abastecerse de lo que les faltaba. En el campo de cultivo, Darren utilizó su magia para acelerar el crecimiento de las hortalizas. Mezclando los elementos de viento, fuego y agua, había creado un hechizo especial que hacía que las plantas crecieran a una velocidad asombrosa, mismo que usó para que creciera la fauna. Y con ello, asegurando una cosecha abundante. El condado de Königssee, bajo su regencia, florecía en todos los sentidos.
Ese día, el condado de Königssee bullía con una energía renovada, impulsada por la incansable visión de Darren. En la cocina de alta tecnología, Darren había adiestrado al personal con una paciencia inquebrantable. Les enseñó no solo a preparar los alimentos con las nuevas herramientas, sino también la importancia de la higiene, la limpieza de la cocina y el aseo personal. Les mostró cómo usar los baños modernos y sus utensilios, y les entregó uniformes impecables. Aunque al principio les resultó complicado, la promesa de un sustento digno y un futuro mejor era un poderoso incentivo. Mientras tanto, Freya y Dorotea, con una seriedad que ocultaba una pizca de celos, se encargaron de adiestrar a las doncellas domésticas. Su primera y más importante regla: respetar y, bajo ninguna circunstancia, acercarse demasiado al Conde Darren.
Para dormir, Dorotea y Freya se habían puesto de acuerdo para hacerle compañía esa noche. Aunque la timidez de Freya la hacía ruborizarse, solo de pensar que dormiría a su lado. Dorotea le comento que cuando fue la primera vez que durmió con él, también sintió miedo. Pero que con el paso del tiempo, se sintió más relajada. Al punto de incluso haberse bañado con él. Cosa que puso más nerviosa a Freya. Por eso, al entrar Darren en la habitación, le lanzó una almohada mientras gritaba al verlo. Darren extrañado, se acerca creyendo que quizás tiene miedo al estar en un lugar nuevo o que es porque le da miedo el castillo. Pero aquello hizo que Freya se pusiera más nerviosa, lanzándole otra almohada, lo que causó que no viera la otra almohada en el piso, provocando que tropezara y cayera encima de ella en la cama. Mientras ambos se contemplaban el uno al otro, mirándose directamente a los ojos. Ante esa situación, Dorotea se puso celosa y le dio un almohadazo al sentir que estaba avanzando más rápido que con ella. Por lo que al escuchar esas palabras, Freyo se sintió culpable y aventó a Darren al suelo.
Para dormir, Dorotea y Freya habían acordado hacerle compañía esa noche. La timidez de Freya la hacía ruborizarse solo de pensar en compartir el lecho con Darren. Dorotea, con una sonrisa pícara, le comentó: —En un principio, cuando fue la primera vez que dormí con él, también sentí miedo. Pero la emoción de estar con él, aunque solo sea para dormir, me hizo sentir amada. Pero, cuando estuvimos en tu nación, tomé valor para bañarme con él. —Aquella confesión hizo que Freya se pusiera aún más nerviosa. Por eso, cuando Darren entró en la habitación, Freya, con un grito ahogado, le lanzó una almohada. Darren, extrañado, se acercó, creyendo que quizás Freya tenía miedo al estar en un lugar nuevo o que el castillo le asustaba. Pero aquello solo aumentó el nerviosismo de Freya, quien le lanzó otra almohada. Darren, sin ver la primera almohada en el suelo, tropezó y cayó sobre ella en la cama. Sus ojos se encontraron, una chispa de asombro y deseo encendiéndose entre ellos. Dorotea, al ver la escena, sintió una punzada de celos y le dio un almohadazo a Darren. —¡Oye! ¡Estás avanzando más rápido que yo! —exclamó. Freya, sintiéndose culpable, empujó a Darren al suelo con un sonoro ¡Puf!.
Darren, con una sonrisa resignada, se sentó con ellas en el suelo y habló directamente. —Freya, mi linda prometida, no haré nada que no quieras, y tampoco antes del matrimonio. Pongo límites precisamente por eso. Si queréis dormir en mi compañía o no, no hay problema. —Freya, con los ojos aún brillantes, le aseguró que no era un problema y le pidió que la dejara acompañarlo. Por lo que Darren le dio un tierno beso en la frente. Al final, los tres pudieron dormir juntos, Freya y Dorotea acurrucadas entre sus brazos, encontrando una extraña paz en la compañía mutua.
Al día siguiente, Darren intentó zafarse del tierno, pero fuerte abrazo de ambas, pero le costaba moverse. No pudo evitar pensar en cómo Freya había dudado la noche anterior y ahora no lo soltaba. Una vez que logró liberarse de sus dulces ataduras, procedió a realizar sus hábitos matutinos, para después dirigirse al gimnasio. Hacía muchos años que no hacía ejercicio de aquella forma, con pesas y máquinas de su propio diseño, ya que necesitaba un mayor peso. Las doncellas lo miraban discretamente desde cierta distancia, siguiendo las estrictas indicaciones de Dorotea y Freya. Después de su entrenamiento, se dirigió a la piscina, donde nadó un rato y realizó varios clavados desde el trampolín, mostrando habilidades que para ese mundo, eran algo increíble.
Las doncellas, aunque asombradas por las adecuaciones del castillo, se acostumbraron rápidamente al funcionamiento de la luz, el uso del sanitario, la regadera e incluso el aire acondicionado. Sin embargo, los artículos de cocina eran otra historia. La licuadora, con su rugido y sus aspas giratorias, era para ellas un demonio en miniatura.
Después de que terminó su rutina, Darren se dirigió al pueblo. En donde tras ver cómo estaba este, decidió que debía poner manos a la obra. Hablo con el jefe, con quien se presentó. El jefe, de nombre German, atendió a Darren. Asombrados de que alguien de su categoría acuda a presentarse. Darren le comenta que ha estado haciendo varios cambios en la zona. A lo que el jefe le dice que le han comentado. Contestandole que quiere hacer unos cambios en el pueblo. Preguntando el jefe que tipo de cambios. Darren le dice que será una sorpresa. Lo que necesita es que no estén en las casas para poder hacer todos los cambios.
Después de terminar esa rutina, Darren se dirigió al pueblo. Al ver el estado en que se encontraba, habló con el jefe, un hombre llamado German, quien lo atendió con asombro.
—Es un honor que alguien de su categoría se presente personalmente —dijo German.
—Estoy haciendo algunos cambios. Mejorando la zona. —Darren le comentó.
—Sí, mi señor, nos han comentado —respondió el jefe. Darren le explicó que quería hacer unos cambios en el pueblo. —Pero, ¿qué tipo de cambios, mi señor? —preguntó German, con cautela.
—Será una sorpresa —respondió Darren, con una sonrisa enigmática—. Lo que necesito es que no haya nadie en las casas para poder realizar todas las modificaciones.
Darren realizó nuevamente su hechizo. El mismo que utilizó en Wien. Siendo que el pueblo se sumerge entre dos sellos mágicos. Inicialmente de ochenta metros de diámetro, pero lo agrando a ser de dos kilómetros. Luego los círculos mágicos comenzaron a girar de un lado a otro. Las estructuras son reemplazadas por cabañas de tipo chalet. Mucho más lujosas que las que tenían. Creando camas, muebles, cocina, baño. El pueblo, un laberinto de calles peatonales, cafés, restaurantes, librerías, tiendas diversas, hoteles, chalets, oficinas administrativas, una sede para los guardias militares. Además, un muro protector con torres en sus cuatro accesos. Este pueblo personifica la esencia de Königssee. Por lo que antes sin nombre, ahora sería bautizado como Arteaga.
Darren realizó nuevamente su hechizo, el mismo que había utilizado en Wien. El pueblo se sumergió entre dos sellos mágicos. Inicialmente de ochenta metros de diámetro, lo agrandó a dos kilómetros. Luego los círculos mágicos comenzaron a girar de un lado a otro, en sentido contrario. Las chozas fueron reemplazadas por cabañas de tipo chalet, mucho más lujosas que las que tenían. Creó camas, muebles, cocinas modernas y baños en cada una. Un laberinto de calles peatonales, cafés, restaurantes, librerías, tiendas diversas, hoteles, chalets, oficinas administrativas y una sede para los guardias militares. Además, un muro protector con torres en sus cuatro accesos. Este pueblo personificaba la esencia de Königssee, un lugar donde iniciara la innovación y una zona turística. El pueblo, antes sin nombre, fue bautizado como Arteaga.
Cuando finalizó, Darren descendió al nivel del suelo. Los lugareños, al ver cómo había quedado el pueblo, quedaron atónitos. Alabandolo como si se tratase de un dios. Pero él les dijo que solo era un tipo de magia. Darren les explicó a todos cómo se distribuirían las viviendas, los impuestos, los empleos, los sueldos y las nuevas leyes. La gente de Arteaga, con los ojos llenos de asombro y gratitud, sabía que su futuro había cambiado para siempre, gracias a aquel hombre.
Darren miraba como, Lady Estella, quien era la misteriosa doncella encapuchada de Freya. Iba de un lado a otro repartiendo las invitaciones para la boda, sobre un dragón. Los invitados eran los nobles. Pero a los más lejanos habían ideado transportarlos en dragones.
Darren observaba con asombro, cómo Lady Estella, la enigmática doncella encapuchada de Freya, se movía con una eficiencia sorprendente. Sobre el lomo de un dragón, con gracia y rapidez, repartía las invitaciones para la boda. Los nobles más cercanos recibían el pergamino sellado en mano, mientras que los más lejanos se les ofrecía transportarlos en dragones, una logística que solo la magia de este mundo podía concebir. La boda de Amelia prometía ser un gran evento, una fusión de tradición y modernidad.
Mientras tanto, Darren no cesaba en sus reformas. Se dirigió a otra zona árida del condado, un lienzo en blanco para su creatividad. Con un gesto de su mano, la tierra se alzó, formando una majestuosa cadena montañosa. Fomentó una frondosa vegetación tropical, un vergel inesperado en un clima templado, y esculpió una formación rocosa para que albergara una imponente cascada de gran altura. Solo faltaba el agua. Con magia de tierra, creó una grieta de gran amplitud y profundidad, extendiéndose por miles de kilómetros, un río serpenteante que fluiría de forma constante y autónoma, alimentado en un principio por un poderoso hechizo de agua. En otra zona cercana al pueblo de Arteaga, concibió un vasto parque natural, un zoológico con hábitats individuales que recreaban ecosistemas diversos. Descubrió grutas ocultas, creando túneles y caminos para que los visitantes pudieran apreciar la majestuosidad natural. Todo esto, además de embellecer el condado, generaría nuevos empleos. Su plan era ambicioso: lanzar medios de publicidad de la época, con volantes que aludieran al descanso vacacional en la zona, destacando las atracciones que estaba creando. Quizás, en un principio, solo los pudientes tendrían acceso, pero en un futuro, soñaba con que las clases inferiores también pudieran disfrutar de estas maravillas.
De vuelta en el vibrante pueblo de Arteaga, el jefe German se acercó a Darren con el ceño fruncido. —Mi señor, han llegado unos mercenarios al pueblo y están causando problemas. —Darren, con su habitual calma, se aproximó al grupo. Al verlo solo, los mercenarios, un grupo de quince hombres fornidos y de aspecto rudo, asumieron que no era alguien importante, aunque sus ropas finas delataban su riqueza.
—Vaya, vaya, parece que tenemos un noble extraviado —dijo el más corpulento, con una sonrisa burlona—. Si no quieres que este bonito pueblo sufra un pequeño… accidente, será mejor que sueltes unas cuantas monedas.
Darren, sin inmutarse, les preguntó: —¿Pertenecéis al gremio de mercenarios? Si es así, cuando haya misiones, podríais ganar dinero al cumplirlas. —Aquello les causó una carcajada ruidosa. Darren, para su sorpresa, se rió con ellos. La burla en sus ojos se intensificó.
—Deja de jugar con nosotros, señor noble. Sino quieres perder mucho más, si este lugar se daña —amenazó el líder, su voz cargada de ira.
Darren se percató de que eran, al menos, quince bandidos. Decidió ver hasta dónde podían llegar. —Claro. Si no queréis seguir jugando, entonces sería mejor que se retiren. De esa forma, al menos, no saldrán heridos. —Su tono, ahora gélido, los irritó aún más. El grupo de mercenarios se molestó y comenzó a rodear a Darren, intentando intimidarlo. Pero Darren, con una calma sobrenatural, hizo lo mismo, acercándose lentamente al líder. Este, furioso, dio la orden de atacar. Pero en ese instante, Dorotea, con la velocidad de un rayo, apareció, bloqueando con su espada el ataque que iba dirigido a Darren. Sin embargo, Darren ya no estaba allí. Desapareció de la vista de todos, reapareciendo a una distancia próxima detrás de los mercenarios. Con un gesto de su mano, invocó un conjuro de aquella magia extraña que solo él poseía: “Shadow Cats”. Múltiples gatos sombra, etéreos y feroces, atacaron con sus garras afiladas, eliminando a todos sus enemigos a su paso. Dorotea, quien nunca había visto ese tipo de magia, preguntó: —¿Qué fue eso? —Darren, con una sonrisa enigmática, respondió: —Es una magia especial y muy poderosa.
—¿Cómo me encontraste? —preguntó Darren, aún sorprendido por su oportuna aparición.
—Pregunté a los sirvientes si te habían visto. Me dijeron que te vieron venir al pueblo —dijo Dorotea, mientras observaba el nuevo pueblo con asombro—. Has tenido mucho que hacer.
—Gracias por su ayuda —dijo German, el jefe del pueblo, con una reverencia.
—German, ella es mi prometida. La princesa Dorotea Sofia Von Dietrich, del reino de Ulfhedinn. —dijo Darren con gran orgullo.
—Gracias nuevamente, Lady Dorotea —volvió a agradecer German, con más respeto.
Darren preguntó a Dorotea para qué lo buscaba. —Para continuar con las decoraciones —respondió ella, con una sonrisa. Darren se despidió de German y se retiró junto con Dorotea, dejando atrás un rastro de asombro y gratitud.
Dorotea escoltó a Darren de regreso al castillo, donde continuaron con las actividades para la decoración y la preparación de la comida para el banquete. La gestión de las tierras del condado también avanzaba. Otros poblados, al enterarse de lo sucedido en Arteaga, acudieron para pedir a Darren que realizará cambios en sus localidades. Darren comenzó a elaborar una lista de los pueblos y su ubicación, además de validar sus actividades económicas para fomentar el comercio.
Después de ello, seleccionó a un niño, un pequeño de nueve años que trabajaba en el campo. Comenzó a enseñarle lo básico de nivel primaria, con la promesa de que al aprender más, podría emplearlo para que le ayude en un futuro a administrar las tierras, por lo que le seguiría educando en administración, contabilidad, leyes e impuestos. Se asombró del hambre del niño al ponerle varios sándwiches delante, y se los comió todos. Le preguntó si había más niños en el pueblo, y el niño le dijo que había diez, entre los siete y diez años. Darren calculó el costo de mantener a un niño en aquellas tierras y lanzó un programa de sustento, con la condición de que el menor no trabajara, sino que estudiara. Dentro del castillo, acondicionó un cuarto amplio con pupitres, creando los útiles, casilleros, una pizarra y un escritorio para él. Mandó colocar un anuncio en el pueblo para que los padres registrarán a sus hijos y comenzarán en unos días. Así terminó un día más en su atareada agenda, pensando en todos los cambios que debía realizar en aquel lugar, el cual, solo sería el comienzo de todo.
Al regresar a su habitación, Darren tuvo más precaución ante lo sucedido la noche anterior. Este acto extrañó a sus prometidas, Dorotea y Freya, quienes ya le esperaban en la cama. Se acomodó para dormir, pero aquello causó un problema. A pesar de no haberse visto en casi todo el día, no les había demostrado ningún tipo de afecto o siquiera haberlas extrañado al llegar y solo se acostó sin más. Entendiendo que si ellas estaban así por un par de horas, cómo estarían su esposa y sus otras prometidas. Después de asegurarles que sí las había extrañado y darles un beso en la mejilla a cada una, ellas comenzaron a platicar sobre su día. Después de que por fin terminaron de contar todo lo que habían hecho, por fin quisieron descansar.
Al despertar, se llevó la gran sorpresa de que Dorotea y Freya estaban despiertas y no pretendían dejar que se fuera así sin más. Lo retuvieron más tiempo en su lecho. Ambas argumentaron que solo en la habitación lo tenían para ellas, y exigieron su derecho como prometidas a tenerlo más tiempo. Darren, con una sonrisa, cedió a sus demandas, disfrutando de la calidez de sus abrazos.
Más tarde, cuando el sol ya se alzaba sobre las montañas de Königssee, y tras un baño relajante que apenas logró disipar la tensión de la noche, Darren se dispuso a desayunar con sus prometidas. La mesa, dispuesta con exquisitez, era un remanso de paz, pero una sombra de melancolía se cernía sobre Freya y Dorotea. Darren, con una ternura que se había vuelto su sello, tomó sus manos. —Sé que estos días han sido especiales, y que la idea de que las demás volverán, les entristece. Ya que compartirán el tiempo. Pero así como ustedes se sienten. Emery, Amelia y Lyra también lo hacen. Es mi deber reunirlas a todas, para poder hacerlas felices. —Sus palabras, cargadas de sinceridad, lograron calmar sus corazones, aunque la tristeza persistía en sus miradas.
Al terminar el desayuno, Darren se dirigió al garaje subterráneo, un santuario de tecnología donde el acero y la magia se fusionaban. Allí, una nueva H2R, idéntica a la que había dejado en Waltzovia, esperaba. Su chasis negro brillante, sus líneas aerodinámicas y el potente motor que rugía con una potencia, eran un testimonio del ingenio de su mundo. Era la moto más rápida, una bestia metálica.
Antes de que pudiera montarla, Freya se acercó, su rostro un poema de timidez y anhelo. —Darren… —murmuró, pidiéndole en un susurro que se agachara. Él, con una sonrisa, obedeció. En lugar del esperado beso en la mejilla, Freya, con una audacia que la sorprendió a ella misma, posó sus labios sobre los suyos. Fue un beso simple, corto, pero cargado de una inocencia que hizo ruborizar a la princesa hasta la raíz de su cabello. Darren, con una risa suave y profunda, la tomó por la cintura. Freya, ligera como una pluma, fue alzada y girada suavemente hacia él, sus pies apenas tocando el suelo. La bajó despacio, sus cuerpos rozándose, y con una mano en su cintura y la otra acariciando su mejilla, la besó de nuevo. Esta vez, el beso fue intenso, una declaración silenciosa de amor que despertó en Freya un deseo ardiente de prolongar aquel instante. Los sentimientos de Darren, puros y poderosos, se transmitieron a través de sus labios, encendiendo una llama en el corazón de la Santa.
Dorotea, impaciente y con una punzada de celos, comenzó a golpear la espalda de Darren. —¡Ya basta! ¡Me toca a mí! —exclamó, su voz una mezcla de reproche y anhelo. Darren se separó de Freya lentamente, sus ojos se encontraron con los de la princesa, que aún brillaban con la intensidad del primer amor. El rostro sonrojado de Freya era la prueba de la magia de aquel beso.
Sin darle tiempo a Dorotea a anticipar su movimiento, Darren la tomó con una mano en su nuca, además de la espalda sobre su brazo, evitando se lastime. La otra mano en su cintura, recargándola sobre su pierna doblada. En una pose inclinada, casi cinematográfica, se acercó lentamente. Dorotea, en un intento de resistencia juguetona, colocó sus manos en el pecho de Darren, pero la calidez de sus labios al fundirse con los suyos la hizo ceder. Sus pequeñas manos subieron hasta el rostro de Darren, sosteniéndolo en un acto de posesión, de no querer soltarlo jamás. No era el primer beso de Dorotea, pero sí la primera vez que la besaba de esa forma, con una pasión que la dejó sin aliento. Freya, observando la escena con una mezcla de nerviosismo y timidez, murmuró: —Ya es tiempo suficiente. —Al separarse de Dorotea, ella intentaba recuperar la respiración, sus ojos brillando con una promesa tácita.
Finalmente, ambas se despidieron con un beso a dúo en sus mejillas, un último gesto de cariño antes de la partida. Darren les prometió que volvería pronto, un eco de su corazón que resonaba en el suyo. Se puso el casco, el potente motor de la H2R rugió con fuerza, y desapareció en la lejanía, dejando atrás a dos princesas, perdidamente enamoradas, en el umbral de su nuevo hogar, con la promesa de un futuro juntos grabada en sus almas.
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