La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 37
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- Capítulo 37 - 37 Capítulo 37 Preludio de un futuro prometedor
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37: Capítulo 37: Preludio de un futuro prometedor 37: Capítulo 37: Preludio de un futuro prometedor La hora de su unión se acercaba, solo dos días separaban a Darren de la promesa eterna que lo uniría a su amada Amelia.
En su camino de regreso a la capital real, la tranquilidad de las carreteras se rompía a su paso por el rugido de la H2R.
Una idea audaz cruzó por la mente de Darren.
Quiso probar los límites de su tecnología y su magia, así que colocó su mano en el manubrio e imbuyó de maná a la potente motocicleta.
Fue entonces cuando la H2R aceleró de forma descomunal, superando cualquier límite conocido.
El velocímetro, incapaz de medir tal velocidad, se volvió loco.
El motor de la moto, forzado más allá de su capacidad, cedió ante la potencia desatada del maná, y un fuego azul y blanco comenzó a brotar de sus entrañas.
Darren, con un reflejo sobrenatural, saltó antes de que la explosión fuera inminente.
En un movimiento rápido, contuvo la gran deflagración dentro de un escudo de energía y lo comprimió hasta reducirlo a la nada, dejando solo un leve silbido en el aire.
Ante aquel experimento, Darren comprendió dos cosas cruciales.
Primero, que la tecnología de su mundo podía ser potenciada con maná, abriendo un sinfín de posibilidades.
Segundo, que necesitaba formular un método para que sus creaciones pudieran resistir la inmensa potencia recibida.
Con una sonrisa de satisfacción, creó una nueva moto en cuestión de segundos y continuó su camino.
Volvió a imbuir la H2R, pero esta vez con una cantidad de maná mucho menor.
La moto avanzó a una velocidad vertiginosa, superando los quinientos kilómetros por hora, una hazaña impensable para cualquier vehículo de este mundo.
A esa velocidad, Darren notó que el consumo de combustible era mínimo.
Aparentemente, el maná no sólo potenciaba la velocidad, sino que también optimizaba la eficiencia energética.
Logró llegar a Reichsstadt en menos tiempo del que había considerado, y con apenas un tanque de combustible.
Ante el potente rugido que generaba la moto, los guardias supieron de inmediato que se trataba de Darren.
Aunque aquello les extrañó, ya que para ellos, él seguía en el palacio.
No supieron que había salido y en qué momento lo hizo.
Darren cruzó las calles rápidamente hasta llegar al castillo.
Por el ruido que producía la moto, indicó a las chicas que Darren había vuelto.
Al llegar a la entrada del palacio, Emery, Amelia y Lyra ya lo esperaban en la entrada, sus rostros eran una mezcla de alivio y anhelo.
Incluso el Rey y la Reina estaban presentes, la solemnidad de la corte contrastando con la emoción del momento.
Darren descendió de la moto con una agilidad felina y corrió hacia Emery, la levantó en brazos y la hizo girar en el aire, un gesto de pura alegría.
La abrazó con tanta fuerza que sintió que su corazón se desbordaba de felicidad al verla.
La besó tan intensamente, con una pasión que había acumulado durante su ausencia, que ambos se olvidaron por completo de que había más personas presentes.
Fue la Reina quien tuvo que carraspear con discreción para recordarles su audiencia.
En cuanto se separaron, Darren abrazó a Amelia, susurrándole al oído: —Te besaré como te mereces en cuanto estemos a solas.
—Lo que provocó que se sonrojara.
Luego se hincó para abrazar a Lyra, quien también lo abrazó fuertemente, sus pequeños brazos aferrándose a él.
—Amado prometido, ¡No me vuelvas a dejar atrás!
¡Te he extrañado tanto!
—sollozó la niña.
Darren besó su frente con ternura y se disculpó por haberla dejado, prometiendo no volver a hacerlo.
Después de mostrarles cuánto las había extrañado, se dirigió a los padres de Emery.
—Sus Majestades.
Me es grato volver a verles —dijo con todo respeto, en una reverencia impecable.
Ambos le dieron la bienvenida, ansiosos por saber lo sucedido en Drachenfels y de dónde venía.
Las chicas también se percataron de que Dorotea no venía con él.
Darren, con toda naturalidad y confianza, dijo: —¡Ah!
Dory se quedó en el castillo, en compañía de Freya.
—Las chicas notaron que se refirió a la Princesa Freya de una forma diferente, una familiaridad que Darren, en su entusiasmo, no percibió, olvidando que ellas aún no sabían del compromiso con Freya.
Como era de esperar, las preguntas comenzaron a llover.
Darren comenzó a contar lo sucedido en Drachenfels.
Describió cómo los pueblos y ciudades, e incluso la capital real, habían sido destruidos.
Relató su llegada y el enfrentamiento con el dúo de poseedores de armas divinas, reconociendo la dificultad de la batalla, pero destacando la valiosa ayuda de Dorotea y Kriegsdrache.
Explicó cómo, después de ahuyentar a los invasores, había reconstruido las ciudades, transformando pueblos en vibrantes centros urbanos.
Habló de cómo había mejorado la economía, generado empleos y revitalizado la educación, además de implementar calles y carreteras modernas.
—Gracias a ello —concluyó Darren, con una sonrisa—, la Princesa Freya y el Rey Máximo quisieron que aceptara el compromiso con Freya.
—El silencio que siguió fue tenso, solo roto por el leve jadeo de las chicas.
Después de hablar de todas las reformas hechas en Drachenfels, el Rey Damian, con una expresión de desaprobación, le dijo: —¿Cómo pudiste realizar tales adecuaciones en otras naciones, antes que en la tuya?
—Su voz está llena de lamento, teñida de tristeza—.
Me siento ofendido ante el hecho de que mi yerno, primero realizó mejoras en el reino que nos declaró la guerra, y después en un reino aliado del otro reino.
—La Reina, con una mirada de advertencia, intentó suavizar la situación.
Emery, intentando cambiar el tema, preguntó: —¿Acabas de regresar de Drachenfels?
—Pero Darren, con toda honestidad, respondió: —No.
Regresamos hace tres días, pero nos dirigimos al condado de Königssee.
He estado ocupado con las reformas e implementaciones que estoy realizando allí.
Que es donde se quedaron Doy y Freya.
—Aquello provocó la molestia de las tres chicas.
Sus ojos se entrecierran, sus labios se fruncieron.
Le reprochan que, en lugar de ir a verlas, se había ido al condado.
Y no solo eso, sino que había pasado todo el tiempo con sus “nuevas” prometidas.
La sala se llenó de un coro de recriminaciones, todas dirigidas a Darren, quien se encogió de hombros con una sonrisa incómoda.
Todos le recriminaban por las cosas que hizo por ayudar en los otros reinos y que, gracias a ello, ahora tenía a sus últimas prometidas.
Y que todos esos días, los había pasado junto a ellas, mientras ellas lo extrañaban abandonadas en la capital de Waltzovia.
El juicio de las prometidas había comenzado.
Tras el intenso y revelador interrogatorio de sus prometidas, Darren se retiró con el Rey y la Reina a la privacidad de los aposentos reales.
Con la solemnidad que requería la ocasión, les informó sobre los preparativos de su boda con Amelia en Königssee, extendiéndoles una invitación que, aunque no obligatoria, era un gesto de respeto y deferencia.
—Majestad —dijo Darren, con una confianza serena—, en cuanto concluya las reformas en mi condado, los invito a visitarlas en persona.
Si les parecen adecuadas, podríamos considerar implementarlas en la capital y otras zonas de Waltzovia.
—El Rey Damián, aún procesando la magnitud de las hazañas de Darren en Drachenfels, asintió con una mezcla de asombro y una incipiente chispa de orgullo en sus ojos.
Antes de que la conversación pudiera profundizar, Emery, con una determinación que no admitía réplicas, irrumpió en la sala.
—Ya has tenido suficiente tiempo con la realeza, mi señor.
Me has tenido abandonada por demasiado tiempo, y ahora debes recompensarme.
—Darren, con una sonrisa cómplice, se dejó llevar por su esposa.
Pasaron horas en la intimidad de sus aposentos, donde la pasión contenida durante su ausencia estalló en un reencuentro ardiente, un torbellino de besos y caricias que sellaron su amor.
Después, Darren se dispuso a tomar un baño rápido, con la mente puesta en regresar cuanto antes a Königssee.
Al salir de la habitación, se encontró con Amelia en el pasillo.
Al verlo, un rubor intenso tiñó las mejillas de la princesa, quien recordó las palabras que Darren le había susurrado antes: —”Te besaré como te mereces en cuanto estemos a solas”.
—Darren, percibiendo su timidez y el anhelo en sus ojos, supo que era el momento.
La tomó de la mano y la condujo a su habitación.
Amelia apenas iba a pronunciar una palabra cuando Darren la atrajo hacia sí y la besó.
Fue un beso que detuvo el tiempo, un instante eterno donde solo existían ellos dos.
Sus manos se perdieron en la espalda y la cintura de Amelia, mientras las de ella se enredaban en su cabello liso, de un negro profundo.
Sus respiraciones se fusionaron en un torbellino de suavidad y fuerza, una colisión de almas que buscaban el calor del otro.
Era un beso de entrega, profundo y envolvente, que dejó a ambos con el corazón latiendo aceleradamente en la quietud de la habitación.
En ese momento de éxtasis, no pareció haber ningún testigo, a excepción de una pequeña figura.
Lyra, quien había abierto la puerta en busca de Darren, vio la escena y la cerró silenciosamente.
Su pequeño corazón se sintió destrozado, pues a ella no la besaba de la misma forma que a Emery o Amelia.
Cuando Lyra escuchó ruido en la habitación de Darren, presintió que estaban por salir.
Con lágrimas brotando de sus ojos, se apresuró a retirarse.
Emery la encontró poco después, pues iba en busca de Darren.
Al verla llorar, intentó consolarla.
—Lyra, ¿qué te ocurre?
Cuéntame.
—En una charla de chicas, Emery la convenció de que le platicara sobre lo que le pasaba.
Lyra dudó, pues Emery era una de las razones de su tristeza.
En ese momento, Amelia y Darren pasaron por el mismo pasillo.
Ambos se preocuparon al ver a la pequeña condesa tan afligida.
Darren se inclinó ante ella, pero aquello solo la hizo sonrojarse y salir corriendo.
Emery y Amelia fueron tras ella, dejando a Darren preguntándose qué le pasaría a la pequeña.
Darren dejó que las demás chicas hablaran con Lyra, mientras él se dirigía al establo, donde estaban los vehículos que había creado: el todoterreno, las dos H2R, la SUV y el Hellcat Redeye.
Al subirse al todoterreno, se encontró con Lyra.
Se había escondido allí, en la habitación, buscando consuelo en la soledad.
Al ver a Darren, el causante de su sufrimiento, intentó huir, pero él la detuvo con suavidad.
La cargó en brazos y se sentó en un cómodo sofá que había en el vehículo, con ella en sus piernas.
—Puedes hablar conmigo, Lyra.
Déjame entenderte —dijo Darren, su voz un bálsamo de calma.
—No.
Nadie me entiende.
Nadie puede ayudarme —musitó Lyra, su voz apenas un susurro.
—Tu sonrisa es lo que siempre me revitaliza.
Verte triste me deprime.
Quiero lo mejor para ti.
Déjame ayudarte —dijo Darren, acariciando su rostro con ternura.
Al sentir su cariño y preocupación, Lyra sintió que su amor era genuino.
Decidió hablar con él, comentándole que la razón de su tristeza era que él no la trataba igual que a las demás.
Darren le aseguró que sí la trataba igual, que siempre las tomaba en cuenta a todas.
Pero ella, con una mirada de reproche, le preguntó: —¿Entonces por qué nunca me has besado en los labios?
A las demás sí las besas… Pero a mí, solo me das un beso en la mejilla o en la frente.
Darren entendió todo.
Con una sonrisa tierna, trató de explicarle el motivo.
—Lyra, para mí, aún eres una niña.
En este mundo, se considera que se llega a la mayoría de edad a los doce años.
Debes esperar un poco más.
Además, ya casi cumples la edad.
No debes sentirte triste por eso.
—Volvió a besarla en la frente, pero aquello provocó que le brotaran lágrimas.
Darren, entonces, con un ligero gesto de su mano en su barbilla, subió su frente y se acercó lentamente, hasta que sus labios se rozaron, terminando en un tierno beso.
Lyra, al sentir sus cálidos labios, se aferró a ellos, continuando el beso.
En su mente, solo recordaba el beso de Darren y Amelia, por lo que trató de imitarla.
Fue entonces cuando Darren le pidió que esperara, y que la guiaría en cómo se hacía.
Y así, Lyra sintió el beso que embelesaba a sus compañeras, sintiendo nuevamente aquel beso que le había dado tiempo atrás, pero esta vez, con una profundidad que la hizo temblar.
Ahora, repuesta y animada, Lyra se lanzó en un abrazo lleno de gratitud y amor.
Darren también aprovechó para hablar con ella sobre su matrimonio.
—Dado que nos casaremos, deberás esperar hasta que tengas la edad de Emery para poder pasar por lo mismo.
Respetaré tu lugar como prometida.
—Lyra se negó rotundamente.
Darren se escudó en que su cuerpo aún no se había desarrollado y que ello impediría que se desarrollara bien.
Lyra, entrecerrando los ojos, le dijo que eso era mentira, e incluso le contó que su madre tenía su edad cuando la tuvo a ella, y que está muy bien desarrollada.
Darren recordó a su suegra, pensando que era cierto que estaba muy bien, y una sonrisa divertida se dibujó en sus labios.
El corazón de Lyra, finalmente, había encontrado su paz, y una nueva promesa de amor se había sellado en el establo.
Después de aquel íntimo momento en el establo, Darren regresó al interior del castillo de la mano de Lyra, quien ahora lucía una sonrisa radiante y una chispa pícara en sus ojos.
Emery y Amelia, al verla tan animada, se miraron con curiosidad y una mezcla de alivio y advertencia tácita: Lyra, la pequeña e inocente, había crecido un poco más, y no debían descuidarse de ella.
Fue entonces cuando Darren les anunció su inminente partida.
—Tengo asuntos pendientes en Königssee —dijo, su mirada recorriendo a cada una de sus prometidas—.
Y he venido a la capital para llevarlas conmigo.
—Las chicas, con una mezcla de emoción y la inevitable melancolía de dejar atrás la capital, se dirigieron a prepararse para el viaje.
Mientras tanto, el Rey Damián y la Reina Celery, al encontrarse a solas con Darren, aprovecharon la oportunidad para una conversación trascendental.
Ambos expusieron su tristeza por la inminente separación de su hija, y con la perspectiva de un nieto en camino, le propusieron a Darren asumir el trono de Waltzovia.
Darren, sorprendido, se negó rotundamente.
—Vuestra Majestad, mi lugar está en mi condado, y mi deber es con mi gente.
—Pero el Rey y la Reina insistieron, pidiéndole que lo considerara seriamente.
Reconocieron que su visión, su ingenio y su poder eran exactamente lo que el reino necesitaba para prosperar en estos tiempos inciertos.
Además, le aseguraron que contaría con todo su apoyo.
Darren, conmovido por su confianza, prometió pensarlo, pero reiteró que primero debía concluir las reformas en su condado.
Cuando las chicas regresaron, cargadas con sus maletas, Darren se despidió nuevamente del Rey y la Reina.
Para su sorpresa, ellos anunciaron que los acompañarán.
Darren se dirigió al establo para preparar el Todoterreno XVHD, la unidad más amplia y robusta, perfecta para un viaje familiar.
Con un gesto de su mano, los demás vehículos desaparecieron, guardados en un espacio dimensional.
Recordando lo ocurrido con la H2R, Darren había modificado el motor y el chasis del Todoterreno, reforzándolo con magia y aleaciones especiales para resistir el impulso del maná.
Montado en el imponente Todoterreno XVHD, Darren lo aparcó frente a la entrada del palacio.
Con la galantería que lo caracterizaba, bajó para ayudar a cada una de sus prometidas y a la reina Celery, a subir al vehículo, y con una sonrisa, abrió la puerta del copiloto para el Rey Damián, quien, con una emoción inusual, se dispuso a iniciar el viaje.
La Reina Celery, por su parte, se acomodó en la parte trasera, observando con curiosidad el interior lujoso y futurista del vehículo.
El motor del XVHD rugió con una potencia contenida, un sonido más grave y menos estridente que el del Hellcat o la H2R, pero igualmente imponente.
Una vez fuera de la ciudad, Darren imbuyó de maná al vehículo.
La velocidad se incrementó en un veinticinco por ciento, alcanzando los doscientos cincuenta kilómetros por hora.
Darren, sintiendo la estabilidad del vehículo, quiso experimentar un poco más.
Confiando en los refuerzos que había aplicado, imbuye una dosis adicional de maná.
El velocímetro superó los trescientos cincuenta kilómetros por hora.
Sin embargo, antes de que pudiera incrementar más la velocidad, la Reina Celery, con una mano en el pecho, pidió que fuera más despacio, ya que la vibración le resultaba incómoda.
Para mejorar la estabilidad y el confort, Darren brindó un refuerzo mágico a la suspensión, creando un sistema de amortiguación basado en esferas de caucho imbuidas de maná.
El viaje se volvió increíblemente suave, incluso en las carreteras de terracería, lo que reconfortó a la Reina y asombró a todos.
Cuando finalmente llegaron al condado de Königssee, el reloj marcaba las cuatro de la tarde.
Todos tenían hambre.
Darren, con una sonrisa, mencionó: —Ojalá le hubiese avisado a Dorotea o Freya para que tuvieran algo preparado.
—Emery, con una ceja arqueada, preguntó: —¿Acaso tienes alguna forma de contactarlas a distancia?
—Darren, con un brillo en los ojos, le recordó la primera vez que pelearon contra un dragón, cuando utilizaron radios de corto alcance.
—También existen radios de largo alcance —explicó—.
Dejé uno en el castillo y el XVHD tiene uno integrado.
—Aquello provocó una mezcla de asombro y molestia en las chicas.
¡Pudo haberles contado sobre ello y haber hablado con él todos los días!
Darren solo esbozó una sonrisa, comprendiendo su punto, y tomó el micrófono de la radio.
—Aquí explorador uno, cambio —dijo Darren, con la voz clara y concisa.
Pasaron unos minutos antes de que una voz femenina respondiera.
—Aquí base.
¿Qué necesita, amado prometido?
Cambio —respondió la voz, que Darren reconoció como Freya.
Los reyes y las chicas miraban emocionados aquel aparato, maravillados por la posibilidad de comunicarse a distancia con otras personas.
—Diez, cinco.
Vamos siete.
Preparar comida.
Tiempo estimado, diez minutos.
Cambio —dijo Darren, usando un código que solo él y sus prometidas entendían.
—Enterado, querido prometido.
Le esperamos con bien.
Fuera —Freya terminó la conversación, su voz denotando una mezcla de eficiencia y cariño.
Emery se preguntó por la persona de la voz al otro lado.
Recordaba poco a la Princesa Freya, y ahora que era una de las prometidas, se preguntaba si podría llevarse bien con ella.
El resto del trayecto transcurrió por las impecables carreteras que Darren había creado en el condado, haciendo el viaje aún más suave.
Al estar frente al castillo, ambos reyes se quedaron boquiabiertos ante el diseño.
—¡Es maravilloso!
—exclamó el Rey Damián—.
¿En qué te basaste para este diseño?
—Darren les dijo que el diseño se basaba en el castillo Ashford, una joya arquitectónica de su mundo.
El Rey, con una chispa de envidia, le pidió: —¿Podrías hacerme otro castillo?
El que tengo ya no me gusta tanto.
—La Reina Celery, con los ojos brillantes, incluso se emocionó, pidiendo un castillo tan impresionante como el de Darren.
El futuro de Waltzovia, y quizás de otros reinos, comenzaba a tomar forma en la mente de aquel arquitecto futurista.
El imponente XVHD, se detuvo con un suave siseo frente a la entrada principal del majestuoso castillo de Königssee.
Las puertas de roble macizo se abrieron de par en par, revelando una alfombra de terciopelo que se extendía hasta donde la vista alcanzaba, flanqueada por una fila impecable de la servidumbre.
Sus rostros, una mezcla de curiosidad y respeto, se iluminaron al ver descender a los ocupantes.
La bienvenida, aunque formal, era especialmente cálida para Darren, su señor, el Conde de Königssee.
Pero el verdadero epicentro de la emoción se encontraba en el centro de las puertas, donde Dorotea y Freya esperaban.
La visión de Dorotea, con su cabello rubio como el sol y sus ojos azules, y Freya, con su melena rosa pastel y mirada dulce de sus lindos ojos celestes, además de sus hermosos vestidos, le dio un vuelco al corazón a Emery.
Un pellizco discreto, pero firme, en el brazo de Darren fue su única manifestación de celos, un recordatorio silencioso de las complejidades de su relación.
Freya, con una gracia innata que desmentía su anterior timidez, dio un paso al frente.
Sus ojos, fijos en la realeza de Waltzovia, se llenaron de una determinación inquebrantable.
—Majestades, es un honor presentar mis respetos.
Soy Freya Enid von Drachenfels, y tengo el privilegio de ser la quinta prometida de su Conde, Darren.
—La declaración, pronunciada con una mezcla de orgullo y admiración, pero lo que dejó a todos boquiabiertos fue que, sin esperar un segundo más, Freya se lanzó hacia Darren.
Con un tirón decidido de su abrigo, lo bajo a una altura, que al estar de puntillas, lo besó con una intensidad que provoco mas que celos.
Incluso Dorotea, que conocía la profundidad de los sentimientos de Freya, se sorprendió por la audacia de su presentación.
La lejanía, la incertidumbre, habían hecho que Freya meditara profundamente sobre sus sentimientos, y ahora, habiéndolos aceptado, se dejaba llevar por ellos con una pasión desbordante.
Lo que hizo enrojecer a la servidumbre.
Las damas de la servidumbre, acostumbradas a que las formas de cariño se muestran en privacidad, intercambiaron miradas de asombro, algunas incluso con un brillo de envidia en sus ojos, murmurando sobre la posibilidad de poder recibir de igual forma a su señor.
Emery y Lyra, a pesar de su propia sorpresa, sintieron un impulso irrefrenable de unirse a la efusiva bienvenida, pero un carraspeo autoritario de la Reina Celery les recordó que no era el momento ni el lugar para tales demostraciones públicas.
Pero Freya no fue la única en romper el protocolo.
Dorotea, con una determinación recién descubierta, se dispuso a correr, pero se detuvo abruptamente, recordando sus deberes.
Con una reverencia impecable, brindó la bienvenida a los reyes, disculpándose por la efusividad de Freya, y ahora, la de ella.
Luego, con una velocidad sorprendente, se lanzó también hacia Darren.
Colgándose de su cuello, lo besó con una profundidad que rivalizaba con la de Freya, dejando claro que su afecto no era menor.
La servidumbre, ya recuperada del primer impacto, volvió a sorprenderse, y los murmullos se hicieron más audibles, con algunas doncellas comentando con picardía: —¡Quién fuera el Duque para recibir tales muestras de cariño!— La Reina Celery, con una sonrisa apenas perceptible, volvió a carraspear, esta vez con un matiz de diversión en su gesto, mientras Emery y Lyra se mordían los labios, conteniendo sus propios impulsos.
Mientras Amelia, se contenia ante el hecho de que era la mas madura de todas, y no podia permitirse romper el protocolo.
Freya y Dorotea, con una eficiencia digna de sus títulos, brindaron las indicaciones a la servidumbre para que llevaran las pertenencias de cada quien a las habitaciones correspondientes.
Con una sonrisa, Dorotea añadió: —El comedor está listo, Majestades.
Llegarán directo a comer.
—La promesa de un festín tras el largo viaje fue bien recibida.
Mientras avanzaban por el interior del castillo, los reyes no pudieron evitar mirar la decoración con una mezcla de asombro y admiración.
El estilo, tan diferente a la opulencia recargada de sus propios palacios, era de una modernidad sorprendente.
Los acabados en madera, como el lambrín que cubría las paredes con una elegancia sobria, y los muebles de líneas limpias y funcionales, les asombraban.
El Rey Damian, con un brillo de fascinación en sus ojos, se volvió hacia Darren.
—¡Darren, mi querido Conde!
Debes hacer que nuestro castillo también sea decorado como el tuyo.
¡Es magnífico!
—La Reina Celery asintió con entusiasmo, ya imaginando su propio palacio transformado.
En medio de la comitiva, las dinámicas entre las prometidas de Darren se hacían evidentes.
Emery, con una sonrisa dulce, iba tomada del brazo de Darren, su presencia una constante fuente de calma para él.
En su otro brazo, Dorotea, con una postura más formal pero una mirada llena de afecto, se aferraba con delicadeza, reafirmando su posición como la segunda princesa prometida.
Freya, por su parte, aprovechó el momento para acercarse a Amelia, a quien admiraba profundamente.
—¡Es usted la Gran Bruja!
—exclamó, sus ojos brillando con reverencia—.
Es un honor conocerla.
He oído tantas historias de su poder y hechizos.
—Amelia, con una sonrisa enigmática, aceptó el cumplido con su habitual serenidad.
Lyra, sin embargo, se sentía un tanto desplazada.
Ella, que siempre había sido apreciada por sus habilidades en sanación, ahora se veía opacada.
La llegada de la “Santa” como prometida de Darren, con sus habilidades de sanación divina, la hacía sentir que sus propios dones palidecían en comparación.
Un pequeño puchero se formó en sus labios, y se aferró un poco más a la mano de Emery, buscando consuelo en la cercanía de su hermandad.
Mientras los reyes seguían admirando la decoración, y añadiendo más peticiones decorativas para su castillo, la comitiva finalmente llegó al gran comedor.
El cual, a diferencia de los comedores con mesas divididas y a menudo fríos que se tenían en los castillos tradicionales, este comedor basado en el que usaba la realeza en el mundo de Darren: un largo comedor para ciento treinta personas, diseñado para la funcionalidad y la comodidad.
El comedor de gala y su decoración, se basaba en el de la realeza española, con toques de modernidad que lo hacían único.
Aquel comedor fue del agrado de la Reina Celery, quien, con un suspiro de satisfacción, pidió uno igual para ella.
Algo que les llamó la atención, y que notaron al entrar, es que el ambiente estaba fresco, como si estuviesen dentro del vehículo en el que llegaron.
Darren, con una sonrisa, les explicó que era por el aire acondicionado, una maravilla tecnológica que se extendía por todo el castillo, manteniendo una temperatura agradable sin importar el clima exterior.
En ese momento, un torbellino de energía irrumpió en el gran comedor.
Llegó corriendo Joaquín, el niño al que Darren había estado educando, con una sonrisa radiante que iluminaba su rostro.
Sus padres, agradecidos por la oportunidad que Darren le había brindado, le habían pedido que eligiera un nombre para su hijo, y Joaquín, con la inocencia y el entusiasmo de la niñez, había aceptado con gusto.
—¡Mi señor, qué grato es verle!
He estudiado como me lo indicó.
¡Ahora puedo leer más rápido!
—dijo alegre el niño, sus ojos brillando con el orgullo de sus logros.
Darren, con una sonrisa paternal, aprovechó la oportunidad para presentarlo a los reyes y a sus prometidas.
Joaquín, con una reverencia que había practicado diligentemente, miró a las damas con una admiración sincera.
—Sus prometidas parecen ángeles celestiales —dijo con una inocencia desarmante, antes de retirarse con la misma rapidez con la que había llegado, dejando embelesadas al grupo de chicas, quienes no pudieron evitar sonreír ante el cumplido tan puro.
Mientras comían, Darren les explicó a los reyes los ambiciosos planes que estaba desarrollando en Königssee.
—Majestades, estoy reuniendo a los niños de las aldeas para que estudien y adquieran conocimientos en ciencias básicas.
Mi objetivo es asegurar un futuro mejor para la población plebeya, que no solo tengan la opción de ser granjeros, cazadores u otro oficio, sino que sean capaces de elegir su propio destino, de forjar su propio camino.
—La Reina Celery y el Rey Damian escuchaban con atención, sus rostros reflejando una mezcla de asombro y admiración.
Darren continuó, explicando cómo estaba implementando un sistema para sustentar la educación de estos niños, brindándole a los padres un apoyo financiero para cada hijo que estudiara.
El programa fue del agrado de la Reina Celery, quien, con una mirada decidida, dijo: —Darren, este es un programa extraordinario.
Hablaré con las demás damas de la corte para proponerlo en todo el reino.
Es una visión que debemos adoptar.
De esa forma, la conversación continuó, fluyendo entre los planes que Darren estaba desarrollando en Königssee y las visiones de un futuro prometedor que se abrían ante ellos.
Los reyes, asombrados por la sabiduría y la visión del Duque, veían en él no solo un líder militar, sino un verdadero constructor de civilizaciones, un hombre capaz de transformar el mundo con su ingenio y su corazón.
La cena transcurrió en un ambiente de esperanza y admiración, con grandes promesas de un futuro brillante para el reino.
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